The Project Gutenberg EBook of En el Fondo del Abismo, by Jorge Ohnet

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Title: En el Fondo del Abismo

Author: Jorge Ohnet

Release Date: December 2, 2004 [EBook #14236]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1

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EN EL FONDO DEL ABISMO

POR JORGE OHNET


[Ilustracin]


PARS LIBRERA DE LA Vda DE CH. BOURET 23, RUE VISCONTI, 23




EN LA MISMA LIBRERA

LTIMAS PUBLICACIONES

AFRODITA, por P. Louvs. Edicin de lujo, con 150 grabados en el texto. 1
t. 18, oblongo.

LA DAMA VESTIDA DE GRIS, por JORGE OHNET. 1 t. 12.

UN ANTIGUO RENCOR, por JORGE OHNET. 1 t. 12.

LA HIJA DEL DIPUTADO, por JORGE OHNET. 1 t. 12.

LA INTIL RIQUEZA, por JORGE OHNET. 1 t. 12.

EL CURA DE FAVIRES, por JORGE OHNET. 1 t. 12.

EL REY DE PARS, por JORGE OHNET. 1 t. 12.

EN EL FONDO DEL ABISMO, por JORGE OHNET. 1 t. 12.

BUEN MOZO, por G. DE MAUPASSANT. Edicin ilustrada. 1 t. 12.

VRGENES  MEDIAS, por MARCEL PROUST. 1 t. 12.

LA CAPILLA DEL PERDN, por ALFONSO DAUDET. 1 t. 12.

CABEZA DE FAMILIA, por ALFONSO DAUDET. 1 t. 12.

EL CULPABLE, por F. COPPE. 1 t. 12.

ESTELA, por C. FLAMMARIN. 1 t. 12.

FIN DEL MUNDO, por C. FLAMMARIN. 1 t. 12. Edicin ilustrada.




EN EL FONDO DEL ABISMO

(LA JUSTICIA INFALIBLE)

[Ilustracin: JORGE OHNET]

Pars.--Imprenta de la Vda de CH. BOURET.




JORGE OHNET

EN EL FONDO DEL ABISMO

(LA JUSTICIA INFALIBLE)

TRADUCCIN DE F. SARMIENTO

LIBRERA DE LA VDA DE CH. BOURET PARS 23, RUE VISCONTI, 23 MXICO 14,
CINCO DE MAYO, 14

1899




EN EL FONDO DEL ABISMO




PRIMERA PARTE




I


En el comedor de los Extranjeros del Club Automvil, los convidados
estaban acabando de comer. Eran las diez de la noche y los jefes de
comedor servan el caf. Los mozos se haban retirado y en el saln
contiguo estaban preparadas las cajas de cigarros para los fumadores.
Haba all doce comensales, seis hombres y seis mujeres, adems del
anfitrin, Cipriano Marenval, clebre industrial que haba hecho una
inmensa fortuna fabricando y vendiendo una fcula alimenticia que lleva
su nombre. En torno de la mesa, adornada de flores extraas y chispeante
de cristales y de argentera, las mujeres de dudosa moral y los amables
vividores convocados por Marenval estaban agrupados en un desorden tan
familiar como explicable, dada la excelencia de los manjares y la
calidad de los vinos, y escuchaban  un joven alto y rubio que,  pesar
de las frecuentes interrupciones de que era objeto, segua hablando con
tranquilidad imperturbable:

--No! no creo en la infalibilidad humana; ni siquiera en la de los que
tienen la profesin de dictar sentencias y que pueden por consecuencia
atribuirse una experiencia particular. No! no creo que en el momento en
que un ciudadano como ustedes y como yo se sienta en el banco de madera
de la tribuna del jurado se vea sbitamente iluminado por revelaciones
superiores que le otorguen la ciencia infusa. No! no creo que unos
honrados padres de familia, ni siquiera los solteros, en cuanto se
endosan una toga, con  sin armio, no sean ya susceptibles de engaarse
ni de dictar sentencias discutibles. En resumen, reclamo el derecho de
creer en la ceguera de nuestros compatriotas en general y de los jueces
en particular y siento, en principio, la posibilidad del error
judicial!...

La concurrencia prorrumpi en voces tumultuosas, se elev un concierto
de imprecaciones y algunas de aquellas seoras empezaron  golpear los
vasos con la hoja de los cuchillos. Los amigos del orador trataron una
vez ms de imponerle silencio con sus risotadas.

--Maugirn, nos ests aburriendo!

--Una cena de multa, Maugirn!

--Se escurre como un macarrn, este tipo!

--Qu cursi es eso! Pues no se ocupa de la magistratura!...

--Oye! Pide una plaza de fiscal...

--Sois todos unos idiotas! exclamo Maugirn aprovechando un momento de
calma.

--Qu grosero! dijo Marieta de Fontenoy. Od, debamos marcharnos y
dejarle solo.

--Marenval, por qu nos invitas  comer con personas que tienen
conversaciones serias  los postres? pregunt la linda Luca Pithiviers.

--Mira, ah tienes  Tragomer, dijo Lorenza Margillier  Maugirn, que
escuchaba impasible todos esos apstrofes. Ah tienes un guapo muchacho
que no es fastidioso en la mesa. Solamente ha hablado para decir cosas
agradables. Tengo un capricho por l, y si l quiere te planto, para
ensearte  hacer conferencias.

--Digo, digo! exclam Maugirn; ah tienes un buen negocio, Tragomer, y
yo tambin. Lorenza me quiere dejar por ti... No vaciles, amigo mo,
tmala. No desperdicies tanta dicha, ni aun al precio de mi
desesperacin. Pero, ante todo, dinos qu opinas sobre los errores
judiciales.

--Oh! basta... Pues no vuelve  empezar! Esta chiflado! Al ateneo!
Hacedle tragar la servilleta!

Todas estas interrupciones surgan de un coro de carcajadas, mientras,
el convidado  quien se haba dirigido Maugirn permaneca silencioso 
impasible. Era el tal un hombre como de treinta aos, alto, fornido, de
cabeza cuadrada, color tostado, negros y rizosos cabellos y magnficos
ojos azules. Su boca se dibujaba grave bajo un oscuro bigote y su
barbilla afeitada ofreca todos los caracteres de la firmeza, casi de la
obstinacin. Su ancha frente limitada por las cejas, era blanca, surcada
por admirables sinuosidades en las que se revelaban las facultades de
reflexin y de imaginacin. Al verle de pronto serio y un poco sombro,
la animacin de los convidados se enfri sbitamente. El viejo Chambol,
amigo inseparable de Marenval, interrog con una especie de inquietud al
joven, cuya gravedad contrastaba tan fuertemente con la alegra de
aquella comida.

--Eh! seor de Tragomer, qu le pasa  usted? Es que ese charlatn de
Maugirn le ha impresionado con sus paradojas?  es que la declaracin
de nuestra gentil Lorenza le parece  V. un cataclismo social? Muy
silencioso est usted y muy triste para ser un hombre  quien se han
puesto debajo de la nariz las ms hermosas muestras de una bodega sin
rival y ante los ojos los ms bonitos hombros de Pars.

Tragomer levant la frente y una sonrisa ilumin su semblante.

--Lorenza es encantadora, pero si aceptase su proposicin, no me
perdonara el haberla hecho dejar  Maugirn y ste me guardara rencor
por habrsela quitado. No arriesgar, pues, esta doble prdida. Si me
habis visto un momento pensativo es que reflexionaba sobre lo que acaba
de decir nuestro amigo y que bajo los excesos de elocuencia  que se ha
entregado creo que hay un fondo de verdad...

--Ah! exclam triunfalmente Maugirn. Lo veis? Tragomer, noble bretn
cuya sinceridad est fuera de duda, puesto que no quiere engaarme con
mi... amiga que se le ofrece sin ambages, comparte conmigo la opinin
que yo he tenido el honor de desarrollar ante esta honrada
concurrencia... Habla, Tragomer; t debes tener argumentos para estos
mogigatos que me chillaban hace un momento y ahora te escuchan con la
boca abierta porque tomas esos aires tenebrosos que les hacen esperar
revelaciones sensacionales. Anda, amigo mo, rompe los diques de tu
elocuencia, convncelos, aplstalos,  Marenval sobre todo, que ha
estado innoble conmigo, interrumpindome continuamente, como si
estuviese yo elogiando alguna falsificacin de su fcula, que es, dicho
sea de paso, la ms sospechosa porquera que se ha fabricado nunca en
los dos hemisferios!

--Adis! ya se dispar... exclam Marenval con desesperacin. Quin
detiene ese molino de palabras?

--Cllate! grit el coro de convidados.

--Tragomer! Tragomer!

Y los cuchillos golpeaban los vasos en cadencia, con un ruido
ensordecedor. El joven Maugirn hizo un signo con la mano para reclamar
silencio y con voz aflautada dijo:

--El seor vizconde Cristin de Tragomer tiene la palabra sobre el error
judicial y sus fatales consecuencias.

En seguida se volvi  sentar y un silencio profundo se produjo, como si
todos los concurrentes sospechasen que Cristin tena revelaciones
importantes que hacer.

--No ignoris, dijo entonces Tragomer, que part hace dos aos para un
viaje al rededor del mundo que me ha tenido alejado de Pars y de mis
amigos hasta el otoo ltimo. Durante esos veinticuatro meses he
recorrido numerosos y variados pases y paseado por ellos mi
aburrimiento y mi tristeza. Tena serias razones para dejar la Francia.
Una gran pena haba alterado mi vida. Un suceso misterioso, todava
inexplicable para m, haba producido la prisin, el procesamiento y la
condena de mi compaero de la juventud, de Jacobo de Freneuse...

--S! nos acordamos de aquel deplorable asunto, dijo Chambol, y aun
creo que Marenval era algo pariente  aliado de la familia de Freneuse y
que este pobre amigo estuvo muy afectado por el escndalo horrible que
produjo el proceso.

--No es divertido, ciertamente, dijo Marieta de

Fontenoy, para un hombre como Marenval, que es la correccin y la
elegancia mismas, el ver  uno de sus parientes en el banquillo de los
acusados.

Marenval dirigi  la hermosa muchacha una sonrisa de agradecimiento y,
tomando una actitud solemne, declar:

--Aquello me poda hacer un dao inmenso ante el mundo, en el que
acababa de entrar y al que haba conquistado, me atrevo  decirlo, por
el lujo de mi casa, por la esplendidez de mis fiestas y por mis
escogidas relaciones. No haca falta ms para hundirme por completo. Yo
era ya un industrial enriquecido en los artculos alimenticios, variedad
social difcil de imponer en los crculos y de implantar en la buena
sociedad, y tena que pasar de repente  la situacin de pariente de un
condenado  muerte... La cosa no era halagea!

--Bien puedes decir, amigo mo, afirm Lorenza Margillier, que para ser
un _snob_, tuviste una entrada que no fu ordinaria...

--Yo no soy un _snob_, dijo vivamente y en tono de protesta Marenval.
Solamente, me gusta la distincin en todo. Toda mi vida ha transcurrido
en el trato de gente nauseabunda y ya estoy harto. No quiero ya ver ms
que personas correctas!

--Te dejaras azotar por tutear  un duque!

--Tienes razn, Marenval; debemos fijar siempre nuestra vista en las
alturas.

--Y buscar  los que nos desprecian!

--En todo caso, corr gran riesgo de ser despreciado  causa de ese
maldito asunto! replic Marenval con aire ofendido. As, podis creer
que la cosa me hizo brotar canas...

--Dnde las tienes?

--Te las ties?

--Para no exponerlas  enrojecer!

--Pero, eso s, cumpl mi deber con la familia de Freneuse, pues me puse
 la disposicin de la madre del desgraciado y culpable Jacobo.

--Culpable? interrumpi bruscamente Tragomer. Est usted seguro?

 esta pregunta, tan directamente formulada, se produjo un efecto de
estupor.

--He participado, por desgracia, de la conviccin de los magistrados,
del jurado y de la opinin pblica, dijo Marenval, pues, en realidad,
era imposible dudar. El mismo acusado, en medio de sus protestas, de su
exasperacin, no encontr ni un argumento, ni un hecho que citar en su
defensa. Ni una declaracin le fu favorable, y en cambio hubo en contra
suya veinte de las ms abrumadoras. Oh! Se puede decir que todo
contribuy  perderle, su misma imprudencia, su conducta anterior, todo,
en fin. Me duele en el alma hablar as, pero me obliga  ello el
convencimiento. No creo, no puedo creer en la inocencia de ese
desgraciado,  menos de ser un insensato. Es imposible dudar que mat 
su querida, la encantadora Lea Peralli.

--Para robarla? aadi irnicamente Tragomer.

--l mismo haba empeado, el da anterior, en el Monte de Piedad, todas
las alhajas de la vctima.

--Entonces, por qu matarla, pues que ella misma le haba dado todo
cuanto tena?

--Las papeletas valan, lo menos veinte mil francos... Jacobo deba una
suma igual  la caja del crculo. La deuda fu pagada en el momento
preciso, las papeletas fueron presentadas el mismo da y las alhajas
desempeadas... Lea Peralli viva an en ese momento; muri aquella
misma noche... Ah! Ese maldito asunto est muy presento en mi
espritu.

--S, todo lo que acaba usted de contar es exacto, repuso Tragomer; el
pobre Jacobo desempe las joyas, pero neg siempre haber vendido las
papeletas. Pretenda que el verdadero asesino las haba robado y
desempeado las alhajas antes de que el crimen fuese conocido. Pues
bien, si Jacobo no hubiera cometido el crimen por el cual fu condenado,
qu dirais?

Esta vez el bello Cristin no pudo dudar de que se haba apoderado de su
auditorio. Todos se callaron y sus ojos fijos en l con apasionado
ardor, sus actitudes violentadas por una intensa curiosidad, indicaban
el inters que haba sabido excitar en todos los espritus.

--Y entonces? pregunt, por fin, Marieta.

--Entonces, dijo lentamente Tragomer, creo que se ha cometido en este
asunto un error judicial y que nuestro amigo Maugirn hablaba hace un
momento con mucha razn.

--Yo he conocido mucho  Lea Peralli, dijo Lorenza Margillier. Era una
muchacha muy agradable y que cantaba deliciosamente.

Los dems perdieron la paciencia y, no pudiendo contentarse con tan
poco, exclamaron:

--La historia! La historia! En esto hay una historia!

--S, por cierto, respondi tranquilamente Tragomer; pero no esperis
que os la cuente.

--Por qu no?

--Porque s que tengo que habrmelas con las diez lenguas mejor cortadas
de Pars, y no quiero que mi secreto...

--Hay un secreto?

--Que mi secreto corra maana por las calles, por los salones y por los
peridicos.

--Oh!

Aquello fu un grito de reprobaccin general y el mismo Maugirn
abandon el partido de Cristin y se pas al enemigo, gritando ms
fuerte que todos.

--Abajo Tragomer! Fuera Tragomer!

Pero el noble bretn les miraba con sus hermosos y tranquilos ojos, y
escuchaba impasible sus maldiciones, el codo sobre la mesa y la barba
apoyada en la mano. Dej que se exhalase el descontento general y dijo
con voz sosegada:

--Si el seor Marenval quiere escucharme, voy  contarle lo que s.

--Y por qu  l y no  nosotros?

--Porque l est unido  la familia de Freneuse y porque, como l deca
hace un instante, esos sucesos le han hecho sufrir grandemente. Es,
pues, equitativo darle hoy ocasin de sacar algn provecho...

--Y cmo?

--Eso es lo que me propongo explicarle dentro de un momento...

--Muy bien! Nos pone en la puerta, por aadidura!

--Maugirn, te perdono; has encontrado la horma de tu zapato. Tragomer
es todava ms fastidioso que t.

--Como! No dejis quedarse ni  Chambol, el indispensable Chambol?

--Son las once, dijo Tragomer, y la pera reclama  Chambol: hoy hacen
_Coppelia_. Si no va por all, qu dirn las bailarinas?

--Veis, amigos? Nos esforzamos por ser buenos y no se nos hace
quedar...

--No! Marenval; excusas insistir para que nos quedemos...

--Es intil que nos supliques; somos inflexibles Nos vamos, Marenval,
nos vamos.

--Entonces, no hagis el tonto, dijo Marenval con solemnidad. Las
circunstancias, como veis, son graves. Dejadme amablemente con Tragomer.
Y en recompensa...

--Ah! ah! Un regalo! exclamaron las damas.

--Bueno! s, un regalo, dijo Marenval. Maana, en todo el da,
recibiris un recuerdo mo.

Las mujeres batieron palmas. La generosidad de Cipriano era conocida: el
recuerdo sera de valor. Maugirn enton, con la msica de la marcha del
Profeta:

--Marenval! Honor  Marenval!

Y todos entonaron en coro el himno solemne hasta que el hroe de aquel
homenaje les interrumpi diciendo:

--Silencio! Vais  hacer venir los comisarios del crculo. Sed
razonables y marchaos con orden. Un beso y buenas noches.

Todas aquellas bonitas caras se aproximaron  los labios glotones de
Marenval y se rozaron con su rudo bigote. Se cruzaron unos cuantos
apretones de manos y la alegre cuadrilla pas al saln inmediato para
vestirse. Marenval cerr la puerta, y una vez solo con Tragomer, se
sent de nuevo, encendi un cigarro y dijo al joven:

--Ahora, podemos hablar.

--Bien sabe usted, querido amigo, los lazos de cario que me unan desde
la niez  Jacobo de Freneuse. Hemos sido compaeros de colegio y
servido juntos en el regimiento. Nuestra existencia ha sido, por decirlo
as, comn. He participado de todas sus locuras juveniles. No hemos sido
ciertamente muy moderados en nuestros placeres y con frecuencia hemos
dado lugar  crticas, pero estbamos llenos de ardor y de fuerza y
merecamos un poco de indulgencia.

--Usted s, amigo mo, usted, que siempre ha conservado, aun en los
excesos, una correccin perfecta; pero Jacobo...

--S, bien s; Jacobo pasaba los lmites y no saba detenerse  tiempo.
Era un exagerado y as en los goces como en las penas iba hasta el
ltimo extremo... Le he visto llorar arrepentido en los brazos de su
madre, como un nio, despus de alguna calaverada gorda, lo que no le
impeda repetirla el da siguiente. Lo peor del caso era que la fortuna
de su familia no permita las prodigalidades  que l se entregaba, por
lo que, disipada la herencia de su padre, mi desgraciado amigo tuvo que
estar  cargo de su madre y de su hermana.

--Ah! querido amigo, ah es donde yo dej de comprenderle y me hice
severo para l. Mientras no hizo ms que derrochar su capital, le juzgu
imprudente, sabiendo que era incapaz de bastarse  s mismo, pero no le
vituper. Cada cual tiene derecho de hacer lo que quiere de su dinero.
Uno atesora y otro malgasta; cuestin de gusto. Pero imponer sacrificios
 los parientes, estar  cargo de dos pobres seoras para ir despus 
correrla con mujeres perdidas, creo que merece todas las severidades.

--No es usted el nico que piensa de ese modo; todos los consejos que le
d entonces estuvieron conformes con los principios que usted sustenta
muy justamente. Pero Jacobo, arrebatado por la fuerza de las pasiones,
no tuvo en cuenta mis advertencias. Me responda que  mi me era fcil
la moral, porque la basaba sobre cien mil libras de renta; que los ricos
tenan gran facilidad en predicar la virtud  los que estn sin un
cntimo y que, ciertamente, si l pudiera no contraer deudas, sera el
hombre ms feliz del mundo. Y las contraa, lo s por experiencia. Si le
hubiera dejado hacer, hubiera dado al traste con mi caja, pero, aunque
le quera tiernamente, tuve que calmar su aficin desmedida  pedirme
prestado, porque vi que muy pronto me pondra en apuro, sin salir de
ellos l mismo. Por otra parte, la seora de Freneuse me suplic que no
fomentase con mi dinero los desrdenes de Jacobo. La pobre seora crea
que se detiene un caballo desbocado tirndole de las riendas, como si
toda presin y toda resistencia no sirviesen, por el contrario, para
exasperar su locura.

--No existi en aquel momento un proyecto de enlace entre la seorita
de Freneuse y usted?

Tragomer palideci y su cara tom una expresin dura y dolorosa. Sus
ojos se hundieron bajo las cejas y su color azul se ensombreci como un
lago sobre el cual pasa una negra nube. Baj la voz y dijo:

--Me recuerda usted uno de los momentos ms dolorosos de mi vida. S, yo
amaba y amo an  Mara de Freneuse. Iba  casarme con ella cuando
ocurri la catstrofe... Parece que estoy viendo  la madre de Jacobo
cuando lleg  mi casa una maana, medio loca de dolor y de espanto, se
dej caer en un sof, pues no poda tenerse en pie, y me dijo
sollozando: acaban de prender  Jacobo... en casa... hace un
momento...

--Se acababa de descubrir la muerte de Lea Peralli?

--S, se acababa de encontrar en el cuarto de Lea una mujer muerta de un
tiro de revlver y con la cara enteramente desfigurada por la herida...

--Una mujer! repiti Marenval, muy extraado de la forma de la frase y
del tono en que Tragomer la haba dicho. Acaso duda usted que la muerta
fuese Lea Peralli?

--Lo dudo.

--Pero, amigo mo, replic Marenval con viveza, por qu no ha dicho
usted eso ms pronto? Al cabo de un ao viene usted  aventurar una
opinin tan extraordinaria? Quin le ha impedido  usted hablar en el
momento del proceso?

--En aquella poca no tena las mismas razones que hoy para dudar.

--Pero, cules son esas razones? Diablo! Me hace usted saltar con su
sangre fra! Cuenta usted cosas que le hacen  uno caerse de espaldas,
con el tono de un caballero que est leyendo los carteles de los
teatros... Por qu cree usted que Jacobo de Freneuse no ha matado 
Lea Peralli?

--Pues, sencillamente, porque Lea Peralli est viva.

Esta vez Marenval se qued aturdido. Abri la boca, pero no acert 
articular ningn sonido; sus ojos se abrieron desmesuradamente y toda su
emocin se tradujo en un movimiento de cabeza y un chasquido de manos,
aplicadas con fuerza al borde de la mesa. Pero Tragomer no le di tiempo
para reponerse y aadi en seguida:

--Lea Peralli est viva. La he encontrado en San Francisco, hace tres
meses, y justamente porque tuve el convencimiento de que la tena
delante, di por terminado mi viaje y he vuelto  Francia.

El entusiasmo que este relato produjo en Marenval fu ms fuerte que su
escepticismo. Se levant, di la vuelta al comedor y dijo con voz
entrecortada:

--Increble! Asombroso! Este Tragomer... Ahora comprendo por qu ha
hecho marcharse  los dems... Vaya un escndalo que hubieran armado!
Este s que es asunto!

Cristin, con mucha calma, le dejaba agitarse y hacer exclamaciones de
asombro y esperaba que su interlocutor volviese  l, atrado por su
violenta curiosidad. No le miraba; su vista pareca seguir una visin
lejana mientras una triste sonrisa se dibujaba en sus labios. Despus de
un instante de silencio, dijo lentamente:

--Cuando pienso que Jacobo est rodeado de bandidos, encerrado en un
presidio por un crimen que no ha cometido, se apodera de m una profunda
tristeza. No hay destino ms espantoso que el de un desgraciado que oye
afirmar violentamente su culpabilidad, que oye probarla,  quien se
arroja en un calabozo y se pone en incomunicacin, y que al oirse
insultar en el despacho del juez de instruccin y en el banquillo, sufre
en pblico la agona moral y fsica del ms atroz martirio y repite 
los dems y  si mismo hasta volverse loco: Soy inocente! Sus protestas
son acogidas con voces y sarcasmos. Los jueces se dicen: qu monstruo!
Los jurados piensan: vaya un malvado endurecido! Los periodistas hacen
 su costa frases ingeniosas y el pblico entero se deja llevar por
ellos. He aqu un hombre cuya suerte est decidida sin apelacin
posible. La sociedad, por medio de sus jueces, le ha puesto el estigma
de asesino y es preciso que lo sea para siempre. No tratis de discutir;
la ley est ah y detrs de ella los jueces, que nunca se engaan, pues,
como se ha dicho aqu hace un momento, el error judicial no existe, es
una impostura inventada por los periodistas. Si de vez en cuando se
rehabilita algn condenado, cuya inocencia ha logrado salir  luz, casi
siempre despus de muerto el vctima, ha sido que una faccin poderosa
ha logrado arrancar  la justicia infalible la confesin de su error. Y
aun entonces se retracta de mala gana. Si, por una gran casualidad, el
sentenciado vive todava, la fuerza pblica, en vez de darle
solemnemente todo gnero de excusas, en vez de reparar el dao moral y
material que ha sufrido aquel hombre, confindole un puesto honroso y
lucrativo, le declara  regaadientes que est libre y le pone en la
calle dicindole, poco ms  menos: "Anda, buen mozo, y que no te dejes
pescar otra vez..." Oh, justicia! Hermosa justicia! Bien pagada, muy
condecorada y grandemente honrada justicia! Yo te admiro!

Al decir esto Cristin prorrumpi en una carcajada. Ya no era el fro y
tranquilo Tragomer, del que se burlaban amablemente las muchachas por
encontrarle demasiado reservado. La sangre asomaba  su tez y sus ojos
brillaban. Se volvi hacia Marenval, que no acertaba  decir palabra, y
continu:

--Hace dos aos que Jacobo est agonizando bajo el peso abrumador de una
condena no merecida. Su madre est en duelo y su hermana, desesperada,
quiere hacerse religiosa. Y todo porque un bribn desconocido ha
cometido un crimen y con extremada habilidad ha sabido atriburselo 
ese infeliz, quien por su parte no parece sino que lo haba preparado
todo de antemano,  fuerza de desorden, de imprudencia y de locura, para
que se le supusiese culpable y para que le fuese imposible probar que no
lo era.

Marenval empezaba  estar inquieto. Los comentarios de Cristin sobre la
pretendida infalibilidad de los jueces haban enfriado su entusiasmo.
Encontraba que el inters del relato haba languidecido y con todo el
rigor de un crtico que reclama un corte en el dilogo, dijo:

--Nos estamos extraviando, Tragomer: volvamos  Lea Peralli. Me ha dicho
usted que la encontr. Pero, dnde, en qu circunstancias... Eso es lo
que yo quiero saber. Ah est el nudo de la intriga. Dejemos lo dems
para otra ocasin y hbleme usted de Lea Peralli. Estaba usted en San
Francisco y se encontr con ella. Dnde? Cmo?

--De un modo tan sencillo como inesperado. Haba yo llegado el da
anterior con Raleigh-Stirling, el famoso _sportman_ escocs, que se
dedica  la pesca del salmn y al que haba encontrado en el lago salado
capturando monstruos. Se vino conmigo, dispuesto  seguir su pesca en
Sacramento, y yo me entretuve en cazar en el Canad, donde mat algunos
bisontes. Haca, pues, algunas semanas que ambos vivamos en el desierto
y fu para nosotros un cambio agradable el encontrarnos en medio de la
animacin civilizada de una ciudad, entre compaeros amables.
Precisamente, el banquero ms rico de la ciudad, Sam Poetor, era
pariente de mi compaero de camino, y en cuanto supo nuestra llegada,
nos envi  buscar en su coche, hizo recoger nuestros equipajes en el
hotel y de grado  por fuerza nos instal en su casa. Era el tal un
soltern de cincuenta aos, y rico como lo son los de aquel pas, viva
como un prncipe sin privarse de ningn placer. El primer da, despus
de una comida excelente, nos dijo: "Esta noche hay pera: se canta
Otello, por Jenny Hawkins, que hace de Desdmona, y el gran tenor
italiano Novelli, en el personaje del moro. Iremos, si queris,  oirlos
en mi palco. Si os aburrs, volveremos  casa  nos iremos al crculo
Californiense; como queris."  las diez entrbamos en el proscenio de
Pector y nos encontramos un pblico entusiasmado con los cantantes, que
realmente tenan talento, pero que estaban secundados por detestables
artistas que convertan la representacin, fuera de las escenas de los
protagonistas, en un verdadero escndalo musical. Jenny Hawkins no
estaba en escena ni apareci hasta el final del acto. Al verla,
experiment la impresin muy clara de conocer  la mujer que acababa de
presentarse ante m. Era una morena de facciones acentuadas, ojos
atrevidos y aventajada estatura. Se adelant hacia el proscenio y empez
 cantar. En el mismo instante, como si la memoria me acudiese
repentinamente, me di cuenta del parecido que me haba chocado. Jenny
Hawkins era el vivo retrato de Lea Peralli, pero una Lea tan morena como
rubia era la otra, ms alta y ms gruesa. La impresin que experiment
fu sumamente penosa. Me volv  mirar hacia el pblico para no ver
aquel fantasma que all, en el fin del mundo, vena  recordarme
precisamente las dolorosas circunstancias que me haban hecho
expatriarme. Pero si no la vea, oa su voz, que cantaba la hermosa
meloda de la plegaria. Con mucha frecuencia haba odo cantar  Lea
cuando iba  su casa con Jacobo, pero no reconoca su voz. Era la misma
y no lo era, as como la cara de Jenny era la de Lea y sin embargo se
diferenciaba de ella en ciertos detalles. Y despus, cmo haba de ser
aquella cantante Lea Peralli, que haba muerto en la calle Marbeuf dos
aos antes y cuya muerte expiaba Jacobo en la Numea? Locura! Ilusin!
Encuentro fortuito que no poda tener ninguna consecuencia. Sensacin
que durara el espacio de una velada y que se desvanecera en cuanto
cayese el teln. Ay! La terrible realidad que aquel parecido evocaba en
m se grabara en mi alma ms irrevocable que nunca. Pensaba yo todo
esto mientras oa cantar  la artista y, sin embargo, la emocin que
haba sentido al verla aparecer en escena haba sido tan viva, que quise
comprobarla por un nuevo examen. Me volv y mir  aquella mujer. Estaba
arrodillada en un reclinatorio, con la hermosa cabeza apoyada en las
manos cruzadas y con los ojos fijos en el cielo como para implorarle. Me
estremec. Por segunda vez y con mucho mayor intensidad que la primera,
tuve la sensacin de que Lea Peralli estaba delante de m. Una noche, en
que Jacobo la haba maltratado, despus de una de sus violentas y
frecuentes querellas, la vi arrodillarse as delante del silln en que
su amante estaba recostado. En aquel momento me pareca verla con los
codos en los brazos del silln y la mejilla apoyada en las manos
cruzadas, dirigiendo  Jacobo una sonrisa tierna y suplicante. Era la
misma fisonoma, la misma actitud, la misma mirada, la misma sonrisa.
Era posible que existiera tal semejanza, no ya tan slo fsica, sino
moral? Aquella prueba afirm mi creencia ms de lo que yo deseaba y una
turbacin extraordinaria se apoder de m. Me inclin hacia el banquero
y le pregunt:

--Conoce usted  esta Jenny Hawkins?

--Ciertamente. Es la tercera vez que viene  cantar en San Francisco y
siempre ha tenido mucho xito.

--Ha hablado usted con ella?

--Ms de diez veces. He cenado con ella cuando era querida de mi amigo
John-Lewis Day, el gran tratante en oro del Sacramento. Es una muchacha
muy amable.

--Qu edad cree usted que tendr?

--Podr tener, acaso, unos veinticinco aos. Parece de ms edad en la
calle que en la escena, porque all no est pintada, y adems la
existencia de artista en expedicin aja mucho la belleza de una mujer.
Es muy agradable. En este momento no tiene  nadie; si le gusta  usted,
le presentar.

El pensamiento de encontrarme en presencia de aquella mujer hizo latir
violentamente mi corazn y deb palidecer, porque Pector se ech  reir
y me dijo:

--Diablo! Tan impresionable es usted, querido?  es que est usted
bajo el imperio de la abstinencia? La verdad es que la hospitalidad de
las indias de los lagos no es muy halagea, verdad?

La bulliciosa alegra del americano me di tiempo para reponerme y
continu mi interrogatorio.

--Jenny Hawkins habla el ingls sin acento extranjero?

--Le habla con mucha pureza, pero usted sabe que en Amrica, como en
Francia, tenemos diversas pronunciaciones, segn las provincias. No me
sorprendera que Jenny fuese canadiense. Hay un ligero matiz francs en
su manera de acentuar ciertas palabras.

--Habla asombrosamente el italiano...

--Oh! Ha tenido forzosamente que aprenderlo en inters de su carrera.
Todas las compaas que pasan por aqu cantan en italiano  en
alemn...

--Es de carcter alegre?

--No; mas bien melanclico.

--Y el cabello que ensea en su papel es suyo  es una peluca? Es
realmente morena?

--Qu cosas tiene usted! Qu puede importar eso? No lo gustan  usted
las mujeres si no son de un color determinado? Con los tintes no se
puede hoy saber si una cabellera es natural. Quiere usted saber mi
opinin? Pues creo que Jenny es naturalmente morena, pero que debe
haberse pintado de rubio en otro tiempo...

--Rubia! exclam muy turbado. Tiene un ligero acento francs y se ha
teido de rubio!

--Vamos! querido, ya ver usted cmo todo le sale  pedir de boca:
Jenny resultar, de fijo, una verdadera morena y una falsa americana...
Pero baja el teln. Vamos al escenario, si usted quiere; hablaremos con
la _prima donna_ y la invitaremos  cenar.

--Otro detalle, dije. Cunto tiempo hace que Jenny viene  Amrica?

--Seguramente, hace tres aos.

--Tres aos! Y con el nombre de Hawkins?--Claro est!

Todas mis combinaciones caan por tierra ante aquella afirmacin de que
la cantante era conocida en san Francisco haca tres aos y con el
nombre que llevaba actualmente, Cmo poda haber sido Lea Peralli en
Pars y Jenny Hawkins en Amrica, al mismo tiempo? Lea haba pasado un
ao entero ante m, haca dos solamente, en aquel cuarto de la calle
Marbeuf donde una maana se la encontr muerta. Esa doble presencia era
inadmisible. La identidad de la americana estaba establecida con
claridad y, sin embargo, era la viva imagen de la desgraciada cuya
muerte expiaba Jacobo. Una fuerza ms poderosa que el razonamiento, que
la verosimilitud y que la cordura me oprima el pensamiento y me repeta
 pesar de todo: "Es Lea Peralli".

Salimos del palco y atravesamos el pasillo del vasto teatro. Con una
llave que sac del bolsillo abri Pector la puerta de comunicacin y
pasamos desde la luz de las lmparas elctricas  las tinieblas de los
bastidores. Segu  mi gua, que evolucionaba entre los trastos, los
accesorios y las decoraciones con la seguridad de un antiguo abonado.
Todo el mundo le saludaba al pasar y el director de la compaa se
precipit ante l como si fuese un soberano. Pregunt el porqu 
Raleigh-Stirling y me respondi flemticamente que su pariente era uno
de los cuatro propietarios del teatro que ponan aquella magnfica sala
 disposicin de los empresarios, casi de balde,  fin de que ni sus
conciudadanos ni ellos mismos careciesen de placeres artsticos. Desde
aquel momento nos conduca el empresario en persona. Subimos un piso,
seguimos el corredor de los cuartos de los artistas y nos detuvimos ante
una puerta  la que nuestro gua llam discretamente, diciendo:

--Se puede, mi querida miss Hawkins?

--Quin est con usted? pregunt desde el interior una voz que no era
la de la cantante.

--El seor Pector y dos amigos suyos.

--Que pasen.

La puerta se abri y la doncella nos recibi en un saloncillo que
preceda al cuarto de vestirse de Jenny. Por la puerta entreabierta
vena hasta nosotros una viva luz, un olor de agua de tocador y un
susurro de palabras. De pronto se oy una vocalizacin; era que la
cantante ensayaba, sin cuidarse de nuestra presencia, mientras cambiaba
de traje.

La doncella entr  reunirse con su seora y nosotros nos quedamos solos
en el saloncillo. Pector y Raleigh se sentaron al lado de la chimenea,
mientras yo, invenciblemente atrado por aquella puerta entreabierta,
avanzaba  pasos ligeros, la cabeza inclinada, aprestando el odo y
escuchando los ms vagos rumores. Me apoy en la pared de modo que era
posible verme desde dentro por la rendija de la puerta. De pronto o
cerca de m una exclamacin comprimida y esta palabra dicha en francs y
en voz baja:

"Cuidado!" y en seguida mi nombre "Tragomer!"

En el momento se cerr la puerta y todo qued en silencio. Sin embargo,
yo no haba soado; esta vez estaba seguro de haber odo, y la palabra
"cuidado" precediendo  mi nombre haba sido pronunciada por una voz
masculina. Todo este asunto se presentaba en tales condiciones de
misterio que se apoder de m una impaciencia febril y sin cuidarme de
lo que pudieran pensar mis compaeros, di un paso para abrir aquella
puerta que de modo tan singular acababa de cerrarse y penetrar en el
cuarto tocador, cuando la puerta se abri y di paso  Jenny Hawkins.

La artista se adelant sonriente y con mirada segura. Sus ojos se
fijaron en m antes que en los dems y no vi que se turbaran. Sus labios
expresaban un gracioso descuido y me hizo un signo amistoso con la
cabeza, con esa acogida fcil que caracteriza  los artistas,
acostumbrados  recibir los homenajes de los desconocidos, como
prncipes en medio de la multitud. Pector sali  su encuentro y nos
present,  su primo y  m. Al oir mi nombre la cantante inclin la
cabeza con un ligero matiz de extraeza y de inters, y dijo alegremente
 Pector:

--Ah! Un noble francs... En Amrica! Es raro... El seor habla
ingls?

--S, seora, dije sin esperar ms; lo hablo bastante mal para
expresarme, pero bastante bien para adivinar  usted.

De propsito recalqu la palabra "adivinar", pero la cantante no pareci
comprender el alcance amenazador que haba yo dado  mi respuesta.
Sonri y me ofreci la mano diciendo:

--Tengo mucho gusto, caballero, en conocer  usted.

Debo confesar que en aquel minuto decisivo no haba en Jenny Hawkins ms
que muy poca cosa de Lea Peralli. Como en esos retratos borrados por el
tiempo en los que no se distingue ms que las facciones debilitadas del
modelo, el parecido se atenuaba y la muerta desapareca empujada por la
viva. En vano buscaba ya los detalles que hubieran podido recordarme 
Lea Peralli. La actitud de la mujer que tena delante no era la misma
que la de la infeliz asesinada. La sencilla alegra, el aire risueo y
las actitudes infantiles que caracterizaban  la italiana, estaban
reemplazadas en la inglesa por la fra altivez, la grave seguridad y la
firme actitud de una artista segura del pblico y de s misma.

--No puedo reteneros mucho tiempo conmigo,  pesar del placer que en
ello tendra, dijo Jenny; tengo que bajar  escena para el ltimo acto.
Cmo han encontrado ustedes  Novelli? Qu bien ha cantado! Es un
gran artista!

--Su xito no puede compararse ms que con el de usted, dije, pero yo
atribuyo en l al compositor ms parte que la generalidad.

--S, respondi Jenny inclinando ligeramente la cabeza. Este papel no es
el mejor de mi repertorio. Si viene usted  oirme la _Traviata_, le
gustar ms.

--No lo creo, dije con atrevimiento. Me sera muy penoso ver  usted
morir en escena.

La cantante levant la cabeza, fij su mirada en la ma y dijo:

--Por qu?

--Porque esa muerte me traera punzantes recuerdos.

Jenny se ech  rer.

--Ah! Es usted impresionable y sentimental, como buen francs... Qu
tiene de comn la msica de Verdi con esas impresiones pasadas?

--Se lo explicar  usted, si as lo desea...

--No tengo tiempo, y es lstima.

--Pues bien, amiga ma, dijo Pector; quiere usted cenar con nosotros
esta noche, despus de la pera?

--Lo agradezco mucho, pero estoy muy cansada y necesito cuidarme la voz.

--Entonces, pregunt, me permite usted verla en su casa maana?

--Con mucho gusto. Vivo en el hotel de los Extranjeros, plaza de la
Villa. Despus de las cuatro, si  usted le parece. Tomaremos una taza
de t y hablaremos.

Me inclin sin responder, y Jenny nos estrech la mano  mis compaeros
y  m, nos acompa hasta el corredor y volvi  su cuarto, cuya puerta
cerr cuidadosamente.

Fuera ya de la presencia de aquella mujer, recobr la facultad de
analizar, de discutir y de comprender. Si no hubiera odo pronunciar mi
nombre por aquella voz masculina que sala del cuarto tocador, acaso
hubiese renunciado  establecer entre Lea Peralli y la cantante una
relacin que se haca ms vaga  medida que yo precisaba mis
observaciones. Pero haba odo aquellas palabras. Quin era aquel
hombre que me conoca y que adverta  Jenny que tuviese cuidado cuando
yo apareciese?

La identidad de las dos mujeres, debilitada por las diferencias de
aspecto y de expresin que haba observado, as como por las
imposibilidades materiales de tiempo, de condicin y de nacionalidad que
se deducan de las noticias de Pector, se encontraba restablecida por la
intervencin de aquel desconocido que, evidentemente, me sealaba 
Jenny como peligroso.  este pensamiento acudan  m todas mis
angustias y me senta posedo por una viva curiosidad. Poco me importaba
ya la cantante; lo que yo deseaba era saber quin era su compaero,
aquel francs que me conoca y cuya presencia deba, por s sola,
aclarar la situacin.

Llegados al palco, Pector me dijo:

--Nos quedamos?

--La verdad es, respond, que me duele un poco la cabeza. Hace seis
meses que no asisto  fiestas semejantes y todas las notas de la
partitura me bullen en el cerebro. Creo que me vendra bien tomar el
aire.

--Entonces despedir el coche y volveremos  pie.

 poco tiempo salimos  la calle y nos pusimos  pasear por los inmensos
barrios de la ciudad, fumndonos un exquisito cigarro. La casualidad nos
llev  la plaza en que est erigido el monumental edificio del
Ayuntamiento.

--Dnde est el hotel de los Extranjeros? pregunt.

--Enfrente de nosotros; esa gran fachada iluminada. No es una casa de
diez y siete pisos como las de Nueva York; aqu tenemos sitio abundante
para edificar. Quiere usted entrar? Hay un magnfico _restaurant_...

Pector serva  maravilla mis designios con su mana americana de pasear
por los sitios pblicos y de entrar en todos los cafs  tomar un
emparedado y un _cocktail_. Acababa yo de formar el proyecto de esperar
 Jenny delante del hotel para sorprenderla con su compaero. Un
presentimiento me deca que habra de volver con l y que all, en un
segundo, podra yo saber el secreto de aquella mujer. Porque, no era
posible dudar; Jenny tena un secreto. Segu  mis compaeros al
interior del hotel, me sent con ellos  una mesa llena de esos
refrescos que abrasan el cuerpo, y pasado un rato llam al mozo.

-- qu hora acaba el teatro?

-- eso de las doce.

--Gracias.

Pector me pregunt riendo:

--Cmo es eso? Quiere usted acechar  Jenny Hawkins?

Pareca que el americano haba ledo en mi pensamiento.

--En verdad, respond, me gustara ver cmo es en la calle despus de
haberla visto en la escena. Las mujeres pierden de tal modo cuando dejan
el traje y la pintura... As, si no vale la pena, suprimo maana mi
visita.

--Crame usted; vale la pena.

--Qu diablo! Voy  verlo.

--Vaya usted, pues. Aqu le esperamos.

Sal precipitadamente, aprovechando aquella libertad de accin
conquistada con tanta suerte y que tanto deseaba. Ya no me faltaba ms
que obtener de la casualidad el favor de encontrar al paso  la
cantante. El portero,  quien di un dollar, se encarg de darme
noticias.

--Milord, esa seora baja del coche en el zagun, atraviesa el
vestbulo, sube por esa escalera y se mete en su habitacin, que est en
el primer piso... No tardar en llegar...

Sal  la acera y me levant el cuello del gabn. Haca fro aquella
noche, aunque estbamos en abril, y, fumando y paseando, me decid 
esperar. El piafar de los caballos y el ruido de las ruedas, me
advirtieron  los pocos momentos que llegaba la diva. El portero se
adelant para ayudarla  bajar, se abri la portezuela, y Jenny,
cubierta de pieles, descendi ligera, enseando una pierna admirable.
Mir al rededor, me ech una mirada sin conocerme, pues escond la cara
en el cuello del gabn y arroj una gran bocanada de humo, y
dirigindose  una persona que estaba en el interior del coche, dijo en
francs:

--Vamos, amigo mo.

Cuando el interpelado se dispona  bajar, me dirig hacia l. En aquel
momento me cre seguro de poseer la clave del misterio, pero el hombre,
que sac un poco la cabeza, me vi y se volvi  meter vivamente en el
carruaje. No le o ms que esta palabra dicha en un tono breve y como de
advertencia:

--Jenny!

Aquella voz era la misma que haba odo en el teatro. La cantante,
alarmada, se aproxim  la portezuela, se inclin hacia el interior y
dijo, volvindose hacia el cochero:

--Plaza del...

Gir sobre sus talones, entr como un relmpago en el vestbulo y
desapareci. El coche di la vuelta y parti rpidamente sin que me
fuese posible ver al que le ocupaba. El portero se aproxim y me dijo.

--Hermosa mujer, milord. El caballero no ha subido esta noche con
ella... Si milord quiere escribirla, yo puedo entregar la carta.

D otro dollar  aquel complaciente criado y volv  entrar en la sala
donde Pector y Raleigh estaban saboreando sus licores nacionales.

--Y bien qu hay? pregunt el banquero.

--Decididamente tena usted razn. Vendr maana.

Nos fuimos  dormir, pero la maana siguiente,  la hora del desayuno,
entr Pector en el comedor con una carta en la mano.

--Mi querido vizconde, me dijo, no tiene usted suerte en sus aventuras
galantes. El director de la pera acaba de avisarme que la compaa
italiana no hace funcin esta noche. La Hawkins cogi anoche fro y no
puede cantar; pero como debe estar pasado maana en Chicago, se va ahora
mismo en el rpido. Adis cita. Aqu tiene usted una carta que le han
trado y en la que Jenny se excusa, sin duda.

Abr el sobre y en un cuadrado de bristol en una de cuyas esquinas se
vea la cifra J.H., rodeada por el lema _Never more_, le estas lneas:

"Siento infinito privarme de su visita que me hubiera causado gran
placer, pero los artistas no son siempre dueos de su voluntad. Parto
para Chicago y Nueva York, donde permanecer algunas semanas. Si los
azares del viaje le llevan  usted por all, celebrar que me conceda
una compensacin. Un amistoso apretn do manos. Jenny Hawkins".

Me qued pensativo. Mis dos compaeros se burlaron de lo que ellos
llamaban mi sentimentalismo, pues no podan sospechar las graves
preocupaciones y los punzantes cuidados que me produca aquella brusca
partida. Despus de los incidentes que se produjeron al ponerme en
presencia de la cantante, su indisposicin, fingida sin duda, y su
empeo en huir de m eran una confirmacin de mis sospechas, casi una
confesin.

Reflexion profundamente sobre aquella situacin. Si Lea Peralli, por un
encadenamiento de circunstancias inexplicables para m, viva, mientras
Jacobo de Freneuse sufra una condena por haberla matado, era evidente
que este misterio encubra una monstruosa iniquidad. Adopt, pues, la
resolucin irrevocable de esclarecer y reparar el mal causado  mi
infeliz amigo. Pero no era en Amrica, vasto continente por el que Jenny
Hawkins andaba errante, donde yo poda seguir una pista, proceder  una
averiguacin y tratar de restablecer la verdad. All estaba solo, sin
apoyo ni recursos, completamente desarmado. El crimen se haba cometido
en Francia; en Francia, pues, convena intentar la revisin del proceso,
y la precaucin ms elemental que era preciso adoptar era evitar todo
contacto con Jenny y con su compaero desconocido. Convena dejarles
reponerse do su alarma y hacerles tomar confianza  fin de sorprenderles
mejor cuando llegase el momento. Era, pues, preciso, ante todo, que no
oyesen hablar ms de m.

Tomada esta resolucin, me atuve absolutamente  ella. Atraves la
Amrica, me embarqu en Nueva Orleans y he llegado  Pars hace tres
semanas. Durante este tiempo me he ocupado en reanudar mis relaciones,
un tanto enfriadas por una ausencia de diez y ocho meses, y en buscar
una ocasin de romper las hostilidades. Esa ocasin ha llegado esta
noche.  usted, amigo Marenval,  quien he contado mi aventura, le
pregunto; con la gran fortuna que usted posee, con su aficin  las
cosas que no son comunes, con el atrevimiento que muestra al contrariar,
cuando le parece oportuno, las ideas corrientes, quiere usted colaborar
conmigo para rehabilitar  un inocente y confundir  un culpable? La
empresa no tendr nada de vulgar y, desde luego, no est al alcance de
cualquiera. Adems, Jacobo es pariente de usted y si logramos nuestro
objeto ser para usted un verdadero triunfo, una pgina asombrosa en la
historia de este tiempo, que se distingue por su escepticismo y su
futilidad. Al terminar el siglo XIX, cuando nadie cree ya en nada, no
puede menos de hacer brillante efecto un justiciero, un enderezador de
entuertos.

Marenval escuch el relato de Tragomer con una atencin apasionada,
palpitando por sus episodios y estremecindose por sus peripecias.
Pasado algn tiempo confes que nunca se haba sentido tan posedo y que
una voz secreta le haba murmurado al odo: Marenval, ah tienes un
asunto asombroso, en el que puedes ser el hroe!... Cuando Cristin
termin, Marenval recobr el uso de la palabra y estall como una
caldera cuyas vlvulas han estado demasiado comprimidas.

--Pues bien, Tragomer, no siento el empleo de esta velada. Oh! Acaba
usted de infundirme calor, amigo mo! Qu historia! Ha tenido usted un
gran acierto en contrmela, porque, en efecto, soy el hombre que usted
necesita. Conmigo no se juega. Conozco los negocios y los hombres, y
tambin las mujeres... Oh! amigo Tragomer... Cmo ha debido usted
quemarse la sangre durante la travesa dando vueltas  toda esta
aventura! Pero desde este momento, vamos  poner en juego todos los
resortes y el asunto va  marchar...

Cristin interrumpi  su impetuoso compaero.

--Sobre todo, prudencia. Ni una palabra inoportuna. Usted no sospecha
todas las dificultades en que podemos tropezar.

--Cmo! Dificultades? Todo el mundo nos va  ayudar, la justicia, los
poderes pblicos, el jefe del gobierno... En cuanto tengamos pruebas
serias del error cometido, todos se apresurarn  repararlo. Lo nico
delicado que tiene el asunto es las averiguaciones.

--Todo es delicado, dijo Tragomer. No cuente usted con el concurso de la
justicia; su primer pensamiento ser desconfiar y el segundo resistir 
nuestros esfuerzos. Para nadie es agradable confesar que se ha
equivocado y menos para la justicia, que, por profesin, no admite que
pueda estar sujeta  error. Bien sabe usted cunto tiempo, cunto
trabajo, cunta voluntad y cunta influencia han sido menester para
lograr las escasas rehabilitaciones que ha consentido la magistratura,
arrancadas casi todas por la poltica. No venda usted, pues, la piel del
oso, puesto que an no le hemos matado. Contamos con buenos elementos,
la inmensa fortuna de usted, sus grandes relaciones, su tenacidad y su
inteligencia. Y si usted me lo permite, aadir mi valor y mi voluntad.

--S, por cierto, querido Cristin, exclam Marenval estrechando las
manos del joven. Entre los dos realizaremos nuestro fin. Yo ser
silencioso y circunspecto, lo prometo. No tendr usted que llamarme al
orden.

--Est bien. igame an durante un minuto. Tengo que dar  usted algunos
datos complementarios. En primer lugar Jenny no est ya en Amrica, sino
en Inglaterra.

--En Inglaterra! Est cantando?

--Est en Londres, en el _Princess-Thetre._ Lo he ledo estos das en
los peridicos. Adems, la casualidad me ha servido mejor que yo poda
esperar y me ha proporcionado datos preciosos sobre el hombre misterioso
que acompaaba  la cantante en San Francisco.

--Le conoce usted?

--Creo conocerle. La otra noche estaba yo jugando al _bridge_ con unos
amigos, en el crculo, cuando, en la mesa inmediata, uno de los
jugadores derrib la pantalla de su buja al encender un cigarro y la
prendi fuego. El que jugaba con l dijo entonces vivamente: Cuidado! y
yo me estremec al oir esa palabra, pues reconoc la entonacin y el
acento del que la pronunci en el cuarto de Jenny Hawkins. Me volv
prontamente y mir al que acababa de hablar. l me vi volverme y
tambin me mir. Nuestras miradas se cruzaron, investigadoras, y en la
suya le claramente este pensamiento: este hombre me ha reconocido.
Fingi una sonrisa y dijo alegremente:

--No quememos el material, verdad Tragomer?

--Y ese hombre, ese socio del crculo, que trataba  usted tan
familiarmente... quin era?

Tragomer se puso sombro; la animacin de su semblante dej plaza  una
intensa palidez y dijo, bajando la cabeza:

--Era el conde Juan de Sorege, el amigo intimo, el compaero de locuras
de Jacobo de Freneuse cuando ste era libre y dichoso...

Marenval expres el ms completo asombro; su fisonoma tom un aspecto
de desolacin.

--He aqu, dijo, el ltimo nombre que yo esperaba. Todo resulta oscuro 
inexplicable. Cmo sospechar que Juan de Sorege ha cometido el crimen?
Para qu? Con qu pretexto? Si  alguien es imposible acusar es  l.
Estamos detenidos en los primeros pasos.

--No se desanime usted tan pronto, replic gravemente Cristin. Nada es
imposible ni inverosmil. Tropezamos con la personalidad de Sorege y con
su cualidad de amigo de Jacobo. No comprendemos qu inters ha podido
tener en perder  ese inocente, pero no dude usted que daremos con los
mviles que le impulsaron. Porque es l, entiende usted?, es l quien
estaba en San Francisco, l el culpable. Me costar trabajo probarlo,
pero lo probar de un modo irrefutable. Para establecer la culpabilidad
de un acusado hacen falta presunciones numerosas y evidentes, y aqu no
slo tenemos que perseguir  un criminal, sino rehabilitar un inocente.
Es, pues, preciso tener tres veces ms certidumbre que en un asunto
ordinario y eso es, precisamente, lo que debe animarnos. Cuanto ms
difcil es la misin que uno se impone, ms brillante es el xito. Est
usted pronto  ayudarme?

--S y  pesar de todo, dijo Marenval con energa.

El bretn mir  su compaero con firmeza.

--Est bien; es usted el hombre que yo esperaba. Venceremos.

Mir el reloj y aadi:

--Es la una de la madrugada; bastante hemos hablado por hoy. Nuestro
pacto de alianza est firmado?

--Empeo mi palabra. Si hay que hacer gastos, yo me encargo de ellos. Si
se presentan peligros...

--Son de mi cuenta...

--Poco  poco, protest Marenval. No me ha comprendido usted. Los
peligros  medias. Quiero arriesgarlo todo con usted, como un hermano.

--Muy bien! As ser.

Se estrecharon la mano y entraron en el crculo por una puerta interior.




II


Hay en Pars casas que inspiran tristeza y otras que infunden alegra.
En las fachadas se lee la desdicha  la felicidad como en la fisonoma
de los seres vivos. Existen casas que atraen y casas que repelen: en las
unas parece que los habitantes deben estar colmados por todos los
favores del cielo; en las otras podra creerse que han de caer todos los
males de la humanidad sobre los que all se alberguen.

Entre todas esas casas silenciosas y negras, hechas para el duelo, la
tristeza y la mala suerte, ninguna ms lgubre que la situada en la
calle de _Petits-Champs,_ nmero 47 duplicado, ante la cual se detuvo
muy temprano, el primer da de Pascua de Navidad, el coche de Cipriano
Marenval. El visitante dijo con aire de importancia al cochero:

--Pedro, pasee usted el caballo, al paso, durante un cuarto de hora;
tiene mucho calor... Yo estar aqu un rato y hay una corriente de aire
atroz en esta calle.

Marenval se subi el cuello de su gabn de pieles, alz los ojos hacia
la puerta que se abra delante de l y, ya mal humorado sin ms que
haber mirado aquel pasaje poco atrayente, entr resueltamente en el
patio. En el fondo haba un edificio de aspecto monacal, fachada
ennegrecida por el tiempo y ventanas cubiertas con persianas, como ojos
cerrados, y al que se suba por una escalera de cuatros escalones
verdosos  causa de las lluvias. Marenval llam y un timbre reson en la
casa turbando el silencio con un ruido sacrlego. Al cabo de un momento
el visitante vi  travs de los vidrios un viejo que se diriga  abrir
la puerta. El criado, agradablemente sorprendido, quit  Marenval el
gabn y le dijo con tierna familiaridad:

--S, Seor, las seoras estn en casa y se van  alegrar mucho de ver
al seor, despus de tanto tiempo...

--Estn tan tristes, amigo Giraud, tan tristes, que es difcil ponerse
al mismo diapasn que ellas... Por muy afligido que uno est, teme
ofender su dolor al tratar de consolarlas.

--S, seor, es verdad, dijo el criado bajando la cabeza; no tienen
consuelo.

--Y cmo estn de salud?

--Estn bien, seor; no se puede decir que estn mal... Ah! si su
espritu estuviese lo mismo... Pero no lo est! no, no lo est.

--En fin, Giraud, no hay que desesperar. Quin sabe? Todo puede
cambiar.

--Oh! no, seor; no hay esperanza alguna... Pero, con su permiso, si
el seor quiere servirse entrar, ir  anunciarle  las seoras.

Marenval entr en un vasto saln un poco sombro y esplndidamente
amueblado con una sillera antigua de tapicera. En las paredes se vean
algunos cuadros notables, restos de una buena coleccin dispersada por
ventas sucesivas. En los ngulos haba unas vitrinas vacas. Todo all
atestiguaba un lujo bruscamente desaparecido y del que slo quedaba el
noble orden de una habitacin en otro tiempo suntuosa.

Era fcil ver que los habitantes de la casa no estaban habitualmente en
aquella pieza aparatosa, pues no se vean all los objetos familiares 
dos mujeres inteligentes y activas. Todo en aquel saln era correcto,
fro, lgubre. Se abri una puerta y el criado se present de nuevo.

--Si el seor quiere tomarse la molestia de seguirme, la seora le ruega
que tenga la bondad de subir  su habitacin.

Marenval subi por una escalera de piedra con barandilla de hierro
forjado y al llegar al primer piso, donde comenzaba una oscura galera,
encontr una joven de alta estatura y vestida de negro, que se
adelantaba  recibirle. Giraud desapareci sin ruido y Marenval se
encontr, algo cortado, frente  la seorita de Freneuse que le alarg
la mano sonriendo tristemente. Pero qu desgarradora melancola en la
expresin de aquel hermoso semblante! Sus ojos negros, dulces y
profundos, mortificados por las lgrimas, presentaban un crculo
azulado, y su frente admirable, coronada de cabellos rubios ondulados y
recogidos sin coquetera, daba  aquella altiva fisonoma un aire de
incomparable nobleza.

Marenval mir un instante  su hermosa pariente, movi tristemente la
cabeza y dijo en tono afectuoso:

--Y bien, Mara, sigue usted tan poco razonable?

--Siempre tan desgraciada, seor de Marenval.

--Y su madre de usted?

--Va usted  verla.

La joven introdujo  Cipriano en una pequea pieza, especie de santuario
en el que la seora de Freneuse haba reunido todo lo que le recordaba 
su hijo, retratos, libros, dibujos, que representaban all al que la
infeliz mujer no haba dejado de llorar,  pesar de sus faltas. Se
levant de una butaca baja mostrando una fisonoma plida bajo sus
cabellos blancos y, dulce y resignada, di las gracias  Marenval por su
visita, si no dichosa por ver alterada la soledad de su existencia,
agradecida por un paso que denotaba un recuerdo afectuoso.

Marenval se sent y dirigi la vista hacia un magnfico retrato que
representaba un elegante joven de cara franca y alegre. Una amarga
sonrisa pleg los labios de la seora de Freneuse. La pobre madre dej
al visitante contemplar un rato el lienzo y dijo con voz ahogada y casi
sin timbre:

--Ah tiene usted lo que l era. Cmo estar ahora? Qu habrn hecho
de l? Hace dos aos ha sido imposible conseguir que se deje hacer una
fotografa, que estbamos dispuestas  pagar muy cara... No ha querido
que pudisemos verle con el pelo rapado, la barba afeitada y con el
traje de penado.

--Tienen ustedes noticias suyas?

--Las recibimos con regularidad.

--En qu situacin se encuentra?

--Materialmente, no puede quejarse... Es joven y fuerte... Y, despus,
parece que no lo tratan mal. Hace poco le han hecho entrar en la
oficina, donde parece que presta buenos servicios. Su existencia es as
menos miserable... Pero, moralmente...

--Sigue afirmando su inocencia?

 esta pregunta, el plido semblante de la seora de Freneuse se ilumin
por una llama pasajera, sus ojos brillaron, y exclam, con voz en la que
se notaba an cierto vigor:

--Hasta morir declarar que no ha cometido ese crimen atroz, que no ha
podido cometerle. Mi hija y yo,--entiende usted, Marenval?--no
cesaremos de afirmarlo as. Ha habido en contra de Jacobo un conjunto de
circunstancias abrumadoras que han podido engaar  los hombres hasta
hacerles juzgarle sinceramente, pero nosotras, su madre y su hermana,
repetiremos con l hasta el ltimo suspiro que es inocente.

Marenval mir  las dos mujeres con expresin de asentimiento y dijo,
levantando la cabeza:

--Es absolutamente mi opinin.

 estas palabras, que Marenval deca por primera vez delante de aquella
madre desolada, la seora de Freneuse se irgui, se puso encarnada y
dijo con repentina vivacidad:

--Marenval qu significa esto? Jams ha estado usted tan afirmativo...
Hay ms; yo acusaba  usted de no participar de nuestra ardiente
conviccin.

Ha parecido usted siempre ms humillado que asombrado por lo ocurrido y,
de pronto, toma usted una actitud diferente... Ya lo oyes, Mara, no es
el mismo; ha cambiado por completo. Oh! Dios mo! Ser que ha tenido
usted alguna buena noticia? Acaso, despus de haber desesperado,
podramos...?

--Poco apoco! interrumpi Marenval, un poco desconcertado al ver aquel
furioso ataque y creyendo haber dicho demasiado. Usted era injusta al
acusarme de no tener fe en la inocencia de Jacobo. Bien sabe usted que
le he defendido con la energa de un hombre  quien el mundo englobaba
malignamente en la catstrofe ocurrida. S, en aquellos momentos vi en
toda su desnudez la canallada de los hombres. Todo lo que la envidia, la
bajeza y la maldad pueden inventar para manchar una personalidad
honrada, se intent entonces contra m. He padecido con esta desdicha
tanto como ustedes mismos, pues durante ms de un ao todo el mundo, en
Pars, me ha llamado solamente "el primo de Freneuse". Hasta s de
algunas almas caritativas  quienes no faltaba nada para insinuar que yo
tambin mereca ir  presidio. Y todo por qu? Porque soy rico, porque
me divierto, porque tengo un hermoso hotel, un buen monte, magnficos
caballos y un proscenio en la pera... La verdad es que todo esto es
ms que suficiente para echar un hombre  galeras... Tengo amigos que
querran verme en ellas! Puede usted pensar lo que estas buenas
personas haban dicho de m en el momento de la desgracia? En aquella
hora peligrosa no le he parecido  usted heroico, querida prima;
confieso que en parte ha tenido usted razn. Hubiera podido mostrarme
ms caballeresco y colocarme ms resueltamente al lado de usted, pero
hay que tomar las personas como son. Yo soy un poco nuevo en el mundo en
que vivo; no hace an diez aos que sal de las pastas alimenticias y,
qu diablo! no se me tiene en la misma consideracin que  un
Montmorency. Los hombres son iguales ante la ley, pero no ante el mundo,
y as me lo han hecho ver. Esto explicar  usted muchas cosas que le
pareceran oscuras. No temo ahora confesarlo, porque tengo la conciencia
de ser tan adicto  ustedes, que habrn de perdonarme fcilmente un da
mis debilidades aparentes.

La seora de Freneuse escuch con aire sombro las explicaciones de
Marenval. Tema que aquella afirmacin de la inocencia de Jacobo, que
tanto le haba conmovido, no tuviese otro objeto que servir  los
tardos escrpulos de su pariente, pero las ltimas palabras
pronunciadas por ste parecan inspirarse en esa conviccin y la pobre
mujer se sinti de nuevo presa de la mayor ansiedad.

--Ha venido usted solamente para hacerme esa profesin de fe, que
agradezco? dijo la pobre madre. Doy  usted las gracias por su afectuosa
actitud. Las simpatas son preciosas, por lo mismo que son raras.
Agradecer  usted con toda mi alma, Marenval, que no nos abandone.

--Abandonar  ustedes! exclam el excomerciante. Me creen ustedes
capaz de ello? Yo les probar que soy fiel y valiente y que...

Un gesto de la seorita de Freneuse le detuvo en aquel movimiento de
expansin. Ms tranquila que su madre, la joven, desde el principio de
la entrevista, haba estudiado la actitud de su pariente y haba visto
todo lo que tena de embarazosa y violenta. Entre las seguridades del
Marenval presente y las reticencias del Marenval pasado haba tal
desacuerdo, que eran necesarias muchas palabras para ponerlas en
armona. Un orador mucho ms elocuente que Marenval hubiera fracasado en
tal empresa. Pero, por fortuna, la madre y la hija no haban retenido de
cuanto haba dicho sino el calor de su discurso y se haban sentido
penetradas de una alegra secreta al recobrar un rayo de esperanza. La
seorita de Freneuse resumi en dos palabras la situacin:

--Mi querido primo, usted no crea antes en la inocencia de mi hermano y
ahora, por una razn que no conozco, cree en ella.

Marenval dirigi  las dos mujeres una mirada de entusiasmo y dijo con
una expresin que les arranc las lgrimas:

--Es verdad! Ahora creo que Jacobo es inocente. Pero no basta creerlo;
hay que probarlo. Est muy bien que nosotros, en familia, nos consolemos
con buenas palabras, pero no olvidemos que el fin nico de nuestros
esfuerzos debe ser una rehabilitacin ruidosa. Han pensado ustedes en
intentarla?

La seora de Freneuse baj la cabeza con desanimacin.

--Cmo podemos pensar en ello? La ms horrible desgracia del mundo es
sentirse impotente, no ya para demostrar la realidad de un hecho en el
que una cree como en Dios, sino para discutir, siquiera, su posibilidad.
Estamos hace dos aos anonadadas bajo el peso abrumador de la condena. Y
me atrevo  confesar  usted, Marenval, que para no dudar de la
inocencia de mi hijo he tenido que apartar la vista de las acusaciones
dirigidas contra l, pues, examinadas una por una, son de tal manera
graves, terribles, probadas, que hubiera tenido que negar la evidencia y
eso era para m un terrible suplicio. He tenido, pues, que refugiarme en
una especie de negacin fantica, que excluye todo razonamiento, toda
claridad, y que es tan slo el grito de mi corazn de madre. No creo en
el crimen de Jacobo porque Jacobo es mi hijo y un hijo mo no ha podido
cometerle.  todos los argumentos,  todas las pruebas he respondido
siempre, desde el fondo de mi conciencia: Es mi hijo! Es inocente!
Pero, amigo mo, si tuviera que demostrar su inocencia, qu hacer?
Dnde encontrar la fuerza de inteligencia suficiente para anular las
pruebas acumuladas? Cmo convencer  los jueces? El mismo abogado de
Jacobo, ese admirable seor Duranty que defendi  mi pobre hijo con tan
apasionada elocuencia, me deca, despus de la vista: Yo no s! Cuando
le oigo gritar que no es culpable, creo. Cuando estudio la causa, dudo.

