The Project Gutenberg eBook, Marianela, by Benito Prez Galds

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Title: Marianela

Author: Benito Prez Galds

Release Date: December 17, 2005  [eBook #17340]
[Last updated on June 3, 2007]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1


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E-text prepared by Chuck Greif



Marianela

Por

Benito Prez Galds

Imprenta y Litografa de La Guirnalda

Madrid

1878







-I-

Perdido


Se puso el sol. Tras el breve crepsculo vino tranquila y oscura la
noche, en cuyo negro seno murieron poco a poco los ltimos rumores de la
tierra soolienta, y el viajero sigui adelante en su camino,
apresurando su paso a medida que avanzaba la noche. Iba por angosta
vereda, de esas que sobre el csped traza el constante pisar de hombres
y brutos, y suba sin cansancio por un cerro en cuyas vertientes se
alzaban pintorescos grupos de guinderos, hayas y robles. (Ya se ve que
estamos en el Norte de Espaa.)

Era un hombre de mediana edad, de complexin recia, buena talla, ancho
de espaldas, resuelto de ademanes, firme de andadura, basto de
facciones, de mirar osado y vivo, ligero a pesar de su regular obesidad,
y (dgase de una vez aunque sea prematuro) excelente persona por
doquiera que se le mirara. Vesta el traje propio de los seores
acomodados que viajan en verano, con el redondo sombrerete, que debe a
su fealdad el nombre de hongo, gemelos de campo pendientes de una
correa, y grueso bastn que, entre paso y paso, le serva para apalear
las zarzas cuando extendan sus ramas llenas de afiladas uas para
atraparle la ropa.

Detvose, y mirando a todo el crculo del horizonte, pareca impaciente
y desasosegado. Sin duda no tena gran confianza en la exactitud de su
itinerario y aguardaba el paso de algn aldeano que le diese buenos
informes topogrficos para llegar pronto y derechamente a su destino.

--No puedo equivocarme--murmur--. Me dijeron que atravesara el ro por
la pasadera... as lo hice. Despus que marchara adelante, siempre
adelante. En efecto, all, detrs de m queda esa apreciable villa, a
quien yo llamara _Villafangosa_ por el buen surtido de lodos que hay en
sus calles y caminos.... De modo que por aqu, adelante, siempre
adelante (me gusta esta frase, y si yo tuviera escudo no le pondra otra
divisa) he de llegar a las famosas minas de Socartes.

Despus de andar largo trecho, aadi:

--Me he perdido, no hay duda de que me he perdido.... Aqu tienes,
Teodoro Golfn, el resultado de tu _adelante_, _siempre adelante_. Estos
palurdos no conocen el valor de las palabras. O han querido burlarse de
ti, o ellos mismos ignoran dnde estn las minas de Socartes. Un gran
establecimiento minero ha de anunciarse con edificios, chimeneas, ruido
de arrastres, resoplido de hornos, relincho de caballos, trepidacin de
mquinas, y yo no veo, ni huelo, ni oigo nada.... Parece que estoy en un
desierto... qu soledad! Si yo creyera en brujas, pensara que mi
destino me proporcionaba esta noche el honor de ser presentado a
ellas.... Demonio!, pero no hay gente en estos lugares?... An falta
media hora para la salida de la luna. Ah!, bribona, t tienes la culpa
de mi extravo.... Si al menos pudiera conocer el sitio donde me
encuentro.... Pero qu ms da? (Al decir esto, hizo un gesto propio del
hombre esforzado que desprecia los peligros). Golfn, t que has dado la
vuelta al mundo, te acobardars ahora?... Ah!, los aldeanos tenan
razn: adelante, siempre adelante. La ley universal de la locomocin no
puede fallar en este momento.

Y puesta denodadamente en ejecucin aquella osada ley, recorri un
kilmetro, siguiendo a capricho las veredas que le salan al paso y se
cruzaban y se quebraban en ngulos mil, cual si quisiesen engaarle y
confundirle ms. Por grande que fuera su resolucin e intrepidez, al fin
tuvo que pararse. Las veredas, que al principio suban, luego empezaron
a bajar, enlazndose; y al fin bajaron tanto, que nuestro viajero
hallose en un talud, por el cual slo habra podido descender echndose
a rodar.

--Bonita situacin!--exclam sonriendo y buscando en su buen humor
lenitivo a la enojosa contrariedad--. En dnde ests, querido Golfn?
Esto parece un abismo. Ves algo all abajo? Nada, absolutamente nada...
pero el csped ha desaparecido, el terreno est removido. Todo es aqu
pedruscos y tierra sin vegetacin, teida por el xido de hierro.... Sin
duda estoy en las minas... pero ni alma viviente, ni chimeneas
humeantes, ni ruido, ni un tren que murmure a lo lejos, ni siquiera un
perro que ladre.... Qu har?, hay por aqu una vereda que vuelve a
subir. Seguirela? Desandar lo andado?... Retroceder! Qu absurdo! O
yo dejo de ser quien soy, o llegar esta noche a las famosas minas de
Socartes y abrazar a mi querido hermano. Adelante, siempre adelante.

Dio un paso y hundiose en la frgil tierra movediza.

--Esas tenemos, seor planeta?... Con que quiere usted tragarme?... Si
ese holgazn satlite quisiera alumbrar un poco, ya nos veramos las
caras usted y yo.... Y a fe que por aqu abajo no hemos de ir a ningn
paraso. Parece esto el crter de un volcn apagado.... Hay que andar
suavemente por tan delicioso precipicio. Qu es esto? Ah! Una piedra;
magnfico asiento para echar un cigarro, esperando a que salga la luna.

El discreto Golfn se sent tranquilamente como podra haberlo hecho en
el banco de un paseo; y ya se dispona a fumar, cuando sinti una voz...
s, indudablemente era una voz humana que lejos sonaba, un quejido
pattico, mejor dicho, melanclico canto, formado de una sola frase,
cuya ltima cadencia se prolongaba apianndose en la forma que los
msicos llamaban _morendo_, y que se apagaba al fin en el plcido
silencio de la noche, sin que el odo pudiera apreciar su vibracin
postrera.

--Vamos--dijo el viajero lleno de gozo--, humanidad tenemos. Ese es el
canto de una muchacha; s, es voz de mujer, y voz preciossima. Me gusta
la msica popular de este pas.... Ahora calla.... Oigamos, que pronto
ha de volver a empezar.... Ya, ya suena otra vez. Qu voz tan bella,
qu meloda tan conmovedora! Creerase que sale de las profundidades de
la tierra y que el seor de Golfn, el hombre ms serio y menos
supersticioso del mundo, va a andar en tratos ahora con los silfos,
ondinas, gnomos, hadas y toda la chusma emparentada con la loca de la
casa.... Pero, si no me engaa el odo, la voz se aleja.... La graciosa
cantora se va.... Eh! Muchacha, aguarda, detn el paso.

La voz, que durante breve rato haba regalado con encantadora msica el
odo del hombre extraviado, se iba perdiendo en la inmensidad tenebrosa,
y a los gritos de Golfn, el canto extinguiose por completo. Sin duda la
misteriosa entidad gnmica, que entretena su soledad subterrnea
cantando tristes amores, se haba asustado de la brusca interrupcin del
hombre, huyendo a las ms hondas entraas de la tierra, donde moran,
avaras de sus propios fulgores, las piedras preciosas.

--Esta es una situacin divina--murmur Golfn, considerando que no
poda hacer mejor cosa que dar lumbre a su cigarro--. No hay mal que
cien aos dure. Aguardemos fumando. Me he lucido con querer venir solo y
a pie a las minas de Socartes. Mi equipaje habr llegado primero, lo que
prueba de un modo irrebatible las ventajas del _adelante_, _siempre
adelante_.

Moviose entonces ligero vientecillo, y Teodoro crey sentir pasos
lejanos en el fondo de aquel desconocido o supuesto abismo que ante s
tena. Puso atencin y no tard en adquirir la certeza de que alguien
andaba por all. Levantndose, grit:

--Muchacha, hombre, o quien quiera que seas, se puede ir por aqu a las
minas de Socartes?

No haba concluido, cuando oyose el violento ladrar de un perro, y
despus una voz de hombre, que dijo:

--Choto, Choto, ven aqu.

--Eh!--grit el viajero--. Buen amigo, muchacho de todos los demonios,
o lo que quiera que seas, sujeta pronto ese perro, que yo soy hombre de
paz!

--Choto, Choto!

Golfn vio que se le acercaba un perro negro y grande; mas el animal,
despus de gruir junto a l, retrocedi llamado por su amo. En tal
punto y momento, el viajero pudo distinguir una figura, un hombre, que
inmvil y sin expresin, cual mueco de piedra, estaba en pie a
distancia como de diez varas ms abajo de l, en una vereda trasversal
que apareca irregularmente trazada por todo lo largo del talud. Este
sendero y la humana figura detenida en l llamaron vivamente la atencin
de Golfn, que dirigiendo gozosa mirada al cielo, exclam:

--Gracias a Dios!, al fin sali esa loca. Ya podemos saber dnde
estamos. No sospechaba yo que tan cerca de m existiera esta senda....
Pero si es un camino.... Hola!, amiguito, puede usted decirme si estoy
en las minas de Socartes?

--S, seor, estas son las minas de Socartes, aunque estamos un poco
lejos del establecimiento.

La voz que esto deca era juvenil y agradable, y resonaba con las
simpticas inflexiones que indican una disposicin a prestar servicios
con buena voluntad y cortesa. Mucho gust al doctor orla, y ms an
observar la dulce claridad que, difundindose por los espacios antes
oscuros, haca revivir cielo y tierra, cual si se los sacara de la nada.

--_Fiat lux_--dijo descendiendo--. Me parece que acabo de salir del caos
primitivo. Ya estamos en la realidad.... Bien, amiguito, doy a usted
gracias por las noticias que me ha dado y las que an ha de darme....
Sal de Villamojada al ponerse el sol. Dijronme que adelante, siempre
adelante....

--Va usted al establecimiento?--pregunt el misterioso joven,
permaneciendo inmvil y rgido, sin mirar al doctor, que ya estaba
cerca.

--S, seor; pero sin duda equivoqu el camino.

--Esta no es la entrada de las minas. La entrada es por la pasadera de
Rabagones, donde est el camino y el ferro-carril en construccin. Por
all hubiera usted llegado en diez minutos al establecimiento. Por aqu
tardaremos ms, porque hay bastante distancia y muy mal camino. Estamos
en la ltima zona de explotacin, y hemos de atravesar algunas galeras
y tneles, bajar escaleras, pasar trincheras, remontar taludes,
descender el plano inclinado; en fin, recorrer todas las minas de
Socartes desde un extremo, que es este, hasta el otro extremo, donde
estn los talleres, los hornos, las mquinas, el laboratorio y las
oficinas.

--Pues a fe ma que ha sido floja mi equivocacin--dijo Golfn riendo.

--Yo le guiar a usted con mucho gusto, porque conozco estos sitios
perfectamente.

Golfn, hundiendo los pies en la tierra, resbalando aqu y bailoteando
ms all, toc al fin el benfico suelo de la vereda, y su primera
accin fue examinar al bondadoso joven. Breve rato estuvo el doctor
dominado por la sorpresa.

--Usted...--murmur.

--Soy ciego, s, seor--aadi el joven--; pero sin vista s recorrer de
un cabo a otro las minas de Socartes. El palo que uso me impide
tropezar, y Choto me acompaa, cuando no lo hace la Nela, que es mi
lazarillo. Con que sgame usted y djese llevar.




-II-

Guiado


--Ciego de nacimiento?--dijo Golfn con vivo inters que no era slo
inspirado por la compasin.

--S, seor, de nacimiento--repuso el ciego con naturalidad. No conozco
el mundo ms que por el pensamiento, el tacto y el odo. He podido
comprender que la parte ms maravillosa del universo es esa que me est
vedada. Yo s que los ojos de los dems no son como estos mos, sino que
por s conocen las cosas; pero este don me parece tan extraordinario,
que ni siquiera comprendo la posibilidad de poseerlo.

--Quin sabe...--manifest Teodoro--pero qu es esto que veo, amigo
mo, qu sorprendente espectculo es este?

El viajero, que haba andado algunos pasos junto a su gua, se detuvo
asombrado de la fantstica perspectiva que se ofreca ante sus ojos.
Hallbase en un lugar hondo, semejante al crter de un volcn, de suelo
irregular, de paredes ms irregulares an. En los bordes y en el centro
de la enorme caldera, cuya magnitud era aumentada por el engaoso
claro-oscuro de la noche, se elevaban figuras colosales, hombres
disformes, monstruos volcados y patas arriba, brazos inmensos
desperezndose, pies truncados, desparramadas figuras semejantes a las
que forma el caprichoso andar de las nubes en el cielo; pero quietas,
inmobles, endurecidas. Era su color el de las momias, un color terroso
tirando a rojo; su actitud la del movimiento febril sorprendido y
atajado por la muerte. Pareca la petrificacin de una orga de
gigantescos demonios; y sus manotadas, los burlones movimientos de sus
desproporcionadas cabezas haban quedado fijos como las inalterables
actitudes de la escultura. El silencio que llenaba el mbito del
supuesto crter era un silencio que daba miedo. Creerase que mil voces
y aullidos haban quedado tambin hechos piedra, y piedra eran desde
siglos de siglos.

--En dnde estamos, buen amigo?--dijo Golfn--. Esto es una pesadilla.

--Esta zona de la mina se llama la Terrible--repuso el ciego indiferente
al estupor de su compaero de camino--. Ha estado en explotacin hasta
que hace dos aos se agot el mineral de calamina. Hoy los trabajos se
hacen en otras zonas que hay ms arriba. Lo que a usted le maravilla son
los bloques de piedra que llaman cretcea y de arcilla ferruginosa
endurecida que han quedado despus de sacado el mineral. Dicen que esto
presenta un golpe de vista sublime, sobre todo a la luz de la luna. Yo
de nada de eso entiendo.

--Espectculo asombroso, s--dijo el forastero detenindose en
contemplarlo--, pero que a m antes me causa espanto que placer, porque
lo asocio al recuerdo de mis neuralgias. Sabe usted lo que me parece?
Me parece que estoy viajando por el interior de un cerebro atacado de
violentsima jaqueca. Estas figuras son como las formas perceptibles que
afecta el dolor cefallgico, confundindose con los terrorficos bultos
y sombrajos que engendra la fiebre.

--Choto, Choto, aqu!--dijo el ciego--. Caballero, mucho cuidado ahora,
que vamos a entrar en una galera.

En efecto, Golfn vio que el ciego, tocando el suelo con su palo, se
diriga hacia una puertecilla estrecha, cuyo marco eran tres gruesas
vigas.

El perro entr primero olfateando la negra cavidad. Siguole el ciego con
la impavidez de quien vive en perpetuas tinieblas. Teodoro fue detrs,
no sin experimentar cierta repugnancia instintiva hacia la importuna
excursin bajo la tierra.

--Es pasmoso--dijo--que usted entre y salga por aqu sin tropiezo.

--Me he criado en estos sitios y los conozco como mi propia casa. Aqu
se siente fro; abrguese usted si tiene con qu. No tardaremos mucho en
salir.

Iba palpando con su mano derecha la pared, formada de vigas
perpendiculares. Despus dijo:

--Cuide usted de no tropezar en los carriles que hay en el suelo. Por
aqu se arrastra el mineral de las pertenencias de arriba. Tiene usted
fro?

--Diga usted, buen amigo--interrog el doctor festivamente--. Est
usted seguro de que no nos ha tragado la tierra? Este pasadizo es un
esfago. Somos pobres bichos que hemos cado en el estmago de un gran
insectvoro. Y usted, joven, se pasea mucho por estas amenidades?

--Mucho paseo por aqu a todas horas, y me agrada extraordinariamente.
Ya hemos entrado en la parte ms seca. Esto es arena pura.... Ahora
vuelve la piedra.... Aqu hay filtraciones de agua sulfurosa; por aqu
una capa de tierra, en que se encuentran conchitas de piedra.... Tambin
hay capas de pizarra: esto llaman esquistos.... Oye usted cmo canta el
sapo? Ya estamos cerca de la boca. All se pone ese holgazn todas las
noches. Le conozco; tiene una voz ronca y pausada.

--Quin, el sapo?

--S, seor. Ya nos acercamos al fin.

--En efecto; all veo como un ojo que nos mira. Es la claridad de la
boca.

Cuando salieron, el primer accidente que hiri los sentidos del doctor,
fue el canto melanclico que haba odo antes. Oyolo tambin el ciego;
volviose bruscamente y dijo sonriendo con placer y orgullo:

--La oye usted?

--Antes o esa voz y me agrad sobremanera. Quin es la que canta?...

En vez de contestar, el ciego se detuvo, y dando al viento la voz con
toda la fuerza de sus pulmones, grit:

--Nela!... Nela!

Ecos sonorosos, prximos los unos, lejanos otros, repitieron aquel
nombre.

El ciego, ponindose las manos en la boca en forma de bocina, grit:

--No vengas, que voy all. Esprame en la herrera... en la herrera!

Despus, volvindose al doctor, le dijo:

--La Nela es una muchacha que me acompaa; es mi lazarillo. Al anochecer
volvamos juntos del prado grande... haca un poco de fresco. Como mi
padre me ha prohibido que ande de noche sin abrigo, metime en la cabaa
de Romolinos, y la Nela corri a mi casa a buscarme el gabn. Al poco
rato de estar en la cabaa, acordeme de que un amigo haba quedado en
esperarme en casa; no tuve paciencia para aguardar a la Nela, y sal con
Choto. Pasaba por la Terrible, cuando le encontr a usted.... Pronto
llegaremos a la herrera. All nos separaremos, porque mi padre se enoja
cuando entro tarde en casa, y ella le acompaar a usted hasta las
oficinas.

--Muchas gracias, amigo mo.

El tnel les haba conducido a un segundo espacio ms singular que el
anterior. Era una profunda grieta abierta en el terreno, a semejanza de
las que resultan de un cataclismo; pero no haba sido abierta por las
palpitaciones fogosas del planeta, sino por el laborioso azadn del
minero. Pareca el interior de un gran buque nufrago, tendido sobre la
playa, y a quien las olas hubieran quebrado por la mitad, doblndole en
un ngulo obtuso. Hasta se podan ver sus descarnados costillajes, cuyas
puntas coronaban en desigual fila una de las alturas. En la concavidad
panzuda distinguanse grandes piedras, como restos de carga maltratados
por las olas; y era tal la fuerza pictrica del claro-oscuro de la luna,
que Golfn crey ver, entre mil despojos de cosas nuticas, cadveres
medio devorados por los peces, momias, esqueletos, todo muerto, dormido,
semi-descompuesto y profundamente tranquilo, cual si por mucho tiempo
morara en la inmensa sepultura del mar.

La ilusin fue completa cuando sinti rumor de agua, un chasquido
semejante al de las olas mansas cuando juegan en los huecos de una pea
o azotan el esqueleto de un buque nufrago.

--Por aqu hay agua--dijo a su compaero.