--Oh! s, querida prima. Las pruebas acumuladas contra l eran
decisivas. Yo mismo fu cegado por ellas, puedo confesarlo puesto que
estamos hablando con toda franqueza. He credo durante mucho tiempo que
el pobre Jacobo, enloquecido, arrebatado por la necesidad de dinero,
pudo, en un momento de irresponsabilidad... S, he admitido que pudo
ser criminal. Pero desde ayer he cambiado por completo y soy tan
ardiente partidario de la inocencia de ese muchacho como antes estaba
dispuesto  creer en su culpa.

--Y por qu desde ayer? pregunt la seorita de Freneuse. Por qu esa
modificacin de su espritu? Quin la ha causado? Ha sabido usted
algn hecho que ilumine la situacin con una luz nueva? Mi madre nos ha
declarado sus esfallecimientos, pero yo no he participado de ellos,
spalo usted. Cuando todo el mundo abandonaba  mi desgraciado hermano,
yo, en toda conciencia, he permanecido fiel  su causa. He buscado y
busco an el medio de explicar este misterio impenetrable. Puede usted,
pues, hablar; me encontrar preparada  escucharle y  comprenderle.

Marenval mir  la joven con enternecimiento.

--S, ya s, Mara, que usted no ha transigido y ha desterrado de su
corazn  todos los que no hicieron causa comn con usted en aquellas
terribles circunstancias. Anoche habl con un hombre que amaba  usted
tiernamente y al que usted alej sin piedad...

La fisonoma de la seorita de Freneuse se puso sombra. La joven se
irgui mostrando su alta estatura. Sus labios se estremecieron, pero no
pronunciaron ni una palabra. Todo, en su actitud, demostraba un doloroso
desdn.

--Se trata de Cristin Tragomer... Aadi Marenval.

Pero se call, al ver que aquel nombre produca un efecto tan
inesperado.

--Me figuraba que quera usted referirse al seor de Tragomer, dijo
framente Mara. Pues bien, querido primo; si quiere usted complacerme,
no me hable jams de l. Mi madre y yo le hemos borrado de nuestro
recuerdo como l nos borr de su corazn. En la hora en que tenamos
necesidad de todos nuestros amigos, l di el ejemplo de la desercin, y
su abandono, lo confieso, fu el que ms nos afect en aquellos tristes
momentos. Era mi prometido; se avergonz de m; ya no le conozco.

--Tragomer ama  usted todava.

--Me alegro, dijo Mara con firmeza. Eso le har sufrir...

Se pas la mano por la frente, se volvi hacia su madre, que escuchaba
en silencio, y dijo arrodillndose en un taburete cerca de ella:

--Perdn, mam. He distrado al seor Marenval de una conversacin cuyo
fin espera usted con impaciencia, para hablar de cosas miserables. No
volver  suceder.

--Querida nia, dijo Marenval con bondad; tendremos ocasin de vernos
con frecuencia, pues vamos  emprender una campaa que puede ser larga.
No violentemos nada, ni en lo que se refiere  las cosas ni en lo
relativo  las personas. Da vendr en que se aclaren muchos puntos y se
expliquen muchas actitudes. En este momento no quiere usted que le hable
de Tragomer; ms adelante, quin sabe si me pedir que se le traiga.
Cuando usted sepa lo que ha hecho y lo que est dispuesto  hacer en su
servicio, acaso sea ms indulgente. En todo caso, debe usted saber que
l es la causa de que est yo aqu. Yo no pensaba intentar nada en
beneficio del desgraciado Jacobo, lo confieso humildemente, pero ese
diablo de Cristin me ha sublevado con unas noticias tan inesperadas,
que no he podido permanecer indiferente...

--Pero, en nombre del cielo, qu ha descubierto? dijo la seora de
Freneuse con tal expresin de angustia que su hija la abraz para
calmarla.

Marenval movi la cabeza con aire de importancia.

--Mi querida prima, no me pregunte usted nada, porque no podra hablar.
El xito, que es posible, se obtendr solamente al precio de una
discrecin absoluta. Una palabra imprudente lo comprometera todo.
Esperemos. Nunca ha habido probabilidades ms favorables, pero tiene
usted que consentir en marchar  ciegas por la ruta que vamos 
emprender.

--Oh! Dios mo! Si la salvacin tiene ese precio, consiento en todas
las pruebas que quiera usted imponerme. Desde hace dos aos vivo en una
tumba; gracias  usted, penetra en ella un dbil rayo de luz. Bendito
sea usted por el bien que me hace!

--Si bien no debo hablar de nuestras nuevas esperanzas, querida prima,
hay, sin embargo, cosas sobre las cuales necesito datos. En inters de
todos, pido  usted, pues, que me responda sin reticencias.

--Pregunte usted. Mi memoria se ha debilitado, pero lo que yo no
recuerde podr precisarlo mi hija.

--Entre los amigos de Jacobo, haba uno ms intimo, ms querido que los
dems y que se haba criado con l; el conde Juan de Sorege.

La seora de Freneuse respondi vivamente:

--S, Juan de Sorege... Era un excelente muchacho, de muy buena
familia. Quise mucho  su madre, que muri siendo Juan muy joven...
ste creci con Jacobo y los dos muchachos no se separaban durante su
juventud... Fu menester que contrajeran relaciones nuevas, las que
tanto dao han hecho  mi hijo, para separarlos...

--No figuraba el conde de Sorege entre sus malas compaas?

--Al contrario, hizo todo lo posible por separarle de ellas, y
precisamente por no alternar con ciertas personas, se apart de mi hijo,
con gran disgusto mo, pues su influencia no poda menos de serle
favorable.

--De modo que considera usted  Sorege como un buen amigo de Jacobo...

--Como el mejor que pudiera tener.

--Era rico ese joven?

--No; y precisamente por eso se alej de mi hijo, pues no quiso contraer
deudas para asociarse  sus gastos... Ese fu el principio del
desastre!

--Perdneme usted si insisto, pero es de toda necesidad. Cuando Jacobo
conoci  esa desgraciada mujer que le condujo  la locura...  esa Lea
Peralli, estaba todava Sorege en buena amistad con l?

--Seguramente. Hasta hubo escenas entre Sorege y Jacobo  propsito de
esa mujer. El conde hizo todo lo del mundo por decidirle  romper con
ella. Lleg  escribirle que su amada le engaaba y  ofrecerle el medio
de sorprenderla.

--Y esa carta existe?

--La entregu  la justicia y debe figurar en la causa. La encontr
nuestro criado en el cuarto de Jacobo...  consecuencia de esto, se
produjo un violento altercado entre mi hijo y su amigo... Estuvieron 
punto de batirse... Pero amigos comunes arreglaron el asunto.

--No ha manifestado nunca Jacobo sentimientos de rencor  de hostilidad
hacia su antiguo amigo, despus del acontecimiento?

--No, que yo sepa. Pero si yo no he tenido nunca ms que confianza y
simpatas hacia el seor de Sorege, debo reconocer que no todo el mundo
pensaba como yo en mi casa.

--Quin le era desfavorable?

--Mi hija, primeramente,  quien siempre desagrad Sorege, y despus
nuestro criado Giraud, que nunca le pudo tragar.

--Ah! Mara encontraba sospechoso al amigo de su hermano?

--No me hagan ustedes decir lo que no pienso, replic vivamente la
seorita de Freneuse. De ningn modo querra daar en vuestro concepto
al conde de Sorege. Tiene un carcter que no me agrada; no hay ms.

--Y qu carcter es el que usted le atribuye?

--Se mostraba altanero y burln, y  m me cuesta trabajo soportar ese
modo de ser. Calculaba framente y no obraba jams  la ligera. Era un
hombre prctico ante todo. Lo contrario del pobre Jacobo que no
reflexionaba jams y se meta en las dificultades sin saber cmo saldra
de ellas. Yo reprenda el aturdimiento del uno, pero lamentaba la
previsin del otro. Encontraba exceso en los dos y si mi hermano me
pareca loco, Sorege me resultaba demasiado hbil.

--Hbil hasta la astucia?

--No lo s, querido primo; lo que he dicho no es ms que una impresin.
Nunca he sabido cmo se conduca el seor de Sorege en la vida sino por
lo que contaba mi hermano, y ste no poda hablar con libertad delante
de m. Mi impresin, pues, no se ha confirmado por hecho alguno, pero se
ha fijado muy clara en mi mente y ha permanecido en ella.

Marenval mir  la seora de Freneuse y dijo:

--Ese juicio no se puede considerar como desfavorable en los tiempos que
corren. Un individuo demasiado hbil tiene condiciones excepcionales,
hoy en da, para lograrlo todo. Pero Mara juzga al seor de Sorege
desde un punto de vista especial, como hombre de mundo y no como hombre
de negocios. Eso es lo que hace su censura perfectamente comprensible.
En resumen, para la seora de Freneuse, Sorege es un hombre honrado al
que ha sentido ver alejarse de su hijo; para Mara, Sorege es un mozo
fro y calculador, decidido  hacerse sacar las castaas del fuego y qu
no vacila en herir un poco al vecino al hacer su negocio.

--Pero por qu esas preguntas? dijo la seora de Freneuse.

--Se nos ha dicho que seramos interrogadas, mam, dijo la joven
sonriendo, pero no que se nos explicara nada. Tengamos paciencia.

La anciana hizo un gesto de resignacin.

--Ya estamos acostumbradas...

Marenval se levant

--Querida prima, dijo en el tono ms afectuoso; dejo  usted, pero
volver  verla muy pronto. Nuestras conferencias sern frecuentes, lo
que espero que no les ser desagradable. Estoy impaciente por aclarar 
ustedes la situacin, pero antes es preciso que me la aclare  mi mismo.
Al bajar, si ustedes lo permiten, voy  hablar con el buen Giraud.

Marenval estrech la mano de la anciana y Mara acompa  su aliado por
varias piezas desamuebladas y tristes hasta llegar al vestbulo. Una vez
all, dijo  Marenval dirigindole una lmpida mirada:

--Suceda lo que quiera, gracias por el consuelo que nos ha trado usted.
No olvidar nunca que ha sido usted el primero que ha participado de
nuestra conviccin en cuanto  la inocencia de mi pobre hermano.

Marenval movi la cabeza.

--No es usted justa, mi hermosa prima, porque el primero que ha
participado de esa conviccin no se llama Marenval, sino Tragomer.

Mara frunci las cejas, hizo un nuevo ademn afectuoso y, sin aadir ni
una palabra, volvi  entrar en las habitaciones.

Giraud present  Marenval su gabn de pieles.

--Un instante, amigo mo, dijo el antiguo fabricante de pastas; tengo
que decir  usted dos palabras antes de marcharme. Dnde hablaremos sin
que se nos moleste?

--Si el seor quiere entrar en el recibimiento, no habr riesgo de que
nadie entre... No! Jams viene nadie... Marieta est en la cocina y
la doncella arriba, en el cuarto de costura. Estoy  las rdenes del
seor... Ah! aqu el servicio de la puerta es una ganga... Esto es
una tumba! Una verdadera tumba!

Marenval se apoy en la chimenea para no sentarse dejando en pie al
viejo criado de cabello blanco. El comerciante enriquecido tena esos
rasgos de delicadeza y se mostraba siempre dulce con los humildes.

--Giraud, dijo; tengo que hablar  usted de su seorito y de los amigos
de ste... Hay cosas que los padres no saben nunca y que son siempre
conocidas de los servidores... He preguntado  las seoras y quiero
ahora interrogar  usted. Respndame, pues, con toda franqueza y sin
omitir nada.

--El seor puede estar tranquilo; contar cuanto sepa. No tengo nada que
temer ni que perder. Cualquier dao que pudiera hacrseme no sera mayor
que el que sufr el da en que prendieron  mi pobre seorito. Un
muchacho que se encaramaba en mis rodillas cuando era pequeo y al que
iba  buscar al colegio todos los domingos cuando estaba estudiando.
Ah! seor, cuntas infamias hay en el mundo... No son las personas
honradas las mejor tratadas.

--Entonces, est usted tambin convencido de la inocencia de Jacobo?

--Convencido, seor? Eso es poco. Pondra mi cabeza en un tajo  que
no tuvo nada que ver en todo aquel asunto. No haba ms que verle en el
primer momento cuando vino  buscarle aquel salvaje de comisario, para
saber que no haba hecho nada y que no saba siquiera de qu se trataba.
Si yo no hubiera reprimido mi primer movimiento, entre Miguel, el
cochero, y yo, hubiramos metido en la cueva, como un paquete, al tal
comisario y le hubiramos guardado all hasta que el seorito se hubiera
puesto en salvo. Una vez libre, l hubiera sabido demostrar que no haba
matado  aquella mujer... l, seor, l, matar una mujer! Un joven
que se hubiera arrojado al agua para salvar un perro de la muerte! Hase
visto estupidez semejante! Matar  aquella mujer... Para qu, si la
amaba? Para robarla? Buena idea! El pobre muchacho le haba dado
cuanto tena. Oh! Ella estaba muy celosa de l. Una tarde, en que vino
 hablarle, estaba como loca de pena. Se estuvo en el vestbulo, sentada
al lado de la ventana y llorando como una Magdalena. Me ofreci todo lo
que yo quisiera, su portamonedas, una sortija con un brillante, para que
la dejase subir al cuarto del seorito Jacobo. Por ms que le deca:
"Pero, seora, si el seorito no est en casa... Qu adelantar usted
con ver su cuarto? Podra usted encontrar  su madre   su hermana y,
ya ve usted, qu escndalo! No piense usted en tal cosa!", ella me
responda sollozando? "Oh! Preferira matarme!" Yo estoy convencido de
que se suicid... Cuando se lo cont al juez de instruccin, ste se
encogi de hombros. Esos seores de la justicia no son muy amables.
Parece que su idea era otra, pues cuando yo volva  la carga y quera
explicar las razones en que me fundaba, me interrumpi secamente
indicndome que, segn l, estaba divagando. Yo no divagaba, sin
embargo, seor, y as como llevo de vida sesenta y cinco aos sin haber
hecho mal  nadie, el seorito Jacobo no ha matado  esa mujer. No! No
la ha matado.

Marenval escuch atentamente al criado. Haba conservado la paciencia
necesaria en su antigua profesin para no violentar al cliente. Saba
muy bien que despus d los intentos y de las vacilaciones, los negocios
se deciden, y esperaba un detalle imprevisto, una circunstancia nueva en
el relato apasionado de Giraud. Nada de lo que acababa de oir tena
novedad y se decidi  abordar el asunto que ms le interesaba
dilucidar.

--Qu influencia cree usted que han podido tener en la conducta de
Jacobo los amigos que le rodeaban?

--Oh! seor, eso es muy difcil juzgarlo. El seorito estaba en
condiciones muy especiales. Viva en casa de su madre, viuda, y tena en
casa una seorita joven. No poda, por tanto, recibir aqu mucha gente
y, exceptuando el seor Tragomer y el seor de Sorege, no conocamos 
sus amigos.  los dems los vea en el crculo, en el teatro, en las
carreras, en sociedad. Bien sabe usted que l iba  todas partes, que
todo el mundo le invitaba y que l no se haca rogar cuando se trataba
de rer y de divertirse. Era muy vehemente, Oh! Demasiado... y toda
esa locura que le ha perdido, era heredada de su padre. El difunto
seor de Freneuse era terrible! Usted le ha conocido en sus ltimos
aos. Ah! seor, se puede decir que la pobre seora no ha tenido
grandes atractivos en la vida. Si la seorita Mara, que es una santa,
no la hubiera compensado con su dulzura y su amabilidad, la seora
hubiera sido una verdadera mrtir.

Marenval volvi suavemente al asunto que le preocupaba.

--No le pregunto  usted nada sobre el seor Tragomer; ste no tiene
nada oculto para mi y me parece enteramente recomendable. Pero quisiera
saber la opinin de usted acerca del seor de Sorege.

Giraud vacil un instante; pero haba prometido decir lo que pensaba y
cumpli su palabra:

--Con el respeto debido, seor, dir  usted que ese es un canalla.

--En qu se funda usted para tratarle tan duramente? pregunt Marenval,
algo extraado por aquella vehemencia.

--En nada, seor. Nunca le he visto cometer una accin reprensible ni
decir cosa mala; pero eso no impide que le tenga por un canalla.

--Pero, en fin, Giraud, por qu es usted tan severo con ese joven que,
segn usted mismo confiesa, no ha hecho nada que justifique ese juicio?

--Es un instinto, seor, y eso no se discute. Hay en la calle de al lado
un estanco al que yo iba todos los das, desde hace diez aos,  comprar
mi paquete de rap. Nunca pude acostumbrarme  la cara de aquel
estanquero, y siempre que intentaba darme la mano, retiraba yo la ma.
Sin embargo, todo el mundo le estimaba y estaba muy bien visto en el
barrio. Pues bien, seor, hace tres meses, el tal se ha fugado con los
fondos del gobierno y los del propietario del estanco y se han
descubierto horrores. En el barrio fu general el asombro al ver que un
hombre, al parecer, tan honrado era un despreciable tunante. El seor me
creer, si quiere; pero es la verdad que con el seor de Sorege me
sucede lo mismo que con el estanquero. Se ha mostrado siempre bien
educado, hasta afable conmigo, pero haba en su cara un no s qu que me
repela y que me hace decir sin vacilar: ese hombre es un canalla y se
ver el da menos pensado.

--Vena aqu  menudo?

--S, seor, vena mucho al principio; y hasta llegu yo  sospechar
que pensaba en casarse con la seorita Mara. Pero su asiduidad no tard
en cambiar de forma y ces ante el seor de Tragomer. La verdad es que
el tal Sorege vea desaparecer rpidamente la fortuna de la casa, pues
estaba demasiado al corriente de las locuras de su amigo y acaso las
fomentaba lo suficiente para saber  qu atenerse respecto al dote de la
seorita. Estaba seguro de que el hijo de la casa dejara en la calle 
su familia. Creo en la inocencia del seorito Jacobo, pero no estoy
ciego y s todas sus acciones reprensibles. Todas esas dilapidaciones,
todos esos extravos le han sido bien echados en cara el da de la
desgracia. Sus hechos anteriores han pesado duramente sobre l cuando ha
tenido que justificarse. El tal Sorege saba bien que las seoras daran
hasta el ltimo cntimo por no comprometer su nombre en asuntos
sospechosos, y como el seorito Jacobo era presa de una banda de
granujas, su suerte era fcil de adivinar. Ay! seor, el pobre no tuvo
tiempo de arruinar  la familia; el destino se encarg de poner coto 
su conducta. Estoy seguro, sin embargo, de que las seoras preferiran
estar reducidas  pedir limosna  ver al seorito donde est.

--Eso no admite duda, Giraud. Pero, volviendo  Sorege, sus relaciones
con Jacobo eran menos asiduas en los ltimos tiempos?

--En casa, s, pero fuera, quin lo sabe? Para m, seor, el conde de
Sorege, con su aparente buena conducta, ha sido el genio malo del
seorito. l le ha creado las dificultades y los apuros; l le ha dado
los peores consejos; gozaba vindole hundirse. Por qu? No lo s; pero
tena una razn para desear la prdida y la ruina de su amigo. Una
tarde, cuando los negocios del seorito Jacobo iban peor, el seor de
Sorege estaba con l en su cuarto y yo baj para prepararles el t.
Cuando volv  entrar, estaban tan acalorados que no se fijaron en m, y
adems el seorito no ocultaba nunca lo que haca, pues no era un
solapado como el otro. Entonces o  mi seor que deca con animacin:
"S, esta existencia es ya imposible... Me ir  me saltar la tapa de
los sesos..." Si hubiera usted visto entonces la cara del Sorege! Sus
labios se plegaron para desaprobar, pero sus ojos brillaban de jbilo.
Y su amigo le deca que estaba en el ltimo extremo! Oh! Ese da v el
odio que se albergaba en aquel corazn. Por qu odiaba  mi seorito?
Qu le haba hecho su amigo Jacobo? Era tan ligero, tan imprudente, tan
loco, que poda muy bien ofender  un amigo sin querer y sin saberlo.
Mucho hubiera deseado oir el resto de la conversacin pero esperaron que
me marchara para seguir hablando. El seorito Jacobo se paseaba agitado
como un tigre mientras yo colocaba el t sobre la mesa; estaba plido y
con los puos crispados. Algo muy serio deba sucederle aquel da,
porque el seorito Jacobo tomaba habitualmente las cosas  juego y era
preciso mucho para hacerle salir de su descuido. Al cerrar yo la puerta,
el seor Sorege reanud la conversacin y dijo: "Estas loco, pobre
muchacho. Tienes ya  Lea y te vas  meter..." Tuve que cerrar y
renunciar  oir el resto. Aquella vez, seor, la nica en mi vida, tuve
deseo de escuchar  la puerta, aunque no sea este un procedimiento
conveniente para un criado que se estima; pero mis costumbres de
discrecin pudieron ms y me fu sin saber lo que acaso hubiera sido tan
interesante que supiese. Porque se trataba de esa Lea, que ha perdido al
seorito Jacobo, que estaba loca por l. Si no entend mal, en aquel
momento lo que el seor Sorege quera decir era que su amigo se haba
metido en una nueva intriga con otra mujer. Pero, Dios mo! No tena
bastante con la italiana, esa perdida, que derreta el dinero como
manteca y haba convertido al seorito Jacobo en jugador para
aprovecharse de las ganancias y dejarle  l los apuros de las prdidas?
Ah! seor, qu mala mujer! Si se supiera lo que una mujer as puede
daar  un pobre muchacho dbil y vanidoso! Bien lo hemos aprendido, por
nuestra desgracia...

--Cul fu la actitud del seor de Sorege en el momento de la
catstrofe?

--Muy buena, seor, muy buena.

--Cmo as?

--Ese seor, que no pareca muy alterado, vino en el primer momento 
ponerse  las rdenes de la seora. Estaba tranquilo y fro y su actitud
indicaba la preparacin. Nada era en l natural; pareca un actor... No
s si me hago comprender bien...

--Perfectamente.

--El seor Tragomer, en cambio, estaba como loco y no acertaba 
pronunciar palabra. El Seor Maugirn lloraba  lgrima viva. Todos
haban perdido la cabeza menos el seor de Sorege que conservaba toda la
suya. Me pidi las llaves y estuvo largo rato registrando los cajones
del seorito. Pero el comisario de polica haba registrado ya y no
haba nada que encontrar. Todo su empeo era hallar una fotografa. Me
pidi noticias: una gran tarjeta, que estaba en el cajn de los cigarros
y que yo haba debido ver. Le dije que saba dnde estaba; el seorito
la haba puesto el da anterior en su saco de viaje. No bien lo hubo
odo, se arroj sobre ella, as, literalmente, y ris... ras... la hizo
veinte pedazos en un segundo sin que yo pudiese impedirlo... Tampoco
pens en ello... Una fotografa de mujer! La cosa no era
extraordinaria ni preciosa, sobre todo en el momento de la catstrofe.
Despus he pensado en aquella prisa del seor de Sorege para destruir el
retrato y esto me ha preocupado, pero no he podido comprender qu motivo
tuvo para obrar as. Despus de todo, acaso lo hiciese en inters del
seorito Jacobo; acaso tambin fuese en su propio inters. Despus de
las pruebas de simpata que Sorege di en el primer momento  la seora,
se fu separando poco  poco de la casa. No le acuso por ello; ha hecho
lo que los dems. En la causa, declar con mucho calor en favor del
seorito Jacobo y segn he sabido, pues no siempre pude estar presente,
trat de probar su inocencia y de atenuar su responsabilidad. En fin,
todo el mundo aprob su conducta y la seora le di las gracias. Buen
provecho le haga! Desde entonces no le he vuelto  ver. Mi pobre cabeza
se ha debilitado mucho con la soledad y con la pena, lo que,
seguramente, me habr hecho olvidar muchos detalles. Pero lo
absolutamente cierto es que el seor de Sorege no era un amigo sincero
del seorito Jacobo, al que envidiaba y que el da en que le vi perdido
aparent querer salvarle porque estaba seguro de no lograrlo.

El viejo se call. Sus manos temblaban de emocin y sus mejillas estaban
surcadas por gruesas lgrimas. Marenval, en tanto, reflexionaba
profundamente. Por fin el criado, viendo que su interlocutor no le haca
ms preguntas, se atrevi  formular una  su vez.

--Si el seor me permitiera preguntarle por qu razn vuelve sobre ese
triste pasado. Seguramente no es por curiosidad ni por el placer de
remover esos malos recuerdos. Acaso espera el seor un cambio en la
situacin?

Marenval sali de su meditacin, mir al criado con un inters que nunca
le haba manifestado y dijo, ponindole una mano en el hombro:

--No se sabe lo que puede ocurrir, amigo Giraud. En este mundo no hay
nada definitivo ms que la muerte, y Jacobo est vivo y aun creo que en
buena salud.

--Era tan joven y tan vigoroso! Pero la pena... el arrepentimiento...
Eso destruye! Adems, el clima...

--No es malo, Giraud; no tiene nada de malo. En cuanto  los informes
que he venido  tomar; eran indispensables. Se trata del matrimonio del
seor de Sorege.

--Casarse! Oiga usted, seor; no soy ms que un pobre hombre y el seor
de Sorege es un conde, tiene fortuna, relaciones, todo. Pues bien, si yo
tuviera una hija, preferira que se quedase para vestir imgenes 
casarla con l.

Marenval se ech  rer.

--Tranquilcese usted. Creo que el negocio ha fracasado. Gracias por sus
confidencias, Giraud; creo que me sern tiles.

Se puso el gabn de pieles, hizo un signo amistoso al criado y
acompaado por l sali al patio, se dirigi  su coche y di orden de
conducirle  casa del seor Tragomer. Eran las cuatro. El coche rodaba
al trote cadencioso del caballo, y Marenval, arrebujado en un rincn,
reflexionaba sobre los datos contradictorios que acababa de oir acerca
del personaje que le interesaba.

Por una parte la seora de Freneuse tena  Sorege por un perfecto
caballero que haba ejercido saludable influencia sobre su hijo. Por
otra, Mara declaraba que el amigo de su hermano le haba desagradado
siempre y que le crea ms hbil que leal. En fin, lo que era ms grave
y verdaderamente interesante, la opinin del criado de confianza. ste
haba estado en condiciones de ver y de juzgar. Si es cierto que no hay
grande hombre para su ayuda de cmara, con ms razn no hay fingimiento
posible para el criado que todo lo ve y lo oye.

Forzosamente Giraud haba observado  su seor y  los amigos de su
seor. Todos haban pasado por el tamiz de sus observaciones diarias y
su conviccin era por fuerza la ms justificada. Por otra parte, en lo
que contaba acerca de las relaciones de Sorege y de Jacobo haba muchos
detalles verosmiles. Qu rayos de luz esclarecan la conducta de aquel
hombre, dado lo que sospechaba Marenval! No era posible comprender an,
pero las grandes lneas del asunto empezaban ya  dibujarse.

 no dudar, Sorege haba intervenido en el negocio. Cmo?  qu
ttulo? Este era el punto oscuro , mejor dicho, este era el asunto
mismo. En lo ocurrido dos aos antes haba habido circunstancias
difciles de explicar, aun cuando nadie pona en duda la personalidad de
Lea. Ahora todo era incomprensible. Marenval recordaba algunas protestas
de Jacobo, que nadie haba tenido en cuenta.

Cuando Jacobo fu preso, estaba en el Havre y nunca pudo explicar
claramente qu haba ido  hacer all. Nadie haba comprendido tampoco
por qu se detuvo veinticuatro horas en vez de tomar el vapor y salir
para Amrica. Qu esperaba? La acusacin deca: un cmplice. Pero
cul? Haba sido imposible encontrar ninguno. Sera Sorege? Marenval
se lo preguntaba y no encontraba una respuesta aceptable. Si Sorege
haba sido cmplice quin era la mujer muerta en la calle de Marbeuf?
Porque no haba que perder de vista que, en realidad, se haba cometido
un crimen y que si Lea Peralli viva, otra haba sido asesinada en su
lugar.

Entonces, quin era esa otra y quin el matador? Aqu el problema se
presentaba sin solucin. Si, en rigor, se vea el inters que Jacobo
pudo tener en matar  Lea, no era posible comprender por qu haba
asesinado  otra mujer. El buen Cipriano no haba nunca brillado por su
inventiva y por muy lealmente que se rompa la cabeza buscando la clave
del enigma, no poda encontrarla. Adivinaba que haba un misterio en
todo esto, pero no se senta con fuerzas para descubrirle.

En este instante un capricho del pensamiento le hizo ver las
dificultades con que iba  tropezar voluntariamente y las molestias que
le iban  resultar. Qu!  su edad, cuando tena todo lo necesario para
ser dichoso, una inmensa fortuna, buena salud, una sociedad agradable,
amigos afectuosos y cuantas mujeres pudiera desear, pensaba meterse en
el laberinto de una rehabilitacin muy problemtica, porque un audaz le
haba hecho ver que podra representar en este asunto un buen papel...
No era el mejor de todos vivir lo ms agradablemente posible, apartando
de s toda complicacin? Su existencia era dichosa, convena hacerla
insoportable por continuas alarmas y sacudidas? No era mejor dejarse
llevar blandamente por la corriente del ro, en vez de remar con furia
para abordar  orillas sembradas de peligros?

Ah! Durante aquellos momentos en que dej hablar  su razn de hombre
de mundo, Marenval se vi muy perplejo y pudo echar sobre su destino de
perfecta claridad. Vi todo lo que arriesgaba y, para gloria suya, se
decidi por el peligro, cuando no tena ms que pronunciar una palabra
para asegurar su tranquilidad. Un hermoso movimiento de su nimo pudo
ms que todo. La madre y la hermana de Jacobo, irremediablemente
desoladas, y aquel desgraciado joven sufriendo  miles de leguas un
ultraje y una vergenza inmerecidos, se evocaron en su nimo con fuerza
irresistible.

Despus de todo y pensndolo bien, sus amigos del crculo, sus camaradas
de la vida de fiesta, las bellas jvenes de la aristocracia, que no
tenan para l sino miradas indiferentes, las muchachas que le tuteaban
y le trataban como  un abuelo generoso, pero sin deferencia alguna, le
interesaban muy poco. Todos los que componan su pblico, por cuya
admiracin trabajaba con tanto ardor desde que se retir de los
negocios, se agruparon en su mente como en un cuadro, y le pareci que
todos aquellos rbitros del xito y del renombre dirigan hacia l sus
miradas como para preguntar:

" que se decidir? Adoptar la causa de los oprimidos  sacrificar
la inocencia  su ociosidad? Podremos inclurle entre las
personalidades que llaman la atencin en cuanto se presentan en
cualquier parte,  seguiremos mirndole por encima del hombro, como  un
advenedizo? Ser, en fin, un hroe  un hombre vulgar?"

 esta conclusin, Marenval di un salto en los almohadones do su
berlina. Su cara se puso roja, apret los puos y dijo en voz alta, como
respondiendo  todos aquellos personajes que, burlones  benvolos, le
acechaban para juzgarle en ltima instancia:

"Se han burlado de m, me han desdeado; pues bien, ya vern de lo que
es capaz Marenval! Aunque supiera que en el fondo de este asunto estaba
el mismo diablo, ir  ese fondo y le pondr en claro, como si fuera una
cuenta de mercancas."

El coche se detuvo en este momento y Marenval pens: "Ya no es tiempo de
retroceder; me he empeado  m mismo mi palabra. Vamos  ver qu piensa
Tragomer de las noticias que le traigo." Descendi de la berlina y entr
en la casa.




III


El aliado de Marenval, por su parte, no haba permanecido ocioso. En
cuanto volvi de su viaje al rededor del mundo se ocup en los cuidados
de su nueva instalacin. Un hombre rico, bien emparentado y miembro de
los principales crculos, no puede instalarse como un extranjero que
viene  pasar seis meses en Pars. Tuvo, pues, que buscar una casa,
disponerla  su gusto, amueblarla, comprar caballos y ajustar
servidumbre. Durante unas semanas Tragomer vivi como en campaa,
ocupndose de esos menesteres, comiendo en el crculo y viendo tan slo
 sus parientes y  algunos amigos ntimos. La comida en que haba
encontrado  Marenval era la primera de ese gnero  que asista. Le
haba llevado Maugirn y Tragomer no sospechaba las consecuencias que
iba  tener aquella fiesta  la que concurra sin propsito alguno.

Pero el noble bretn, reflexivo, tranquilo y tenaz, desde el momento en
que cerr su convenio con Marenval no tuvo ms que un pensamiento:
conseguir lo que se haban propuesto. Desde el da siguiente se puso en
campaa. Haca dos aos que tena casi olvidado  Sorege, pues su
intimidad con l ces naturalmente en cuanto la condena de Freneuse hizo
desaparecer el lazo que les una. Haba visto al conde muy afectado, en
apariencia, por la desgracia del amigo comn y le haba odo deplorar
las locuras que le haban conducido  tal catstrofe y defenderle con
generoso ardor contra las censuras de los indiferentes. Poco tiempo
despus emprendi su viaje y no saba qu haba sido de Sorege.

Cuando se encontraban en el crculo, se saludaban y cada uno se iba por
su lado. Entre aquellos dos hombres que durante aos haban vivido
juntos y que se tuteaban, exista una frialdad glacial y pareca que
hasta les costaba trabajo saludarse, como si se odiaran. Tragomer, sin
embargo, no experimentaba sentimientos hostiles hacia Sorege. Aun en el
tiempo en que eran camaradas, no le haba querido. La naturaleza franca
y viva del uno no concordaba bien con el temperamento fro y calculador
del otro. Sorege haba sido siempre reservado con Tragomer y cuando ste
se lo haca observar  su amigo comn, Jacobo responda:

"Djale. Hay que tomar  Juan como es; no conseguiremos cambiarle. Es un
diplomtico; jams dice lo que piensa."

Precisamente la certidumbre de que Sorege no hablaba nunca con franqueza
era lo que alejaba de l  Tragomer, el cual deca con frecuencia 
Freneuse cuando ste le acusaba de su alejamiento:

--Qu quieres! No lo puedo remediar! No me gusta nada ese joven.
Cuando estoy al lado suyo me parece que tiene puesta una careta.

--Entonces, es un gran compaero para ir al baile de la pera, replicaba
alegremente Jacobo que, con su carcter turbulento, no tena tiempo de
estudiar  sus compaeros de locuras.

Fuera de esto, no se poda menos de hacer justicia  Sorege, y Tragomer
no poda negar que el amigo de Jacobo era un hombre perfectamente
educado, instrudo, elegante y de cara agradable, muy valiente, segn
haba probado en diversas ocasiones, y de excelente consejo cuando se le
consultaba un asunto difcil. Frisaba en los treinta aos, era de
estatura mediana, cabello castao, barba cortada en punta y algo clara,
bigote retorcido y ojos muy cubiertos con los prpados, lo que daba  su
fisonoma un aspecto de firmeza. Cuando estaba callado y su mirada
velada se deslizaba imperceptible  travs de las pestaas, era
imposible adivinar lo que pensaba.

Tragomer le encontr tal como le haba dejado, con el mismo aspecto fro
y seguro y el mismo modo de hablar preciso y reservado, y trat de
buscar quin le diese noticias acerca de su hombre, sin despertar la
curiosidad ni provocar una indiscrecin. Para ello le pareci que el
indicado era Maugirn, una de esas gacetillas parisienses que se meten
en todas partes, que todo lo conocen y que adivinan lo que no saben.

Era Maugirn un amigo de la infancia, con el que no haba para qu
gastar cumplimientos, y Tragomer, seguro de una acogida entusiasta, se
puso en camino  eso de las once y media y desde su casa, calle de
Rembrandt, baj  pie hasta el _boulevard_ Malesherbes, donde, casi
esquina  la plaza de la Magdalena, viva Maugirn. Este joven vividor
tena como principio invariable el almorzar siempre en casa.

"Si queris, deca, conservar el estmago, aun haciendo los ms
continuos excesos en el comer, almorzad en casa todas la maanas:
almorzaris medianamente, pero eso os salvar."

Aunque resuelto  no infringir nunca esta regla, Maugirn no llevaba su
cordura hasta imponerse la obligacin de almorzar solo, y como todos sus
amigos estaban seguros de encontrarle en casa  las doce, rara vez
callaba su campanilla y casi todos los das alguna voz de hombre  de
mujer deca alegremente:

"Maugirn, un cubierto; vengo  almorzar medianamente contigo."

Entonces el sabio higienista haca subir de la cueva los mejores vinos
y, as como por casualidad, tena siempre delicados y suculentos platos
que ofrecer  su convidado  convidada. Esto era lo que l llamaba
conservarse el estmago.

Aquella maana haba gran fiesta, como dijo Marieta de Fontenoy cuando
al entrar con Lorenza Margillier vi  Tragomer que estaba fumando un
cigarrillo en el cuarto de Maugirn.

--Dnde est el dueo de la casa? dijo Lorenza echando descuidadamente
el sombrero en un sof y besando amablemente  Tragomer.

--Est ponindose guapo. Y bien, Marieta, no me dice usted nada?
Observo que su amiga de usted ha estado conmigo mucho ms expansiva...

--Mi amiga es de la casa y debe hacer los honores. Por lo dems, mi
querido Cristin, si no hace falta ms que un beso para contentar 
usted, no ha de quedar por tan poco. Y ech los brazos al cuello del
bretn. En seguida dijo, volvindose con ligereza:

--Qu hambre da esta carne de hombre!

--Entonces, queridas amigas,  la mesa, exclam Maugirn levantando una
cortina. Los huevos revueltos con trufas acaban de aparecer; no les
hagamos esperar. Ya nos diremos cumplimientos mientras comemos.

Pasaron al comedor, en el que se revelaba el lujo bien entendido del
hombre que sabe vivir, por los brillantes accesorios de fino cristal,
hermosa porcelana y rica argentera.

--Buenos das, cielito mo, dijo Lorenza. Has dormido bien despus de
la agitacin de anoche? Cuidado que te pusistes chispo, maridito,
despus de comer!

--Yo? dijo Maugirn, yo estaba fresco como una lechuga. El que estaba
un poco... tocado era Tragomer. Qu cosas nos cont, ese monstruo!

--Si, hablemos de lo que nos cont... Hizo sus confidencias  Marenval.
 nosotros nos puso en la puerta.

--Peor para l. Nosotras acabamos de pasar la noche en la _Olimpia_.
Aquello es delicioso. La Rustigieri canta con los pies y baila con la
garganta. Y viva Italia! Lo que nos remos!...

--Me gust ms la Loe Fuller.

--Oh! no; hace dao  la vista.

Se produjo un momento de silencio mientras los convidados probaban un
_chteau Iquem_ que Maugirn les haba recomendado y que pareca obtener
los sufragios de todos. Tragomer, que ordinariamente no beba ms que
agua, dijo al dueo de la casa:

--En efecto, tu vinillo es bastante bueno... Oye, ayer encontr 
Sorege y me pareci muy serio. Le ha ocurrido alguna desgracia?

--La peor de todas, amigo mo. Se casa! Hubo una exclamacin general.

--Oh! Es muy cursi burlarse del matrimonio... Maugirn, tu degeneras.

--El matrimonio, dijo Marieta, es una institucin que se debe conservar
como oro en pao. Primero, porque sin l habra una cantidad enorme de
solteros. Despus, porque los nobles arruinados no sabran cmo
reponerse. Y por fin, porque las seoritas norteamericanas, perderan
aqu un importante mercado...

--Esta Marieta es asombrosa! Por qu no escribes en la _Vida
Parisiense_?

--Por no oscurecer  los redactores.

--De modo que Sorege se casa? continu Tragomer, que no quera que se
extraviase la conversacin.

--Eso se dice por ah, hace algn tiempo.

--Y con quin?

--Con una de esas americanas que preocupan  Marieta, no sin razn. Con
miss Lydia Harvey, de Minneapolis. El padre es un gran ganadero que ha
hecho una inmensa fortuna y sus hijos siguen el negocio.

--Pero Sam Harvey vive en Pars. Es el que ha hecho edificar ese hermoso
hotel en la avenida del Bosque de Boloa.

--Bien puede pagarlo. Los peridicos norteamericanos hablan de su
fortuna como de una de las ms importantes del pas.

--Qu tal es la muchacha?

--Pequea, flaca, morenucha. Hay en ella sangre mejicana. Se dice que su
madre era una mestiza con la que Harvey se cas despus de tener con
ella cuatro hijos. Se ha quedado en Minneapolis. La hija es una
excntrica que dar mucho que hacer al fro Sorege.

--Cundo se ha decidido ese matrimonio?

--Oh! Hace mucho tiempo que se entablaron las negociaciones, que han
sido eternas. Hace ms de seis meses que Juan est rondando  esa
morenilla, pero parece difcil de atrapar. Ha sido preciso el viaje 
Amrica para poner las cosas en su punto.

--Qu viaje  Amrica?

--Harvey llev  Sorege  sus propiedades el verano ltimo. Le dijo:
Venga usted  ver mis bueyes; y Juan tom el vapor con la muchacha.

--El viaje  Citerea, vamos!

Tragomer no llev ms adelante sus investigaciones. Saba ya lo ms
importante; el hecho capital estaba probado. En el momento en que crey
reconocer la voz de Sorege en el cuarto de Jenny Hawkins, en San
Francisco, el conde estaba en Amrica, lo que haca verosmil su
presencia en el teatro y afirmaba con fuerza todas las consecuencias que
de ella se deducan. Sus sospechas no eran ya quemricas, sino que se
fundaban en un hecho real. Sorege estaba en Amrica, luego no haba
coartada posible. No importaba que Amrica fuese muy grande; para
Tragomer, bastaba que Sorege hubiese atravesado el Ocano, para que su
presencia en San Francisco fuese indiscutible. No haba otro francs que
hubiese podido pronunciar su nombre en tales circunstancias.

Pero aqu se detenan las deducciones de Cristin. De que Sorege hubiera
pasado por San Francisco en la misma poca que l y de que estuviera en
el cuarto de Jenny no se deduca que fuese un criminal. Y, sin embargo,
si Jenny Hawkins era Lea Peralli... Al llegar  este punto, Tragomer se
encontraba ante un oscuro abismo que en vano intentaba sondar. Adivinaba
la profundidad de la sima y los horrores que ocultaba, pero no poda
romper las tinieblas de que estaba llena.

Entonces pens que su empeo era cuestin de tiempo. "No puedo
pretender," se deca, "resolver de golpe un problema tan arduo y tan
complicado y que han estudiado ya de buena fe jueces competentes y
sabios, sin encontrar la solucin. Si Sorege es culpable, si es
cmplice, si solamente conoce la verdad y la encubre tan infamemente, es
que tiene un grave inters en hacerlo as, y siendo tan dueo de si
mismo y hbil y calculador por excelencia, ha debido tomar todas las
precauciones para ponerse  salvo de una sorpresa. Pero l ha estado en
Amrica, ha pasado por San Francisco y atribua gran importancia  no
ser visto por m y ms, acaso,  no ser visto en compaa de Jenny
Hawkins. Esa mujer es, pues, quien tiene la clave del secreto." Los
convidados interrumpieron estas meditaciones.

--Qu! El matrimonio de Sorege te infunde esa melancola... Ests
hecho un simple.

--Querido Cristin, no hemos querido causarte pena.

--Tanto quieres  Sorege?

--Pues no es un muchacho muy simptico.

--Es guapo!

--Pero tan fro...

Tragomer pregunt:

--Le habis conocido queridas?

--Oh! No es hombre de amar  una de nosotras, dijo Lorenza. Ha debido
buscar relaciones discretas y econmicas. Me ha hecho siempre el efecto
de un zorro consumado.

--Como que las mujeres de la buena sociedad no cuestan tan caras como
nosotras! exclam Marieta. Pregunta  Maugirn cunto ha pagado en casa
de Doucet y en casa de Worth cuando le honraba con sus favores la
hermosa seora de...

--Nada de nombres propios! interrumpi Maugirn.

--Bah! como si no lo supiera todo Pars... Por mucho que te ocultabas,
mi pobre amigo, no engaabas  nadie y menos al marido. T mismo me has
confesado, t, t mismo, que esa seora te saqueaba de tal modo, que te
habas arreglado conmigo para hacer economas.

-- tu salud, Lorenza! T eres una mujercita que no compromete...

--Oye, grosero!

--Desde el punto de vista del dinero, se entiende, porque en cuanto al
corazn...

Se levantaron de la mesa y pasaron al saln, donde Tragomer, viendo que
eran las dos de la tarde, se despidi  fin de volver  su casa 
esperar  Marenval. Se haban dado cita para cambiar noticias despus de
sus respectivas averiguaciones. Tragomer estaba acabando de vestirse
para ir  comer al crculo, cuando Marenval, que sala de casa de la
seora de Freneuse, lleg  la calle de Rembrandt. El industrial tena
un aire grave y casi solemne.

--Ha sido usted exacto, dijo Cristin. La voluntad no ha flaqueado
desde ayer? Esta usted decidido  marchar adelante?

--Ms que nunca! Lo que he odo en casa de la seorita de Freneuse no
es para desanimarme. La paciencia y el valor de esas dos mujeres, amigo
mo, son admirables. Ellas tampoco dudan! Ah! Qu alegra les ha
causado mi intervencin! Se puede decir que han sido tan cruelmente
abandonadas por todo el mundo...

Tragomer hizo un ademn de protesta.

--Oh! No lo digo por usted, amigo mo, dijo en tono bondadoso Marenval,
sino por m mismo. S que usted ha sido alejado por la seorita de
Freneuse, mientras que yo me alej voluntariamente y no estuvo nada bien
lo que hice. Un caballero hubiera obrado de otro modo, pero yo no era en
ese caso un caballero, sino un millonario mal desvastado an de su
comercio y que tema perder sus nuevas relaciones. Me arrepiento de mi
conducta y quiero repararla... Por vida de!... y lo lograr, gracias
al concurso de usted. Despus veremos si alguien se atreve 
vituperarme.

Cristin escuchaba  Marenval con visible impaciencia deseando hacerle
una pregunta.

--Ha hablado de m la seorita de Freneuse?

--S.

--En qu trminos?

--Escuche usted, Tragomer; no estamos aqu para decirnos cumplimientos,
verdad? Pues bien, Mara es severa para con usted. He aqu lo que ha
respondido textualmente cuando yo les asegur el afecto y la adhesin de
usted: "Nos ha abandonado  mi madre y  m; yo le he borrado de mi
recuerdo como l nos borr de su corazn."

Cristin baj la cabeza con tristeza.

Acaso tiene derecho para tratarme tan duramente, dijo, pero le falta
indulgencia. En el paroxismo del dolor, se neg  ver hasta  los que
queran permanecer fieles y facilit as el abandono.  su lado no
hubiera yo sido tan dbil; su deseo de resistir  la mala fortuna me
hubiera dado energa. Nos hubiramos animado mutuamente. Pero su pena
altanera juzg en definitiva  los que no se declararon abiertamente en
favor de su hermano. Yo no tuve ese hermoso desprecio del qu dirn, lo
confieso humildemente, pero si Mara quiere reflexionar, comprender
cuntas circunstancias atenuantes militan en mi favor.

--Su madre defiende  usted y lo disculpa... Es horroroso! Esa pobre
mujer confiesa, ella misma, que aun estando convencida de la inocencia
de su hijo, se ve en la imposibilidad de probarla. Cmo, entonces, no
perdonar  los extraos un poco de vacilacin, sobre todo cuando se
ofrecen  reparar su falta?

Cristin movi dolorosamente la cabeza y cambi de conversacin.

--De modo que en la casa nadie ha cambiado de conviccin?

--Estn ms firmes que nunca. Solamente que no saben nada acerca de
nuestro hombre,  saben tan poco que no vale la pena de hablar de ello.
Impresiones morales, nada ms. Lo que equivale  decir que vuelvo de
vaco.

Yo tengo ms noticias. He sabido que Sorege se va  casar con miss Lydia
Harvey y que ha estado en Amrica.

--He aqu por qu desapareci durante seis meses. Miren el disimulado!
Y se casa con la chica de Harvey? Bonita fortuna! El padre no se deja
ahorcar, ciertamente, por veinte millones de dollars. Pero tiene, lo
menos, seis hijos y los varones son siempre mejorados en Amrica. Sin
embargo, es un buen capital. Pero cmo concilia usted los proyectos
matrimoniales de ese mozo y sus relaciones can Jenny Hawkins?

--No los concilio; pongo en presencia los hechos para estudiarlos. Unas
relaciones con Jenny Hawkins no excluyen un proyecto de boda con Miss
Harvey; al contrario. Si la querida ambiciona el dinero, debe animar 
Sorege  casarse con una mujer rica. Adems, el matrimonio sera un
medio de ocultar lo que puedan tener de peligrosas las relaciones de
Sorege con la cantante, y es muy admisible que Jenny favorezca ese
proyecto, sobre todo si quiere conservar su amante. Por fin, si Sorege
tiene el proyecto de expatriarse y marcharse  vivir en Nueva York, para
defenderse contra toda investigacin, esa boda se explicar
perfectamente.

--Todo eso es razonable, dijo Marenval. Lo indispensable sera saber
exactamente quin es esa Jenny Hawkins.

--Solamente Sorege podra decrnoslo y l se guardar bien de hacerlo. 
no ser que...

--Y bien?...

-- no ser que nos lo diga Jacobo de Freneuse.

Marenval hizo oir una especie de silbido que le serva habitualmente
para expresar sus dudas.

--S, pero, vaya usted  buscarle. Est lejos!

--Bah! dijo Tragomer; veinte das de travesa en un barco que ande
regularmente.

Marenval hizo un movimiento de asombro.

--Qu! Piensa usted ir  la Nueva Caledonia?

El bretn mir tranquilamente  Cipriano.

--Por qu no, si fuera preciso?

El antiguo comerciante dirigi una mirada de terror  su asociado y
pens: "Dios mo, en qu berenjenal me he metido! Este hombre es
terrible y no retroceder por nada. Habla de ir  la Numea como de tomar
el tren para Marsella. Se planta en los antpodas con una facilidad
increble... Pero y yo, Marenval, retirado de los negocios para gozar
de la vida? Estoy loco?"

Cristin no le dej tiempo de concluir.

--Esta sera una magnfica ocasin para usted de mostrarse un verdadero
_sportman_, ocultando as hbilmente detrs de ese viaje de placer las
graves causas de nuestra expedicin. Vea usted, amigo Marenval, cmo los
Vanderbilt vienen continuamente  Francia desde Amrica y cmo Goron
Bennett se encuentra con ms frecuencia en Niza que en Newport. No le
aconsejar  usted que compre una isla en la embocadura del San Lorenzo
como ha hecho su rival. Creo que le bastar anunciar en el crculo, con
aire de indiferencia, que va usted  hacer conmigo una expedicin 
Alaska, por ejemplo. Vera usted el efecto! Los peridicos se
apoderaran de la noticia y estara usted en evidencia durante ocho das
por lo menos. Desde ese momento formara usted parte del gran estado
mayor de los _sportmen_ para quienes no existe la distancia, que mandan
en el mar y que son, en suma, los verdaderos prncipes en esta poca de
la clase media, Acaso le desagradara  usted todo esto? No tendra
usted, siendo fuerte y vigoroso, el valor de arriesgar una partida
semejante?

Marenval, un poco asustado, pas por muchos sentimientos contradictorios
durante la exposicin de Tragomer. Por el pronto, lo repugnaba la idea
de una larga permanencia en un barco. La inconstancia de los vientos y
la agitacin de las olas le inspiraban un prudente terror. Se estremeca
pensando que tendra que acostarse en un estrecho camarote contra cuya
pared se estrellaran sin tregua las olas amenazando destrurla. Cmo
dormir con tales emociones? Por otra parte estimulaba su orgullo la idea
de entrar en el rango de los grandes seores modernos que dominan todas
las dificultades materiales por la fuerza del dinero. Despus de todo
no poda l intentar lo que otros realizaban? Tan aventurado sera el
imitar su ejemplo? Acaso sus terrores eran iguales  los de los que en
otro tiempo hacan testamento antes de montar en el tren. El progreso,
pensaba, lo ha simplificado y facilitado todo. Los viajes por mar eran
partidas de placer reservadas solamente  los millonarios clebres por
su lujo y su _confort_. No sera mucho lo que tendran que sufrir en sus
frecuentes travesas, pues, ciertamente, no gastaran tanto dinero en
procurarse molestias. El nombre de esos millonarios, no caba dudarlo,
estaba en todas las bocas y el _sport_ mas costoso, el ms raro y el ms
brillante era el _yachting_. Por qu no haba l de figurar entre los
diez  doce soberanos de la mar? No tena los medios? Nadie saba lo
rico que l era, y esta vez no se podra dudar de su fortuna vindole
alternar con los ms grandes y tirar el dinero  manos llenas.

El temor, sin embargo, se volvi  apoderar de l. Nunca haba navegado
ms que para ir del Havre  Trouville y de Calais  Douvres, y aun en
estas cortas travesas haba tenido tiempo para sentirse malsimo. Sin
embargo, en la fiebre del momento no se acordaba de aquellas molestias.
Pero la adquisicin de un navo, su organizacin, el ajuste de la
tripulacin y del capitn, qu dificultades tan insuperables para l!
Pens vagamente que todo eso era ms que difcil, imposible de realizar
y sinti un alivio delicioso. Entonces mir  Tragomer tratando de rer.

--Pero, querido amigo, usted no conoce obstculos. Para navegar hace
falta un barco, y ste no se construye tan de prisa...

--Bah! dijo el bretn, se encuentran alquilados todos los que se
quiera. Los puertos de Levante estn llenos de yates magnficos que
estn  la disposicin de los aficionados. Si su decisin de usted es
firme, encontrar en quince das un yate bien acondicionado, con una
tripulacin escogida y un buen capitn. Es una industria inglesa. Se
alquilan los yates como las casas de campo y hasta se encuentra donde
elegir.

--Ah! dijo Marenval estremecindose. Tan fcil es?

--Todo es fcil con dinero. En el orden material casi no hay lmites.
Solamente se encuentran en el orden moral. Hay todava conciencias que
no se compran, lealtades que no tienen precio y virtudes que desafan
toda subasta; digmoslo en honor de la humanidad. Para todo lo dems,
golpee usted de cierto modo su bolsillo y tendr cuanto le plazca. Pero
no se ponga usted en camino tan pronto, querido amigo; tenemos todava
mucho que hacer aqu, aun admitiendo que alguna vez necesitemos
emprender ese viaje. Por el pronto, quiero ver  Sorege y hablar con l.

--Qu! Va usted  descubrir nuestras bateras?

--Estn ya descubiertas, no lo dude usted. Conviene pues que tengamos la
ventaja de saber cmo se defiende nuestro hombre. Obrar con prudencia,
est usted tranquilo. Pero es necesario que trate de ver su juego.

--Y yo, qu debo hacer?

--Usted deba tratar de saber quin es Jenny Hawkins, de dnde viene,
qu hace. Y acaso fuera tambin conveniente que hablase con algn
magistrado de rango elevado de la posibilidad de un error judicial.
Conoce usted al fiscal del Supremo?

--No, pero uno de los sobrinos de Chambol, Pedro de Vesn, es fiscal.
Vesn es un muchacho muy distinguido y puede darnos un buen consejo. Le
he conocido nio y me quiere mucho. Ir  verle.

--Es lo mejor.

Marenval tuvo un momento de vacilacin y luego pregunt:

--Est usted satisfecho de m?

--Asombrado, sencillamente. No lo hubiera credo capaz de tal denuedo.
Yo haba pensado: Marenval ha entrado en campaa en seguida porque tiene
un alma generosa. Ante la idea de que un desgraciado sufre injustamente
se ha exaltado, pero eso no durar.  las primeras dificultades
retroceder y me dejar continuar solo mi camino. Porque soy testarudo y
estoy decidido  salirme solo con mi empeo. No admito que una empresa
comenzada se quede sin terminar,  menos que no se demuestre que es
imposible. Pero usted no slo no ha retrocedido sino que acepta todas
las dificultades con la calma de un hombre resuelto. Su valor de usted
es extraordinario.

Marenval baj la cabeza.

--No me coloque usted tan alto en su estimacin. Debo confesarle que, en
el fondo, he dudado ms de una vez. No he nacido temerario y solamente 
fuerza de voluntad me pondr  la altura de las circunstancias. Si hay
riesgos que correr, no se asombre usted de verme temblar un poco; mi
naturaleza tiene que manifestarse. Pero espero que llegar  dominarla
por el razonamiento. Usted lo ha dicho muy bien hace un instante: un
desgraciado sufre injustamente y si no hago cuanto pueda por salvarlo,
no tendr ni una hora de tranquilidad en la vida. Me alegro de haber
confiado  usted mis debilidades, porque as me ayudar usted, si es
preciso,  vencerlas y, Dios mediante, no nos quedaremos en el camino.

Tragomer no respondi; estaba sinceramente conmovido y pensaba: "He aqu
uno de los hombres ms animosos que he conocido. Tiene conciencia de ser
tmido y aun as sigue adelante". No quiso decir  Marenval lo que
pensaba, temiendo asustarle si le haca comprender hasta qu punto le
juzgaba digno de estima.

--Pues bien, querido amigo, dijo ofrecindole la mano; esta noche en el
pequeo crculo, si no tiene usted nada que hacer. Hacemos nuestro plan
para maana.

--Convenido. Pero le veo  usted vestido para salir; quiere usted que
le lleve  alguna parte?

--Bueno;  la Magdalena.

Salieron, muy contentos el uno del otro. Marenval porque se vea crecer
 sus propios ojos. Tragomer, porque tena esperanza de rehabilitarse
ante la seorita de Freneuse.

Sorege estaba en el crculo cuando Tragomer,  eso de las siete, entr
en el saln. El conde, apoyado en la chimenea, hablaba con un grupo de
socios y mostraba en la conversacin aquella fisonoma firme y fra que
ocultaba tan bien sus impresiones. Mientras hablaba sus ojos permanecan
medio cerrados sin que nada pudiese denunciar su pensamiento ntimo;
cara de diplomtico precavido y astuto, que tambin poda ser de
traidor. Tragomer no se aproxim al grupo y Sorege no hizo ni un
movimiento para ir hacia su antiguo amigo.

Tragomer cogi de la mesa un peridico ilustrado pero no tuvo tiempo de
volver dos pginas. Maugirn le toc en el hombro.

--Vas  comer?

--S, contigo, si quieres.

--Con mil amores. Tengo una mesa con Frecourt.

--Me alegro. Tengo, precisamente, que pedirle unas noticias.

Frecourt, al que llamaban "Semifusa" era uno de los aficionados  la
msica ms eruditos de Pars. Conoca todas las partituras, todas las
escuelas y todos los cantantes desde haca treinta aos. Hablaba
enternecido del comienzo de la Patti y contaba los primeros pasos de
Yvette Guilbert en el _Divn Japons_. Su eclecticismo era absoluto y
hablaba con el mismo entusiasmo de Paulus, el notable cancionero, que de
Reszk, el gran tenor dramtico.  este propsito deca: "Hay,
evidentemente, una jerarqua de gneros, pero cada uno de ellos es
notable en grado igual."

Cantaba tambin con voz de falsete, capaz de rasgar los odos mejor
dispuestos, y era la broma obligada entre sus amigos hacerle cantar
despus de comer. Era buen muchacho y viva con una bailarina de la
pera, con la que tena dos hijos.

El jefe de comedor se present  anunciar que la comida estaba dispuesta
y todos se dirigieron  la mesa.

Haba siempre en el crculo una concurrencia media de cuarenta 
cincuenta personas que iban  comer; muchos militares retirados,
solteros que por casualidad no estaban invitados y transeuntes como
Tragomer. Disponan de una gran mesa de veinticinco cubiertos y de otras
ms pequeas en los rincones y en el saln inmediato.

--Apreciable Frecourt, vas  hacernos el favor de hablarnos de todo
menos de tu sempiterna msica.

Maugirn lanz ese ultimtum  su amigo en cuanto se sentaron  comer.

--S, querido, ya s que no eres melmano. Quieres que hable de cocina,
de estrategia, de pintura, de poltica?

--No hables, lo prefiero.

--Aunque rabies, espera un poco... Cancin de Silvain, los Dragones de
Villars, acto segundo, escena..., dijo Frecourt riendo.

--Vaya! Ya se desat.

--Djale, dijo Tragomer. Yo encuentro su msica muy digestiva. En Texas,
los jefes indios hacen que les canten canciones durante las comidas.

--Oyes, Frecourt? Los salvajes.

--Oh! Desde que existe la civilizacin, la msica es el accesorio
obligado de los festines.

-- que vas  pedir _tziganes_?

--Mira el cuadro de las bodas de Can. All ves msicos que rascan las
cuerdas en trajes suntuosos mientras los convidados vacan las nforas
en las que el agua se ha convertido en vino. Aquellos son los _tziganes_
de ese tiempo.

--Se iban ya entonces con ellos las princesas?

--Es muy probable. Alain Chartier fu besado en los labios por una reina
y no era ms que poeta...

--Digo! Si hubiera sido msico...

--S, dijo Tragomer; pero las bacantes mataron  Orfeo.

--Estaban borrachas... Y, adems, quin sabe? Acaso Orfeo no quiso
tocar lo que ellas le pedan.

Maugirn se puso  tararear, con aire malicioso.

--Ah! Maugirn, aqu te cojo, exclam Frecourt; ahora eres t el que
canta. Una multa; que traigan champagne...

--Qu herejas dicen estos msicos! Champagne! Yo que t pido
limonada. Vais  probar un _Chteau Lafite_ como no se bebe en ninguna
parte. Yo se lo he proporcionado al crculo, porque habis de saber que
el encargado de los vinos no sabe de eso ni jota.

La comida continuaba y en todas las mesas suba poco  poco el tono de
las conversaciones. Era la hora benfica en que los estmagos contentos
reparten por todo el ser una especie de beatitud. Maugirn estaba
benvolo y no se burlaba de Frecourt. El mismo Sorege, sentado en la
mesa grande, bastante lejos de los dos amigos, sonrea, menos enigmtico
que de costumbre. Se estaba sirviendo el plato de pastelera y Tragomer,
que estaba silencioso, se volvi hacia Frecourt y le dijo en tono
indiferente:

--Usted, que conoce  todos los cantantes del universo, quin es Jenny
Hawkins?

--Jenny Hawkins, la que hace expediciones al extranjero con Novelli?
Pues es, sencillamente, Juana Baud.

Al oir esto, Tragomer no pudo contener un movimiento.

--Juana Baud! Es un nombre francs.

--Lo mas francs del mundo. Juana Baud ha cantado operetas en
Variedades. No estaba entonces en candelero, la pobre muchacha. Hizo el
papel de una de las acompaantes de la princesa de Mantua, en
_Prichole_. Era bonita y bien formada y su voz prometa; pero era
preciso estudiar y la tal Juana se diverta demasiado para ocuparse en
el solfeo. Sin embargo, yo predije su porvenir.

--Pero, interrumpi Tragomer, llevaba entonces su nombre?

--Se hacia llamar Juana Baudier. Oh! Usted, Tragomer, no ha podido
conocerla; entonces no se ocupaba usted de teatro. Adems esa muchacha
era en aquella poca completamente ignorada.

--Qu edad puede tener?

--Unos treinta aos.

--Qu seas tena?

--Era morena, de facciones regulares, magnficos ojos negros y boca algo
grande con unos dientes como perlas. Una maana desapareci y no se ha
vuelto  oir hablar de ella sino con el nombre de Jenny Hawkins, que
suena infinitamente mejor que Juana Baud  Baudier. Los ingleses la
creen compatriota y eso les halaga.

--Cunto tiempo hace que se march?

--Debe hacer unos tres aos. Pero si esto interesa  usted, hay una
persona que le enterar exactamente:

--Quin?

--El agente de teatros Juan Campistrn; es el que recluta las compaas
y conoce todo el personal, hasta el que no trata con l.

--Dnde vive ese agente?

--Campistrn? Calle de Lauery, 17. Pero todo el mundo lo conoce.

--Ests loco! exclam Maugirn; t lo conoces porque vives entre toda
esa gentuza, pero cmo quieres que Tragomer sepa de tu agente de
gorgoritos?

--Puede conocerlo por haberle visto en el crculo. Vino con frecuencia
cuando se trat aqu de organizar un espectculo como si hubiramos
querido hacer competencia  los _Menus-Plaisirs_. El tal Campistrn hace
de todo, desde el primer papel de una tragedia heroica hasta el tirador
de carabina que rompe huevos sobre la cabeza de su hijo, como Guillermo
Tell;  el exhibidor de perros sabios,  el que rompe cadenas... Es un
tipo asombroso. En provincias ha cantado de tenor de fuerza.

--Nos ests aburriendo con tu cmico de la legua! interrumpi
furiosamente Maugirn... No s cmo te sufre Tragomer.

--Nada de eso; me interesa, por el contrario, dijo amablemente Tragomer.
T no entiendes de nada, Maugirn, en cuanto te sacan de catar vinos.
Oye lo que decimos mientras te bebes tu Lafite... De modo, Frecourt,
que usted ha conocido  esa Juana Baud?

--S, amigo mo, la conoc en el Conservatorio en la clase de Achard.
Tena una preciosa voz de _mezzo-soprano_, pero viva en una continua
_juerga_, y eso es malsimo para los rganos vocales. Llegaba siempre al
_faubourg Poissonnire_ en una preciosa berlina tirada por un caballo de
ciento cincuenta luises... Y era de ver la cara que pona Ambrosio
Thomas... Decadencia y corrupcin! deca levantando los brazos al
cielo. Nuestra buena pieza no obtuvo el premio y tuvo que contentarse
con un accsit; y por cierto que arm un tumulto en la sala  causa de
su traje y de las perlas que llevaba en las orejas. En aquella poca la
mantena Salveneuse, que peg de palos en el _boulevard_  Armando
Valentn por haber escrito una crnica feroz contra su amiga. Juana Baud
abandon el arte durante cinco  seis aos y corri en grande con los
jvenes ms  la moda... Despus, un da apareci en Variedades, donde
ense, en una Revista, el ms bonito par de piernas y el seno ms
slido que se haban visto haca mucho tiempo.

--Pero d, Tragomer, es verdad que te divierte este cronicn de
bastidores?

--Claro que s. Fumo, descanso, y estoy bien.

--Yo le encuentro antediluviano con su Juana Baud y su Salveneuse, al
que me parece estar viendo con su perro, sus patillas teidas y su
pantaln ancho. Creo que estoy oyendo historias de mi abuelo... Apuesto
 que nos va  hablar ahora de Valentino y de Markowski.

Tragomer se ech  rer.

--Vamos! joven viejo, un poco de indulgencia para los viejos
jvenes... Siga usted, Frecourt, estoy suspenso de sus labios.

--Ah! querido amigo; si le divierten  usted las historias de aquel
tiempo, las s ms asombrosas.

--No, dijo vivamente el barn; sigamos con Juana Baud; el asunto est
empezado; acabmosle.

--Pero qu te importa la tal Juana Baud? dijo en tono do enfado
Maugirn. Es inaudito lo simple que ests esta noche!

--No comprendes, Maugirn, contest gravemente Tragomer. Algn da te
dar explicaciones y te quedars asombrado.

--En ese caso, viejo Frecourt, sigue con tu historia, puesto que parece
que es palpitante.

Y Maugirn se puso  fumar con aire de mal humor. Sirvieron el caf
mientras que varios socios salan ya del comedor y la intimidad del
lugar se haca mus grande. Frecourt aventur un codo sobre la mesa y
prosigui:

--Si Juana hubiera sabido vivir, hubiera llegado  hacer fortuna. Tuvo
un hotel en la calle de la _Faisanderie_ y un tren suntuoso. De entonces
datan sus relaciones con Woreseff y tambin su pasin por Sabina Leduc.

--Anda con Dios! No le faltaba nada  tu Juana Baud. Me repugna esa
clase de mujeres!

--No es  t solo. Probablemente Woreseff era tambin de tu opinin,
porque abandon repentinamente  Juana, la cual vivi durante un ao de
los restos de su lujo. Despus, acosada de cerca por sus acreedores, se
eclips para reaparecer en el extranjero con el nombre de Jenny
Hawkins... El hotel fu vendido y no se oy hablar de ella, si no es
alguna vez en los peridicos. Jams ha vuelto  Pars, como si guardase
rencor  la gran ciudad de su desilusin.

Al acabar el relato de Frecourt, todos se levantaron y se dirigieron
hacia los salones. Sorege, extendido en un silln, pareca digerir la
comida con una satisfaccin completa.

Tragomer dej  sus compaeros, se aproxim al joven y tocndole en el
hombro por encima del alto respaldo del silln, le dijo:

--Buenas noches, Juan, ests bueno?

Sorege abri los ojos y lanz  Tragomer una rpida mirada; en seguida
sus pupilas velaron de nuevo los misterios de su pensamiento. Una vaga
sonrisa se dibuj en sus delgados labios y con voz tranquila respondi:

--Calla! Tragomer, estabas ah? Por qu no has comido en la mesa
grande con nosotros?

--Maugirn me guardaba un puesto en su mesa. Por cierto que he sabido
una noticia importante para ti. Me han dicho que te casas.

Un ligero estremecimiento agit la boca de Sorege, que continu
sonriendo.

--Ah! Habis hablado de ese proyecto?

--Proyecto! Pero no es seguro?

--Lo es algo en el mundo?

--Y es una americana tu elegida?

--S, una persona encantadora, miss Harvey... La conoces?

--No tengo ese honor, pero cuento con que querrs presentarme  ella.

--Con mucho gusto, aunque eres un compaero peligroso con tu musculatura
y tu aspecto de vigor... Estos primitivos de Amrica tienen un culto
por la fuerza...

Tragomer observaba  Sorege con todas sus facultades; escuchaba las
entonaciones de su voz y espiaba los movimientos de su cara. Nada
acusaba agitacin en el conde, excepto un pequeo temblor de la boca,
que poda ser nervioso. Entonces Tragomer, cubriendo con una mirada  su
interlocutor, dijo recalcando las palabras hasta darles un tono
amenazador:

--Dime; has conocido  miss Harvey durante tu viaje  Amrica? Sorege
no levant los ojos, sigui cerrado  impasible, pero se levant
lentamente, cogi un cigarrillo y le encendi en la chimenea, como si
quisiera tomarse tiempo para reflexionar. En seguida respondi:

--No, la conoc antes. Su padre fu quien me llev  Amrica.

Tragomer se qued desilusionado. Esperaba que Sorege, bruscamente
atacado, tendra miedo, perdera la cabeza y negara el viaje, 
aparecera, al menos, turbado por aquella pregunta inesperada. Pero su
adversario no perda la cabeza tan fcilmente y jams se asustaba.
Cristin tuvo muy pronto la prueba. Sorege abri los ojos por completo,
mostr su mirada azul de una claridad poco tranquilizadora y se ech
francamente  rer.

--Y t, te has divertido en tu viaje? No pareca que te divertas mucho
en San Francisco, en el magnfico palco en que oas Otello...

Entonces fu Tragomer el que perdi pie. No slo no se ocultaba Sorege
sino que sala al encuentro de las explicaciones.

--Me viste, acaso?

--Diablo! No haba medio de no verte. Viniste  bloquearme en el cuarto
de una cantante cuando yo tena ms necesidad de conservar el incgnito.

--Por qu?

Sorege se sent  horcajadas en una banqueta, de modo que el calor y la
claridad de la chimenea le diesen en la espalda y dijo con admirable
tranquilidad  Tragomer, que, estupefacto, se haba sentado al lado
suyo:

--Figrate t que estando en San Francisco con M. Harvey y sus hijos, la
casualidad me hizo encontrar  una antigua amiga  la que no haba visto
en tres  cuatro aos y que estaba corriendo el mundo en busca de
fortuna...

--Jenny Hawkins?

--La misma. No he de andar en hipocresas contigo. Haca dos meses que
mi futuro suegro me llevaba dando tumbos por sus ranchos, lo que me
resultaba montono. Aquella muchacha me hizo una acogida calurosa y la
ocasin, la primavera... Sal de toda aquella cuaresma americana con
una buena cena  la europea...

--Estabas entonces en el cuarto cuando yo entr?

--Estaba all cuando te presentaste con tus dos yanquis. Puedes
figurarte que no me d prisa  mostrarme. T me hubieras abrazado; mi
presentacin  tus indgenas era inevitable; stos hubieran hablado de
nuestro encuentro y Harvey y sus hijos hubieran sabido que yo me iba 
picos pardos, lo que, contando con el pudor anglosajn era para m un
serio contratiempo... Prefer, pues, suprimir el abrazo... Me guardas
rencor?

Tragomer se haba repuesto y estaba reflexionando. La explicacin de
Sorege era ciertamente aceptable y hasta verosmil, pero aquel relato,
para un espritu tan prevenido como el de Cristin, adoleca de exceso
de habilidad, estaba demasiado bien compuesto y establecido y revelaba
la preocupacin de engaar. Tragomer quiso llevar hasta el ltimo
extremo  aquel admirable actor y obligarle  mostrar todos tus
recursos.

--No te guardo rencor, puesto que tuviste inters en obrar de ese modo.
Pero me conoca tambin Jenny Hawkins?

--Por qu?

--En el momento en que se cerr la puerta, t dijiste en voz baja:
"Cuidado! Tragomer!..."

Sorege frunci imperceptiblemente las cejas. Acaso se senta algo
rudamente apurado y empezaba  ponerse de mal humor. Con cierta sequedad
respondi.

--Oste? Ladino! Tienes buen odo. Pues bien, s, Jenny te conoca. Y
de un modo muy sencillo. Yo te haba visto desde mi localidad en cuanto
entraste en el teatro, pero ella, como artista interesada en conocer el
pblico y en descubrir  sus amigos, te haba observado y visto que eras
extranjero. En cuanto llegu  su cuarto me habl de tu yanqui y de su
compaero. "Jurara que es francs" dijo.--Y parisiense,
respond--Sabes quin es?--Cspita, es mi mejor amigo--Tremele--T
bromeas. Si Tragomer te gusta, espera que yo me vaya." Jenny me llam
tonto. Yo no poda contarle que si no quera ser visto con ella era
porque me iba  casar y sal del paso fingiendo una escena de celos. Por
eso, cuando entraste me apresur  cerrar la puerta diciendo como
advertencia tu nombre y como amenaza cuidado!

Tragomer no discuti aquel relato un poco largo. Tena prisa por
esclarecer los hechos en su conjunto.

--Entonces eras t el que vena con ella en coche despus de la
representacin?

--Naturalmente. Bien nos contrariaste con tu aparicin repentina en el
momento en que me dispona  bajar del coche. bamos  cenar juntos.

--Y os separsteis all, sin volver  veros?

--Por supuesto! dijo Sorege con alegre abandono. En cuanto te decidiste
 entrar en el hotel, volvi  salir Jenny y fu  reunirse conmigo en
el carruaje. En vez de cenar en el hotel de los Extranjeros, fuimos 
_Golden House_. Justamente al salir de all,  las dos de la maana,
Jenny cogi fri y una ronquera que le oblig  suspender la
representacin y  marchar  Chicago.

--Marchaste con ella?

--Puedes figurrtelo. All nos indemnizamos cumplidamente de los
embarazos que nos habas causado. Y ahora,  mi vez, quieres explicarme
qu furor te entr de espiar  aquella pobre Jenny como lo hiciste?

--Bah! Esa es buena! La encontraba encantadora y observ que un
personaje misterioso ocupaba el sitio que yo ambicionaba. Quise saber 
qu atenerme y ver el partido que podra sacar. Prontamente me convenc.

Sorege, con los ojos cerrados, fumaba sonriendo.

--La cosa es muy sencilla... Hemos sido rivales durante veinticuatro
horas.  no ser por el diablo de mi suegro y de sus _cow-boys_ de hijos,
te hubiera presentado yo mismo sencillamente y de muy buena gana, y
hubieras participado de mi buena fortuna. Eso se hace entre amigos,
sobre todo de viaje.

Tragomer dej pasar unos instantes y despus, como si le acometiese de
nuevo la curiosidad, pregunt:

--Dnde conociste  Jenny Hawkins!

--Ah! eso te preocupa? Pues bien, sal de dudas. La conoc en Londres,
en la Alhambra, donde cantaba y bailaba, sin que se pudiese sospechar
que llegara  ser una estrella.

--No es italiana? pregunt bruscamente Tragomer.

Los ojos de Sorege se abrieron y dijo con voz seca, solo detalle que
tradujo un poco su emocin:

--Por qu ha de ser italiana? Porque canta en italiano? Todas las
cantantes saben esa lengua; es para ellas indispensable; pero eso se
aprende en veinte lecciones.

--En todo caso, no es ni inglesa ni americana. Mis yanquis de San
Francisco me lo dijeron.

--Si lo sabes, amigo mo, por qu me lo preguntas?

--Para saber si t lo ignoras.

--Podra ignorarlo perfectamente, pues el pasado de esa amable muchacha
no me interesa gran cosa, pero no lo ignoro, querido Cristin. Me entero
por gusto de lo que se refiere  las personas que trato, aunque sea de
pasada, y estoy al cabo de la calle acerca de Jenny Hawkins.

--Que no se llama as.

--No, dijo framente Sorege, se llama Juana Baud,  Baudier, y es
francesa. Ests contento, Tragomer?

En el tono de estas palabras hubo tal acento de sarcasmo, que Cristin
apret los puos de rabia. Su interlocutor pareca decirle: "Busca,
desgraciado, que no encontrars nada! No me cogers en ningn renuncio.
Hace una hora que te traigo y te llevo contndote mentiras para hacerte
descubrir  Juana Baud, que es un personaje real, en cuya autenticidad
te vas  estrellar."

En este mismo momento Tragomer adquiri la certidumbre de que Jenny
Hawkins no era Juana Baud y de que en esto estaba el nudo de la intriga.
Era preciso descubrir debajo de Juana Baud  Lea Peralli. Porque la
mscara con que la cubra Sorege era doble  no dudar. El conde haba
levantado la de Jenny y mostrado  Juana; no haba nada ms que esperar.
Cristin, por otra parte, tena un inters capital en no agriar sus
relaciones con Sorege. Tom, pues, un tono jovial y respondi:

--Perfectamente. Veo que eres el mismo de siempre; muy avisado y cauto
en cuanto haces. En el tiempo en que vivimos, no es ciertamente mala
cualidad.

--Trato de razonar un poco. Hay tantas personas que dan vueltas como
palominos atontados... Bastantes ocasiones hay de romperse la cabeza
sin divertirse en escoger los malos caminos.

--Cuando te cases irs  vivir en Amrica?

--Dios me libre. Amrica, como has podido ver, es un pas imposible.
Tanto valdra vivir en una manufactura de provincia, en medio de la
agitacin de los negocios y sin ningn recurso para distraerse. Los
americanos que han hecho fortuna saben bien que su pas es inhabitable
como no sea para ganar dinero. Por eso se apresuran  venir 
establecerse en Europa. Si se les quisiera jugar una mala pasada, no
haba ms que obligarles  vivir en sus _United States_. Se moriran de
fastidio.

--Por eso sus hijas manifiestan tan decidida propensin  casarse con
franceses  ingleses.

--Si tienes en ello alguna idea, en las relaciones de Harvey quedan
algunas encantadoras _misses_, muy rubias, de talle largo y piernas
cortas y la barbilla un poco maciza, que tienen dotes apetecibles. Hay
que cruzar las razas, Tragomer.

--S, esas son las nuevas cruzadas. No estoy de esa opinin por el
momento. Pero dar con mucho gusto la enhorabuena  tu prometida por la
buena eleccin que ha sabido hacer.

--Pues bien, te llevar  casa de Harvey una de estas noches. Se beben
all licores extraordinarios. T no los extraars mucho.

--Lo que har ser no beber nada.

Ambos rean con perfecta seguridad de buenos muchachos sin segunda
intencin. Al verlos y al oirlos no se hubiera sospechado la gravedad de
las palabras que haban cambiado ni la importancia de los intereses que
andaban en juego. Sin embargo, si alguien hubiera tocado el cuello de
Sorege, hubiera observado que le tena empapado en sudor como si acabara
de dar una larga carrera. Los dos amigos se levantaron y, familiarmente
cogidos del brazo, pasaron  la sala de juego y se aproximaron  la mesa
del _baccar_.

--Juegas ahora? pregunt Tragomer.

--De vez en cuando, para pasar una hora.

--Y ganas?

--Algunas veces.

Tragomer mir  Sorege y dijo tristemente:

--No eres entonces como el pobre Jacobo. Ese no ganaba nunca.

Por muy dueo que fuese de s mismo, Sorege se estremeci al oir aquel
nombre. Su cara se cubri de palidez y, casi en voz baja, replic:

--En el juego que l haca era imposible ganar.

Tragomer, entonces, sacudi la cabeza y dijo con voz firme:

--Sobre todo cuando hay que habrselas con adversarios que sealan las
cartas...

Los ojos de Sorege aparecieron chispeantes y sus labios temblaron, como
si fuese  dejarse llevar  alguna declaracin imprudente. Pero logr
dominarse, di tres pasos para dejar  Tragomer y volviendo en seguida
hacia l, le dijo:

--Cada cual es dueo de su destino, Tragomer! Si el desgraciado Jacobo
estuviese aqu, l mismo te lo atestiguara.

Levant la cabeza orgullosamente, dirigi  Tragomer un ademn de
despedida y se alej.




IV


La agencia dramtica Campistrn est establecida en un piso tercero
interior de la calle de Lancry, y all, retirado de la escena despus de
una carrera llena de incidentes realizada en los teatros de provincia,
el antiguo primer tenor se ocupa en proveer  sus ex directores del
personal que necesitan para todos los gneros. La seora de Campistrn,
ms conocida con el nombre de Glorieta, tuvo un momento de reputacin
como cantante de caf concierto. Ahora ayuda  su marido  dar
audiciones,  montar espectculos mixtos,  aconsejar  los aficionados.
Porque Campistrn no se limita  colocar en las provincias  las
desechadas de los teatros de Pars, sino que se encarga tambin de
proporcionar  los dueos de casa espectculos  la medida, comedias,
revistas, peras cmicas y, en general, todo lo que se necesita para
montar una reunin en pocas horas.

Sus negocios marchan bien y ha tenido que alquilar otro cuarto del mismo
piso para establecer en l un diminuto escenario, donde da las lecciones
y hace los ensayos y al que llama pomposamente su conservatorio.
Campistrn no es un simple agente dramtico; es tambin un innovador,
pues ha inventado un nuevo mtodo de canto: el canto de vientre.

--No se respira con el pecho, declara con su voz _del Profeta_, un poco
enronquecida; se respira con el vientre.

Por su procedimiento ha cambiado ya numerosos bartonos en bajos y no
escasos tenores en bartonos, sin contar los que ha dejado afnicos.
Pero l contina imperturbable su degollina vocal. Vive de su agencia,
pero la desprecia; en cambio su profesorado no le da ms que
obligaciones, pero eso le enorgullece. Los ladinos que quieren buenos
ajustes conocen bien lo que tienen que hacer; dicen que cantan segn el
mtodo Campistrn y en seguida son presentados como fenmenos de arte
por el vanidoso agente.

Siguiendo las indicaciones de Frecourt, Tragomer y Marenval se bajaron
un da,  eso de las cuatro, ante el nmero 17 de la calle de Lancry. La
portera que estaba en su casilla bruendo un perol, respondi  Marenval
en tono malhumorado:

--La escalera de enfrente. Si es para un ajuste, tercero de la
izquierda; si es para una leccin, de la derecha.

Al ver que los dos hombres parecan vacilar, aadi:

--No es posible engaarse... Cuando oigan ustedes chillar es que han
llegado.

Tragomer se ech  reir y dijo:

--Gracias, seora.

--No hay de qu.

La buena mujer continu frotando su cacharro y Tragomer oy que grua:

--Ms comienchos con mucho gabn de pieles y sin un cntimo en el
bolsillo.

--Mi querido amigo, dijo Marenval mientras suba la hmeda y mal oliente
escalera, esa mujer nos ha tomado por un galn joven y un barba que
buscan contrata, y hasta nos ha expresado su desdn con frases poco
correctas...

--Tiene usted que acorazarse contra todas estas impresiones, Marenval.
Nos veremos en muchos casos semejantes.

--No me quejo, amigo mo; lo hago constar. Por otra parte el hecho no me
molesta lo ms mnimo.

Tragomer se detuvo en el segundo al oir en el piso de arriba violentos
gritos.

--Oigo chillar, como dice la seora del perol; seal de que nos
aproximamos.

Subieron otro tramo empinado como una escala.

--Uf! exclam Marenval. Este es un tercero que vale por dos. Djeme
usted tomar aliento, Tragomer; usted trepa como una ardilla...

Se detuvieron delante de una puerta en la cual se lean estas
inscripciones en letras negras: _Campistrn agente dramtico. Lecciones
de declamacin y canto_. Nuevo Mtodo; y en un papel pegado con cuatro
obleas, esta advertencia manuscrita: _Llamad fuerte_! La recomendacin
no era intil, porque en las profundidades del departamento se estaba
desencadenando una tempestad de gritos cavernosos, como si se practicara
una operacin quirrgica muy dolorosa  un paciente bien despierto.

--Vamos  ver; estamos en la puerta de la izquierda, la de las
lecciones, dijo Tragomer; hay, pues, que llamar  la de la derecha, la
de los ajustes.

En este lado las inscripciones decan: _Agencia Campistrn_. Contratas.
Informes. Representaciones de todas clases. De 10  5. E.L.P.

--E.L.P., dijo Marenval; esto quiero decir: empujad la puerta.

As lo hicieron y al abrirse la puerta apareci ante su vista una pieza
triste, empapelada con un papel ajado y dividida en dos mitades por una
balaustrada de madera. Detrs de la balaustrada estaban escribiendo dos
empleados de lastimoso aspecto y en la primera parte de la habitacin
esperaban algunos hombres y algunas mujeres sentados en vetustas
banquetas. Uno de los empleados levant la cabeza, dej la pluma, miro 
los dos visitantes y reconociendo en ellos unos clientes poco comunes,
se levant de su asiento y dijo:

--Qu desean ustedes, seores?

--Hablar al seor Campistrn, respondi Tragomer.

--Est ocupado en este momento, pero si ustedes quieren hablar con la
seora...

Marenval y Tragomer se consultaron con la vista.

--No hay inconveniente, respondi Marenval.

El empleado abri una puerta practicada en la balaustrada y sali  la
antesala. Llam  una puerta y entr con aire misterioso. Al cabo de un
instante sali y dijo:

--Quieren ustedes seguirme?

Las personas que esperaban en las banquetas, haca mucho tiempo sin duda
y acaso con poca esperanza, produjeron un murmullo de protesta contra
aquella preferencia otorgada ante su vista.

--Siempre pasa lo mismo! Estaremos de plantn hasta que se cierre y nos
dirn que volvamos maana... Campistrn no era tan orgulloso cuando
cantaba conmigo la _Favorita_ en Perpin...

Marenval y Tragomer no oyeron ms; estaban en un gabinete severamente
amueblado de _reps_ verde, donde sentada detrs de una mesa de despacho,
una mujer regordeta y demasiado rubia acababa de firmar una contrata con
una guapa muchacha muy pintada y que ola fuertemente  almizcle. La
seora de Campistrn dijo  los visitantes indicndoles un sof:

--Sintense, seores; soy con ustedes. Despus dijo  la joven:

--Aqu tiene usted. Partir usted maana y empezar  trabajar la semana
que viene. Tendr usted cien francos el primer mes y ciento cincuenta el
segundo...

--Est convenido, mi querida seora de Campistrn... Es Rouen una
poblacin de recursos?

--Ciudad de guarnicin, hija ma, clebre por su riqueza y su buen gusto
artstico... Los hombres son all un poco zorros, pero serios; se puede
contar con ellos... En cuanto al pblico, es como la sidra del pas,
tan pronto dulce como agria... Eso depende de los aos. Buen viaje,
amiguita, y que sea usted exacta en los pagos.

La muchacha dirigi  Tragomer una viva ojeada y una graciosa sonrisa 
Marenval, y doblando su contrata se la meti en el pecho, no sin ensear
como al descuido la batista de la camisa, y se march dejando la
atmsfera saturada de perfumes. La seora de Campistrn se sent al lado
de los visitantes.

--En qu puedo servir  ustedes, seores? dijo en tono insinuante.

--Dispnsenos usted, seora, contest Tragomer; el paso que nos
atrevemos  dar cerca de usted es bastante delicado. El seor y yo
buscamos  una cantante que anda corriendo el mundo en una compaa
lrica, y hemos tenido la idea de dirigirnos al seor Campistrn, que
segn se nos ha dicho, no tiene rival en esta clase de informes,  fin
de saber dnde puede encontrarse ahora esa compaa.

--No han contado ustedes en vano con nuestra competencia en este ramo,
seores, dijo con nfasis la agente consorte, y mucho me sorprendera el
no poder informarles exactamente. Tenemos aqu el repertorio y el
itinerario de todas las compaas que se forman en Pars  en Londres, y
las familias de los artistas vienen con frecuencia  preguntarnos 
dnde deben dirigirles las cartas. De qu compaa se trata?

--De la de Novelli.

--Ah! Novelli? continu la buena seora con cura desdeosa. Una
vocecilla blanca!... Un buen tenor para los que gustan de ese tipo de
voz... Eso no tiene xito en Francia. Aqu hace falta timbre... Y el
timbre no se adquiere emitiendo la voz por la nariz... Si Campistrn
estuviese aqu, l les explicara su mtodo... Para saber dar timbre no
hay como Campistrn... Pero ustedes dispensen... Cmo se llama la
persona que les interesa?

--Miss Jenny Hawkins.

Al oir este nombre la cara de la seora de Campistrn cambi
repentinamente, sus mejillas se hincharon, su barbilla se hizo saliente,
sus cejas pintadas su juntaron, marcando en su frente una barrera
fomidable, di una fuerte palmada y dijo con voz amarga:

--Ah! Jenny Hawkins! Haca mucho tiempo que no oa hablar de tal
persona! Jenny Hawkins! Me alegro de que no est aqu Campistrn,
porque hubiera tenido una impresin dolorosa...

--Cmo as, seora?

--Campistrn ha tenido grandes disgustos con la artista de que se
trata... Pero, dispnsenme ustedes, eso importa poco... Sin duda uno
de estos seores se interesa por Jenny...

--No, por cierto, seora, respondi Tragomer, que vea contrariado que
aquella mujer terminaba las confidencias apenas empezadas. Se trata,
sencillamente, de un asunto de herencia.

--Hereda? exclam la gruesa rubia con acento de indignacin. Va 
heredar? No hay como esas muchachuelas para tener una suerte
semejante... Oh! Voy  llamar  Campistrn. Permiten ustedes?

Cogi un tubo acstico, sopl fuertemente y dijo en el portavoz:

--Campistrn, ven en seguida. Hay aqu unos seores que te van  contar
cosas curiosas...

Aplic el aparato al odo, escuch y dijo con vivacidad:

--Deja ese imbcil  tu ayudante y ven. Te digo que vale la pena. Que
haga escalas mientras te espera.

Unos pasos pesados resonaron en la pieza inmediata, se oy una voz
sonora y el moreno, barbudo y bigotudo Campistrn entr con noble
ademn, se inclin sonriendo, con la mano en el pecho, como un cantante
que sale  recibir los aplausos, y dijo modulando la voz como si
cantara:

--Servidor de ustedes, seores. De qu se trata?

--Ah! Preprate  desmayarte, Campistrn, contest la gruesa rubia.
Estos seores buscan  Jenny Hawkins para una herencia.

Campistrn adopt la actitud de Hipcrates rehusando los presentes de
Artajerjes. Cerr los ojos, volvi la cabeza y extendi los brazos, como
si la herencia fuese para l, y respondi en el registro grave:

--Esperaba no oir hablar ms de aquella ingrata!

--Ven ustedes, seores? Qu es lo que yo les deca? Campistrn,
domnate; se trata de responder  estos seores. Quieren saber dnde
est la compaa de Novelli.

--Novelli! Novelli! dijo desdeosamente el antiguo tenor. S, por
cantar con ese polichinela napolitano me dej Jenny. Una muchacha que
yo hubiera colocado en la pera si hubiera querido escucharme! Pero no;
se empe en cantar de pecho... Ella, cantar de pecho! Horror! Pues
bien, no, seores,  despecho de todo, mi enseanza hizo su efecto. 
pesar de Novelli y de la escuela italiana, esa mujer canta de
vientre...

Fu con el pecho  con el vientre con lo que habl Campistrn? Marenval
y Tragomer no pudieron saberlo; ello fu que se estremecieron y que los
vidrios temblaron al formidable rugido que sali de la boca del tenor.
Pero Campistrn se calm pronto. Sus momentos de clera eran teatrales y
no duraban sino el tiempo de producir efecto. Se pas la mano por la
frente, sonri y dijo:

--Por lo dems, seores, no se llama Jenny Hawkins, sino Juana Baud. He
conocido mucho  su madre...

La seora de Campistrn se enfad y repuso con una acritud que
impresion  su altisonante esposo:

--Mira! Habla de la hija, pero no de la madre. Bastantes disgustos he
tenido con la tal mujer, que tanto te persigui! Pues la hija no te
miraba con malos ojos... Seores, este hombre ha sido magnfico; lo es
todava. Y todas las mujeres, s, todas, estaban con l como locas...
habla, pues,  estos seores y no cuentes tus historias...

Campistrn abri un libro y dijo, golpeando en las hojas con la palma de
la mano:

--He aqu, seores, la marcha de las grandes compaas del universo.
Quieren ustedes saber dnde est Lassalle?

Volvi varios folios y dijo:

--El 17 de este mes, en Bucharest... El 21, en Budapesth... El 23, en
Viena, el...

--Pero y Novelli? interrumpi la seora de Campistrn.

--Novelli y su compaa se encuentran en este momento en Veracruz...
Desde all van  Mjico y  Tampico, despus pasan  la Guyana... bajan
 las Indias Neerlandesas, tocan en Colombo y vuelven  Europa en la
primavera para hacer la temporada de Londres...

--Ah! dijo Tragomer, Jenny Hawkins ir  Londres?

--En el mes de mayo cantar en _Covent-Garden_...

--Y diga usted, seor Campistrn, en qu poca exacta se march de
Francia?

--Parti hace dos aos con Novelli.

--Dos aos... Est usted seguro?

--Segursimo; en el mes de agosto trabajaba todava conmigo... Mi
seora puede decirlo y nuestro acompaante puede atestiguarlo... Toda
la casa lo afirmar... Pero con qu objeto?

--Nadie sabe lo que puede ocurrir, dijo gravemente Marenval. Conviene
que tengamos certeza sobre ese punto...

--Pues bien, seores, hay ms. Ella, que pagaba con mucha exactitud las
lecciones, se march sin satisfacer las del ltimo mes. No le acuso por
ello, dijo Campistrn con nobleza; los artistas no somos mercaderes...
Trabajamos de buena gana por la gloria... Hago constar solamente el
hecho. He escrito  la interesada para reprocharle el haberse marchado
sin advertrmelo, sin decirme adis... Ni siquiera me ha respondido...
Y no era que quisiera tener un autgrafo suyo... Poseo aqu ms de
veinte cartas.

--Podra usted ensearnos una?

--Declaren ustedes antes, seores, que no quieren abusar de esa carta
para hacer dao  una mujer, dijo Campistrn con acento de dignidad,
ponindose una mano sobre el corazn. Juana Baud ha sido muy amada...
Era tan hermosa! Pueden ustedes darme su palabra de que no hay celos
de por medio?

--Se la doy  usted, dijo Tragomer, por el seor y por m.

--Entonces, seores, voy  complacerles... Mujer, busca en la taquilla
la letra B... Aqu todo es administrativo; de otro modo no nos
entenderamos.

La seora de Campistrn abri un mueble y se puso  buscar los papeles.
Tragomer, deseoso de completar sus noticias, continu:

--Ha dicho usted, seor Campistrn, que Juana Baud era muy hermosa...
Tiene usted, por casualidad, algn retrato suyo?

--Su fotografa, con una dedicatoria llena de efusin... Mujer, trela.

--Aqu est, dijo la seora de Campistrn.

Y entreg  su marido una tarjeta lbum que el cantante contempl con
satisfaccin y con rabia al mismo tiempo.

--S, hela aqu... Es la ingrata! Se puede decir, seores, que el
cielo le ha dotado de sus ms preciosos dones, la estatura, el andar, la
expresin... Oh! la expresin... Pero juzguen ustedes mismos.

Entreg el retrato  Tragomer, que le cogi con verdadera ansiedad.
Vacil antes de mirarle; una ojeada iba  decidirlo todo. Si la
fotografa representaba  Jenny Hawkins, tal como la haba visto en San
Francisco, la partida se perda y habra que creer en una semejanza
sorprendente entre la cantante y Lea Peralli. Pero si no era Jenny...
Mir de repente el retrato y lanz un grito:

--No es Jenny Hawkins!

--Vamos, caballero, dijo Campistrn con una sonrisa de condescendencia,
usted bromea! Es Juana Baud, y como Juana Baud es Jenny Hawkins, no
puede haber error.

Tragomer no respondi, abstrado en mirar el retrato, que representaba
una hermosa joven morena, de alta estatura, admirablemente formada,
desnudos los brazos, escotada y sonriendo con expresin soadora. Ni un
rasgo de la mujer del teatro de San Francisco. Haba pues,  no dudar,
error de persona. Si Jenny Hawkins era Juana Baud, exista una
sustitucin de estado civil y Lea Peralli viva con un nombre que no era
el suyo. Pero, entonces, quin era la muerta?

Aqu Tragomer se estrellaba contra realidades abrumadoras. La mujer
asesinada en la calle Marbeuf era Lea Peralli. Todo el mundo la
reconoci y el mismo Jacobo no puso en duda su identidad.  falta de la
cara, enteramente desfigurada por los tiros, su alta estatura, su
magnfica cabellera rubia, los vestidos que tena puestos, las sortijas
encontradas en sus dedos, todo, en fin, atestiguaba que la mujer muerta
era, en efecto, la querida de Jacobo. Y sin embargo, no era ella, puesto
que ahora Tragomer, despus de haber sospechado que viva, estaba cierto
de que llevaba un nombre distinto del suyo.

Mir de nuevo la fotografa. Juana Baud era tan morena como rubia Lea
Peralli, pero la estatura era la misma y tena los mismos dientes
deslumbradores en una boca encantadora. Tragomer recordaba que lo nico
que se poda reconocer en la cara destruda de la muerta era una boca
que dibujaba con sus blancos dientes una sonrisa siniestra. Juana Baud
tena la misma boca que Lea Peralli.

--Quiere usted, dijo Tragomer, confiarme esta fotografa? Me hara
usted un buen servicio. Me comprometo  devolvrsela  usted antes de
dos das. Y para que usted sepa con quin est hablando, aqu tiene mi
tarjeta...

Campistrn ech una ojeada  la tarjeta que le ofreca Tragomer y se
inclin con mucha deferencia.

--Estoy  las rdenes del seor vizconde... Ser, sin duda, para
ensear el retrato al notario de la testamentara?

--Precisamente, seor Campistrn. Unos amigos mos estn interesados en
esta liquidacin, que amenaza ser espinosa; hay que establecer la
identidad de los herederos, y de aqu la utilidad del retrato y de la
escritura de Juana.

--Ya comprendo.

--La seorita Hawkins era de carcter agradable?

--Ella! exclam la seora de Campistrn al mismo tiempo que su marido;
no me hable usted. La violencia misma! Una plvora! Y qu ligera de
manos!

--Mujer!... interrumpi el tenor.

--Djame! Todo el mundo la conoce... Pues y el lenguaje! Ni las
verduleras del mercado cuando disputan... Es verdad que no ha sido
educada por ninguna duquesa. La madre de Juana... S, Campistrn,
aunque me eches esas miradas terribles; la madre era cualquier cosa, y
la hija tena  quien parecerse. Un da di aqu de bofetadas  Bonnand
el tenor, porque no quera apresurar el movimiento en el do de
_Carmen_... Ningn hombre ha podido nunca tenerla  su lado, tan mala y
tan viciosa era, y... en fin, caballero,  nadie le gusta tener por
amiga una individua que persigue  los hombres y  las mujeres  la vez.

--Bueno! exclam Campistrn; ya ests contenta. Ya has vaciado toda tu
hiel sobre esa pobre muchacha... S, seores, no era precisamente un
modelo de virtud, pero tena una voz soberbia, antes de caer en poder de
Novelli...

--Dispense usted, interrumpi Tragomer: la conoca Novelli antes de
encontrarla en Inglaterra?

--Nunca la haba visto.

--Ha cantado en Inglaterra con el nombre de Baud antes de marchar 
Amrica con el de Hawkins?

--S, seor. Tuvo una contrata para la Alhambra, donde haba hecho ya
una temporada. Aquello no era realmente digno de ello... Pero no se
present  la direccin. Hasta hubo un proceso y Jenny Hawkins fu
condenada  pagar.

--Jenny Hawkins ha cantado en Inglaterra desde hace dos aos?

--No, seor, cantar por primera vez despus de ese tiempo en la
primavera prxima.

--De manera que nadie se acordar de Juana Baud transformada en Jenny
Hawkins?

--Como usted lo dice. Se olvida tan pronto! Y adems esa muchacha
figur tan poco antes de dedicarse  la pera...

--Hay artistas que hayan alternado en otro tiempo con Juana Baud, en el
Conservatorio, por ejemplo,  en su casa de usted, que pudieran
reconocerla?

--En Francia, en Pars sobre todo, s, hay algunos; pero en Londres
sera una casualidad.

--Gracias, seor Campistrn, ya s todo lo que quera saber, dijo
Tragomer. Agradecemos  ustedes su amable acogida.

--Con mucho gusto, seor vizconde, con mucho gusto. Las personas como
usted estn seguras de ser recibidas aqu con toda deferencia. Si
podemos serles tiles en nuestra modesta especialidad, ponemos en ello
todo nuestro esmero... Espectculos de saln, revistas, pantomimas,
canciones... todo lo que divierte  interesa al espritu... Pero
permtanme que les entregue unos prospectos de la casa...

Marenval y Tragomer salieron con las manos llenas de papeles y
llevndose la fotografa. Campistrn les acompa hasta el descansillo
de la escalera con mil muestras de obsequiosa poltica, mientras que el
discpulo cuya leccin haba sido interrumpida por la visita se
desgaitaba haciendo escalas. Bajaron la mal oliente y hmeda escalera y
vieron de nuevo  la portera, que ahora estaba mondando cebollas y que
los sigui con una mirada desdeosa hasta la puerta de la calle.

--Y bien! Tragomer, dijo Marenval, quiere usted tener la bondad de
explicarme qu significa la conversacin que ha tenido usted con esa
gorda tan pintada y con su ridculo esposo? Porque, por mi honor, no
comprendo ni una palabra.

--Algrese usted, Marenval, dijo Cristin; nuestra averiguacin ha dado
un paso inmenso.  esta hora tengo la prueba de que Jenny Hawkins no es
la mujer que se cree. Ahora es preciso que hablemos con un magistrado,
pues entramos en la fase ms complicada del asunto.

--Entonces, qu va  pasar aqu?

--Algo muy interesante, Marenval. Vamos  luchar paso  paso contra el
error en beneficio de la verdad... Ayer, estbamos expuestos 
rompernos el crneo; hoy marchamos hacia un fin visible. Toda la
cuestin consiste en convencerse de que Juana Baud no es Jenny Hawkins,
y tengo la prueba en el bolsillo. Esta fotografa con la firma de la
discpula de Campistrn, prueba hasta la evidencia la sustitucin de
personas. Y ahora ser preciso que la Hawkins nos esplique por qu no
tiene las facciones de Juana Baud, sino las de una persona que se
supone haber sido muerta hace dos aos, precisamente en el momento en
que Juana Baud se alejaba de Inglaterra, cambiaba de nombre, se ocultaba
de todos los que pudieran conocerla y se creaba una personalidad
enteramente nueva. Comprende usted ahora, Marenval?

--Empiezo  comprender. Pero, querido amigo, vamos  echarnos 
perseguir  Jenny Hawkins? La empresa podra llevarnos lejos si la moza
est recorriendo el mundo.

--Tranquilcese usted. No se trata, por ahora, de viajar. Eso vendr,
acaso, ms tarde. Jenny Hawkins tiene que venir  Londres y no puede
escaprsenos. No se falta  los contratos con un teatro ingls sin pagar
una indemnizacin formidable... As pues, vendr, y all podremos hacer
lo necesario. La temporada de Londres no creo que asustar  usted.

--Al contrario. Si no hay ms que pasar el estrecho ser para m un
placer.

Llegaron en este momento al _boulevard_ Magenta, donde haban tomado la
precaucin de dejar el coche, y Tragomer dijo  Marenval:

--Ahora, tenemos que habrnosla con la magistratura. Usted me ha hablado
de ver  Pedro Vesn y estoy pronto  dar ese paso... Hace veinte aos
que le conozco y de levita  de toga, no me da miedo.

--Cundo quiere usted verle?

--Cuanto antes, mejor.

Marenval mir el reloj.

--Las cinco. Ya no estar en el palacio de Justicia. Vamos  su casa,
quiere usted?

--Excelente idea.

--Calle de _Matignon_, dijo Marenval al cochero.

Cuando Tragomer dijo  su compaero que no tema  Pedro Vesn ni de
levita ni de toga, saba de quin hablaba. El tipo del magistrado
moderno estaba bien representado por aquel abogado de cuarenta aos,
guapo, galante, espiritual, muy elocuente y muy aferrado al cdigo pero
que olvidaba completamente sus graves funciones cuando estaba en
sociedad y slo se ocupaba en gozar de la vida entre hombres de talento
y mujeres amables. Soltero, rico, apasionado por lo bello, buen poeta 
sus horas, unido en amistad con todos los pintores notables y literatos
clebres de Pars, Pedro Vesn haba hecho de su casa un brillante
centro, en el que se daban cita, los domingos, todos los aficionados de
buen gusto y los artistas distinguidos.

Las comidas de la calle de _Matignon_ eran clebres. No concurran 
ellas ms que hombres y en vano algunas seoras de la alta sociedad,
atradas por los relatos que oan, quisieron ser invitadas. Se mantuvo
la consigna y los secuaces de Epicuro que frecuentaban la casa del
magistrado no vieron turbada su tranquilidad por la intervencin de las
mujeres.

Pedro Vesn que haba vuelto del palacio de Justicia haca una hora,
estaba sentado al lado del fuego y leyendo pacficamente, cuando su
criado le anunci la visita de Tragomer y Marenval. El magistrado dej
el libro, pas al saln y dijo saliendo al encuentro de los visitantes
con la mano extendida:

--Mi querido vizconde, y usted, primo, sean bien venidos. Qu buen
viento les traer?

--Venimos  hablar al magistrado, dijo Marenval gravemente.

--No esperis, sin embargo, que vaya  ponerme la toga, dijo el juez
riendo. Vnganse  mi gabinete y all estaremos ms cmodos.

Les condujo  la pieza de que acababa de salir y les dijo indicndoles
dos butacas:

--Sintense ustedes. Vamos  ver; han cometido ustedes algn crimen?

--No! Tranquilice usted su conciencia, contest Tragomer, no venimos 
implorar por nosotros mismos. Se trata de un desgraciado por cuya suerte
nos interesamos.

El magistrado se puso serio. Su cara,  la que daban expresin una barba
ya plateada por algunas canas y unos ojos reflexivos, tom un aire de
atencin.

--Escucho  ustedes, dijo.

--Ante todo, mi querido amigo; se acuerda usted en sus lneas
principales,  bulto, del proceso de Jacobo de Freneuse?

--No slo me acuerdo de las grandes lneas, sino de todos los detalles,
dijo Vesn. Vern ustedes por qu. Mi colega Fremart, que estaba de
servicio en la Audiencia y deba ocupar el sitio del ministerio pblico
en ese asunto, se puso enfermo, y el jefe me encarg de estudiar los
negocios de la quincena de modo que pudiera suplir  Fremart si no poda
asistir  las vistas. De este modo tuve entre manos la causa Freneuse.
La estudi con mucho inters, porque, como todo el mundo, haba
encontrado  ese joven en sociedad y su familia me inspiraba vivas
simpatas. No lo conoca con bastante intimidad para recusarme, pero s
para formar un serio empeo en poner en claro aquella conmovedora
aventura. No tuve ocasin de tomar la palabra y me alegr, pues hubiera
sido penoso para m acusar  aquel joven y lo hubiera hecho sin
indulgencia alguna, pues estaba convencido de su culpa.

--Ah! dijo Tragomer; usted encontr en la causa la prueba de la
culpabilidad de Freneuse...

--Terminante, amigo mo; menos la confesin del culpable, no era posible
tener pruebas ms completas.

--Entonces, usted no pone en duda que fu condenado justamente?

--Ni lo dudo ni puedo dudarlo. Tendra que estar loco para decir lo
contrario. Fremart, con el que habl del asunto, era de la misma opinin
y el Fiscal del supremo tambin. Solamente por una concesin sentimental
del Jurado, hecha al buen aspecto del acusada,  sus protestas,  sus
lgrimas,  la admirable dignidad de la declaracin de su madre y  la
respetabilidad de la familia, ese pobre diablo logr salvar la cabeza.
Sin eso, se iba  una sentencia de muerte, y el tribunal tena una
conviccin tan cerrada, que no hubiera rebajado la pena.

--Pues bien, amigo mo, dijo Tragomer; hoy lo deplorara doblemente, lo
que es un argumento muy serio contra la pena de muerte. El tribunal
hubiera enviado al cadalso un inocente.

--Vamos! Vamos! Tragomer, dijo el magistrado con sonrisa burlona; no
hablemos de ligero. Es fcil declarar que un condenado es inocente, pero
es menos cmodo probar que no es culpable.

--Eso es, sin embargo, lo que intentamos Marenval y yo.

Pedro Vesn mir con curiosidad  sus interlocutores, se puso serio y
dijo:

--Ustedes? Dos hombres de sociedad, sin conocer nada del procedimiento
y seguramente muy sinceros y extraos  toda intriga. Y por qu tal
resolucin? En nombre de quin? Con qu inters?

Marenval tom la palabra y dijo muy sencillamente:

--En nombre de la humanidad y en inters de la justicia.

El magistrado conoca  los hombres y sobre todo  Marenval. Le haba
tenido siempre por una inteligencia mediana, nula en lo que no fuera su
comercio, muy vulgar y ms preocupado de gozar de su gran fortuna que de
procurarse honores. Le haba visto alejarse de la familia Freneuse en el
momento en que ms deba acercarse  ella y esta falta de herosmo del
antiguo fabricante de pastas, no haba modificado su opinin sobre la
generosidad humana. As pues, al oirle hablar tan resuelta y noblemente
aguz el odo. Para que Marenval fuese afirmativo hasta ese punto, era
preciso que su nueva conviccin tuviese una base seria.

--Creen ustedes, pues, en un error judicial? dijo observando con
cuidado  sus amigos.

--Creemos en ese error. La familia no ha cesado jams de creer en l y
el condenado ha protestado siempre su inocencia.

--Siempre  casi siempre sucede lo mismo. Nos pasaramos la vida
revisando procesos si hiciramos caso de las reclamaciones de los
parientes y de las protestas de los interesados. Son raros los que
confiesan y os vais  asombrar cuando os diga que ha habido procesados
que se confesaban culpables y no lo eran. Pero esta es una excepcin de
las que, segn la lgica, confirman la regla general.

--Convendr usted, sin embargo, dijo Tragomer, que resultara
extraordinario que un hombre fuese condenado por la muerte de una mujer
si esta mujer estaba viva.

Esta vez la incredulidad del magistrado se manifest sin reserva. Hizo
un gesto de conmiseracin y respondi muy despacio:

--Amigo mo, no caigamos en las complicaciones novelescas. Como quiere
usted hacer admitir  un perro viejo de los tribunales, como yo, que un
juez de instruccin haya podido enviar  la Audiencia un procesado si no
se hubiera cometido un crimen? Olvida usted que he visto la causa, el
acta de defuncin, la diligencia de confrontacin, el interrogatorio del
acusado, que no neg estar en presencia del cadver de su querida, y, en
fin, todo, todo... Vamos  ver! No somos nios y no debemos decir
chiquilladas...

--Todo eso cae por tierra con una sola palabra, dijo Tragomer. Se ha
condenado  Jacobo la Freneuse por haber matado  Lea Peralli, y Lea
Peralli vive.

--Usted la ha visto? pregunt el magistrado con acento burln.

--Y la he hablado.

--Oh Cundo?

--Hace tres meses, prximamente.

--Dnde?

--En San Francisco.

--Y ella ha declarado ser Lea Peralli?

--No, por cierto. Ha hecho algo ms; ha hudo para sustraerse  mis
investigaciones. Si se hubiera quedado hubiera yo vacilado acaso, pero
se esquiv, lo que es para m la prueba ms concluyente.

--Ha sido usted engaado por un parecido.

--No! no! Era ella. El cuidado que ha tenido de cambiar de nombre, de
disfrazar la voz, de no hablar en francs, de volver  dar  su pelo el
color natural  de ponerse una peluca y, en fin, el espanto que
experiment  mi vista y que la puso en fuga... Era ella!

--Y quin diablos era entonces la pobre mujer que se encontr muerta y
que est enterrada en su lugar?

--Algn da se lo dir  usted. Ahora no lo s.

--Ah! He aqu el lado flaco, exclam el magistrado. As sucede siempre.
En todos estos asuntos de reivindicacin de inocencia hay siempre un
punto en que todo se viene abajo y en que se manifiesta la
inverosimilitud de la tesis. Vase el asunto Lesurques. Cuntos
esfuerzos por obtener su rehabilitacin! Todava hay gentes que creen en
la duplicidad de la persona de Lesurques. La familia  lo que queda de
ella, pues todo esto es muy antiguo, asegura la inocencia del condenado,
se discute, se estudia, se aducen pruebas, todo va bien hasta el momento
en que se encuentra en Lieusaint la espuela de plata de Lesurques, y
entonces patapln! todo se derrumba. Adis las pruebas serias! Se cae
en el melodrama, en el que basta enternecer para ganar la partida.
Construirn ustedes un edificio que llegar hasta cierta altura, pero
una base falsa le har venirse al suelo.

--Es usted terriblemente escptico, dijo Marenval impresionado.

--Es mi oficio, replic Vesn. Los hombres de justicia no podemos tragar
todo lo que se nos presenta. Buena la haramos si nos diera por creer
ciegamente lo que nos cuentan! La mentira es la esencia misma de la
humanidad. Creen ustedes que se hace jurar sin objeto  los testigos
que dirn la verdad, bajo pena de trabajos forzados? Pues se sabe bien
que, aun as, no dicen ms que lo que quieren  lo que pueden. Hay que
tomar y dejar. Unos son imbciles, otros mal intencionados. En cuanto 
los nios, hay que temerlos, pues son presa de una especie de histerismo
inventivo que les hace contar historias, las ms veces falsas. Por eso
hay que desconfiar tambin. Para un magistrado, el escepticismo es el
principio de la sabidura.

--Pero, en fin, admite usted que la justicia pueda engaarse?

--Lo admito entre nosotros, en la intimidad, dijo Vesn rindose; pero
en pblico no lo admitira de ningn modo. S que se representa  la
justicia con una benda en los ojos, pero ese disfraz es un accesorio que
no tiene valor ms que para los poetas. La justicia, que es, en suma, un
poder arbitrario, debe ser inmutable  infalible, pues de no ser as no
sera posible aceptarlo. Y si el respeto  la justicia no fuese la
piedra angular de la sociedad iramos  parar en la anarqua. Por eso es
imposible admitir que la justicia se engae. El litigante que sucumbe
despus de agotar todos los medios del procedimiento, tiene veinticuatro
horas para maldecir  los jueces; despus debe someterse. El condenado
cuyo recurso de casacin ha sido desestimado, no tiene ms que
inclinarse bajo el peso de la sentencia. Esta es la opinin del
magistrado, que no puede tener otra. As se explicarn ustedes las
resistencias que la administracin opone siempre  toda demanda de
revisin en el orden penal. Todo error, por raro que sea, es una grieta
peligrosa en el edificio judicial. La ley ha adoptado muchas y
minuciosas precauciones. Una demanda de revisin pasa por una red en la
que debe necesariamente quedarse enredada si no es slida como el acero.
Y cuando sale, es despus de unos plazos y en condiciones tales que
equivalen  no conceder nada. Aun la legislacin actual es mucho ms
liberal que la antigua. Antes no haba revisin ms que en el caso de
que otro procesado fuese condenado, por el mismo crimen y por otra
sentencia; y aun, si se reconoca la inocencia de un condenado, era
preciso indultarle. No haba otro medio de hacerle salir de presidio.

--Pero eso era monstruoso! exclam Marenval. Cmo! Un desgraciado,
perseguido injustamente, que ha sufrido la angustia de la detencin, de
la crcel, del juicio, y que ha cumplido una parte de la pena, no puede
ser objeto ms que de una medida de clemencia y no de un acto de
justicia?

--Algo es algo. Hoy, basta un hecho nuevo que pueda establecer la
inocencia del sentenciado para que se pueda pedir la revisin. En el
asunto que nos ocupa, el hecho nuevo sera la existencia de Lea Peralli.

--No es suficiente?

--Lo sera si estuviera probado. Pero cmo lo probarn ustedes? Su
declaracin no ser apoyada por nada ni tendr ms valor que el de una
opinin, que comparada con todos los testimonios y todas las pruebas del
proceso, ser de un peso muy escaso. Me piden ustedes mi opinin y se la
doy. Es poco halagea, pero debo ser sincero.

--Puede usted decirlo todo y con entera franqueza, dijo Tragomer. Mi
conviccin es slida y no cambiar. Marenval y yo podremos modificar
nuestro plan para llegar al fin que nos proponemos, pero nada nos har
desistir. No habra ya descanso para nosotros si abandonsemos  ese
desgraciado sabiendo que es inocente.

--Veo  ustedes animados de las ms nobles intenciones, pero, permtanme
que lo diga, las ms aventuradas. La conviccin de ustedes, basada en la
semejanza de una mujer viva con la vctima de Freneuse, es muy frgil,
pues no se funda ms que en razones de sentimiento; el dolor de la
familia, las protestas del condenado, Pero ustedes olvidan que cuando
Freneuse fu preso, se preparaba  marcharse al extranjero. Tena
consigo cuarenta mil francos cuya procedencia no pudo explicar. Estaba
notoriamente arruinado, acribillado de deudas, y haba pagado el da
anterior sesenta mil francos  la caja del crculo, del que le iban 
expulsar. Y, coincidencia extraa, las alhajas de Lea Peralli, conocidas
por su gran valor, haban desaparecido. Se hicieron pesquisas y se
adquiri la prueba de que haban sido empeadas en el Monte de Piedad en
cien mil francos. Estuvieron empeadas dos das y al siguiente fueron
rescatadas por una seora que se cubra la cara y, muy probablemente,
por cuenta de uno de esos compradores de papeletas que pululan por
Pars. Freneuse reconoci que haba empeado los brillantes entregados
voluntariamente por su querida, pero niega la venta de las papeletas y
pretende haberlas entregado  Lea Peralli con un pagar de cien mil
francos, que segn l, hubiera recogido su familia, lo que haca
desaparecer su deuda con aquella muchacha. Ahora bien, el pagar fu
presentado al vencimiento y remontando de firma en firma hasta el primer
endosante, qu se encuentra?  Jacobo la Freneuse! Es, pues, evidente
que recobr el billete despus del crimen, y hasta es probable que slo
le cometiera para apoderarse de ese documento. Y l le puso en
circulacin al da siguiente, pues, notadlo bien, entre el
descubrimiento del crimen y la detencin de Jacobo, pas un da. Y
tratan ustedes de poner en movimiento toda la mquina judicial bajo la
fe de un parecido ms  menos cierto? Qu locura! Desde los primeros
pasos tropezarn con dificultades morales y con imposibilidades
materiales tan serias, que tendrn que detenerse.

--Si quisiera discutir, respondi Tragomer, lo hara acaso con ms
facilidad de lo que usted cree. Pero para qu? No haramos ms que
cambiar vanas palabras. Aunque yo le adujese argumentos aceptables,
usted no los aceptara. Lo que hace falta es traer la prueba de que Lea
Peralli existe. Lo importante es anunciar  Jacobo que la que crea
muerta est viva. Porque observe usted que l la cree muerta bajo la fe
de vuestras afirmaciones. El procesado no dud de vuestras pruebas. Le
ensearon una mujer desfigurada que tena la estatura, el pelo, los
vestidos y las sortijas de Lea Peralli, y aterrado por la angustia,
cegado por el dolor, dirigi apenas una mirada de espanto  la vctima
extendida en la horrible losa del depsito de cadveres. Volvi la
cabeza y asinti  todo lo que se le afirmaba. Cmo poda negar la
evidencia? Lea, asesinada en su casa, poda ser otra que Lea? l no
poda decir ms que una cosa, y esa la proclamaba con toda la fuerza de
su conciencia; que no era l el asesino. Cogido en las tramas de la
instruccin, anonadado por un conjunto de pruebas en las que se revelaba
una mano horriblemente hbil, no poda hacer ms que protestar. As lo
hizo constantemente y con furor, hasta exasperar  los jurados y  los
jueces. Porque el desgraciado pareca cnico y era inocente. Si todos
los que tenan que formular una opinin sobre su culpabilidad no
hubieran estado imbudos en el sumario, si hubieran querido reflexionar
un poco sobre la semejanza que existe entre el estupor indignado de un
acusado que no puede probar su inocencia y la insolencia endurecida de
un culpable que se aferra en negar su crimen, hubieran vacilado en el
momento de pronunciar la sentencia. Pero prevenidos, seguros de antemano
de la culpabilidad, atestiguada por hombres en quienes tenan una
merecida confianza, estaban irresistiblemente propensos  condenar y
condenaron en conciencia. Cuando se les ensee la mujer viva, tendrn
que confesar que se han equivocado. Se averiguar entonces quin era la
muerta y es probable que nos encontremos en presencia de un horrible
complot urdido para perder  un inocente.

--Mi querido amigo, dijo el magistrado; todo eso es pura novela y no
realidad. Usted suea despierto. Eso pasar. Pero permtame usted
decirle que si por una gran casualidad consiguiera reunir pruebas
suficientes de lo que dice, podra jactarse de producir una sensacin
extraordinaria. El rango social del sentenciado, la resonancia que tuvo
la causa y la personalidad de los enderezadores de entuertos de la
justicia, daran  este asunto un sesgo particular. Por mi parte, no me
contrariara presenciar su triunfo de ustedes, pero no olviden que no
creo en l y que les he predicho un fracaso seguro.

--Pues bien, dijo Tragomer; si nuestros esfuerzos son vanos, tendremos,
al menos, la tranquilidad de haber cumplido con nuestro deber. Verdad,
Marenval?

--S, querido amigo. Lo que acabo de oir  Vesn, me decide por
completo. Yo estaba un poco dudoso, lo confieso, aun despus de las
seguridades que usted me haba dado. Pero, en verdad, la infalibilidad
de la justicia es un dogma tan difcil de admitir como la infalibilidad
del Papa. Nadie en el mundo es infalible y, por mi nombre, que me voy 
dedicar con usted  probarlo. Si hay dificultades materiales las
venceremos; tengo dinero para ello. Las dificultades morales las
dominaremos con su inteligencia de usted. Mi fortuna y su talento
lucharn como buenos aliados y veremos si en los tiempos que corren hay
todava Bastillas en cuyo fondo se pongan al abrigo de la discusin los
prejuicios, las aberraciones y los errores. Cmo pues! El siglo ha
progresado hasta el punto de que los socialistas tienen la pretensin de
apoderarse maana de todo lo que yo poseo, y en medio de esta ruina de
todos los derechos, de todas las autoridades y de todas las jerarquas
solamente la justicia ha de ser intangible... No, por cierto! Si la
justicia quiere ser respetada, es preciso que sea humana. Si no, ser
arrastrada por el impulso general!

--Bravo! Marenval, exclam Vesn, llega usted  ser elocuente.
Adelante, hroes! Combatid! Mis votos os acompaen! Usted est
retirado de los negocios; la empresa que ahora acomete le entretendr.
Ms vale esto que jugar al _poker_  que tallar en el _baccar_. Si
tienen ustedes necesidad de un consejo, yo se lo dar como _dilettante_.
No me consolara nunca si ustedes me tuvieran por un espritu cerrado 
la razn y  la piedad. Pero la lucha que van  emprender, recuerden
bien que se lo he dicho, es la del puchero de barro con el de hierro. He
hablado  ustedes como amigo. Dirjanse  cualquier magistrado y segn
el humor en que se halle, les dir con irona que se metan en la malla
dirigindose al ministro del ramo,  les declarar con indignacin que
van  dirigir un reto  la justicia.

--Dirigimos, en efecto, ese reto, exclam Marenval.

--Pero no nos dirigiremos  nadie ms que  usted, aadi Tragomer.
Quera hablar con un hombre competente antes de meterme  fondo en este
asunto.  pesar de la buena acogida de usted y de la cordialidad de sus
palabras, comprendo que nos estrellaremos en todas partes contra una
resistencia profesional y sistemtica. La magistratura no abandona su
presa. Es un principio para ella y una garanta para la sociedad. Todo
acusado debe convertirse en sentenciado y todo sentenciado debe ser
culpable. Est bien. S lo que quera saber y obrar en consecuencia.

--Puedo preguntar  usted dnde piensa ir  parar? pregunt con
curiosidad el magistrado.

--Entendmonos, dijo Tragomer. Hasta ahora he hablado al magistrado; voy
 hablar al hombre, al amigo. Una indiscrecin sobre lo que vamos 
intentar Marenval y yo podra tener tales consecuencias, que sera
locura exponernos  ella.

Pedro Vesn mir  los dos compaeros con cuidadosa gravedad.

--Acaso duda usted de m? Tendr que rogarle que se calle, despus de
haber solicitado sus confidencias?

--No, dijo Tragomer, y la prueba es que voy  explicrselo todo.

--Y yo les doy mi palabra de olvidar en seguida lo que haya sabido.

Tragomer y Vesn se estrecharon afectuosamente la mano. El vizconde
encendi un cigarrillo y dijo con tanta calma como si se tratase de una
expedicin de placer:

--Como usted comprender, el negocio para nosotros es no asustar  los
verdaderos culpables. Si por desgracia se informasen de nuestros
proyectos, tomaran sus precauciones y adis!, cheles usted un
galgo... Bastara que Lea Peralli desapareciese, para que todo viniese
por tierra. Y yo supongo que el tunante que ha puesto el lazo en que
cay Jacobo de Freneuse, sera muy capaz de deshacerse de ella si lo
crea necesario. Aunque usted me hubiera mostrado la mquina judicial
pronta  funcionar para la revisin del proceso, aunque me hubiera usted
asegurado la buena voluntad del ministro, hubiera yo renunciado 
someter, por ahora, el asunto  la justicia y  presentar los hechos
nuevos que haran necesaria la revisin. Al primer ruido, todas las
pruebas desapareceran y nos encontraramos desarmados. Lo primero es
tener en nuestra mano  los culpables y no dejarlos escapar. Entonces
avanzaremos. Tenemos, pues, que hacer averiguaciones y quin sabe?
acaso tomar resoluciones graves que nos sern impuestas por los
acontecimientos. Desde luego debemos ponernos en relacin con Jacobo, 
fin de que sepa que existe Lea Peralli y para juzgar con l, hablando
larga y maduramente, sobre las consecuencias que trae consigo este hecho
inesperado.

--Pero van ustedes  ir  Numea? exclam Vesn con mal contenido
asombro.

--Vamos  ir  Numea, declar framente Marenval.

--All, dijo Tragomer, nos pondremos de acuerdo con Freneuse sin que la
administracin adivine nuestros proyectos. Escribir es peligroso, pues
se abren las cartas de los penados y se leen sus respuestas.
Estudiaremos, pues, la situacin de viva voz y veremos qu debemos
hacer.

--Tragomer, usted no lo dice todo, exclam con emocin el magistrado; 
pesar de todo, desconfa de m... Trata usted de hacer evadirse 
Jacobo la Freneuse?

Tragomer slo respondi con una sonrisa pero Marenval se irgui y dijo
con extraordinaria energa:

--Y aunque as fuera, qu? Cree usted que estando convencidos de que
ese muchacho es inocente, le vamos  dejar podrirse en el presidio? Le
robaremos, pardiez! Eso ser divertido. Ya que hacemos el viaje, nos
proporcionaremos esa pequea distraccin.

--Pero hay guardias, una guarnicin, un barco vigilante, dijo Vezn.
Eso es una locura! Afrontan ustedes responsabilidades espantosas si les
prenden, y para prenderles no se tendr inconveniente en matarles...

--Eso es cuenta nuestra, respondi Marenval. Puede usted creer, querido,
que al meterse uno en semejantes aventuras, hace el sacrificio de su
existencia. Por otra parte, estamos decididos  defendernos...

--No me digan ustedes ni una palabra ms; les encuentro insensatos. Me
estn ustedes haciendo un captulo del Monte-Cristo. Atrasan ustedes
cincuenta aos, mis buenos amigos. Pero quiero creer que  los primeros
pasos se encontrarn con tales dificultades, que no llevarn adelante su
empresa. Cranme; si han de tener ustedes alguna esperanza, estar en la
tramitacin legal de una instancia. Escriban una memoria, dirjanla al
ministro y unas buenas pesquisas de la polica podran...

--Echarlo todo  perder, interrumpi Tragomer. S con quin tengo que
habrmelas. Es preciso trabajar en la sombra  fracasaremos...

--Y queremos lograr nuestro propsito, aadi Marenval.

--Cmo van ustedes  ir  la Nueva-Caledonia?

--En un yate que fletaremos. Nos conviene tener  nuestra disposicin
los medios ms perfectos y ms rpidos.

--Se presentarn ustedes  las autoridades coloniales?

--S, como viajeros.

--Ah! dijo el magistrado, que se puso pensativo. Es una de las cosas
ms extraordinarias que he visto hace mucho tiempo. Se dice que este fin
de siglo es eminentemente prctico, egosta y anti-sentimental. He aqu
un caso que puede hacer pensar  los filsofos. Qu van  decir los que
aseguran que se ha perdido en Francia la energa individual? Nos
encontramos en presencia de un caso de exaltacin como no se vean sino
en las ardientes pocas revolucionarias. Lo que van ustedes  intentar
es tan insensato, que son capaces de lograrlo, pues, en suma, solamente
las empresas inverosmiles tienen alguna probabilidad de xito. Se pone
uno en guardia contra los sucesos sencillos y probables. Pero un golpe
de audacia llevado  cabo por personas fras... por qu no ha de
resultar? Cundo piensan ustedes marcharse?

--Lo ms pronto posible. En cuanto hagamos nuestros preparativos y
lleguemos  Inglaterra.

--Van ustedes  fletar un vapor ingls?

--S. No queremos que un armador y una tripulacin franceses participen
de nuestra responsabilidad.

Se levantaron. La noche avanzaba llenando con sus sombras el gabinete y
en la semioscuridad del crepsculo las caras perdan su aspecto real.
Marenval se estremeci creyendo estar rodeado de espectros. Un
sentimiento de angustia se apoder de su corazn y sinti una especie de
vrtigo al oir decir  Vesn con voz fnebre:

--En efecto, el caso sera grave. Una causa criminal para los que fueran
presos, y si haba habido, por desgracia, algn hombre muerto...

--Trataremos de hacer las cosas suavemente, balbuco Marenval.

--En todo caso, si no atentan contra la piel de los dems, ustedes
exponen la suya. Los reglamentos de los presidios no son dulces y las
represiones son terribles.

--Sabemos  lo que nos exponemos; dijo Tragomer. Obedecemos 
consideraciones que no pueden ser pesadas con los riesgos que haya que
correr.

--Y por nada retrocederemos!

--Diantre! dijo Vesn; si no me retuvieran mis funciones, me ira con
ustedes nada ms que por hacer el viaje. Pero un fiscal en tal
expedicin resultara algo fuera del cuadro.

--Convengo en ello, dijo Tragomer; pero consulese usted; le traeremos
fotografas.

Aquella grave conversacin acab en broma. Vesn volvi el conmutador de
la electricidad y una viva luz inund la pieza, produciendo reflejos
brillantes en los esmaltes y en las porcelanas y haciendo brillar los
dorados de los cuadros. Todo aquel lujo moderno que se revelaba
repentinamente al brotar la luz, haca tan completo contraste con los
proyectos que se acababan de exponer en la oscuridad, que los tres
hombres se miraron, como si quisieran afirmar su realidad. Pero Tragomer
sonrea tranquilo y resuelto y la claridad haba devuelto  Marenval
todo su valor.

--Nos veremos dentro de tres meses, dijo Vesn, pues no emplearn
ustedes ms tiempo en ir y volver. Si entonces puedo serles til en
algo, tendr en ello mucho placer!

--Amigo mo, si logramos nuestro propsito, vendremos tan llenos de
pruebas que ser imposible rehusarnos justicia.

--Amn, dijo el magistrado. Buen viaje y hasta la vuelta.

Les ofreci la mano y aadi:

--Acaso son ustedes insensatos, pero lo que van  hacer no es vulgar y
les admiro de corazn.

--Querido amigo, dijo Tragomer, yo arriesgo la empresa porque amo  la
seorita de Freneuse y trabajo por m mismo al intentar la
rehabilitacin de su hermano. Mi mrito es, por tanto, muy dbil. El
verdadero hroe es Marenval, pues se sacrifica por el honor.

 estas palabras que le tocaban en lo ms profundo de su ser, Marenval
palideci, las lgrimas brotaron de sus ojos y sin poder hablar,
permaneci temblando de emocin ante sus amigos. Por ltimo movi la
cabeza, di un suspiro que pareci un sollozo y contest, arrojndose en
los brazos de su pariente:

--Adis Vesn. Usted sabe  qu atenerse. Si me atacan y yo no puedo
defenderme, sostngame usted. No permita que digan que soy un viejo
imbcil.

Repiti con aire extraviado:

--Adis!

Y cogiendo el brazo de Tragomer, sali como si marchase  la muerte.




V


M. Harvey posea uno de los ms hermosos hoteles de la plaza de los
Estados Unidos. Le haba parecido patritico vivir en la plaza que lleva
el nombre de su pas, lo que, segn l, le haca vivir al mismo tiempo
en Pars y en Amrica. Por su gusto, sin embargo, hubiera vuelto haca
mucho tiempo  su pas, si su hija no se hubiera opuesto resueltamente
declarando que en modo alguno quera abandonar la Europa. El padre haba
dicho entonces  su hija:

--Querida ma, si quieres obrar  tu capricho, csate, porque yo tambin
tengo los mos y quiero vivir, en lo posible, de un modo que no me
resulte enteramente desagradable.

--Pero qu tiene de desagradable vivir en un pas donde encuentra usted
todo lo necesario para ser dichoso?

--Yo no lo soy si no vivo en Amrica seis meses del ao, por lo menos.

--Veo que sigue usted siendo un verdadero salvaje.

 esta insolencia filial, Harvey respondi con sonrisa indulgente:

--Es posible. Yo mismo lo creo.

--Me casar, entonces, puesto que eso simplificar la vida para usted y
para m.

--Y con quin, querida ma? Con un europeo  con un americano?

--Con un europeo y, probablemente, con un francs. Para gente ordinaria
tengo bastante con mis hermanos. Quiero vivir con un hombre bien
educado.

--Eres libre.

--Lo s; y usted lo ser tambin despus de mi boda.

Aquel ganadero que haba desplegado tanta energa para fundar su fortuna
y crear sus ranchos; aquel hombre que posea cientos de miles de bueyes
pastando en las frtiles praderas indianas, no haba podido nunca luchar
contra la voluntad de miss Maud y como hombre prctico ante todo, haba
tomado el partido de obedecerla, lo que evitaba las discusiones y
simplificaba las relaciones de familia. El espectculo que ofrecan los
Harvey, padre  hijos, en Amrica, conducidos por aquella morenilla
delgada y dbil, era sumamente curioso. En la cabeza de miss Maud haba
muchas ms ideas de las que podan producir los cerebros de sus
hermanos. La voluntad de la muchacha, matizada con una nerviosidad
debida al perfeccionamiento do la raza, recordaba la tenacidad de su
padre. Harvey lo saba y se complaca en ello. Con frecuencia deca:

--Mis tres hijos juntos no valen lo que mi hija. Si la naturaleza no se
hubiera equivocado y la hubiera hecho varn, esta muchacha hubiera
aumentado en diez veces mi fortuna; mientras que los jvenes no harn
ms que gastarla.