--Ese ruido que usted siente--replic el ciego detenindose--y que
parece... cmo lo dir? no es verdad que parece ruido de grgaras,
como el que hacemos cuando nos curamos la garganta?

--Exactamente. Y dnde est ese buche de agua? Es algn arroyo que
pasa?

--No, seor. Aqu, a la izquierda, hay una loma. Detrs de ella se abre
una gran boca, una sima, un abismo cuyo fin no se sabe. Se llama la
Trascava. Algunos creen que va a dar al mar por junto a Ficbriga. Otros
dicen que por el fondo de l corre un ro que est siempre dando vueltas
y ms vueltas, como una rueda, sin salir nunca fuera. Yo me figuro que
ser como un molino. Algunos dicen que hay all abajo un resoplido de
aire que sale de las entraas de la tierra, como cuando silbamos, el
cual resoplido de aire choca contra un chorro de agua, se ponen a reir,
se engrescan, se enfurecen y producen ese hervidero que omos de fuera.

--Y nadie ha bajado a esa sima?

--No se puede bajar sino de una manera.

--Cmo?

--Arrojndose a ella. Los que han entrado no han vuelto a salir, y es
lstima, porque nos hubieran dicho qu pasaba all dentro. La boca de
esa caverna hllase a bastante distancia de nosotros; pero hace dos aos
los mineros, cavando en este sitio, descubrieron una hendidura en la
pea, por la cual se oye el mismo hervor de agua que por la boca
principal. Esta hendidura debe comunicar con las galeras de all
dentro, donde est el resoplido que sube y el chorro que baja. De da
podr usted verla perfectamente, pues basta trepar un poco por las
piedras del lado izquierdo, para llegar hasta ella. Hay un cmodo
asiento. Algunas personas tienen miedo de acercarse; pero la Nela y yo
nos sentamos all muy a menudo a or cmo resuena la voz del abismo. Y
efectivamente, seor, parece que nos hablan al odo. La Nela dice y jura
que oye palabras, que las distingue claramente. Yo, la verdad, nunca he
odo palabras; pero s un murmullo como soliloquio o meditacin, que a
veces parece triste, a veces alegre, a veces colrico, a veces burln.

--Pues yo no oigo sino ruido de grgaras--dijo el doctor riendo.

--As parece desde aqu... Pero no nos retardemos, que es tarde.
Preprese usted a pasar otra galera.

--Otra?

--S, seor. Y sta, al llegar a la mitad se divide en dos. Hay despus
un laberinto de vueltas y revueltas, porque se hicieron galeras que
despus quedaron abandonadas, y aquello est como Dios quiere. Choto,
adelante.

Choto se meti por un agujero, como hurn que persigue al conejo, y
siguironle el doctor y su gua, que tentaba con su palo el tortuoso,
estrecho y lbrego camino. Nunca el sentido del tacto haba tenido ms
delicadeza y finura, prolongndose desde la epidermis humana hasta un
pedazo de madera insensible. Avanzaron, describiendo primero una curva,
despus ngulos y ms ngulos, siempre entre las dos paredes de tablones
hmedos y medio podridos.

--Sabe usted a lo que me parece esto?--dijo el doctor, conociendo que
los smiles agradaban a su gua--. Pues se me parece a los pensamientos
del hombre perverso. Parece que somos la intuicin del malo, cuando
penetra en su conciencia para verse en toda su fealdad.

Crey Golfn que se haba expresado en lenguaje poco inteligible para el
ciego; mas ste probole lo contrario, diciendo:

--Para el que posee ese reino desconocido de la luz, estas galeras
deben de ser tristes; pero yo, que vivo en tinieblas, hallo aqu cierta
conformidad de la tierra con mi propio ser. Yo ando por aqu como usted
por la calle ms ancha. Si no fuera porque unas veces es escaso el aire
y otras la humedad excesiva, preferira estos lugares subterrneos a
todos los dems lugares que conozco.

--Esto es la idea de la meditacin.

--Yo siento en mi cerebro un paso, un agujero lo mismo que este por
donde voy, y por l corren mis ideas desarrollndose magnficamente.

--Oh! cun lamentable cosa es no haber visto nunca la bveda azul del
cielo en pleno da!--exclam el doctor con espontaneidad suma--. Dgame
usted, este conducto donde las ideas de usted se desarrollan
magnficamente, no se acaba nunca?

--Ya, ya pronto estaremos fuera.... Dice usted que la bveda del
cielo...? Ah! Ya me figuro que ser una concavidad armoniosa, a la cual
parece que podremos alcanzar con las manos, sin poder hacerlo realmente.

Al decir esto, salieron; Golfn, respirando con placer y fuerza, como el
que acaba de soltar un gran peso, exclam mirando al cielo:

--Gracias a Dios que os vuelvo a ver, estrellitas del firmamento. Nunca
me habis parecido ms lindas que en este instante.

--Al pasar--dijo el ciego, alargando su mano que mostraba una piedra--he
cogido este pedazo de caliza cristalizada; sostendr usted que estos
cristalitos que mi tacto halla tan bien cortados, tan finos, y tan bien
pegados los unos a los otros no son una cosa muy bella? Al menos a m me
lo parece.

Dicindolo, desmenuzaba los cristales.

--Amigo querido--dijo Golfn con emocin y lstima--es verdaderamente
triste que usted no pueda conocer que ese pedruzco no merece la atencin
del hombre, mientras est suspendido sobre nuestras cabezas el infinito
rebao de maravillosas luces que llenan la bveda del cielo.

El ciego volvi su rostro hacia arriba, y dijo con profunda tristeza:

--Es verdad que exists, estrellas?

--Dios es inmensamente grande y misericordioso--observ Golfn, poniendo
su mano sobre el hombro de su acompaante--. Quin sabe, quin sabe,
amigo mo.... Se han visto, se ven todos los das casos muy raros.

Mientras esto deca, le miraba de cerca, tratando de examinar a la
escasa claridad de la noche las pupilas del joven. Fijo y sin mirada, el
ciego volva sonriendo su rostro hacia donde sonaba la voz del doctor.

--No tengo esperanza--murmur.

Haban salido a un sitio despejado. La luna, ms clara a cada rato,
iluminaba praderas ondulantes y largos taludes, que parecan las
escarpas de inmensas fortificaciones. A la izquierda y a regular altura
vio el doctor un grupo de blancas casas en el mismo borde de la
vertiente.

--Aqu a la izquierda--dijo el ciego--est mi casa. All arriba... sabe
usted? Aquellas tres casas es lo que queda del lugar de Aldeacorba de
Suso: lo dems ha sido expropiado en diversos aos para beneficiar el
terreno; todo aqu debajo es calamina. Nuestros padres vivan sobre
miles de millones sin saberlo.

Esto deca, cuando se vino corriendo hacia ellos una muchacha, una nia,
una chicuela, de ligersimos pies y menguada estatura.

--Nela, Nela--dijo el ciego--. Me traes el abrigo?

--Aqu est--repuso la muchacha ponindole un capote sobre los hombros.

--sta es la que cantaba?... Sabes que tienes una preciosa voz?

--Oh!--exclam el ciego con candoroso acento de encomio--canta
admirablemente--. Ahora, Mariquilla, vas a acompaar a este caballero
hasta las oficinas. Yo me quedo en casa. Ya siento la voz de mi padre
que baja a buscarme. Me reir de seguro.... All voy, all voy!

--Retrese usted pronto, amigo--dijo Golfn estrechndole la mano--. El
aire es fresco y puede hacerle dao. Muchas gracias por la compaa.
Espero que seremos amigos, porque estar aqu algn tiempo.... Yo soy
hermano de Carlos Golfn, el ingeniero de estas minas.

--Ah!... ya.... D. Carlos es muy amigo de mi padre y mo: le espera a
usted desde ayer.

--Llegu esta tarde a la estacin de Villamojada... dijronme que
Socartes estaba cerca y que poda venirme a pie. Como me gusta ver el
paisaje y hacer ejercicio, y como me dijeron que adelante, siempre
adelante, ech a andar, mandando mi equipaje en un carro. Ya ve usted
cmo me perd... pero no hay mal que por bien no venga... le he conocido
a usted y seremos amigos, quizs muy amigos.... Vaya, adis; a casa
pronto, que el fresco de Setiembre no es bueno. Esta seora Nela tendr
la bondad de acompaarme.

--De aqu a las oficinas no hay ms que un cuarto de hora de camino...
poca cosa.... Cuidado no tropiece usted en los rails; cuidado al bajar
el plano inclinado. Suelen dejar los vagonetes sobre la va... y con la
humedad, la tierra est como jabn.... Adis, caballero y amigo mo.
Buenas noches.

Subi por una empinada escalera abierta en la tierra y cuyos peldaos
estaban reforzados con vigas. Golfn sigui adelante, guiado por la
Nela. Lo que hablaron merecer captulo aparte? Por si acaso, se lo
daremos.




-III-

Un dilogo que servir de exposicin


--Aguarda, hija, no vayas tan a prisa--dijo Golfn detenindose--djame
encender un cigarro.

Estaba tan serena la noche, que no necesit emplear las precauciones que
generalmente adoptan contra el viento los fumadores. Encendido el
cigarro, acerc la cerilla al rostro de la Nela, diciendo con bondad:

--A ver, ensame tu cara.

Mirbale la muchacha con asombro, y sus negros ojuelos brillaron con un
punto rojizo, como chispa, en el breve instante que dur la luz del
fsforo. Era como una nia, pues su estatura deba contarse entre las
ms pequeas, correspondiendo a su talle delgadsimo y a su busto
mezquinamente constituido. Era como una jovenzuela, pues sus ojos no
tenan el mirar propio de la infancia, y su cara revelaba la madurez de
un organismo en que ha entrado o debido entrar el juicio. A pesar de
esta desconformidad, era admirablemente proporcionada, y su pequea
cabeza remataba con cierta gallarda el miserable cuerpecillo. Alguien
deca que era una mujer mirada con vidrio de disminucin; alguno que era
una nia con ojos y expresin de adolescente. No conocindola, se dudaba
si era un asombroso progreso o un deplorable atraso.

--Qu edad tienes t?--preguntole Golfn sacudiendo los dedos para
arrojar el fsforo, que empezaba a quemarle.

--Dicen que tengo diez y seis aos--replic la Nela, examinando a su vez
al doctor.

--Diez y seis aos! Atrasadilla ests, hija. Tu cuerpo es de doce, a lo
sumo.

--Madre de Dios! Si dicen que yo soy como un fenmeno--manifest ella
en tono de lstima de s misma.

--Un fenmeno!--repiti Golfn poniendo su mano sobre los cabellos de
la chica--. Podr ser. Vamos, guame.

La Nela comenz a andar resueltamente sin adelantarse mucho, antes bien,
cuidando de ir siempre al lado del viajero, como si apreciara en todo su
valor la honra de tan noble compaa. Iba descalza: sus pies, giles y
pequeos denotaban familiaridad consuetudinaria con el suelo, con las
piedras, con los charcos, con los abrojos. Vesta una falda sencilla y
no muy larga, denotando en su rudimentario atavo, as como en la
libertad de sus cabellos sueltos y cortos, rizados con nativa elegancia,
cierta independencia ms propia del salvaje que del mendigo. Sus
palabras, al contrario, sorprendieron a Golfn por lo recatadas y
humildes, dando indicios de un carcter formal y reflexivo. Resonaba su
voz con simptico acento de cortesa, que no poda ser hijo de la
educacin, y sus miradas eran fugaces y momentneas, como no fueran
dirigidas al suelo o al cielo.

--Dime--le pregunt Golfn--t vives en las minas? Eres hija de algn
empleado de esta posesin?

--Dicen que no tengo madre ni padre.

--Pobrecita! T trabajars en las minas....

--No, seor. Yo no sirvo para nada--replic sin alzar del suelo los
ojos.

--Pues a fe que tienes modestia.

Teodoro se inclin para mirarle el rostro. Este era delgado, muy pecoso,
todo salpicado de menudas manchitas parduzcas. Tena pequea la frente,
picudilla y no falta de gracia la nariz, negros y vividores los ojos;
pero comnmente brillaba en ellos una luz de tristeza. Su cabello
dorado-oscuro haba perdido el hermoso color nativo por la incuria y su
continua exposicin al aire, al sol y al polvo. Sus labios apenas se
vean de puro chicos, y siempre estaban sonriendo; pero aquella sonrisa
era semejante a la imperceptible de algunos muertos cuando han dejado de
vivir pensando en el cielo. La boca de la Nela, estticamente hablando,
era desabrida, fea; pero quizs poda merecer elogios, aplicndole el
verso de Polo de Medina: _es tan linda su boca que no pide_. En
efecto; ni hablando, ni mirando, ni sonriendo revelaba aquella miserable
el hbito degradante de la mendicidad callejera.

Golfn le acarici el rostro con su mano, tomndolo por la barba y
abarcndolo casi todo entre sus gruesos dedos.

--Pobrecita!--exclam--. Dios no ha sido generoso contigo. Con quin
vives?

--Con el seor Centeno, capataz de ganado en las minas.

--Me parece que t no habrs nacido en la abundancia. De quin eres
hija?

--Dicen que mi madre venda pimientos en el mercado de Villamojada. Era
soltera. _Me tuvo_ un da de Difuntos, y despus se fue a criar a
Madrid.

--Vaya con la buena seora!--murmur Teodoro con malicia--. Quizs no
tenga nadie noticia de quin fue tu pap.

--S, seor--replic la Nela con cierto orgullo--. Mi padre fue el
primero que encendi las luces en Villamojada.

--Cspita!

--Quiero decir que cuando el Ayuntamiento puso por primera vez faroles
en las calles--dijo la muchacha, dando a su relato la gravedad de la
historia--, mi padre era el encargado de encenderlos y limpiarlos. Yo
estaba ya criada por una hermana de mi madre, que era tambin soltera,
segn dicen. Mi padre haba reido con ella.... Dicen que vivan
juntos... todos vivan juntos... y cuando iba a farolear me llevaba en
el cesto, junto con los tubos de vidrio, las mechas, la aceitera.... Un
da dicen que subi a limpiar el farol que hay en el puente; puso el
cesto sobre el antepecho, yo me sal fuera y came al ro.

--Y te ahogaste!

--No, seor; porque ca sobre piedras. Divina Madre de Dios! Dicen que
antes de eso era yo muy bonita.

--S; indudablemente eras muy bonita--afirm el forastero con el alma
inundada de bondad--. Y todava lo eres.... Pero dime otra cosa. Hace
mucho tiempo que vives en las minas?

--Dicen que hace tres aos. Dicen que mi madre me recogi despus de la
cada. Mi padre cay enfermo, y como mi madre no le quiso asistir,
porque era malo, l fue al hospital donde dicen que se muri. Entonces
vino mi madre a trabajar a las minas. Dicen que un da la despidi el
jefe porque haba bebido mucho aguardiente....

--Y tu madre se fue.... Vamos, ya me interesa esa seora. Se fue....

--Se fue a un agujero muy grande que hay all arriba--dijo Nela,
detenindose ante el doctor y dando a su voz el tono ms pattico--y se
meti dentro.

--Canario! Vaya un fin lamentable! Supongo que no habr vuelto a
salir.

--No, seor--replic la Nela con naturalidad--. All dentro est.

--Despus de esa catstrofe, pobre criatura--dijo Golfn con cario--,
has quedado trabajando aqu. Es un trabajo muy penoso el de la minera.
T ests teida del color del mineral; ests raqutica y mal alimentada.
Esta vida destruye las naturalezas ms robustas.

--No, seor, yo no trabajo. Dicen que yo no sirvo ni puedo servir para
nada.

--Quita all, tonta, t eres una alhaja.

--Que no seor--dijo Nela insistiendo con energa--. Si no puedo
trabajar. En cuanto cargo un peso pequeo, me caigo al suelo. Si me
pongo a hacer alguna cosa difcil en seguida me desmayo.

--Todo sea por Dios.... Vamos, que si cayeras t en manos de personas
que te supieran manejar, ya trabajaras bien.

--No, seor--repiti la Nela con tanto nfasis como si se elogiara--; si
yo no sirvo ms que de estorbo.

--De modo que eres una vagabunda?

--No, seor, porque acompao a Pablo.

--Y quin es Pablo?

--Ese seorito ciego, a quien usted encontr en la Terrible. Yo soy su
lazarillo desde hace ao y medio. Le llevo a todas partes; nos vamos por
esos campos paseando.

--Parece buen muchacho ese Pablo.

La Nela se detuvo otra vez mirando al doctor. Con el rostro
resplandeciente de entusiasmo, exclam:

--Madre de Dios! Es lo mejor que hay en el mundo. Pobre amito mo! Sin
vista tiene l ms talento que todos los que ven.

--Me gusta tu amo. Es de este pas?

--S, seor, es hijo nico de D. Francisco Penguilas, un caballero muy
bueno y muy rico que vive en las casas de Aldeacorba.

--Dime y a ti por qu te llaman la Nela? Qu quiere decir eso?

La muchacha alz los hombros. Despus de una pausa, repuso:

--Mi madre se llamaba la se Mara Canela; pero le decan Nela. Dicen
que este es nombre de perra. Yo me llamo Mara.

--Mariquita.

--Mara Nela me llaman y tambin La Hija de la Canela. Unos me dicen
Marianela, y otros nada ms que la Nela.

--Y tu amo, te quiere mucho?

--S, seor, es muy bueno. l dice que ve con mis ojos, porque como le
llevo a todas partes y le digo cmo son todas las cosas....

--Todas las cosas que no puede ver.

El forastero pareca muy gustoso de aquel coloquio.

--S, seor; yo le digo todo. l me pregunta cmo es una estrella, y yo
se la pinto de tal modo hablando, que para l es lo mismito que si la
viera. Yo le explico todo, cmo son las yerbas, las nubes, el cielo, el
agua y los relmpagos, las veletas, las mariposas, el humo, los
caracoles, el cuerpo y la cara de las personas y de los animales. Yo le
digo lo que es feo y lo que es bonito, y as se va enterando de todo.

--Veo que no es flojo tu trabajo. Lo feo y lo bonito! Ah es nada...
Te ocupas de eso?... Dime, sabes leer?

--No, seor. Si yo no sirvo para nada.

Deca esto en el tono ms convincente, y el gesto de que acompaaba su
firme protesta pareca aadir: Es usted un majadero en suponer que yo
sirvo para algo.

--No veras con gusto que tu amito reciba de Dios el don de la vista?

La muchacha no contest nada. Despus de una pausa, dijo:

--Divino Dios! Eso es imposible.

--Imposible no, aunque difcil.

--El ingeniero director de las minas ha dado esperanzas al padre de mi
amo.

--D. Carlos Golfn?

--S, seor. D. Carlos tiene un hermano mdico que cura los ojos, y,
segn dicen, da vista a los ciegos, arregla a los tuertos y les endereza
los ojos a los bizcos.

--Qu hombre ms hbil!

--S, seor; y como ahora el mdico anunci a su hermano que iba a
venir, su hermano le escribi dicindole que trajera las herramientas
para ver si le poda dar vista a Pablo.