Tena por ella una alta estimacin, lo que es la mayor prueba de afecto
en un americano. Tambin deca, hablando de ella.

--Mi hija sabe gastar el dinero.

El yanqui quera decir con esto que Maud saba ser prdiga cuando las
circunstancias lo exigan, y econmica en la vida diaria: Haca un ao
que se haba instalado con ella en Francia y se aburra soberanamente,
pues no comprenda las minucias y las delicadezas de la vida parisiense.
Acostumbrado  expresar siempre redondamente su modo de ver, causaba el
asombro general emitiendo opiniones tan singulares por su fondo como por
su forma. La ingenuidad de aquel americano resultaba discordante con las
sutiles hipocresas de la sociedad en que viva, y cuando hablaba, sin
cuidarse de las protestas ni de las exclamaciones de las damas, se
hubiera dicho que estaba tirando pistoletazos en una pajarera.

Era tan rico, que en todas partes se le acogi con entusiasmo. El gran
mundo parisiense no est ya cerrado como en otro tiempo. Los cambios
econmicos que se han producido en Francia han modificado la base de las
fortunas, y la nobleza, arruinada por su ociosidad, ha tenido que
transigir con la aristocracia del dinero, produciendo as un primer
fenmeno de nivelacin social. Dentro de poco tiempo no habr ms que
dos castas, la de los ricos y la de los pobres, que continuarn la lucha
secular por la posesin de la autoridad y de la inteligencia.

En un mundo tan abierto  la influencia del dinero y en el que las
colonias extranjeras estn como en su casa, Harvey no poda menos de ser
bien acogido. Reciba, tena un yate, saba prestar quinientos luises
sin reclamarlos jams y tena una hija elegante, original y con un dote
colosal. No haca falta tanto para conciliarle todos los favores. Haba
sido recibido en el Club automvil, formaba parte de la sociedad de los
Guas y era miembro influyente de la Unin de los yates. Pero se
aburra, sin embargo. Para aquel salvaje, como le llamaba su hija, la
atmsfera de los salones era asfixiante. Bostezaba en la pera, ganaba y
perda sin emocin grandes sumas al juego y no estaba contento ms que
sentado en el pescante de su _mail_, guiando cuatro caballos del
Kentuki,   bordo de su yate de mil doscientas toneladas, un verdadero
transatlntico tripulado por sesenta hombres y armado de seis caones,
con los cuales hubiera podido defenderse, pero que no le servan ms que
para saludar  los puertos.

La persona del conde de Sorege le fu antiptica desde el primer
momento. Aquel personaje circunspecto y glacial que no deca nunca sino
la tercera parte de lo que pensaba y no miraba jams  los ojos de las
personas, le desagradaba extraordinariamente. Era el antpoda de su modo
de ser. Cuando su hija le particip que se haba comprometido con aquel
joven, se atrevi  hacer algunas observaciones.

--Ests segura, Maud, de que el seor de Sorege es el hombre que te
conviene? Has estudiado su carcter y crees no arrepentirte de haberle
dado tu palabra?

Miss Harvey expuso tranquilamente  su padre las razones que haban
decidido su eleccin.

--El conde Juan es de buena familia, y en Francia, padre mo, como en
todas partes, hay bueno y malo, verdadero y falso. Es necesario no
dejarse servir gnero de pacotilla. Todo el mundo sabe que nosotros, los
americanos, no somos inteligentes en muchas cosas, y por eso tratan de
hacernos aceptar cuadros copiados, tapiceras rehechas, objetos falsos y
nobles sin autenticidad. Es, pues, preciso mirar muy de cerca,
informarse, comprobar, para no ser engaado y esto es lo que he hecho.
El seor de Sorege est emparentado con todo lo mejor, tiene una regular
fortuna, est agregado al ministerio de negocios extranjeros, habla
ingls muy correctamente y es un joven muy bien educado... He aqu por
qu me he comprometido con l.

--No mira jams; parece un buho...

--Pues  m me mira muy bien.

--Sabe, al menos, montar  caballo? Nunca se le ve ms que en los
salones.

--No es un gaucho, seguramente, pero ir  pasear con nosotros cuando
queramos...

--Es cazador?

--Todos los franceses lo son.

--Sabe tirar un tiro con puntera?

--No supongo que sea un Buffalo-Bill... Pero no creo que pensemos
hacerle perseguir bisontes  cazar osos grises.

--Creo que toda la fuerza de ese hombre est en la cabeza, dijo Harvey
con desdn, y que sus brazos y sus piernas no valen gran cosa.

--Habla muy bien y esto es lo que me gusta. Para los ejercicios
corporales, tendr usted  mis hermanos; para los del espritu  mi
marido.

--En fin, Maud, eres libre.

El yanqui acogi  Sorege con perfecta cordialidad, pues no entraba en
su carcter discutir sobre asuntos ya resueltos. Le di golpes en las
rodillas capaces de aplastar un bfalo y observ con placer que el joven
no flaqueaba. La prueba de los _cocktail_ fu tambin favorable 
Sorege, que era de esas personas que beben sin riesgo porque hablan poco
y no se aturden con su propia excitacin. Mont en el _mail_, supo coger
las riendas en un momento en que Harvey se fingi cansado, y ejecut
vueltas perfectas  gran velocidad sin que pareciese hacer esfuerzo
alguno.

En el Havre visit el yate y mostr tener el aplomo de un marino.
Harvey, en una palabra, no pudo cogerle en falta en ningn punto y tuvo
que reconocer que su futuro yerno era un _sportman_ muy completo. Pero 
pesar de todo no se senta unido  l por una de esas simpatas que le
eran tan fciles y tan necesarias. Entre Sorege y l haba siempre un
velo, el de los prpados que ocultaban habitualmente la mirada de aqul.

Para probar  su yerno de un modo ms completo, pretext la necesidad de
hacerle conocer sus hijos, de ensearle sus propiedades, de explicarle
sus empresas, y le llev consigo  Amrica. Cuando volvieron, la opinin
de Harvey era la misma. Confesaba que no tena nada de que acusar 
Sorege ms que de no gustarle. Hablando de l, deca  su amigo y
compatriota Weller:

--Durante los tres meses que hemos vivido con el conde, no le he visto
cometer una incorreccin ni decir una inconveniencia. Usted me creer,
si quiere, Sam, pero hubiera dado diez mil dollars por sorprenderle
blasfemando  abrazando  una camarera de  bordo. Pero ni lo ms
mnimo. Ese hombre es demasiado perfecto y me da miedo.

Acaso la resistencia opuesta por Harvey  aquel proyecto de enlace
excit  miss Maud  encontrar  Sorege ms aceptable. Nunca mostr
tanta prisa por casarse que al volver su prometido. Hasta entonces sus
relaciones con Sorege no haban sido para el mundo ms que una
coquetera sin importancia, pero al volver  Pars el conde fu
declarado futuro marido. Entonces se difundi la noticia en los crculos
parisienses y la supo Tragomer. El ganadero era demasiado conocido en el
mundo que se divierte para que no le hubiera encontrado Marenval. Su
modo de conocerse sirvi de texto durante veinticuatro horas  las
murmuraciones de la buena sociedad. Se daba una comida en casa de una
americana conocida por su excentricidad de lenguaje y por su aficin
inmoderada  la msica. Ambas personas haban sido mutuamente
presentadas por la duea de la casa:

--El seor Marenval. Mi compatriota Julio Harvey.

Sir Harvey ofreci entonces la mano  Marenval, con una franca sonrisa:

--Ah! Marenval y compaa, verdad? Conozco  usted muy bien. Hace
veinte aos que _Harvey and C_ provee  Chaminade, de Burdeos, todo el
pino para las cajas de embalaje de su casa de usted... Tanto gusto!

La cara que puso Marenval, cuya nica ambicin consista en hacer
olvidar las pastas y las fculas origen de su fortuna, proporcion  la
concurrencia un precioso rato de diversin. De aquella presentacin
databa la antipata manifiesta de Marenval por Harvey y, en el fondo,
por todos los americanos,  quienes englobaba en el desdn que le
inspiraba el ganadero. Cuando miss Maud pasaba delante de l, brusca,
decidida y ruidosa, Marenval le diriga miradas de conmiseracin y tena
por incomprensible que nadie quisiera casarse con aquella marimacho.
Cuando supo que el elegido era el conde de Sorege, brome diciendo:

--Son tal para cual... Un hipcrita con una desvergonzada! Qu
dichoso cruzamiento!

En los das en que Tragomer y Marenval estaban preparando su viaje,
fueron invitados  comer en casa de la seora de Weller y se encontraron
all con Harvey, su hija y su futuro yerno. Sorege estaba siendo objeto
de una verdadera revista por parte de la colonia americana y sufra
filosficamente todos los cumplimientos de los compatriotas de su
prometida. Al ver entrar  Marenval y Tragomer, un ligero fruncimiento
de cejas acus solamente su contrariedad. Su sonrisa amistosa no se
borr y escuch con tranquilidad  su suegro cuando ste le explic las
antiguas relaciones comerciales d _Harvey and C_ y Marenval y
compaa.

Pero cuando Tragomer fu presentado  miss Maud por Sam Weller y se
habl del viaje al rededor del mundo realizado por el joven, Sorege
observ contrariado que el ganadero manifestaba por Cristin una
repentina simpata. Despus de la comida, que haba sido suntuosa,
rpida y acompaada de msica, lo que hizo imposible toda conversacin y
simplific as las relaciones entre los convidados, reduciendo la comida
 una simple manifestacin gastronmica, los invitados se repartieron
por los admirables salones del hotel Weller. Los hombres se fueron 
fumar en el despacho de Sam.

En aquella habitacin estn coleccionados los ms hermosos cuadros de la
escuela de 1830, comprados  peso de oro por el fastuoso americano. El
_Degello en una mezquita_ de Delacroix, fraterniza con el _Concierto de
los monos_, de Decamp, y la _Merienda de los segadores_, el mejor cuadro
de Millet, hace pareja con la _Danza de las ninfas _, de Corot. _La
puesta del sol_, de Daz, _la Orilla del ro,_ de Dupr, los _Grandes
bosques agostados_ de Rousseau, disputan la admiracin  las preciosas
praderas de Trayon y  los magnficos estudios de Messonnier. En cuanto
Harvey encendi un cigarro, se dirigi  Marenval y  Tragomer, que
estaban sentados no lejos de Sorege, y les dijo sealando  los cuadros
de su amigo:

--Sam Weller tiene una hermosa galera, pero si ustedes vienen  mi casa
del Dakotah, vern que mis cuadros valen tanto como los suyos. Solamente
que yo no tengo ms que pintores antiguos... Rembrandt, Rafael, el
Ticiano, Velzquez, Hobbema...

Marenval mir  Harvey de reojo  interrumpi:

--Esos son los que se copian ms fcilmente.

--S, pero los mos son todos originales.

--Eso es lo que creen todos los coleccionadores, y como los que les
venden cuadros cuidan de no contradecirles...

--Pero Sam Weller no tiene ms que cuadros autnticos?

--Um!... dijo Marenval con acento de duda.

--Los pintores que los han hecho son conocidos y hay todava personas
que se los vieron pintar.

--Y sus Rembrandt y sus Hobbema de usted, quin los garantiza? replic
Marenval con irona. Tambin se les ha visto hacer?

--Los franceses sois incrdulos, dijo Harvey con calma. Yo he comprado
mis cuadros y cuando hayan estado treinta aos en mi galera y los hayan
visto todas las personas que me conocen, nadie dir, si quiero
venderlos, que puedan ser falsos, pues saldrn de mi casa y yo soy muy
conocido.

--El razonamiento, dijo Tragomer, no deja de ser justo. El pabelln da
valor  la mercanca. Hay cuadros, pagados muy caro, que no han tenido
ms mrito que el nombre del coleccionador.

--Ustedes se burlan de los americanos, continu Harvey, porque somos
espritus sencillos; nos consideran ustedes casi como salvajes, que
bailan cuando se les ensean unas cuantas bolas de cristal pintado. Hay
algo de verdad en ese juicio, pero nuestra sencillez pasar. Nos
formaremos y el da en que lleguemos  conocer nuestras propias fuerzas,
prescindiremos de Europa y nos fabricaremos nosotros mismos nuestros
cuadros falsos. Desde hace veinte aos hemos hecho progresos
considerables y cada vez nos perfeccionamos ms. Ya les enviamos 
ustedes cueros, maderas, mquinas, caballos, trigo, y acabaremos por
envirselo todo.

--Y quin sabe si tambin caonazos! dijo con acritud Marenval.

--No lo quiera Dios! respondi Harvey. Seramos unos hijos ingratos y
despreciables, pues todo se lo debemos  las naciones de Europa, que nos
han creado, y especialmente  Francia, que nos ha dado la libertad.

--Es una noble respuesta! dijo Tragomer.

--En Amrica estimamos  los franceses.

--Y vuestras hijas los aman ms que ustedes, interrumpi Marenval.

Harvey sonri.

--Es cierto, dijo. Los franceses son amables, finos, bien educados...
No tienen ms que un defecto; el de amar demasiado  su pas... Ellos
no van bastante  los dems pases, y hay que venir al suyo... No digo
esto por el seor de Tragomer, que es un viajero infatigable. Pero,
usted, Marenval, con su fortuna, por qu no viaja usted?

El defecto capital de Marenval era la vanidad. No pudo pues privarse del
placer de deslumbrar  Harvey, y dijo, sin calcular el alcance de sus
palabras:

--Pues bien, ser usted complacido, Harvey, porque voy  hacer un viaje
 ultramar con Tragomer...

No termin, porque la mano de Cristin, le apret fuertemente el brazo.
El conde de Sorege, que estaba fumando con beatitud sentado en un
silln, sin que pareciese prestar atencin  lo que se hablaba, se
levant y se aproxim al grupo del que Harvey era el centro. El
ganadero, interesado por la noticia de Marenval, pregunt:

--Y dnde irn ustedes, si no es indiscrecin?

Marenval permaneci mudo y Tragomer se encarg de las explicaciones.

--Tenemos el proyecto, Marenval y yo, de hacer una expedicin al
Mediterrneo. Llegaremos hasta Smirna y volveremos por Tnez y Argel.

--S, dijo Harvey con indulgencia, es un bonito viaje para empezar. Se
conoce que el seor de Tragomer quiere ahorrar molestias  Marenval Se
marea usted?

--No he navegado nunca, confes Cipriano, pero no creo que sea ms
difcil que cualquiera otra cosa.

--Para un hombre libre, amigo Marenval, no hay sensacin comparable  la
de sentirse dueo de su barco en medio del Ocano, entre el cielo y el
agua. All se est verdaderamente en presencia de Dios... Pero en ese
lago interior apenas perdern ustedes de vista las costas... Vnganse
ustedes conmigo en mi yate; les llevar  donde quieran... Hace tiempo
que tengo gana de ir  Ceiln; esa ser una ocasin.

--Gracias, Harvey, respondi Marenval; para prueba nos basta ese lago
interior, como usted llama desdeosamente al Mediterrneo, que es muy
traidor, entre parntesis...

--Y en qu barco irn ustedes?

--Tenemos en tratos un yate, dijo Tragomer; el que sirvi  lord Spydell
para ir al Cabo el ao ltimo. Es un vaporcito de sesenta metros de
largo, de buenas condiciones marineras y que anda doce nudos. La
tripulacin se compone de veintisis hombres. La arboladura tiene dos
palos, lo que permite servirse de las velas y ahorrar el carbn...

--Y hasta hay  bordo cuatro buenos caones, aadi Marenval, que
pareca decidido  hablar siempre que deba callarse.

--Y qu piensan ustedes hacer con esa artillera? dijo una voz burlona.
Van ustedes  bombardear Malta   tomar Trpoli?

Tragomer se volvi y se encontr con Sorege, que sonrea de un modo
enigmtico.

--Los caones estaban  bordo y los hemos dejado. Quin sabe? Las
costas de Marruecos no son muy seguras; no hace mucho tiempo los piratas
apresaron un barco de comercio. Si hace falta podremos defendernos.

--Marenval, en efecto, sera una buena presa; le exigiran un enorme
rescate... Pero la idea del viaje ha sido repentina. Me parece que no
pensaba usted en eso hace pocos das, cuando hablamos...

--La verdad es que Marenval me anima, dijo Tragomer con descuido. Por mi
gusto hubiera descansado todo el invierno. Diga lo que quiera M. Harvey,
la locomocin intensiva durante un ao es muy fatigosa. Pero
descansaremos en las costas cuando queramos. Seguramente estaremos en
los puertos ms tiempo que navegando. Y acaso llevemos con nosotros
algunos amigos... Yo he pensado en Maugirn. Con l estaramos seguros
de comer bien; l se ocupara de eso.

--Entonces, dijo Sorege, si vamos  Niza y  Mnaco, encontraremos 
ustedes?

--Seguramente, amigo mo y si usted quiere ir  encontrarnos en
Marsella, tendremos mucho gusto en llevarle por mar dentro de quince
das.

Al oir esta proposicin la fisonoma de Sorege se tranquiliz. Movi la
cabeza y dijo en tono cordial:

--Agradezco  ustedes vivamente su amabilidad, pero no puedo alejarme de
Pars. Miss Harvey extraara con razn mi partida y yo no tendra gusto
alguno en marcharme. Seguir  ustedes, pues, con el pensamiento.

--Entretanto, amigo mo, interrumpi Tragomer, que tema verse
descubierto por su astuto interlocutor, va usted  presentarme  miss
Maud Harvey como ha prometido...

--Con muchsimo gusto,  menos que M. Harvey no desee hacer l mismo esa
pequea ceremonia... Como navegante le debe  usted toda clase de
deferencias...

--S, por cierto, dijo flemticamente el americano. Creo, seor de
Tragomer, que  mi hija le gustar conocer  usted...

Pasaron al saln, donde la seora de Weller, en el centro de un grupo de
seoras, estaba haciendo funcionar un admirable fongrafo que acababa de
recibir de Amrica. El aparato era la ltima palabra del progreso y
reproduca exactamente las voces humanas y los sonidos de los
instrumentos. Una cuadrilla de indios cantaba una cancin semi-salvaje
que haca entonces furor en todas las poblaciones americanas y bailaban
una danza desordenada. Todo estaba exactamente reproducido, hasta las
pisadas epilpticas de los bailarines y los aullidos de entusiasmo de
los espectadores.

--Ahora, si ustedes quieren, dijo la duea de la casa, oirn  la Patti
y  Mac-Kinley...

Harvey y Tragomer se aproximaron  miss Maud, y en el momento en que
Mac-Kinley empezaba  decir: _Fellow citizens of the senate_..., el
ganadero, sealando  su hija el joven, dijo:

--Te presento al vizconde de Tragomer, un amigo de tu futuro marido...
Miss Harvey, mi hija.

La delgada fisonoma de la americana se esclareci con una sonrisa.
Seal  Cristin una silla al lado de su silln y dijo en tono un poco
autoritario:

--Sintese usted. Celebro mucho hablarle; deseaba conocerle hace mucho
tiempo. Algunos amigos mos me han hablado de usted con frecuencia.

--Su prometido...

--No! El seor de Sorege no ha pronunciado jams su nombre de usted. Y,
sin embargo, s que ha sido su amigo durante muchos aos. No debe usted
extraar el verme tan bien enterada; soy curiosa y me gusta saber lo que
atae  las personas con quienes entablo relaciones... Y no las hay
ms importantes que las del matrimonio! Me alegro, pues, de conocer 
los que han rodeado  mi futuro marido: se juzga muy bien  las personas
por las que les acompaan... Por qu Sorege no habla nunca de usted?
Estn ustedes regaados?

Tragomer, algo sorprendido por aquel atrevimiento, inclin un poco la
cabeza para disimular su embarazo. Le repugnaba dar  miss Harvey
informes falsos y no quera declarar el enfriamiento de sus relaciones
con Sorege. Una palabra dicha por ella  su promedito bastara para
ponerle en guardia.

Tan poco enfadados estamos, que si su padre de usted no me hubiera hecho
el honor de presentarme, iba  hacerlo Sorege mismo.

--Tanto mejor! Yo quisiera que el seor de Sorege tuviera muchos
amigos como usted... Parece que los tuvo muy malos en otro tiempo...
Quin era aquel Freneuse, que tan mal acab?

Al oir aquella pregunta imprevista, Cristin se puso rojo y mir
atentamente  miss Harvey. Desde que tena que habrselas con Sorege
desconfiaba de todo. Sospech que la americana serva inconscientemente
de cmplice al hombre de las miradas ocultas y que aquella prueba haba
sido preparada como un lazo. Quiso entonces penetrar hasta el fondo del
pensamiento de miss Maud y dijo:

--Ese pobre Freneuse, seorita, era un infeliz muchacho que conocamos
el seor de Sorege y yo desde la infancia y cuyas aventuras han sido
causa de una gran afliccin para todos los que le tratbamos.

--Por qu el seor de Sorege tiene tanta repugnancia en hablar de esas
aventuras y del que fu su protagonista?... Nunca he podido sacar de l
mas que respuestas vagas y lloronas sobre este asunto.

--Pero, seorita Maud, por qu esa curiosidad?

--Ah! Hay entre mis conocimientos muy malas lenguas que critican todo
lo que se hace sin su intervencin... Se ha criticado mucho mi proyecto
de matrimonio con el seor de Sorege y como no se encontraba nada
reprensible en su conducta, han recurrido  la de sus relaciones... De
este modo he tenido que conocer ese desgraciado asunto de Freneuse. Ha
habido quien me ha hecho entender que habiendo el conde vivido en
intimidad con un culpable, no sera imposible que l llegase  serlo.
Como es natural, he acogido esos absurdos con el desprecio que merecen;
pero he interrogado  Sorege sobre su antiguo amigo y l, que es tan
dueo de s mismo, se ha turbado y ha parecido estar en un suplicio.
Entonces me propuse poner en claro lo que hubiese en el asunto.

--Pero, seorita, me cuesta trabajo comprender que una joven como usted,
sin inquietudes y sin cuidados, aplique su atencin  asuntos tan
dolorosos como el que usted evoca. Y en todo caso, si el hecho de haber
sido amigo de Jacobo de Freneuse es comprometedor, permtame usted
harcerla observar que yo tambin fui amigo suyo.

--S, pero usted le defendi, usted no teme hablar de l, ni se pone
violento cuando se pronuncia su nombre... Tengo la costumbre de pensar
muy claramente y de hablar con mucha franqueza. En este asunto de
Freneuse hay algo que me choca en lo que se refiere al seor de Sorege.
Qu es? Usted debe saberlo; dgamelo.

Cristin permaneci impasible.

--No tengo nada que decir  usted, miss Maud, sino que Jacobo de
Freneuse no ha cesado de afirmar su inocencia y que algunos amigos suyos
no han credo en su culpa,  pesar de las apariencias y  pesar de las
pruebas.

--Y usted es de esos amigos?

--S, soy uno de ellos.

--Y no ha hecho usted nada hasta ahora para probar que no se engaa?

--Qu he de hacer? La justicia ha pronunciado su fallo.

--Y si se ha engaado?

--La justicia no se engaa, aunque es algunas veces engaada, que no es
lo mismo.

--Haba, pues, en ese asunto alguien que tuviera inters en engaar 
la justicia?

--Acaso.

--Le conoce usted?

--No, no le conozco.

En este momento Sorege, inquieto al ver que la conversacin de Tragomer
y de su prometida se prolongaba, apareci en la puerta del saln. Miss
Harvey le hizo sea con el abanico de que se aproximara y con todo el
mpetu incontrastable de su naturaleza, le dijo:

--Venga usted por ac. Estoy encantada de que mi padre me haya
presentado al seor de Tragomer, que me est interesando mucho con el
asunto de Freneuse, sobre el cual nunca he podido arrancar  usted ni
una palabra. Por qu no me ha dicho usted que le crea inocente?

--Quisiera creerlo! dijo Sorege con voz sorda.

--Tiene usted menos sencillez de esprtu  menos indulgencia que el
seor de Tragomer, porque l admite la inocencia de su amigo.

El conde inclin la cabeza con tristeza.

--Tragomer tiene muchas razones para querer que Jacobo sea inocente; por
eso afirma lo que desea...

--Qu razn es puede tener que usted no tenga? Era amigo de aquel
desgraciado como usted, no ms.

--No ha dicho  usted entonces los lazos que le unan  la familia
Freneuse?

Miss Maud fij en Tragomer su clara mirada. El joven se sonri.

--Es verdad; la seorita de Freneuse era mi prometida cuando ocurri la
catstrofe que ech por tierra todos nuestros proyectos. Oh! Confieso
que fu por mi culpa... No tuve constancia ni firmeza para desafiar y
despreciar la opinin pblica y sufr dbilmente la influencia de
cobardes consejos. Me alej un poco de esas desgraciadas seoras y
cuando volv hall la puerta cerrada y los corazones llenos de desdn...
Por eso he paseado por el mundo entero mi tristeza durante diez y
ocho meses, sin lograr calmarla. Aqu tiene usted mi historia, que es la
de todos los amigos de Jacobo de Freneuse, y ahora comprender usted
porqu  Sorege le es desagradable hablar de este asunto.

--Le hubiera agradecido que me confesase la verdad, como agradezco 
usted mucho su franqueza... Comprendo la resolucin de la hermana de
aquel desgraciado... Yo no perdonara nunca una falta de valor moral...
Me explico que se tenga miedo delante de un tigre  de un len. Es
un efecto fsico que no se puede razonar, pero creo que sera inexorable
para un desfallecimiento intelectual. Despus de volver del viaje, ha
hecho usted alguna tentativa para ver  su antigua prometida   su
madre?

--No, dijo sordamente Tragomer; s que sera intil...

--Y usted, conde, no las ha vuelto  ver?

--Nunca.

Miss Harvey se qued un instante pensativa. Despus dijo, con una
expresin de melancola que contrastaba con su habitual vivacidad:

--La suerte de esas pobres mujeres es de lo ms triste que se puede
soar. Siguen creyendo en la inocencia del joven?

--Siempre.

--Y no hacen nada?

--Qu quiere usted que hagan?

--Si yo estuviera en su lugar hara algo! No es admisible el estarse
llorando y meditando en un rincn cuando se ha cometido una injusticia.
Yo, seor de Tragomer, si uno de mis hermanos hubiera sido vctima de
una maquinacin semejante, no hubiera tenido ni un instante de descanso
hasta hacer proclamar su inocencia; hubiera gastado para ello mis
fuerzas, mi inteligencia y mi fortuna, pero no hubiera dejado al
inocente en presidio aunque tuviera que arrancarle de l  la fuerza con
una cuadrilla de filibusteros...

 estas ltimas palabras Sorege prorrumpi en una carcajada que produjo
un ruido falso. Su mirada pas por los entreabiertos prpados hasta
fijarse en la cara de Tragomer para estudiarla con inquieto cuidado.

--Usted es, dijo, una verdadera amazona, miss Maud... Pero esas cosas
no se hacen tan cmodamente como usted cree. Para guardar  los penados
hay buenas tropas, slidas fortificaciones y rpidos navos que recorren
las costas.

--Parece usted encantado por ello! contest con vivacidad la joven. La
verdad es que no lo comprendo. Hay momentos en que parece que odia usted
 su antiguo amigo.

--Odiarle! no; pero le vitupero severamente por haber malgastado tan
torpemente su vida y alterado la de los dems. No tena ms que seguir
tranquilamente el camino que se le ofreca y por su aficin  los
caminos extraviados se hundi en tal cloaca de vicios que fu imposible
impedir que se perdiera. Le guardo rencor por eso, miss Maud, por eso
solamente, y as pruebo una vez ms mi amistad.

--Pero, si est usted an preocupado por ese muchacho, por qu no
participa de la creencia de su amigo? Por qu no trata de discutir la
culpa del condenado?

--Ah! Eso es imposible. Nos estrellaramos contra la evidencia, dijo
Sorege con fuerza. Negar los hechos materiales y reconocidos, probar, lo
inverosmil, cerrarse  la evidencia, no es empresa para un ser sensato.
Se puede gemir, lamentar maldecir, revolverse contra el buen sentido;
pero combatir contra la verdad, para qu?

--Sorege tiene razn, miss Maud, dijo framente Tragomer. Lo comprendo
tan bien que mis convicciones son enteramente platnicas. Si hubiera
algo que hacer, ya lo hubiera intentado, est usted segura. Precisamente
porque todo lo creo intil he tomado el partido de viajar para
distraerme.

--Puesto que viaja usted, por qu no va  ver  ese desgraciado?

Tragomer se estremeci y se pregunt una vez ms si la americana estara
de acuerdo con Sorege para hacerle hablar. Pero la audacia misma de la
pregunta destrua esa suposicin. La joven estaba sencillamente influida
por el genio aventurero de su raza, por el desconocimiento de los
obstculos que caracteriza  las grandes fortunas y por la inconsciencia
de las leyes que es propia de la mujer.

--Ir  Numea? pregunt Sorege con su voz falsa. Triste expedicin!

--No tendra valor, dijo Tragomer, para ver en la abyeccin un hombre 
quien he conocido bello y brillante. Cmo estar despus de dos aos de
vida comn con aquellos innobles compaeros! El carcter se rebaja
pronto, el cuerpo se gasta y las malas costumbres se apoderan del
hombre. El presidio convierte un individuo inteligente y fuerte en un
ser envilecido y degradado... Prefiero no ver ese espectculo que me
causara profunda pena...

--Y, sin embargo, usted le cree inocente y se resigna  pensar que vive
en esas miserables condiciones, sin tratar de sacarle de ellas. Va usted
 pasearse por el Mediterrneo de modo de poder desembarcar en Cannes 
en Montecarlo, lo que es muy agradable y muy higinico. All no ver
usted espectculos tristes, si trata de no mirar  los tsicos. Me
haban dicho que los franceses eran los ltimos enamorados de la Quimera
y que no se cometa en el mundo una heroica locura sin que tomasen parte
en ella. Celebro ver que han adquirido sentido prctico y que antes de
tomar una resolucin consultan sus intereses. Seor de Tragomer, buen
viaje. Tengo mucho gusto en haber conocido  usted. Probablemente, habr
usted vuelto de su expedicin en la primavera; si quiere venir con mi
padre y conmigo  la isla de Wight,  donde iremos como todos los aos,
har un viaje muy de su agrado, pues se divertir sin emociones ni
disgustos.

Al hablar as miss Maud miraba al joven con una sonrisa violenta que
daba  su cara expresin de desdn extraordinario. Sorege intervino con
aire paternal.

--Pero hay que estar loco, miss Maud, para agradar  usted? No es justo
sermonear  Tragomer por mi causa. Por qu exigirle una sublimidad de
que yo no le doy el ejemplo? Esta noche est usted de humor regan, y
en este caso aqu estoy yo para servir de blanco. Pero, por favor, que
se salven los transeuntes.

Miss Harvey se ech  reir.

--Despus de todo, conde, tiene usted razn, como deca su amigo, y l
tambin la tiene. He hecho mal en ponerme agresiva.

--Los pueblos nuevos! dijo Sorege. Ya pensarn como nosotros, razas
cansadas.

La joven ofreci la mano  Tragomer y le dijo con su amabilidad
acostumbrada:

--Me he exaltado un poco; espero que me dispensar usted.

--Con mil amores, dijo el bretn; y con ms motivo todava, puesto que
Sorege es el que ha hecho el gasto.

Todos rieron y el mismo Sorege se dign alegrar un poco su impasible
fisonoma.

--Ahora, dijo la americana, no me interesa ya permanecer aqu y me voy.

Hizo una seal  su padre y se alej seguida de Sorege. Marenval, que
acechaba  su compaero haca largo rato, se acerc entonces y pregunt,
no sin inquietud:

--Qu diablos de conferencia han tenido ustedes los tres en ese rincn?
Por los ademanes, me pareca que la conversacin era grave.

--Y no se engaaba usted.  poco me ofrece miss Maud llevarme ella misma
 la Nueva Caledonia...

--Usted se chancea!

--No, por cierto. Y esto, delante de Sorege. Todava tiemblo.

--Entonces la hija despus del padre? Pero esta familia tiene la mana
de pasear  la gente por el mar!

--Me ha hecho sufrir un verdadero interrogatorio  propsito de Jacobo
de Freneuse...

--Bah! Para qu?

--Eso quisiera yo saber. He sospechado un instante que Sorege haba
preparado esta encerrona para cogerme... Pero no; estaba tan violento
como yo... Todo ha sido casual... En todo caso pienso, en un momento
dado, sacar partido de la entrevista. Miss Harvey no permanecera
indiferente  nuestros esfuerzos en favor de Freneuse. Si hay necesidad
de pedirle su ayuda en una circunstancia decisiva, no la creo mujer de
regaternosla.

--Contra su prometido?

--Hasta contra l.

--Est usted seguro de no haber dejado adivinar nuestros proyectos?

--Completamente. He preferido dejar que esa muchacha se burle de m. En
este momento le inspiro una deplorable opinin. Yo har que la
modifique.

--Se va usted?

--S, tengo que terminar an algunos preparativos y que arreglar algunos
negocios.

--Dnde nos veremos maana?

-- las tres, en casa de la seora de Freneuse. Quiero tratar de verla y
cuento con usted para que me reciba.

--Hasta maana, pues.

El sombro hotel de la calle de _Petits-Champs_ pareci despertar de su
lgubre silencio cuando el timbre de la puerta reson, impacientemente
movido por Tragomer.

Giraud sali  abrir, sonri  Marenval y se qued estupefacto al ver 
Tragomer. Su cara volvi  tomar el aspecto taciturno y cuando Marenval
le pregunt:

--Estn visibles las seoras?

--Para el seor, ciertamente, respondi el criado, pero no s si el
seor de Tragomer...

El acento lleno de censuras de aquella frase interrumpida impresion
profundamente  Tragomer. Desde el primer paso vea exactamente los
sentimientos que haba para l en aquella casa. Aquel hombre que en la
niez le llevaba  su casa despus de jugar con Jacobo, y que le daba
paternalmente golosinas y caricias, dudaba si sus seoras querran
recibirle! El hotel de los Freneuse apareca silencioso y desolado,
Jacobo no estaba all ya, el criado se presentaba encorvado, tembloroso
y triste, y l volva  entrar como un extrao en aquella mansin antes
abierta y risuea...

--Haga usted el favor, Giraud, de anunciar  las seoras mi venida; voy
 esperar en el saloncillo donde...

Al decir estas palabras tan llenas de recuerdos para l, las lgrimas se
agolparon  sus ojos.

--Ah! seor Cristin, exclam el criado conmovido. Nuestro Jacobo no le
har  usted compaa como en otro tiempo... Pero creo que no le ha
olvidado usted y que le quiere todava... Oh! Bien pensaba yo que era
imposible que hubiese abandonado  su amigo como los otros...

--No, Giraud, no le he abandonado. Ya tendr usted la prueba. Pero es
importante que hable con la seora de Freneuse. El seor Marenval va 
pedir que me reciba. Condzcale usted y yo esperar que me llamen.

Entr en la pieza donde Marenval haba interrogado tan largamente 
Giraud acerca de Sorege, y el criado y Cipriano se encaminaron al saln
en el que aquella madre desconsolada pasaba su existencia sin esperanza.
La hija estaba trabajando silenciosamente en el hueco del balcn. Fuera
de los detalles corrientes de la vida, las dos mujeres no hablaban nada:
estaban tan de acuerdo que no necesitaban palabras para comprenderse.

La puerta se abri y apareci Marenval detrs de Giraud. La seorita de
Freneuse dedic al recin llegado una amable sonrisa, se levant y
ofreciendo la mano  Cipriano le condujo hasta su madre.

--Haba prometido volver muy pronto, queridas primas, dijo el antiguo
comerciante, y aqu estoy para traer  ustedes mejores esperanzas que la
ltima vez.

--Ha sabido usted algo favorable  nuestra causa? pregunt turbada la
seora de Freneuse.

--S, ciertamente, muy favorable... Pero ante todo, no quiero que se me
atribuya  mi solo el mrito de lo que se ha logrado. En este asunto he
tenido un aliado hbil y perseverante  quien se debe la parte ms
importante de los resultados obtenidos;... es Tragomer.

La frente de Mara se oscureci, pero Marenval no se desconcert por
eso.

--Es indispensable que le vean ustedes. Slo l podr darles los
importantes datos que posee, pues l es quien los ha obtenido  fuerza
de perseverancia y de sagacidad.

La seora de Freneuse mir  su hija para ver cmo acoga esta peticin.
La joven hizo un movimiento de protesta, palideci y dijo, sin embargo:

--Recbele, madre ma, si tienes en ello inters. Yo me retirar.

--No puedes mostrarte menos rigurosa?

--Nunca olvidar lo que ha hecho, bien lo sabes.

--Sin embargo, si repara su falta y trabaja con nosotros por la
rehabilitacin de tu hermano...

--Para convencerme necesito algo ms que vanas palabras, dijo la joven
con amargura.

Llam y dijo  Giraud, que apareci en la puerta:

--Haga usted subir al seor de Tragomer.

Y sin decir ms, pas por delante de su madre y de Marenval y sali.

--Ese pobre Cristin! dijo Cipriano  la seora de Freneuse. Cuando
usted sepa lo que ha hecho y lo que est dispuesto  hacer, ser usted
su abogado cerca de Mara. Es preciso no desanimar  un hombre tan til.
Diablo! Qu sera de nosotros sin l?

Tragomer entr. Durante un momento permaneci indeciso en la puerta,
buscando con la vista  Mara, y no vi ms que  la seora de Freneuse
enlutada y con el cabello blanco. Sus labios se conmovieron, sus ojos se
pusieron hmedos y sin poder articular palabra, Cristin fu 
arrodillarse con respeto filial ante aquella mrtir. La anciana abri
los brazos y ambos confundieron por un instante sus lgrimas. Por fin la
seora de Freneuse se separ, enjug sus ojos y dijo mirando
afectuosamente al joven:

--Gracias, Cristin, por haber vuelto. Por unos minutos ha hecho usted
resucitar el pasado. Veamos ahora qu ha hecho para que el porvenir sea
mejor.

Tragomer se levant, se apoy en la chimenea y contest, dirigindose
tanto  Marenval como  la madre de Jacobo:

--He adquirido la conviccin, ms an, la certeza, de que la mujer por
cuya muerte fu condenado Jacobo, vive.

--Lea Peralli! exclam con estupor la anciana.

--Lea Peralli. Ha habido en este asunto una parte misteriosa que estoy
en vas de aclarar y no retroceder ante nada para conseguirlo. Nuestro
amigo Marenval me ayuda valerosamente, animado del mismo deseo y del
mismo ardor que yo. Al fin de nuestra empresa esta la declaracin de
inocencia de su hijo de usted. Esto es lo que vamos  tratar de
realizar.

--Pero cmo?

--Maana salimos para un largo viaje por mar. Nos vemos precisados 
costear por el Mediterrneo  fin de aparecer en Niza, en Npoles, en
Palermo y en Alejandra, engaando as  los que nos observan. Pero
repentinamente cambiaremos de rumbo, pasaremos el canal de Suez, nos
lanzaremos  todo vapor en el mar de las Indias y, por Colombo,
llegaremos  la Nueva Caledonia. All bajar  tierra, ver  Jacobo y
le plantear las formidables preguntas que deben esclarecer por completo
la oscuridad de que tan hbilmente han sido rodeados los pormenores del
crimen.

--Van ustedes  verle? exclam la madre juntando las manos con ademn
suplicante. Oh! Llvenme con ustedes.

--No podemos. La presencia de usted  bordo sera una confesin de
nuestros proyectos. Por el contrario, es preciso que cuide usted de
salir alguna vez durante nuestra ausencia, para que todo el mundo sepa
que est en Pars.

--Todo el mundo! Quin tiene inters en vigilarme y en temerles 
ustedes?

--El  los cmplices,  los culpables mismos, en cuyo lugar sufre y
expa Jacobo... Si los ponemos en guardia pueden escaparse. Para
apoderarnos de ellos, es preciso, que caigamos encima como un rayo...

--Pero yo los conozco? pregunt con angustia la anciana.

--No me pregunte usted, respondi Tragomer; contntese con la esperanza
que le doy. Despus de haber vivido durante dos aos en el
aniquilamiento y en el dolor, puede usted volver  la esperanza y  la
alegra.

--La alegra! Ay! Nunca la recobrar, aunque vuelva  ver  mi hijo.
Estas pruebas rasgan el corazn por toda la vida. Vame usted; estoy
encorvada, blanca y arrugada como una octogenaria y no tengo cincuenta
aos. Ruego al cielo que los que me han proporcionado mi horrible
tortura no sufran todo el castigo que merecen...

--Oh! seora, le sufrirn terrible, porque su maquinacin tuvo tan buen
resultado, que se creen seguros de la impunidad. Ha sido preciso un
conjunto de circunstancias increbles para que yo haya encontrado el
primer hecho que me abri los ojos. De pesquisas en pesquisas, hemos
necesitado mucho tiempo y muchos esfuerzos para llegar al punto en que
estamos y an nos queda todo por hacer.

--Pero tienen ustedes, al menos, esperanzas de lograr su empeo? dijo
la anciana, espantada por las restricciones de Tragomer.

--Mi querida prima, dijo Marenval, mreme usted bien. Yo no me aventuro
con frecuencia y, sobre todo, jams lo hago  la ligera. Para que un
hombre como yo, al fin de su carrera, acomodado, dichoso, libre, rico, y
sin otro cuidado que el de vivir bien, emprenda un asunto como este en
que nos hemos comprometido Tragomer y yo, es preciso que est firmemente
seguro del resultado... S! Lo lograremos.

La seora de Freneuse mir con extraeza mezclada de asombro  Cipriano
y ste aadi con acento de bondad:

--Tragomer me lo ha prometido y tengo confianza en l.

--Pero cmo sabremos lo que suceda?

--Todo lo he previsto. Mi ayuda de cmara recibir nuestras cartas y se
las traer  ustedes; as estarn al corriente, sin recibir una
correspondencia directa. La indiscrecin de un empleado  la charla de
un domstico podran descubrirnos y echarlo todo  perder.

--Y que har yo para responder  ustedes?

--Seguirn el mismo camino. Mi ayuda de cmara es un hombre de
confianza, como Giraud... Pueden ustedes darle sus cartas y l las
dirigir al capitn de nuestro yate.

--Lo que encargo  ustedes desde ahora, dijo con intensa emocin la
anciana, es que abracen  mi desgraciado hijo en mi nombre y le aseguren
que mi corazn no ha dudado jams de l y que mi pena no me ha importado
pensando en la suya. Ha cometido muchos errores y muchas faltas, pero
est pagando su mala vida con un suplicio que le limpia y le engrandece.
Dganle ustedes esto que le consolar si ha llorado y antes de
prometerle la rehabilitacin hganle ver que nada es perdido en este
mundo, ni aun el dolor...

--Realizar sus deseos, seora, dijo gravemente Tragomer; pero si usted
piensa que se puede expiar cualquier error, dgnese ser indulgente con
los que yo he cometido. No querr usted abogar por mi con la seorita
de Freneuse? Sera muy dulce para mi decirle adis antes de marchar. Si
sigue inexorable por lo que  ella concierne, acaso quiera animarme por
cario  su hermano. No pido ningn perdn, ninguna esperanza. Un
sencillo deseo de buen xito y si no vuelvo, una oracin.

La seora de Freneuse se levant, pas  la pieza contigua, donde estuvo
un instante, y volvi  aparecer seguida de su hija. Las dos mujeres
estaban plidas y con los ojos llenos de lgrimas. Mara se adelant
hacia su antiguo prometido y dijo con voz segura:

--Ha pedido usted verme, seor de Tragomer, antes de partir. S que va
usted  intentar la salvacin de mi hermano y no puedo oponerme  ese
deseo. Aqu estoy.

Tragomer permaneci delante de ella turbado, temblando y desgraciado.
Quiso hablar, pero haba prometido callarse. Su justificacin le suba 
los labios y su corazn estaba lleno de pena viendo despus de dos aos,
adelgazada y abatida por el dolor,  la que haba conocido risuea, y
dichosa. Le pareca ms hermosa en el dolor que en la alegra. Su cara
haba tomado un carcter de nobleza y de altivez en vez de su antigua
expresin de discuido y de candor. Se adelant hacia ella y dijo con
dulzura:

--Mara...

La joven se estremeci ante los recuerdos que evocaba en su mente aquel
nombre pronunciado por su antiguo prometido. Todo el pasado desfil por
sus ojos. Vi la casa alegre y animada,  su madre dichosa,  su hermano
mimado  pesar de sus locuras, y  ella sonriente ante un porvenir de
felicidad.

Ante ese cuadro tan dulce de la antigua vida, acabada para siempre, la
joven no pudo contener su emocin y llevndose las manos  la cara
rompi en sollozos. Tragomer, entonces, sin poder contenerse dijo con
vehemencia apasionada:

--Esas lgrimas, Mara, me afligen y me encantan  la vez, porque
indican que no lo ha olvidado usted todo y que su corazn no est
cerrado para siempre. Oh! si, se abrir de nuevo para mi, lo s, y me
perdonar. Tanto har que olvidar usted su justo resentimiento. Si
hubiera partido sin ver  usted, creo que mi empeo hubiera fracasado.
Ahora que ya no tengo ninguna inquietud, estoy seguro de triunfar. Sepa,
pues, que por usted har todo lo que he pensado y entonces, comparando
mis errores con la reparacin conseguida, llegar un da en que usted me
perdone.

Mara se levant tranquila, fuerte, decidida, y mostrando  Cristin su
hermosa cara transfigurada por la esperanza, pronunci estas palabras:

--Logre usted su empeo!...

Tragomer lanz un grito de jbilo y viendo la mano de Mara que caa con
descuido por encima de su falda, la cogi arrodillndose  imprimi en
ella respetuosamente sus labios. Despus se inclin ante la seora de
Freneuse y dijo:

--Vamos, Marenval; ahora partamos.

--Partamos! repiti Cipriano con energa.

Y abrazando calurosamente  las dos mujeres, sigui  Tragomer.




SEGUNDA PARTE




VI


La chalupa de vapor se detuvo al pie de la escalera del muelle y un
sargento de infantera de marina tir con un gancho de la embarcacin
para facilitar el desembarque del pasajero. ste se levant de la popa,
donde estaba sentado al lado del timonel y dijo en ingls:

--Esperadme aqu hasta que vuelva. Acaso tardar largo tiempo; que ni un
solo hombre baje  tierra.

--Muy bien, master Cristin.

Tragomer vestido de tela blanca y llevando en la cabeza el casco
colonial de corcho, salt con ligereza  las losas mojadas de la
escalera y subi al muelle. Una bandada de canacos vestidos de srdidos
oropeles se agolp delante del viajero. El sargento exclam rudamente.

--Atrs! atajo de brutos...

Y levantando un revenque que tena en la mano pareci dispuesto  poner
de acuerdo sus actos con sus palabras. Los indgenas hicieron plaza al
recin llegado y ste se encontr solo en presencia del jefe del puesto.

--Ha desembarcado usted del pequeo navo ingls; caballero?

--S, dijo Tragomer con un fuerte acento ingls, he desembarcado para
todo el da. Quisiera visitar el establecimiento penitenciario...

--Hay que pedir permiso al gobernador.

--Ah! Y dnde est el gobernador?

Con la habitual complacencia francesa, el sargento busc con la vista al
rededor y viendo un vigilante canaco que estaba holgazaneando sentado en
el parapeto de la estacada, le grit:

--Derinho! Vas  acompaar hasta el palacio  este seor extranjero...
No encontrar usted al gobernador, caballero; est haciendo un viaje 
bordo del aviso de guerra... pero le recibir  usted su secretario...
Si, son las tres y debe estar all todava... Si por casualidad se
hubiera marchado, llguese usted al caf de la _Cousine_.

--Gracias, dijo sonriendo Tragomer, y no queriendo ofrecer dinero al
digno sargento, sac del bolsillo una petaca de paja de Manila y la
present al jefe del puesto.

--Hgame el favor de aceptar un cigarro.

--Con mucho gusto!... Cspita! Ha pasado usted, al venir, por la
Habana?

Cristin vaci la petaca en las manos del soldado y, saludndole, sigui
al gua que le esperaba.

--Esta vez, exclam alegremente el soldado viendo alejarse al viajero,
si atrapo el cncer del fumador, no ser con colillas...

Y encendiendo voluptuosamente un cigarro de banquero, continu su
interrumpida ronda de vigilancia. Haca un calor sofocante apenas
dulcificado por la brisa del mar. La isla de Nou extenda enfrente de la
rada su costa baja orlada de espuma y en el cielo sin nubes se
recortaban las agrestes y verdosas cimas de la isla de los Pinos. La
baha estaba animada por el movimiento de las chalupas y de los
lanchones conducidos por marineros canacos. Un gran barco carbonero
estaba llenando sus calas y reparta en derredor una mancha negra,
mientras algunos navos mercantes, con las velas plegadas en las vergas
y las chimeneas inactivas, balanceaban su mole sobre las ondas azules.
Unos cuantos metros ms lejos, un yate blanco, armado en goleta, de poca
altura sobre el agua y cortado para carreras, levantaba su chimenea
amarilla por la que se escapaba un ligero penacho de humo: En el palo de
popa flotaba la bandera inglesa y el movimiento de la tripulacin en el
puente indicaba que el navo tena sus calderas encendidas y estaba
pronto  marchar.

Por un paseo de rboles cuya vitalidad no honraba  la administracin
colonial, Tragomer entr en la poblacin precedido por el gua. Como
haca buen tiempo, una espesa capa de polvo cubra el camino, que en la
poca de las lluvias deba convertirse en un ro de cieno.  uno y otro
lado se vean algunas tiendas posedas por expenados y que ofrecan  la
poblacin objetos de utilidad  de lujo. Las muchachas canacas, con sus
sombreros trenzados y sus vestidos de algodn de colores, pasaban, de
vuelta del mercado, mostrando las cestas llenas de pescados y
respondiendo con sonrisas  las miradas de los soldados de marina. El
vigilante acort el paso y Tragomer vi delante de l una construccin
bastante vasta en la que se ostentaba la bandera tricolor.

--Palacio!... dijo con nfasis Derinho, escupiendo un charco de saliva
enrojecida por el betel.

--Bien, respondi Tragomer, que divis al centinela apoyado
negligentemente en su fusil  la sombra de la garita.

Cristin di una moneda al gua y entr en el palacio. Una cuadrilla de
penados estaba componiendo el techo de un pabelln y el vigilante,
sentado en una viga, fumaba tranquilamente. Sobre una puerta Tragomer
ley: "Administracin penitenciaria--Despacho del Gobernador--Secretara
general;" Entr y un empleado sooliento levant la cabeza al oir pasos
y dijo con voz agria:

--Qu desea usted?

--Hablar con el seor secretario...

--Otro ingls! murmur el empleado; y levantndose perezosamente entr
en la habitacin contigua.

--Pase usted, dijo reapareciendo un momento despus.

El secretario estaba medio echado en una butaca, con el chaleco
desabrochado y la corbata deshecha. Al ver al visitante se levant,
indic con mano negligente un silln enfrente del suyo y con una cara
que expresaba grande asombro, pues nadie iba  aquel pas sin estar
obligado, dijo:

-- quin tengo el honor de hablar?

--Sir Cristin Fergusson, de Liverpool, y aqu tiene usted una carta del
cnsul de Francia en Colombo que me recomienda  la benevolencia del
seor Gobernador.

--El seor es ingls? dijo el secretario cogiendo el papel con amable
indiferencia. S, no vemos visitantes si no son ingleses  americanos.
Los franceses no vienen jams... Esos no viajan... Para qu venir,
por otra parte,  este endiablado pas? El establecimiento! Los campos
penitenciarios! Bonito espectculo! En fin, cada uno su gusto...

Ech una ojeada  la carta y continu:

--Est usted haciendo un estudio comparativo del rgimen penal de las
naciones europeas... Ingrato trabajo! Hay que ver de cerca  los
penados, como nosotros los vemos, para darse cuenta del escaso partido
que se puede sacar de ellos para colonizar... Mal ganado, caballero,
mal ganado! Y difcil do conducir! Todos creen, al llegar aqu, que van
 estar en Jauja. Los hay que estn en las crceles de Francia y matan
para ser enviados  la Nueva Caledonia... Ven la colonia  travs de
sus sueos y cuando se encuentran con la realidad viene el desencanto.
Aqu no gozan de una existencia de plantador  de sibarita... ni con
mucho. Creen que van  pasar el tiempo fumando en la orilla del mar,
como parisienses de veraneo, y se sublevan cuando ven las cuadras, los
dormitorios en que duermen encadenados, los vigilantes revlver en
mano... Oh! Cuando se portan bien, la administracin es paternal con
ellos. Se les admite en las oficinas, se dulcifica su suerte y se les
hace casi dichosos... Pero cuntos se hacen dignos de esos
favores?... La mayor parte no tienen ms que una idea: robar y
escaparse...

El secretario tom aliento. Su oyente le haba escuchado con una
atencin que le halagaba, y ya se preparaba  proseguir, cuando Tragomer
le pregunt:

--Son frecuentes esas evasiones?

--Muy frecuentes, pero casi siempre intiles. Para que un penado se
pueda escapar, es preciso que le recoja un navo. Tuvimos en otro tiempo
la evasin de Rochefort con Olivier Pain, que se cita como una especie
de leyenda. Pero es preciso gastar mucho dinero y tener cmplices fuera
para que salga bien una tentativa semejante... Generalmente, los que se
escapan se meten en las malezas y viven all como bandidos corsos, hasta
que los cogen los canacos  se rinden ellos mismos... Su nica
probabilidad de salvacin es apoderarse de una lancha y tratar de llegar
 la Australia... Pero entonces corren el riesgo do morirse de hambre 
de que se los coman los tiburones.

--Y dnde se escapan ms fcilmente?

--En la isla Nou... El ltimo que nos jug esa partida consigui
despojar de su uniforme al vigilante y atarle como un salchichn...
Despus se escap en su lancha, pero se le alcanz en el mar y fu
preso... Es un antiguo sacerdote, condenado por atentado al pudor. Oh!
un buen punto... Le echaron encima cinco aos de clula... All puede
decir sus rezos  la sombra.

El secretario se ech  rer, pero se repuso ante la calma imperturbable
de su interlocutor.

--Hay en este momento penados cuya conducta sea ejemplar y que merezcan
los favores de que me hablaba usted hace poco?

--Ah! Ya veo que est usted haciendo averiguaciones serias, dijo el
secretario, mirando con curiosidad  Cristin.

--S; voy  publicar un trabajo  mi vuelta  Inglaterra, en el
_Century-Magasine_... y deseo reunir datos.

El secretario cogi un librote, lo hoje y dijo:

--Tenemos en el almacn un antiguo notario condenado  veinte aos por
haber arruinado un pueblo entero de provincia... Nos presta muy buenos
servicios... Aqu, en el hospital, hay un mdico condenado 
perpetuidad por haber envenenado  su querida... Estuvo admirable, hace
poco tiempo, cuando la epidemia de viruela: sin su abnegacin, no s
cmo hubiramos salido del paso... Yo no quiero que me cuide otro
mdico cuando est malo... Y la familia del gobernador forma parte de
su clientela...

--Muy curioso! dijo Cristin. Verdaderamente francs!

--Amigo mo, contest el secretario, no hay que andarse con prejuicios
ante el peligro. Es mejor ser curado por un presidiario que morirse
tratado por un santo.

--_Yes_. Y hay otros?

--S; le indico muy particularmente un joven de buena familia condenado
 perpetuidad por haber matado  su querida. Ha cado en un misticismo
extraordinario, hasta el punto de edificar con su piedad al capelln. Si
el seor gobernador le dejase libertad para ello y los reglamentos lo
permitieran, se hara cura... Nos hemos visto obligados  separarle de
los dems penados, que le colmaban de injurias y de malos tratamientos y
hubieran acabado por matarle, tomndole por un espa destinado 
denunciarles.

--Y cmo se llama ese hombre tan extrao?

--Se llamaba Freneuse. Ahora est matriculado con el nmero 2317.

Tragomer se estremeci, su cara se cubri de palidez y su corazn se
oprimi dolorosamente. Respondi, sin embargo, con calma:

--Me ser posible ver al notario, al mdico y  ese apstol?

--S, si as lo desea usted.

--Creo que me ser til.

--Pues voy  dar  usted un permiso.

--Ser usted muy amable.

El funcionario escribi unas lneas y dijo:

--Doy orden para que pongan  la disposicin de usted la lancha de la
administracin; eso simplificar todas las formalidades. El patrn
acompaar  usted.

--_All right!_

--Pero son las diez dadas. Ha almorzado usted?

--No; no he hecho ms que desayunarme esta maana. Si quiere usted
permitir  un viajero con el que ha sido usted tan complaciente, que le
invite  almorzar, llegar al colmo de su buena hospitalidad... tan
francesa.

--Realmente, soy yo quien debe hacer los honores...

--Me disgustara usted, dijo Cristin sonriendo.

--Pues acepto.

Se puso la corbata, se abroch el chaleco, cogi el sombrero y sali
precediendo  Tragomer.

El mismo da,  las tres, la lancha de la administracin, impulsada, por
seis vigorosos pares de remos que manejaban otros tantos presidiarios,
atracaba en la isla Nou, y Cristin, conducido por el patrn del barco,
se diriga al establecimiento penitenciario. En la muralla que rodea el
campo de los penados se apoyaba un pequeo edificio en cuya puerta se
lea, en letras negras y rojas, estas palabras: _Pretorio
disciplinario_. Era el tribunal ante el que comparecan los
indisciplinados para responder de sus fechoras. Un estrado y unos
cuantos bancos guarnecan la sala, cuyas paredes estaban tendidas de
cal.

--Sintese usted un instante, milord, dijo el vigilante. Voy  buscar al
2317 y se lo traer... Puede usted fumar si gusta..., no huele  rosas
aqu.

Tragomer inclin la cabeza sin responder, y se apoy en el estrado desde
el cual se distribuan castigos  aquellos desgraciados que parecen, sin
embargo, haber llegado al mximum del sufrimiento. Una indecible
angustia le oprima el corazn. Haba llegado al fin de su empresa; el
presidio le haba abierto sus puertas y dentro de un instante iba 
encontrarse en presencia del que vena  buscar desde tan lejos.

Conoca ya su estado moral, pues el secretario se lo haba descrito
claramente; pero cul sera su estado fsico? Cmo habra soportado la
terrible prueba de la vida comn con tantos bandidos? Qu habra sido,
despus de dos aos, del hermoso Freneuse? Habra persistido el vigor
en aquel cuerpo sometido  repugnantes trabajos,  privaciones de
alimento y  un clima mortfero? No le habra minado y destrudo la
pena? Llegara  tiempo la salvacin? Se oyeron pasos, la puerta se
abri y el vigilante dijo.

--Entre usted. Aqu est el extranjero que tiene autorizacin para
verle.

Tragomer se volvi. Quera que Jacobo no pudiera reconocerle al entrar.
No saba si el vigilante les dejara solos y tema que un grito, un
ademn, una palabra, redujesen  la nada toda su combinacin. El
vigilante se acerc  l:

--Milord, aqu est el personaje. Est un poco chillado, sabe usted?
Escuche sus tonteras el tiempo que guste y cuando se canse no tiene ms
que llamarme. Yo me quedo  la puerta.

Tragomer experiment una tranquilidad deliciosa. Iba  poder hablar
libremente  su amigo. Ahora arda en deseos de volverse y de verle. Le
senta all,  tres pasos, humilde y obediente, esperando sus rdenes.
Vea de reojo su silueta miserable con el traje de lienzo del presidio.
Una sombra intercept la claridad de la puerta; era el vigilante que
sala. Cristin, entonces, se volvi y ponindose un dedo en los labios
como para recomendar la prudencia  su amigo, avanz hacia l sonriendo.

Jacobo de Freneuse no hizo un gesto ni pronunci una palabra. Un tinte
lvido invadi su cara enflaquecida y afeitada, sus ojos se agrandaron
asustados como  la vista de un espectro, tembl con todos sus miembros
y, las manos juntas, los labios balbucientes, dijo muy bajo, como si
temiera hacer desvanecerse aquella dichosa visin:

--Cristin! Cristin! Es posible? Cristin!

Las lgrimas brotaron de sus ojos tristes y dulces y se deslizaron por
sus demacradas mejillas. Y se qued all inmvil, el pecho anheloso y
medio muerto de angustia y de esperanza. De pronto percibi  su amigo
que vena hacia l, sinti que dos manos afectuosas estrechaban las
suyas y oy una voz que deca:

--Cuidado! El vigilante puede ornos, y todo se perdera... Jacobo!
Mi pobre Jacobo! En qu estado te encuentro! Mrame... que yo vea tus
ojos... Cmo has debido sufrir para llegar  esta delgadez,  este
abatimiento!...

Le atrajo al ngulo ms lejano de la sala, donde era difcil verlos 
imposible oirlos desde fuera. Se sentaron en un banco y Tragomer cogi
en sus brazos al pobre mrtir y le estrech contra su corazn riendo y
llorando  la vez. Jacobo, sin embargo, trataba de desasirse, como
avergonzado.

--No te causo horror? dijo con amargura. Mira mi traje y este nmero,
que es ya mi nico nombre, Ests abrazando  un presidiario, Tragomer!
Bien sabes, sin embargo, que soy un asesino!

--No! S que eres inocente y acabo de navegar millares de leguas para
decrtelo y para ayudarte  probarlo. Jacobo, bsame en la mejilla; la
ltima boca que se ha posado en ella es la de tu madre.

--Mi madre! dijo Jacobo con extravo. La has visto, vienes de su parte
y me traes sus besos? Oh! Cristin, he aqu un momento que me compensa
de muchas penas... Se habr el cielo apiadado de m? Pero no me
escuches... Qu importa lo que yo digo? Qu puedo decirte? Mi vida se
resume en la palabra desgracia. Hblame! Tengo sed de oirte!...

--Los instantes que hemos de estar juntos son preciosos, Jacobo mo. He
entrado aqu con nombre falso. Me creen ingls. Tengo un navo anclado
en el puerto. Marenval, pronto y decidido  todo, me espera.

--Marenval! De dnde viene ese celo imprevisto?

--De sus remordimientos por no haber hecho bastante por tu causa y de su
deseo de reparar su falta.

--Pero qu intentis?

--Escucha. En el momento de la sentencia protestaste de tu inocencia con
toda la energa de que eres capaz. Nadie te crey. Los que ms te
amaban, pensaron que habas obrado en un momento de locura, pero con
gran dolor suyo, tuvieron que privarse de defenderte. El asesinato era
un hecho cierto, evidente, indiscutible.

--S, dijo Jacobo, pero no le haba cometido yo. En la crcel, durante
la prisin preventiva, me coga la cabeza con los manos y me volva
loco, porque, como t dices, la evidencia me aplastaba. Y, sin embargo,
yo saba bien que era inocente. Cuando los testigos desfilaban delante
de m en la sala de audiencia, y todos probaban mi crimen; cuando el
fiscal tom la palabra para acusarme, yo me preguntaba si mi razn me
haba abandonado, porque todos decan cosas que yo no poda negar ni
refutar y, sin embargo, saba que era inocente. Mientras la notable
defensa de mi abogado, yo comprenda que ninguno de los argumentos con
tanta inteligencia aducidos por l llevaba la conviccin  los nimos, y
o mi sentencia sin asombro alguno. Sin embargo, era inocente. Cmo se
explica, Cristin, que se puedan producir iniquidades semejantes, que un
desgraciado pueda ser entregado  los verdugos sin haber hecho nada para
ser torturado, que se le insulte, que se le humille y que se le
encadene, si no hay en su destino un castigo del cielo con el que ha
sido ingrato? Nada ocurre en la vida sin que tenga una razn
determinante; la dicha  la desgracia se merecen por los esfuerzos
hechos en el sentido del bien  del mal. Yo nac bajo una influencia
dichosa; la fortuna reparti en torno mo sus ms preciosos dones, y yo,
en vez de aprovechar esas influencias favorables para levantarme ms y
ms, las us para descender hasta la ms horrible conducta. He afligido
 los mos con mis caprichos y mis faltas. No puedo comprender esta
catstrofe final sino como una expiacin de mi mala vida. He meditado,
he llorado, he sufrido y me he inclinado bajo la mano que me hiere, para
merecer su misericordia por mi resignacin.

--As pues, has renunciado  toda esperanza de justificarte?

--Cmo probar hoy lo que no pude hace dos aos? Para perderme se
unieron mil circunstancias misteriosas. Tena una deuda con el destino y
la estoy pagando.

--Y si yo hubiera descubierto la trama misteriosa y criminal de esas
circunstancias misteriosas?

--Sabras t lo que yo me mat intilmente por saber?

--Lo s.

--Cmo lo has descubierto?

--Por casualidad.

--Conoces al culpable?

--Todava no, pero s que no pudiste ser t.

--Has descubierto al verdadero asesino de Lea Peralli?

--No lo he descubierto, por la sencilla razn de que Lea Peralli est
viva.

Los ojos de Jacobo se pusieron fijos como si los atrajera una visin
lejana y horrorosa. Movi la cabeza y dijo:

--La vi baada en sangre. Estaba muerta!

--Y yo la he visto llena de fuerza y de salud. Estaba bien viva!

Una sombra de espanto pas por la mente de Jacobo: el infeliz crey que
la locura vena de nuevo  asaltar su mente. Baj la voz y dijo con
terror:

--Cristin! Ests seguro de no delirar? Tengo miedo por mi razn en
algunos momentos. Los testigos, los jueces, todo el mundo ha estado de
acuerdo. Yo estoy aqu con esta inmunda librea de presidiario porque Lea
Peralli muri asesinada. Qu significara todo este rigor, toda esta
infamia, si yo no tuviera que responder de un crimen cierto? Qu
formidable y monstruosa mistificacin se habra cometido? Y qu decir
de los que se hubieran prestado  ella?

Se ech  reir sordamente; despus sus ojos se llenaron de lgrimas.
Baj la cabeza, como para ocultar el llanto, y el movimiento acompasado
de sus labios hizo creer  Cristin que estaba rezando.

--Jacobo, no puedo explicarte cmo ha sucedido todo esto, pero te afirmo
que es cierto. Se ha cometido un error que no califico, porque me faltan
palabras para ello, pero se ha cometido. Tu inocencia, en la que nadie
ha querido creer, es cierta. Si se ha cometido un crimen no has sido t
el autor. As lo he asegurado  tu madre y  tu hermana cuya
desesperacin he logrado apaciguar temporalmente. As lo he declarado 
uno de los magistrados que estudiaron tu causa, que te crea culpable y
 quien he hecho dudar con mis afirmaciones. He probado tu inocencia 
Marenval y ese escptico, ese egosta, ha sido presa de tal entusiasmo
que ha fletado un navo, ha dejado sus placeres, y ha atravesado los
mares desafiando peligros, fatigas y responsabilidades para acompaarme
hasta ti. Y cuando llego  decirte que el crimen por el que ests
condenado no se ha cometido, sers t el nico que no quiera creerme?

--Pero se ha cometido un crimen! exclam Jacobo con espanto. Veo
todava aquella mujer muerta, con su cabello rubio y su cara
ensangrentada  informe...

--Informe!

--Quin era aquella mujer, si no era Lea?

--Eso es lo que vengo  preguntarte.

El presidiario se torci las manos, angustiado por su ignorancia, que l
crea mortal.

--No s! No puedo saber! Cmo quieres que sepa? Oh! Me ests
atormentando... Djame en mi abyeccin y en mi rebajamiento...  qu
querer remontar la corriente? Estoy perdido sin apelacin! El destino
no cambia. Soy un desgraciado vctima de fatalidades inexplicables y en
vano tratars de arrancarme  mi suerte. No me revoluciones el
pensamiento con esperanzas irrealizables. Djame: no espero ms que el
reposo y el olvido de la muerte.

-- tal abandono de ti mismo has llegado? exclam Tragomer. Qu! el
efecto de la miserable condicin en que vives hace dos aos ha sido tan
rpido y tan completo que renuncias  justificarte y  confundir  los
culpables?

--T no sabes, Cristin, las torturas mortales que he padecido. Todo me
es indiferente ya!

--Hasta ver  tu madre y  tu hermana?

--Oh! no... Eso solamente, eso es lo que deseo. Pero cmo lograr esa
dicha? Soy un presidiario. Por muy benvolos que sean mis carceleros, no
puedo esperar la libertad antes de aos y aos, y aun entonces no podr
volver  Francia. Sera, pues, preciso que mi madre y mi hermana
viniesen aqu y cuando ahora no han venido contigo es que juzgan que es
imposible y no lo harn jams. Ellas y yo moriremos sin habernos vuelto
 ver. Eso es lo que me desgarra el corazn, Cristin; acepto mi
miserable suerte, me resigno  sufrir, pero no  que sufran los que amo.

Dej caer la cabeza hasta las rodillas y as, con el cuerpo
enflaquecido, encorvado en su sayal de tosco lienzo, se ech  llorar
como un nio. Al oir ese ruido el vigilante apareci en la puerta y
viendo  Tragomer sentado con el preso, que lloraba  lgrima viva,
dijo:

--Ah! Est contando su historia y eso le conmueve? No es mal muchacho,
aunque haya dado un mal golpe... Si todos aqu fueran como l, nuestro
oficio no sera duro... Se podra tener humanidad... Pero la mayor
parte, milord, son buenos mozos que le mataran  uno si no tuviera el
revlver en la cintura... Se cansa usted de hablar con l? Me le
llevar...

--Un instante, dijo Tragomer con calma. Ha logrado conmoverme y quiero
conocer el fin de su aventura...

--Como usted guste.

Y el vigilante encendi un cigarrillo y fu  sentarse en la sombra para
esperar al visitante.

--Ya ves, Jacobo, que tenemos los instantes contados. Voy  tener que
dejarte y nada te he dicho de nuestros proyectos. Si esperas aqu que se
pruebe tu inocencia, pueden pasar aos. Tu madre puede morir sin haberte
visto y t mismo puedes desaparecer. Adems es imposible que
establezcamos las verdaderas responsabilidades y que desembrollemos la
maraa de pruebas enredada al rededor de tu cabeza, si no ests 
nuestro lado para trabajar y guiarnos. La obra emprendida ser lenta y
ms lenta todava la justicia. Hay que obrar y adelantarnos  ella
atrevidamente.

--Qu has soado? pregunt Jacobo con estupor.

--Que te escapes.

--Yo!...

--Si... No debe ser difcil... T gozas, segn me han dicho, de una
libertad relativa. Trabajas y duermes en un edificio que depende de las
oficinas...  qu hora de la noche te encierran?

--No puedo decirte nada, contest Jacobo con rudeza. Me tientas en
vano... No quiero escaparme.

--Rehusas la libertad?

--No quiero tomrmela.

--Crees que te la darn?

--Si tienes las pruebas de mi inocencia, intenta la revisin del
proceso...

--Qu! No comprendes que nos estrellaremos contra todas las
dificultades acumuladas por tus enemigos, y que tenemos que contar con
la mala voluntad de la justicia? Empieza por huir; despus probaremos
que no eres culpable, te empeo mi palabra...

Jacobo alz la frente. En las frases de su amigo, le haban conmovido
dos palabras: tus enemigos. Hasta entonces haba acusado de su
infortunio  la casualidad y la oscuridad impenetrable que rodeaba su
pensamiento haba contribudo  apaciguarle. El misterio, que al
principio le exasperaba, fu despus una causa de resignacin. Pero, de
pronto, Tragomer arrojaba en su espritu una levadura inesperada y su
calma se vea turbada por una repentina fermentacin. Sus enemigos!
Quera conocerlos y una ardiente curiosidad reemplaz  su indiferencia
envilecida.

--Crees que mi prdida ha sido preparada por personas que tenan
inters en hacerme dao?

--No me cabe duda.

--Las conoces?

--Sospecho que s.

--Dime sus nombres.

Tragomer vi en los ojos de su amigo que la vida moral renaca en l.
Jacobo de Freneuse empezaba  reaparecer.

--Si te nombro al que sin duda alguna urdi toda la intriga, te vas 
estremecer de horror ante una accin tan baja y tan cobarde de un ser
con el que tenas derecho  contar, que no ignoraba nada de tus
pensamientos ni de tus acciones y que estaba seguro de perderte, por lo
mismo que habas confiado completamente en l. Figrate otro yo; imagina
que has sido vendido por otro Cristin, y si buscas tan cerca de tu
corazn, encontrars al hombre que buscas.

La fisonoma del desgraciado tom una expresin terrible; sus ojos se
agrandaron como si vieran un espectculo aterrador, sus manos temblaron
al levantarse hacia el cielo y en un grito inconsciente lanz este
nombre:

--Sorege!

Tragomer sonri con amargura.

--Ah! No has vacilado; no poda ser otro. S, el sensato y cauteloso
Sorege es el que ha vendido y deshonrado  su amigo...

--Pero por qu, exclam en tono de furiosa protesta el desgraciado;
por qu?

--Eso es lo que le preguntaremos  l mismo y lo que tendr que
confesarnos, te lo juro, cuando lo cojamos los dos por nuestra cuenta.
He visto ya su palidez y sus temblor cuando comprendi que yo sospechaba
su infamia. Si entonces no hubiera temido descubrirle mis proyectos, le
hubiera confundido, porque poda hacerlo. Pero en eso caso se hubiera
escapado y t no podras salvarte. Le tranquilic, por el contrario, y
le d una falsa pista para conservar mi libertad de accin. Si Sorege se
pusiera en guardia, sus cmplices seran advertidos y las pruebas
desapareceran. Ahora comprendes, Jacobo, que es preciso que salgas de
aqu sin tardanza. La ocasin es admirable. Tenemos un navo  nuestra
disposicin. Maana podemos darnos  la mar y esa es la salvacin, la
libertad y la rehabilitacin.

--Me vuelves loco! exclam dolorosamente el penado. Tantos pensamientos
nuevos y tan repentinos en un pobre cerebro entumecido y cansado, es un
sufrimiento atroz. Qu hacer? Desperdiciar en un momento las pruebas
de cordura y de resignacin que he logrado dar?... Exponerme, si me
cogen,  pasar por un hipcrita y un embustero? Tragomer, no puedo!...
Abandname  mi destino...

--Jacobo, si no vienes de grado, te robar por fuerza, dijo Cristin con
terrible resolucin. Estoy dispuesto  todo. He jurado  tu hermana que
te devolvera  su cario... Comprendes?  tu hermana Mara,  quien
amo y que no ser ma si no te salvo... No se trata solamente de ti,
sino de m mismo, y yo s lo que quiero y lo que debo hacer. Vendr al
frente de mis hombres y te arrebatar  mano armada, si  ello me
obligas. Arriesgar en esta lucha mi vida y la suya, pero les pagar lo
que haga falta y no vacilarn... Decide!

--Pues bien, te obedezco, dijo Jacobo con repentina resolucin. Para
evitar tantas desgracias, me expondr yo solo al peligro... Pero, qu
riesgos! Salir de aqu no es nada... Un traje para que no sea
reconocido fuera del campo...

--Te llevar  un sitio convenido un traje como los de nuestros
marineros.

--Ser preciso que gane la playa y que espere la noche para que venga 
buscarme la embarcacin.

--Estar contigo... Yo no te dejo.

--Pero la barca no podr abordar sin ser descubierta, y habr que ir 
buscarla  nado... Tendr yo la fuerza suficiente?

--Yo te sostendr... y te llevar si es preciso.

--Y los tiburones? Has pensado que pululan por estas costas y que hay
cien probabilidades contra una de ser devorado por ellos? Son los
mejores guardianes de la isla y la administracin lo sabe bien...
Apenas vigila el mar, tan peligrosa es la evasin.

--Nos aprovecharemos de esa confianza... y en cuanto  los tiburones,
los desafiaremos... Quinientos metros,  menos,  nado... Adems,
iremos armados y la lancha de vapor vendr en un momento  nuestro
socorro.

--Pues bien, sea lo que Dios quiera... Hasta maana, pues... Vete, no
despertemos sospechas, ya que la resolucin est tomada... Separmonos.

Se dieron un apretn de manos y Tragomer sinti en el vigor de la mano
de Jacobo que ste no faltara  su palabra.

--Me voy, amigo, dijo al vigilante. Puede usted llevarse  su
pensionista...

Al llegar  la puerta, el vigilante pregunt  Cristin:

--Le ha interesado  usted, milord? Es un pobre diablo completamente
inofensivo... Anda por todas partes en libertad y no hay peligro de que
quiera escaparse... Aunque le dejaran la puerta abierta no se ira...
Ande usted, 2317, vyase solo  su departamento; yo voy  acompaar 
milord...

Jacobo inclin la cabeza para ocultar la animacin de su fisonoma, y
saludando  Cristin balbuce:

--Hasta la vista, seor; no olvide usted que me ha prometido libros.

--Convenido. Hasta maana.

El penado se alej y Cristin lo sigui impasible con los ojos.

--Est algo loco, dijo al vigilante, pero creo, como usted, que es
inofensivo...

--Un nio, milord.

--Dnde habita?

--Ahora le ensear  usted el sitio. Es al lado del capelln, en un
pabelln que sirve de depsito de cordelera... El olor del camo es
sano y est bien all... Y, despus, puede hablar con el capelln...
Oh! Ese es su gran recurso y parece que tiene ideas muy extraas... Un
poco chiflado, como usted dice... Ah tiene usted su chirvitil...

Tragomer se detuvo.

--Bueno; ir  visitarle maana, pues vendr  ver tambin al mdico y
al notario...

--Ah! Los _Monthyons_? dijo riendo el vigilante.

Y al ver la mirada de extraeza de su interlocutor, continu:

--Los llamamos as porque podran concurrir al premio de virtud si se
diera aqu como en Pars... Una broma, milord! S, son las personas
honradas del presidio...

--Volvamos  Numea, dijo Tragomer. Maana vendr  la misma hora...
Habr que pedir nuevo permiso?

--Es indispensable, aunque ya es usted conocido

--Y usted me acompaar?

--Seguramente.

Llegaron al muelle donde los remeros dorman en la lancha, expuestos al
sol y mecidos por la ola ligera que iba  morir al pie de la escalera.
El vigilante di un agudo silbido con un pito colgado al uniforme, y los
penados, turbados en su sueo, se incorporaron con los ojos asombrados y
las caras lvidas.

--Puede usted embarcar, milord. Adelante!

La embarcacin hendi con su proa las aguas de la baha, mientras
Tragomer, perdido en sus pensamientos, se dejaba mecer por el movimiento
acompasado de los remos al hundirse en el mar.

Una hora despus Cristin suba con ligereza la escala del yate y
saltaba al puente por la cortadura... Marenval, imposible de reconocer
con su traje de franela blanca, gorra marina con galones de oro, tez
curtida y barba descuidada, se lanz al encuentro de su amigo y
llevndole  la popa, bajo una toldilla de lona que abrigaba al puente
de los rayos del sol;

--Y bien? pregunt con ansiedad. Le ha visto usted?

--Acabo de dejarle.

--Todo est arreglado?

--No sin trabajo!

--Que me cuenta usted?

--La triste verdad. He necesitado casi amenazarle para decidirle 
escapar.

Marenval hizo un gesto de asombro.

--Habremos llegado tarde? No tendr ya la fuerza y la energa
necesarias para evadirse?

--Tiene fuerza. Lo que le faltaba era la voluntad.

--Prefera quedarse?

--S. Estaba bajo la influencia de no s qu ideas de resignacin
fatalista; tena horror  la lucha, al esfuerzo. La accin le espantaba.
Hubo un momento en que cre que su razn haba volado... Esa espantosa
existencia es muy  propsito para quebrar los caracteres ms enteros;
cuanto ms fino es el temple de un alma, ms rpidamente es destruda
por semejantes pruebas... He tenido que revelarle la traicin de Sorege
para hacerle entrar en posesin de s mismo... Oh! Entonces s salt
de furor y grit de desesperacin... De este modo me apoder de l.

--Qu han resuelto ustedes?

--El plan ms sencillo es siempre el mejor. Maana le llevar una blusa,
un pantaln y una boina de marinero. Me quedar por la noche, bajo
pretexto de visitar el interior de la isla por la maana temprano, y
ayudar  Jacobo  llegar  un punto de la costa, donde esperaremos la
oscuridad ocultos en las quebraduras de las rocas. Entonces vendris con
la chalupa de vapor  pasar por la isla, lo ms cerca posible, en cuanto
cierre la noche, lo que es aqu obra de algunos minutos... Nosotros nos
echaremos al mar y llegaremos  nado  la embarcacin. Si grito,
forzaris la velocidad hacia nosotros, pues ser que estemos en peligro.
En pocos instantes se decidir nuestra salvacin  nuestra prdida.

--Y el navo?

--El navo pedir sus papeles maana y pasar la visita, de modo de
levar anclas  las siete de la noche. Es preciso que le encontremos  la
altura de la isla Nou en condiciones de dar en un momento el mximum de
velocidad. Podramos ser perseguidos... Hay un vapor en la rada y si da
la alarma, se nos dar caza en un instante.

--No hay nada que temer; nuestro yate anda bien.

--Y si nos caonean...

Marenval se call y su mirada se dirigi hacia los cuatro caones cuyas
bocas de cobre asomaban por la borda.

--Tenemos con qu defendernos verdad? Es eso lo que usted pensaba?
pregunt Tragomer.

--S, dijo Marenval, Pero entonces nos convertimos en verdaderos
filibusteros y la ley no se anda en bromas en esos casos. Hay que tratar
de que no haya conflicto...

--Y si,  pesar de todo, es inevitable?

--El capitn y la tripulacin obedecern?

--El capitn es ingls y no se dejar coger. Su gente es disciplinada y
le obedecer.

Marenval di un suspiro. Haba previsto las dificultades y el peligro
que se presentaban. Pero tom valientemente su partido.

--Saldremos adelante, dijo. Hasta ahora todo ha resultado bien. Hemos
tenido un tiempo magnfico; la travesa ha sido feliz; nuestro yate es
capaz de andar diez y ocho nudos por hora durante doce, sin sufrir
avera. El resultado depender de la actividad con que os ayudemos
maana por la noche. Puede usted contar con que todo se har segn su
deseo. Yo no dejar el puente y qu diablo! si hay que jugar el todo
por el todo pura socorreros, se jugar...

Caa la noche. Los fuegos de la isla Nou se encendieron poco  poco en
la bruma transparente que se extenda por el mar, y, en lontananza, se
dibuj la forma del presidio, de los campos y de los almacenes,
contorneada por los faroles que los alumbraban. En aquella rada
silenciosa, en medio de la oscuridad rpidamente cada sobre las ondas,
aquel cuadro de presidio revelado por las luces que servan para vigilar
 sus mseros habitantes, infunda en el pensamiento de los dos amigos,
una profunda tristeza. Cuntos dolores, cuntas penas y cuntas cleras
fermentaban en aquella ciudad del crimen y de la vergenza! Bajo el
cielo lmpido y tachonado de estrellas, pareca que flotaba un grito de
odio y de venganza. Y dentro de aquella tranquilidad, y de aquella
atmsfera tibia y serena, unos hombres, verdaderos condenados, maldecan
la vida que se arrastraba para ellos en el sufrimiento y la miseria, sin
esperanza.




VII


El vigilante ense  Tragomer la cordelera y le dijo:

--Ah tiene usted la casa. Si quiere usted entrar, voy  llamar 
nuestro prroco...

Cristin se volvi hacia un marinero que le segua y le dijo en ingls:

--Entre usted conmigo, Dougall.

El marinero, que llevaba al hombro una cajita de madera, toc la boina
con la mano y se dispona  entrar, cuando el centinela le detuvo
diciendo:

--Tiene usted que dejar fuera la caja. No se puede entrar nada en los
edificios, sin autorizacin.

--La traemos, dijo el vigilante sacando un papel del bolsillo.

El marinero entr detrs de Tragomer en la barraca, donde sentados en el
suelo y con la espalda contra la pared, unos presidiarios estaban
trabajando en gruesas y duras maromas embreadas. Todas las cabezas se
levantaron con curiosidad y las manos, doloridas por el trabajo, se
detuvieron. Aquel rebao humano dej oir un gruido, pero  la vista del
vigilante que cerraba la puerta, se produjo un silencio medroso. Los
tres hombres atravesaron un patinillo contiguo  las clulas de castigo
y vieron  travs de la reja un espectculo conmovedor. Un desgraciado
con la cabeza cubierta con un capuchn por cuyos agujeros lucan sus
ojos, estaba dando vueltas al rededor del patio, como una bestia feroz.
Andaba lentamente y su cadena sujeta encima de la rodilla preduca un
chirrido lgubre. Enmascarado, solitario, silencioso, aquel hombre daba
espanto.

--Qu hace ah ese hombre? pregunt Tragomer al vigilante.

--Se pasea durante media hora. Despus volver  entrar en su calabozo.
Es un escapado que fu cogido y le han condenado  dos aos de clula.
No ve ni habla  nadie y vive en un nicho de tres metros de largo y uno
de ancho.

--Un _in pace_! murmur con horror Tragomer. Esta es la suerte que
aguarda  los desgraciados que traten de escaparse...

--Ah! milord, si no se les tratase con dureza no habra medio de
entenderse...

--Y, sin embargo, es natural que un preso trate de fugarse.

--Es natural, pero eso nos produce muchas molestias. Por eso no somos
blandos con los que tratan de abandonarnos.

El solitario, metido en su capuchn, daba vueltas y vueltas. Cristin se
estremeci pensando que si Jacobo volva  caer en manos de sus
guardianes le estaba reservada igual suerte,  instintivamente palp en
su bolsillo el revlver que haba puesto en l antes de salir. La muerte
era mil veces preferible al suplicio de aquel emparedado que no sala de
su tumba de piedra sino para dar vueltas velado, sin que los rayos del
sol ni la brisa del cielo pudieran tocarle la cara.

Pasaron por una fragua donde algunos presidiarios estaban martillando en
el yunque las esposas y las cadenas que iban  servir para sujetar  sus
compaeros de miseria. Despus llegaron  una puerta sobre la que se
lea: Oficina auxiliar de las subsistencias.

--Aqu es, dijo el vigilante.

En una pequea pieza amueblada con una mesa y dos bancos, Jacobo de
Freneuse estaba copiando en un registro unas notas amontonadas delante
de l. Levant la cabeza y se sonroj, al ver  su amigo, pero
permaneci en su sitio, pluma en mano, esperando la orden del vigilante.

--Puede usted dejar el trabajo mientras el seor est aqu... Aqu
tiene usted los libros que est autorizado para traerle...

El marinero abri la caja y sac una biblia, un libro de viajes y unos
paquetes de tabaco.

--Creo que querr usted aceptar estos cigarros, dijo Tragomer al
vigilante; no los hay as en la colonia. En cuanto al tabaco, ruego 
usted que se lo deje  este pobre muchaobo.

--D usted las gracias, 2317. Ah tiene usted para varios meses, si no
se lo deja robar por los camaradas... Vamos! Tiene usted suerte; todos
los visitantes no son tan generosos...

--Seor, muchas gracias, dijo humildemente el penado.

--Milord, cuando usted quiera marcharse, le espero en la lancha...
Usted no se perder ya en el camino y yo tengo necesidad de ver al
comandante, que vive al otro lado del presidio... Tardar una hora.

--Tmese usted el tiempo necesario... Yo no saldr hasta la hora
reglamentaria...

-- las seis... Ya estar oscuro.

--Que se vaya con usted el marinero. Vyase, Dougall, y que no se
cambien en nada mis disposiciones.

El marinero salud y sigui de cerca al vigilante. Tragomer los sigui
con la vista desde la puerta y observ que no tomaban el camino por el
que haban entrado, por lo cual no deban pasar, al salir, por delante
del centinela. La suerte se decida en favor de Jacobo. Una vez cerrada
la puerta, Cristin se precipit sobre su amigo y dijo, mirndolo hasta
el fondo del alma:

--Ests resuelto?

--Estoy resignado  seguirte, porque as lo quieres; decidido  sufrir
puesto que es preciso.

--Est bien. Tenemos pocos instantes disponibles. Hace dos horas que me
paseo por el presidio, para hacer tiempo, oyendo la charla de un idiota
que ha sido notario y de un mentecato que ha sido mdico. Pobre amigo!
Eso es lo que hubieran hecho de ti diez aos de esta infernal
existencia. Ms vale morir al tratar de ser libre.

Mientras hablaba, Tragomer se estaba desnudando. Debajo de su americana
blanca, traa una blusa de lana azul igual  la de Dougall y debajo del
pantaln, otro de la misma tela que la blusa. En seguida sac del
bolsillo una boina bordada de rojo y un par de zapatos.

--Vamos! vivo... Desndate! No podrn sorprendernos?

--No, no vendr nadie, si el vigilante se ha marchado realmente. Pero
cmo me quito la cadena?

--Espera!

Tragomer sac un martillo y una pequea lima de acero montada sobre una
ballesta. Cristin no pudo menos de sonreir.

--Herramienta de ladrn!

Estaba ya manejando la lima con destreza y la limadura de hierro caa en
polvo sin producir el menor ruido. Al cabo de un cuarto de hora la
anilla del brazo estaba limada hasta la mitad de su espesor. Entonces,
un golpe seco con el martillo la hizo quebrarse. La operacin fu ms
fcil y ms pronta para anilla de la pierna. La cadena cay al suelo y
Jacobo pudo extender sus miembros, libres ya del infamante lazo.
Tragomer cogi la cadena y se dispona  ocultarla, pero Jacobo dijo:

--Arranca esas dos anillas; quiero llevrmelas.

Libre de golpear en la cadena sin hacer dao al preso, Tragomer rompi
las dos anillas y se las meti en el bolsillo, mientras Jacobo, echando
fuera, el inmundo sayal de tela de sacos, se pona el traje de marinero.
Una vez que lo tuvo puesto y que estuvo calzado con sus zapatos, Jacobo
apareci diferente de como estaba con la librea de presidiario; su
estatura result ms alta y sus hombros ms anchos. Ya no pareca
encorvado bajo el peso de su infamia, pero el semblante cetrino del
penado poda an denunciarle. Tragomer, entonces, sac un estuche de
pinturas y postizos, hizo sentar  Jacobo y como si le estuviese
pintando para un baile, le extendi en la cara un tinte de color de
ladrillo. Despus le peg cuidadosamente algunos pelos rojos en la
barbilla, y satisfecho de su obra, entreg  su amigo un espejito
redondo, dicindole:

--Toma. Te reconoces?

En vez de la cara de miseria y de desesperacin del pobre 2317, Jacobo
vi en el espejo un vigoroso marinero quemado por el sol de los
trpicos. Tragomer le entreg un revlver y le dijo con terrible
resolucin:

--Ahora, toma este arma, Est convenido que no te cogern vivo? Yo te
defender, si es preciso, hasta el ltimo aliento.

--Puedes estar tranquilo, dijo Jacobo sonriendo, La ltima bala ser
para m!

--Pues bien, ponte esa caja al hombro como la traa Dougall y vmonos.

Jacobo se volvi entonces hacia Tragomer y antes de pasar la puerta de
aquella miserable prisin donde tanto haba sufrido, se arroj en los
brazos de su amigo y dijo:

--Suceda lo que quiera, gracias, Cristin.

--Est bien, respondi Tragomer. Ahora, aseguremos las fisonomas y
adelante.

Salieron, atravesaron el patio en que estaba la fragua, entraron en la
cordelera donde los penados seguan desgarrndose los dedos contra las
duras maromas embreadas, y llegaron  la entrada del edificio, donde se
encontraba el centinela en su garita, apoyado en el fusil, y al abrigo
de los rayos del sol, ya oblicuos  aquella hora. Ech una ojeada  los
dos hombres, reconoci al visitante extranjero y al marinero que llevaba
la caja y no se movi. Tragomer, lvido de emocin y con el corazn
agitado, se llev la mano al casco de corcho y dijo al pasar:

--Buenas tardes.

--Buenas, respondi el centinela.

Jacobo estaba en la calle mas no, todava, fuera del presidio. Haba que
pasar las fortificaciones. Pero Cristin no tena miedo; apretaba en su
bolsillo el pase  su nombre y al de Dougall. Alentado por el primer
xito, estaba dispuesto  hacer frente al vigilante y  forzar el paso
si era preciso. Las emociones pasadas producan en su cerebro una
excitacin extraordinaria. En este momento estaba seguro de salirse con
su empeo. Llegaron  la verja y tuvieron la suerte de encontrarse con
una cuadrilla de penados que volvan del trabajo. El vigilante, muy
ocupado en contar sus hombres, juraba como un carretero porque dos
penados acababan de verter delante de la puerta un tonel de brea lquida
que apestaba la atmsfera.

--Ah! Los muy marranos... Lo han hecho  propsito! aullaba el
vigilante. Ocho das de clula y pan seco... Y ahora quin va 
limpiar esta porquera? No ser yo, por cierto. Sargento, detenga usted
ah  estos animales hasta que todo est limpio. Si no pueden quitarlo
con las manos que lo arranquen con la lengua...

En este momento vi  Tragomer y  su marinero que iban  salir.

--Ahora los ingleses, gru; bueno, pasen ustedes, no tenemos tiempo
para hablar...

Y se arroj sobre los penados, sobre el sargento y sobro la brea,
Tragomer y Jacobo estaban fuera.

--Apuntmonos dos bazas! dijo Cristin en un acceso de alegra. Ahora
no tenemos tantas probabilidades en contra nuestra. Es preciso llegar 
la playa para escondernos y esperar la chalupa para llegar  bordo.

Volvieron la espalda al muelle y  la poblacin y se dirigieron hacia el
mar. Los canacos, los libertos y los soldados que pasaban los miraban
con curiosidad. Al volver una cabaa, Jacobo tir la caja y ya con sus
movimientos libres se puso al lado de Cristin. Atravesaron un
bosquecillo de tamarindos que interrumpa la duna y se encontraron
solos.  lo lejos se vea la maleza que llegaba hasta cien metros de las
rompientes y unos bancos de coral cubiertos por espesa vegetacin de
algas daban al agua un tinte de esmeralda.

--Mira! dijo Tragomer enseando  Jacobo la extensin del mar... El
yate!

El humo negro de las chimeneas culebreaba en el cielo al cruzar el navo
 un kilmetro de la costa, como estaba convenido.  los rayos del sol
poniente, se recortaba con precisin el casco blanco del yate, muy poco
elevado sobre el agua. Se distinguan los menores detalles y hasta
pareci  Cristin que vea dos hombres en el puente. Uno de ellos deba
ser Marenval.

--Apresurmonos, dijo Tragomer. Dentro de una hora caer el da
repentinamente y es preciso que nos escondamos. El vigilante me esperar
en vano en la lancha de administracin, me buscar y tu fuga ser
descubierta. Entonces empezar el peligro.

Estaban solos en la duna, rodeados de lentiscos y de altas hierbas
amarillas. Detrs de ellos, en lontananza, el presidio dibujaba sus
masas sombras. Y en el mar, sosegado y tranquilo, el yate se deslizaba
suavemente. De pronto una nubecilla blanca apareci en una de las bordas
del navo y un instante despus lleg  odos de los fugitivos una
pequea detonacin.

--Nos han visto, dijo Tragomer. Es un tiro de fusil para llamarnos la
atencin. Nos observan, sin duda, con un anteojo, pero no estn seguros
de que seamos nosotros. Respondmosles!

Sac del bolsillo un largo trapo blanco, le at al extremo de una rama y
le agit tres veces en el aire  modo de bandera. Una nueva nubecilla de
humo y otra detonacin indicaron  los dos amigos que su seal haba
sido comprendida. Tranquilizados por la seguridad de que estaban en
comunicacin con el yate, avanzaron  lo largo de los arrecifes para
alejarse de la zona peligrosa y poner el mayor espacio posible entre
ellos y sus perseguidores probables.

Se encontraban entonces en las rocas. Una especie de promontorio
avanzaba en el agua, formando una lengua de coral golpeada por todas
partes por las olas. Este cabo sala ms de un kilmetro extendindose
sobre el mar como una serpiente dormida. Los dos amigos se metieron por
aquel camino que no tena ms de doscientos metros de ancho y que estaba
cubierto  uno y otro lado por las dunas. Cristin y Jacobo se dirigan
 la punta del cabo, que formaba un pequeo promontorio. De repente se
estremecieron. Acababa de sonar un caonazo, luego otro y luego un
tercero  intervalos iguales. Al mismo tiempo el viento de tierra les
trajo un redoble de tambores que tocaban generala y un rumor confuso de
voces. Ambos se miraron palideciendo.

--Todo est descubierto! dijo Jacobo.

--Nos persiguen! aadi Tragomer.

Cristin lanz una mirada en derredor. El sol, como un globo de fuego,
incendiaba las olas en que iba  sumergirse. Una hora ms, y la noche
vendra  proteger la fuga con sus sombras benficas. Pero haba que
aguardar una hora y ya las cuadrillas de guardianes canacos, lanzadas
sobre la pista del fugitivo, deban estar registrando las dunas. Se
haba visto pasar  Tragomer y en este momento se daban indicios ciertos
sobre la direccin que haba tomado  aquellos ojeadores de caza humana.

--Ganemos la punta del promontorio y ocultmonos en las rocas, dijo
Cristin.

Avanzaron rpidamente y se metieron en una pequea gruta, donde pudieran
respirar, ver y escuchar por unos instantes.

--Mira, dijo Tragomer, el yate vira de bordo y echa al agua la lancha de
vapor... Han comprendido el peligro y vienen  nosotros.

La lancha embarc sus hombres y se desliz rpida sobre las ondas. La
distancia que la separaba de tierra disminua visiblemente. Ya la vista
experimentada de Tragomer distingua  Marenval sentado en la proa. Pero
aquella tentativa atrevida atrajo hacia ellos un peligro mortal. Una
cuadrilla que registraba la maleza acababa de ver la lancha, y
suponiendo que su marcha hacia la costa estaba relacionada con la fuga
del penado, los canacos empezaron  dar gritos para reunirse y se
dirigieron en amenazador semicrculo hacia el promontorio en que estaban
refugiados los fugitivos.

Tragomer ech en torno una rpida ojeada y vi en el mar la lancha que
traa  Jacobo la salvacin y detrs, en las rocas, la fuerza armada
pronta  todas las violencias para recobrar al preso. La barca estaba
separada de la punta de coral por unos mil doscientos metros. La
eleccin no era dudosa. Se quit la americana y la camisa, se descalz y
no conserv ms que el pantaln, en cuya cintura puso un slido
cuchillo. Despus, dijo volvindose hacia Jacobo, que lo haba imitado:

--Si nos quedamos, arriesgamos el ser cogidos; si huimos podemos ser
muertos. No hay que vacilar. Adems estaba convenido. Al mar y sea lo
que Dios quiera!

Se abrazaron por ltima vez y se dejaron deslizar silenciosamente al
agua. Nadaron doscientos metros protegidos por la masa de las rocas,
pero pronto un gran gritero les advirti que estaban descubiertos y una
lluvia de balas que silbaron por todas partes les prob que sus
perseguidores estaban decididos  impedir que se escapasen.

--Sumerjmonos! dijo Tragomer. Van  tirar otra vez.

Pero la descarga que esperaban no se produjo. Una barca mandada por un
vigilante y tripulada por doce remeros se destacaba de la costa  iba 
colocarse entre los fugitivos y los tiradores canacos. Al mismo tiempo
la lancha de vapor del yate forz su mquina en direccin de los
nadadores. Durante unos minutos hubo una lucha silenciosa y conmovedora
entre los dos hombres que defendan su libertad y su vida y los que
trataban de quitrselas.

--Alto, la lancha, en nombre de la ley! Alto! dijo la voz ronca y
furiosa del vigilante.

--Adelante! respondi con firmeza la voz de Marenval.

Los dos barcos estaban  cincuenta metros el uno del otro y entre ellos
los nadadores, tan prximos  ser presos por sus verdugos como recogidos
por sus salvadores.

--Alto! rugi de nuevo el vigilante,  os echo  pique.

--Pasad por encima! exclam Marenval, que se inclin en la proa, como
para dar ms autoridad  su orden.

--_Gahead_! grit el timonel.

El vigilante dispar el revlver contra la lancha y la gorra blanca de
Marenval vol al mar atravesada por un balazo. En el mismo instante
reson un crujido formidable. La lancha, lanzada  todo vapor contra la
chalupa, la haba abierto por enmedio de las bordas. Se oy un grito y
todo se hundi. Sobre las olas se vea solamente la lancha del yate.

-- nosotros! grit Tragomer levantndose sobre el agua.

En torno de los nadadores aparecan de nuevo luchando con las olas el
vigilante y los remeros. En este momento unos brazos vigorosos se
tendieron hacia los fugitivos y anhelantes, sofocados, casi sin vida,
Cristin y Jacobo fueron izados  la lancha salvadora.

--_Te kere_! dijo el timonel.

Los marineros se echaron al fondo de la lancha. Una lluvia de balas de
los canacos de la orilla pas silbando por el aire. Al mismo tiempo
apareci otra chalupa haciendo fuerza de remos hacia el lugar de la
lucha.

--Al yate! grit Marenval. Ya nos abrazaremos despus.

La lancha vir y se dirigi hendiendo las olas hacia el navo. El sol
cay en este momento como una bola de fuego en las olas y se hundi en
ellas. El crepsculo se apoder del mar y solamente se oyeron,  lo
lejos, all, en la playa, los gritos de los canacos. Un marinero entreg
 Jacobo y  Cristin vestidos secos, y temblando an, tanto por los
esfuerzos realizados como por el fro del agua, arrojaron sus pantalones
empapados y se vistieron. Hasta que estuvieron  bordo del yate no se
cambi ni una palabra.

--Y bien? pregunt el capitn inclinado sobre la borda.

--Est hecho! contest Tragomer.

Por la escala de cuerda que penda del flanco del navo subieron sobre
cubierta, la embarcacin fu suspendida, y el yate volvi  tomar la
velocidad un punto interrumpida, con la proa hacia alta mar.

--Libre! mi pobre Jacobo, dijo entonces Marenval echando los brazos al
cuello del joven y mirndole con ternura. Ya era tiempo de que
llegsemos! Cmo ha cambiado usted!

Lavada por el agua del mar, sin pintura y sin postizos, la cara
enflaquecida de Freneuse apareca macilenta y melanclica.

--Gracias, amigos mos, gracias por vuestra heroica abnegacin. Quisiera
deciros toda la gratitud que hay en mi corazn, pero me faltan las
palabras. Perdonadme...

Gruesas lgrimas rodaron por sus mejillas. Jacobo las enjug con la
mano, ahog un sollozo y haciendo un gesto de enfado se dirigi hacia la
popa del navo. All se sent en un rollo de cuerdas y dejando caer la
cabeza entre las manos tom una actitud de profunda meditacin.

--Conviene dejarle solo, dijo Tragomer. Tiene necesidad de entrar en
posesin de s mismo. La transicin entre su aniquilamiento desesperado
y la vuelta  la vida ha sido muy brusca. Maana estar ms tranquilo,
sus ideas habrn entrado en orden y podremos interrogarle con fruto. Y
ahora, Marenval, reciba usted mis felicitaciones. Ha resistido usted 
las autoridades de su pas con un aplomo admirable. Est usted fuera de
la ley, amigo!

--Pardiez! Bien ha visto usted que aquel diantre de sargento quiso
matarme. Una de sus balas se llev mi gorra y si da dos milmetros ms
abajo se lleva la cabeza.

--Pero usted no le ha errado ni ha tardado en echarle al agua!

--Amigo mo, dijo gravemente Marenval, en aquel instante no haba que
andar con paos calientes. Vi que todo se iba  perder si no echaba 
pique la tal embarcacin y qu diablo! no dud.

--Hizo usted perfectamente, Marenval. Sin usted todo estaba perdido.

--Lo s, y no estoy descontento de mi manera de obrar. Pero sepa usted
que no era de los carceleros de lo que yo tena ms miedo por todos.
Desde que nos separamos del yate, vena siguindonos un enorme tiburn
que pareca acechar el momento en que alguien cayese al agua. Es un
milagro que no haya intervenido en la pelea...

El movimiento de los barcos, los gritos de los canacos y la rapidez de
la accin le habrn espantado. Yo tambin tema la presencia de algn
escualo y me haba provisto de un cuchillo para no dejarme devorar sin
defensa.

--Supongo, dijo framente Marenval, que se habr dado un banquete con el
grueso sargento que tanto empeo tena en fusilarme...

--Se va usted haciendo feroz, amigo mo!

--Yo soy as cuando se me saca de mis costumbres... Y  propsito y el
buen Dougall?

--Conforme estaba convenido Dougall ha debido ir  la lancha de la
administracin como si nada supiera. Seguramente ha sido detenido por el
vigilante que me acompaaba.

--Era el sargento grueso?

--No! Aquel no vena  perseguirnos, y me alegro. Era un buen hombre y
no hubiera querido hacerle mal. Tena una manera tan cmica de llamarme:
"Milord"... Porque sepa usted, Marenval, que nadie quitar de la cabeza
 las autoridades coloniales que han sido los ingleses los que han dado
el golpe.

--Ha tomado usted todas las precauciones para que sea as. Pero qu le
suceder  nuestro marinero?

--Dougall es un muchacho muy inteligente. No sabe ni una palabra de
francs y  todas las preguntas que le hagan responder: "No comprendo;
llevadme ante el cnsul de Inglaterra". Una vez ante el cnsul, est
salvado. No ha tomado parte en nada y se ha separado de m en el momento
comprometido. El haberle abandonado prueba que no estaba enterado de
nuestros proyectos. Para las autoridades de Numea, que tienen nuestros
papeles, ese hombre pertenece  la tripulacin del _Albert-douard_, del
puerto de Southampton. Llegado  alta mar el _Albert-douard_ se
convierte en el _Magic_, y que busquen. Durante este tiempo Dougall, con
las cien libras que le he dado, tomar el vapor para Sydney y, crame
usted, llegar  Inglaterra antes que nosotros, porque no tendr que
atravesar ese endiablado canal de Torres, sembrado de escollos
peligrosos.

Marenval hizo un signo de asentimiento. Luego pregunt:

--Cree usted que nos perseguirn?

--Dentro de una hora lo sabremos. Pero eso no me inquieta. Corremos como
el viento y no ser un aviso del Estado el que pueda darnos caza. Esos
ingleses saben hacer barcos, no hay que negarlo. Aqu tiene usted un
navo de recreo que corre como un torpedero.

--Mantendremos mucho tiempo esta velocidad?

--Hasta que salgamos de las aguas francesas. Una vez en las aguas
neutras tomaremos nuestra marcha de paseo.

--Y cundo estaremos fuera do todo peligro?

--Hacia las doce de la noche.

--En ese caso, le parece  usted que comamos?

-- fe ma que me vendr muy bien. Este bao me ha abierto un apetito
feroz.

--Llamamos  Jacobo?

--No; dejmosle tranquilo. Un camarero le traer un plato con fiambres y
l comer si tiene hambre. La soledad es buena para ese espritu
alterado.

Los dos amigos bajaron al comedor. Jacobo, solo en la popa bajo la vela
hinchada por el viento, apoyado en la borda y aniquilado de cansancio
por los esfuerzos impuestos  su cuerpo debilitado, dej su dbil cabeza
balancearse  merced del vaivn del barco, y en la dulce y tibia noche
experiment por primera vez despus de mucho tiempo una sensacin
deliciosa de paz y de tranquilidad. Senta bullir bajo sus pies la
poderosa mquina y pensaba que cada vuelta de aquel rpido motor le
alejaba de la cautividad y lo acercaba  los que le amaban y no haban
cesado de llorarle.

Sus miembros estaban como entumidos, pero su pensamiento se destacaba
poco  poco como de una bruma y apareca luminoso y activo. Su vista
recorri la extensin del mar y all,  lo lejos, en el lmite del
horizonte, vi la luz del faro como un punto luminoso apenas perceptible
y que disminua hasta borrarse, como un signo de la desgracia. Estaba
libre y rodeado de amigos  iba  ver  las personas que amaba. Pero al
mismo tiempo se encaminaba  la lucha.

Una arruga apareci en su frente. La libertad le impona terribles
deberes; tena que justificarla descubriendo el verdadero culpable. Su
evasin no poda tener excusa si no enviaba al criminal, hasta entonces
impune,  ocupar su puesto en la cordelera, al lado de la fragua en que
los penados forjaban sus propias cadenas. Instintivamente extendi el
brazo y con alegra se sinti libre de la dura anilla. En su puo se
vea, y se vera por largo tiempo, la seal causada por el brazalete de
vergenza.

Todos los horrores de su infamante vida se presentaron  su imaginacin
y acudi  su memoria la imagen del capelln que le exhortaba  la
resignacin en memoria de los sufrimientos divinos. Entonces no esperaba
que cambiase su destino. Lo vea encerrado para siempre en aquel recinto
de dolor y de miseria y aceptaba su espantoso porvenir con nimo sumiso.
Un impulso de agradecimiento se apoder de su pensamiento; levant los
ojos al cielo, y en aquel imponente silencio de la mar desierta, bajo el
firmamento bordado de estrellas, rez en accin de gracias  la
divinidad que le haba salvado.

El camarero se acerc  Jacobo y puso  su alcance las provisiones que
sus amigos le enviaban, sin que l lo echase de ver, sumido en su
meditacin. El yate haba apagado sus fuegos para escapar ms fcilmente
 una posible persecucin y en el mar sin lmites, el espritu de
Jacobo, sereno y fortificado, reposaba ya en una tranquilidad absoluta.
En aquel momento no dud que hara brillar su inocencia con pruebas
irrefutables.

Una firme conviccin reemplaz  la duda que le haba torturado tanto
tiempo hasta hacerle sospechar si en un momento de embriaguez que no
recordaba habra, en efecto, cometido el crimen. Ahora se senta en
posesin de otra conciencia y se converta en otro hombre libre
corporalmente y dueo de su pensamiento.

Permaneci toda la noche meditando en el mismo sitio, sin que los pasos
del hombre de cuarto que recorra acompasadamente el puente le
arrancasen  sus reflexiones. No vi al capitn que de pie en su sitio
de honor velaba doblemente aquella noche. Se encontraba en una especie
de exaltacin que abola para l todas las percepciones exteriores, para
no dejarle sino las sensaciones ntimas, que eran deliciosas, porque
encontraba en ellas todo el tesoro de su delicadeza, de su fe, de su
honor, que le haba sido arrebatado brutalmente durante aquellos dos
aos nefastos.

El alba blanqueaba haciendo palidecer  las estrellas. El viento
refrescaba y la primera cuadrilla de marineros de servicio apareci en
el puente. Jacobo suspir, comprendiendo que tena que salir de las
esferas inmateriales en que su espritu se haba reconfortado durante
aquella velada y entrar en la vida corriente y positiva. Y cuando el da
suceda repentinamente  la noche, Jacobo se levant y mir en derredor
suyo. Por todas partes el mar estaba libre. Dos leguas  la derecha un
gran vapor avanzaba pesadamente hacia las islas Loyalty. Por detrs ni
un punto sospechoso. Por delante la extensin ilimitada, sin una
embarcacin, sin una vela.

--Querido Jacobo, dijo la voz de Tragomer; estamos salvados. Ahora
podemos respirar.

Freneuse se volvi. Su amigo sala de la cmara y vena hacia l. Jacobo
le tendi la mano sonriendo.

--Perdname, dijo, que te dejara ayer tarde.

Estaba como una fiera escapada de su jaula y  quien asusta el aire
libre y el ancho horizonte. Tena necesidad de esconderme, de buscar un
rincn sombro, falto ya de la costumbre de vivir libre... La
servidumbre es una arruga que no se hace desaparecer fcilmente. Ahora
ya estoy repuesto.

Tragomer apoy la mano en el hombro de su amigo.

--Tienes dos meses delante de ti para entrar de nuevo en posesin de ti
mismo. Nuestro viaje va  ser por eso convenientsimo. Poco  poco
volvers  tus costumbres de dignidad y cuando llegues  Europa sers el
Jacobo de otro tiempo.

Por la frente de Freneuse pas una sombra.

--Jams!, dijo. El Jacobo de otro tiempo ha muerto. Se ha quedado en el
presidio con la cadena del penado. El Jacobo que te llevas no tendr ms
que una preocupacin en la vida, la de hacer olvidar  los que le aman
las penas que les ha causado.

--Lo apruebo, dijo Cristin, porque es justo. Pero ven conmigo  tu
camarote... Te vestirs mientras Marenval se levanta; l no es tan
madrugador como yo y adems las fatigas y las emociones de esta terrible
jornada le habrn rendido... Pero est contento y orgulloso. No dara
su expedicin por el doble de lo que le ha costado... Lo nico que
siente es no llevarse la gorra atravesada por la bala del vigilante.
Qu trofeo para un hombre pacfico!... Pero aqu tenemos  nuestro
capitn...

Un joven rubio, de cara sonrosada, se adelant hacia ellos.

Tragomer dijo:

--M. Edwards, presento  usted  mi amigo el conde de Freneuse. En este
momento no est del todo presentable, pero usted le ver dentro de un
momento ms correcto.

--Celebro, caballero, dijo el marino con un acento ingls muy
pronunciado, haber contribudo  sacarle de penas... Lo que mis
patrones me haban contado me ha hecho fcil y agradable el servicio que
les he prestado... Hemos arriesgado algunas cosillas, aadi el ingls
sonriendo; pero en este momento estamos bajo la proteccin de esa
bandera...

Y el capitn seal orgullosamente al pabelln britnico que flotaba en
el palo de popa.

--De modo que est usted enteramente tranquilo? pregunt Tragomer.

--Estoy en el mar qu pertenece  todo el mundo; soy dueo de mi barco;
y si alguien quisiera hablarme, le respondera con esto.

Di un golpe amistoso en una de las largas piezas de cobre que iban
perezosamente echadas en el puente, y aadi con una hermosa confianza
nacional:

--Y toda Inglaterra estara detrs de m.

--Dnde estamos en este momento y  dnde nos dirigimos? pregunt
Tragomer.

--Estamos atravesando Bowen, en Australia, y tenemos la proa hacia Nueva
Guinea. Voy  acortar la marcha, para no agotar intilmente nuestras
carboneras, pues no podremos llenarlas hasta Batavia. Vamos  navegar 
la vela.

--Haga usted lo que crea conveniente, capitn. Nuestro inters es
dejarnos llevar.

Bajaron al saln y se dirigieron  los camarotes. Por primera vez desde
haca mucho tiempo Jacobo encontraba el lujo y la comodidad  que estaba
acostumbrado desde la niez. Le haban preparado un ancho camarote
amueblado con una cama, un armario de espejo y un lavabo. En todos los
detalles brillaba la limpieza inglesa y Jacobo encontr con alegra
infantil los cepillos, los frascos y los utensilios de tocador que
constituyen los cuidados y la elegancia de la vida.

Se dej caer en una butaca mirando al rededor, como si no se cansara de
contemplar lo que vea; pero de repente palideci. En la cabecera de la
cama y en marcos de oro acababa de ver los retratos de su madre y de su
hermana. Vestidas de negro, tristes y desmejoradas, parecan llorar al
ausente. El da antes de salir de Southampton, Marenval haba recibido
aquellas fotografas destinadas  Jacobo y que representaban una promesa
de perdn.

--Qu cambiadas estn! dijo Jacobo despus de un largo silencio.

--Y sin embargo, en ese momento empezaban  esperar...

--Cmo hacerlas olvidar lo que han sufrido por m?

--Oh! Muy fcilmente. En las madres y en las hermanas hay tesoros de
indulgencia. Les bastar volverte  ver. Lo que ms dao les ha hecho no
es creerte culpable, sino saber que eras desgraciado.

--Dime cul ha sido su existencia desde hace dos aos.

--La de dos reclusas voluntarias. Han hudo del mundo  quien acusaban
de tu prdida, y se han confinado en su casa para llorar  sus anchas.
Todo lo que no fueses t era extrao para ellas. Todo lo que no
participaba de su fe en tu inocencia y de su desolacin por tu martirio,
fu separado sistemticamente. Yo mismo...

--T, Cristin? exclam Jacobo con sorpresa.

--S, yo; porque en el primer momento de estupor inclin la cabeza ante
la sentencia que te condenaba; porque no reaccion bastante pronto
contra la infamia que te era impuesta, fu rechazado por tu madre y por
tu hermana..., por tu hermana,  quien amo, por Mara, que estuvo an
ms dura que su madre! Su puerta se me cerr, como si yo fuera un
importuno  un enemigo... Y  pesar de mis esfuerzos nada pude
conseguir hasta que di con los primeros indicios del error de que habas
sido vctima. Slo entonces la seora de Freneuse consinti en verme y
no puedes figurarte la intransigencia de tu hermana... Hasta el ltimo
minuto no se present delante de mi y si me estrech la mano fu porque
afirm que iba  arriesgar mi vida por salvarte.

--Querida Mara! Y t, pobre Cristin, tambin has sido desgraciado por
mi causa...

--Pero tomar un brillante desquite. Cuando te arroje en sus brazos
tendr que reconocer que no soy un ingrato ni un indiferente, su altivez
se humanizar y la volver  ver como en otro tiempo, sonriente y
afectuosa.

Jacobo se puso grave y dijo con lentitud, como si pesase las palabras:

--Hace veinticuatro horas, Cristin, estoy reflexionando sobre todo lo
que me has revelado. La noche que precedi  mi evasin, mientras yo
temblaba por sus consecuencias, y anoche, en fin, cuando me encontr
libre entre las inmensidades del mar y del cielo y en presencia de Dios,
pens en todo lo que tiene de extrao tu relato y resolv perseguir la
prueba del crimen que se ha cometido conmigo. Me he convencido de que mi
primer deber es rehabilitarme. Mi madre y mi hermana han llorado durante
dos aos; yo he padecido torturas inconcebibles, mientras los verdaderos
culpables se regocijaban por mi prdida y se rean de mi vergenza. Son
unos monstruos y quiero castigarlos. Si Lea est viva, si Sorege es
cmplice de su desaparicin y la sustituyeron con otra vctima, es
preciso que la verdad brille y que se sepa qu mviles les guiaron y
cmo lograron engaar  la justicia y  m mismo. Es indispensable que
me digas todo lo que sabes y que yo te cuente lo que ignoras. Porque
ante los jueces no lo he dicho todo, no poda decirlo. He dejado sin
esclarecer ciertos misterios porque no quise comprometer  alguien 
quien yo crea extrao al asunto. Pero quin sabe si me engaaba?
Cuando hayamos restablecido los hechos de un modo verosmil, ya que no
real, convendremos el modo de obtener el resultado que ambicionamos.

--Al fin! Estas son las palabras que yo esperaba, que yo prevea,
exclamo con fuego Cristin. No lo has dicho todo ante los jueces? Has
temido comprometer  quin? Acaso  los mismos que te perdan! Pero
vamos al fin  comprenderlo todo y  descifrar este enigma... Esperemos
 Marenval, que tiene derecho  saber lo mismo que nosotros.

En el mismo momento se abri la puerta, y Cipriano se adelant hacia
Jacobo con las manos tendidas, sonriente y dichoso.

--Y bien! Nuestro pasajero empieza  reponerse de sus emociones?

--Vuestro protegido no tendr bastante con todo su corazn para
agradecer lo que habis hecho por l.

--Querido amigo, nos quedan dos meses de vivir juntos y tendremos tiempo
para congratularnos mutuamente. Porque, salvacin aparte, vamos  hacer
con usted un viaje admirable. Y como pasaremos nuestro tiempo en
penetrarnos de su inocencia, tendremos una completa seguridad de
espritu.

Marenval, con su buen sentido, infundi calma en los nimos ya muy
exaltados de los dos jvenes y les volvi al equilibrio recordndoles la
justa nocin del tiempo y de las cosas.

--Mi querido Jacobo, ante todo es preciso devolverle  usted una figura
humana. El ayuda de cmara va  venir  afeitarle,  peinarle. En el
armario encontrar usted ropa blanca y vestidos  su medida. Se sentir
usted con ms aplomo cuando est lavado y mudado. No hay como
encontrarse en su traje ordinario para volver  sus costumbres. Cuando
est usted listo, vngase al comedor. Almorzaremos y despus, si nos
conviene, charlaremos.

El criado entr. Marenval y Cristin dirigieron un ademn amistoso  su
husped y salieron del camarote.




VIII


Viendo  Jacobo vestido con un traje de franela blanca y una elegante
gorra, tendido en un _rocking-chair_ y fumando un buen cigarro, despus
de almorzar en compaa de sus dos amigos, nadie hubiera reconocido en
l al miserable penado que arrastraba el da antes su cadena en el
presidio de la isla Nou. Los cuidados del notable ayuda de cmara que
Marenval haba llevado consigo y sin el cual no poda pasarse, una buena
eleccin de ropas, la ducha, la navaja, los peines y toda una minuciosa
sesin de tocador, operaron esa transformacin. Era un Freneuse
desmejorado, plido, sin cabellos y sin barba, pero era Freneuse, con su
mirada y su sonrisa.

Jacobo dijo  sus compaeros:

--Ahora es preciso que yo d las explicaciones necesarias para estudiar
el problema y resolverle. Para empezar, fijar el estado de mis
relaciones con Lea Peralli. Haca cerca de dos aos que viva con ella,
como sabis. Yo estuve al principio muy enamorado y ella, por su parte,
pareca amarme tiernamente. Cuando la conoc, llegaba de Florencia de
donde haba tenido que alejarse  consecuencia del escndalo del
divorcio con su marido, el caballero San Martino, ayudante de campo del
conde de Turn. Era una admirable rubia de ojos negros, alta estatura y
manos aristocrticas, cuya aparicin produca en todas partes una
sensacin profunda. Ms instruda que inteligente posea en el ms alto
grado la facultad de la fascinacin sensual. Era difcil verla sin
enamorarse de ella, y sus grandes maneras y su talento de cantante, que
le haba vlido grandes xitos en los salones aristocrticos de Roma,
acababan de apoderarse del nimo turbado por su belleza.

Cuando nos conocimos habitaba un departamento amueblado en la calle de
Astorg y viva decentemente con restos de su dote, que el marido le
haba devuelto con una generosidad digna de aprecio, dado el trato poco
halagador  que su mujer le haba sometido. Una camarera y un joven
criado, trados de Italia, la servan ms bien mal que bien, y el
desorden, la falta de respeto de los criados y la irregularidad en el
servicio, ofrecan un cuadro muy caracterstico de la incuria italiana.
Haba all una mezcla de lujo y de miseria completamente curioso. Al
comienzo de nuestras relaciones he visto  Lea en peinador de seda, con
unos zafiros de veinte mil francos en las orejas, almorzando unos
arenques en una mesa sin mantel, en un plato desportillado y con vino de
_champagne_ bebido en tazas de cocina. El orden, el decoro de la vida
eran letra muerta para ella. Lo importante, lo que ella satisfaca ante
todo, era su capricho. La encontr en un concierto de beneficencia,
donde cant magistralmente unos aires hngaros, acompaada por Maraeksy
y me qued encantado por su belleza y por su aire majestuoso.

En medio de las seoras del gran mundo que en el estrado prestaban su
concurso  la funcin, Lea pareca una reina. Estaba guiada y protegida
por el marqus Gianori, ese viejo verde teido y estirado y que tiene un
modo tan alarmante de acariciar los dedos del que le da la mano. El
guardin no era, pues, muy temible; hice que me presentaran  la
encantadora italiana y el da siguiente fui  dejar mi tarjeta en su
casa. La respuesta no se hizo esperar, pues  los pocos das me invit 
ir  su casa  tomar una taza de te y  oir msica.

No desperdici la ocasin y  las diez llegu  la calle de Astorg donde
encontr una docena de personas de variadas condiciones, que iban desde
el tenorino que cecea el francs, hasta el diplomtico serio y desde la
viuda joven un poco dudosa hasta la ms autntica. Era aquella una
sociedad extraa en la que aparecan mezclados lo slido y el similor,
pero donde se vea que lo slido iba  desaparecer prontamente para
dejar el campo libre  todo gnero de fantasas. Mi entrada en escena
trajo ese resultado. Tena yo veinticinco aos y era libre, rico y muy
solicitado en sociedad. Tena excelentes relaciones y un lujo de buen
gusto. Me apoder de Lea por el aspecto exterior de mi vida, que era
justamente aquel  que le haca ms sensible su naturaleza italiana. Ms
que mis atenciones, mis cuidados y mi ternura, ganaron su voluntad mi
carruaje correctamente enganchado y esperando  su puerta, mis elegantes
libreas, el refinamiento de mi porte, la sonoridad de mi nombre y la
autenticidad de mi ttulo. Pronto concibi por m un amor de cabeza,
vivamente transformado en amor de los sentidos.

Al cabo de unas semanas su existencia haba cambiado por completo. Ya no
reciba  ninguna de las personas  quienes encontr en su casa, y que
fueron reemplazadas con increble facilidad por mis amigos y sus
queridas. Aunque distinguida por educacin, no tena el sentido de las
distancias sociales. La encontraba frecuentemente sentada enfrente de su
camarera italiana, una pesada hija de Lombarda, jugando  las cartas y
fumando  do cigarrillos. Cuando yo le haca observaciones me
responda:

--Qu importa? Est  mi disposicin lo mismo para distraerme jugando 
la baraja que para abrocharme las botas. Le pago, me sirve y no hay ms.
En cuanto  fumar, todo el mundo lo hace en Italia, hasta las damas de
la corte.

Su falta de respetabilidad era tan grande como su ignorancia de la
economa, que llegaba al descuido ms completo. Jams se preocup por
saber cmo iba  pagar lo que compraba ni con qu hara frente  los
gastos de la vida diaria. Mientras tena dinero, lo gastaba; cuando el
cajn estaba vaco, se privaba de todo. Y era curioso ver con qu poco
se contentaba aquella mujer acostumbrada al lujo y  prodigar el dinero
como una princesa. Antes de estar iniciado en las dificultades de su
posicin, la he sorprendido alimentndose, segn ella por gusto, con
platos de su pas que costaban apenas unos cntimos al da.

Un da me encontr en su casa en pleno embargo y  Lea en medio de una
avalancha de papel sellado y llorando delante de sus alhajas que en
tanta estima tena y que valan mucho dinero. Sus proveedores,
exasperados por el desahogo y la falta de cumplimiento de mi amiga,
haban preparado aquella ejecucin. Mi primer movimiento fu sacar la
cartera y preguntar al alguacil: cunto? Lea, con gran furia de
desinters amoroso protest, llor y se empe en rehusar, pero el
funcionario que haba visto la posibilidad de cobrar, no hizo caso de
las exclamaciones de la deudora y, por primera vez, Lea me cost el
dinero.

Si yo no se lo hubiera ofrecido es probable que no me lo hubiera pedido
nunca, pero desde el da en que pagu, encontr muy natural continuar
aprovechndose de mi generosidad. Y aqu empieza el perodo ms
deplorable de mi existencia. La acusacin  que sucumb estuvo basada en
las locuras que hice para sostener los gastos de Lea. Tena para vivir
cmodamente como soltero y para sufragar todo el costo de la vida del
gran mundo. En esta poca haba ya empezado  gastar la herencia de mi
padre, pero las tierras que haba vendido eran de poco rendimiento y mis
rentas no haban disminudo gran cosa. Tena yo todava cuarenta mil
francos de renta.

Apenas si esa cifra hubiera sido suficiente para los gastos de Lea y
para los mos si una prudente economa hubiera reglado las necesidades
corrientes; pero el desorden de Lea era incurable y yo no era tampoco
muy previsor. Ello fu que al cabo de unos meses me encontr en los ms
graves apuros. Para qu recordaros los detalles de aquella triste
poca? Los conocis tanto como yo. Usted, Marenval, me ayud en diversas
ocasiones  pagar deudas urgentes que me hubieran comprometido sin
recurso, y t, Cristin, trataste de arrancarme  mi disipacin y  mi
rebajamiento. El juego haba llegado  ser mi nico recurso, y para
sostener mis fuerzas aniquiladas por las noches enteras que pasaba en
las mesas de _baccar_, me di  la bebida.

Durante aquellos aos malditos en que me visteis descender paso  paso
hasta el fango del arroyo, mi inteligencia y mi corazn estaban
atrofiados. Viva como un bruto y los destellos de razn que se
manifestaban todava en m, no servan ms que para satisfacer mis
vicios. Porque mientras Lea se adhera ms y ms  m, viendo mis
esfuerzos por hacerla vivir dichosa, yo empezaba  cansarme de ella y la
engaaba. Lo mejor hubiera sido, sin duda, renunciar  ella, refugiarme
en mi familia, arreglarme y empezar de nuevo  vivir; era yo tan joven
que todo hubiera sido posible. Pero insist en mis relaciones con una
especie de obcecacin estpida como si el renunciar  Lea fuese
prescindir de todos los sacrificios que haba hecho por ella. Me
encontraba en la situacin de un jugador que busca el desquite. Y,
adems, tena miedo  su carcter exaltado.

Aquella mujer altanera y violenta tena  veces recadas en el orgullo
de su antigua condicin que le hacan terrible. Un da en que su criada,
la misma  quien toleraba tan extraas familiaridades, le contest no s
qu insolencia, se arroj  ella, la tir al suelo y por poco la hiere
gravemente. En aquellos momentos, deca, sera capaz de matar y no
tendra miedo  un hombre. Tantas veces me haba amenazado con su clera
si la engaaba, que si no tema violencias contra mi persona, poda
pensar que acaso, atentase  la suya.

--Qu me quedara si te perdiera? me deca. Mi vida caera en ruinas.
Todo lo he abandonado por ti. Cuando te conoc era todava una mujer del
gran mundo. Ahora qu soy? una entretenida. Mi familia no quiere nada
conmigo y ni siquiera responde  mis cartas. Recibo mi modesta pensin
por medio de un banquero. He roto por ti con mi pasado y tengo derecho 
tu porvenir.

Vignot, el ilustre compositor, entusiasmado por su voz y por su estilo
quera ajustarla en la pera para interpretar el principal papel en su
nueva obra. Pero ella no acept, por cumplir la promesa hecha  su
familia de no cantar en pblico. Yo la incitaba  aceptar las
proposiciones de Vignot para ver si Lea se bastaba  si misma y se
aligeraba as el pesado fardo de mis deudas. Acaso tambin, en el
entusiasmo del xito, se hubiera separado de m para ponerse en
condiciones de admitir los ricos y brillantes adoradores que no hubieran
dejado de asediarla. Pero su indolencia y su voluntad estaban de acuerdo
para hacerla rehusar las contratas y segua viviendo inactiva, en el
desorden y en el descuido. Reciba  sus compatriotas y  mis amigos,
algunos de los cuales le hicieron la corte, sin que esto me inspirase
cuidado alguno. Me hubieran hecho un servicio quitndomela y esto
bastaba para que ninguno lo lograse. Cristin era el nico que nunca
haba simpatizado con Lea y haba hecho todo lo posible para hacerme
romper aquella unin, hasta el punto de regaar momentneamente conmigo
y de un modo ms definitivo con ella.

Sorege, por el contrario, no escaseaba los elogios sobre la bondad, los
encantos y la distincin de Lea. Si sus expansiones no se hubieran
realizado en mi presencia, hubiera yo podido sospechar que estaba
enamorado de Lea, de la que era fiel amigo y confidente. Mi hermana, con
la que quiso casarse, le rechaz, y Sorege iba muy poco  casa de mi
madre,  donde yo mismo no concurra con frecuencia. La hostilidad de
Juan contra Tragomer se traduca en continuas insinuaciones y hbiles
sarcasmos.

Era el tercer ao de mi unin con Lea y la situacin se haba puesto ms
grave que nunca. Una locura completa se haba apoderado de m y deba
conducirme  una catstrofe. Por lo general Lea no reciba en su casa
ms que hombres, convencida, con razn, de que la sociedad de las
mujeres es intil cuando no peligrosa.

--Si traigo una mujer  mi casa y es fea, mis amigos no encontrarn
placer alguno en su presencia, y si es bonita, arriesgar el perder mi
amante.

Solamente cuando me crea unido  ella con lazos ms fuertes, hizo una
excepcin  esa regla y esta fu la causa de mi perdicin. Lea haba
conocido  una joven muy elegante, muy linda y una cantante agradable,
que le agrad por la gracia de su carcter y por una atraccin
misteriosa y perversa de que no la hubiera credo capaz, pues poco
viciosa y muy amante del hombre, nunca Lea me haba parecido dispuesta 
ciertas aberraciones. Su nueva amiga se encarg de modificar sus
costumbres, y mi amante, con el ardor que pona en todo, lleg  estar
tan celosa de Juana Baud como hubiera podido estarlo de m.

Hasta entonces ni Marenval ni Tragomer haban hecho un gesto ni
pronunciado una palabra y haban dejado hablar  Jacobo con la esperanza
de coger algn indicio til  algn dato nuevo. Pero cuando pronunci el
nombre de Juana Baud, los dos se dirigieron una mirada. La luz empezaba
 abrirse paso y la aparicin de Juana Baud en la existencia de Jacobo y
de Lea daba una importancia decisiva al descubrimiento de Tragomer. El
lazo entre Jenny Hawkins y Jacobo apareca ya, y aquel primer hilo de la
trama en que el desgraciado haba sido envuelto, se dibujaba  los ojos
de los dos amigos.

--Qu hay en mi relato que os asombre particularmente? pregunt Jacobo.

--Ese nombre de Juana Baud que pronuncias por primera vez.

--Tena serias razones para no hablar de esa joven. Las comprenderis
cuando os cuente toda mi aventura.

--Un sencillo detalle antes de reanudar tu relacin... Cmo era esa
Juana Baud? Alta  baja, rubia  morena, de ojos azules  oscuros?
Haznos su retrato en lo posible.

--Cuando la conoc por primera vez en casa de Lea, era una encantadora
muchacha de veinticinco aos, de alta estatura, piel muy blanca,
hombros, admirables, pelo negro y ojos grises. Formaba con Lea una
pareja encantadora, pues tenan la misma estatura, las mismas lneas
suntuosas y el mismo vigor. Solamente, Lea era tan rubia como Juana
morena. Creo que el efecto extraordinario que ambas producan contribuy
por mucho  su mutua aficin, pues estaban orgullosas de ese efecto y
trataban de producirle.

--Una pregunta todava, dijo Tragomer. Lea Peralli no se tea el
cabello?

--S. El color rubio  lo Ticiano de su pelo no era natural. Yo no la he
conocido sino rubia, pero ella deba ser de color castao oscuro... Se
haca rizar el pelo, mientras que el de Juana Baud era rizado
naturalmente.

--Est bien, dijo Cristin. Puedes continuar.

Se volvi hacia Marenval y aadi con un gesto de satisfaccin:

--Ahora s ya  qu atenerme.

--Permanec bastante tiempo, prosigui Jacobo, sin sospechar las razones
secretas que aquellas dos mujeres tenan para no separarse. No se
mostraban en pblico, pero yo encontraba continuamente  Juana en casa
de Lea y cuando sta sala sin m, iba siempre  casa de su amiga. El
pretexto para su unin fu el deseo de Juana Baud de recibir de Lea
lecciones de diccin italiana,  fin de dejar la opereta y dedicarse 
la pera seria. Para ello empezaron  trabajar formalmente.

No se separaron ya, y yo, distrado por mis ocupaciones, por mis apuros
y por mis placeres, no poda imaginar lo que tena de apasionado la
ternura que se dedicaban las dos mujeres. Sorege fu el que me llam la
atencin sobre ese asunto. Con su prudencia habitual y por medio de
insinuaciones, despert mis sospechas y me incit  comprobarlas. Sorege
pareca indignado contra ellas, echaba pestes contra tales vicios, que 
m me tenan sin cuidado, y al oirle se hubiera credo que era el amante
de una de ellas. Le vi exasperado hasta tal punto, que le pregunt si
estaba en relaciones con Juana Baud. l, entonces, cambi de fisonoma,
se domin y ech el asunto  broma. Lo que me deca, asegur, era por
m. Qu le importaba  l semejante cosa? Es verdad que no poda ver 
las mujeres que tenan tales gustos, pero en aquel caso no vea sino 
m, ni se preocupaba ms que por el ridculo que yo pudiera alcanzar. Yo
estaba tan desmoralizado por mi mala vida, tan gangrenado de pensamiento
y de corazn, que el pensamiento de que Lea me era infiel en condiciones
tan inesperadas no me inspiraba repulsin ni clera.