--Y ha venido ya ese buen hombre?

--No, seor: como anda siempre all por las Amricas y las Inglaterras,
parece que tardar en venir. Pero Pablo se re de esto y dice que no le
dar ese hombre lo que la Virgen Santsima le neg desde el nacer.

--Quizs tenga razn.... Pero dime, estamos ya cerca?... porque veo
chimeneas que arrojan un humo ms negro que el del infierno, y veo
tambin una claridad que parece de fragua.

--S, seor, ya llegamos. Aquellos son los hornos de la calcinacin, que
arden da y noche. Aqu enfrente estn las mquinas de lavado, que no
trabajan sino de da; a mano derecha est el taller de composturas y
all abajo, a lo ltimo de todo, las oficinas.

En efecto; el lugar apareca a los ojos de Golfn como lo describa
Marianela. Esparcindose el humo por falta de aire, envolva en una como
gasa oscura y sucia todos los edificios, cuyas masas negras sealbanse
confusa y fantsticamente sobre el cielo iluminado por la luna.

--Ms hermoso es esto para verlo una vez que para vivir aqu--indic
Golfn apresurando el paso--. La nube de humo lo envuelve todo, y las
luces forman un disco borroso, como el de la luna en noches de bochorno.
En dnde estn las oficinas?

--All: ya pronto llegamos.

Despus de pasar por delante de los hornos, cuyo calor obligole a
apretar el paso, el doctor vio un edificio tan negro y ahumado como
todos los dems. Verlo y sentir los gratos sonidos de un piano teclado
con verdadero frenes musical, fue todo uno.

--Msica tenemos. Conozco las manos de mi cuada.

--Es la seorita Sofa, que toca--afirm Mara.

Claridad de alegres habitaciones luca en los huecos, y el balcn
principal estaba abierto. Vease en l una pequea ascua: era la lumbre
de un cigarro. Antes que el doctor llegase, aquella ascua cay,
describiendo una perpendicular y dividindose en menudas y saltonas
chispas; era que el fumador haba arrojado la colilla.

--All est el fumador sempiterno--grit el doctor con acento del ms
vivo cario--. Carlos, Carlos!

--Teodoro!--contest una voz en el balcn.

Call el piano, como un ave cantora que se asusta del ruido. Sonaron
pasos en la casa. El doctor dio una moneda de plata a su gua y corri
hacia la puerta.




-IV-

La familia de piedra


Menudeando el paso y saltando sobre los obstculos que hallaba en su
camino, la Nela se dirigi a la casa que est detrs de los talleres de
maquinaria y junto a las cuadras donde rumiaban pausada y gravemente las
sesenta mulas del establecimiento. Era la morada del seor Centeno de
moderna construccin, si bien nada elegante ni aun cmoda. Baja de
techo, pequea para albergar en sus tres piezas a los esposos Centeno, a
los cuatro hijos de los esposos Centeno, al gato de los esposos Centeno,
y, por aadidura, a la Nela, la casa, no obstante, figuraba en los
planos de vitela de aquel gran establecimiento ostentando orgullosa,
como otras muchas, este letrero: _Vivienda de capataces_.

En lo interior el edificio serva para probar prcticamente un aforismo
que ya conocemos, por haberlo visto enunciado por la misma Marianela;
es, a saber, que ella, Marianela, no serva ms que de estorbo. En
efecto; all haba sitio para todo: para los esposos Centeno, para las
herramientas de sus hijos, para mil cachivaches de cuya utilidad no hay
pruebas inconcusas, para el gato, para el plato en que coma el gato,
para la guitarra de Tanasio, para los materiales que el mismo empleaba
en componer _garrotes_ (cestas), para media docena de colleras viejas de
mulas, para la jaula del mirlo, para los dos peroles intiles, para un
altar en que la de Centeno pona a la Divinidad ofrenda de flores de
trapo y unas velas seculares, colonizadas por las moscas; para todo
absolutamente, menos para la hija de la Canela. Frecuentemente se oa:

--Que no he de dar un paso sin tropezar con esta condenada Nela!...

Tambin se oa esto:

--Vete a tu rincn.... Qu criatura! Ni hace ni deja hacer a los dems.

La casa constaba de tres piezas y un desvn. Era la primera, a ms de
comedor y sala, alcoba de los Centenos mayores. En la segunda dorman
las dos seoritas, que eran ya mujeres, y se llamaban la Mariuca y la
Pepina. Tanasio, el primognito, se agasajaba en el desvn, y Celipn,
que era el ms pequeo de la familia y frisaba en los doce aos, tena
su dormitorio en la cocina, la pieza ms interna, ms remota, ms
crepuscular, ms ahumada y ms inhabitable de las tres que componan la
morada Centenil.

La Nela, durante los largos aos de su residencia all, haba ocupado
distintos rincones, pasando de uno a otro conforme lo exiga la
instalacin de mil objetos que no servan sino para robar a los seres
vivos su ltimo pedazo de suelo habitable. En cierta ocasin (no
conocemos la fecha con exactitud), Tanasio, que era tan imposibilitado
de piernas como de ingenio, y se haba dedicado a la construccin de
cestas de avellano, puso en la cocina, formando pila, hasta media docena
de aquellos ventrudos ejemplares de su industria. Entonces la de la
Canela volvi tristemente sus ojos en derredor, sin hallar sitio donde
albergarse; pero la misma contrariedad sugiriole repentina y felicsima
idea, que al instante puso en ejecucin. Metiose bonitamente en una
cesta, y as pas la noche en fcil y tranquilo sueo. Indudablemente
aquello era bueno y cmodo: cuando tena fro, tapbase con otra cesta.
Desde entonces, siempre que haba _garrotes_ grandes, no careci de
estuche en que encerrarse. Por eso decan en la casa: Duerme como una
alhaja.

Durante la comida, y entre la algazara de una conversacin animada sobre
el trabajo de la maana, oase una voz que bruscamente deca: Toma. La
Nela recoga una escudilla de manos de cualquier Centeno grande o chico,
y se sentaba contra el arca a comer sosegadamente. Tambin sola orse
al fin de la comida la voz spera y becerril del seor Centeno diciendo
a su esposa en tono de reconvencin: Mujer, que no has dado nada a la
pobre Nela. A veces aconteca que la Seana (este nombre se haba
formado de seora Ana) moviera la cabeza para buscar con los ojos, por
entre los cuerpos de sus hijos, algn objeto pequeo y lejano, y que al
mismo tiempo dijera: Pues qu, estaba ah? Yo pens que tambin hoy se
haba quedado en Aldeacorba.

Por las noches, despus de cenar, rezaban el rosario. Tambalendose como
sacerdotisas de Baco, y revolviendo sus apretados puos en el hueco de
los ojos, la Mariuca y la Pepina se iban a sus lechos, que eran cmodos
y confortantes, paramentados con abigarradas colchas. Poco despus oase
un roncante do de contraltos aletargados que duraba sin interrupcin
hasta el amanecer.

Tanasio suba al alto aposento y Celipn se acurrucaba sobre haraposas
mantas, no lejos de las cestas donde desapareca la Nela.

Acomodados as los hijos, los padres permanecan un rato en la pieza
principal, y mientras Centeno, sentndose estiradamente junto a la
mesilla y tomando un peridico, haca mil muecas y visajes que indicaban
el atrevido intento de leerlo, la Seana sacaba del arca una media
repleta de dinero, y despus de contado y de aadir o quitar algunas
piezas, lo volva a poner cuidadosamente en su sitio. Sacaba despus
diferentes los de papel que contenan monedas de oro, y trasegaba
algunas piezas de uno en otro apartadijo. Entonces solan orse frases
sueltas como stas:

--He tomado treinta y dos reales para el refajo de la Mariuca.... A
Tanasio le he puesto los seis reales que se le quitaron.... Slo nos
faltan once duros para los quinientos....

O como estas:

--Seores diputados que dijeron s... Ayer celebr una conferencia,
etc.

Los dedos de Seana sumaban, y el de Sinforoso Centeno segua tembloroso
y vacilante los renglones, para poder guiar su espritu por aquel
laberinto de letras.

Aquellas frases iban poco a poco resolvindose en palabras sueltas,
despus en monoslabos; oase un bostezo, otro, y al fin todo quedaba en
plcido silencio, despus de extinguida la luz, a cuyo resplandor haba
enriquecido sus conocimientos el capataz de mulas.

Una noche, despus que todo call, dejose or ruido de cestas en la
cocina. Como all haba alguna claridad, porque jams se cerraba la
madera del ventanillo, Cilipn Centeno, que no dorma an, vio que las
dos cestas ms altas, colocadas una contra otra, se separaban abrindose
como las conchas de un bivalvo. Por el hueco aparecieron la narizilla y
los negros ojos de la Nela.

--Celipn, Celipinillo--dijo esta, sacando tambin su mano--. Ests
dormido?

--No, despierto estoy. Nela, pareces una almeja. Qu quieres?

--Toma, toma esta peseta que me dio esta noche un caballero, hermano de
D. Carlos.... Cunto has juntado ya?... Este s que es regalo. Nunca te
haba dado ms que cuartos.

--Dame ac; muchas gracias Nela--dijo el muchacho incorporndose para
tomar la moneda--. Cuarto a cuarto, ya me has dado al pie de treinta y
dos reales.... Aqu lo tengo en el seno, muy bien guardadito en el saco
que me diste. Eres una real moza!

--Yo no quiero para nada el dinero. Gurdalo bien, porque si la Seana
te lo descubre, creer que es para vicios y te pegar con el palo
grande.

--No, no es para vicios, no es para vicios--dijo el chico con energa,
oprimindose el seno con una mano, mientras sostena su cabeza en la
otra--es para hacerme hombre de provecho, Nela, para hacerme hombre de
pesquis, como muchos que conozco. El domingo, si me dejan ir a
Villamojada, he de comprar una cartilla para aprender a leer, ya que
aqu no quieren ensearme. Crcholis! Aprender solo. Ay!, Nela, dicen
que D. Carlos era hijo de uno que barra las calles en Madrid. l solo,
solito l, con la ayuda de Dios, aprendi todo lo que sabe.

--Puede que pienses t hacer lo mismo, bobo.

--Crcholis! Puesto que mis padres no quieren sacarme de estas
condenadas minas, yo me buscar otro camino; s, ya vers quin es
Celipn. Yo no sirvo para esto, Nela. Deja t que tenga reunida una
buena cantidad, y vers, vers, cmo me planto en la villa y all o tomo
el tren para irme a Madrid, o un vapor que me lleve a las islas de all
lejos, o me meto a servir con tal que me dejen estudiar.

--Madre de Dios divino! Qu calladas tenas esas picardas!--dijo la
Nela abriendo ms las conchas de su estuche y echando fuera toda la
cabeza.

--Pero t me tienes por bobo?... Ay! Nelilla, estoy rabiando. Yo no
puedo vivir as, yo me muero en las minas. Crcholis! Paso las noches
llorando, y me muerdo las manos, y... no te asustes, Nela, ni me creas
malo por lo que voy a decirte: a ti sola te lo digo.

--Qu?

--Que no quiero a mi madre ni a mi padre como los debiera querer.

--Ea, pues si haces eso, no te vuelvo a dar un real. Celipn, por amor
de Dios, piensa bien lo que dices.

--No lo puedo remediar. Ya ves cmo nos tienen aqu. Crcholis! No
somos gente, sino animales. A veces se me pone en la cabeza que somos
menos que las mulas, y yo me pregunto si me diferencio en algo de un
borrico.... Coger una cesta llena de mineral y echarla en un vagn;
empujar el vagn hasta los hornos; revolver con un palo el mineral que
se est lavando. Ay!... (al decir esto los sollozos cortaban la voz del
infeliz muchacho). Cr... crcholis!, el que pase muchos aos en este
trabajo, al fin se ha de volver malo, y sus sesos sern de calamina....
No, Celipn no sirve para esto.... Les digo a mis padres que me saquen
de aqu y me pongan a estudiar, y responden que son pobres y que yo
tengo mucha _fantesa_. Nada, nada, no somos ms que bestias que ganamos
un jornal.... Pero t no me dices nada?

La Nela no respondi... Quizs comparaba la triste condicin de su
compaero con la suya propia, hallando esta infinitamente ms aflictiva.

--Qu quieres t que yo te diga?--replic al fin--. Como yo no puedo
ser nunca nada, como yo no soy persona, nada te puedo decir.... Pero no
pienses esas cosas malas, no pienses eso de tus padres.

--T lo dices por consolarme; pero bien ves que tengo razn... y me
parece que ests llorando.

--Yo no.

--S; t ests llorando.

--Cada uno tiene sus cositas que llorar--repuso Mara con voz
sofocada--. Pero es muy tarde, Celipe, y es preciso dormir.

--Todava no... crcholis!

--S, hijito. Durmete y no pienses en esas cosas malas. Buenas noches.

Cerrronse las conchas de almeja y todo qued en silencio.

Se ha declamado mucho contra el positivismo de las ciudades, plaga que
entre las galas y el esplendor de la cultura, corroe los cimientos
morales de la sociedad; pero hay una plaga ms terrible, y es el
positivismo de las aldeas, que petrifica millones de seres, matando en
ellos toda ambicin noble y encerrndoles en el crculo de una
existencia mecnica, brutal y tenebrosa. Hay en nuestras sociedades
enemigos muy espantosos, a saber: la especulacin, el agio, la
metalizacin del hombre culto, el negocio; pero sobre stos descuella un
monstruo que a la callada destroza ms que ninguno: es la codicia del
aldeano. Para el aldeano codicioso no hay ley moral, ni religin, ni
nociones claras del bien; todo esto se resuelve en su alma con
supersticiones y clculos groseros, formando un todo inexplicable. Bajo
el hipcrita candor, se esconde una aritmtica parda que supera en
agudeza y perspicacia a cuanto idearon los matemticos ms expertos. Un
aldeano que toma el gusto a los ochavos y suea con trocarlos en plata
para convertir despus la plata en oro, es la bestia ms innoble que
puede imaginarse; porque tiene todas las malicias y sutilezas del hombre
y una sequedad de sentimientos que espanta. Su alma se va condensando,
hasta no ser ms que un graduador de cantidades. La ignorancia, la
rusticidad, la miseria en el vivir completan esta abominable pieza,
quitndole todos los medios de disimular su descarnado interior.
Contando por los dedos, es capaz de reducir a nmeros todo el orden
moral, la conciencia y el alma toda.

La Seana y el seor Centeno, que haban hallado al fin, despus de mil
angustias, su _pedazo de pan_ en las minas de Socartes, reunan, con el
trabajo de sus cuatro hijos un jornal que les habra parecido fortuna de
prncipes en los tiempos en que andaban de feria en feria vendiendo
pucheros. Debe decirse, tocante a las facultades intelectuales del seor
Centeno, que su cabeza, en opinin de muchos, rivalizaba en dureza con
el martillo-piln montado en los talleres; no as tocante a las de
Seana, que pareca mujer de muchsimo caletre y trastienda, y gobernaba
toda la casa como gobernara el ms sabio prncipe sus Estados. Ella
apandaba bonitamente el jornal de su marido y de sus hijos, que era una
hermosa suma, y cada vez que haba cobranza, parecale que entraba por
las puertas de su casa el mismo Jess Sacramentado; tal era el gusto que
la vista de las monedas le produca.

La Seana daba muy pocas comodidades a sus hijos en cambio de la
hacienda que con las manos de ellos iba formando; pero como no se
quejaban de la degradante miseria en que vivan; como no mostraban nunca
pujos de emancipacin ni anhelo de otra vida mejor y ms digna de seres
inteligentes, la Seana dejaba correr los das. Muchos pasaron antes que
sus hijas durmieran en camas; muchsimos antes que cubrieran sus lozanas
carnes con vestidos decentes. Dbales de comer sobria y metdicamente,
hacindose partidaria en esto de los preceptos higinicos ms en boga;
pero la comida en su casa era triste, como un pienso dado a seres
humanos.

En cuanto al pasto intelectual, la Seana crea firmemente que con la
erudicin de su esposo el seor Centeno, adquirida en copiosas lecturas,
tena bastante la familia para merecer el dictado de sapientsima, por
lo cual no trat de atiborrar el espritu de sus hijos con las rancias
enseanzas que se dan en la escuela. Si los mayores asistieron a ella,
el ms pequeo viose libre de maestros, y engolfado viva durante doce
horas diarias en el embrutecedor trabajo de las minas, con lo cual toda
la familia navegaba ancha y holgadamente por el inmenso pilago de la
estupidez.

Las dos hembras, Mariuca y Pepina no carecan de encantos, siendo los
principales su juventud y su robustez. Una de ellas lea de corrido; la
otra no, y en cuanto a conocimientos del mundo, fcilmente se comprende
que no carecera de algunos rudimentos quien viva entre risueo coro de
ninfas de distintas edades y procedencias, ocupadas en un trabajo
mecnico y con boca libre. Mariuca y Pepina eran muy apechugadas, muy
derechas, fuertes y erguidas como amazonas. Vestan falda corta,
mostrando media pantorrilla y el carnoso pie descalzo, y sus rudas
cabezas habran lucido mucho sosteniendo un arquitrabe como las mujeres
de la Caria. El polvillo de la calamina que las tea de pies a cabeza,
como a los dems trabajadores de las minas, dbales aire de colosales
figuras de barro crudo.

Tanasio era un hombre aptico. Su falta de carcter y de ambicin
rayaban en el idiotismo. Encerrado en las cuadras desde su infancia,
ignorante de toda travesura, de toda contrariedad, de todo placer, de
toda pena, aquel joven, que ya haba nacido dispuesto a ser mquina, se
convirti poco a poco en la herramienta ms grosera. El da en que
semejante ser tuviera una idea propia, se cambiara el orden admirable
de todas las cosas, por el cual ninguna piedra puede pensar.

Las relaciones de esta prole con su madre, que era la gobernadora de
toda la familia, eran las de una docilidad absoluta por parte de los
hijos y de un dominio soberano por parte de la Seana. El nico que
sola mostrar indicios de rebelin era el chiquitn. La Seana, en sus
cortos alcances, no comprenda aquella aspiracin diablica a dejar de
ser piedra. Por ventura haba existencia ms feliz y ejemplar que la de
los peascos? No admita, no, que fuera cambiada, ni aun por la de canto
rodado. Y Seana amaba a sus hijos; pero hay tantas maneras de amar!
Ella les pona por encima de todas las cosas, siempre que se avinieran a
trabajar perpetuamente en las minas, a amasar en una sola artesa todos
sus jornales, a obedecerla ciegamente y a no tener aspiraciones
locas, ni afn de lucir galas, ni de casarse antes de tiempo, ni
de aprender diabluras, ni de meterse en sabiduras, porque los
pobres--deca--siempre haban de ser pobres y como pobres portarse, y no
querer parlanchinear como los ricos y gente de la ciudad, que estaba
toda comida de vicios y podrida de pecados.