Pens, no sin complacencia, en el cuadro encantador que deban ofrecer
aquellas dos hermosas criaturas y desde aquel momento se apoder de m
la curiosidad malsana de poseer  Juana. Las espi y pronto adquir la
evidencia de sus tratos, pues descubr sus costumbres y sus horas de
cita. En sus relaciones haba extraos refinamientos de vicio, en los
que se descubra la imaginacin ardiente de Lea.

Una vez, en una reunin, estuve  punto de sorprenderlas en el cuarto de
mi amada. Tenan un modo especial de darse citas, aun en mi presencia,
sin que pareciese que se hablaban. Lea, como por juego, coga  Juana en
sus brazos y se ponan  bailar desenfrenadamente, hasta que faltas de
aliento, casi asfixiadas, caan en un sof, donde permanecan juntas
como en una especie de letargo. Un da llegu  casa de Lea  eso de las
cuatro y la encontr con el sombrero puesto y con aire preocupado. Me
acerc la frente  los labios y me dijo distradamente:

--Tengo que salir por una hora. Mi padre me enva un recado con un amigo
suyo y es preciso que vaya hoy mismo  verle al Gran Hotel, pues se
marcha maana  Londres.

--Entonces me voy. Hasta la noche.

--No; qudate un momento. He dado asueto  los criados. Juana debe venir
en seguida y quiero que la recibas y le digas que me espere. Vamos 
comer juntas.

--Bueno...

En el momento se me ofreci imperiosamente la idea de apoderarme de la
amiga de Lea. La hora era propicia; la casa estaba vaca; todo se
arreglaba  medida de mi deseo. Dej marcharse  mi amada y esper 
Juana, que lleg sonriente, vestida con un traje de seda gris y con un
sombrero de flores azules que daba  su cabello oscuro y  su cutis
plido un brillo extraordinario. No pareci extraar la ausencia de Lea,
se quit el sombrero, tir los guantes sobre la mesa y se sent  mi
lado. Yo no s verdaderamente lo que le dije; creo recordar que habl de
su belleza. Juana apoy la cabeza en el respaldo del sof, cerca de la
ma y recuerdo que mi boca, casi junta  su oreja, le tocaba el cuello
con la punta del bigote. Juana no se retiraba y yo la vea estremecerse
dulcemente. Su cara, de perfil, me mostraba unos labios entreabiertos
sobre admirables dientes y su persona emanaba un perfume de heliotropo
que se me suba  la cabeza. Al cabo de un instante pas el brazo al
rededor de su talle, la atraje hacia m y, sin ninguna resistencia,
aquella mujer fu ma.

 partir de ese momento tom la firme resolucin de dejar  Lea. Juana
era una querida encantadora, mucho ms mujer que la altiva italiana. Me
confes que me amaba haca mucho tiempo y que muchas veces haba tenido
impulsos de decrmelo. Yo no hice ninguna alusin  sus extraas
relaciones con Lea, pero, cosa asombrosa, me sent ms celoso de ella
que lo haba estado de mi querida y me propuse estorbar sus encuentros,
nuevo Bartolo de aquellas singulares Rosinas. Pude, por otra parte,
convencerme por sntomas muy elocuentes, de que Juana rehusaba ya  Lea
ciertas intimidades, y la rabia, la amargura y la rudeza de sta se
manifestaron con una increble libertad. Si yo la hubiera ayudado un
poco, creo que Lea se hubiera quejado  mi del abandono de su amiga.

Mi amada tuvo entonces una recrudescencia de entusiasmo hacia m y tuve
que consolarla de las traiciones de que yo mismo era cmplice. Pero mi
nuevo capricho era demasiado imperioso para que yo pudiera engaar por
mucho tiempo  Lea. Todos los das me separaba ms de ella; hasta que
resolv jugar el todo por el todo para recobrar mi libertad. Para esto
me haca falta una suma importante,  fin de liquidar con Lea y dejarla
con qu vivir por lo menos un ao. No haba que pensar en recurrir al
crdito, pues le tena agotado haca mucho tiempo. No me quedaba ms
medio de salir del apuro que recurrir al juego y librar una batalla
decisiva.

Reun todo el dinero que tena disponible, vend mis ltimas alhajas y
algunos objetos de valor y me puse  tallar en el crculo durante dos
noches, en las que llegu  ganar ciento ochenta mil francos, lo
bastante para ponerme  flote durante algn tiempo. Pero no me d por
satisfecho y resuelto  violentar la suerte, me puse  tallar la tercer
noche con todas mis ganancias delante de m. Quera doblarlas para dar
una suma importante  Lea, pagar mis deudas y realizar el proyecto que
haba formado de marcharme al extranjero. El momento que pas entre la
satisfaccin de verme con una suma que me permita liquidar mi
situacin, y la resolucin que form de jugar ese dinero para
duplicarle, fu el ms importante de mi vida. Si en aquel minuto hubiera
tenido el valor de retroceder, estaba salvado. Mi unin con Lea hubiera
cesado por la fuerza misma da las cosas; no tena ms que decir una
palabra  Juana Baud para romper con ella. Hubiera vuelto  mi casa y la
vida de familia me hubiera regenerado.

Pero cmo haba yo de tomar una resolucin tan cuerda? Mis buenos
instintos parecan muertos y slo sobrevivan en m las malas
tendencias. Haba olvidado  mi madre, que lloraba, y  mi hermana, que
me suplicaba. No tena ms ley que mi capricho y mis pasiones; era un
ser despreciable y cobarde. Vi  mi madre suplicarme de rodillas que no
la abandonase, que no deshonrase su vejez, y permanec sordo  sus
splicas, y me re de su desesperacin...

Cuntas veces en mis noches de horror, encadenado  mis compaeros de
miseria, he recordado aquellas repugnantes escenas, en las que tena el
valor de oponer  las lgrimas de mi madre un cinismo burln y feroz!
Cunto he deplorado aquella ceguera que me entregaba  los consejos
prfidos de mis aduladores y de mis parsitos y me impeda ver la
actitud suplicante de dos ngeles que queran salvarme!... Pero yo
estaba destinado  la desgracia y, debo confesarlo, muy justamente.

La tercera noche, como si la suerte hubiera querido hacerme pagar sus
favores desperdiciados, perd todo lo que tena, ms cincuenta mil
francos que el mozo de la sala de juego me prest bajo mi firma. Aquel
da llegu  casa de Lea aniquilado, embrutecido, y mi querida vi
fcilmente que me ocurra alguna desgracia que yo juzgaba irreparable.
En efecto, todo cuanto tena estaba en manos de los usureros. Mi madre
haba ya pagado por m sumas importantes. Mis amigos, cansados de
prestarme dinero que nunca les devolva, empezaban  huir de m. Haba
llegado  un momento en que no tena ms que dos partidos que tomar:
matarme  marcharme al extranjero.

No me resultaba el primer medio y en cambio el segundo se adaptaba muy
bien  mis proyectos. Pero necesitaba, por el honor de mi nombre, pagar
mi deuda de juego, cincuenta mil francos que era urgente encontrar...
Aqu, amigos mos, el rubor me asoma  la cara, tan deshonroso es lo que
tengo que contaros... Lea me ofreci sus alhajas para empearlas. Si
hubiera rehusado, si hubiera ido una vez ms  los pies de mi madre,
estoy seguro de que se hubiera an sacrificado para sacarme del mal
paso; pero hubiera tenido que hacer promesas, arreglarme, dejar mi vida
infame y entrar en la tranquilidad de la vida de familia. No quise
hacerlo. La muerte  la fuga, pero no la honradez.

Acept el ofrecimiento de Lea y me llev sus perlas, sus zafiros, sus
brillantes, con la decidida intencin, oidlo bien, de no volver 
presentarme delante de ella. En el Monte de Piedad obtuve ochenta mil
francos. Envi la papeleta  Lea para que pudiera desempear sus joyas
con el dinero que yo pensaba enviarle, y fu  pagar mi deuda. Vi en su
casa  Juana Baud que estaba preparada para acompaarme  Londres, y
obtuve de ella que fuese  reunirse conmigo el da siguiente en el
Havre. Y en seguida me fu  almorzar con Sorege, el nico de mis amigos
 quien poda confiar mis desdichas y mi viaje.

Su sorpresa pareci muy grande al saber que haba yo llegado  tales
extremos. Me afe el prstamo aceptado de Lea y puso cuanto tena  mi
disposicin, pero no era bastante para sacarme del apuro. Se ofreci
amistosamente  servirme de intermediario para anunciar  Lea mi viaje y
me hizo observar que acaso fuese peligroso enterarla del pas  que me
diriga. Me acompa  mi casa, me ayud  terminar mis preparativos y
me acompa  la estacin. All me abraz afectuosamente y me pidi que
le escribiera si tena necesidad de algo. El tren parti y no volv 
ver  Sorege hasta la audiencia, donde declar con una mesura y una
habilidad que me fueron muy favorables.

No ignoris cmo fu preso y llevado  Pars ni cmo termin esta
trgica aventura. Sabis ahora todo lo que pas, lo que ocult al juez
de instruccin,  mi abogado y hasta  mi madre. No quise comprometer en
las peripecias de ste proceso  la pobre Juana Baud, que no haba
cometido ms falta que la de amarme. Con un dulce agradecimiento de mi
corazn, la apart de aquel drama de lodo y de sangre. Juana debi
marchar  Inglaterra, donde tena un ajuste para el teatro de la
Alhambra. No s qu habr sido de ella, pero deseo que haya sido ms
feliz que yo. No es justo que todo el que ha intervenido en mi lgubre
destino, haya sido inexorablemente herido por la desgracia.

Jacobo se call cuando la tarde declinaba. El da se haba pasado entero
en el desarrollo de aquel terrible relato. Haca mucho tiempo que
Tragomer y Marenval no fumaban, suspendidos por el inters ardiente de
aquel drama al que estaban mezclados tan de cerca y cuyos resortes
secretos saban mejor que el mismo protagonista. Se produjo un largo
silencio durante el cual Jacobo se repuso de la emocin que le haba
producido el recuerdo de las peripecias de su historia. Tragomer fu el
primero que tom la palabra y dijo con su habitual sangre fra:

--Mi querido Jacobo, tu sincera confesin tiene el mrito de no dejar
duda alguna en nuestro espritu. Adivino en la satisfaccin de Marenval
que la verdad le salta  los ojos como  m.

--Perfectamente, apoy Cipriano. Es claro como la luz del da.

--Pero, continu Cristin, es necesario, por mucho que lo deplore,
hacerte saber qu ha sido de Juana Baud. La pobre muchacha no ha tenido
el destino dichoso que t le deseas, porque en el momento en que te
prendan, estaba muerta.

--Muerta! exclam Jacobo. Cmo?

--Mi querido amigo, es la evidencia. Puesto que Lea Peralli est viva y
anda por esos mundos con el nombre de Jenny Hawkins, despus de haberse
hecho llamar durante algn tiempo Juana Baud, es que sta estaba muerta.
La mujer de la calle Marbeuf, tu pretendida vctima no era otra que
Juana Baud.

--Pero es imposible! dijo Jacobo.

--Es cierto, contest Cristin. La identidad de la vctima deba ser
establecida por su presencia en casa de Lea. Quin si no Lea poda ser
asesinada en la calle de Marbeuf? Quin poda llevar sus vestidos, su
ropa interior, sus alhajas? Oh! las precauciones para engaar todas las
miradas fueron adoptadas admirablemente... La mujer fu desfigurada por
las balas del revlver, pero quin haba de dudar que era Lea Peralli?
Juana Baud, t lo has dicho, tena la misma estatura, la misma amplitud
de lneas. Quin poda imaginar una sustitucin? T mismo no dudaste.
Te ensearon la mujer muerta y la reconociste sin vacilar. Y, sin
embargo, Lea est viva y Juana ha desaparecido.

--Pero, dijo Jacobo, la muerta era rubia y Juana Baud tena el pelo
castao oscuro...

--Necio! exclam Cristin; no te he preguntado si Lea se tea el
cabello?

Freneuse hizo un gesto de horror y sus ojos se hundieron bajo las
fruncidas cejas.

--Ah! dijo Tragomer. Empiezas  comprender! Ves la atroz y fnebre
operacin que se hizo sufrir  la desgraciada vctima! Los que han
fraguado esta intriga sangrienta tenan una admirable sangre fra.
Vistieron  la muerta, la adornaron y la tieron el cabello antes de
desfigurarle la cabeza  balazos. Queran, seguramente, perderte, pero
no queran menos salvarse. Cesa de dudar la evidencia. Todo es seguro
ya. No fueron  retirar las alhajas del Monte de Piedad el mismo da
del crimen? T no pudiste hacerlo puesto que no tenas la suma necesaria
y habas enviado  Lea la papeleta. Te han acusado de haberlas vendido
porque haba que dar una explicacin al desempeo y porque la justicia
quiere comprenderlo todo. Pero lo cierto es que Lea recuper sus alhajas
antes de partir. Todo estaba arreglado de este modo para hacer de ti un
ladrn y un asesino. En vano te has defendido; en vano has enseado los
treinta mil francos que te quedaban del empeo despus de pagar la deuda
de juego; en vano has hecho presente que puesto que habas partido, no
podas haber desempeado las alhajas. Te han respondido con la
afirmacin de que habas vendido la papeleta y tu prdida se ha
consumado. Todo se encadenaba entonces en el crimen. Mataste  Lea para
apoderarte de la papeleta. El robo y el asesinato aparecan lgicos y
era todo lo que haca falta para la garanta de la sociedad y el triunfo
de la justicia...

Jacobo, con la frente inclinada, no escuchaba ya; soaba. Tragomer le
haba convencido y los resortes secretos del asunto se le aparecan ya
claramente. Pero haban sido tan hbilmente dispuestos que conocindolos
ahora, vindolos, por decirlo as, funcionar, se preguntaba cmo hubiera
podido escapar de ellos y si lograra an coger  los culpables.  este
pensamiento levant repentinamente la cabeza y rojo de clera y con la
mirada chispeante, pregunt:

--Pero, en fin, quin ha cometido esa accin espantosa? T, Tragomer,
que conoces tan bien todas las circunstancias del crimen, conoces  los
criminales?

--Aqu, amigo mo, entramos en el terreno de las hiptesis. Lo que
result cierto para Marenval y para m despus de nuestras primeras
averiguaciones, fu tu inocencia. Los medios de establecerla eran menos
seguros. Tenamos que habrnoslas con personas tan hbiles, que hubiera
bastado ponerlas en guardia para hacer imposible toda investigacin. Lea
Peralli, advertida por Sorege, hubiera desaparecido y chate  correr
por el mundo tras ella... En suma, hasta ahora no hay sino apariencias
de culpa, pero terribles, contra Lea y contra Sorege. Pero  qu
motivos han obedecido? Por muy poderosas que sean las presunciones
morales que pueden deducirse de tu relato y de las relaciones que
existan entre Juana Baud y t, no pasan de ser presunciones.
Necesitamos pruebas formales y vamos  buscarlas contigo. Por eso era
preciso librarte. Si hubiramos esperado el triunfo de tu inocencia,
nuestra vida y la tuya se hubieran agotado en investigaciones acaso
infructuosas. Hemos, pues, preferido empezar por el desenlace y abrirte
las puertas de tu prisin. Ahora ests libre para obrar. La primera
parte del drama se termina y va  empezar la segunda.

Jacobo permaneca meditabundo ante el pavoroso problema que se planteaba
y Marenval tom la palabra:

--Observe usted, querido, que lo verdaderamente raro en este asunto es
que hay en l un verdadero desafo al buen sentido. Tan imposible parece
desenredarlo, que antes de partir consultamos  un magistrado de los ms
eminentes, Pedro Vesn, pues que puedo nombrarle, y su asombro fu igual
 su curiosidad, pero no puso en duda ni un instante que nos esperaba un
fracaso. Es la lucha, nos dijo, del puchero de barro con el de hierro.
Qu hacer contra ese poder formidable que se llama la justicia? Est
blindado por sus cdigos, atrincherado en sus estrados y defendido por
todos sus auxiliares jurdicos, y es invulnerable por la necesidad
social que impone la infalibilidad de sus sentencias. Y vamos 
emprenderla contra esa Bastilla ms impenetrable que la primera, pues
contiene el _palladium_ del orden y abriga la soberana majestad de la
razn de Estado? Pues bien, s; vamos  intentar la aventura. Es
extravagante! Es incomprensible! Tragomer y yo hemos arriesgado ya el
presidio por arrancar  usted de l y por combatir  la fuerza pblica,
conducindonos como piratas... Pues no nos importa. Hemos tomado
nuestro partido y nunca el proverbio de que el fin justifica los medios
puede tener mejor aplicacin que en este caso. Queremos llegar  nuestro
fin  toda costa y cuando hayamos probado que era usted una vctima y no
un culpable y que se le tena encerrado  consecuencia de un monstruoso
error judicial, veremos si en el pas de la audacia y de la generosidad
hay gendarmes para detenernos y jueces para castigarnos. Yo no tengo
ningn remordimiento, ninguna inquietud, ninguna vacilacin. Y este
viaje me encanta!

El ingenuo buen humor de Cipriano normaliz los crispados semblantes. El
contraste entre la gravedad de los actos realizados y la placidez del
que los llevaba  cabo daba  su declaracin un picante sabor. Con
indiferencia sublime, pisoteaba las leyes y desafiaba  los poderes
pblicos como un hroe  como un bandido. Y bien sabe Dios que Marenval,
con su cara de beatitud, sus mejillas rosadas encuadradas de patillas
grises y sus ojos bonachones hmedos de alegra, no tena el menor
aspecto de bandido ni de hroe, sino de un ricacho viajando para
divertirse. En efecto, aquellos tres hombres sentados en sus
_rocking-chairs_ bajo la ondulante toldilla, acariciados por el fresco
de la tarde, mecidos por las olas y alumbrados por los rayos oblicuos
del sol poniente, en aquel lindo yate que volaba hacia las colonias
holandesas, ms parecan gozar de las delicias de la vida que buscar el
secreto de la muerte.

--Ya que os he contado, dijo Jacobo, lo que no conocais de mi aventura,
decidme lo que yo ignoro de vuestras pesquisas. Tragomer no me explic
nada preciso cuando vino  buscarme  la isla Nou. Deseo saber en qu
condiciones se va  presentar la lucha con nuestros adversarios, qu
hace Sorege y dnde est Lea.

--Puedes comprender, querido, dijo Cristin que cuando te vi en la isla,
tena algo ms que hacer que contarte historias. Era preciso ante todo
sacarte de all y t no parecas muy decidido  seguirme. Ahora que
tenemos dos meses por delante para discutir y combinar, podremos
utilizar el tiempo. Lo que importa que sepas desde ahora es que Jenny
Hawkins ir  Europa en primavera y cantar en Londres por primera vez
desde que cambi de nombre. Se cree bastante segura de su transformacin
para afrontar las miradas de los que la conocieron en otro tiempo. Y es
lo cierto que habiendo dudado yo cuando la vi con su cabello oscuro, los
que la han frecuentado poco no podrn conocerla  descubrirn, cuando
ms, un parecido que nada tiene de extraordinario. Sorege ha arreglado
muy hbilmente sus asuntos para ir  pasar la temporada en la isla de
Wight y en Londres con su suegro y su prometida. El bueno de Harvey no
sospecha que l mismo va  conducir  Sorege ante Jenny Hawkins. Vamos,
pues,  caer como una bomba en medio de las combinaciones de tus
enemigos que no han podido concertarse y que tendrn que defenderse en
un terreno difcil y molestados por toda especie de estorbos sociales;
lo que vendr muy bien para hacer igual la partida y darnos
probabilidades de triunfo.

--Luego se casa Sorege? dijo Jacobo pensativo... Y con una americana...
rica, sin duda...

--Enormemente rica. Su padre es el rey de la ganadera. Una especie de
pastor archimillonario; un Labn del que Sorege quiere ser el Jacobo. Ha
estado ya con l  inspeccionar sus rebaos en el Far-West, el ao
pasado. En ese viaje descubr su complicidad con Lea.

--Y cmo es su prometida?

--Ah! Eso te interesa? Ya la vers. Es una americanita impetuosa y
fantstica, que no ser fcil de conducir. No doy diez cntimos por
Sorege como ella sepa sus villanas...

--Piensas que ni Lea ni Sorege sospechan la posibilidad de mi
aparicin?

--Cmo han de sospecharla? Te creen tan definitivamente enterrado como
 la mujer asesinada. No puedo dudar que Sorege tuvo cierta inquietud al
verme hacer averiguaciones sobre la existencia de Lea y sobre sus
relaciones con ella. Su actitud, sus palabras, todo me prueba que
adivin que yo posea parte del secreto. Pero entre esa parte y el todo
hay tal distancia, que tiene la conviccin de que nunca llegar 
descifrar el enigma. Y no se equivoca despus de todo, pues aun despus
de nuestra audaz tentativa estamos  merced de los sucesos y de los
individuos y va  ser preciso que t mismo aparezcas para confundirle y
desenmascarar  su cmplice.

--Lo lograr, estoy seguro, dijo Jacobo con firmeza. No habris hecho
por m intilmente lo que habis hecho. Estoy comprometido en la misma
empresa que vosotros y la proseguir hasta el ltimo lmite. Si Sorege,
como t afirmas y yo empiezo  creer, ha desempeado un papel abominable
en mi terrible aventura, te respondo que ser castigado como merece.

Se pas la mano por la cara, sbitamente ensombrecida, y continu:

--En cuanto  Lea, no s  qu mviles habr obedecido al procurar mi
prdida de un modo tan cruel... He cometido faltas para con ella, pero
por culpable que haya sido, su venganza ha traspasado todos los
lmites... Si me hubiese arrancado la vida, todava sera excusable,
pero anonadarme bajo tal infamia, deshonrar  los mos y condenarnos 
todos  un dolor cuyo nico fin deba ser la muerte, indica un alma tan
horrible, que me considero libre de obrar respecto de ella sin
consideracin alguna. No creo extralimitarme de mi derecho defendindome
como he sido atacado; sin piedad. Podes, pues, amigos mos, contar
conmigo, como yo cuento con vosotros. Para vuestra justificacin, para
que yo me rehabilite, es preciso que logremos nuestros fines. En la
lucha que comienza slo puedo perder la vida, que no vale gran cosa,
pero aun as la estimo en tanto como la de Sorege. Ahora, como decais
muy bien hace un instante, tenemos delante de nosotros dos meses para
reflexionar. No hablemos ya de nada; dejadme volver  entrar en la vida
libre en medio de vosotros. Tengo necesidad de reponerme fsica y
moralmente, para estar  la altura de lo que podis esperar de m.

El puente estaba oscuro. La noche de los trpicos, se haba apoderado
bruscamente del mar y la estela del navo apareca iluminada por
misteriosas fosforescencias. La oscuridad confunda vagamente las formas
de los tres amigos.

--Estamos  15 de febrero, dijo Marenval. En este momento hace en Pars,
probablemente, un fro del diablo y sus calles estn enfangadas de
escurridiza nieve. Aqu, en cambio, gozamos de una temperatura de
verano... Cuando lleguemos al Mediterrneo el mes de Abril habr trado
el sol. Nos pasearemos por la costa durante algunos das para hacer
notar nuestra presencia, y pasando por Gibraltar, nos dirigiremos 
Inglaterra... Entonces empezar la batalla. Hasta ese momento vivamos
alegremente. El tiempo est hermoso, la mar bella. En la primera escala
enviaremos un telegrama  mi criado para que lo transmita  la seora de
Freneuse. Una vez que esa seora est tranquila sobre la suerte de su
hijo, todo ir bien.

--Los seores pueden bajar  comer cuando gusten, dijo el camarero
apareciendo en la puerta de la cmara.

-- la mesa!

Cada uno de ellos cogi  Jacobo por un brazo y los tres se dirigieron
al comedor.




TERCERA PARTE




IX


Jenny Hawkins volva  su casa,  las diez de la maana, cargada de
flores que acababa de comprar en el mercado de _Covent-Garden_, y su
doncella le dijo al abrir la puerta:

--Un caballero espera en el saln  la seora.

--Quin es?

--Aqu tiene la seora su tarjeta.

Juana Hawkins cogi el cuadrado de cartulina y ley: El conde Juan de
Sorege. Jenny no se tom tiempo para quitarse el sombrero y el abrigo.
Di el brazado de flores  la doncella, abri la puerta del saln y
entr. Sentado cerca de la ventana, en aquella pieza amueblada de un
modo macizo y sin gracia,  la inglesa, Sorege se entretena en mirar la
calle. Se volvi vivamente y al ver  la joven venir haca l fresca,
sonriente y animada por su paseo matinal, dijo:

--El triunfo de anoche no ha fatigado  usted, segn veo, pues se ha
levantado tan temprano...

Sorege le ofreci la mano, pero Jenny pareci no ver su movimiento y se
acerc  un espejo donde se quit el sombrero y se arregl el cabello
mientras hablaba:

--Estaba usted en el teatro? La pera fu muy bien... Novelli fu muy
aplaudido... y yo no poco.

La cantante se sent cerca de Sorege en una silla baja, al lado de la
chimenea.

--S, estaba en el teatro y no era solo  devorar  usted con los ojos;
haba otras personas que se interesaban igualmente por usted...

--Su prometida de usted y el buen Julio Harvey, sin duda? dijo Jenny en
tono irnico y con una viva mirada.

--S, ciertamente. Miss Harvey y su padre eran de los que ms admiraban
 usted, dijo Sorege, aunque no fuera ms que  ttulo de compatriotas.
Pero no me refera precisamente  ellos, sino  dos antiguos conocidos;
Cristin de Tragomer y Marenval.

Las facciones de la cantante adquirieron gran dureza. Sus prpados, al
cubrir los hermosos ojos grises, proyectaron una sombra sobre la cara y
su boca se crisp.

--Acaban de llegar? pregunt.

--Llegaron ayer maana. Vena  advertir  usted para que no se
sorprenda si se ve repentinamente en su presencia.

Jenny hizo un gesto de cansancio.

--Crea poder contar con ms seguridad. Siempre este cmulo de
inquietudes y de recelos cuando creo haberlos alejado definitivamente.

--De usted depende, en efecto, asegurar su porvenir contra toda
investigacin importuna, dijo con placidez Sorege. No tiene usted ms
que representar su papel y hacer aqu lo que hizo en San Francisco, para
evitar todo peligro. Nada tiene usted que temer de Tragomer aqu, donde
es usted conocida de todos sus compaeros, de su director, del pblico y
de los americanos que la aplauden hace dos aos. Todos afirmaran, si
fuera preciso, que es usted Jenny Hawkins. No hay ms que un ser en el
mundo que no se dejara engaar por su metamorfosis y cuya presencia no
podra usted afrontar sin peligro. Pero, se no vendr. Le hemos metido
vivo en una tumba tan segura como la que tendra estando muerto. Puede
usted, pues, vivir tranquila. Ser preciso solamente que tenga usted la
energa que sabe demostrar cuando hace falta. Es usted, Lea, una
verdadera mujer, capaz de todas las generosidades y de todas las
infamias. Yo la adivin y por eso la amo.

--No, Juan; si usted me am fu porque yo amaba  Jacobo y usted le
odiaba, dijo la cantante con tristeza. Yo tambin conozco  usted y s
que tiene un alma atroz. Oh! Es usted hbil y sabe ocultar sus
verdaderos sentimientos. Yo he estado engaada durante mucho tiempo
creyendo en su adhesin y en su ternura, pero he acabado por ver claro
en su espritu,  pesar de su doblez, y he encontrado en l la perfidia,
la envidia, la crueldad. Jacobo fu ciertamente muy indigno, muy
traidor, muy cobarde. Pero qu decir de usted que aprovech su
indignidad, su traicin y su cobarda para arrastrarle  la perdicin?
Quin sabe si no abus usted de mi credulidad y no era el desgraciado
tan culpable como usted quiso probarme! Ahora, Sorege, desconfo de
usted, porque s de lo que es capaz.

Los ojos de Sorege, ocultos segn costumbre, se dirigieron claros y
penetrantes  Jenny, y la expresin de astuta dulzura que ofreca su
cara desapareci de repente. El conde se irgui decidido y amenazador:

--Qu es eso? dijo con voz spera. Tenemos dudas? Dios me perdone!
Acaso remordimientos? Est usted loca? Olvida usted en qu
condiciones intervine para sacarla del atolladero cuando la enloqueca
el terror? Es que va usted  ser ingrata, querida? Eso sera una
debilidad y una gran imprudencia. No podemos evitar ciertos
inconvenientes--porque se trata de inconvenientes, no de peligros--ms
que permaneciendo fuertemente unidos. Yo no la abandonar, siempre que
usted misma no se haga traicin. Qu diablo! Yo cre que tena usted
ms estmago. Es usted capaz de perder pie, como una francesa, en vez
de tenerse firme, como verdadera italiana? Las de aquel pas saben odiar
y vengarse; tienen sangre en las venas. Tan pronto ha olvidado usted lo
que hicieron Jacobo y la otra?

--No! no lo he olvidado. Si la memoria de mis sufrimientos no me
hubiera sostenido, no hubiera podido vivir... Y, sin embargo, he pasado
noches terribles teniendo ante los ojos el espantoso cuadro de aquella
mujer muerta...

Jenny dijo estas palabras en voz baja y, sin embargo, Sorege dirigi al
rededor una rpida mirada como para asegurarse de que nadie haba podido
oir.

Con paso de gato fu  la puerta, la abri silenciosamente, mir  la
pieza contigua para ver si estaba vaca y volvi con el mismo paso
felino hacia la joven.

--Se trata de no decir ni hacer tonteras, dijo con dulzura. Vamos 
ver, Lea, no tienes para qu atormentarte. Yo estoy aqu para defenderte
si hace falta. Si Tragomer te molesta yo me encargo de hacerle entrar en
razn. Ven aqu, no pienses ms que en tus triunfos y ponme buena cara,
qu diablo! No nos vemos tan  menudo y bien sabes cunto te amo...

Sorege cogi la mano de Jenny y bes sensualmente su puo delicado y su
fresco brazo. La joven le rechaz con dureza.

--Oh! Nada de hipocresas... Olvida usted que va  casarse dentro de
unas semanas?

Sorege se ech  reir.

--Y qu prueba eso? Vas  pretender que no te amo porque me caso con
esa mina de dollars que se llama miss Harvey? No hago sino un negocio,
hija ma; no puedes ignorarlo. Cuando me haya casado y sea muy rico,
olvidars fcilmente el matrimonio para participar de la riqueza.

Jenny Hawkins permaneci un momento silenciosa y despus dijo en tono
grave y resuelto:

--Escuche usted, Sorege. Ha llegado el momento de que nos expliquemos
francamente. Nos conocemos demasiado para tratar de engaarnos sin
ninguna utilidad. Usted me ha amado, es cierto, pero qu amor tan
triste y tan vergonzoso! Yo he sucumbido  su voluntad y me he entregado
porque me tena usted en un peligro de muerte. Ha sido usted feroz
conmigo. Recuerda usted la primera noche que pas en Boulogne cuando
hua  Inglaterra con el nombre de Juana Baud? Usted me amenaz, me
aterroriz, y si alguna vez un hombre abus de una mujer, ese hombre fu
usted, aquella noche... Me forz usted gritndome: " ma  en la
crcel". Si no hubiera cedido, hubiera usted sido capaz de ir 
denunciarme antes de que pudiera tomar el vapor. No es verdad? Me
entregu rechinando los dientes de furor, con la cara inundada de
lgrimas de angustia y sublevada de asco y de odio, mientras que usted,
monstruo, pareca encantado por mis estremecimientos de espanto y de
clera... Cuanto ms le rechazaba, ms enloquecido estaba usted por la
pasin. No pareca sino que era mi resistencia lo que usted apeteca y
que gozaba ms de su victoria que de su amor.

Sorege respondi impasible, con los ojos medio cerrados y sonriendo
framente:

--Hay algo de verdad en lo que dices, pero exageras. Yo no soy un amante
vulgar, pero no soy un sdico qu diablo! No me es indispensable oir
salir gritos de dolor de una bonita boca para gozar besndola. Me
permito solamente hacerte observar, querida Lea, que tu razonamiento
carece de sutilidad, pues me manifiestas tu intencin de rehusarme toda
bondad al mismo tiempo que me demuestras que has comprendido la energa
diablica de que soy capaz. Vamos, chiquita ma, coordina tus ideas. Si
yo soy un mozo tan terrible como acabas de decir, haces mal en
provocarme, pues debes estar segura de antemano de que te obligar  te
aniquilar...

Ambos se miraron esta vez descaradamente como dos adversarios que miden
sus fuerzas. Pero Lea baj los ojos la primera y, bien por clculo, bien
por verdadera sumisin, respondi:

--No me amenace usted. Esto es, bien lo sabe, lo que soporto menos
fcilmente. Lo que me ha animado contra usted ha sido su brutalidad
primera. No desconozco los servicios que usted me ha prestado, pero
para qu recordrmelos tan duramente? Si se propusiera incitarme  la
resistencia no obrara de otro modo,  no ser que su ferocidad le haga
acariciar como los tigres, con las uas...

Lea sonrea, pero la risa temblaba en sus labios, y si Sorege hubiera
levantado los prpados no le hubiera gustado la sonrisa de aquella
mujer. Pero acaso la vea, pues tena el tal extraas facultades.

--Muy bien, amiga ma, dijo; veo que te vas calmando y haces bien. He
venido ahora para hablarte de los encuentros  que ests expuesta. Esta
noche vendr sin objeto aparente. Esta _Tavistock-Street_ es un sitio
muy bien escogido porque es cntrico y aislado. Reconozco en esto tu
tacto habitual...

Se levant y tom el sombrero como un visitante prximo  marcharse.
Pero en l el ltimo momento era siempre el ms importante y la ltima
frase la de ms valor.

--Ah! Olvidaba decirte el principal objeto de mi visita... Master
Julio Harvey da una comida pasado maana y quiere conseguir que cantes
en su casa.

Jenny Hawkins palideci y dijo con voz temblorosa:

--Quin encontrar all? Qu nueva emboscada me prepara usted? Qu
atroz prueba quiere hacerme sufrir?

Sorege respondi tranquilamente:

--La ltima prueba. Despus sers duea de tu destino y no tendrs nada
que temer. Hasta podrs prescindir de mi si eso te agrada. As habrs
probado  Tragomer y  Marenval que eres Jenny Hawkins y que nunca sers
para ellos sino Jenny Hawkins. No vale la pena de arriesgar el golpe?
S firme y yo te probar que soy el hombre que te he dejado suponer.
Vendrs? Tengo que dar una respuesta  mi suegro y sobre todo  mi
futura, que arde en deseos de conocerte. En su entusiasmo  la francesa,
pretende que eres asombrosa... Asmbrala ms de lo que espera, querida
amiga, y hars acto de justicia.

Sorege rea y Lea estaba asombrada de su audacia. Pero eso mismo le
inspir confianza.

--Est bien, dijo. Ir.

--Perfectamente. Voy de paso  encargar el brazalete que master Harvey
te va  ofrecer. Mi hombre es galante, aunque pastor, y se permite
gastar quinientas libras en adornar con perlas el brazo de Jenny
Hawkins. Hasta la noche, pues.

Atrajo  s la cantante, le di un beso fraternal en la frente y sali
silenciosamente con su paso misterioso. Cuando desapareci, Lea se dej
caer desesperada en una butaca.

--Qu suplicio! He pagado bien cara mi salvacin al precio de esta
esclavitud...

Apoy la cara en la mano y se puso  reflexionar dolorosamente. Cuando
la doncella fu  anunciar que el almuerzo estaba dispuesto, la encontr
en el mismo sitio, con la mirada fija y la boca contrada, repasando en
la memoria sus tristes recuerdos.

 la misma hora dos seoras enlutadas y envueltas en largos velos
bajaron de un coche y, no sin inquietud, echaron en derredor una mirada.
Una actividad ruidosa reinaba en el muelle del Tmesis, lleno de
trabajadores ocupados en descargar los _steamers_ alineados  lo largo
del puerto. El ro arrastraba sus olas amarillentas entre las carenas
negras de los navos y por el puente de Londres rodaban en incesante
desfile los coches y los mnibus. En lo alto de la ribera se levantaba
la Torre alta y misteriosa y la entrada de los _docks_ De Santa Catalina
mostraba su amontonamiento de mercancas.

Amarrado cerca del muelle un yate, enano rodeado de gigantes, elevaba su
pabelln tricolor entre las banderas azules de Inglaterra. La de ms
edad de las dos damas mostr  la otra el yate:

--Ah est _Magic_, dijo; descendamos al muelle.

Por una escalera de piedra bajaron hasta la orilla y pasando entre los
obreros, los corredores, los marineros y los mendigos, se dirigieron
hacia el tabln que una el yate con el muelle. Al aproximarse, un joven
alto y moreno apareci en la borda y sali  su encuentro.

--Aqu est el seor de Tragomer dijo la ms joven levantndose el velo
como con prisa de ver mejor.

Mara de Freneuse apareci entonces y sosteniendo  su madre, que
temblaba de emocin, le ayud  subir los escalones que conducan al
puente.

--Bien venidas, seoras, dijo Cristin descubrindose. Se espera aqu
con febril impaciencia su llegada...

Mara levant los ojos hacia Cristin, como para asegurarse de que esas
palabras no significaban ms de lo que decan, y vi la hermosa cara del
joven ennegrecida por el viento del mar y por el sol de los trpicos y
con una expresin radiante de triunfo.

--Est ah? pregunt la joven.

--En el saln.

Mara le ofreci la mano al llegar  la escalera, no se sabe si para que
se la besara  para apoyarse al bajar, pero ello fu que Cristin sinti
por primera vez la alegra de que se le entregase aquella mano que
durante dos aos le haba rechazado tan duramente.

--Venga usted, madre ma, dijo la joven precediendo  la anciana.

Entraron en la semioscuridad del puente. Se abri una puerta, se oy un
grito ahogado y enfrente de ellas, tal como lo conocan cuando era
dichoso, bello, joven y sonriente, apareci Jacobo tendindolas los
brazos. La seora de Freneuse, plida como una muerta, permaneci un
instante inmvil, devorando con los ojos  aquel hijo  quien crey no
volver  ver; estall despus en sollozos y ocult el rostro con las
manos como si temiera que se disipase aquella visin deliciosa. Se
sinti transportada ms bien que conducida  un silln y cuando abri
los ojos encontr  su hijo de rodillas que la miraba llorando.

--Oh! querido hijo eres t? balbuci la pobre mujer. Es posible que
seas t? Dios ha hecho por nosotros un milagro.

--S, querida madre, dijo gravemente Jacobo, pero nuestros fieles amigos
lo han ejecutado. Les debemos mucho, porque no slo han salvado mi vida,
sino el honor de nuestro nombre.

--Cmo pagarles jams?

--Oh! no hablemos de eso. El agradecimiento es dulce cuando se dirige 
corazones nobles y querer pagar es privarse de un goce muy grande. Pero
tranquilcese usted. Nuestra deuda es de las que se pagan cmodamente,
al menos en lo que se refiere  uno de mis salvadores...

Mara se ruboriz  estas palabras de su hermano, pero no apart los
ojos de Tragomer y dibuj en sus labios una sonrisa. Volvi en seguida 
Jacobo  quin no se cansaba de ver, de tocar y de besar. Marenval,
apoyado en la pared de la cmara presenciaba esta escena conmovedora sin
tratar de contener su enternecimiento. Estaba esperando haca dos meses
el momento de poner  Jacobo en los brazos de su madre y se prometa
goces deliciosos. Con frecuencia deca  Tragomer: "Ser una escena
extraordinaria!" Despus tuvo que confesar que l, Marenval, un perro
viejo de la vida parisiense, gastado y escptico, se haba emocionado
ms de lo que esperaba y haba llorado como un majadero. Se inclin al
odo de Marenval y le dijo:

--Dejmoslos juntos. Volveremos dentro de un instante. Me escuecen los
ojos y necesito tomar el aire.

Salieron sin que las dos mujeres, en su egosta alegra, advirtiesen
siquiera su ausencia. Estaban ocupadas en indemnizarse de toda la
ternura de que haban estado privadas dos aos.

--Ests seguro, querido hijo, de que no corres aqu ningn peligro?

--No,  condicin de no dejarme ver. Si mis enemigos sospechasen mi
presencia podran denunciarme. Pero esta situacin no se prolongar.
Dentro de unos das no tendremos que tomar precauciones para vernos.

--Qu delgado ests y qu plido!

Pues he mejorado mucho desde hace dos meses... Ahora tengo pelo y
bigote al menos... Si me hubierais visto cuando me escap, os hubiera
dado lstima...

--Tanto habrs sufrido!

--S, madre ma, pero he sufrido tilmente. Encerrado en aquella tumba
con la certidumbre de no salir jams de ella, he reflexionado, he
examinado mi vida pasada y la he juzgada con severidad. As he llegado 
pensar que estaba pagando, con dureza, acaso, pero muy justamente, las
faltas que haba cometido. Un ltimo favor del destino coloc  mi lado
un sacerdote excelente, el capelln del presidio, que se interes por mi
desgracia al verme tan diferente de mis compaeros de expiacin. Se
dedic  conducirme al bien y de sublevado y furioso, me convirti en
dulce y resignado. Despert en mi alma las creencias de la infancia y me
mostr el cielo como supremo recurso y la oracin como nico consuelo.
Si durante aquellos largos das, dedicados  un trabajo grosero y
repugnante, y aquellas interminables noches ardientes y febriles, no
hubiera tenido la idea de Dios para calmar mi espritu, me hubiera
vuelto loco  me hubiera matado. Haba tomado esa resolucin al llegar,
despus de pasar sesenta y cinco das encerrado en una jaula con la
escoria del gnero humano, sin oir ms que palabras infames, cantos
obscenos y proyectos de venganza y viviendo ante la boca de un can
cargado de metralla. La existencia me pareci imposible de soportar y
me propuse escapar de ella dndome muerte.

--Desgraciado nio! gimi la seora de Freneuse poniendo sus
temblorosas manos sobre la cabeza de su hijo... Un suicidio!...

--Oh! no, madre ma; hubiera sido intil. Desde el primer da mis
compaeros me tomaron odio. Me llamaban aristcrata y nio mimado. Hay
una jerarqua hasta entre esa gente abyecta, y los ms infames son los
ms respetados. Al verme tan diferente de ellos, me tomaron por un espa
y un da en que el vigilante se ausent por unos instantes del campo en
que trabajbamos penosamente al sol, se arrojaron en grupo sobre m. Su
plan era muy sencillo. Estbamos arrastrando por el camino un enorme
rodillo para aplastar la piedra y decidieron echarme delante de aquella
pesada masa y pasarla por encima de m. De este modo se trataba de un
simple accidente; me haba faltado el pie y el rodillo, no pudiendo ser
detenido repentinamente, me haba aplastado...

--Qu monstruos!

--S, madre ma. As lo pensaba yo al verme cogido y sujeto en tierra y
al orles animarse con risas espantosas  tirar del rodillo para
triturarme... No tena ms que dejarlos hacer y, segn mis deseos,
estaba libre de la vida... Pero no s qu instinto de conservacin me
sublev contra el acto feroz de aquellos hombres y en un instante, en
lugar de sufrir mi ltimo suplicio, me defend energticamente. Estaba
yo todava vigoroso,  pesar de las privaciones sufridas, y de un
empujn derrib por tierra  dos de mis verdugos. Los dems, asombrados
por mi resistencia, se echaron de nuevo sobre m, pero de un golpe con
mi cadena ech al suelo otro...  sus gritos y al ruido de la lucha
acudi el vigilante, que se di cuenta de una ojeada de lo que haba
sucedido y empu el revlver... Todo entr en orden, pero al da
siguiente el director me sac del medio espantoso en que viva y me
coloc en las oficinas del presidio... All tuve, si no ms libertad,
el derecho al menos de sufrir solo, de llorar sin excitar la risa y de
rezar sin ser insultado. Entonces fu cuando mis ideas cambiaron poco 
poco y en el silencio de mi vida claustral me convert en otro hombre.
Todo lo que ms haba amado en el mundo, el placer, el lujo, las
vanidades humanas, me parecieron miserias y vi claramente la perniciosa
inutilidad de la existencia que haba realizado. Pens que en la vida
haba algo ms que hacer que buscar el goce y que haba otros hombres
que en los talleres, en las canteras, en las minas, pasaban sus das en
un trabajo penoso para ganar lo necesario y, sin embargo, no haban
merecido ser tan desgraciados. Con un poco de aquel dinero que yo
derrochaba en otro tiempo hubiera sido fcil aligerar un tanto el peso
de su miseria y hacerlos felices. Resolv entonces, si alguna vez sala
de mi prisin, consagrarme  los desgraciados en recuerdo de lo que yo
haba sufrido. Confi mis pensamientos  un sacerdote admirable, que se
haba encerrado voluntariamente entre criminales para moralizarlos y
salvarlos, y aquel hombre me anim, me tom aficin y se convenci de mi
inocencia. Aquel fu, querida madre, un gran alivio para m. Cuando o
por primera vez de una boca humana estas palabras: "Creo que no es usted
culpable," me pareci que Dios me perdonaba por medio de su
representante en la tierra y qued penetrado de reconocimiento. Entonces
hice  ese Dios de dulzura y de confianza el voto de darme  l.

--Qu! Jacobo, quieres?...

--Hacerme sacerdote, s, madre ma. Al mismo tiempo que un acto de
arrepentimiento lo ser de cordura. No nos engaemos; aun cuando haga
triunfar la verdad y pruebe mi inocencia, siempre estar marcado por una
nota infamante. Una mancha como la que yo he recibido no se lava jams
por completo. Las caras de mis amigos permanecern fras y las manos se
me tendern con vacilacin.  cada momento tendr que observar que si se
me acoge es por tolerancia y que las simpatas que se me demuestren son
forzadas. Ser, pues, ms digno retirarme de una sociedad que no estara
abierta para m ms que por caridad. Si mis convicciones no me
impusieran el retirarme del mundo, me lo aconsejara mi orgullo.
Permanecer cerca de vosotras para haceros olvidar la penas que os he
causado y emplear mi vida entera en pagaros mi deuda de ternura. Y
quin sabe si comparando lo que ser con lo que he sido, llegaris 
pensar que la providencia aparent perderme para salvarme mejor.

--Oh! no, hijo mo; por muy dulces que sean para m tus promesas, jams
recordar sin estremecerme la horrible pesadilla de estos ltimos aos.
Mira mi semblante ajado, mi pelo blanco y mis manos temblorosas. He
envejecido veinte aos en veinticuatro meses hasta parecer una
septuagenaria. Haba yo, acaso, cometido grandes pecados para recibir
tan duro castigo? Porque la expiacin que t aceptas se ha hecho
extensiva  tu madre y  tu hermana, y esto no es justo.

La cara de Jacobo se contrajo y su mirada se puso triste.

--S; por eso he de ser severo para los que me han perseguido con su
odio. Me extraviaba, madre ma, cuando habl de misericordia, de dulzura
y de caridad. Todava no ha llegado para m la hora de la indulgencia;
tengo antes que condenar y que castigar...

--Ests seguro de lograrlo?

--Los culpables no pueden escapar; los tengo en mis manos. Me basta
presentarme para confundirlos. Su nica seguridad consiste en el
convencimiento de que no volver ms. Pero si conozco sus crmenes, no
s las razones que tuvieron para cometerlos. Mi justificacin est sobre
todo en eso. Necesito probar, no slo que he sido condenado
injustamente, sino quin fu el culpable y por qu lo fu.  ese fin
consagrar mis ltimas energas de hombre; despus no quiero ser sino
indulgencia y mansedumbre.

--De modo, dijo la seora de Freneuse, que esa desgraciada mujer por
quien hiciste tantas locuras y  la que pretendan que habas matado,
est viva...

--Vive y est en Londres. Anoche cant en _Covent-Garden_ y asist  la
representacin con mis amigos. En un palco oscuro y con la cara pintada
como un actor para que nadie me reconociese, pas la velada en presencia
de Lea Peralli. Tragomer no se haba equivocado; es ella... Pero se
conoce en su cara la huella de los remordimientos.  despecho de su
belleza, siempre brillante, esa mujer sufre, estoy seguro. No s qu
vrtigo la arrebat en el momento de cometer la accin atroz de que yo
he sido responsable, pero estoy cierto de que la deplora y acaso est
dispuesta  repararla. Dentro de poco sabr  qu atenerme, pues es
preciso que intente cerca de ella un paso decisivo, del que depender el
xito de nuestra empresa.

--No podra haber otra influencia que la tuya para convencer  esa
mujer? dijo Mara. No ser accesible  la piedad? Si yo fuese  verla
para suplicarla...

--No; es imposible. Sera ponerles en guardia sin obtener ningn
resultado. Comprendo, querida Mara, que tienes miedo por m y que
quieres impedirme que me exponga. Temes que enloquecida al verme, Lea
ser capaz de armar escndalo, de llamar y de hacerme prender... No
temas nada. Es una mujer demasiado inteligente para recurrir  medios
tan vulgares. La discusin entre los dos tendr un carcter muy
distinto. No temo ninguna traicin ni ningn golpe de fuerza. Menos
seguro estara si tuviera que habrmelas con mi excelente amigo
Sorege...

--Ah! miserable...

--S, muy miserable... Ese merece todo nuestro odio y todo nuestro
desprecio. Pero paciencia! Esperemos  saber exactamente qu papel ha
desempeado en el drama y yo respondo de que ser castigado por todo lo
que nos ha hecho sufrir.

La fisonoma de Jacobo se puso sonriente y el joven se sent entre su
madre y su hermana.

--Pero bastante hemos hablado de esas atrocidades y de sus autores.
Purifiquemos nuestro pensamiento y dulcifiquemos nuestro corazn.
Decidme lo que hacis y cmo estis instaladas en Londres. No quiero que
vivis ya tristes y encerradas; se acabaron los trajes negros y los
velos sombros. Mara es una muchacha y parece una abuela. Acaso su
corazn permanecer siempre sumido en la tristeza y no se abrir  ms
dulces sensibilidades?

Mara se ruboriz y volvi los ojos.

--Tragomer me ha confiado sus intenciones. S cul fu su proceder, pero
tambin conozco cunta fu tu severidad. Cristin ha reparado un momento
de abandono con muchos meses de perseverancia y si estoy ahora entre
vosotras,  el se lo debemos, no hay que olvidarlo. Nunca sabris, pues
yo mismo lo ignoro, los prodigios de inteligencia y de valor que ha
tenido que hacer para llegar  libertarme. Os dir lo poco que s y esto
bastar para llenaros de admiracin y de reconocimiento hacia mis dos
salvadores: Marenval y Cristin. Marenval creo que encontrar la
recompensa en su misma satisfaccin. Se ha conducido como un hroe y
este convencimiento basta para hacerle feliz. Pero y Cristin? Cmo
pagarle si Mara no se encarga de esta deuda?

La seorita de Freneuse mir  su hermano y dijo con admirable sonrisa:

--Yo saba que podra recompensarle de todo lo que iba  arriesgar por
nosotros y l tambin estaba seguro de que tendra en cuenta su
fidelidad. No le hago, sin embargo, la injuria de pensar que lo ha hecho
solamente para satisfacerme; creo que en su sacrificio ha entrado la
amistad en igual proporcin que el amor... Pero podis estar
tranquilos; yo me encargo de ese vencimiento...

--Puedo llamarle? Sera justo decirle algunas palabras de esperanza...

Mara asinti con un movimiento de cabeza, Jacobo toc un timbre
elctrico, al que no acudi el camarero, sino los patrones del yate,
Marenval y Tragomer. Mara, de pie en el saln, un poco plida bajo la
cruda claridad de los tragaluces orlados de cobre, vea llegar 
Cristin. Le haba amado antes de rechazarlo tan duramente? Aquella
altiva y grave joven no era de las que dicen ligeramente los secretos de
su corazn. En aquel momento miraba fijamente  Tragomer, que con su
busto de gigante y sus brazos de Hrcules, temblaba de emocin.

--Quera, precisamente, hablar con usted, seor de Tragomer, dijo Mara
con acento firme. Hace seis meses, cuando usted parti, me tendi la
mano y yo le di la ma. Por parte de usted, aquello fu pedirme que
olvidase sus agravios, y por la ma consentir. Acaso no era eso todo lo
que usted deseaba, pero yo no poda conceder ms. Despus ha adquirido
usted grandes derechos  nuestra gratitud y mi hermano asegura que yo
sola puedo recompensar como conviene la afectuosa adhesin que usted le
ha demostrado. Yo no soy de las que se muestran ingratas y penetrada de
agradecimiento hacia usted, estoy dispuesta  darle la prueba que me
pida.

Los ojos de Tragomer se turbaron, temblaron sus labios, quiso hablar y
no pudo. Alarg tmidamente la mano y permananeci inmvil y mudo, con
el pecho agitado por una emocin indescriptible. Mara le ofreci su
mano delicada y dijo dulcemente:

--Quiere usted que le d ahora la mano que usted me peda antes de su
viaje?

Tragomer la cogi, la estrech con efusin y llevndosela  los labios,
se inclin como delante de un dolo y contest:

--S, para siempre!

--Es de usted. Pero recuerde que no se unir  la suya sino cuando el
nombre de la que se la concede est lavado de toda mancha. Ser su
mujer, Cristin, cuando pueda usted casarse conmigo con la aprobacin de
todo el mundo.

--Est usted tranquila, Mara, y usted tambin, seora; ese momento no
se har esperar.

Todos eran felices y Marenval saltaba de gozo, atribuyndose toda
aquella alegra. El tiempo pasaba rpido y ya declinaba la tarde cuando
la madre y la hija se decidieron  dejar  Jacobo. Al bajar del yate se
cruzaron con un hombre de cara distinguida y que por su aspecto pareca
francs. El desconocido se detuvo para dejarlas pasar, salud y se entr
por el tabln al navo. Sin duda lo esperaban all, porque Marenval, que
se estaba paseando por el puente, le sali al encuentro y dndole un
vigoroso apretn de manos, le dijo:

--Por aqu, mi querido magistrado.

--Silencio! dijo el visitante sonriendo; nada de nombres ni de cargos,
amigo, si  usted le parece.

Y siguiendo  su gua, baj  la cmara. Era Pedro de Vesn, que sin
duda no iba por primera vez al _Magic_, pues conoca perfectamente el
camino. En un saloncillo de fumar situado en la popa, cerca del comedor,
encontr  Tragomer y  Jacobo, les estrech la mano y dijo sentndose:

--Acabo de encontrar  su madre de usted y  su hermana. Parecan
encantadas, las pobres seoras! Ya era tiempo de que se aclarase su
horizonte... Pero los negocios estn en buen camino y traigo  ustedes
noticias que les satisfarn. El comisario especial encargado de vigilar
 Jenny Hawkins ha llegado y se ha puesto en relacin con M. Melville,
el jefe de la polica inglesa, un hombre de primer orden que va  tomar
por su cuenta la direccin de las operaciones. La demanda de proceso
contra Jenny no est muy adelantada... Si consideramos  la cantante
como americana es sumamente difcil detenerla en Inglaterra por un
crimen cometido en Francia y por el cual se ha dado ya sentencia. Si le
devolvemos su verdadero nombre de Lea Peralli, se convierte en italiana
y esto es otra complicacin. Si estuviera en Francia todo sera fcil;
un mandamiento de arresto y asunto terminado. Pero en este diablo de
Inglaterra estas cosas son mas incmodas... No hay pas donde la
libertad tenga ms garantas... La cosa llega hasta la licencia...
Esta es la tierra de promisin para los malvados.

--Qu va entonces  hacer ese comisario? pregunt Tragomer.

--Vigilar estrechamente  la cantante y  Sorege y estar pronto 
intervenir, si llega el caso. De todos modos nos informar
minuciosamente de lo que hagan vuestros adversarios. Yo estoy en
vacaciones y no intervengo en este asunto ms que como particular; un
amigo vuestro y nada ms. He dejado en Pars mi ttulo y mis funciones.
El ministro de la Justicia,  quien fui  visitar con el fiscal del
Tribunal supremo, se interesa prodigiosamente en este asunto. Es un
ardiente liberal  quien gustara que en su tiempo ocurriese la
reparacin de una gran injusticia. Nos han fastidiado mucho, desde hace
algn tiempo, con las revisiones aventuradas y estamos encantados de
intentar una ventajosa. As ver el mundo entero que nos anima el puro
amor de la verdad y de la justicia. Esto es lo que ha dicho el jefe, 
inmediatamente se ha puesto de acuerdo con la polica para que todo se
haga rpida y silenciosamente.

--Y qu ha dicho el ministro de nuestra expedicin  Numea? pregunt
Marenval frotndose las manos.

--Eso, querido amigo, es lo que se llama un caso reservado y no se ha
hablado de l. El informe sobre la evasin ha llegado  Pars, pero es
imposible deducir cargo alguno contra ustedes. Las precauciones tomadas
por Tragomer para disfrazar su identidad han engaado  la
administracin. Segn el gobernador fu un barco ingls el que di el
golpe y se fu despus  la Australia  todo vapor. Si ustedes no se
jactan de su hazaa, estn  cubierto de toda responsabilidad. Una vez
que tengamos en nuestras manos las pruebas de la inocencia del seor de
Freneuse, bastar que se constituya preso para que las cosas sigan su
curso regular. Pero ah est el punto capital; esas pruebas es preciso
que sean materiales y todo depende de que podamos producirlas. Si no
pueden ustedes obtener la confesin del verdadero culpable, la situacin
del seor Freneuse ser muy grave y tendr que tomar el camino de la
Amrica del Sur para vivir libre de persecuciones. La verdad es que
nunca he visto asunto tan difcil ni tan peligroso. Todo es en l
irregular y las leyes resultan lamentablemente pisoteadas. Confieso, sin
embargo, que era imposible salir de otro modo.

--Desde que est usted en Londres, ha visto  Sorege? pregunt
Tragomer.

--Com ayer con l en casa de Harvey. Se habl de usted y con magnfica
impudencia, le estuvo elogiando.

--Paciencia; no me elogiar siempre. Esta es una cuenta pendiente entre
los dos, que yo me reservo. Quiero decirle de una vez para siempre lo
que pienso de su carcter y de sus perfidias. Si no resulta tan
comprometido en compaa de Jenny Hawkins, que tengamos que dejarle
arreglrselas con el comisario.

Pedro de Vesn movi la cabeza.

--Ah! el mozo es muy fuerte para que pueda usted reducirle tan
fcilmente. Est metido en una partida de tal ndole, que se defender
con furor. Piense usted que se trata para l de ser  de no ser, como
dice muy bien sir Enrique Irving. Si triunfa, tiene los millones de
Julio Harvey, sin contar el gusto de haberse burlado de nosotros. Si
fracasa... Ah! amigos mos, entonces ser peligroso. El tigre
acorralado, seguro de su prdida, querr hacer algunas vctimas...
Cuidado con l en ese momento!

--Yo he matado tigres, dijo tranquilamente Tragomer, y la cosa no es tan
terrible... Usted no hace justicia  Sorege; es infinitamente ms
terrible.

Jacobo haba asistido  todo este dilogo sin pronunciar ni una palabra
y como absorto en sus reflexiones. Se hubiera podido creer que no oa.
Pareci, sin embargo, escuchar con inters las ltimas palabras de
Cristin, pues dijo, poniendo suavemente la mano en el brazo de su
amigo:

--Nadie tiene derecho de disponer de Sorege sin mi consentimiento. No
pertenece  nadie ms que  mi y no pienso abandonarlo ni aun  la
justicia. Tendr la piedad suprema, que l no tuvo conmigo, de
sustraerlo  la vergenza. Si su infamia ha sido tal como la sospecha
Tragomer, me reservo el derecho de juzgarle y de castigarle.

Tragomer baj la cabeza.

--Es justo, dijo, y nada tengo que contestar.

--En cuanto  Lea Peralli, continu Jacobo, no esperaris mucho tiempo
sin saber  qu ateneros. Maana mismo tendremos una solucin.

Vesn y Marenval se levantaron.

--Viene usted  comer conmigo? dijo el magistrado  su pariente.

--S, voy  vestirme y me voy con usted. Dejaremos  estos jvenes
hacerse sus confidencias.

-- dnde van ustedes? pregunt Tragomer.

--Al _Savoy_. Es donde se come mejor.

--Y ms caro.

--No comern ustedes mejor que  bordo.

--Es posible, dijo el fiscal riendo; pero no olvide usted que,
moralmente, los jueces no deben comer en la misma mesa que los
procesados.

--Hasta maana, pues.

--Hasta maana en casa de Julio Harvey.




X


Julio Harvey habitaba un hermoso hotel en _Grosvenor-Square_. Tena casa
puesta en Londres como en Pars y todos los aos su hija le llevaba dos
meses  Inglaterra. Uno  dos de los hijos de Harvey se decidan con
frecuencia  ir  ver  su padre  Londres, pues en Inglaterra se
encontraban ms en su centro que en Francia, cuyas costumbres, ideas y
gustos les resultaban insufribles. Aquellos robustos jvenes se ahogaban
en los estrechos lmites de las conveniencias sociales y muy  menudo
sentan deseos de quitarse el frac en plena reunin y de meterse la
corbata blanca en el bolsillo. La vida al aire libre de los ingleses les
ofreca un atractivo que compensaba las tristezas de los salones.

Al salir de una comida  de una representacin se embarcaban en el
Tmesis  recorran cincuenta leguas en ferrocarril para ir  cazar
zorros y volvan frescos y contentos cuando haban roto algunos remos 
reventado algn caballo. Su padre les envidiaba, pero l estaba
severamente sujeto por miss Harvey, que no lo dejaba hacer todo lo que
quera.

La sociedad americana de Londres, tan favorablemente acogida por la
_gentry_ como la de Pars por el gran mundo, rivaliza en lujo con las
familias ms aristocrticas de Inglaterra y tira el dinero por la
ventana con ms fastuoso abandono todava que en Pars. No parece sino
que esos advenedizos de la fortuna, que apenas cuentan un siglo de vida
nacional, quieren asombrar al viejo mundo con la exhibicin de su
extraordinaria vitalidad. Los ingleses, aun envidiando esa expansin de
fuerzas y esa potencia un poco insolente, no pueden evitar cierta
predileccin hacia aquellos hijos ingratos que se emanciparon de su
madre. No olvidan que corre por sus venas la misma sangre y como abuelos
indulgentes se sonren ante las travesuras americanas, hasta el da en
que comprendan, con su sentido prctico, que tienen inters en
fomentarlas. Entonces la alianza anglo-sajona ser un hecho en ambos
mundos, y el guila norte americana y el len ingls harn sus rapias
de concierto.

Por el momento sus relaciones se limitan  veladas y comidas entre
millonarios, preludios de bodas que cruzan la sangre de los nobles de la
conquista con la de los ganaderos de puercos y explotadores de minas. La
estadstica de los matrimonios por los cuales las _misses_ de Chicago,
de Nueva-York  de Filadelfia han entrado en las ms ilustres casas
inglesas, es muy curiosa. Se ve en ella que la Inglaterra ha recogido
ms de cien millones de dollars en forma de dotes. Y los peridicos del
nuevo mundo, en competencia con las agencias matrimoniales, facilitan
las transacciones publicando la lista de las jvenes disponibles en los
Estados Unidos, con la cifra de sus capitales.

Cuando la industria conyugal se exhibe de ese modo, se facilita
singularmente el cambio de buenas relaciones entre los pases
productores de maridos y las regiones cultivadoras de mujeres.

La familia Harvey tena, pues, un pie en Francia y el otro en
Inglaterra, pero Francia triunfaba, puesto que el conde de Sorege haba
sido admitido como futuro esposo. Sin embargo, desde que Tragomer lleg
 bordo del _Magic_ y se present en casa del ganadero, pareca que el
prestigio de Sorege haba disminudo. Los dos hermanos ms jvenes,
Felipe y Edward, estaban en aquel momento en Londres, y su entusiasmo
por la fuerte complexin de Cristin fu muy significativa. El _cow-boy_
Felipe declar sin ambages  su hermana que hubiera debido escoger al
noble bretn.

--Ese, deca, es de los nuestros. Monta  caballo como el viejo Pew, que
nos ha educado; es incansable andando; maneja la carabina y el cuchillo;
ha pescado en los grandes lagos... Por qu, con tu dinero, no has
encontrado un muchacho vigoroso como el conde Cristin, en lugar de
buscarte ese bicho de Sorege? Puesto que Julio Harvey y C. pagan el
dote que tu quieres, debas haber escogido lo mejor.

--Pero, Felipe, haba respondido miss Maud, lo mejor en las praderas no
es lo mejor en los salones. Estando yo decidida  vivir en Europa, es
acaso preferible que sea la mujer de un hombre tranquilo que de un
torbellino, como t y los dems hermanos.

--Como es para ti, es justo que sigas tu capricho, aadi Edward; pero
si piensas en tu descendencia, tienes ms inters en casarte con un
hombre robusto que con un alfeique. En fin, all t.

--Adems, dijo la joven, nada prueba que el seor de Tragomer me hubiera
querido; y, segn l mismo me ha dicho, su corazn no est libre.

--_All right_! Entonces, no hay ms que hablar.

La preferencia de sus hermanos por el sencillo, altivo y rudo Cristin,
influy seguramente en miss Maud, pues desde que, una semana antes,
lleg el _Magic_, fu  visitarle dos veces  invit  Cristin y
Marenval  comer en casa de su padre. Adems, casi todas las maanas
encontraba  los dos franceses en _Hyde-Parck_, donde se paseaba 
caballo con sus hermanos y al paso, lo que pona  aquellos dos
centauros en un estado de abatimiento lamentable. Pero se indemnizaban
despus con una buena partida de _cricket_, en la que Tragomer manejaba
el mazo con un vigor que haba contribudo no poco  conquistarle el
favor de los hermanos de Maud.

El da anterior al en que las seoras de Freneuse estuvieron en el yate,
Marenval y Tragomer estaban dando su paseo ordinario, cuando en la
orilla de la Serpentina encontraron  miss Maud que iba  pie, seguida
de un lacayo y de su coche.

--Dnde estn sus hermanos de usted, miss Maud? pregunt Cristin.

--En el crculo de los Arqueros, donde segn parece hay una apuesta de
las ms interesantes. Paseemos juntos.

--Con mucho gusto.

Se colocaron  uno y otro lado de la joven y tomaron su paso. Despus de
un momento de silencio, Cristin dijo con voz discreta:

--Se acuerda usted, miss Maud, de una conversacin que tuvimos hace
seis meses, el da en que tuve el honor de ser presentado?

--S, perfectamente, y he pensado despus en ella con un particular
inters. Se trataba de su antiguo amigo Jacobo de Freneuse y lo que
usted me cont me impresion vivamente. Estaba usted tan seguro de la
inocencia de ese desgraciado, que muchas veces me he preguntado qu se
podra hacer en su favor.

--Bien claramente lo dijo usted aquella noche, continu Cristin
sonriendo. Y hasta me maltrat usted un poco porque no intentaba nada en
favor de mi amigo. Yo, exclam usted, si un hermano mo hubiera sido
condenado injustamente, no me detendra ante nada para libertarle. El
mismo Sorege brome agradablemente sobre esto, sin lograr que usted se
calmara, tan enfadada estaba usted conmigo. Por fortuna se calm despus
y nuestra amistad no ha sufrido por aquella primera impresin.

Miss Harvey mir fijamente  Cristin.

--Por qu vuelve usted sobro ese asunto, puesto que no le fu
favorable? Conozco  usted ya lo bastante para creer que lo hace por
algo. Hay alguna novedad sobre Freneuse? Acaso ha adquirido usted la
prueba de su inocencia?

Tragomer sigui andando, con la cabeza inclinada y sin mirar  la joven.

--Se puede hablar con usted en confianza? miss Harvey. Las mujeres de
su pas saben ser discretas cuando se les pide que lo sean? Eso les
dara una gran superioridad sobre las mujeres de Europa, que son
incapaces de resistir al deseo de hablar y dejaran cortar la cabeza 
su mejor amigo con tal de soltar lo que tienen en la punta de la lengua.

--Las mujeres de Amrica, en ese punto, somos hombres, dijo miss Harvey.
Puede usted confiarles un secreto, seguro de que se dejarn matar antes
que revelarlo. Somos an medio salvajes y tenemos los defectos y las
virtudes de tales.

--Pues bien, entonces tendr confianza en usted y le contar la mitad de
mis proyectos... Veo en la cara de Marenval que me quisiera ver ms
reservado, pero, que diablo! yo me arriesgo...

--Arrisguese usted, querido amigo, dijo Marenval, pero empiece por
advertir  miss Harvey las consecuencias que puede tener nuestra empresa
para cierta persona que le toca muy de cerca...

Maud se detuvo bruscamente y palideci.

--Se refiere usted al seor de Sorege?

Tragomer movi la cabeza.

--Marenval ha hecho bien de plantear en seguida la cuestin como debe
ser planteada. Ya ve usted, miss Harvey, como  la primera palabra se ha
turbado, y qu peligroso es poner en conflicto su sinceridad con su
inters.

Las mejillas de la joven americana se tieron de rojo. Ech  andar y
dijo en tono decidido:

--Luego es cierto que Sorege est metido en el asunto en cuestin? Pues
no crean ustedes que mi carcter me consiente ilusionarme en lo que le
concierne. Qu mujer sera yo si pudiendo saber la verdad respecto del
hombre cuyo nombre debo llevar, rehusase el conocerla? Si ha cometido
una mala accin, la habra cometido menos porque yo me case con l?
Taparme los ojos para no ver sera imitar al avestruz, que esconde la
cabeza creyendo evitar el peligro. El seor de Sorege no tiene fortuna,
no es un genio, no posee una instruccin excepcional; no tiene ms que
su nombre. Si ese nombre no est sin mancha, no le quiero por nada del
mundo.

El golpe fu seco y duro como un latigazo. No se poda dudar de la buena
fe de la joven, en cuyos ojos brillaba la franqueza.

--Pues bien, va usted  oir la verdad puesto que quiere saberla. En
lugar de irnos  pasear por las costas de Egipto y de Siria, Marenval y
yo hemos atravesado el istmo de Suez y por el mar de las Indias y
Batavia llegado  la Nueva Caledonia. Con nombre y documentos falsos he
bajado  tierra, he visto  Jacobo de Freneuse y el da siguiente,
Marenval y yo, despus de una espantosa escaramuza, le hemos arrebatado
 viva fuerza.

--Es posible? exclam miss Harvey entusiasmada. Marenval y usted! Dos
franceses, dos hombres del gran mundo, han hecho eso! Oh! Si Felipe y
Edward lo supieran, perderan la cabeza...

--Silencio! Precisamente es necesario que no lo sepan, interrumpi muy
bajo Tragomer.

--Entonces, han trado ustedes  ese pobre muchacho?

--Est  bordo de nuestro barco.

--En el Tmesis?

--Delante de los Docks. Su madre y su hermana van  verle maana mismo;
para ello han llegado ocultamente  Londres, pues su presencia aqu
dara mucho que pensar y slo obrando misteriosamente podemos lograr
nuestra empresa.

--Las buenas seoras! Qu felices van  ser! Ah! Quisiera presenciar
su alegra... Pero, dganme ustedes, porque esta aventura me apasiona,
han navegado ustedes millares de leguas por amistad al seor de
Freneuse? Ustedes, dos parisienses, han abandonado su Pars, sus
placeres, sus costumbres, y viajado tanto tiempo, arriesgando sus
vidas!...

--Marenval la arriesg en efecto, dijo Cristin, pues por poco recibe
una bala de revlver... Y si le hubiera usted visto en aquel
momento... Estaba soberbio!

Miss Harvey ofreci la mano con entusiasmo  Marenval y con una
vibracin en la voz que conmovi  Cipriano hasta el fondo del corazn,
aadi:

--No pens que usted se convertira en un hroe; pero los franceses son
capaces de todo... Y usted, qu haca en ese momento, seor de
Tragomer?

--Tragomer, dijo Marenval, estaba en el agua con Jacobo, sostenindole,
animndole bajo una lluvia de balas y en un sitio en que pululan los
tiburones... S, miss Harvey, el episodio fu vivo... Tuvimos que
echar  pique la lancha de la Administracin para escapar  sus ataques;
pero no hemos tirado ni un tiro, aun en defensa propia, pues no
queramos tirar contra franceses. Oh! De buena nos escapamos! Aseguro
 usted que por la noche, cuando corramos  toda velocidad, comimos con
buen apetito...

--Su amigo estaba con ustedes, salvado por ustedes. Qu alegra! Y qu
agradecimiento el suyo!

--Estaba como loco, pero recobr despus su lucidez. Nos hemos
comunicado nuestros descubrimientos y lo que l saba y ha resultado
clara la prueba de su inocencia.

Miss Harvey reflexion un instante y dijo despus con gravedad:

--Y esa inocencia era conocida de Sorege, segn ustedes!

--No cabe duda.

--Podrn ustedes probarlo?

--Resultar claramente de la prueba que vamos  intentar y para la cual
necesitamos el concurso de usted. Vea, pues, de lo que se trata. Pasado
maana comemos en casa de su padre de usted con algunos de sus amigos.
Manifieste usted desde hoy el deseo de tener en su casa esa noche  la
cantante Jenny Hawkins, de _Covent Garden_. Sorege la conoce y si usted
sabe pedirlo, servir de intermediario para llevar  la artista.

--As se har. Y despus?

--Nada ms. El resto queda de nuestra cuenta. Es indispensable que sea
usted prudente y no diga ni una palabra  Sorege. Tiene usted amigos en
su casa  quienes obsequiar, ha odo en el teatro  Jenny Hawkins y
tiene el capricho de hacerla venir... Si l hace objeciones, insista
usted, pero no nos descubra.

--Est usted tranquilo.

--Yo pedir  usted solamente una invitacin para un joven ingls amigo
mo, que ir por la noche  su casa de usted  tomar una taza de te.

--Cmo se llama?

--Para todo el mundo se llamar sir Herbert Carlton; para usted, Jacobo
de Freneuse.

--Dios mo! Qu intentan ustedes? pregunt miss Maud con inquietud.

--Ya lo ver usted. Puesto que este asunto le apasiona, va usted 
asistir  una de sus peripecias ms importantes. Usted me incit 
arriesgarlo todo para salvar  mi amigo; ahora es preciso que me ayude 
llegar hasta el fin, suceda lo que quiera.

--Les ayudar lealmente, seor de Tragomer, y si hay quien tiene algo
que ocultar, peor para l. Lo primero es defender  las personas
honradas.

--Cuando Jacobo de Freneuse se presente, dijo Cristin, mire usted bien
 Jenny Hawkins y  Sorege. Por muy dueos que sean de s mismos, nos
entregarn su secreto por el extravo de sus ojos y la palidez de sus
semblantes. Usted conoce _Macbeth_ y sabe cul es el espanto del asesino
coronado cuando ve levantarse en medio del festn la sombra de su
vctima. Examine usted  su prometido y  la cantante y ver
reproducirse la tragedia. Pero tenemos que habrnoslas con personas
temibles. En una situacin parecida la Hawkins se domin admirablemente
y acaso ahora intente burlarnos. Con ningn pretexto le permita usted
comunicar con Sorege ni salir del saln. Desde el momento en que Jacobo
de Freneuse est en presencia de sus adversarios, slo l debe
combatirlos, sin ayuda,  su placer. Usted no har ms que impedir que
se le escapen...

--Doy  usted mi palabra de que as ser.

--Ahora, separmonos y hasta maana.

Miss Harvey subi en el coche y los dos franceses continuaron su paseo
como si no tuvieran motivo alguno de preocupacin, admirando los lujosos
trenes que empezaban ya  circular por las verdes praderas del parque.

El hotel Harvey es un hermoso edificio estilo Luis XVI, edificado por el
duque de Sommerset y que el americano pag  buen precio. El decorado
interior es lujoso y miss Maud ha tenido el buen gusto de conservar el
aspecto antiguo de los salones, de entrepaos contorneados con bonitas
aguadas  dos colores. El admirable comedor, adornado con una gran
chimenea de piedra, en cuyo retablo se ostenta un fresco de
Gainsborough, puede contener cuarenta convidados. Aquella noche, las
seoras acababan de levantarse y una quincena de caballeros, entre los
cuales estaban Cristin y Marenval, estaban haciendo los honores, segn
la costumbre,  unas cuantas botellas de exquisitos licores.

Los hijos de la casa se indemnizaban del malestar que les produca el
frac absorbiendo algunos vasos _wysky_. Nuestros dos franceses no haban
apenas probado los vinos desde el principio de la comida. Julio Harvey,
que era muy sobrio  causa de la gota, resultaba un triste anfitrin.
Sorege tena entablada una conversacin, que pareca interesarle mucho,
con Geo Seligman, el gran introductor de acciones de minas de oro en el
mercado europeo. Eran las diez y ya la atmsfera empezaba  ponerse
cargada cuando Harvey dijo  sus convidados:

--Si tienen ustedes gana de fumar, vmonos de aqu, porque de seguro mi
hija va  venir pronto  rogarnos que pasemos al saln.

--Tragomer y yo vamos  reunirnos con ella ahora mismo, si usted lo
permite, dijo Marenval.

Sorege levant la cabeza pero no sigui  sus compatriotas. Su plan de
conducta deba estar bien adaptado y no era l hombre de variarlo. Hasta
que llegase Jenny no haba nada que temer y poda tomar respiro y
reservar sus medios de accin para cuando le hiciera falta emplearlos.
Marenval y Cristin atravesaron un invernadero lleno de las ms hermosas
plantas tropicales y refrescado por una fuente de mrmol de la que
corra un agua cristalina, y entraron en el saln, donde la seoras en
traje de baile, ofrecan un hermoso cuadro agrupadas en torno de miss
Maud.

Algunas jvenes americanas de frescas carnes, barbilla un poco gruesa,
cabello rubio, anchos hombros y largos talles, conversaban en un ingls
silbado y gutural. Su conversacin se refera  la cantante cuya
presencia estaba anunciada y que ofreca  los invitados de Harvey un
atractivo poco ordinario. Algunas la haban odo en Amrica, otras la
haban aplaudido recientemente en _Covent-Garden_, y todas la conocan,
pero ninguna la haba visto de cerca y su reputacin de artista as como
su belleza de mujer hacan que su presentacin fuese un verdadero
acontecimiento.

Marenval y Tragomer fueron acogidos favorablemente. Aquellos franceses
viajeros, ricos y amables, eran simpticos en la sociedad americana de
Julio Harvey que hasta se senta dispuesta  perdonarles la inferioridad
de no ser de raza anglosajona, lo que no era floja prueba de
benevolencia. Miss Gower estaba contando una visita que haba hecho la
semana anterior  la Patti en su castillo de Craig-y-Nos, y tena
suspensa la atencin del auditorio.

--Figrense ustedes que hay all un teatro en el que se pueden
representar peras enteras. Hace poco tiempo se puso en escena un baile
en que la gran cantante hizo en mmica el principal papel...

--Para eso es excusado tener la ms hermosa voz del mundo.

--No se puede imaginar el lujo de aquella casa. Los invitados tienen 
su disposicin caballos de montar y coches. Los que quieren pescar,
tienen un ro y un lago; los que prefieren la caza pueden cazar en los
bosques  en la llanura... Aquel es un boato real!

--En nuestro siglo los artistas son los reyes del universo.  esos no se
les destrona, ni se les arroja  tiros, ni se les insulta en los
peridicos. En cambio no hay gracias que no se les prodiguen, ni
homenajes que no se les rindan, ni elogios que no se les tributen. Sus
listas civiles no son discutidas. Cuando envejecen, se les honra y
cuando mueren se les hacen funerales solemnes. Y qu dan ellos en
cambio de todo eso?

Una voz irnica respondi:

--Casi nada: su genio!

Todas las miradas se dirigieron al que acababa de hablar. Era Pedro de
Vesn, que entraba. El fiscal se aproxim sonriente  miss Maud y le
bes la mano. Salud al gracioso grupo de mujeres y apoyndose en la
chimenea, dijo:

--El cuadro que se acaba de trazar es halageo, pero tiene un reverso
que es preciso mostrar. En la carrera artstica, como en las dems,
entra por mucho la suerte. Unos acaban en la opulencia y en la gloria y
otros desaparecen oscuros y miserables como un astro que despus de
haber brillado largo tiempo, se oscurece y se apaga. Vosotros habis
tenido un Garrick que dej millones y est enterrado en Westminster.
Nosotros tuvimos un Federico Lemaitre que muri lleno de deudas y que
reposa bajo una humilde piedra pagada por sus ltimos admiradores. No
envidiis la suerte de los artistas; sufren hasta en sus triunfos. El
brillo de algunos est sobradamente compensado con las tristezas de
otros muchos. En resumen, dan ms de lo que reciben y si ponis en una
balanza de equidad de una parte el talento del artista y de otra los
bravos y el dinero de los espectadores, pesar ms, ciertamente, el
talento.

--Tiene usted mucha razn, dijo miss Harvey. En Amrica desenganchan los
caballos de Sarah Bernardt para tirar de su coche...

La conversacin fu interrumpida por la entrada de los fumadores, que
venan conducidos por el dueo de la casa. En la entrada del saln
apareci un personaje que llevaba debajo del brazo unos cuadernos de
msica. Harvey se inclin al odo de su hija:

--Es el pianista que acompaa  la cantante. Nuestra estrella no tardar
en aparecer.

Misa Maud se aproxim al msico y le condujo al piano, que ocupaba todo
un ngulo del saln. En estos momentos llegaron otros invitados y unas
cincuenta personas se agruparon segn sus simpatas. Estaba all lo ms
florido de la colonia americana y, ciertamente, los millones de todos
los que aquella noche se reunieron en casa de Julio Harvey hubieran
bastado para pagar la deuda de un estado europeo. Estaban all los reyes
de los ferrocarriles, los prncipes de las minas de plata y los altos
seores de la cra del carnero, del caballo y del cerdo, sin contar los
soberanos del petrleo y de la construccin de vagones. Todo un Gotha de
la gran industria, del alto comercio y del agro en grande escala.

Marenval, Vesn y Tragomer se colocaron en un rincn, cerca del hueco de
una ventana, entre la puerta y el piano, donde no poda escaprseles
nada de lo que iba  pasar en el saln. Sorege estaba al lado de la
bella duquesa de Blenheim y hablaba con imperturbable serenidad. En este
momento se abri una puerta y un lacayo, dominando apenas el rumor de
las conversaciones, pronunci estas tres palabras.

--Miss Jenny Hawkins.

En la puerta apareci la cantante, alta, esbelta, orgullosa, un poco
plida, pero con la sonrisa en los labios. Estaba vestida con un traje
de damasco blanco adornado de encajes de oro. Un solo collar de perlas
rodeaba su cuello y una peineta de brillantes chispeaba en su cabellera
castaa. Con expresin imperiosa y casi amenazadora pase una mirada por
el auditorio como si buscase  los que deban atacarla y al que haba
prometido defenderla, y sus ojos pasaron sin detenerse por Marenval,
Tragomer y Vesn, para detenerse interrogadores en Sorege. Este, siempre
sonriendo, se levant, atraves el saln con admirable aplomo y fu 
ofrecer el brazo  la cantante.

Los dos de pie, en medio de la concurrencia, parecan desafiar la
suerte. La altiva frente de Jenny no se baj y la cantante entr con
paso firme en aquel saln, donde saba que se iba  decidir su porvenir.
Miss Maud y Harvey salieron  su encuentro y le dieron las gracias por
su amabilidad en haberse prestado  complacerles. Y los tres franceses,
desde el rincn en que estaban reunidos, no pudieron menos de admirar el
valor, la sangre fra y el orgullo con que aquella mujer desempeaba su
papel. Apenas un movimiento un poco rpido del pecho y un ligero temblor
de sus hermosos ojos indicaban la angustia que la torturaba. Estaba en
apariencia tan tranquila como la ms indiferente de las invitadas de
Harvey.

Tragomer eligi aquel momento para levantarse y saludar  la cantante.
Jenny le vi aproximarse y un escalofro recorri sus carnes satinadas,
pero no volvi siquiera la cabeza. Solamente al oirle dirigirle la
palabra en ingls, hizo un movimiento de sorpresa tan perfectamente
ejecutado, que Cristin se qued lleno de admiracin.

--Ah! El seor de Tragomer, creo? dijo.

Le ofreci la mano, que l estrech, y con una soberbia tranquilidad y
voz tranquila y pura, prosigui:

--Hemos corrido bien los dos desde la noche en que nos conocimos...

--Usted ha obtenido nuevos triunfos, dijo Tragomer.

--Y usted hecho nuevas exploraciones. Ha sido usted dichoso en sus
descubrimientos?

Aquella frase de doble sentido fu dicha con tan fina irona, que
Cristin tembl. Qu garantas de seguridad tendra aquella mujer para
burlarse as de l y en aquellas circunstancias? Pero pens que acaso
intentaba intimidarle, y respondi:

--Pienso hacer  usted juez de esos descubrimientos, si es que le
interesan.

-- no dudar.

Hizo un saludo con la cabeza al joven y se dirigi al piano, acompaada
por miss Harvey. Sorege fu  sentarse al lado de la chimenea y con los
ojos cerrados pareci absorberse en una atencin religiosa, pero no
perda de vista  la cantante. Se produjo un profundo silencio, el
pianista preludi y Jenny Hawkins, como para acentuar el desafo lanzado
 Tragomer, cant el _Ave Mara_ de Otello, que el joven haba odo en
San Francisco, en aquella velada memorable. La cantante detall
deliciosamente las angustias y las splicas de Desdmona. Su pura y
hermosa voz pareca haber ganado en flexibilidad y en extensin. Un
murmullo de placer parti de la concurrencia y los invitados de Harvey,
sin miedo de cometer una falta de distincin, aplaudieron con
entusiasmo. Hasta los mismos _cow boys_, dominados por el encanto de la
inspiracin y estupefactos ante las sensaciones que experimentaban,
desistieron de marcharse al saln de fumar, como haban proyectado.

El piano reson de nuevo, y radiante con su traje blanco, de pie en
medio del auditorio, al que dominaba por su belleza tanto como por su
talento, Jenny Hawkins pase una mirada de dominacin por los
concurrentes. Ahora cantaba las dolorosas quejas de la _Traviata_,
cuando la pobre mujer siente que la muerte le roza con su ala. Los
adioses  la vida,  la dicha y al amor se escapaban de sus labios en
frases desgarradoras y melodiosas. De pronto y en el momento en que
Jenny pronunciaba las ltimas palabras y emita con punzante sentimiento
las notas de la cadencia final, sus ojos se quedaron fijos, su cara se
cubri de mortal palidez, su brazo se levant y traz en el vaco un
ademn de terror, la voz expir en sus labios, y apoyada en el piano
para no caer, la cantante permaneci inmvil, aterradora en su actitud
de trgico espanto.

Un hombre acababa de aparecer entre las cortinas de seda del saln. Y
triste, plido, demacrado espectro formidable y doloroso, la cantante
reconoci  Jacobo de Freneuse. Los concurrentes, penetrados por aquel
espectculo y por la actitud de la artista, que atribuan  la
inspiracin, cuando no era sino terror, prorrumpieron en un transporte
de admiracin. Pero ya miss Harvey se haba aproximado  Jenny Hawkins y
cogindole la mano preguntaba:

--Qu tiene usted, seora, est usted enferma?

--Nada! balbuce la cantante... Nada!

Y con su mirada aterrada indicaba  la joven aquel personaje de pie,
inmvil y sombro entre las cortinas de seda. El recin llegado sonrea
ya, seguro de su poder, y no miraba  Jenny Hawkins. Sus ojos se haban
fijado en otra cara cuyas deformaciones segua con gozo cruel. Sorege,
tambin de pie, se preguntaba si haba perdido la razn  si un milagro
haba hecho salir de la tumba al que l haba metido en ella vivo. l
tambin haba seguido la mirada de Jenny y visto al formidable
visitante.

Se pas una mano por la frente y di un paso hacia atrs, como para
huir, pero de repente vi  Tragomer y  Marenval que le observaban y
tuvo la fuerza de pensar: "Me pierdo. Un poco de resolucin y salgo de
este mal paso. Qu pueden ellos contra m? Yo, en cambio, lo puedo todo
contra l"... Al mismo tiempo el recin venido salud con la cabeza 
Tragomer, que sali  su encuentro, y los dos atravesaron el saln para
dirigirse hacia el piano, donde estaban miss Maud y Jenny Hawkins.
Hacia cul de las dos se encaminaban con paso tranquilo? Hacia la
duea de la casa para saludarla  hacia la cantante para perderla?

Viendo aquellos dos hombres venir hacia ella, Jenny dej escapar un
sordo gemido. Le pareci que su corazn dejaba de latir y que sus
pupilas iban  apagarse. No vea y sus odos no perciban ms que ruidos
vagos... Confusamente oy la voz de Tragomer, que deca:

--Miss Maud, permtame usted que le presente  mi amigo sir Herbert
Carlston...

Al oir estas palabras Jenny experiment una sensacin de alivio
delicioso y un rayo de esperanza devolvi la claridad  su cerebro. No
habra sido juguete de una ilusin? Por qu aquel hombre, que se
llamaba Herbert Carlston, haba de ser Jacobo de Freneuse? No poda
existir una semejanza extraordinaria y terrible? No se atrevi, sin
embargo,  mirar al recin llegado, al que adivinaba  dos pasos de
ella, y dirigi los ojos hacia Sorege al que vi con terror tan alterado
y tembloroso como ella.

En la angustia de su fisonoma vi que el desastre era inminente.
Tambin l crea que su vctima haba podido escaparse,  pesar de las
precauciones tomadas y de las infamias cometidas? No admita que el
Herbert Carlton pudiese ser otro que Jacobo? Ante aquella idea
experimentaba tal sufrimiento por no saber  qu atenerse, que quiso,
aun  riesgo de perderse, ver  aquel hombre, verle de frente, mirarle
hasta el fondo del corazn para descubrir su pensamiento verdadero...
Levant los ojos y mir.

Al alcance de la mano, ms plido an por aquellas emociones contenidas,
y al lado de Tragomer grave y atento, reconoci  Jacobo. Era l! Era
aquella mirada, que conoca tan bien, aquel movimiento de los labios que
tanto haba amado, aquel perfume acostumbrado, que llegaba hasta ella.
Se estremeci y, segura ya, esper resignada su sentencia. No quiso ya
resistir  la fatalidad. Una fuerza superior se impona  ella y despus
de tanto luchar, de tanto huir, de tanto temer, se repleg sobre s
misma y, pasiva, ofreci la garganta al cuchillo, como la fiera que se
ve cogida sin remedio.

Jacobo habl y ya la duda fu imposible.

--Doy doblemente las gracias al seor de Tragomer, puesto que me ha
hecho el honor de presentarme  usted, miss Harvey, y me ha procurado el
placer de oir  la gran artista miss Hawkins.

--Vive usted en Londres, sir Carlton? pregunt Maud.

--Hace una semana. Soy un pobre provinciano y llego de un pas al que me
haban llevado reveses de fortuna. Me encontraba solo, abandonado 
infeliz, pero unos amigos se acordaron de m y me han sacado de mi
desierto. Juzgue usted, pues, de la alegra que experimento esta noche y
de mi agradecimiento.

Su voz era tan triste, tan dulce, tan tierna, que Jenny se sinti
transida de dolor. Pero su enternecimiento no pudo durar mucho tiempo.
Sorege, con una audacia que no deba retroceder ante nada, iba  meterse
en la pelea y tomaba la ofensiva.

--Ha cantado usted divinamente, miss Hawkins, dijo mirando  sus
adversarios con altivez, y comprendo el placer de este caballero...

Y al decir esto pareca interrogar  su prometida y solicitar una
presentacin. Miss Maud accedi  su deseo.

--Sir Herbert Carlton, un amigo del seor de Tragomer.

--Lo supona, dijo Sorege con una irona soberbia. Pero miss Hawkins no
nos har el obsequio de cantar la segunda estrofa de esa preciosa
meloda?

--Yo se lo ruego  miss Hawkins, aadi Jacobo.

Temblorosa ante aquella rpida sucesin de episodios, la cantante pasaba
del temor  la esperanza y de ste  la desesperacin con una rapidez
capaz de agotar todas las energas. Sin embargo, luchaba todava, y
rgida, con su traje blanco, ninguno de los que la miraban hubiera
podido sospechar la espantosa tempestad que se desencadenaba en el
corazn de aquella desgraciada.

Nuestros personajes formaban en medio del saln un grupo compuesto de
tres hombres y dos mujeres que hablaban con una calma y una correccin
perfectas. Y, sin embargo, todos eran presa del terror  de la clera,
sus corazones destilaban clera y sus bocas contenan difcilmente las
provocaciones y los ultrajes.

--Voy  cantar puesto que lo desean ustedes, dijo Jenny Hawkins.

--Colocarse, seores.

Miss Maud, cumpliendo la promesa hecha  Tragomer, cogi una silla y la
llev al lado del piano,  dos pasos de la cantante. Tragomer, Sorege y
Jacobo, como si estuvieran de acuerdo, se dirigieron  la puerta de la
estufa. Penetraron en ella y Sorege, sin vacilacin, con una osada que
asombr  sus interlocutores, dijo:

--Pero qu significa esta comedia, Jacobo? Cmo t, aqu, con un
nombre falso y aparentando no conocerme? Qu quiere decir esa
desconfianza? Dudabas del placer que tendra en verte? Por qu te has
confiado  Tragomer y no  mi desde tu llegada?

En una frase la situacin se planteaba claramente y sin ambages. Sorege
era audaz, pero Jacobo no poda ya ser engaado, pues le conoca. Por
eso contest tan rotundamente como haba sido interpelado:

--Estoy aqu con nombre falso, Sorege, porque soy un desgraciado que no
puede llevar el suyo verdadero. Desconfo de t porque sospecho que
contribuste  perderme y que ests dispuesto  hacerme traicin.

--Yo! exclam Sorege. Yo! tu amigo de la infancia, que ha llorado tu
desgracia como si fuera suya...

--Y que contina no haciendo nada para repararla, interrumpi
bruscamente Jacobo. Desde cundo sabes que Jenny Hawkins es la misma
mujer que Lea Peralli?

Jacobo le miraba de frente, pero Sorege no pestae.

--Ests loco? Quin? Esa americana? Lea Peralli! Bien sabes que est
muerta. Te engaa una semejanza que  mi tambin me sorprendi. Oh! S
que existe un parecido increble!...

Tragomer le interrumpi ponindole la mano en el brazo, y le dijo con
tristeza vindole perdido:

--No mienta usted, Sorege. Bien sabe usted que me ha dicho que Jenny
Hawkins era Juana Baud... No puede usted salir de este paso sino por la
franqueza. Si ha cometido una falta, explquela sin reticencias, pero no
trate de negar, porque es intil. Cada paso que d ya en esa va, le
perder ms seguramente...

--Me perder! interrumpi Sorege con violencia. Pero que extrao
cambio de papeles! Perderme yo, que no tengo nada de qu arrepentirme?

--Mientras que yo, aadi Jacobo riendo con amargura, he sido condenado
como criminal, verdad? S, Sorege, tienes razn. Si yo soy culpable, t
eres inocente.

--Pero, Jacobo es posible? Sospechas de m! Me acusas! De qu?

--Voy  decrtelo puesto que tienes la audacia de preguntrmelo, puesto
que no has desaparecido al verme para esquivar tus responsabilidades,
puesto que, contra toda verosimilitud, luchas todava. Te acuso de haber
sabido desde el primer momento la existencia de Lea, cuando me juzgaban
por haberla matado. Te acuso de haber ido  declarar bajo la fe del
juramento lo que sabas que era falso, acto que constituye un crimen
para todo hombre honrado, pero que en ti, Sorege, mi amigo, mi hermano,
como decas hace un momento, es la accin ms baja y ms cobarde que se
puede cometer. Aqu tienes de lo que te acuso, puesto que deseabas
saberlo.

Sorege soport aquel terrible apstrofe con absoluta firmeza. En
realidad no le oa ni tena necesidad de oirle. Saba de antemano lo que
le dira Jacobo y slo pensaba en ganar tiempo para reflexionar. Sabe,
pensaba, que Lea vive y que ha sustitudo  Juana Baud. Pero sabe que
la muerta fu Juana? He aqu lo esencial. Si ese punto es todava oscuro
para l, nada hay perdido todava. Lea est viva pero el vivir no es un
crimen. Yo puedo haber sabido su existencia hace poco tiempo. Este es el
plan. Y con rapidez maravillosa pas  ejecutarle.

--Locura! Locura! Ests engaado por falaces apariencias. Si no dije
nada en el momento del proceso, es porque no saba nada. T has
reconocido  Lea en Jenny Hawkins; tambin Tragomer la reconoci; pero
yo estuve engaado ms tiempo que vosotros y solamente al fin de mi
viaje, cuando Tragomer me encontr en San Francisco, logr descubrir la
identidad de la cantante. Pero he sido engaado como vosotros...

Mientras hablaba, Sorege segua reflexionando y con la destreza de un
hbil tejedor entrecruzaba los hilos de su intriga. Es preciso, pensaba,
que yo salga salvo de aqu y que hable con Lea antes que ellos. Si lo
consigo, le har comprender que debe marcharse. Si ella desaparece,
estoy salvado.

--T! repuso Jacobo, T engaado? No, Sorege. Por una razn que
ignoro, tenas inters en no decir nada. Porque no voy tan lejos como
pudiera ir, comprendes? y no veo en t todava ms que un amigo infiel
que me ha abandonado en vez de defenderme. Pero si por tu desgracia
hubieras sido cmplice...

La fisonoma de Jacobo tom una expresin terrible, se levant y
resuelto, amenazador, dominando con toda la altura de su cabeza  Sorege
encorvado y vacilante, aadi.

--Si has sido cmplice, ser preciso que me pagues todas las torturas
que he sufrido por tu causa, las oraciones de mi hermana desesperada,
las lgrimas de mi madre, cuya vida has truncado...

La cara de Sorege, se contrajo, una arruga de amargura apareci en sus
labios y con una rabia que ya no poda contener, dijo:

--Basta ya de amenazas! Demasiada paciencia he tenido ya! Si tu madre
y tu hermana han llorado, ha sido por tus locuras y nadie es responsable
ms que t. Si has sufrido, es porque habas cometido faltas
imperdonables. Cesa ya de eludir las responsabilidades. Acaso el
presidio ha convertido milagrosamente en un santo  un desgraciado
perdido por los vicios? Porque fuiste condenado has adquirido el
derecho de acusar  los dems? No prescindamos por ms tiempo del
sentido comn. Hay aqu un hombre honrado tratado indignamente, pero ese
no eres t, Ya estoy cansado de soportar tus ultrajes! Creme, s
prudente y no abuses de la suerte que has tenido al poder escaparte. El
ruido no conviene  todo el mundo. Ms te vale vivir pacficamente bajo
el nombre ingls de que te sirves, que llamar la atencin de un modo
peligroso. Me has rechazado, Jacobo, cuando estaba dispuesto  servirte.
Estoy libre de todo deber respecto  ti. Adis.

Di tres pasos hacia el saln y ya tocaba con la mano  la puerta cuando
esta se abri por s sola y aparecieron Marenval y Vesn. Al mismo
tiempo que ellos entr en la estufa un soplo de calor perfumado y un
rumor de aplausos. Era que Jenny Hawkins acababa de cantar.

--Cierre usted la puerta, Marenval, dijo framente Tragomer. El seor de
Sorege querra despedirse de nosotros demasiado audazmente, pero nos
cree ms necios de lo que somos.

--Pretenderis obligarme? exclam Sorege.

--Obligar  usted! Qu violento trmino! No, queremos continuar la
conversacin con usted delante del seor de Vesn, fiscal de la
Audiencia de Pars--tranquilcese usted!--en vacaciones, y nuestro
amigo Marenval,  quien usted conoce bien. Cuantos ms testigos haya de
lo que hemos dicho y de lo que vamos  decir, mejor. Al contrario de lo
que usted deca antes, estamos decididos  hacer todo el ruido posible.
Jacobo no se convertir para siempre en Herbert Carlton  fin de imitar
 Jenny Hawkins por medio de esta ingeniosa sustitucin. No, Sorege; no
caeremos ms en sus artimaas. Est usted descubierto y en cuanto Jacobo
hable una hora con Lea Peralli, estar en situacin de confundirle 
usted y de rehabilitarse, puede usted estar seguro.

Sorege hizo un ademn tan amenazador, que Tragomer se puso delante de
Jacobo. Estaban cuatro al rededor de l y toda esperanza de escapar era
ilusoria.

--Miserables! exclam, abusis de la fuerza y del nmero para
secuestrarme...

--Vamos all! amigo, dijo Marenval; usted se burla. Llama usted
secuestro  estar en una estufa deliciosa con personas bien educadas...
Adems, si usted quiere, vamos  llamar  miss Maud Harvey y  rogarla
que le guarde  su lado hasta que miss Hawkins salga de esta casa y
Jacobo con ella. En cuanto los dos se hayan marchado, tendr usted toda
libertad para entrar en los salones y cenar con los invitados de su
suegro. No ponga usted, pues, mala cara y todo se har correctamente.

Sorege pens: "Si puedo estar libre dentro de media hora, an podr
acaso arreglarse todo".

--No tengo nada que temer, dijo. Hagan ustedes lo que les plazca. No
tena intencin de alejarme de aqu, pero me han insultado ustedes, me
han violentado, y cuento con que me concedern una reparacin si los que
son honrados conservan un poco de valor...

Al hablar as miraba desdeosamente  Freneuse y pareca provocar 
Tragomer:

--Cuidado, Sorege! exclam Jacobo. No seas muy exigente esta noche,
porque acaso maana te quede tan poco honor que sea hacerte una limosna
el responder  tu provocacin.

Freneuse cambi una mirada con su enemigo, salud  Vesn y sali de la
estufa. Jenny Hawkins, rodeada de admiradores y con la sonrisa en los
labios estaba en medio del saln. Vi de lejos  Jacobo que vena hacia
ella y se estremeci, pero no hizo un movimiento. Sus brazos cayeron 
lo largo del cuerpo como muertos, y su abanico palpit entre sus dedos
como una mariposa herida. Jacobo se aproximaba con la mirada dura 
imperiosa.

Atraves los grupos y aproximndose  ella logr aislarla entre mis
Harvey y l. Empez por pronunciar algunas frases corrientes de
felicitacin y en seguida, seguro de que nadie le vea ms que ella,
dijo secamente:

--Vas  marcharte  tu casa y  esperarme. Dentro de media hora ir. Da
orden de que me reciban.

Lea baj la cabeza y respondi:

--Obedecer.

--Est bien.

Retrocedi un paso y dijo sonriendo  miss Harvey:

--Nos ha dado usted esta noche una fiesta deliciosa, y miss Hawkins ha
cantado de un modo divino.




XI


Jenny Hawkins acababa de entrar en su departamento de _Tavistock-Street_.
En pie en medio del saln alumbrado por dos lmparas de encima de la
chimenea, cado el abrigo hasta la cintura, despidi  la doncella diciendo
que se desnudara sola, y se puso  acechar en el silencio la llegada del
formidable visitante esperado.

Un ruido en la calle, solitaria  aquellas horas; un paso precipitado en
la escalera y una mano impaciente que golpeaba la puerta. Lea atraves
el pasillo oscuro, y fu  abrir.  la tenue claridad que sala por la
puerta entreabierta, reconoci  Jacobo  pesar de traer el sombrero
echado sobre los ojos y el cuello del gabn levantado hasta la nariz.

Freneuse entr bruscamente, pas por delante de ella, se detuvo en el
saln alumbrado, sin volverse siquiera para ver si ella le segua, se
quit el sombrero y el gabn y apoyndose en la chimenea, mir fijamente
 la que posea el secreto de que dependa su salvacin. Lea, aterrada
pero ms hermosa todava por su mismo espanto con su traje blanco y sus
hombros esplndidos, esperaba con la cabeza baja que l empezase 
hablar. Jacobo dijo con acento de terrible irona:

--Los muertos pueden volver  la tierra, Lea, puesto que ests viva
delante de mi, que fu condenado por matarte. Te creas desembarazada
del infeliz Jacobo, verdad? Y dormas tranquila creyndome en una tumba
ms segura que la tuya. Yo tambin he salido, sin embargo, y vengo 
pedirte cuenta de todo lo que he sufrido.

Lea movi la cabeza y dijo sordamente:

--Has sido t solo el que ha sufrido? La responsabilidad de lo
ocurrido es de los dems  de ti mismo? Es posible que hayas olvidado
lo que hiciste? Dos aos son largos, cuando se sufre, y dan tiempo para
reflexionar. Has examinado tu conducta al mismo tiempo que juzgabas la
de los dems?

--Desgraciada! Me recuerdas las horas ms tristes de mi existencia,
aquellas en que, solo y aherrojado, me volva loco buscando las causas
de mi desdicha. Cmo haba de juzgar lo que no poda comprender? Lo
ignoraba todo en mi suerte; mi infortunio era para m un enigma
indescifrable. Por muy grandes que hubiesen sido mis faltas no bastaban
para justificar el exceso de mi miseria. Establecer responsabilidades!
Cmo hacerlo en la oscuridad de mi espritu? Lea Peralli muerta; por
qu? Cmo y  manos de quin? Ni los jueces, ni los jurados, ni mi
abogado mismo, vieron lo que era imposible sospechar, aquel lazo infame
en que era cogido un inocente. Y mientras yo me mora de dolor y de
ignorancia, la pretendida vctima hua y se burlaba de la justicia y de
la inocencia y se regocijaba con su cmplice por haber llegado  tan
dichoso desenlace... Yo, con la cabeza llena de tinieblas, sometido 
unos jueces que me tomaban por un malvado endurecido,  unos abogados
que me encontraban estpido porque callaba cuando era preciso
defenderme,  unos guardianes que se mofaban de mi,  una prensa
moralizadora que me arrastraba por el fango,  mi falta de conocimiento,
que hasta me incitaba  creer en un crimen, fui  dar en Numea, entre
bandidos y bajo un cielo de fuego. Y todo por qu? Por haber tenido la
desgracia de amar  una criatura feroz que jugaba con mis sufrimientos y
se felicitaba por mi abyeccin.

Lea levant los brazos y por primera vez mir  Jacobo con ojos an
turbados por el terror.

--No! No por haber tenido la desgracia de amarla, replic, sino por
haber cometido la indignidad de hacerla traicin...

 estas palabras, primer rayo de luz en la oscuridad que le envolva
hacia dos aos, Jacobo se estremeci y toda su inteligencia se puso en
tensin para penetrar el misterio.

--Ah! Empiezas al fin  confesar, infame... Queras vengarte!

--S, contest Lea con energa. Lo quise porque t me obligaste. Y la
mayor parte de lo ocurrido lo hizo la casualidad.

--Al fin voy  saber! exclam Jacobo en una especie de delirio. Te
tengo aqu, maldita, y hablars entiendes? aunque tuviera que
arrancarte tu secreto del corazn con las uas! Oh! no tendr piedad,
como t no la tuviste. No cuentes con ninguna gracia. Vas  decirlo
todo , por mi honor, que te mato, y esta vez no resucitars!...

Se irgui espantoso y su cara expres una implacable resolucin. Pero
Lea pareca ms tranquila  medida que l se mostraba ms exaltado. Se
sent lentamente en una silla, cerca de Jacobo, y dijo con dulzura:

--Es intil que me amenaces; estoy resuelta  hablar. Si no te hubieras
presentado  m y yo hubiera sabido tu presencia en Londres, te hubiese
ido  buscar. Hace mucho tiempo que este secreto pesa sobre mi
conciencia y que el remordimiento me tortura... Hablas de lo que has
sufrido... Vas  saber lo que he sufrido yo y despus comparars. Acaso
tu prisin no era ms dura que mi libertad, porque t tenas derecho de
llorar, de maldecir, mientras que yo estaba obligada  brillar, 
divertir  los dems,  encerrar mi dolor en m misma. No he sido la
nica culpable, pero si sola para sufrir la expiacin.

--Tenas cmplices?

--Uno solo.

--Sorege?

--S.

--El miserable! Y por qu quiso perderme?

--Porque me amaba.

Jacobo se qued inmvil, silencioso, respirando apenas, tan oprimido
estaba por la angustia de aquel momento solemne. Por fin pregunt:

--Pero t, por qu te prestaste  su infamia? Por qu contribuste 
perderme?

Lea contest en tono brusco y desesperado:

--Porque te amaba!

--Y por eso me condenaste  un suplicio peor que la muerte?... Quin
era, pues, la mujer asesinada? Qu te haba hecho?

--Lo mismo que t. Me haca traicin descaradamente; iba  marcharse
contigo; me insultaba con su triunfo y se burlaba de mis celos...

Jacobo se estremeci. Acababa de comprender.

--Era Juana Baud!

--S; era ella.

--Y quin la mat?

Lea levant orgullosamente la cabeza y respondi con acento terrible.

--Yo!

--T, desgraciada! Y cmo?

--Vas  saberlo.

Todo qued en silencio, solamente turbado por la respiracin anhelosa de
Lea. El rumor de la ciudad dormida se apagaba  lo lejos con el sordo
rodar de los ya escasos coches. Jacobo se sent sombro y cansado en un
sof, y seguro ya de saber lo que con tanto ardor haba deseado, se
dispuso  escuchar sin prisa. Lea, inclinada hacia l, con la cara
ensombrecida por una violenta emocin, los codos sobre las rodillas y
balanceando el cuerpo por un movimiento inconsciente, habl con voz
entrecortada:

--Bien sabes cunto te he amado y con qu pasin tan exclusiva. Durante
dos aos fuiste toda mi vida. Mis costumbres, mis gustos, mis caprichos,
todo lo subordin  tu fantasa y jams un rey fu ms complacientemente
adulado por una favorita que todo lo esperase de l, que t lo fuiste
por esta mujer que nada quera ni esperaba. Yo no era venal y nunca te
ped dinero. Viva de tu vida y si t dilapidaste tu fortuna, me hars
la justicia de confesar que nunca te incit  ello ni tuve nada que ver
con tu ruina. T me revelaste el amor. Antes de conocerte, slo haba
tratado indiferentes; mi marido y algunos botarates de mi pas que
ningn poder tenan sobre mis sentidos. T me volviste loca el primero y
me adher  t con un ardor igual  la dicha que me dabas. Me traas 
todos tus amigos, orgulloso de mi belleza y sin que jams parecieses
celoso. Para qu, si sabas que no exista para m ms hombre que t?
Todos los compaeros de tu vida disipada me hicieron el amor, menos
Tragomer, que desconfiaba de m, y t lo supiste de todos excepto de uno
 quien juzgu desde el primer da y que me daba miedo.

--Sorege? pregunt Jacobo.

--Sorege. Ese no era un vividor insignificante como los dems. Se
impona por la originalidad de su actitud y la irona de su palabra. No
poda pasar inadvertido, y cuando se le haba conocido una vez, haba
que acordarse de l, aunque no fuera ms que para odiarle. Solamente me
inspir temor. Se acerc  m y con maneras cautelosas encontr medio de
expresarme los sentimientos que le inspiraba, sin ninguna confesin que
pudiera comprometerle. Saba precaverse contra una revelacin de mi
parte, y si yo me hubiera visto obligada  repetir sus palabras, nada
incorrecto se hubiera visto en ellas. Yo no me atreva  bromear contigo
sobre sus pretensiones como lo haca sobre las de otros, y seguro de la
impunidad, ya no se contuvo y me asegur que por un medio  por otro me
obtendra. Le respond de un modo que debi hacerle mucho dao, porque
por primera vez le v palidecer y descomponerse. Con espantosas amenazas
me jur que aunque tuviera que causar tu prdida, me librara de t,
pues bien saba que mi amor me impedira ceder de buen grado.

--Cobarde! exclam Jacobo, con la cara contrada por el furor. Por qu
no me dijiste nada?

--Porque empezabas  separarte de m, lo conoca, y no quera perder una
ocasin de probarlo por medio de sus revelaciones. Desempeaba el papel
de Yago con un arte feroz. Solamente que era  Desdmona  quien
dedicaba sus envenenadas confidencias. Todo lo que tu ciega confianza le
haca saber de tus negocios  de tus placeres, vena  repetrmelo. Yo
quera alejarle, porque me torturaba, pero tena sed de saber y me
prestaba  sus delaciones creyendo aprovecharlas para conservarte.
Nuestras conversaciones eran unas salvas de injurias. Yo le colmaba de
maldiciones y l me insultaba groseramente con su seguridad de poseerme.
Vino para nosotros la poca de los apuros; las deudas crecan y los
acreedores se volvan exigentes. T, ms loco que nunca pasabas las
noches jugando en el crculo y los das en las carreras, y yo,
abandonada por el hombre  quien amaba, viva entregada sin defensa 
las inspiraciones violentas de mi carcter. En aquellos momentos
peligrosos para m conoc  Juana Baud. Quera hacerse cantante y me
rog que le ayudase  rectificar su mala pronunciacin italiana. Yo
estaba sin ocupacin y sumida en horrible fastidio, y acept por
distraccin y porque aquella muchacha me agradaba. T la recuerdas,
joven, alegre, risuea, viviendo en el mayor descuido y vida solamente
de placer, al que se entregaba con locura. Nunca haba yo tenido por
amigas sino mujeres honradas. La viveza de las efusiones de Juana me
pareci singular, pero era tan tierna, tan encantadora, que atribu  la
amistad lo que deba explicarse por pasin. Tom mucho cario  aquella
muchacha, sin sospechar cmo me amaba ella, y solamente una noche, al
volver de la pera, tuve la revelacin repentina de lo que pasaba en su
nimo. Acabbamos de cenar las dos y te estaba esperando, cuando
llamaron  la puerta.

--Es Jacobo, exclam, habr olvidado su llave. Espera: voy  abrir.

Fui al vestbulo y pregunt  travs de la puerta:

--Eres t, Jacobo?

Pero la voz de Sorege me respondi:

--No, soy yo. Necesito decir  usted una palabra. Me voy en seguida.

Tuve intenciones de despedirle, pero la presencia de Juana me
tranquiliz. Abr y Sorege entr en casa sin sospechar que no estaba
sola. Sin sentarse me dijo en seguida:

--Espera usted  Jacobo? No vendr.

--Por qu?

--Porqu est en otra parte.

--En el crculo?

--No, acaba de salir de all.

Se rea al hablar as, el monstruo, sabiendo todo el mal que me haca.
Palidec y l me dijo:

--Mrese usted en el espejo, Lea, y vea su cara descompuesta. Ese Jacobo
va  matar  usted si no toma el partido de dejarle. La engaa lo
bastante para que le haga usted lo mismo.

--Cllese usted, miserable! Bien sabe que si le engao alguna vez, no
ser con usted.

-- que s! Y ms pronto de lo que usted cree. Es matemtico! Usted
ser ma y Jacobo mismo habr de procurarlo. Una mujer como usted no se
resigna al abandono ni  que la engaen con viejas como la Deverrire y
la Tresorier,  con mujerzuelas, como...

Le interrump furiosa:

--Aunque Jacobo fuera mil veces ms infiel, no le engaara con usted.
Con otro, puede... S! Si supiera que eso le haca  usted sufrir,
acaso...

Sorege hizo un movimiento de clera, y cogindome bruscamente por el
cuerpo, balbuce:

--Ahora mismo entonces! Ya te tengo...

Era forzudo y me haba echado en un sof. Yo me defenda llenndole de
injurias al luchar, cuando la cortina del comedor se levant y apareci
Juana diciendo tranquilamente:

--Ande usted, seor de Sorege! No se moleste por m Quiere usted que
le ayude?

El efecto fu inmediato. Sorege se levant exasperado por su fracaso y
temblando por sus esfuerzos, y sali sin decir palabra, pero echndonos
una mirada mortal. Yo, con los nervios retorcidos y el corazn
desgarrado, prorrump en sollozos y Juana, arrodillada  mi lado, se
esforz por consolarme. Sus besos enjugaban mis lgrimas y sus abrazos
se estrechaban  medida que sus palabras se hacan mas tiernas. Estaba
en sus brazos sin saber lo que haca y sin pensar en lo que me deca
Juana,  la que escuchaba aturdida sin otra sensacin que la del agrado
que producen las muestras de cario despus de una agresin brutal y de
la espera indefinida de un amante infiel... Pasaba el tiempo y yo
perda la esperanza de verte volver. Juana me ofreci quedarse  mi lado
con una voz tan suplicante, que no pude oponerme. Adems era una mujer y
me pareca que as no me haca culpable para contigo. El da seguiente
tuve vergenza y quise no volver  recibir  aquella loca, pero la vi
llorar y comprend que iba  hacerle sufrir los mismos dolores que yo
pasaba por ti, sin contar que encontraba cierta dulzura en tener un
corazn  quien confiar mi pena... As pasaron seis meses, los peores
de mi vida. Te amaba ms y con ms pasin desde que no te perteneca
exclusivamente y prefera la muerte al pensamiento de separarme de t.
Debes recordar el fin de aquel horrible perodo, durante el cual pasabas
en el juego los das y las noches, posedo de un vrtigo en el que
deban zozobrar tu fortuna, tu honor y tu vida. Sorege, que haba vuelto
como si nada hubiera pasado, me tena al corriente de todas las fases de
la partida empeada por ti. Se haba vuelto risueo y ya no me hablaba
de amor. Deb temerlo todo, pero una especie de aturdimiento me dominaba
y no estaba verdaderamente en posesin de mi razn. Viva en una especie
de desequilibrio moral y de tensin nerviosa que me tenan  merced de
los impulsos de mi desesperacin y de mi clera. Te vi llegar loco de
angustia, despus de haber perdido cuanto tenas y debiendo pagar una
suma en el crculo, so pena de ser expulsado, y te di mis alhajas para
empearlas como te hubiera dado mi vida si me la hubieras pedido.
Entonces--oye bien esto--entonces fu cuando se produjo aquel espantoso
episodio que me hizo perder la razn y trajo todos los desastres.

Con la voz enronquecida por la emocin que le producan aquellos
terribles recuerdos, Lea se call un instante. Jacobo, impasible, no la
interrumpa ya, posedo por el punzante inters del relato. Ni los
sufrimientos inmerecidos de su antigua amada ni sus goces criminales le
haban arrancado ni un suspiro. Haba permanecido mudo ante las
confesiones de celos y de traicin. l haba expiado sus faltas y no
tena remordimientos. Qu importaba lo que Lea deca de Sorege, de
Juana, de ella y de l mismo! Lo que estaba vido de saber era cmo le
haban perdido y cmo podra rehabilitarse. Lea se pas el pauelo de
encajes por la hmeda frente y comprimindose el corazn, que lata con
fuerza, continu:

--Oye lo que sucedi, imprevisto y monstruoso. El da siguiente de aquel
en que te di cuanto posea, recib la visita de Sorege. Se present
fro, la cara grave y como impresionado por un suceso de importancia. Se
sent y me mir en silencio con una expresin de piedad que nunca le
haba visto. Por fin habl y desde las primeras palabras mi furor no
reconoci lmites. Vena  contarme que eras el amante de Juana y que no
teniendo esperanza de reponerte en Pars, habas resuelto partir con
ella  Londres, donde acababa de firmar una contrata sin que yo lo
supiera. Aunque acostumbrado  mis accesos de clera, Sorege pareci
alarmado y trat de calmarme con su prfido aire de bondad.

--Bien haba yo previsto que llegara el momento en que tendra usted
que contar con un amigo verdadero. Ya ve usted la inconstancia de su
amante y la ingratitud de su amiga. Uno y otra la insultan y la engaan.
Vacilar usted en romper la primera con Jacobo y en poner en la puerta
 esa insensata  la que ha hecho usted tantos favores?

Yo quise protestar, discutir.

--Quin me dice que usted no me engaa? Le creo capaz de todo para
conseguir sus fines. Cmo no habra yo sospechado ni visto nada de su
intimidad? Tiene usted mucho inters en mentir para que le crea
fcilmente.

--No se trata ya de discutir, dijo framente. Sepa usted que el mismo
Jacobo me ha dado los detalles que acabo de contar. Juana, que habita un
departamento amueblado, lo ha despedido la semana pasada. Sus bales
estn hechos desde ayer y va  dejarlos en depsito en la estacin del
Norte. Ella se va  Boulogne y el saldr por otra lnea  ira  reunirse
con ella. Es claro todo sto?

Hablaba con tal calma, que no trat ya de discutir ni dud ms. La
verdad me anonadaba y una rabia loca empezaba  hervir en mi corazn.
Bramaba de rabia, en aquel saloncito en el que haba pasado horas tan
dichosas, al verme vendida y abandonada  la vez por mi amiga y por mi
amante. Sorege en tanto estaba impasible y sin decirme una palabra de
consuelo, como si contase para su triunfo con el exceso de mi mal. Me
miraba en silencio y por fin me dijo:

--No debe ver  usted Juana antes de partir?

--La esperaba en seguida. Mis criados tienen permiso y yo deba comer
con ella... Pero no vendr; no tendr esa impudencia.

--Quin sabe? dijo Sorege. Es muy grande y muy delicado el placer de
asistir  la mistificacin que uno mismo ha preparado y gozar de la
confianza estpida de aquel  quien se engaa. No me sorprendera que
viniese  dar  usted un beso antes de robarle su amante...

--Pobre de ella! exclam.

--Bah! Qu iba usted  hacer? No creo que pensase sacarle los ojos 
abrirle la cabeza. Eso sera muy vulgar.

No respond. Por mi cabeza enloquecida y en la que las ideas parecan
chocar unas con otras con un ruido de olas, pasaron fulgores siniestros.
Me senta arrebatada por un vrtigo de muerte. Sorege me dijo:

--Siento mucho haber prevenido  usted, porque me parece dispuesta 
hacer tonteras. Vamos! clmese usted. Despus de comer vendr  ver si
esta ms tranquila y espero encontrarla razonable.

Se march y yo me qued como desvanecida en un sof, con la cabeza en
los cojines, dando vueltas al veneno que haba vertido en mi pensamiento
aquel monstruo que, segn he visto claramente despus, lo haba
combinado todo para impulsarme  un acto de suprema demencia. Un
campanillazo me sac de mi sopor y me hizo poner en pie. Mir el reloj y
eran las siete. Abr y vi  Juana. Entr alegremente, me bes en la
oscuridad del vestbulo y me sigui tarareando hasta el saln donde se
qued admirada viendo  la luz del crepsculo mi extremada palidez, mi
desorden y mi angustia.

--Qu tienes? me pregunt inquieta.

La mir y la vi en traje de viaje con sombrero redondo y un saco de
cuero. La certidumbre de que Sorege haba dicho la verdad se impona 
m fulminante. Recobr repentinamente mi sangre fra al ver tanta doblez
y respond con calma, casi con languidez.

--Tengo jaqueca; mira, estoy en traje de casa. Si quieres, no saldremos
para ir  comer. Tengo aqu con qu improvisar una buena comida; nos
quedaremos tranquilamente al lado del fuego y me hars compaa hasta
muy tarde.

Ordinariamente Juana acoga esas proposiciones con transportes de
alegra; pero entonces la oy framente y una sombra pas por su mirada.

--Me quedar  comer, eso si, con mucho gusto, como te haba prometido.
Pero no podr pasar la velada contigo. Tengo cita para un asunto serio
con mi profesor de canto Campistrn. Tendr que dejarte  las nueve.

Su hipocresa me puso fuera de m.

--Ests segura de que es  ver  tu profesor de canto  donde vas?

Mi acento, mi actitud y mi palidez la turbaron repentinamente.
Retrocedi un paso y balbuce:

--Pero qu me preguntas? Por qu haba de engaarte?

Fui hacia ella hasta tocarla y cara  cara le dije:

--Porque ya me has engaado y me sigues engaando; porque eres una
infame que no contenta con robarme tu ternura, me robas tambin la de mi
amante.

Enrojeci y con los dientes apretados por el temor y por la clera,
respondi:

--Quin ha dicho eso?

--Yo lo s.

--Es falso!

--Falso? Te vas con l  Inglaterra; me le quitas cuando sabes que no
puedo vivir sin l. Tu me asesinas, tu me...

La voz se perdi en mi garganta y, fuera de m, permanec delante de
ella sin decir palabra y como atontada. Juana me crey impotente y
aniquilada y cobrando nimos me dijo con risa insultante:

--Bah! No le amas tanto puesto que le olvidas muy bien conmigo...

Me insult echndome en cara lo que constitua mi remordimiento secreto
y me hiri en lo ms sensible de mi ser. Retroced y no encontrando una
palabra bastante despreciativa, la golpee en la cara con toda mi fuerza.
Lanz un agudo grito, se puso lvida y con los ojos echando llamas se
arroj  mi rechinando los dientes. Sent sus dedos rodear mi garganta y
perd la respiracin. Entonces me defend golpendola el pecho,
pegndola con la rodilla en el vientre, tratando de tirarla al suelo. Y
as luchamos sordamente, sin un grito, respirando el odio y la muerte.
Mis ojos se cegaron por una espesa niebla. La cog por la garganta y
apret los dedos hasta hundrselos en la carne. De pronto aquella mujer
ces de luchar y cay en la alfombra. Me arroj sobre ella como una
furia y sin nocin de lo que haca. No haba en m sino el instinto de
la bestia que quiere matar para vivir. Al cabo de un instante me cans;
ella ya no haca resistencia, y con los ojos extraviados me levant y
mir. Estaba tendida, inerte, con la cara tumefacta por los golpes, los
ojos en blanco, la boca torcida, horrible y amenazadora todava. Al
entrar en posesin de mis facultades, se apoder de mi el espanto y me
estremec viendo  aquella desgraciada inmvil y contrada. La cog,
quise levantarla y su cuerpo me result pesado y blando en mis brazos.
La llam y no me responda. Iba  pedir socorro para tratar de volverla
 la vida, pero la prudencia me contuvo. Toqu su corazn, escuch su
pecho y retroced horrorizada. Estaba muerta! Una inmensa desesperacin
se apoder de m. Era posible que me hubiese convertido en una
criminal? Era verdad que me haba hecho traicin, insultado,
agredido... Pero yo la haba matado y todas las consecuencias se
desarrollaron instantneamente en mi espritu. Me vi presa, juzgada,
condenada y un terror invencible se apoder de m. No tuve ya ms que un
pensamiento, huir  la suerte que me esperaba, y sin pensar en lo que
haca, sin vestirme, en zapatillas, me lanc  la escalera y ech 
correr. Estaba ya en el entresuelo, cuando una mano me detuvo y una voz
me dijo bruscamente.

--Dnde va usted as, Lea?

Permanec como atontada y sin responder. Era Sorege que, segn su
promesa, vena  saber qu haba sucedido. Mi turbacin y el desorden de
mis vestidos le dijeron bastante sin duda, pues me cogi por un brazo y
me dijo bajando la voz:

--Est usted loca? Qu significa?... Suba usted conmigo.

Me hizo entrar en mi casa, cerr la puerta con cerrojo, entr en el
saln el primero, pues yo no quise pasar delante de l, y viendo  Juana
Baud tendida en el suelo, lanz un juramento y dijo volvindose hacia
m:

--He aqu un feo negocio! La ha matado usted? Era una bribona, pero el
procedimiento es brutal...

Yo exclam, impulsada por la necesidad de disculparme:

--Me ha pegado! Mire usted mis brazos, mi cuello... Tuve necesidad de
defenderme!

Sorege respondi con una flema horrible en semejante situacin:

--Estoy convencido. Pero esta mujer ha muerto y usted est perdida.

Yo me arroj  l:

--Oh! No me abandone usted! Qu voy  hacer sin ayuda? Slveme!

Me ech  llorar mientras l me miraba con tranquilidad.

--Yo abandonar  usted? Cmo puede creerlo? Saba que me necesitara
usted en un momento dado y debe estar segura de encontrarme. Aqu estoy
pronto  defenderla.

--Dse usted prisa!, exclam temblando de fiebre.

--Tenemos tiempo. Son las nueve; los criados no volvern antes de las
doce y no entrarn en esta habitacin...

--No.

--El nico que puede venir es Jacobo y ese no vendr seguramente. Somos,
pues, dueos de nuestras acciones.

Reflexion un instante; despus mir  la muerta y repiti varias veces:

--S; es el nico medio. No hay otro partido que tomar. Suceda lo que
quiera es preciso asegurar la fuga.

Se acerc  mi y me dijo dominndome con toda su resolucin firme y
lcida:

--Es imposible sacar este cadver de aqu. Le encontrarn, pues,
fatalmente maana cuando usted se haya escapado. Pero se descubrir su
identidad y usted ser perseguida y presa. Hay aqu una mujer muerta,
por qu ha de ser Juana Baud?

--Pues quin ha de ser? pregunt.

--Usted.

--Yo! Cmo es posible? Usted pierde el juicio.

Sorege continu sin responderme:

--Juana Baud lo ha arreglado todo para marcharse y si desaparece nadie
la buscar. Es preciso que la mujer muerta aqu sea Lea Peralli. Lea se
va  Londres con el nombre de Juana; nadie la conoce y puede tomar
pasaje para Amrica. Mientras, los agentes de polica, los magistrados y
toda la cuadrilla judicial se da de calabazadas para desembrollar el lo
que les hemos dejado entre las manos. Juana y Lea tienen la misma
estatura, las mismas carnes y slo difieron en la cara y en el color del
pelo, pero la cara se puede desfigurar y el agua que sirve  Lea para
teirse el cabello puede servir para Juana. La identidad se establece
con un frasco de tinte en la cabeza y un tiro de revlver en la cara. Lo
mismo da que Juana haya muerto de un tiro que estrangulada; no cambia
ms que el gnero de muerte y esto es poca cosa. Lo importante es
despistar  los listos de la polica. Y cmo no lograrlo? Se encuentra
una mujer muerta en su casa, vestida con sus ropas; quin va  dudar
que es ella y por qu echarse  buscar por otro lado? Lea Peralli se
queda muerta y Juana Baud corre por el mundo. He aqu resuelto el
problema. Quin dice que esto es difcil?

Se puso  reir en silencio viendo mi estupor. Haba seguido su
razonamiento y comprenda su formidable habilidad. Pero exclam:

--Y si yo me escapo y Lea Peralli aparece muerta quin haba cometido
el crimen?

--Bah! dijo Sorege en tono burln. Es usted muy curiosa. Quin ha de
haber cometido el crimen? La persona  quien aproveche.

Tembl al comprender, pero l no me dej tiempo de dudar.

--Quin tiene la culpa de todo esto? Quin ha hecho  usted traicin
indignamente? Quin iba  llevarse otra mujer con su dinero de usted en
el bolsillo? Quin, acribillado de deudas, sin esperanza, sin crdito,
casi sin honor, puede ser moralmente considerado como capaz de asesinar
 su querida?

--Jacobo! exclam llena de horror. Oh! Jacobo... Jams! Jams!
Prefiero entregarme, que me prendan, que me juzguen, que me maten!
Cometer semejante infamia... No! No!

--Una infamia semejante  la suya... No har usted ms que
corresponder, sencillamente... Cuntos escrpulos, cuando l ha tenido
tan pocos! l haba resuelto plantar  usted, sin pensar si morira de
desesperacin y de clera!

--No! No quiero! No quiero! Djeme usted!

Aquel hombre se puso entonces duro y amenazador.

--Oh! Basta ya! Soy muy tonto en tomarme el trabajo de convencer 
usted. Quiero salvarla y se empea usted en perderse. All usted! Qu
me importa  mi todo esto? Soy su ltimo amigo, el ms seguro, el ms
adicto, y Dios sabe en qu responsabilidades incurro... Usted me
rechaza? Adis!

Di un paso hacia la puerta pero el pensamiento de quedarme sola con
aquel cadver me quit toda mi energa. Mi suprema honradez, vencida por
los argumentos capciosos de aquel miserable, vacilaba, pronta  ceder.

Ese hombre intent todo lo que puede corromper un alma que resiste al
mal y quiere refugiarse en el sacrificio, y su victoria fu pronto
completa. Oh! Noche espantosa! fu preciso desnudar  la muerta,
ponerla mi ropa, mis zapatos y mis alhajas, y por fin, entre los dos,
tuvimos que teir sus cabellos. Sus oscuros bucles se convirtieron en
rubios en nuestras manos profanadoras. Cuadro de espanto y de horror,
aquel agua perfumada corriendo por la plida frente del cadver, aquel
fnebre disfraz para el atad! Cmo pude soportar esa prueba sin que mi
corazn estallase en pedazos? Lo que despus pas se pierde en una
especie de densa niebla... Estaba medio muerta cuando Sorege, con un
revlver que t me habas regalado tir  boca de jarro tres balazos en
la cara de la vctima, ya inerte haca algunas horas. Aquel hombre me
visti con el traje de Juana, me puso su sombrero en la cabeza y un
espeso velo por la cara; y tomando el saco de cuero que contena los
papeles de la vctima, me hizo salir de mi casa. No tom, de todo lo que
me perteneca, ms que la papeleta del Monte de Piedad que t me habas
enviado aquella misma maana. Yo ignoraba entonces el uso que quera
hacer de ella. Me llev  la estacin, recogi los bales de Juana con
el taln que encontr en el saco, y tomndome un billete de primera, me
puso l mismo en el tren de Boulogne. Vindome all en seguridad, me
dijo:

--Vaya usted  parar al hotel del Casino y espreme. Maana por la noche
llegar para darle noticias.

Parti el tren. Sorege me hizo un ltimo signo de animacin y casi
desvanecida de fatiga y de angustia, me alej de Pars, dejando tras de
m el horror de un doble crimen; el que yo haba cometido y el que haba
dejado cometer.

Jacobo inmvil, temblando, miraba  Lea con ms lstima que clera.
Estaba penetrado del horror de la situacin en que aquella desgraciada
se haba encontrado. Olvidaba las terribles consecuencias que el acto
cometido haba tenido para l y no pensaba ms que en el peligro que
haba corrido su querida. Con mucha lentitud dijo:

--S, todo estaba audazmente combinado y deba resultar. Mi turbacin y
la imposibilidad en que me encontraba de sospechar la suerte de Juana
deban asegurar el secreto. Una mujer muerta en casa de Lea y vestida
con su ropa, quin poda ser sino ella? Yo mismo no lo puse en duda.
Menos firme que t, volv los ojos cuando me ensearon el cadver en la
siniestra losa del depsito. Hay qu tener una disposicin especial
para examinar de cerca los muertos! No supe ms que llorar, cuando
hubiera sido preciso discutir y examinar! Y t, no pensabas todo esto,
desgraciada, mientras pasaban las horas, asegurando mi prdida?

--S, Jacobo; lo pensaba. Pero Sorege vino, como haba anunciado, y
sometida  la dura autoridad de mi cmplice, no poda resistir. Lo
intent, sin embargo, desde el primer momento. Tuve una crisis de
desesperacin y de remordimientos y le supliqu que buscase un medio de
disculparte cuando yo estuviese en salvo. Aquel hombre se ech  reir y
dijo con espantosa irona:

--Que yo me meta en ese sucio negocio para servir al seor de Freneuse?
En seguida! Est usted loca? l se ha metido en ese atolladero; que
salga si puede.

--Pero su madre no ha hecho nada y va  llorar lgrimas del corazn. Su
hermana es inocente y vamos  aniquilar su porvenir...

Sorege cambi de expresin y dijo abandonando su calma:

--No me hable usted de su hermana! Odio  toda esa gente y  su hermana
ms que  los dems entiende usted? Tuve el valor de pretenderla y me
rechaz... No lo olvidar!

Estaba en aquel momento tan atroz, tan monstruoso, que perd la cabeza.

--No quiero permanecer  merced de usted!... Le tengo miedo! Su
amistad es tan temible como su odio. Djeme usted marcharme; ser de mi
lo que Dios quiera, pero separmonos...