Hemos descrito el trato que tenan en casa de Centeno los hijos para que
se comprenda el que tendra la Nela, criatura abandonada, sola, intil,
incapaz de ganar jornal, sin pasado, sin porvenir, sin abolengo, sin
esperanza, sin personalidad, sin derecho a nada ms que al sustento.
Seana se lo daba, creyendo firmemente que su generosidad rayaba en
herosmo. Repetidas veces dijo para s al llenar la escudilla de la
Nela:--Qu bien me gano mi puestecico en el cielo!

Y lo crea como el Evangelio. En su cerrada mollera no entraban ni
podan entrar otras luces sobre el santo ejercicio de la caridad; no
comprenda que una palabra cariosa, un halago, un trato delicado y
amante que hicieran olvidar al pequeo su pequeez, al miserable su
miseria, son herosmos de ms precio que el bodrio sobrante de una mala
comida. Por ventura no se daba lo mismo al gato? Y este al menos oa
las voces ms tiernas. Jams oy la Nela que se la llamara _michita_,
_monita_, ni que le dijeran _re-preciosa_, ni otros vocablos melosos y
conmovedores con que era obsequiado el gato.

Jams se le dio a entender a la Nela que haba nacido de criatura
humana, como los dems habitantes de la casa. Nunca fue castigada; pero
ella entendi que este privilegio se fundaba en la desdeosa lstima que
inspiraba su menguada constitucin fsica, y de ningn modo en el
aprecio de su persona. Nunca se le dio a entender que tena un alma
pronta a dar ricos frutos si se la cultivaba con esmero, ni que llevaba
en s, como los dems mortales, ese destello del eterno saber que se
nombra inteligencia humana, y que de aquel destello podan salir
infinitas luces y lumbre bienhechora. Nunca se le dio a entender que en
su pequeez fenomenal llevaba en s el germen de todos los sentimientos
nobles y delicados, y que aquellos menudos brotes podan ser flores
hermossimas y lozanas, sin ms cultivo que una simple mirada de vez en
cuando. Nunca se le dio a entender que tena derecho, por el mismo rigor
de la Naturaleza al criarla, a ciertas atenciones de que pueden estar
exentos los robustos, los sanos, los que tienen padres y casa propia;
pero que corresponden por jurisprudencia cristiana al invlido, al
pobre, al hurfano y al desheredado.

Por el contrario, todo le demostraba su semejanza con un canto rodado,
el cual ni siquiera tiene forma propia, sino aquella que le dan las
aguas que lo arrastran y el puntapi del hombre que lo desprecia. Todo
le demostraba que su jerarqua dentro de la casa era inferior a la del
gato, cuyo lomo reciba las ms finas caricias, y a la del mirlo que
saltaba en su jaula.

Al menos, de estos no se dijo nunca con cruel compasin: Pobrecita,
mejor cuenta le hubiera tenido morirse.




-V-

Trabajo. Paisaje. Figura


El humo de los hornos que durante toda la noche velaban respirando con
bronco resoplido se plate vagamente en sus espirales ms remotas;
apareci risuea claridad por los lejanos trminos y detrs de los
montes, y poco a poco fueron saliendo sucesivamente de la sombra los
cerros que rodean a Socartes, los inmensos taludes de tierra rojiza, los
negros edificios. La campana del establecimiento grit con aguda voz:
Al trabajo, y cien hombres soolientos salieron de las casas,
cabaas, chozas y agujeros. Rechinaban los goznes de las puertas; de las
cuadras salan pausadamente las mulas, dirigindose solas al abrevadero,
y el establecimiento, que poco antes semejaba una mansin fnebre
alumbrada por la claridad infernal de los hornos, se animaba moviendo
sus miles de brazos.

El vapor principi a zumbar en las calderas del gran automvil, que
haca funcionar a un tiempo los aparatos de los talleres y el aparato de
lavado. El agua, que tan principal papel desempeaba en esta operacin,
comenz a correr por las altas caeras, de donde deba saltar sobre los
cilindros. Risotadas de mujeres y ladridos de hombres que venan de
tomar la maana, precedieron a la faena; y al fin empezaron a girar las
cribas cilndricas con infernal chillido; el agua corra de una en otra,
pulverizndose, y la tierra sucia se atormentaba con vertiginoso
voltear, rodando y cayendo de rueda en rueda, hasta convertirse en fino
polvo achocolatado. Sonaba aquello como mil mandbulas de dientes flojos
que mascaran arena; pareca molino por el movimiento mareante;
kaleidoscopio, por los juegos de la luz, del agua y de la tierra; enorme
sonajero, de innmeros cachivaches compuesto, por el ruido. No se poda
fijar la atencin, sin sentir vrtigo, en aquel voltear incesante de una
infinita madeja de hilos de agua, ora claros y transparentes, ora
teidos de rojo por la arcilla ferruginosa; ni cabeza humana que no
estuviera hecha a tal espectculo, podra presenciar el feroz combate de
mil ruedas dentadas que sin cesar se mordan unas a otras, y de ganchos
que se cruzaban royndose, y de tornillos que, al girar, clamaban con
lastimero quejido pidiendo aceite.

El lavado estaba al aire libre. Las correas de transmisin venan
zumbando desde el departamento de la mquina. Otras correas se pusieron
en movimiento, y entonces oyose un estampido rtmico, un horrsono
comps, a la manera de gigantescos pasos o de un violento latido
interior de la madre tierra. Era el gran martillo-piln del taller, que
haba empezado a funcionar. Su formidable golpe machacaba el hierro como
blanda pasta, y esas formas de ruedas, ejes y rales, que nos parecen
eternas por lo duras, empezaban a desfigurarse, torcindose y haciendo
muecas, como rostros afligidos. El martillo, dando porrazos uniformes,
creaba formas nuevas tan duras como las geolgicas, que son obra
laboriosa de los siglos. Se parecen mucho, s, las obras de la fuerza a
las de la paciencia.

Hombres negros, que parecan el carbn humanado, se reunan en torno a
los objetos de fuego que salan de las fraguas, y cogindolos con
aquella prolongacin incandescente de los dedos a quien llaman tenazas,
los trabajaban. Extraa escultura la que tiene por genio al fuego y por
cincel al martillo! Las ruedas y ejes de los millares de vagonetes, las
piezas estropeadas del aparato de lavado, reciban all compostura y
eran construidos los picos, azadas y carretillas. En el fondo del taller
las sierras hacan chillar la madera, y aquel mismo hierro, educado en
el trabajo por el fuego, destrozaba las generosas fibras del rbol
arrancado a la tierra.

Tambin afuera las mulas haban sido enganchadas a los largos trenes de
vagonetes. Veaselas pasar arrastrando tierra intil para verterla en
los taludes, o mineral para conducirlo al lavadero. Cruzbanse unos con
otros aquellos largos reptiles, sin chocar nunca. Entraban por la boca
de las galeras, siendo entonces perfecta su semejanza con los
resbaladizos habitantes de las hmedas grietas, y cuando en las
oscuridades del tnel relinchaba la indcil mula, creerase que los
saurios disputaban chillando. All en lo ltimo, en las ms remotas
caadas, centenares de hombres golpeaban con picos la tierra para
arrancarle, pedazo a pedazo, su tesoro. Eran los escultores de aquellas
caprichosas e ingentes figuras que permanecan en pie, atentas, con
gravedad silenciosa, a la invasin del hombre en las misteriosas esferas
geolgicas. Los mineros derrumbaban aqu, horadaban all, cavaban ms
lejos, rasguaban en otra parte, rompan la roca cretcea, desbarataban
las graciosas lminas de pizarra samnita y esquistosa, despreciaban la
caliza arcillosa, apartaban la limonita y el oligisto, destrozaban la
preciosa doloma, revolviendo incesantemente hasta dar con el silicato
de zinc, esa plata de Europa, que, no por ser la materia de que se hacen
las cacerolas, deja de ser grandiosa fuente de bienestar y civilizacin.
Sobre ella ha alzado Bergia el estandarte de su grandeza moral y
poltica. Oh! La hojalata tiene tambin su epopeya.

El cielo estaba despejado; el sol derramaba libremente sus rayos, y la
vasta pertenencia de Socartes resplandeca con sbito tono rojo. Rojas
eran las peas esculturales, rojo el mineral precioso, roja la tierra
intil acumulada en los largos taludes, semejantes a babilnicas
murallas; rojo el suelo, rojos los carriles y los vagones, roja toda la
maquinaria, roja el agua, rojos los hombres y las mujeres que trabajaban
en toda la extensin de Socartes. El color subido de ladrillo era
uniforme, con ligeros cambiantes, y general en todo; en la tierra y las
casas, en el hierro y en los vestidos. Las mujeres ocupadas en lavar
parecan una plyade de equvocas ninfas de barro ferruginoso crudo. Por
la caada abajo, en direccin al ro, corra un arroyo de agua
encarnada. Creerase que era el sudor de aquel gran trabajo de hombres y
mquinas, del hierro y de los msculos.

La Nela sali de su casa. Tambin ella, a pesar de no trabajar en las
minas, estaba teida ligeramente de rojo, porque el polvo de la tierra
calaminfera no perdona a nadie. Llevaba en la mano un mendrugo de pan
que le haba dado la Seana para desayunarse, y, comindoselo, marchaba
aprisa, sin distraerse con nada, formal y meditabunda. No tard en pasar
ms all de los edificios, y despus de subir el plano inclinado, subi
la escalera labrada en la tierra, hasta llegar a las casas de la
barriada de Aldeacorba. La primera que se encontraba era una primorosa
vivienda infanzona, grande, slida, alegre, restaurada y pintada
recientemente, con cortafuegos de piedra, aleros labrados y ancho escudo
circundado de follaje grantico. Antes faltara en ella el escudo que la
parra, cuyos sarmientos cargados de hoja parecan un bigote que aquella
tena en el lugar correspondiente de su cara, siendo las dos ventanas
los ojos, el escudo la nariz y el largo balcn la boca, siempre riendo.
Para que la personificacin fuera completa, sala del balcn una viga
destinada a sujetar la cuerda de tender ropa, y con tal accesorio la
casa con rostro estaba fumndose un cigarro puro. Su tejado era en
figura de gorra de cuartel y tena una ventana de bohardilla que pareca
una borla. La chimenea no poda ser ms que una oreja. No era preciso
ser fisonomista para comprender que aquella casa respiraba paz,
bienestar y una conciencia tranquila.

Dbale acceso un patiecillo circundado de tapias y al costado derecho
tena una hermosa huerta. Cuando la Nela entr, salan las vacas que
iban a la pradera. Despus de cambiar algunas palabras con el gan, que
era un mocetn formidable... as como de tres cuartas de alto y de diez
aos de edad... dirigiose a un seor obeso, bigotudo, entrecano,
encarnado, de simptico rostro y afable mirar, de aspecto entre
soldadesco y campesino, el cual apareci en mangas de camisa, con
tirantes, y mostrando hasta el codo los velludos fornidos brazos. Antes
que la muchacha hablara, el seor de los tirantes volviose adentro y
dijo:

--Hijo mo, aqu tienes a la Nela.

Sali de la casa un joven, estatua del ms excelso barro humano, grave,
derecho, con la cabeza inmvil y los ojos clavados y fijos en sus
rbitas, como lentes expuestos en un muestrario. Su cara pareca de
marfil, contorneada con exquisita finura; mas teniendo su tez la
suavidad de la de una doncella, era varonil en gran manera, y no haba
en sus facciones parte alguna ni rasgo que no tuviese aquella perfeccin
soberana con que fue expresado hace miles de aos el pensamiento
helnico. Aun sus ojos, puramente escultricos porque carecan de vista,
eran hermossimos, grandes y rasgados. Desvirtubalos su fijeza y la
idea de que tras aquella fijeza estaba la noche. Falto del don que
constituye el ncleo de la expresin humana, aquel rostro de Antinoo
ciego posea la fra serenidad del mrmol, convertido por el genio y el
cincel en estatua y por la fuerza vital en persona. Un soplo, un rayo de
luz, una sensacin bastaran para animar la hermosa piedra, que teniendo
ya todas las galas de la forma, careca tan slo de la conciencia de su
propia belleza, la cual emana de la facultad de conocer la belleza
exterior.

Pareca tener veinte aos, y su cuerpo slido y airoso, con admirables
proporciones construido, era digno en todo de la sin igual cabeza que
sustentaba. Jams se vio incorreccin ms lastimosa de la Naturaleza,
que la que tan acabado tipo de la humana forma representaba, recibiendo
por una parte admirables dones y siendo privado por otra de la facultad
que ms comunica al hombre con sus semejantes y con el maravilloso
conjunto de todo lo creado. Era tal la incorreccin, que aquellos
prodigiosos dones quedaban como intiles, del mismo modo que si al ser
creadas todas las cosas hubiralas dejado el Hacedor a oscuras, para que
no pudieran recrearse en sus propios encantos. Para que la imperfeccin
ira de Dios! Fuese ms manifiesta, haba recibido el joven portentosa
luz interior, un entendimiento de primer orden. Esto y carecer de la
facultad de percibir la idea visible, que es la forma, siendo al mismo
tiempo divino como un ngel, hermoso como un hombre y ciego como un
vegetal, era fuerte cosa ciertamente. No comprendemos ay!, el secreto
de estas horrendas incorrecciones. Si lo comprendiramos, se abriran
para nosotros las puertas que ocultan primordiales misterios del orden
moral y del orden fsico; comprenderamos el inmenso misterio de la
desgracia, del mal, de la muerte, y podramos medir la perpetua sombra
que sin cesar sigue al bien y a la vida.

Don Francisco Penguilas, padre del joven, era un hombre ms que bueno,
era inmejorable, superiormente discreto, bondadoso, afable, honrado y
magnnimo, no falto de instruccin. Nadie le aborreci jams; era el ms
respetado de todos los labradores ricos del pas, y ms de una cuestin
se arregl por la mediacin, siempre inteligente, del _seor de
Aldeacorba de Suso_. La casa en que le hemos visto fue su cuna. Haba
estado de joven en Amrica, y al regresar a Espaa sin fortuna, haba
entrado a servir en la Guardia civil. Retirado a su pueblo natal, donde
se dedicaba a la labranza y a la ganadera, hered regular hacienda, y
en la poca de nuestra historia acababa de heredar otra muy grande.

Su esposa, que era andaluza, haba muerto en edad muy temprana,
dejndole un solo hijo, que desde el nacer demostr hallarse privado en
absoluto del ms precioso de los sentidos. Esto fue la pena ms aguda
que amarg los das del buen padre. Qu le importaba allegar riqueza y
ver que la fortuna favoreca sus intereses y sonrea en su casa? Para
quin era esto? Para quien no poda ver ni las gordas vacas, ni las
praderas risueas, ni las repletas trojes, ni la huerta cargada de
frutas. D. Francisco hubiera dado sus ojos a su hijo, quedndose l
ciego el resto de sus das, si esta especie de generosidades fuesen
practicables en el mundo que conocemos; pero como no lo son, no poda D.
Francisco dar realidad al noble sentimiento de su corazn, sino
proporcionando al desgraciado joven todo cuanto pudiera hacerle
agradable la oscuridad en que viva. Para l eran todos los cuidados y
los infinitos mimos y delicadezas cuyo secreto pertenece a las madres, y
algunas veces a los padres, cuando faltan aquellas. Jams contrariaba a
su hijo en nada que fuera para su consuelo y entretenimiento en los
lmites de lo honesto y moral. Divertale con cuentos y lecturas;
tratbale con solcito esmero, atendiendo a su salud, a sus goces
legtimos, a su instruccin y a su educacin cristiana, porque el seor
de Penguilas, que era un si es no es severo de principios, deca: No
quiero que mi hijo sea ciego dos veces.

Vindole salir, y que la Nela le acompaaba fuera, djoles
cariosamente:

--No os alejis hoy mucho. No corris.... Adis.

Miroles desde la portalada hasta que dieron vuelta a la tapia de la
huerta. Despus entr, porque tena que hacer varias cosas; escribir una
esquela a su hermano Manuel, ordear una vaca, podar un rbol y ver si
haba puesto la gallina pintada.




-VI-

Tonteras


Pablo y Marianela salieron al campo, precedidos de Choto, que iba y
volva gozoso y saltn, moviendo la cola y repartiendo por igual sus
caricias entre su amo y el lazarillo de su amo.

--Nela--dijo Pablo--, hoy est el da muy hermoso. El aire que corre es
suave y fresco, y el sol calienta sin quemar. A dnde vamos?

--Echaremos por estos prados adelante--replic la Nela, metiendo su mano
en una de las faltriqueras de la americana del mancebo--. A ver qu me
has trado hoy?

--Busca bien y encontrars algo--dijo Pablo riendo.

--Ah, Madre de Dios! Chocolate crudo... y poco que me gusta el
chocolate crudo!... nueces... una cosa envuelta en un papel... qu es?
Ah! Madre de Dios!, un dulce.... Dios Divino!, pues a fe que me gusta
poco el dulce! Qu rico est! En mi casa no se ven nunca estas comidas
ricas, Pablo. Nosotros no gastamos lujo en el comer. Verdad que no lo
gastamos tampoco en el vestir. Total, no lo gastamos en nada.

--A dnde vamos hoy?--repiti el ciego.

--A donde quieras, nio de mi corazn--repuso la Nela, comindose el
dulce y arrojando el papel que lo envolva--. Pide por esa boca, rey del
mundo.

Los negros ojuelos de la Nela brillaban de contento, y su cara de
avecilla graciosa y vivaracha multiplicaba sus medios de expresin,
movindose sin cesar. Mirndola se crea ver un relampagueo de reflejos
temblorosos, como los que produce la luz sobre la superficie del agua
agitada. Aquella dbil criatura, en la cual pareca que el alma estaba
como prensada y constreida dentro de un cuerpo miserable, se ensanchaba
y creca maravillosamente al hallarse sola con su amo y amigo. Junto a
l tena espontaneidad, agudeza, sensibilidad, gracia, donosura,
fantasa. Al separarse, parece que se cerraban sobre ella las negras
puertas de una prisin.

--Pues yo digo que iremos a donde t quieras--observ el ciego--. Me
gusta obedecerte. Si te parece bien, iremos al bosque que est ms all
de Saldeoro. Esto, si te parece bien.

--Bueno, bueno, iremos al bosque--exclam la Nela, batiendo palmas--.
Pero como no hay prisa, nos sentaremos cuando estemos cansados.

--Y que no es poco agradable aquel sitio donde est la fuente sabes,
Nela?, y donde hay unos troncos muy grandes, que parecen puestos all
para que nos sentemos nosotros, y donde se oyen cantar tantos,
tantsimos pjaros, que es aquello la gloria.

--Pasaremos por donde est el molino de quien t dices que habla,
mascullando las palabras como un borracho. Ay, qu hermoso da y qu
contenta estoy!

--Brilla mucho el sol, Nela? Aunque me digas que s, no lo entender,
porque no s lo que es brillar.

--Brilla mucho, s, seorito mo. Y a ti qu te importa eso? El sol es
muy feo. No se le puede mirar a la cara.

--Por qu?

--Por que duele.

--Qu duele?

--La vista. Qu sientes t cuando ests alegre?

--Cundo estoy libre, contigo, solos los dos en el campo?

--S.