Me cogi un brazo y, perdiendo todo disimulo, dej de ser el hombre bien
educado que yo haba conocido y se volvi grosero y brutal.

--Criatura estpida crees que estoy aqu para obedecer tus caprichos?
Soy tu dueo, no lo olvides. Me perteneces! Si te he sacado del mal
paso es porque te deseo y nada ms. Qu me importaba  mi que te
cortasen la cabeza por haber matado  tu compaera en un acceso de
celos? tengo yo la costumbre de intervenir en cuestiones de
mujerzuelas? Me he tomado el trabajo de salvarte porque me gustas y
quiero poseerte... Y voy  satisfacer ahora mismo mi capricho!

Me cogi y yo trat de resistir, pero estaba aniquilada por las
emociones sufridas. Sent sus labios sobre los mos y exclam:

--Me horroriza usted!

--Pues yo te encuentro deliciosa!

--Prefiero morir!

--Bah! eso se dice, y luego...

--Cobarde!

Me dej libre y me dijo furioso:

--Basta de farsas! , por mi honor, que llamo y te entrego al comisario
de polica...

Lea ocult la cara entre las manos y con ms rubor que el que le haba
producido el relato del crimen, dijo sordamente:

--Tuve miedo... y ced. Ante mi conciencia, esto es lo que hice ms
abominable...

Jacobo y Lea permanecieron en silencio, inmviles, penetrados de horror.
Por fin la desgraciada levant la frente y en un impulso desesperado se
arroj  los pies del que haba perdido:

--Oh! Jacobo, perdname; te lo suplico. He sido infame! Pero bien ves
que ha sido l quien lo ha hecho todo. El es cien veces ms criminal que
yo, aunque no ejecutase la muerte, porque la haba preparado y
aconsejado casi. Yo, que tanto te amaba, haberte hecho tanto dao!
Hubiera debido escribir  los jueces, disculparte, entregarme! No tuve
esa virtud! Hu, y durante ese tiempo t expiabas tu infidelidad por el
suplicio ms doloroso que puede sufrir un hombre. Jacobo, estoy  tu
discrecin; haz de m lo que quieras... Aborrezco  Sorege! Ayer,
todava, me violent y prefiero morir  ser suya, sobre todo ahora, que
te he vuelto  ver, Jacobo! T eres el mismo de siempre, generoso y
bueno... T no me has denunciado, aunque has adivinado mi crimen...
Comprndelo bien! Hasta cuando te persegua con mi odio, te amaba,
Jacobo...

Lea, de rodillas se arrastraba  los pies de su antiguo amante,
levantaba hacia l su hermosa cara inundada de lgrimas y todo su ser se
estremeca. En un movimiento de febril ardor sus labios tocaron los del
joven... Pero l la separ dulcemente y la dej  cierta distancia,
aterrada por aquella frialdad que haba esperado vencer.

--Es tarde Lea, dijo; la noche avanza y hay que pensar en maana. Te
agradezco tu franqueza y no abusar de ella para perderte. Yo no soy un
Sorege! Pero es preciso que yo me disculpe y para ello necesito la
prueba material de mi inocencia. Esa prueba slo t puedes
proporcionrmela.

--Te la dar! No vacilo! He sufrido demasiado y no puedo ya vivir as.
Quieres que te escriba la confesin que te he hecho? Estoy pronta!

Su cara se oscureci y en su frente apareci una sombra de terror.

--Pero Sorege sabe que lo has descubierto todo. Sabe que estamos
encerrados aqu y que voy  hablar... Cuidado, Jacobo!

--No le temo.

--Haces mal!

--No puede nada contra m. No doy un paso en Londres sin ser seguido por
la polica francesa, que me vigila y me protege al mismo tiempo. Y l lo
sabe.

--Entonces estoy perdida. Para impedirme que le acuse tratar de
deshacerse de m. Para castigarme por haberle abandonado, descargar
sobre m su ira...

--Bastante tiene que hacer con defenderse contra m; tenemos que
arreglar los dos una terrible cuenta. Puedes creerme, pobre mujer; l
est ms en peligro que t.

Jacobo se qued un instante reflexionando.

--Me has ofrecido darme tu confesin por escrito... La acepto. Puedes
estar tranquila; no me servir de ella hasta que ests en seguridad.
Permanece encerrada en tu casa. No recibas  nadie y menos  Sorege, y
yo me encargo de desembarazarte de l.

-Lea movi la cabeza dolorosamente.

--No le conoces. Me alcanzar  travs de las paredes si permanezco
aqu, y  travs del espacio, si huyo. Es terrible y hiere siempre por
donde menos se espera. Toma precauciones, Jacobo. Te odia mortalmente.
Suceda de m lo que quiera, poco importa. Pero t tienes que tomar un
desquite pblico y brillante. No te comprometas por una imprudencia.

Jacobo respondi gravemente:

--Mi vida ha terminado, Lea, y mi rehabilitacin as como el castigo de
Sorege, sern los ltimos actos de hombre que realizar. He visto el
mundo y le he juzgado. Sus goces son vanos y sus penas verdaderas. Si no
tuviera el deber de limpiar mi nombre  causa de mi madre y de mi
hermana, no aceptara nada de ti  ira  llamar  la puerta de un
convento, donde acabara mi vida en la meditacin y en el silencio.

--Qu, Jacobo! Joven, rico an, con la esperanza de la dicha, quieres
huir del mundo?

--S, Lea.

--Tan agotada est tu alma! No tienes ya deseos ni sueos?

--Conozco la vida; he agotado sus goces y sus dolores. Es intil el
trabajo que se toman los hombres para matar el fastidio por medio del
placer. Apenas se ha comenzado  vivir, llega la vejez y despus la
muerte. Tratar de expiar el mal que he hecho, dulcificando la suerte de
los desgraciados.

--No te ver ms, Jacobo!

--S, una vez, para que me entregues tu confesin y decirnos adis.

--Esta noche, si vivo todava, dijo Lea con plida sonrisa, canto _Romeo
y Julieta_. Ser mi ltimo triunfo, asiste  l, Jacobo. Las coronas que
me dediquen sern como homenajes fnebres. Ya no aparecer ms en esa
hermosa escena en la que ayer todava olvidaba mi infamia en medio de
las aclamaciones y de los elogios. Tengo que abandonar el arte, que me
ha dado una personalidad y sostenido en mis ms duras pruebas, la
embriaguez del xito, que aliviaba por una hora mis sufrimientos, el
entusiasmo del pblico, que me permita hacerme ilusiones sobre mi
degradacin real. Volver  entrar en la sombra!... Quin sabe si ser
en la sombra eterna?

Hizo un gesto de altanero desprecio y aadi:

--Pero estoy loca! Todo ese falso brillo no vale nada para sentir
perderlo.

Mostr  Jacobo la ventana, ya blanqueada por el alba, y con una sonrisa
en la que apareci toda su antigua gracia, dijo:

--Me perdonars, Jacobo! Verdad?

Jacobo quiso responder, pero ella le impuso silencio.

--No. No digas nada. Espera  esta noche... Adis!

Le condujo hasta la puerta y en la oscuridad del vestbulo Jacobo sinti
el brazo de Lea que le rozaba con suavidad como para guiarle; un seno
palpitante se apoy contra su pecho y, sin que l pudiera defenderse,
una boca, que morda dulcemente, se pos en sus labios. El joven se
estremeci y rechaz aquel fantasma del amor desaparecido. Oy un
doloroso suspiro; la puerta se abri y se cerr tras l. Y la escalera
le mostr su espacio vaco...




XII


Cuando Sorege volvi  su hotel despus de la terrible velada en que
Jacobo se apareci para confundirle, se sumi en una profunda
meditacin. No era hombre de perder el tiempo en sentimentalismos  iba
siempre derecho  su objeto. Toda la cuestin para l era saber lo que
poda temer  esperar de Lea y hasta qu punto la cantante dara armas 
Jacobo contra l.

No poda dudar que Lea le odiaba; se lo haba dicho y repetido mil veces
y, aun el da antes su furor por tenerle que sufrir se haba roto en
violencias y en injurias que le hacan aquella mujer ms deseable. Era
de esos monstruos  quienes gusta oir los gritos de su vctima y que se
deleitan viendo lgrimas. El amor en l tena un fondo de crueldad.
Deseaba  Lea, pero la execraba y sujetndola  sus caprichos, se daba
el placer de degradarla.

Que aquella mujer,  la que haba tratado como una esclava, tomase
contra el un desquite terrible, si la ocasin se presentaba, estaba muy
en el orden. l lo hubiera hecho en su lugar y ni le ocurra la idea de
que Lea vacilase en hacerlo. En cuanto Jacobo y ella se confen sus
faltas recprocas, pensaba, su alianza contra mi ser un hecho. Pero
qu puede hacer Lea? Su esfera de accin est limitada por el miedo de
comprometerse. Perderme! Es tentador para ella, pero lo peor es que se
pierde al mismo tiempo. Y qu comparacin cabe entre el dao que puede
causarme y el que puede hacerse  s misma? Ninguna. Me puede acusar de
doblez, de engao, pero tiene que confesar al mismo tiempo que ha hecho
una muerte. Y s me acusa  quin podr convencer? No hay testigos y su
testimonio es nico. Para Jacobo y para su camarilla de amigos ese
testimonio tiene algn valor; ante un juez no tendra ninguno. No tengo,
pues, gran cosa que temer por ese lado. Pero el perjuicio moral que esa
miserable puede hacerme bastara para vengarla. Me desacreditara, me
comprometera sin remisin y esto os lo que no sufrir por nada del
mundo. Cmo evitarlo?

Reflexion mucho tiempo mientras fumaba un cigarro, y en las espirales
de humo azulado que suban hasta el techo vea pasar vagamente las
imgenes de Jacobo y de Lea, tan pronto lnguidas y cansadas, como
activas y triunfantes, pero siempre juntas, unidas por el mismo deseo y
ligadas por el mismo inters. Se levant de pronto, disip con un ademn
aquella visin, que se desvaneci con el humo, y se puso  pasear por el
cuarto, dejando escapar palabras entrecortadas, fugas de su hirviente
pensamiento, escapes de vapor do una caldera.

--Qu puedo arriesgar? Un duelo con Jacobo  con Tragomer... No les
temo ni al uno ni al otro. Una acusacin por falso testimonio ante los
tribunales? Tontera!  qu les conducira eso? No pueden nada contra
m... Y yo puedo mucho todava... Es preciso que hable con esa
estpida Lea y que sepa lo que ha confesado  Jacobo... Y sobre todo
que la impida escribir nada... En fin, es indispensable que
desaparezca... La aterrorizar, si es preciso! me teme y me obedecer.
Una vez que se haya marchado, representare mi papel valerosamente... No
puedo salir del paso sino con audacia... Pero ante todo es preciso
cobrar fuerzas. Se acost y se durmi hasta el da.

 la misma hora en que Sorege abra los ojos, despus de haber dormido
como si tuviera la conciencia tranquila, Jacobo estaba en el yate
encerrado en la cmara con Marenval y Tragomer. Empezaba  levantarse la
claridad gris y brumosa que alumbra las maanas de la capital inglesa y
se iniciaba el movimiento de los obreros en el muelle. Pero la atencin
de los tres hombres no se diriga hacia el espectculo de aquella
actividad incesante y metdica que forma el sello del trabajo ingls. No
les interesaba nada de lo que pasaba al rededor de ellos, preocupados
con el relato que Jacobo les estaba haciendo de su conversacin con Lea.

--Todo lo que nos figurbamos resulta exacto, dijo Tragomer, y
tendremos la prueba irrecusable.

--Lea debe entregrmela esta noche.

Llegamos  nuestro objeto, dijo Marenval con entusiasmo.

--Tenemos al monstruo acorralado, dijo Tragomer, pero estad seguros de
que har una formidable defensa. Por su audacia de anoche, cuando no
estaba descubierto sino en parte, se puede juzgar lo que podemos esperar
de l cuando ya se conoce toda la verdad. Es preciso atacarlo con toda
energa, pues si no lo ponemos en seguida fuera de combate, se revolver
y tendremos que sufrir un choque desesperado. Ante todo, debemos, por
honradez, prevenir  Harvey. Si le dejamos ignorar lo que es el hombre
que piensa admitir en su familia, tendr derecho para hacernos cargos.
Por otra parte, he prometido  su hija decrselo todo.

--Esto va  dar un golpe mortal  las aficiones nobiliarias de las
americanas, dijo Marenval. Si por nuestro dinero, dirn, no podemos
pagarnos maridos de confianza, ms nos vale quedarnos solteras.

--Habr que avisar tambin  Vesn. Su concurso nos ha sido muy til y
es justo que sea de los primeros en saber el xito de nuestros
esfuerzos.

--Y prevendremos en seguida  mi madre de que todo va por buen camino,
dijo Jacobo.

--Yo ir, si quieres, ahora mismo  ver  la seora de Freneuse, dijo
Tragomer.

--S, querido Cristin, respondi Jacobo sonriendo. Eso te corresponde
porque eres el iniciador, el primero que vi en la oscuridad y mostr 
Marenval la plida y lejana luz que te guiaba.

--Cuando pienso en lo que ha sucedido desde hace seis meses, dijo
Cipriano con sencilla expansin, me parece estar soando. Me veo todava
en el comedor del crculo, cuando despus de marcharse Maugirn con las
mujeres, Tragomer empez  contarme esta historia. Al principio su
relato me pareci imposible, despus empez  interesarme la verdad que
se vislumbrada y por fin me sent como loco. Senta un deseo terrible de
entrar en el asunto y al mismo tiempo un miedo atroz de las
complicaciones que iba  afrontar... Ah! debo confesarlo; sin el
ascendiente que tom sobre m Tragomer desde aquella noche, hubiera
abandonado la empresa. Pero me impuls, fuerza es decirlo. Y una vez el
dedo meique en el engranaje, tuvo ya que pasar todo el cuerpo. Despus,
la visita  la seora de Freneuse, las confidencias de Giraud, la
entrevista con Campistrn... Ah! querido Jacobo; aqullo era
extraordinario. Cada paso que dbamos en nuestro camino, veamos ms
claro. Jams dos hombres han corrido aventura ms interesante. Ir en
busca de un Nansen  de un Andre no era nada en comparacin con el
inters de nuestra empresa, pues no slo bamos  socorrer  un hombre,
sino  descubrir la verdad. Vezn lo vi bien cuando nos dijo: "No van
ustedes  lograr nada, pero les envidio la tentativa que van  hacer y
si yo no tuviera una posicin oficial, me ira con ustedes". Pues bien,
despus de haber ido contra viento y marea, henos aqu en el puerto, con
Jacobo delante de nosotros y la verdad en el bolsillo. Es un hermoso
xito del que espero ha de hablarse por mucho tiempo.

--La verdad no est todava en nuestro bolsillo, dijo Jacobo, pero lo
estar esta noche.

Tragomer movi la cabeza con aire preocupado.

--Mientras no tenga en la mano las pruebas materiales, la confesin de
la culpable, no estar tranquilo.

--Bah! Qu teme usted todava? pregunt Marenval impaciente.

--Que Sorege haga desaparecer  Jenny Hawkins antes de que escriba su
declaracin. Conozco la autoridad desptica que ese bribn ejerce sobre
la desgraciada mujer. La fascina, la aturde, la espanta. Me la escamote
en mis barbas, en San Francisco, con una destreza prodigiosa. Es hombre
para encontrar un medio de alejarla y, despus, chala un galgo!

--Por vida de!... Prevengamos  la polica inglesa, exclam Marenval
con la violencia de un hombre  quien se discute una victoria que
considera ya obtenida. No nos dejemos vencer  ltima hora por ese
malvado. Se burlaran de nosotros.

--No tengis miedo, dijo Jacobo; he tomado mis precauciones. Lea se ha
comprometido  permanecer encerrada en su casa y  no recibir  nadie
hasta esta noche. Maana se marchar y Sorege no podr contar ms que
con nosotros. Hagamos, pues, lo convenido. T, Cristin, vete  llevar
la buena noticia  mi madre. Usted, Marenval,  casa de Vesn. Yo ir 
ver  miss Harvey y all nos encontraremos todos despus.

En cuanto Sorege despert y tom su desayuno, tom un coche de alquiler
y se dirigi  _Tavistock-Street_. Nunca el tal haca las cosas  medias.
Haba dormido y comido bien y se senta dueo de s mismo. Lo importante
era hablar  Lea. Si lo consegua, no desconfiaba de traerla  su
partido. Ante todo era preciso saber qu se haba tramado entre ella y
Jacobo. Al detenerse el coche ante la casa, sali Sorege de sus
meditaciones. Salt al portal y subi vivamente la escalera.

Un viejo _gentleman_, vestido con un pantaln roto, una levita adornada
con numerosas manchas y un sombrero de copa, estaba ocupado en lavar
concienzudamente el suelo del portal. Pero en la actitud, en la
fisonoma y en el traje extremadamente miserable, Sorege observ
detalles que le llamaron la atencin y lo hicieron sospechar si aquel
hombre sera un polizonte. Mir por el hueco de la escalera mientras
suba lentamente y el hombre haba dejado de lavar el suelo y le segua
con la vista. Llegado al segundo, Sorege llam. Ningn ruido en el
interior, ningn golpe de puertas, ni el ms ligero rumor de pasos. Un
silencio de casa vaca. Llam de nuevo y esper con el corazn agitado.
Nada se oy. Sorege tena la conviccin de que Lea estaba en su casa y
no quera abrir y vea claramente que entraba en lucha con l y estaba
ganada por sus adversarios. Palideci de clera, pero resisti las ganas
que tena de echar la puerta abajo de un puntapi y entrar por fuerza.
El _gentleman_ de los guiapos y del sombrero de copa, que haba dejado
de lavar, le hizo ser razonable. Si hago ruido, pens y sta idiota de
mujer llama, puedo ser conducido al puesto de polica. No arriesguemos
el tener que entrar en explicaciones. Permaneci todava un instante
escuchando  travs de la puerta y le pareci oir como un vago rumor de
respiracin. Pens que acaso Lea escuchaba tambin acechando con ansia
su partida, y como si hablase  una sombra dijo en voz muy baja:

--Jenny, s que est usted ah. Loca! brame usted. Va en ello su
salvacin... Los momentos son preciosos... La engaan  usted...
Esccheme...

La sombra no respondi y Sorege, con el corazn henchido de rabia, hizo
un gesto de amenaza y se decidi  bajar lentamente la escalera. El
_gentleman_ de los harapos se haba vuelto  poner  su limpieza, y al
pasar Sorege se llev la grasienta mano al sombrero y dijo con voz
ronca:

--Busca usted  la joven del departamento amueblado? Ha salido por todo
el da...

Sorege no se dign siquiera responder... Mir al hombre de alto  bajo
y sali. Subi al coche que le esperaba y se hizo llevar  _Hyde-Parck_.
Eran las diez. Baj en la esquina de _Piccadilly_ y se dirigi al jardn
 pie. Su cara expresaba una gran contrariedad por aquel primer fracaso.
Evidentemente Lea le haca traicin, pero qu habra dicho? Las
mujeres son tan hbiles para presentar las cosas bajo el aspecto que ms
les conviene! Sin confesar toda le verdad, no haba podido echar sobre
l la responsabilidad?  este pensamiento cerr los puos y su semblante
se contrajo. Como l mismo deca anteriormente, no haba testigos y esto
que le favoreca poda tambin hacerle dao, pues si bien l poda negar
toda participacin en el crimen, Lea por su parte, poda afirmar que era
l quien le haba cometido  ayudado, al menos,  cometerle. La
seguridad de los dos haba siempre dependido de su unin. De acuerdo,
podan defenderse; separados, estaban perdidos.

All, en la orilla de aquel precioso ro artificial rodeado de verde
musgo y sobre el cual inclinaban los rboles sus hojas nacientes, Sorege
tuvo conciencia de su prdida inevitable y tembl de miedo y de clera.
Pero no pens en capitular; antes al contrario, se afirm en el
propsito de luchar hasta el ltimo extremo, aunque hubiera de perecer.
Una sonrisa crisp sus labios. Perecer! s, pero no solo. Sucumbir!
muy bien, pero no sin vengarse.

Los jinetes empezaban  aparecer por las anchas avenidas del bosque. Los
coches rodaban al trote de sus tiros, los ms hermosos del mundo. La
vida elegante renaca en su diario y montono esplendor. Sorege no pudo
soportar el espectculo de la tranquilidad ajena y se meti un el
interior del parque, por el lado de _Kensington_, donde pase como unas
dos horas esperando el momento de ir  casa de Julio Harvey. Entr en
una fonda de _Regent-Street_, comi como de costumbre, y dando las dos,
lleg al hotel de _Grosvenor-Square_.

Subi la gran escalera y en el primer piso encontr al ayuda de cmara
que le esperaba con la misma respetuosa deferencia de siempre, y que le
introdujo como todos los das en el saloncillo donde miss Harvey tena
costumbre de estar. La joven americana estaba sentada al lado de la
chimenea, donde arda un claro fuego de lea. La ventana, en cambio,
estaba abierta y dejaba entrar el sol  raudales. Maud se levant al ver
entrar  su prometido y sali  su encuentro sin que nada indicase en su
actitud un cambio de disposiciones respecto de l. Tena la cara jovial
y la mirada tranquila, pero, por azar sin duda, sus manos estaban
ocupadas en una labor bastante voluminosa en la que estaba trabajando, y
no pudo dar la mano  Sorege. Le indic un asiento enfrente de ella,
dej la labor sobre la mesa y cerr la ventana.

--El sol empieza  nublarse, dijo, y hace fresco. Esta primavera
inglesa es glacial.

--Hace mejor tiempo en Amrica?

--Oh! En Amrica todo es mejor. Las estaciones no engaan, ni los
hombres.

Sorege levant la cabeza. La alusin era directa; el ataque comenzaba y
haba que responder inmediatamente.

--Ni las mujeres tampoco, sin duda?

Por los ojos de miss Maud pas una llama.

--Las mujeres menos que nadie! dijo con orgullo.

Sorege la mir con aquellos ojos medio cerrados que no dejaban adivinar
su pensamiento pero que tan bien seguan el de los dems, y dijo en tono
seguro:

--Pues bien, miss Maud, hay que probarlo. Qu significa la acogida que
me hace usted?

La joven se levant ligeramente de su silln y replic:

--Seor conde, se lo dir  usted cuando me haya explicado por qu dej
condenar, sin defenderle,  su amigo Jacobo de Freneuse...

Sorege hizo un gesto desdeoso.

--Ah! Volvemos  eso? Pues pregnteselo usted  el mismo. Anoche le ha
visto usted en su casa bajo el nombre de Herbert Carlton, y es de
esperar que sabr explicar  usted, mejor que lo hizo  los jueces, las
circunstancias que le comprometieron. Una condena es siempre una mala
nota entre personas honradas... No se condena  la gente con tanta
facilidad... Y si Amrica es el pas de la sinceridad, Francia es el de
la justicia.

--Bella frase! Muy hermosa! Pero s que habla usted con facilidad y no
habr usted de satisfacerme con palabras.

--Hemos llegado al caso de tener que disculparme con usted?

--Estamos en el caso preciso de que cada cual sepa  qu atenerse. Hace
un momento enumerbamos las cualidades de nuestros pases. Amrica
posee, entre otras, una que domina en todos sus actos: el sentido
prctico. Yo soy enteramente americana en ese concepto y quiero, si me
caso con usted, seor de Sorege, no tenerme que arrepentir de llevar su
nombre.

--Tiene usted muchsima razn, miss Maud, pues es lo nico que aporto al
matrimonio,  poco menos. Pero sospecha usted que mi nombre pueda estar
comprometido?

--Seor conde, hay muchas maneras de estarlo. Se puede estar
comprometido materialmente por malos negocios que conducen  la quiebra.
Esto no tiene importancia para nosotros los americanos. El que cae,
puede levantarse. Es el eterno movimiento de bscula del comercio y de
la industria; la cuestin est en acabar en lo alto. Pero  lo que
atribumos una transcendencia enorme es  la integridad moral. Para una
joven que se respeta, es tan imposible casarse con un hombre que ha
cometido una accin deshonrosa, como con un criado negro  un esclavo
chino.

Sorege sonri. Entreabri los prpados y dijo con tranquilidad perfecta:

--De qu se me acusa? Porque se me acusa de algo, no puedo dudarlo, y
para justificarme es preciso que conozca las calumnias que se han
inventado contra m.

--Deseo con toda mi alma que sean calumnias, porque me avergonzara de
haber puesto mi mano en la de usted si hubiese hecho lo que se le
atribuye...

--Pero, ante todo, quines son los que declaran contra m?

El seor de Tragomer, el seor de Marenval y por fin, el mismo seor de
Freneuse...

--Freneuse! Era de esperar; necesita echar la culpa  alguien...
Tragomer y Marenval! Tambin se explica; el uno es amigo y el otro
pariente...

--Pero usted tambin era su amigo! Y eso es lo que hace incomprensible
su conducta. Por qu no tiene usted para Freneuse la adhesin absoluta
de Tragomer? Por qu no tiene usted la ciega confianza de Marenval?
Por qu, cuando en otra poca hablaba  usted de este asunto, me daba
respuestas evasivas y ahora hostiles? Hay un secreto entre los dos? Sea
usted franco y diga qu les ha separado y qu les separa todava.

--Su crimen, dijo Sorege framente, y su condena. Es, por cierto,
bastante. Piensa usted que si yo hubiera perdido hasta ese punto la
memoria, el mundo no me hubiera recordado que Jacobo de Freneuse fu
arrancado por los gendarmes del banquillo de los acusados y conducido
con esposas primero  la crcel y despus  presidio? Mi alejamiento,
que usted convierte en un crimen, es el mismo de todo el mundo. Un
infeliz que cae tan bajo, es un apestado del que todos se apartan con
horror. Esto no es, acaso, sublime, pero si muy humano. Nadie elige un
presidiario por compaero habitual. Cuando la sociedad ha arrojado lejos
de ella por una severa condena  un hombre indigno, no es el momento de
irle  buscar para hacerle caricias y glorificarle. Yo no soy ms que un
hombre y no un san Vicente de Paul. Y por otra parte, obraron de otro
modo Tragomer y Marenval? El desgraciado Jacobo fu un paria para ellos
como para todos los que le conocan. El abandono fu completo y la huda
general.  qu vienen hoy  acusarme? Tragomer ha necesitado dos aos
para cambiar de opinin y eso, sabe usted por qu? Porque ama  la
seorita de Freneuse y no ha podido olvidarla aunque lo ha procurado
viajando por el mundo. En cuanto  Marenval, es un _snob_,  quien se
hace ir  donde se quiere sin ms que prometerle que hablarn de l los
peridicos. Esos seores han tenido el deseo de arrebatar  Freneuse de
su prisin y trarsele  Europa y han ejecutado su plan con una suerte
rara. Ya est el condenado en libertad. Pero de eso  probar su
inocencia hay la misma distancia que de la Nueva Caledonia  Inglaterra.
Y no es acusando  diestro y siniestro  todo el mundo como lograrn
probar que un juez de instruccin, doce jurados, tres magistrados y la
justicia en masa se han engaado groseramente y enviado un inocente 
presidio.

-- no ser que se pruebe, dijo miss Harvey, que las apariencias fueron
arregladas tan hbilmente que fu imposible no creer en la culpa de ese
desgraciado.

--Oh! eso lo dicen todos los condenados... Es muy fcil... Pero en
cuanto  dar una prueba...

--Y si esa prueba existiera?

Sorege se puso lvido, sus ojos lanzaron un relmpago y exclam:

--Qu prueba?

--La confesin del crimen por su autor.

--Y ese autor, quin es?

--Una mujer. Tendr que decir  usted su nombre? Cul, en este caso?
Porque se le conocen tres: el que usted nos dijo al introducirla aqu,
Jenny Hawkins, la cantante de _Covent-Garden_; Juana Baud, la fugitiva
que usted hizo venir  Inglaterra hace dos aos; y Lea Peralli, la
miserable con la cual maquin usted el complot contra Jacobo de
Freneuse. Esto es muy claro, seor de Sorege; ahora se trata de
responder sin ms ambigedades.

--Y Jenny Hawkins me ha hecho esas acusaciones?

--Y las renovar por escrito. Se ha comprometido  ello formalmente.

De todo lo hablado, la despierta inteligencia de Sorege no retuvo ms
que ese futuro: las renovar. Luego Jenny no haba escrito nada todava.
Entrevi la salvacin y tuvo un acceso de hilaridad que son de un modo
extrao en el silencio del saln.

--Ah! Conque escribir? Y  mi, qu me importa! Por dinero se har
escribir  esa individua todo lo que se quiera.  Qu le cuesta eso? Se
marchar con la msica  otra parte llevndose el bolsillo bien repleto,
y todo se reduce  cambiar otra vez de nombre. El mundo es grande.
Italia y Espaa estn  su disposicin... Las mujeres de teatro saben
disfrazarse y engaan al mundo fcilmente. Qu importa un escrito
destinado  satisfacer la envidia  el rencor de ciertas personas? Esta
noche, miss Maud, traer  usted, si lo desea, un ments formal de todo
lo que se afirma contra mi, firmado por esa muchacha. Y en cambio
reclamar que se me ensee el escrito en que me acusa.

--Escuche usted. No quiero olvidar que he sido su amiga. Ms le vale 
usted confesar francamente lo que tiene que reprocharse, que insistir en
negar contra toda evidencia. Se pierde usted, se lo juro... Esa mujer
no miente cuando se acusa... Ni Tragomer, ni Marenval, ni Freneuse
mienten...

Sorege se levant bruscamente y dijo con acento furioso:

--Si no son ellos, soy yo?

En este instante se abri la puerta y apareci Julio Harvey, rojo de
indignacin.

--Pardiez! s, es usted, puesto que es preciso decrselo. Hase visto
obstinacin semejante? Mi hija le ha tratado con demasiada
consideracin... Yo no hubiera tomado tantas precauciones.

Sorege hizo un gesto terrible.

--Cmo llama usted al modo con que se conduce conmigo? dijo. Esto se
llama en todos los pases del mundo una emboscada. Estaba usted
apostado para escuchar y sorprenderme!... Vamos! Llame usted  sus
aclitos. Ya es tiempo de que nos veamos cara  cara.

El Sorege circunspecto y discreto que ordinariamente se vea haba
desaparecido. Sus duras facciones estaban impregnadas de una indomable
energa, sus ojos, entonces muy abiertos, echaban llamas, y se ergua,
terrible, pronto  atacar y  defenderse. Detrs de Harvey, haban
aparecido Tragomer, Marenval y Jacobo. Sorege les englob  todos en el
mismo insulto:

--Estabais escuchando en las puertas! Aproximaos, seores, y veris ms
cmodamente. Doy un ments formal  los que me acusan. No he sabido ms
de lo que dije anoche al seor de Freneuse, y muy tarde ya para
utilizarlo en su favor. En cuanto  su conducta personal con sus
antiguos amigos, ms vale no hablar de ella, y si no se acuerda de los
servicios que le prest Lea Peralli, es un ingrato...

Tragomer hizo un movimiento tan violento hacia Sorege, que Jacobo le
puso la mano en el brazo para detenerle.

--Las cuentas que haya podido tener con Lea Peralli, dijo, sern
saldadas entre ella y yo. Las que tengo con el seor de Sorege son de
tal naturaleza, que, por su inters, le invito  no insistir en
ellas...

--Qu tengo que temer? pregunt audazmente el conde.

--Usted? Nada! dijo Jacobo framente. Otro hombre temera la deshonra.

--Me insulta usted! exclam Sorege lvido.

--Haba dicho  usted que no insistiera, continu Jacobo con calma. Nada
tiene usted que ganar en ello y me asombra su tenacidad. Cre  usted
ms hbil. Pero en vista de que usted quiere que se digan las palabras
decisivas, va  ser complacido. El que se ha portado con un amigo que le
abra con toda su confianza su corazn, como usted se ha portado
conmigo, es el ltimo de los miserables, seor de Sorege. He visto en el
presidio de que vengo muchos malvados, pero ninguno tan perfecto como
usted.

--Eso es lo que usted quiere, un duelo conmigo, que le levante y que le
lave!

--Se engaa usted. No busco tal duelo. Le juzgo  usted pero no me
dignar castigarlo.

--Se ha vuelto usted cobarde? dijo en tono burln Sorege. No le
faltaba  usted ms que eso!

--Me he vuelto paciente, dijo dulcemente Jacobo, y lo pruebo.

--Pues bien, salo usted por completo!

Di tres pasos y levantando el brazo, trat de pegar  su antiguo amigo
en la cara. En este instante la fisonoma de Jacobo se transfigur y se
puso espantosa. Cogi el brazo  Sorege, rechazndole con fuerza, y dijo
articulando un grito de furor:

--Tendr que matar  este hombre?

Se calm instantneamente, solt al conde y dijo dirigindose  miss
Harvey:

--Perdone usted, seorita. No quera que fuese usted testigo de una
escena de violencia, pero me han obligado.

Sorege se volvi hacia miss Maud y dijo con imperturbable audacia:

--He prometido  usted pruebas, miss Harvey, y suceda lo que quiera, se
las dar.

Salud  Julio Harvey con un movimiento de cabeza y mirando
despreciativamente  Tragomer,  Marenval y  Jacobo, dijo en tono
altanero:

--Nos veremos, seores!

--No se lo deseo  usted, dijo Marenval con desdn.

Sin responder, Sorege fu hacia la puerta y sali. Cuando hubo
desaparecido todos los presentes se sintieron como libres de un enorme
peso. Miss Maud se acerc  su padre y le dijo con sonrisa un tanto
forzada:

--Perdneme usted por haber resistido  sus consejos queriendo casarme
con ese personaje. No le haba  usted engaado su golpe de vista y
haba juzgado con acierto.

--Querida ma, un hombre que no es aficionado  los caballos, ni  los
perros, ni  los barcos, y que no mira jams de frente, no puede ser
honrado. Eras libre y te dejaba hacer. Pero creo que causars un gran
placer  tus hermanos cuando les digas que has puesto en la puerta  ese
caballero.

--Un _snob_! murmur Marenval. Me ha llamado _snob_!... Por mi vida,
que me las ha de pagar.

--Silencio! dijo Cristin en voz baja. No es hora de recriminar, sino de
tener actividad. Con un mozo como Sorege todo es de temer mientras no le
hayamos puesto  buen recaudo. Ya habis visto cmo se ha defendido.
Dejemos  Jacobo y vamos  casa de Vesn.

Los hermanos de Maud acababan de entrar y estaban desarticulando los
hombros de los visitantes de su padre  fuerza de hercleos apretones de
manos. Tragomer y Marenval aprovecharon la confusin para desaparecer.
Al pasar oyeron  miss Maud que deca  Jacobo, sentado  su lado:

--Su madre de usted y su hermana no deben vivir esperando el resultado
definitivo de esta empresa... Quisiera conocerlas. Usted me presentar
 ellas, verdad?

Jacobo respondi:

--S.

En la escalera se detuvo Marenval y dijo con aire malicioso:

--Sabe usted lo que pienso, Cristin? Que miss Maud est  punto de
enamorarse de nuestro amigo. Esa americanita es novelesca como una
alemana...

--Y no le disgustara hacerse francesa.

Sorege sali de casa de Harvey temblando de furor. Ya en la calle se
desahog jurando terriblemente, hasta el punto de escandalizar  un
guardia que haca tranquilamente su servicio. Al principio anduvo sin
objeto ni saber  dnde iba. La sangre le herva y su cabeza pareca
querer estallar. Aquel hombre fro haba perdido la calma y se
encontraba en uno de esos momentos en que no se da importancia  la
vida, ni propia ni ajena. Si con una palabra hubiera podido aniquilar el
hotel Harvey y todos los que en l estaban, la afrenta que acababa de
sufrir hubiera sido terriblemente vengada. Sorege anduvo calles y calles
rumiando sus reveses y su clera. De pronto se detuvo; se encontraba
detrs de _Withe-Hall_ y se puso  pasear delante del palacio pensando
profundamente.

 pesar de sus precauciones y de sus estratagemas todo se vena abajo
por culpa de aquel miserable Freneuse. Las mentiras y las perfidias
acumuladas para perderle no haban servido para nada. Arrojado al fondo
de un abismo tan profundo que pareca imposible salir de l, Jacobo
suba hacia la luz, hacia la libertad, hacia la dicha, y l tena que
asistir impotente  aquel cambio de fortuna. Un deseo claro y terminante
de venganza se impuso  su pensamiento; necesit herir  su enemigo
aunque l tuviese que sucumbir al mismo tiempo. En el trance en que se
encontraba haba que jugar el todo por el todo. Sorege no dud  hizo de
antemano el sacrificio de la vida, con tal de aniquilar  Jacobo.

Entonces decidi volver  casa de Lea. Ella deba decidir de su triunfo
 de su prdida; ella sola poda proporcionarle medios de defensa. Si
Lea quera, si l lograba una vez ms dominarla, fuese por la
persuasin, fuese por la violencia, todo se podra arreglar. Tom por el
_Strand_ y se dirigi hacia _Tavistock-Street_. Eran las cuatro cuando
pas por _Charing-Cross_.

Sorege pensaba: Lea comer en su casa antes de ir al teatro, segn su
costumbre. Si esta maana no estaba en casa cuando me present, la
encontrar seguramente ahora. Cueste lo que cueste, por cualquier medio,
es preciso que logre hacerme escuchar por ella aunque no sea ms que un
cuarto de hora. Que yo la vea, que mis ojos se fijen en los suyos y la
obligar  obedecerme. Su voluntad ser paralizada por la ma.

Lleg  la casa, entr y observ con satisfaccin que el polizonte de
por la maana no estaba en el portal. Subi vivamente y llam  la
puerta del departamento. Nadie respondi; el mismo silencio de abandono.
Permaneci escuchando un largo rato y no percibi seal alguna de vida
en la casa. Sorege tembl al pensar que acaso Lea se haba marchado para
no encontrarse enfrente de l. Si Jacobo la haba hecho mudarse, cmo
encontrarla en aquella inmensa poblacin? Y la hora avanzaba, y el
peligro se haca cada vez mayor. Era preciso impedir  toda costa que la
traicin se consumara. Si Lea haba hablado haba que impedir que
escribiese, pero para esto haba que verla, y la puerta segua cerrada,
y la casa pareca vaca. Sorege dijo en voz alta:

--Aunque tenga que estar aqu hasta la noche, la he de ver.

Se sent en un escaln y all permaneci en la oscuridad, emboscado como
un cazador al acecho. Al cabo de un instante dijo otra vez:

--Esta loca tiene miedo de m, que vengo  salvarla, mientras que los
otros la engaan y la pierden.

Ni un aliento, ni un rumor que revelase la presencia de un ser viviente.
La clera se apoder de Sorege. Se levant y dijo estremecindose de
impaciencia:

--Aunque tenga que echar la puerta abajo, yo sabr si esta mujer se
oculta de m.

Retrocedi dos pasos y se arroj con tal fuerza contra la puerta, que
esta no qued, evidentemente, en estado de recibir otro golpe. En el
mismo instante se abri la puerta y Lea, muy plida, apareci en el
umbral. Con un ademn indic la casa  Sorege y dijo con voz cansada:

--Puesto que no puedo escapar  su persecucin, entre usted.

Sorege entr sin replicar, dichoso por haberlo logrado  pesar de su
resistencia, y augurando bien de aquella primera ventaja. Se sent en el
saloncillo sin que nadie se lo indicara y Lea permaneci en pie, con los
brazos cruzados y mirndole con aire preocupado.

--De modo que te has pasado al enemigo? dijo Sorege en tono sardnico.
Qu te han prometido para que te vuelvas contra m?

Lea no respondi.

--Sin duda te han asegurado la impunidad! Pero cmo es eso posible?
Lea Peralli viva supone Juana Baud enterrada. Y si es Lea quien la mat,
no fu Jacobo de Freneuse. De qu modo, por qu prodigio se establecer
la inocencia del uno y se salvar al mismo tiempo  la otra?

Lea respondi con acento dolorido:

--Y quin permite  usted creer que yo quiero salvarme?

--Entonces buscas t misma la expiacin?

La cantante irgui su frente soberbia y dijo con gran tranquilidad:

--Por qu no?

--Has llegado  tal grado de debilidad que ya no quieres defenderte?

--Estoy cansada de astucias, de engaos, de fugas y de misterios. Todo
antes que volver  empezar la vida que arrastro hace dos aos.

--S! Qujate todava! Nunca has estado tan favorecida. Has logrado la
celebridad y la riqueza. No parece sino que la sangre es un abono para
la dicha! Y vas  despreciar todas estas hermosas condiciones de vida?
Vamos! Reflexiona, porque la cosa vale la pena.

--Me canso de ser una mentira viviente!

--S! Ser mejor que seas la sinceridad muerta! Ests divagando,
querida. Sabes lo que te espera si desempeas el papel que te ha
aconsejado la camarilla de Freneuse? El presidio, por lo menos, y acaso
el patbulo.

--Estoy pronta!

--Vamos  ver, Lea, no estamos representando el cuarto acto de la
_Hebrea_! No se trata ahora de hacer gorgoritos en la cavatina. Aqu
todo es real, serio y decisivo. No hay que jugar con la justicia, que no
tiene nada de benvola. Con ella no hay laureles artsticos que valgan.
Esos hombres togados te condenarn duramente si te dejas coger. yeme
con buen sentido solamente un cuarto de hora y despus eres libre de
hacer lo que quieras. Est convenido, verdad? En primer lugar, veamos,
qu te ha dicho Jacobo? Qu te ha pedido? Qu le has prometido t?
Os habis visto ayer despus de la maldita velada de Harvey? Haca
mucho tiempo que no os hablabais y no ha debido reinar entre vosotros la
mayor cordialidad. Debe guardarte rencor! Y  m me odia de muerte!
Puedes comprender, querida, que nuestros destinos estn estrechamente
ligados y que permitir que me hieran mis enemigos es herirte t misma.

Sorege poda hablar  su antojo; Lea no trat de interrumpirle ni una
sola vez. Apoyada en la chimenea y con el codo sobre la guarnicin,
jugaba maquinalmente con una larga aguja de sombrero, de cabeza de oro
incrustada de zafiros. Pinchaba con distraccin el _peluche_ de la
chimenea y no pareca prestar la menor atencin  lo que deca Sorege.
ste no perdi la paciencia, pues saba que con aquella naturaleza
violenta y arrebatada era necesaria la astucia, y continu sus
argumentos.

--El objeto de Jacobo era evidentemente obtener de t una confesin.
Sospechaba lo ms gordo del negocio y necesitaba conocerle en detalle,
que es lo que da  los hechos toda su fuerza  inspira  las personas
una certidumbre. Te ha hecho hablar?... Qu le has dicho? Cmo ha
logrado convencerte? Qu comedia ha representado? Acaso ha fingido que
te ama todava?

 esta ltima insinuacin, dicha con una voz dulzarrona, la vi
estremecerse y comprendi que haba dado en el clavo.

--Qu le cuestan las frases de ternura? Conoce tu credulidad Ha
abusado de ella tantas veces! Unas cuantas palabras cariosas, una
promesa de olvido, acaso una esperanza de reconciliacin!

El proyecto de iros muy lejos  olvidar las horas malas para no
acordaros sino de vuestro antiguo amor. No es eso?

Una gran palidez se apoder de la cara de aquella mujer. Sus ojos se
pusieron sombros y su aliento se hizo corto. Sufra horriblemente.
Entonces Sorege, con una risa en la que sonaba la venganza, aadi:

--Si, sin duda alguna; y t has cado en la red. Vamos! Ya era tiempo
de que yo viniese para hacerte volver  la razn.

Lea levant la cabeza y dijo con gravedad:

--Es verdad! Ya era tiempo, en efecto.

--Ah! Lo ves? exclam Sorege triunfante.

Lea le mir con sublime desprecio.

--Ha comprendido usted mal. Todo este da que he pasado encerrada, sola
y reflexionando, ha estado lleno de malas horas. El peligro infunde
sospechas y yo s que corro peligros. El deseo de salvarnos nos hace
cobardes, y  pesar de las promesas que se me han hecho, me preguntaba
con angustia si no tendra que temer algn engao. He reflexionado para
decidir si cumplira el compromiso que he adquirido  si me sustraera 
l por la fuga. Cuando usted ha llegado, dudaba. Ahora estoy resuelta.

--Te vas?

--Me quedo.

--Te pierdes!

--Pero salvo  un inocente.

--Ests loca!

--Ya me lo ha dicho usted y ha habido instantes en que he podido
creerlo, pero usted mismo acaba de volverme al sentimiento de la verdad
y de la justicia. En pocos minutos se ha mostrado usted tan bajo, tan
cobarde y tan miserable, que no puedo dudar del buen derecho de aquel
contra quien usted se encarniza. Tena la bochornosa debilidad de dudar
entre la salvacin de Jacobo y la ma: usted me ha aconsejado. Ya no hay
duda posible. Entregarme de nuevo  un monstruo como usted, sera
completar mi crimen.

Sorege di un salto al oir el ultraje y dijo, ya de pie:

--As recompensas los servicios que t he prestado? Me he comprometido
por ti y me entregas  mis enemigos!

--Yo no he sido ms que un instrumento de odio en las hbiles manos de
usted. Ahora lo veo. El mal que yo he hecho, usted lo ha concebido y
premeditado y es ms responsable que yo. Usted no se ha comprometido por
salvarme, me ha perdido para satisfacer su odio. Yo he sido siempre su
vctima, siempre sublevada y ahora implacable...

Sorege dijo en tono burln:

--Vamos! Ya tenemos, por fin, la verdad. Qu arma vas  dar contra mi
 ese hroe de tu ltima novela?

--Mi confesin escrita y firmada para probar su inocencia y mi crimen.

Sorege se dirigi hacia ella.

--Dnde est ese papel?

--Qu le importa  usted!

--Vas  drmelo ahora mismo.

--Jams!

--Ah! Estpida criatura Ten cuidado! Me conoces bastante para saber
que no dudar en hacerte pedazos, si es preciso para mi seguridad.

--Puede usted buscar. No encontrar nada.

--Le has enviado ya?

--Esta maana.

--Mientes! Acabas de decirme que hasta mi llegada habas vacilado...

Lea hizo un movimiento al verse adivinada  instintivamente volvi los
ojos hacia un escritorio, cerca de la ventana. Sorege se arroj  l de
un salto y  pesar de los esfuerzos que ella haca para impedrselo,
contenindola con una mano y registrando con la otra, se apoder de una
carta en cuyo sobre estaba escrito el nombre de Jacobo.

Sorege se apart con aire sombro, mir  Lea profundamente y dijo:

--Aqu est!  No crea que fueses capaz de denunciarme!

--De qu le sirve  usted coger ese papel? grit la cantante
encolerizada. Si usted la destruye, puedo escribir otra declaracin.

--Por eso voy  tomar mis precauciones en consecuencia. Sintate  esa
mesa.

Y mostr  Lea el escritorio del que haba cogido el papel. La cantante
no contest, ni se movi siquiera. Sorege se lleg  ella, la cogi
bruscamente por un brazo y la empuj hasta la silla colocada delante del
escritorio.

--Ahora, escribe.

--Qu?

--Sencillamente esto: "La pretendida confesin que posee el seor de
Freneuse me ha sido arrancada con amenazas de muerte. Libre y duea de
mi misma, me retracto de ella completamente. Jams he cometido el crimen
de que se me obliga  acusarme."

Lea le mir con tranquilidad.

--Y despus?

--Nada ms.

La cantante se levant y ambos quedaron cara  cara, sin contenerse ya y
respirando el odio y la violencia.

--Por el diablo! Si no escribes, estpida, te aplasto.

Cogi la mano de aquella mujer y la apret con toda su fuerza. Lea
enrojeci de dolor y de clera y trat de desasirse, pero l la tena
como con una tenaza de acero.

--Me hace usted dao! Djeme!

--Obedece!

--No!

--Obedece!

Lea lanz un grito desesperado y se retorci, con las lgrimas en los
ojos.

--Oh! Me martiriza usted... Cobarde!

--Obedece, mal bicho,  te rompo el brazo!

Aquel hombre cataba espantoso de furor y el pensamiento de un asesinato
apareca en sus ojos. Lea cay de rodillas enloquecida. Cerca de ella la
aguja de acero y cabeza de zafiros, verdadero estilete, estaba cada en
la alfombra. Lea la cogi con la mano izquierda y se levant. Sorege le
di un tremendo empujn hacia la mesa.

--Vamos! Despachmonos! No tengo tiempo de andar en contemplaciones.
No tienes la mano tan estropeada que no puedas escribir... Pronto!

Lea permaneci como atontada, de pie, sin moverse, y l le di un golpe
violento en un hombro.

--Vamos  volver  empezar?... Ira de Dios! Te voy...

No dijo una palabra ms. Dando un grito de rabia, Lea se volvi y le
hiri en la garganta con la larga aguja. Sorege se qued de pie, con los
ojos fijos y una sonrisa estpida en los labios. Sus brazos se abrieron
y buscaron en el aire un punto de apoyo. Trat de arrancarse el estilete
de acero que tena clavado, di dos pasos vacilantes, sus rodillas
flaquearon y cay dando un suspiro aterrador. Al caer, la aguja se lo
introdujo hasta la cabeza de zafiros. Sufri una convulsin que le hizo
volverse de espalda y se qued inmvil.

Inclinada sobre l, Lea le vi contrado, terrible, inerte. No haba
corrido ni una gota de sangre. La aguja tapaba hermticamente la herida
y su punta haba llegado al corazn. Con pasos cauteolosos, como si
temiese despertar de su espantoso sueo al que tema ms muerto que
vivo, se ech un abrigo por la espalda y huy  la calle. Sin saber lo
que haca, tom la direccin de su teatro. Eran las seis.

Pas por delante del conserje, que le dijo:

--Seora Hawkins viene usted con mucho adelanto. Aqu tiene su llave. La
doncella no ha llegado todava. Va usted  comer en su cuarto?

Lea no respondi y subi la escalera que conduca al primer piso. Sigui
un largo pasillo, abri una puerta y entr en la habitacin que le
serva de saln de recibo. Se sent, sin encender luz, y se puso 
llorar desesperadamente, lanzando desgarradores sollozos.

Aquella noche miss Harvey lleg  su palco, contra toda costumbre, al
tiempo de levantarse el teln. Capuleto estaba presentando su hija  los
seores reunidos en su palacio. Julieta sonrea, pero una gran tristeza
velaba la gracia de su semblante. Cant con brillantez febril el vals y
la escena del encuentro con Romeo le vali una entusiasta salva de
aplausos.

La artista no salud, como si permaneciese indiferente al favor del
pblico. Dijo con acento profundo la frase:

    _Y la tumba ser nuestro lecho nupcial_.

Baj el teln y no volvi  levantarse,  pesar de los gritos
entusiastas de todo el pblico. Nunca la Hawkins y Novelli haban
cantado mejor, segn la impresin unnime de todo el teatro. La
representacin empezaba de tal modo, que tena que acabar en un gran
triunfo. Harvey y sus dos hijos estaban en el palco, donde reservaban un
sitio para Marenval. Tragomer y Jacobo tenan otro palco ms oculto 
fin de no dejarse ver. Haban comido con la seora de Freneuse y Mara y
el tiempo se haba deslizado tan dichoso en la dulce intimidad de la
familia, que estaban dando las once cuando los dos amigos entraron en el
teatro.

El cuarto acto llegaba  su fin. En cuanto baj el teln, Tragomer fu
al palco de Harvey y Jacobo se meti entre bastidores. Conforme estaba
convenido, quera ver  Lea y recibir de ella la declaracin escrita que
deba servir para rehabilitarle.

Conducido por un celador, lleg al primer piso, y envuelto en una
atmsfera enrarecida y perfumada Jacobo sigui el corredor como un
enamorado que va  ver  su bella, segn opinaron de aquel elegante
joven los que se cruzaron con l en el camino, y se detuvo ante una
puerta  la que su conductor llam discretamente. La doncella abri y
Freneuse vi  la cantante tendida en un divn y rodeada de ramos y
canastillos de flores. Plida, inmvil, vestida con el blanco traje
nupcial, pareca la hija de Capuleto dormida con el sueo remedo de la
muerte. Al ver  Jacobo no hizo ni un movimiento; una triste sonrisa se
dibuj en sus labios y dijo dulcemente:

--Llega usted tarde, amigo mo. He tenido un gran xito... Vea usted
estas flores... Me aclaman, me envidian... Soy un hermoso dolo
verdad? Quin no querra estar en mi puesto?

La doncella sali, y apenas se cerr la puerta Lea se levant de un
salto y toda cambiada, la cara contrada, la voz temblorosa, dijo
llevndose  Jacobo al punto ms apartado de la pieza:

--Mrame bien... No me encuentras nada nuevo en la mirada? Soy la
misma mujer?

--Qu tienes? pregunt Jacobo, asustado por su agitacin. Qu ha
sucedido?

--Lo que deba suceder fatalmente, respondi Lea con una actitud de
extravi. Sorege ha venido  mi casa...

--Y le has recibido?

--No he tenido otro remedio. Ofreca estarse all hasta que saliera. No
poda escapar. No se evita lo inevitable! Te lo haba dicho... Lo
saba... Mi suerte estaba decidida...

--Pero  qu se ha atrevido? pregunt Jacobo, que empezaba  estar
inquieto.

-- todo aquello de que es capaz...

Lea se quit los brazaletes y dijo enseando en sus brazos las huellas
de los dedos de Sorege:

--Casi me ha roto el brazo para obligarme  desmentir mi declaracin...
Creo que me hubiera matado...

--Y has obedecido?

La cantante levant la frente, mir  Jacobo  los ojos y con una
sonrisa que recordaba  la tierna, fiel y enamorada Lea de otros
tiempos, contest:

--No! No he obedecido, Jacobo, no porque se trataba de mi vida, sino
porque quera salvar la tuya...

--Entonces?...

Lea baj la voz y dijo con aire aterrado:

--Se trataba de l  de m, Jacobo; era preciso elegir y he elegido. Ya
no har dao  nadie! La declaracin que yo deba darte est en su
bolsillo; all la encontrarn... Yo no me atrev  cogerla... Est
cado en el suelo en el saln de la casa de _Tavistock-Street_, con los
ojos terriblemente abiertos y la boca todava amenazadora...

--Le has matado?

--Cllate, desgraciado! No se debe saber eso hasta maana. Es preciso
que yo est libre hasta el fin del espectculo. An no he terminado mi
misin. Me pagan y tengo que cantar. Precisamente esta noche est el
pblico loco conmigo...

Al decir esto, tena un aire tan extrao, que Jacobo crey que el
cerebro de aquella mujer no haba podido resistir las duras pruebas que
vena sufriendo, y se haba vuelto loca. Pens llamar y no crey lo que
le deca. Pero vi en los ojos de la infeliz un pensamiento de
desesperacin tan terrible, que tuvo el presentimiento de una desgracia
inmediata.

La voz del traspunte se oy en el pasillo:

-- escena para el ltimo acto...

Y al pasar cerca de la puerta:

--Miss Hawkins, se puede empezar?

--S, respondi Lea tranquilamente, ya bajo.

Cogi de un canastillo una orqudea blanca con manchas rojas y dijo
presentndosela  Jacobo:

--Gurdala en memoria ma. Esta flor es como mi alma; ensangrentada y,
sin embargo, pura...

--Lea, dijo Jacobo asustado, pide un momento de descanso; no ests en
posesin de ti misma...

--S! Jams he estado ms segura de mi... Es el acto de la muerte,
Jacobo; vers qu bien le canto... Anda, vete  verme. Lo quiero...

Jacobo trat de detenerla, de calmarla.

--Lea!

La cantante lo mir profundamente, le dirigi otra sonrisa y se arroj
en sus brazos en un movimiento apasionado, dicindole:

--Dame un beso, quieres? Es la ltima vez que estamos juntos. Permteme
que al partir lleve en la frente el recuerdo de tus labios.

Jacobo se prest dulcemente  ese capricho y ella entonces le apret
contra su corazn con una fuerza extraordinaria y exclam:

--Oh! Si me hubieras amado siempre, vivira y sera dichosa...

Hizo un ademn de desolacin y prosigui:

--Ay! Ya no es tiempo! Adis!

Le ech un ltimo beso con la punta de los dedos y se lanz fuera. Ya la
orquesta ejecutaba el sublime preludio del acto de las tumbas. Jacobo,
turbado y lleno de preocupacin, entr en la sala y se reuni con
Tragomer. El acto haba comenzado y Romeo estaba cantando. Jacobo se
inclin al odo de Cristin y murmur:

--No s qu va  pasar, pero Lea ha perdido la cabeza. Acaba de decirme
que esta tarde ha ido Sorege  amenazarla,  violentarla, y que ella le
ha matado.

--Dios mo! exclam Tragomer. Pero ella, entonces, la desgraciada...

--Mrala! Est aterradora...

Con la palidez de la muerte en las mejillas, Julieta se levant de la
tumba y fu  caer en los brazos de su amante. Con voz que pareca
velada por el crepsculo de la noche eterna, la hija de Capuleto
esperaba la embriaguez de su dicha al despertarse sobre el corazn del
bien amado. Despus el veneno haca su efecto y Romeo palideca,
sucumbiendo. Julieta le retuvo con fuerza, como si se acusase de aquella
muerte que l se daba por su amor. En seguida arranc de la cintura de
Romeo el pual que de ella penda y echando  la aguda hoja una mirada
de dichoso alivio, pronunci como un grito de libertad esta frase:

"Ah! Bendito pual! Eres mi ltimo recurso!"

Y con firme brazo se asest una pualada en el mismo sitio en que haba
herido  Sorege. Sigui de pie, pero la voz se extingui en sus labios.
Un hilo de sangre surgi de la garganta y se desliz por el traje
blanco. Sus ojos se nublaron. Novelli se levant en este momento y se
arroj sobre su compaera gritando:

--Socorro! Se ha herido!

Un espantoso rumor parti de todos los puntos de la sala. Los
espectadores, de pie, miraban aterrados. La cantante agit lentamente la
mano como para decir que todo era intil. Bosquej una sonrisa,
esperando que la recogera Jacobo. Su belleza era tan brillante en aquel
momento supremo, que los tres mil espectadores que ocupaban el teatro se
callaron como por una fuerza misteriosa, y se oy el ltimo suspiro que
se exhalaba de los labios de la artista. Vacil como una flor cortada, y
cay muerta en aquella misma escena en que acababa de triunfar su arte.

       *       *       *       *       *

M. Melville, avisado por telfono, sali de _Scotland-Yard_ y se dirigi
al domicilio de la cantante. Sorege estaba tendido en la alfombra del
saln, lvido y horrible. En el bolsillo de su levita se encontr la
declaracin de Lea probando la inocencia de Jacobo, que fu enviada  la
embajada francesa por la polica de Londres. Vesn march  Pars,  fin
de activar la revisin del proceso. Los Harvey en su yate y Marenval,
Tragomer y la familia de Freneuse en el _Magic_, se haban dirigido 
Cowes.

Los jvenes pasaron dos meses deliciosos en la intimidad de una
existencia activa y libre, navegando por el tranquilo mar  anclados en
las radas del Solento. La belleza de Mara, realzada por la esperanza,
brill entonces con todo su esplendor. La joven se mostr encantadora y
tierna con Cristin, como si quisiera hacerle olvidar los pasados
rigores.

Jacobo sencillo, dulce, un poco grave, y tan diferente de si mismo que
era imposible reconocerle, se complaca en hablar con miss Harvey que le
peda interminablemente el relato de sus aventuras y de sus miserias. El
joven confesaba sus errores, sus locuras y sus faltas y describa los
sufrimientos de su vida con una humildad y una emocin, que conmovan
profundamente  la americana. Jacobo no demostraba el ardor y la fuerza
de la juventud sino para remar y montar  caballo con los hijos de
Harvey, y aun stos tenan que rogrselo vivamente as ellos como la
seora de Freneuse, inquieta por las tendencias msticas de su hijo y
deseosa de verle volver  los gustos de la vida normal. Con este mismo
fin la madre de Jacobo favoreca la intimidad de su hijo con miss Maud.
Pero pronto qued sentado que nada modificara en las horas de felicidad
los proyectos madurados en las de angustia.

El mes de agosto expiraba y Julio Harvey anunciaba el propsito de
marchar  Portsmouth para hacer provisiones de carbn y de vveres  fin
de volver  Amrica. Tena que arreglar negocios en su pas y sus hijos
deban volver  los prados para vigilar las ganaderas. Miss Maud se
resign  acompaar  su padre, pero quera llevarse con ella  las
seoras de Freneuse y  Jacobo.

--El proceso, deca, que consagrar la inocencia de su hijo de usted, no
ser resuelto hasta dentro de algunos meses. Qu van ustedes  hacer
hasta entonces? Si vuelven  Francia no podrn vivir sino muy retiradas
y probablemente el seor de Freneuse tendr que constituirse en prisin,
pues hasta que se pronuncie la nueva sentencia le considerarn como
culpable. Vnganse, pues, con nosotros  Nueva York... Dejaremos  mi
padre y  mis hermanos ir  Dakota y nosotros nos instalaremos
tranquilamente en Newport. El seor de Tragomer nos acompaar, pues 
Marenval le creo muy deseoso de volver  Pars.

--Vngase usted, Tragomer, decan los _cow-boys_; iremos hasta las altas
mesetas  tirar  los bisontes. Hay todava hermosas manadas, y
acamparemos en las tiendas con los _Cherokees_... All ver usted
potros, como no los hay en el mundo, que corren veinticuatro horas sin
descansar... Pescaremos el salmn en los _creeks_... Hay rincones
donde se cogen piezas que datan del diluvio... Unos monstruos! Venga
usted, Tragomer, venga usted... Cuando tengamos  Jacobo en el suelo
americano, le pondremos en forma... Es un buen _sportman_; no hay que
dejarle hacerse cura.

Miss Maud se encarg en persona de intentar el esfuerzo supremo. Una
noche en que se paseaba con Jacobo por la cubierta del _Magic_, en la
rada de Cowes, se detuvo repentinamente y se apoy en la borda del yate.
El mar estaba fosforescente. Por todos lados las luces elctricas
marcaban el sitio de los barcos anclados y un viento tibio y ligero
cantaba en las vergas. Innumerables estrellas bordaban el cielo en sus
resplandores de oro plido. La joven estaba mordisqueando una rosa y
miraba al mar sin decir palabra. Jacobo,  su lado, escuchaba
distradamente una msica que se oa  lo lejos en la oscuridad. Miss
Maud se levant y dijo, fijando en la cara de Jacobo sus ojos
perspicaces:

--Seor de Freneuse, conviene hablar esta noche sinceramente, para que
no tengamos despus ni penas ni arrepentimientos. Usted tiene proyectos
que afligen  su madre y  su hermana. No hablo de sus amigos, entre los
que nos contamos, pues la autoridad que pueden tener sobre usted es muy
dbil comparada con la de esas dos mujeres que tanto han llorado por
usted. Existe ademas otra afeccin que puede tener una influencia
decisiva en la vida de un hombre. Y aun esa es preciso que el que la
provoca, la sienta.

Se detuvo un poco confusa, tanto por la gravedad de la confidencia como
por la dificultad de completarla. Pero era un espritu enrgico y
continu atrevidamente:

--Ha hecho usted muchas locuras, pero las ha expiado con muchos
sufrimientos. Est usted, pues, en paz consigo mismo. Por qu insiste
usted en dejar el mundo  pesar de la pena que causa  su familia? Debe
usted ciertas compensaciones  las que han sufrido por su causa. En fin,
si una mujer, conmovida por sus desgracias, interesada por su
rehabilitacin y sinceramente enamorada de usted, se ofreciera  cuidar
las heridas secretas de su corazn,  curarlas y  cifrar su dicha en
hacer de usted el hombre que debe ser, rechazara usted esa ternura?

Levant su frente en la que brillaban la inteligencia y la voluntad, y
prosigui:

--Yo soy esa mujer que le ama y que le ofrece la mano. Si usted la
admite, tendr en mi una compaera resuelta y adicta. El bien que usted
se propone hacer  la humanidad  cambio del mal que de ella ha
recibido, lo haremos juntos. Todo lo que pido es que me hable usted
francamente para saber si debo esperar  resignarme. Diga Usted s, y
vamos juntos  ver  mi padre y  que yo abrace  su madre de usted con
todo mi corazn. Diga usted no, y maana parto, para que no me vea usted
llorar.

Maud ofreci su mano y Jacobo la vi plida, en la clara noche, y con
los ojos brillantes de emocin. El joven se inclin con respetuoso
dolor:

--Aunque mi sinceridad aflija  usted, miss Maud, voy  obedecerla
hablando francamente. Estoy conmovido hasta lo ms profundo de mi ser
por su generosa y caritativa afeccin. Usted ha sido impulsada, cosa
digna de una mujer, por la obra de dulzura y de piedad que desea
realizar cerca de un desgraciado. Pero yo me juzgo ms severamente que
usted y s cuntas manchas contiene todava ese corazn que usted cree
purificado. Mido mejor que nadie la profundidad de mi cada y no creo
que un ngel como usted pueda levantarme tan fcilmente. No me siento
digno de usted, mis Harvey, y lo confieso con una humildad muy
meritoria, llorando de agradecimiento por su bondad.

Cogi su mano y llevndosela  los labios la moj con sus lgrimas.
Despus continu con voz alterada:

--En fin, preciso es que se lo confe  usted como  todos mis otros
amigos; no soy libre de disponer de mi. He hecho un voto. En el momento
ms grave de mi vida, cuando se estaba decidiendo mi salvacin  mi
prdida, jur dedicarme  Dios si me permita volver  mi familia y  mi
pas y probar mi inocencia.

Dios me oy y ya no me pertenezco. Me entrego al que despus de haberme
castigado justamente, tuvo piedad de m. Perdn, miss Maud. Si una mujer
poda realizar la obra que usted haba soado, esa mujer es usted.
Solamente Dios habr sido preferido.

Maud le mir por ltima vez y comprendi que todo haba acabado. Suspir
y dejando caer en el mar la flor que tena en los labios, como caan en
la nada los ensueos acariciados por su pensamiento, pronunci esta sola
palabra.

--Adis!

Y desapareci por el puente, como una sombra.

El da siguiente el yate de Julio Harvey zarp en direccin de la costa
inglesa.


FIN

Les Abymes, abril-agosto 1898.












End of the Project Gutenberg EBook of En el Fondo del Abismo, by Jorge Ohnet

*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EN EL FONDO DEL ABISMO ***

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809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
business@pglaf.org.  Email contact links and up to date contact
information can be found at the Foundation's web site and official
page at http://pglaf.org

For additional contact information:
     Dr. Gregory B. Newby
     Chief Executive and Director
     gbnewby@pglaf.org


Section 4.  Information about Donations to the Project Gutenberg
Literary Archive Foundation

Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
spread public support and donations to carry out its mission of
increasing the number of public domain and licensed works that can be
freely distributed in machine readable form accessible by the widest
array of equipment including outdated equipment.  Many small donations
($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
status with the IRS.

The Foundation is committed to complying with the laws regulating
charities and charitable donations in all 50 states of the United
States.  Compliance requirements are not uniform and it takes a
considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
with these requirements.  We do not solicit donations in locations
where we have not received written confirmation of compliance.  To
SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
particular state visit http://pglaf.org

While we cannot and do not solicit contributions from states where we
have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
against accepting unsolicited donations from donors in such states who
approach us with offers to donate.

International donations are gratefully accepted, but we cannot make
any statements concerning tax treatment of donations received from
outside the United States.  U.S. laws alone swamp our small staff.

Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
methods and addresses.  Donations are accepted in a number of other
ways including including checks, online payments and credit card
donations.  To donate, please visit: http://pglaf.org/donate


Section 5.  General Information About Project Gutenberg-tm electronic
works.

Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
concept of a library of electronic works that could be freely shared
with anyone.  For thirty years, he produced and distributed Project
Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.


Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
unless a copyright notice is included.  Thus, we do not necessarily
keep eBooks in compliance with any particular paper edition.


Most people start at our Web site which has the main PG search facility:

     http://www.gutenberg.net

This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