--Pues siento que me nace dentro del pecho una frescura, una suavidad
dulce....

--Ah te quiero ver! Madre de Dios! Pues ya sabes cmo brilla el sol.

--Con frescura.

--No, tonto.

--Pues con qu?

--Con eso.

--Con eso; y qu es eso?

--Eso--afirm nuevamente la Nela, con acento de la ms firme conviccin.

--Ya veo que esas cosas no se pueden explicar. Antes me formaba yo idea
del da y de la noche. Cmo? Vers: era de da, cuando hablaba la
gente; era de noche, cuando la gente callaba y cantaban los gallos.
Ahora no hago las mismas comparaciones. Es de da, cuando estamos juntos
t y yo; es de noche, cuando nos separamos.

--Ay, divina Madre de Dios!--exclam la Nela, echndose atrs las
guedejas que le caan sobre la frente--. A m, que tengo ojos, me parece
lo mismo.

--Voy a pedirle a mi padre que te deje vivir en mi casa, para que no te
separes de m.

--Bien, bien--dijo Mara batiendo palmas otra vez.

Y dicindolo, se adelant saltando algunos pasos y recogiendo con
extrema gracia sus faldas, empez a bailar.

--Qu haces, Nela?

--Ah!, nio mo, estoy bailando. Mi contento es tan grande, que me han
entrado ganas de bailar.

Pero fue preciso saltar una pequea cerca, y la Nela ofreci su mano al
ciego.

Despus de pasar aquel obstculo, siguieron por una calleja tapizada en
sus dos rsticas paredes de lozanas hiedras y espinos. La Nela apartaba
las ramas para que no picaran el rostro de su amigo, y al fin, despus
de bajar gran trecho, subieron una cuesta por entre frondosos castaos y
nogales. Al llegar arriba, Pablo dijo a su compaera:

--Si no te parece mal, sentmonos aqu. Siento pasos de gente.

--Son los aldeanos que vuelven del mercado de Homedes. Hoy es mircoles.
El camino real est delante de nosotros. Sentmonos aqu antes de entrar
en el camino real.

--Es lo mejor que podemos hacer. Choto, ven aqu.

Los tres se sentaron.

--Si est esto lleno de flores...--dijo la Nela--. Madre!, qu guapas!

--Cgeme un ramo. Aunque no las veo, me gusta tenerlas en mi mano. Se me
figura que las oigo.

--Eso s que es gracioso.

--Parceme que tenindolas en mi mano me dan a entender... no puedo
decirte cmo... que son bonitas. Dentro de m hay una cosa, no puedo
decirte qu, una cosa que responde a ellas. Ay! Nela, se me figura que
por dentro yo veo algo.

--Oh!, s, lo entiendo... como que todo los tenemos dentro. El sol, las
yerbas, la luna y el cielo grande y azul, lleno siempre de estrellas;
todo, todo lo tenemos dentro; quiero decir que adems de las cosas
divinas que hay fuera, nosotros llevamos otras dentro. Y nada ms....
Aqu tienes una flor, otra, otra, seis: todas son distintas. A que no
sabes t lo que son las flores?

--Pues las flores--dijo el ciego, algo confuso, acercndolas a su
rostro--son... unas como sonrisillas que echa la tierra.... La verdad,
no s mucho del reino vegetal.

--Madre Divinsima, qu poca ciencia!--exclam Mara, acariciando las
manos de su amigo--. Las flores son las estrellas de la tierra.

--Vaya un disparate. Y las estrellas, qu son?

--Las estrellas son las miradas de los que se han ido al cielo.

--Entonces las flores....

--Son las miradas de los que se han muerto y no han ido todava al
cielo--afirm la Nela, con la conviccin y el aplomo de un doctor--. Los
muertos son enterrados en la tierra. Como all abajo no pueden estar sin
echar una miradilla a la tierra, echan de s una cosa que sube en forma
y manera de flor. Cuando en un prado hay muchas flores es porque all...
en tiempos de atrs, enterraron en l muchos difuntos.

--No, no--replic Pablo con seriedad--. No creas desatinos. Nuestra
religin nos ensea que el espritu se separa de la carne y que la vida
mortal se acaba. Lo que se entierra, Nela, no es ms que un despojo, un
barro inservible que no puede pensar, ni sentir, ni tampoco ver.

--Eso lo dirn los libros, que segn dice la Seana, estn llenos de
mentiras.

--Eso lo dicen la fe y la razn, querida Nela. Tu imaginacin te hace
creer mil errores. Poco a poco yo los ir destruyendo, y tendrs ideas
buenas sobre todas las cosas de este mundo y del otro.

--Ay, ay, con el doctorcillo de tres por un cuarto!... Ya... cuando has
querido hacerme creer que el sol est quieto y que la tierra da vueltas
a la redonda!... Cmo se conoce que no lo ves! Madre del Seor! Que me
muera en este momento, si la tierra no se est ms quieta que un pen,
y el sol va corre que corre. Seorito mo, no se la eche de tan sabio,
que yo he pasado muchas horas de noche y de da mirando al cielo, y s
cmo est gobernada toda esa mquina.... La tierra est abajo, toda
llena de islitas grandes y chicas. El sol sale por all y se esconde por
all. Es el palacio de Dios.

--Qu tonta!

--Y por qu no ha de ser as? Ay! T no has visto el cielo en un da
claro: hijito, parece que llueven bendiciones.... Yo no creo que pueda
haber malos, no, no los puede haber, si vuelven la cara hacia arriba y
ven aquel ojazo que nos est mirando.

--Tu religiosidad, querida Nelilla, est llena de supersticiones. Yo te
ensear ideas mejores.

--No me han enseado nada--dijo Mara con inocencia--pero yo, cavila que
cavilars, he ido sacando de mi cabeza muchas cosas que me consuelan, y
as cuando me ocurre una buena idea, digo: esto debe de ser as, y no
de otra manera. Por las noches, cuando me voy sola a mi casa, voy
pensando en lo que ser de nosotros cuando nos muramos, y en lo mucho
que nos quiere a todos la Virgen Santsima.

--Nuestra madre amorosa.

--Nuestra madre querida! Yo miro al cielo y la siento encima de m como
cuando nos acercamos a una persona y sentimos el calorcillo de su
respiracin. Ella nos mira de noche y de da por medio de... no te
ras... por medio de todas las cosas hermosas que hay en el mundo.

--Y esas cosas hermosas...?

--Son sus ojos, tonto. Bien lo comprenderas si tuvieras los tuyos.
Quien no ha visto una nube blanca, un rbol, una flor, el agua
corriendo, un nio, el roco, un corderito, la luna pasendose tan maja
por los cielos, y las estrellas, que son las miradas de los buenos que
se han muerto....

--Mal podrn ir all arriba si se quedan debajo de tierra echando
flores.

--Miren el sabihondo! Abajo se estn mientras se van limpiando de
pecados; que despus suben volando arriba. La Virgen les espera. S,
crelo, tonto. Las estrellas, qu pueden ser sino las almas de los que
ya estn salvos? Y no sabes t que las estrellas bajan? Pues yo, yo
misma las he visto caer as, as, haciendo una raya. S, seor, las
estrellas bajan cuando tienen que decirnos alguna cosa.

--Ay, Nela!--exclam Pablo vivamente--. Tus disparates, con serlo tan
grandes, me cautivan y embelesan, porque revelan el candor de tu alma y
la fuerza de tu fantasa. Todos esos errores responden a una disposicin
muy grande para conocer la verdad, a una poderosa facultad tuya, que
sera primorosa si estuvieras auxiliada por la razn y la educacin....
Es preciso que t adquieras un don precioso de que yo estoy privado; es
preciso que aprendas a leer.

--A leer!... Y quin me ha de ensear?

--Mi padre. Yo le rogar a mi padre que te ensee. Ya sabes que l no me
niega nada. Qu lstima tan grande que vivas as! Tu alma est llena de
preciosos tesoros. Tienes bondad sin igual y fantasa seductora. De todo
lo que Dios tiene en su esencia absoluta te dio a ti parte muy grande.
Bien lo conozco; no veo lo de fuera, pero veo lo de dentro, y todas las
maravillas de tu alma se me han revelado desde que eres mi lazarillo...
Hace ao y medio! Parece que fue ayer cuando empezaron nuestros
paseos.... No, hace miles de aos que te conozco. Porque hay una
relacin tan grande entre lo que t sientes y lo que yo siento!... Has
dicho ahora mil disparates, y yo, que conozco algo de la verdad acerca
del mundo y de la religin, me he sentido conmovido y entusiasmado al
orte. Se me antoja que hablas dentro de m.

--Madre de Dios!--exclam la Nela, cruzando las manos--. Tendr eso
algo que ver con lo que yo siento?

--Qu?

--Que estoy en el mundo para ser tu lazarillo, y que mis ojos no
serviran para nada si no sirvieran para guiarte y decirte cmo son
todas las hermosuras de la tierra.

El ciego irgui su cuello repentina y vivsimamente, y extendiendo sus
manos hasta tocar el cuerpecillo de su amiga, exclam con afn:

--Dime, Nela, y cmo eres t?

La Nela no dijo nada. Haba recibido una pualada.




-VII-

Ms tonteras


Haban descansado. Siguieron adelante, hasta llegar a la entrada del
bosque que hay ms all de Saldeoro. Detuvironse entre un grupo de
viejos nogales, cuyos troncos y races formaban en el suelo una serie de
escalones, con musgosos huecos y recortes tan apropiados para sentarse,
que el arte no los hiciera mejor. Desde lo alto del bosque corra un
hilo de agua, saltando de piedra en piedra, hasta dar con su fatigado
cuerpo en un estanquillo que serva de depsito para alimentar el chorro
de que se abastecan los vecinos. Enfrente el suelo se deprima poco a
poco, ofreciendo grandioso panorama de verdes colinas pobladas de
bosques y caseros, de praderas llanas donde pastaban con tranquilidad
vagabunda centenares de reses. En el ltimo trmino dos lejanos y
orgullosos cerros que eran lmite de la tierra, dejaban ver en un largo
segmento azul pursimo del mar. Era un paisaje cuya contemplacin
revelaba al alma sus excelsas relaciones con lo infinito.

Sentose Pablo en el tronco de un nogal, apoyando su brazo izquierdo en
el borde del estanque. Alzaba la derecha mano para coger las ramas que
descendan hasta tocar su frente, por la cual pasaba a ratos, con el
mover de las hojas, un rayo de sol.

--Qu haces, Nela?--dijo el muchacho despus de una pausa, no sintiendo
ni los pasos, ni la voz, ni la respiracin de su compaera--. Qu
haces? Dnde ests?

--Aqu--replic la Nela, tocndole el hombro--. Estaba mirando el mar.

--Ah! Est muy lejos?

--All se ve por los cerros de Ficbriga.

--Grande, grandsimo, tan grande, que se estar mirando todo un da sin
acabarlo de ver, no es eso?

--No se ve sino un pedazo como el que coges dentro de la boca cuando le
pegas una mordida a un pan.

--Ya, ya comprendo. Todos dicen que ninguna hermosura iguala a la del
mar, por causa de la sencillez que hay en l.... Oye, Nela, lo que voy a
decirte.... Pero qu haces?

La Nela, agarrando con ambas manos la rama del nogal, se suspenda y
balanceaba graciosamente.

--Aqu estoy, seorito mo. Estaba pensando que por qu no nos dara
Dios a nosotras las personas alas para volar como los pjaros. Qu cosa
ms bonita que hacer _zas_, y remontarnos y ponernos de un vuelo en
aquel pico que est all entre Ficbriga y el mar!...

--Si Dios no nos ha dado alas; en cambio nos ha dado el pensamiento, que
vuela ms que todos los pjaros, porque llega hasta el mismo Dios....
Dime t, para qu querra yo alas de pjaro, si Dios me hubiera negado
el pensamiento?

--Pues a m me gustara tener las dos cosas. Y si tuviera alas, te
cogera en mi piquito para llevarte por esos mundos y subirte a lo ms
alto de las nubes.

El ciego alarg su mano hasta tocar la cabeza de la Nela.

--Sintate junto a m. No ests cansada?

--Un poquitn--replic ella, sentndose y apoyando su cabeza con
infantil confianza en el hombro de su amo.

--Respiras fuerte, Nelilla; t ests muy cansada. Es de tanto volar....
Pues lo que te iba a decir, es esto: Hablando del mar me hiciste
recordar una cosa que mi padre me ley anoche. Ya sabes que desde la
edad en que tuve uso de razn, acostumbra mi padre leerme todas las
noches distintos libros de ciencia y de historia, de artes y de
entretenimiento. Esas lecturas y estos paseos se puede decir que son mi
vida toda. Diome el Seor, para compensarme de la ceguera, una memoria
feliz, y gracias a ella he sacado algn provecho de las lecturas; pues
aunque stas han sido sin mtodo, yo al fin y al cabo he logrado poner
algn orden en las ideas que iban entrando en mi entendimiento. Qu
delicias tan grandes las mas al entender el orden admirable del
Universo, el concertado rodar de los astros, el giro de los tomos
pequeitos, y despus las leyes, ms admirable an, que gobiernan
nuestra alma! Tambin me ha recreado mucho la historia, que es un cuento
verdadero de todo lo que los hombres han hecho antes de ahora;
resultando, hija ma, que siempre han hecho las mismas maldades y las
mismas tonteras, aunque no han cesado de mejorarse, acercndose todo lo
posible, mas sin llegar nunca, a las perfecciones que slo posee Dios.
Por ltimo, me ha ledo mi padre cosas sutiles y un poco hondas para ser
penetradas de pronto; pero que suspenden y enamoran cuando se medita en
ellas. Es lectura que a l no le agrada, por no comprenderla, y que a m
me ha cansado tambin unas veces, deleitndome otras. Pero no hay duda
que cuando se da con un autor que sepa hablar con claridad, esas
materias son preciosas. Contienen ideas sobre las causas y los efectos,
sobre la razn de todo lo que pensamos y el modo como lo pensamos, y
ensean la esencia de todas las cosas.

La Nela pareca no comprender ni una sola palabra de lo que su amigo
deca; pero atenda profundamente abriendo la boca. Para apoderarse de
aquellas esencias y causas de que su amo le hablaba, abra el pico como
el pjaro que acecha el vuelo de la mosca que quiere cazar.

--Pues bien--aadi l--anoche ley mi padre unas pginas sobre la
belleza. Hablaba el autor de la belleza, y deca que era el resplandor
de la bondad y de la verdad, con otros muchos conceptos ingeniosos y tan
bien trados y pensados, que daba gusto orlos.

--Ese libro--dijo la Nela queriendo demostrar suficiencia--no ser como
uno que tiene padre Centeno, que llaman... _Las mil y no s cuntas
noches_.

--No es eso, tontuela; habla de la belleza en absoluto... no entenders
esto de la belleza ideal?... tampoco lo entiendes... porque has de saber
que hay una belleza que no se ve ni se toca, ni se percibe con ningn
sentido.

--Como, por ejemplo, la Virgen Mara--interrumpi la Nela--a quien no
vemos ni tocamos, porque las imgenes no son ella misma, sino su
retrato.

--Ests en lo cierto: as es. Pensando en esto, mi padre cerr el libro,
y l deca una cosa y yo otra. Hablamos de la forma y mi padre me dijo:
Desgraciadamente t no puedes comprenderla. Yo sostuve que s; dije
que no haba ms que una sola belleza y que esa haba de servir para
todo.

La Nela, poco atenta a cosas tan sutiles, haba cogido de las manos de
su amigo las flores, y combinaba sus risueos colores.

--Yo tena una idea sobre esto--aadi el ciego con mucha energa--una
idea con la cual estoy encariado desde hace algunos meses. S, lo
sostengo, lo sostengo.... No, no me hacen falta los ojos para esto. Yo
le dije a mi padre: Concibo un tipo de belleza encantadora, un tipo que
contiene todas las bellezas posibles; ese tipo es la Nela. Mi padre se
ech a rer y me dijo que s.

La Nela se puso como amapola y no supo responder nada. Durante un breve
instante de terror y ansiedad, crey que el ciego la estaba _mirando_.

--S, t eres la belleza ms acabada que puede imaginarse--aadi Pablo
con calor--. Cmo podra suceder que tu bondad, tu inocencia, tu
candor, tu gracia, tu imaginacin, tu alma celestial y cariosa que ha
sido capaz de alegrar mis tristes das; cmo podra suceder, cmo, que
no estuviese representada en la misma hermosura?... Nela, Nela--aadi
balbuciente y con afn--. No es verdad que eres muy bonita?

La Nela call. Instintivamente se haba llevado las manos a la cabeza,
enredando entre sus cabellos las florecitas medio ajadas que haba
cogido antes en la pradera.

--No respondes?... Es verdad que eres modesta. Si no lo fueras, no
seras tan repreciosa como eres. Faltara la lgica de las bellezas, y
eso no puede ser. No respondes?...

--Yo...--murmur la Nela con timidez, sin dejar de la mano su tocado--no
s... dicen que cuando nia era muy bonita.... Ahora....

--Y ahora tambin.

Mara, en su extraordinaria confusin, pudo hablar as:

--Ahora... ya sabes t que las personas dicen muchas tonteras... se
equivocan tambin... a veces el que tiene ms ojos ve menos.

--Oh! Qu bien dicho! Ven ac: dame un abrazo.

La Nela no pudo acudir pronto, porque habiendo conseguido sostener entre
sus cabellos una como guirnalda de florecillas, sinti vivos deseos de
observar el efecto de aquel atavo en el claro cristal del agua. Por
primera vez desde que viva se sinti presumida. Apoyndose en sus
manos, asomose al estanque.

--Qu haces, Mariquilla?

--Me estoy mirando en el agua, que es como un espejo--replic con la
mayor inocencia, delatando su presuncin.

--T no necesitas mirarte. Eres hermosa como los ngeles que rodean el
trono de Dios.

El alma del ciego llenbase de entusiasmo y fervor.

--El agua se ha puesto a temblar--dijo la Nela--y no me veo bien,
seorito. Ella tiembla como yo. Ya est ms tranquila, ya no se
mueve.... Me estoy mirando... ahora.

--Qu linda eres! Ven ac, nia ma--aadi el ciego, extendiendo sus
brazos.

--Linda yo!--dijo ella llena de confusin y ansiedad--. Pues esa que
veo en el estanque no es tan fea como dicen. Es que hay tambin muchos
que no saben ver.

--S, muchos.

--Si yo me vistiese como se visten otras!...--exclam la Nela con
orgullo.

--Te vestirs.

--Y ese libro dice que yo soy bonita?--pregunt la Nela apelando a
todos los recursos de conviccin.

--Lo digo yo, que poseo una verdad inmutable--exclam el ciego, llevado
de su ardiente fantasa.

--Puede ser--observ la Nela, apartndose de su espejo pensativa y no
muy satisfecha--que los hombres sean muy brutos y no comprendan las
cosas como son.

--La humanidad est sujeta a mil errores.

--As lo creo--dijo Mariquilla, recibiendo gran consuelo con las
palabras de su amigo--. Por qu han de rerse de m?

--Oh!, miserable condicin de los hombres--exclam el ciego, arrastrado
al absurdo por su delirante entendimiento--. El don de la vista puede
causar grandes extravos... aparta a los hombres de la posesin de la
verdad absoluta... y la verdad absoluta dice que t eres hermosa,
hermosa sin tacha ni sombra alguna de fealdad. Que me digan lo
contrario, y les desmentir... Vyanse ellos a paseo con sus formas.
No... la forma no puede ser la mscara de Satans puesta ante la faz de
Dios. Ah!, menguados!, a cuntos desvaros os conducen vuestros ojos!
Nela, Nela, ven ac, quiero tenerte junto a m y abrazar tu preciosa
cabeza.

Mara corri a arrojarse en los brazos de su amigo.

--Chiquilla bonita--exclam este, estrechndola de un modo delirante
contra su pecho--te quiero con toda mi alma!

La Nela no dijo nada. En su corazn lleno de casta ternura, se
desbordaban los sentimientos ms hermosos. El joven, palpitante y
conturbado, la abraz ms fuerte dicindole al odo:

--Te quiero ms que a mi vida. ngel de Dios, quireme o me muero.

Mara se solt de los brazos de Pablo, y este cay en profunda
meditacin. A la fenomenal mujer una fuerza poderosa, irresistible, la
impulsaba a mirarse en el espejo del agua. Deslizndose suavemente lleg
al borde, y vio all sobre el fondo verdoso su imagen mezquina, con los
ojuelos negros, la tez pecosa, la naricilla picuda, aunque no sin
gracia, el cabello escaso y la movible fisonoma de pjaro. Alarg su
cuerpo sobre el agua para verse el busto, y lo hall deplorablemente
desairado. Las flores que tena en la cabeza se cayeron al agua,
haciendo temblar la superficie, y con la superficie, la imagen. La hija
de la Canela sinti como si arrancaran su corazn de raz, y cay hacia
atrs murmurando:

--Madre de Dios!, qu fesima soy!

--Qu dices, Nela? Me parece que he odo tu voz.

--No deca nada, nio mo.... Estaba pensando... s, pensaba que ya es
hora de volver a tu casa. Pronto ser hora de comer.

--S, vamos, comers conmigo, y esta tarde saldremos otra vez. Dame la
mano, no quiero que te separes de m.

Cuando llegaron a la casa, D. Francisco Penguilas estaba en el patio,
acompaado de dos caballeros. Marianela reconoci al ingeniero de las
minas y al individuo que se haba extraviado en la _Terrible_ la noche
anterior.

--Aqu estn--dijo--el seor ingeniero y su hermano, el caballero de
anoche.

Miraban los tres hombres con visible inters al ciego que se acercaba.

--Hace rato que te estamos esperando, hijo mo--dijo el padre tomando a
su hijo de la mano y presentndole al doctor.

--Entremos--dijo el ingeniero.

--Benditos sean los hombres sabios y caritativos!--exclam el padre,
mirando a Teodoro--. Pasen ustedes, seores. Que sea bendito el instante
en que ustedes entran en mi casa.

--Veamos este caso--murmur Golfn.

Cuando Pablo y los dos hermanos entraron, D. Francisco se volvi hacia
Mariquilla, que se haba quedado en medio del patio inmvil y asombrada,
y le dijo con bondad:

--Mira, Nela, ms vale que te vayas. Mi hijo no puede salir esta tarde.

Y luego, como viese que no se marchaba, aadi:

--Puedes pasar a la cocina. Dorotea te dar alguna chuchera.




-VIII-

Prosiguen las tonteras


Al da siguiente, Pablo y su gua salieron de la casa a la misma hora
del anterior; mas como estaba encapotado el cielo y soplaba un airecillo
molesto que amenazaba convertirse en vendaval, decidieron que su paseo
no fuera largo. Atravesando el prado comunal de Aldeacorba, siguieron el
gran talud de las minas por Poniente con intencin de bajar a las
excavaciones.

--Nela, tengo que hablarte de una cosa que te har saltar de
alegra--dijo el ciego, cuando estuvieron lejos de la casa--. Nela, yo
siento en mi corazn un alborozo!... Me parece que el Universo, las
ciencias todas, la historia, la filosofa, la Naturaleza, todo eso que
he aprendido, se me ha metido dentro y se est paseando por m... es
como una procesin. Ya viste aquellos caballeros que me esperaban
ayer....

--D. Carlos y su hermano, el que encontramos anoche.

--El cual es un famoso sabio, que ha corrido por toda la Amrica,
haciendo maravillosas curas.... Ha venido a visitar a su hermano....
Como D. Carlos es tan buen amigo de mi padre, le ha rogado que me
examine.... Qu carioso y qu bueno es! Primero estuvo hablando
conmigo; preguntome varias cosas y me cont otras muy chuscas y
divertidas. Despus djome que me estuviese quieto: sent sus dedos en
mis prpados.... Al cabo de un gran rato dijo unas palabras que no
entend: eran palabras de medicina. Mi padre no me ha ledo nunca nada
de Medicina. Acercronme despus a una ventana. Mientras me observaba
con no s qu instrumento, haba en la sala un silencio!... El doctor
dijo despus a mi padre: Lo intentaremos. Decan otras cosas en voz
muy baja para que no pudiera yo entenderlas, y creo que tambin hablaban
por seas. Cuando se retiraron mi padre me dijo: Hijo de mi alma, no
puedo ocultarte la alegra que hay dentro de m. Ese hombre, ese ngel
de Dios, me ha dado esperanza, muy poca esperanza; pero la esperanza
parece que se agarra ms, cuando ms chica es. Quiero echarla de m
dicindome que es imposible, no, no, casi imposible, y ella... pegada
como una lapa... As me habl mi padre. Por su voz conoc que
lloraba.... Qu haces, Nela, ests bailando?

--No, estoy aqu a tu lado.

--Como otras veces te pones a bailar desde que te digo una cosa
alegre.... Pero hacia dnde vamos hoy?

--El da est feo. Vmonos hacia la Trascava, que es sitio abrigado, y
despus bajaremos al _Barco_ y a la _Terrible_.

--Bien, como t quieras.... Ay! Nela, compaera ma, si fuese verdad, si
Dios quisiera tener piedad de m y me concediera el placer de verte....
Aunque slo durara un da mi vista, aunque volviera a cegar al
siguiente, cunto se lo agradecera!

La Nela no deca nada. Despus de mostrar exaltada alegra, meditaba con
los ojos fijos en el suelo.

--Se ven en el mundo cosas muy extraas--aadi Pablo--y la misericordia
de Dios tiene as... ciertos exabruptos, lo mismo que su clera. Vienen
de improviso, despus de largos tormentos y castigos, lo mismo que
aparece la ira despus de felicidades que parecan seguras y eternas,
no te parece?

--S, lo que t esperas ser--dijo la Nela con aplomo.

--Por qu lo sabes?

--Me lo dice mi corazn.

--Te lo dice tu corazn! Y por qu no han de ser ciertos estos
avisos?--manifest Pablo con ardor--. S, las almas escogidas pueden en
casos dados presentir un suceso. Yo lo he observado en m, pues como el
ver no me distrae del examen de m mismo, he notado que mi espritu me
susurraba cosas incomprensibles. Despus ha venido un acontecimiento
cualquiera, y he dicho con asombro: Yo saba algo de esto.

--A m me pasa lo mismo--repuso la Nela--. Ayer me dijiste t que me
queras mucho. Cuando fui a mi casa, iba diciendo para m: Es cosa
rara, pero yo saba algo de esto.

--Es maravilloso, chiquilla ma--cmo estn acordadas nuestras almas.
Unidas por la voluntad, no les falta ms que un lazo. Ese lazo lo
tendrn si yo adquiero el precioso sentido que me falta. La idea de ver
no se determina en mi pensamiento si antes no acaricio en l la idea de
quererte ms. La adquisicin de este sentido no significa para m otra
cosa ms que el don de admirar de un modo nuevo lo que ya me causa tanta
admiracin como amor.... Pero se me figura que ests triste hoy.

--S que lo estoy... y si he de decirte la verdad, no s por qu...
Estoy muy alegre y muy triste, las dos cosas a un tiempo. Hoy est tan
feo el da.... Valiera ms que no hubiese da, y que fuera noche
siempre.

--No, no, djalo como est. Noche y da, si Dios quiere que yo sepa al
fin diferenciaros, cun feliz ser!... Por qu nos detenemos?

--Estamos en un lugar peligroso. Apartmonos a un lado para tomar la
vereda.

--Ah!, la Trascava. Este csped resbaladizo va bajando hasta perderse
en la gruta. El que cae en ella no puede volver a salir. Apartmonos,
Nela; no me gusta este sitio.

--Tonto, de aqu a la entrada de la cueva hay mucho que andar. Y qu
bonita est hoy!

La Nela, detenindose y deteniendo a su compaero por el brazo,
observaba la boca de la sima que se abra en el terreno en forma
parecida a la de un embudo. Finsimo csped cubra las vertientes de
aquel pequeo crter cncavo y profundo. En lo ms hondo, una gran pea
oblonga se extenda sobre el csped entre malezas, hinojos, zarzas,
juncos y cantidad inmensa de pintadas florecillas. Pareca una gran
lengua. Junto a ella se adivinaba, ms bien que se vea, un hueco, un
tragadero, oculto por espesas yerbas, como las que tuvo que cortar D.
Quijote cuando se descolg dentro de la cueva de Montesinos.

La Nela no se cansaba de mirar.

--Por qu dices que est bonita esa horrenda Trascava?--le pregunt su
amigo.

--Porque hay en ella muchas flores. La semana pasada estaban todas
secas; pero han vuelto a nacer, y est aquello que da gozo verlo. Madre
de Dios! Hay muchos pjaros posados all y muchsimas mariposas que
estn cogiendo miel en las flores.... Choto, Choto, ven aqu, no
espantes a los pobres pajaritos.

El perro, que haba bajado, volvi gozoso llamado por la Nela, y la
pacfica repblica de pajarillos volvi a tomar posesin de sus estados.

--A m me causa horror este sitio--dijo Pablo, tomando del brazo a la
muchacha--. Y ahora vamos hacia las minas? S, ya conozco este camino.
Estoy en mi terreno. Por aqu vamos derechos al Barco.... Choto, anda
delante; no te enredes en mis piernas.

Descendan por una vereda escalonada. Pronto llegaron a la concavidad
formada por la explotacin minera. Dejando la verde zona vegetal, haban
entrado bruscamente en la zona geolgica, zanja enorme, cuyas paredes,
labradas por el barreno y el pico, mostraban una interesante
estratificacin, cuyas diversas capas ofrecan en el corte los ms
variados tonos y los materiales ms diversos. Era aquel el sitio que a
Teodoro Golfn le haba parecido el interior de un gran buque nufrago,
comido de las olas, y su nombre vulgar justificaba esta semejanza. Pero
de da se admiraban principalmente las superpuestas cortezas de la
estratificacin, con sus vetas sulfurosas y carbonatadas, sus sedimentos
negros, sus lignitos, donde yace el negro azabache, sus capas de tierra
ferruginosa que parece amasada con sangre, sus grandes y regulares
lminas de roca, quebradas en mil puntos por el arte humano, y erizadas
de picos, cortaduras y desgarrones. Era aquello como una herida abierta
en el tejido orgnico y vista con microscopio. El arroyo de aguas
saturadas de xido de hierro que corra por el centro, pareca un chorro
de sangre.

En dnde est nuestro asiento?--pregunt el seorito de Penguilas--.
Vamos a l. All no nos molestar el aire.

Desde el fondo de la gran zanja subieron un poco por escabroso sendero,
abierto entre rotas piedras, tierra y matas de hinojo, y se sentaron a
la sombra de una enorme pea agrietada, que presentaba en su centro una
larga hendija. Ms bien eran dos peas, pegada la una a la otra, con
irregulares bordes, como dos gastadas mandbulas que se esfuerzan en
morder.

--Qu bien se est aqu!--dijo Pablo--. A veces suele salir una
corriente de aire por esa gruta; pero hoy no siento nada. Lo que se
siente es el gorgoteo del agua all dentro en las entraas de la
Trascava.

--Calladita est hoy--observ la Nela--. Quieres echarte?

--Pues mira que has tenido una buena idea. Anoche no he dormido,
pensando en lo que mi padre me dijo, en el mdico, en mis ojos.... Toda
la noche estuve sintiendo una mano que entraba en mis ojos y abra en
ellos una puerta cerrada y mohosa.

Diciendo esto sentose sobre la piedra, poniendo su cabeza sobre el
regazo de la Nela.

--Aquella puerta--prosigui--que estaba all en lo ms ntimo de mi
sentido, abriose, como te he dicho, dando paso a una estancia donde
estaba encerrada la idea que me persigue. Ay, Nela de mi corazn,
chiquilla idolatrada, si Dios quisiera darme ese don que me falta!...
Con l me creera el ms feliz de los hombres, yo, que casi lo soy ya
slo con tenerte por amiga y compaera de mi vida. Para que los dos
seamos uno solo, me falta muy poco; slo me falta verte y recrearme en
tu belleza, con ese placer de la vista que no puedo comprender an, pero
que concibo de una manera vaga. Tengo la curiosidad del espritu, pero
la de los ojos me falta. Supngola como una nueva manera del amor que te
tengo. Yo estoy lleno de tu belleza; pero hay algo en ella que no me
pertenece todava.

--No oyes?--dijo la Nela de improviso, demostrando inters por cosa muy
distinta de lo que su amigo deca.

--Qu?

--Aqu dentro.... La Trascava!... est hablando.

--Supersticiosa! El agua no habla, querida Nela. Qu lenguaje ha de
saber un chorro de agua? Slo hay dos cosas que hablan, chiquilla ma;
esas dos cosas son la lengua y la conciencia.

--Y la Trascava--observ la Nela, palideciendo--es un murmullo, un s,
s, s... A ratos oigo la voz de mi madre, que dice clarito: Hija ma,
qu bien se est aqu!

--Es tu imaginacin. Tambin la imaginacin habla; me olvid de decirlo.
La ma a veces se pone tan parlanchina, que tengo que mandarla callar.
Su voz es chillona, atropellada, inaguantable; as como la de la
conciencia es grave, reposada, convincente; y lo que dice no tiene
refutacin.

--Ahora parece que llora.... Se va poquito a poco perdiendo la voz--dijo
la Nela, atenta a lo que oa.

De pronto sali por la gruta una ligera rfaga de aire.

--No has notado que ha echado un gran suspiro?... Ahora se vuelve a or
la voz: habla bajo, y me dice al odo muy bajito, muy bajito....

--Qu te dice?

--Nada--replic bruscamente Mara, despus de una pausa--. T dices que
son tonteras. Tendrs razn.

--Ya te quitar yo de la cabeza esos pensamientos absurdos--dijo el
ciego, tomndole la mano--. Hemos de vivir juntos toda la vida. Oh,
Dios mo! Si no he de adquirir la facultad de que me privaste al nacer,
para qu me has dado esperanzas? Infeliz de m si no nazco de nuevo en
manos del doctor Golfn. Porque esta ser nacer otra vez. Y qu
nacimiento! Qu nueva vida! Chiquilla ma, juro por la idea de Dios que
tengo dentro de m, clara, patente, inmutable, que t y yo no nos
separaremos jams por mi voluntad. Yo tendr ojos, Nela, tendr ojos
para poder recrearme en tu celestial hermosura, y entonces me casar
contigo. Sers mi esposa querida... sers la vida de mi vida, el recreo
y el orgullo de mi alma! No dices nada a esto?

La Nela oprimi contra s la hermosa cabeza del joven. Quiso hablar,
pero su emocin no se lo permita.

--Y si Dios no quiere otorgarme ese don--aadi el ciego--tampoco te
separars de m, tambin sers mi mujer, a no ser que te repugne
enlazarte con un ciego. No, no, chiquilla ma, no quiero imponerte un
yugo tan penoso. Encontrars hombres de mrito que te amarn y que
podrn hacerte feliz. Tu extraordinaria bondad, tus nobles prendas, tu
seductora belleza, que ha de cautivar los corazones y encender el ms
puro amor en cuantos te traten, asegrante un porvenir risueo. Yo te
juro que te querr mientras viva, ciego o con vista, y que estoy
dispuesto a jurarte delante de Dios un amor grande, insaciable, eterno.
No me dices nada?

--S; que te quiero mucho, muchsimo--dijo la Nela, acercando su rostro
al de su amigo--. Pero no te afanes por verme. Quizs no sea yo tan
guapa como t crees.

Diciendo esto, la Nela haba rebuscado en su faltriquera y sacado un
pedazo de cristal azogado, resto intil y borroso de un fementido espejo
que se rompiera en casa de la Seana la semana anterior. Mirose en l;
mas por causa de la pequeez del vidrio, rale forzoso mirarse por
partes, sucesiva y gradualmente, primero un ojo, despus la frente.
Alejndolo, pudo abarcar la mitad del conjunto. Ay! Cun triste fue el
resultado de sus investigaciones! Guard el espejillo, y gruesas
lgrimas brotaron de sus ojos.

--Nela, sobre mi frente ha cado una gota. Acaso llueve?

--S, nio mo, parece que llueve--dijo la Nela sollozando.

--No, es que lloras. Pues has de saber que me lo deca el corazn. T
eres la misma bondad; tu alma y la ma estn unidas por un lazo
misterioso y divino: no se pueden separar, verdad? Son dos partes de
una misma cosa, verdad?

--Verdad.

--Tus lgrimas me responden ms claramente que cuanto pudieras decir.
No es verdad que me querrs mucho lo mismo si me dan vista que si
contino privado de ella?

--Lo mismo, s, lo mismo--dijo la Nela con vehemencia y turbacin.

--Y me acompaars?...

--Siempre, siempre.

--Oye t--exclam el ciego con amoroso arranque--si me dan a escoger
entre no ver y perderte, prefiero....

--Prefieres no ver.... Oh! Madre de Dios divino, qu alegra tengo
dentro de m!

--Prefiero no ver con los ojos tu hermosura, porque yo la veo dentro de
m clara como la verdad que proclamo interiormente. Aqu dentro ests, y
tu persona me seduce y enamora ms que todas las cosas.

--S, s, s--afirm la Nela con desvaro--yo soy hermosa, soy muy
hermosa.

--Oye t--exclam el ciego con amoroso arranque--tengo un
presentimiento... s, un presentimiento. Dentro de m parece que est
Dios hablndome y dicindome que tendr ojos, que te ver, que seremos
felices.... No sientes t lo mismo?

--Yo.... El corazn me dice que me vers... pero me lo dice
partindoseme.

--Ver tu hermosura qu felicidad!--exclam el ciego con la expresin
delirante que era propia de l en ciertos momentos--. Pero si ya la veo;
si la veo dentro de m, clara como la verdad que proclamo y que me llena
todo....

--S, s, s...--repiti la Nela con desvaro, espantados los ojos,
trmulos los labios--. Yo soy hermosa, soy muy hermosa.

--Bendita seas t...

--Y t!--aadi ella besndole en la frente--. Tienes sueo?

--S, principio a tener sueo. No he dormido anoche. Estoy tan bien
aqu...

--Durmete, nio....

Principi a cantar como se canta a los nios para que se duerman. Poco
despus Pablo dorma. La Nela oy de nuevo la voz de la Trascava,
dicindole:

--Hija ma... aqu, aqu.




-IX-

Los Golfines


Teodoro Golfn no se aburra en Socartes. El primer da despus de su
llegada pas largas horas en el laboratorio con su hermano, y en los
siguientes recorri de un cabo a otro las minas, examinando y admirando
las distintas cosas que all haba, que ya pasmaban por la grandeza de
las fuerzas naturales, ya por el poder y bro del arte de los hombres.
Por las noches, cuando todo callaba en el industrioso Socartes, quedando
slo en actividad los bullidores hornos, el buen doctor que era muy
entusiasta msico, se deleitaba oyendo tocar el piano a su cuada Sofa,
esposa de Carlos Golfn y madre de varios chiquillos que se haban
muerto.

Los dos hermanos se profesaban el ms vivo cario. Nacidos en la clase
ms humilde, haban luchado solos en edad temprana por salir de la
ignorancia y de la pobreza, vindose a punto de sucumbir diferentes
veces; mas tanto pudo en ellos el impulso de una voluntad heroica, que
al fin llegaron jadeantes a la ansiada orilla, dejando atrs las turbias
olas en que se agita en constante estado de naufragio el grosero vulgo.

Teodoro, que era el mayor, fue mdico antes que Carlos ingeniero. Ayud
a ste con todas sus fuerzas mientras el joven lo necesitara, y cuando
le vio en camino, tom el que anhelaba su corazn aventurero, yndose a
Amrica. All trabaj juntamente con otros afamados mdicos europeos,
adquiriendo bien pronto fama y dinero. Hizo un viaje a Espaa, torn al
Nuevo Mundo, vino ms tarde para regresar al poco tiempo. En cada una de
estas excursiones daba la vuelta a Europa para apropiarse los progresos
de la ciencia oftlmica que cultivaba.

Era un hombre de facciones bastas, moreno, de fisonoma tan inteligente
como sensual, labios gruesos, pelo negro y erizado, mirar centelleante,
naturaleza incansable, constitucin fuerte, si bien algo gastada por el
clima americano. Su cara grande y redonda, su frente huesuda, su melena
rebelde, aunque corta, el fuego de sus ojos, sus gruesas manos, haban
sido motivo para que dijeran de l: es un len negro. En efecto
pareca un len, y como el rey de los animales, no dejaba de manifestar
a cada momento la estimacin en que a s mismo se tena. Pero la vanidad
de aquel hombre insigne era la ms disculpable de todas las vanidades,
pues consista en sacar a relucir dos ttulos de gloria, a saber: su
pasin por la ciruga y la humildad de su origen. Hablaba por lo general
incorrectamente, por ser incapaz de construir con gracia y elegancia las
oraciones. Eran sus frases rpidas y entrecortadas conforme a la emisin
de su pensamiento, que era una especie de emisin elctrica. Muchas
veces Sofa, al pedirle su opinin sobre cualquier cosa, deca: A ver
lo que piensa de esto la Agencia Havas.

--Nosotros--sola decir Teodoro--aunque descendemos de las yerbas del
campo, que es el ms bajo linaje que se conoce, nos hemos hecho rboles
corpulentos.... Viva el trabajo y la iniciativa del hombre!...

Yo creo que los Golfines, aunque aparentemente venimos de maragatos,
tenemos sangre inglesa en nuestras venas.... Hasta nuestro apellido
parece que es de pura casta sajona. Yo lo descompondra de este modo:
_Gold_, oro... _to find_, hallar.... Es, como si dijramos, buscador de
oro.... He aqu que mientras mi hermano lo busca en las entraas de la
tierra, yo lo busco en el interior maravilloso de ese universo en
abreviatura que se llama el ojo humano.

En la poca de esta veraz historia vena de Amrica por la va de
New-York Liverpool, y segn deca, su expatriacin haba cesado
definitivamente; pero no le crean, por haber dicho lo mismo en otras
ocasiones y haber hecho todo lo contrario.

Su hermano Carlos era un bendito, hombre muy pacfico, estudioso,
esclavo de su deber, apasionado por la mineraloga y la metalurgia hasta
poner a estas dos mancebas cien codos ms altas que su mujer. Por lo
dems, ambos cnyuges vivan en conformidad completa, o como deca
Teodoro, en estado _isomrfico_, porque cristalizaban en un mismo
sistema. En cuanto a l, siempre que se hablaba de matrimonio, deca
riendo:

--El matrimonio sera para m una _Epigenesis_ o cristal
_pseudomrfico_; es decir, un sistema de cristalizacin que no me
corresponde.

Sofa era una excelente seora de regular belleza, cada da reducida a
menor expresin, por una tendencia lamentable a la obesidad. Le haban
dicho que la atmsfera de carbn de piedra enflaqueca, y por eso haba
ido a vivir a las minas, con propsito de pasar en ellas todo el ao.
Por lo dems, aquella atmsfera saturada de polvo de calamina y de humo
causbale no poco disgusto. No tena hijos vivos, y su principal
ocupacin consista en tocar el piano y en organizar asociaciones
benficas de seoras para socorros domiciliarios y sostenimiento de
hospitales y escuelas. En Madrid, y durante buena porcin de aos, su
actividad haba hecho prodigios, ofreciendo ejemplos dignos de imitacin
a todas las almas aficionadas a la caridad. Ella, ayudada de dos o tres
seoras de alto linaje, igualmente amantes del prjimo, haba logrado
celebrar ms de veinte funciones dramticas, otros tantos bailes de
mscaras, seis corridas de toros y dos de gallos, todo en beneficio de
los pobres.

En el nmero de sus vehemencias, que solan ser pasajeras, contbase una
que quizs no sea tan recomendable como aquella de socorrer a los
menesterosos, y consista en rodearse de perros y gatos, poniendo en
estos animales un afecto que al mismo amor se pareca. ltimamente, y
cuando resida en el establecimiento de Socartes, tena un _toy terrier_
que por encargo le haba trado de Inglaterra Ulises Bull, jefe del
taller de maquinaria. Era un galguito fino y elegante, delicado y mimoso
como un nio. Se llamaba Lili, y haba costado en Londres doscientos
duros.

Los Golfines paseaban en los das buenos; en los malos tocaban el piano
o cantaban, pues Sofa tena cierto chillido que poda pasar por canto
en Socartes. El ingeniero segundo tena voz de bajo profundo, Teodoro
tambin era bajo profundo. Carlos all se iba; de modo que armaban una
especie de coro de sacerdotes, en el cual descollaba la voz de Sofa
como una sacerdotisa a quien van a llevar al sacrificio. Todas las
piezas que se cantaban eran, o si no lo eran lo parecan, de sacerdotes
sacrificadores y sacerdotisa sacrificada.

En los das de paseo solan merendar en el campo. Una tarde (a ltimos
de Setiembre y seis das despus de la llegada de Teodoro a las minas)
volvan de su excursin en el orden siguiente: Lili, Sofa, Teodoro,
Carlos. La estrechez del sendero no les permita caminar de dos en dos.
Lili llevaba su manta o gabancito azul con las iniciales de su ama.
Sofa apoyaba en su hombro el palo de la sombrilla, y Teodoro llevaba en
la misma postura su bastn, con el sombrero en la punta. Gustaba mucho
de pasear con la deforme cabeza al aire. Pasaban al borde de la
Trascava, cuando Lili, desvindose del sendero con la elstica ligereza
de sus patillas como alambres, ech a correr csped abajo por la
vertiente del embudo. Primero corra, despus resbalaba. Sofa dio un
grito de terror. Su primer movimiento, dictado por un afecto que pareca
materno, fue correr detrs del animal, tan cercano al peligro; pero su
esposo la contuvo, diciendo:

--Deja que se lleve el demonio a Lili, mujer; l volver. No se puede
bajar, porque este csped es muy resbaladizo.

--Lili, Lili!...--gritaba Sofa, esperando que sus amantes ayes
detendran al animal en su camino de perdicin, trayndole al de la
virtud.

Las voces ms tiernas no hicieron efecto en el revoltoso nimo de Lili,
que segua bajando. A veces miraba a su ama, y con sus expresivos
ojuelos negros pareca decirle: Seora, por el amor de Dios, no sea
usted tan tonta.

Lili se detuvo en la gran pea blanquecina, agujereada, muzgosa, que en
la boca misma del abismo estaba, como encubrindola. Fijronse all
todos los ojos, y al punto observaron que se mova un objeto. Creyeron
de pronto ver un animal daino que se ocultaba detrs de la pea, pero
Sofa lanz un nuevo grito, el cual antes era de asombro que de terror,
y dijo:

--Si es la Nela.... Nela, qu haces ah?

Al or su nombre, la muchacha se mostr toda turbada y ruborosa.

--Qu haces ah, loca?--repiti la dama--. Coge a Lili y tremelo...
Vlgame Dios, lo que inventa esta criatura! Miren dnde se ha ido a
meter. T tienes la culpa de que Lili haya bajado.... Qu cosas le
enseas al animalito! Por tu causa es tan mal criado y tan antojadizo.

--Esa muchacha es de la piel de Barrabs--dijo D. Carlos a su hermano--.
Mira dnde se ha ido a poner.

Mientras esto se deca en el borde de la Trascava, la Nela haba
emprendido all abajo la persecucin de Lili, el cual, ms travieso y
calavera en aquel da que en ningn otro de su montona existencia, hua
de las manos de la chicuela. Gritbale la dama, exhortndole a ser
juicioso y formal; pero l, poniendo en olvido las ms vulgares nociones
del deber, empez a dar brincos y a mirar con descaro a su ama, como
dicindole: Seora, quiere usted irse a paseo y dejarme en paz?

Al final Lili dio con su elegante cuerpo en medio de las zarzas que
cubran la boca de la cueva, y all la mantita de que iba vestido fuele
de grandsimo estorbo. El animal, vindose imposibilitado de salir de
entre la maleza, empez a ladrar pidiendo socorro.

--Que se me pierde, que se me mata!--exclam gimiendo Sofa--. Nela,
Nela, si me lo sacas, te doy un perro grande; scalo... ve con
cuidado.... Agrrate bien.

La Nela se desliz intrpidamente, poniendo su pie sobre las zarzas y
robustos hinojos que tapaban el abismo; y sostenindose con una mano en
las asperezas de la pea, alarg la otra hasta pillar el rabo de Lili,
con lo cual le sac del aprieto en que estaba. Acariciando al animal,
subi triunfante a los bordes del embudo.

--T, t, t tienes la culpa--djole Sofa de mal talante, aplicndole
tres suaves coscorrones--porque si no te hubieras metido all... Ya
sabes que va tras de ti donde quiera que te encuentra.... Qu buena
pieza!

Y luego, besando al descarriado animal y administrndole dos nalgadas,
despus de cerciorarse de que no haba padecido nada de fundamento en su
estimable persona, le arregl la mantita, que se le haba puesto por
montera, y lo entreg a Nela, dicindole:

--Toma, llvalo en brazos, porque estar cansado, y estas largas
caminatas pueden hacerle dao. Cuidado.... Anda delante de nosotros....
Cuidado, te repito.... Mira que voy detrs observando lo que haces.

Psose de nuevo en marcha la familia, precedida por la Nela. Lili miraba
a su ama por encima del hombro de la Nela, y pareca decirle: Ay,
seora; pero qu boba es usted!

Teodoro Golfn no haba dicho nada durante el conmovedor peligro del
hermoso Lili, pero cuando se pusieron en marcha por la gran pradera,
donde los tres podan ir al lado uno de otro sin molestarse, el doctor
dijo a la mujer de su hermano:

--Estoy pensando, querida Sofa, que ese animal te ocupa demasiado. Es
verdad que un perro que cuesta doscientos duros no es un perro como otro
cualquiera. Yo me pregunto por qu has empleado el tiempo y el dinero en
hacerle un gabn a ese seorito canino, y no se te ha ocurrido comprarle
unos zapatos a la Nela.

--Zapatos a la Nela!--exclam Sofa riendo--. Y yo pregunto: para qu
los quiere?... Tardara dos das en romperlos. Podrs rerte de m todo
lo que quieras... bien, yo comprendo que cuidar mucho a Lili es una
extravagancia... pero no podrs acusarme de falta de caridad.... Alto
ah... eso s que no te lo permito (al decir esto tomaba un tono muy
serio con evidente expresin de orgullo). Y en lo de saber practicar la
caridad con prudencia y tino, tampoco creo que me eche el pie adelante
persona alguna.... No consiste, no, la caridad en dar sin ton ni son,
cuando no existe la seguridad de que la limosna ha de ser bien empleada.
Si querrs darme lecciones!... Mira, Teodoro, que en eso s tanto como
t en el tratado de los ojos.

--S, ya s, ya s, querida, que has hecho maravillas. No me cuentes
otra vez lo de las funciones dramticas, bailes y corridas de toros
organizadas por tu ingenio para alivio de los pobres, ni lo de las
rifas, que poniendo en juego grandes sumas, han servido en primer lugar
para dar de comer a unos cuantos holgazanes, quedando slo para los
enfermos un resto de poca monta. Todo eso slo me prueba las singulares
costumbres de una sociedad que no sabe ser caritativa sino bailando,
toreando y jugando a la lotera.... No hablemos de eso: ya conozco estas
heroicidades y las admiro: tambin eso tiene su mrito, y no poco. Pero
t y tus amigas rara vez os acercis a un pobre para saber de su misma
boca la causa de su miseria... ni para observar qu clase de miseria le
aqueja, pues hay algunas tan extraordinarias, que no se alivian con la
fcil limosna del ochavo... ni tampoco con el mendrugo de pan....

--Ya tenemos a nuestro filsofo en campaa--dijo Sofa con mal humor--.
Qu sabes t lo que yo he hecho ni lo que he dejado de hacer?

--No te enfades, querida--replic Golfn--; todos mis argumentos van a
parar a un punto, y es que debas haberle comprado zapatos a la Nela.

--Pues mira, maana mismo se los he de comprar.

--No, porque esta misma noche se los comprar yo. No se meta usted en
mis dominios, seora.

--Eh!... Nela--grit Sofa, viendo que la muchacha estaba a larga
distancia--. No te alejes mucho; que te vea yo para saber lo que haces.

--Pobre criatura!--dijo Carlos--. Quin ha de decir que eso tiene diez
y seis aos!

--Atrasadilla est. Qu desgracia!--exclam Sofa--. Y yo me pregunto,
para qu permite Dios que tales criaturas vivan?... Y me pregunto
tambin, qu es lo que se puede hacer por ella? Nada, nada ms que
darle de comer, vestirla hasta cierto punto.... Ya se ve... rompe todo
lo que le ponen encima. Ella no puede trabajar, porque se desmaya; ella
no tiene fuerzas para nada. Saltando de piedra en piedra, subindose a
los rboles y jugando y enredando todo el da y cantando como los
pjaros, cuanto se le pone encima convirtese pronto en jirones....

--Pues yo he observado en la Nela--dijo Carlos--algo de inteligencia y
agudeza de ingenio bajo aquella corteza de candor y salvaje rusticidad.
No, seor, la Nela no es tonta ni mucho menos. Si alguien se hubiera
tomado el trabajo de ensearle alguna cosa, habra aprendido mejor
quizs que la mayora de los chicos. Qu creen ustedes? La Nela tiene
imaginacin; por tenerla y carecer hasta de la enseanza ms
rudimentaria, es sentimental y supersticiosa.

--Eso es, se halla en la situacin de los pueblos primitivos--dijo
Teodoro--. Est en la poca del pastoreo.

--Ayer precisamente--aadi Carlos--pasaba yo por la Trascava y la vi en
el mismo sitio donde la hemos hallado hoy. La llam, hcela salir, le
pregunt qu haca en aquel sitio, y con la mayor sencillez del mundo me
contest que estaba hablando con su madre.... T no sabes que la madre
de la Nela se arroj por esa sima.

--Es decir, que se suicid--dijo Sofa--. Era una mujer de mala vida y
peores ideas, segn he odo contar. Carlos no estaba aqu todava; pero
nos han dicho que se embriagaba como un fogonero. Y yo me pregunto:
Esos seres tan envilecidos que terminan una vida de crmenes con el
mayor de todos, que es el suicidio, merecen la compasin del gnero
humano? Hay cosas que horripilan; hay personas que no debieran haber
nacido, no seor, y Teodoro podr decir todas las sutilezas que quiera,
pero yo me pregunto....

--No, no te preguntes nada, hermana querida--dijo vivamente Teodoro--.
Yo te responder que el suicida merece la ms viva, la ms cordial
compasin. En cuanto a vituperio, chesele encima todo el que haya
disponible, pero al mismo tiempo... bueno ser indagar qu causas le
llevaron a tan horrible extremo de desesperacin... yo observara si la
sociedad no le ha dejado abierta, desamparndole en absoluto, la puerta
de ese abismo horrendo que le llama....

--Desamparado de la sociedad! Hay algunos que lo estn...--dijo Sofa
con impertinencia--. La sociedad no puede amparar a todos. Mira la
estadstica, Teodoro; mrala y vers la cifra de pobres.... Pero si la
sociedad desampara a alguien, para qu sirve la religin?

--Refirome al miserable desesperado que rene a todas las miserias la
miseria mayor, que es la ignorancia.... El ignorante envilecido y
supersticioso slo posee nociones vagas y absurdas de la divinidad....
Lo desconocido, lejos de detenerle, le impulsa ms a cometer su
crimen.... Rara vez har beneficios la idea religiosa al que vegeta en
estpida ignorancia. A l no se acerca amigo inteligente, ni maestro, ni
sacerdote. No se le acerca sino el juez que ha de mandarle a
presidio.... Es singular el rigor con que condenis vuestra propia
obra--aadi con vehemencia, enarbolando el palo en cuya punta tena su
sombrero--. Estis viendo delante de vosotros, al pie mismo de vuestras
cmodas casas, a una multitud de seres abandonados, faltos de todo lo
que es necesario a la niez, desde los padres hasta los juguetes... les
estis viendo, s... nunca se os ocurre infundirles un poco de dignidad,
hacindoles saber que son seres humanos, dndoles las ideas de que
carecen; no se os ocurre ennoblecerles, hacindoles pasar del bestial
trabajo mecnico al trabajo de la inteligencia; les veis viviendo en
habitaciones inmundas, mal alimentados, perfeccionndose cada da en su
salvaje rusticidad, y no se os ocurre extender un poco hasta ellos las
comodidades de que estis rodeados.... Toda la energa la guardis luego
para declamar contra los homicidios, los robos y el suicidio, sin
reparar que sostenis escuela permanente de estos tres crmenes!

--No s para qu estn ah los asilos de beneficencia--dijo agriamente
Sofa--. Lee la estadstica, Teodoro, lela, y vers el nmero de
desdichados.... Lee la estadstica....

--Yo no leo la estadstica, querida hermana, ni me hace falta para nada
tu estadstica. Buenos son los asilos; pero no, no bastan para resolver
el gran problema que ofrece la orfandad. El miserable hurfano, perdido
en las calles y en los campos, desamparado de todo cario personal y
amparado slo por las corporaciones, rara vez llena el vaco que forma
en su alma la carencia de familia... oh!, vaco donde deban estar, y
rara vez estn, la nobleza, la dignidad y la estimacin de s mismo.
Sobre este tema tengo una idea, es una idea ma; quizs os parezca un
disparate.

--Dnosla.

--El problema de la orfandad y de la miseria infantil no se resolver
nunca en absoluto, como no se resolvern tampoco sus compaeros los
dems problemas sociales; pero habr un alivio a mal tan grande cuando
las costumbres, apoyadas por las leyes... por las leyes; ya veis que
esto no es cosa de juego, establezcan que todo hurfano, cualquiera que
sea su origen... no rerse... tenga derecho a entrar en calidad de hijo
adoptivo en la casa de un matrimonio acomodado que carezca de hijos. Ya
se arreglaran las cosas de modo que no hubiera padres sin hijos, ni
hijos sin padres.

--Con tu sistema--dijo Sofa--ya se arreglaran las cosas de modo que
nosotros fusemos padres de la Nela.

--Por qu no?--repuso Teodoro--. Entonces no gastaramos doscientos
duros en comprar un perro, ni estaramos todo el santo da haciendo
mimos al seorito Lili.

--Y por qu han de estar exentos de esa graciosa ley los solteros
ricos? Por qu no han de cargar ellos tambin con su hurfano, como
cada hijo de vecino?

--No me opongo--dijo el doctor, mirando al suelo--. Pero qu es
esto?... sangre!

Todos miraron al suelo, donde se vean de trecho en trecho pequeas
manchas de sangre.

--Jess!...--exclam Sofa, apartando los ojos--. Si es la Nela. Mira
cmo se ha puesto los pies.

--Ya se ve.... Como tuvo que meterse entre las zarzas para coger a tu
dichoso Lili. Nela, ven ac.

La Nela, cuyo pie derecho estaba ensangrentado, se acerc cojeando.

--Dame al pobre Lili--dijo Sofa, tomando el canino de manos de la
vagabunda--. No vayas a hacerle dao. Te duele mucho? Pobrecita! Eso
no es nada. Oh, cunta sangre!... No puedo ver eso.

Sensible y nerviosa, Sofa se volvi de espaldas, acariciando a Lili.

--A ver, a ver qu es eso--dijo Teodoro, tomando a la Nela en sus brazos
y sentndola en una piedra de la cerca inmediata.

Ponindose sus lentes, le examin el pie.

--Es poca cosa; dos o tres rasguos.... Me parece que tienes una espina
dentro.... Te duele?... S, aqu est la pcara.... Aguarda un momento.
Sofa, echa a andar, si te molesta ver una operacin quirrgica.

Mientras Sofa daba algunos pasos para poner su precioso sistema
nervioso a cubierto de toda alteracin, Teodoro Golfn sac su estuche,
del estuche unas pinzas, y en un santiamn extrajo la espina.

--Bien por la mujer valiente!--dijo, observando la serenidad de la
Nela--. Ahora vendemos el pie.

Con su pauelo vend el pie herido. Marianela trat de andar. Carlos le
daba la mano.

--No, no; ven ac--dijo Teodoro, tomando a Marianela por los brazos.

Con rpido movimiento levantola en el aire y la sent sobre su hombro
derecho.

--Si no ests segura, agrrate a mis cabellos; son fuertes. Ahora, lleva
t el palo con el sombrero.

--Qu facha!--exclam Sofa, muerta de risa al verlos venir--. Teodoro
con la Nela al hombro, y luego el palo con el sombrero de Gessler....




-X-

Historia de dos hijos del pueblo


--Aqu tienes, querida Sofa--dijo Teodoro--un hombre que sirve para
todo. Este es el resultado de nuestra educacin, verdad, Carlos? Como
no hemos sido criados con mimos; como desde nuestra ms tierna infancia
nos acostumbramos a la idea de que no haba nadie inferior a
nosotros.... Los hombres que se forman solos, como nosotros nos
formamos; los que, sin ayuda de nadie, ni ms amparo que su voluntad y
noble ambicin, han logrado salir triunfantes en la _lucha por la
existencia_... s demonio!, estos son los nicos que saben cmo se ha
de tratar a un menesteroso. No te cuento diversos hechos de mi vida,
ataederos a esto del prjimo como a ti mismo, por no caer en el feo
pecado de la propia alabanza y por temor de causar envidia a tus rifas y
a tus bailoteos filantrpicos. Qudese esto aqu.

--Cuntalos, cuntalos otra vez, Teodoro.

--No, no... todo eso debe callarse; as lo manda la modestia. Confieso
que no poseo en alto grado esta virtud preciosa; yo no carezco de
vanidades, y entre ellas tengo la vanidad de haber sido mendigo, de
haber pedido limosna de puerta en puerta, de haber andado descalzo con
mi hermanito Carlos y dormir con l en los huecos de las puertas, sin
amparo, sin abrigo, sin familia. Yo no s qu extraordinario rayo de
energa y de voluntad vibr dentro de m. Tuve una inspiracin.
Comprend que delante de nuestros pasos se abran dos sendas: la del
presidio, la de la gloria. Cargu en mis hombros a mi pobre hermanito,
lo mismo que hoy cargo a la Nela, y dije: Padre nuestro que ests en
los cielos, slvanos... Ello es que nos salvamos. Yo aprend a leer y
ense a leer a mi hermano. Yo serv a diversos amos, que me daban de
comer y me permitan ir a la escuela. Yo guardaba mis propinas; yo
compr una hucha.... Yo reun para comprar libros.... Yo no s cmo
entr en los Escolapios; pero ello es que entr, mientras mi hermano se
ganaba su pan haciendo recados en una tienda de ultramarinos....

--Qu cosas tienes!--exclam Sofa muy desazonada, porque no gustaba de
or aquel tema--. Y yo me pregunto: a qu viene el recordar tales
nieras? Adems, t las exageras mucho.

--No exagero nada--dijo Teodoro, con bro--. Seora, oiga usted y
calle.... Voy a poner ctedra de esto.... Oganme todos los pobres,
todos los desamparados, todos los nios perdidos.... Yo entr en los
Escolapios como Dios quiso; yo aprend como Dios quiso.... Un bendito
padre diome buenos consejos y me ayud con sus limosnas.... Sent
aficin a la medicina.... Cmo estudiarla sin dejar de trabajar para
comer? Problema terrible!... Querido Carlos, te acuerdas de cuando
entramos los dos a pedir trabajo en una barbera de la antigua calle de
Cofreros?... Nunca habamos cogido una navaja en la mano; pero era
preciso ganarse el pan afeitando.... Al principio ayudbamos... te
acuerdas, Carlos?... Despus empuamos aquellos nobles instrumentos....
La flebotoma fue nuestra salvacin. Yo empec a estudiar la anatoma.
Ciencia admirable, divina! Tanto era el trabajo escolstico, que tuve
que abandonar la barbera de aquel famoso maestro Cayetano.... El da en
que me desped, l lloraba.... Diome dos duros y su mujer me obsequi
con unos pantalones viejos de su esposo.... Entr a servir de ayuda de
cmara. Dios me protega dndome siempre buenos amos. Mi aficin al
estudio interes a aquellos benditos seores, que me dejaban libre todo
el tiempo que podan. Yo velaba estudiando. Yo estudiaba durmiendo. Yo
deliraba, y limpiando la ropa repasaba en la memoria las piezas del
esqueleto humano.... Me acuerdo que el cepillar la ropa de mi amo me
serva para estudiar la miologa.... Limpiando una manga, deca:
msculo deltoides, bceps, gran supinador, cubital, y en los
pantalones: msculos glteos, psoas, gemelos, tibial, etc... En
aquella casa dbanme sobras de comida, que yo llevaba a mi hermano,
habitante en casa de unos dignos ropavejeros. Te acuerdas, Carlos?

--Me acuerdo--dijo Carlos con emocin--. Y gracias que encontr quien me
diera casa por un pequeo servicio de llevar cuentas. Luego tuve la
dicha de tropezar con aquel coronel retirado, que me ense las
matemticas elementales.

--Bueno: no hay guiapo que no saquen ustedes hoy a la calle--observ
Sofa.

--Mi hermano me peda pan--aadi Teodoro--y yo le responda: Pan has
dicho?, toma matemticas... Un da mi amo me dio entradas para el
teatro de la Cruz; llev a mi hermano y nos divertimos mucho; pero
Carlos cogi una pulmona.... Obstculo terrible, inmenso! Esto era
recibir un balazo al principio de la accin.... Pero no, quin
desmaya?, adelante... a curarle se ha dicho. Un profesor de la Facultad,
que me haba tomado gran cario, se prest a curarle.

--Fue milagro de Dios que me salvara en aquel cuchitril inmundo, almacn
de trapo viejo, de hierro viejo y de cuero viejo.

--Dios estaba con nosotros... bien claro se vea.... Habase puesto de
nuestra parte.... Oh, bien saba yo a quin me arrimaba!--prosigui
Teodoro, con aquella elocuencia nerviosa, rpida, ardiente, que era tan
suya como las melenas negras y la cabeza de len--. Para que mi hermano
tuviera medicinas fue preciso que yo me quedara sin ropa. No pueden
andar juntas la farmacopea y la indumentaria. Receta tras receta, el
enfermo consumi mi capa, despus mi levita... mis calzones se
convirtieron en pldoras.... Pero mis amos no me abandonaban... volv a
tener ropa y mi hermano sali a la calle. El mdico me dijo: que vaya a
convalecer al campo... Yo medit... Campo dijiste? Que vaya a la
escuela de Minas. Mi hermano era gran matemtico. Yo le ense la
qumica... pronto se aficion a los pedruscos, y antes de entrar en la
escuela, ya sala al campo de San Isidro a recoger guijarros.... Yo
segua adelante en mi navegacin por entre olas y huracanes.... Cada da
era ms mdico. Un famoso operador me tom por ayudante; dej de ser
criado.... Empec a servir a la ciencia... mi amo cay enfermo; asistile
como una hermana de la Caridad.... Muri, dejndome un legado... cosa
graciosa! Consista en un bastn, una mquina para hacer cigarrillos, un
cuerno de caza y cuatro mil reales en dinero. Una fortuna!... Mi
hermano tuvo libros, yo ropa, y cuando me vest de gente, empec a tener
enfermos. Parece que la humanidad perda la salud slo por darme
trabajo.... Adelante, siempre adelante!... Pasaron aos, aos... al fin
vi desde lejos el puerto de refugio despus de grandes tormentas.... Mi
hermano y yo bogbamos sin gran trabajo... ya no estbamos tristes....
Dios sonrea dentro de nosotros. Bien por los Golfines!... Dios les
haba dado la mano. Yo empec a estudiar los ojos y en poco tiempo
domin la catarata; pero yo quera ms.... Gan algn dinero; pero mi
hermano consuma bastante.... Al fin Carlos sali de la escuela...
Vivan los hombres valientes!... Despus de dejarle colocado en
Riotinto, con un buen sueldo, me march a Amrica. Yo haba sido una
especie de Coln, el Coln del trabajo; y una especie de Hernn Corts;
yo haba descubierto en m un Nuevo Mundo, y despus de descubrirlo, lo
haba conquistado.

--Albate, pandero--dijo Sofa riendo.

--Si hay hroes en el mundo, t eres uno de ellos--afirm Carlos,
demostrando gran admiracin por su hermano.

--Preprese usted ahora, seor semi-Dios--dijo Sofa--a coronar todas
sus hazaas haciendo un milagro, que milagro ser dar la vista a un
ciego de nacimiento.... Mira, all sale D. Francisco a recibirnos.

Avanzando por lo alto del cerro que limita las minas del lado de
Poniente, haban llegado a Aldeacorba y a la casa del seor de
Penguilas, que echndose el chaquetn a toda prisa, sali al encuentro
de sus amigos. Caa la tarde.




-XI-

El patriarca de Aldeacorba


--Ya la estn ordeando--dijo antes de saludarles--. Supongo que todos
tomarn leche. Cmo va ese valor, doa Sofa?... Y usted, D.
Teodoro?... Buena carga se ha echado a cuestas! Qu tiene Mara
Canela?... una patita mala. De cundo ac gastamos esos mimos?

Entraron todos en el patio de la casa. Oanse los graves mugidos de las
vacas que acababan de entrar en el establo, y este rumor, unido al grato
aroma campesino del heno que los mozos suban al pajar, recreaba
dulcemente los sentidos y el nimo.

El mdico sent a la Nela en un banco de piedra en un banco de piedra, y
ella, paralizada por el respeto, no se atreva a hacer movimiento alguno
y miraba a su bienhechor con asombro.

--En dnde est Pablo?--pregunt el ingeniero.

--Acaba de bajar a la huerta--replic el seor de Penguilas, ofreciendo
una rstica silla a Sofa--. Mira, Nela, ve y acompale.

--No, no quiero que ande todava--objet Teodoro, detenindola--. Adems
va a tomar leche con nosotros.

--No quiere usted ver a mi hijo esta tarde?--pregunt el seor de
Penguilas.

--Con el examen de ayer me basta--replic Golfn--. Puede hacerse la
operacin.

--Con xito?

--Ah! Con xito!... eso no se puede decir. Cun gran placer sera
para m dar la vista a quien tanto la merece! Su hijo de usted posee una
inteligencia de primer orden, una fantasa superior, una bondad
exquisita. Su absoluto desconocimiento del mundo visible hace resaltar
ms aquellas grandiosas cualidades... se nos presentan solas,
admirablemente sencillas, con todo el candor y el encanto de las grandes
creaciones de la Naturaleza, donde no ha entrado el arte de los hombres.
En l todo es idealismo, un idealismo grandioso, enormemente bello. Es
como un yacimiento colosal, como el mrmol en las canteras.... No conoce
la realidad... vive la vida interior, la vida de ilusin pura.... Oh!
Si pudiramos darle vista!... A veces me digo: si al darle la vista le
convertiremos de ngel en hombre... Problema y duda tenemos aqu...
Pero hagmosle hombre; ese es el deber de la ciencia; traigmosle del
mundo de las ilusiones a la esfera de la realidad, y entonces, dado su
poderoso pensar, ser verdaderamente inteligente y discreto; entonces
sus ideas sern exactas y tendr el don precioso de apreciar en su
verdadero valor todas las cosas.

Sacaron los vasos de leche blanca, espumosa, tibia, rebosando de los
bordes con hirviente oleada. Ofreci Penguilas el primero a Sofa, y
los caballeros se apoderaron de los otros dos. Teodoro Golfn dio el
suyo a la Nela, que abrumada de vergenza se negaba a tomarlo.

--Vamos, mujer--dijo Sofa--no seas mal criada: toma lo que te dan.

--Otro vaso para el Sr. D. Teodoro--dijo D. Francisco al criado.

Oyose enseguida el rumorcillo de los menudos chorros que salan de la
estrujada ubre.

--Y tendr la apreciacin justa de todas las cosas--dijo D. Francisco,
repitiendo esta frase del doctor, la cual haba hecho no poca impresin
en su espritu--. Ha dicho usted, seor D. Teodoro, una cosa admirable.
Y ya que de esto hablamos, quiero confiarle las inquietudes que hace
das tengo. Sentareme tambin.

Acomodose D. Francisco en un banco que a la mano tena. Teodoro, Carlos
y Sofa se haban sentado en sillas tradas de la casa, y la Nela
continuaba en el banco de piedra. La leche que acababa de tomar le haba
dejado un bigotillo blanco en su labio superior.

--Pues deca, Sr. D. Teodoro, que hace das me tiene inquieto el estado
de exaltacin en que se halla mi hijo: yo lo atribuyo a la esperanza que
le hemos dado.... Pero hay ms, hay ms. Ya sabe usted que acostumbro
leerle diversos libros. Creo que ha enardecido demasiado su pensamiento
con mis lecturas, y que se ha desarrollado en l una cantidad de ideas
superior a la capacidad del cerebro de un hombre que no ve. No s si me
explico bien.

--Perfectamente.

--Sus cavilaciones no acaban nunca. Yo me asombro de orle y del meollo
y agudeza de sus discursos. Creo que su sabidura est llena de mil
errores por la falta de mtodo y por el desconocimiento del mundo
visible.

--No puede ser de otra manera.

--Pero lo ms raro es que, arrastrado por su imaginacin potente, la
cual es como un Hrcules atado con cadenas dentro de un calabozo y que
forcejea por romper hierros y muros....

--Muy bien, muy bien dicho.

--Su imaginacin, digo, no puede contenerse en la oscuridad de sus
sentidos, y viene a este nuestro mundo de luz y quiere suplir con sus
atrevidas creaciones la falta de sentido de la vista. Pablo posee un
espritu de indagacin asombroso; pero este espritu de investigacin es
un valiente pjaro con las alas rotas. Hace das que est delirante, no
duerme, y su afn de saber raya en locura. Quiere que a todas horas le
lea libros nuevos, y a cada pausa hace las observaciones ms agudas con
una mezcla de candor que me hace rer. Afirma y sostiene grandes
absurdos, y vaya usted a contradecirle.... Temo mucho que se me vuelva
manitico; que se desquicie su cerebro.... Si viera usted cun triste y
caviloso se me pone a veces!... Y coge un tema, y dale que le dars, no
lo suelta en una semana. Hace das que no sale de un tema tan gracioso
como original. Ha dado en sostener que la Nela es bonita.

Oyronse risas, y la Nela se qued como prpura.

--Que la Nela es bonita!--exclam Teodoro cariosamente--. Pues s que
lo es.

--Ya lo creo, y ahora que tiene su bigote blanco--dijo Sofa.

--Pues s que es guapa--repiti Teodoro, tomndole la cara--. Sofa,
dame tu pauelo.... Vamos, fuera ese bigote.

Teodoro devolvi a Sofa su pauelo despus de afeitar a la Nela. Djole
a esta D. Francisco que fuese a acompaar al ciego, y cojeando entr en
la casa.

--Y cuando le contradigo--aadi el seor de Aldeacorba--mi hijo me
contesta que el don de la vista quizs altere en m qu disparate ms
gracioso!, la verdad de las cosas.

--No le contradiga usted y suspenda por ahora absolutamente las
lecturas. Durante algunos das ha de adoptar un rgimen de tranquilidad
absoluta. Hay que tratar al cerebro con grandes miramientos antes de
emprender una operacin de esta clase.

--Si Dios quiere que mi hijo vea--dijo el seor de Penguilas con
fervor--le tendr a usted por el ms grande, por el ms benfico de los
hombres. La oscuridad de sus ojos es la oscuridad de mi vida: esa sombra
negra ha hecho tristes mis das, entenebrecindome el bienestar material
que poseo. Soy rico: de qu me sirven mis riquezas? Nada de lo que l
no pueda ver es agradable para m. Hace un mes he recibido la noticia de
haber heredado una gran fortuna... ya sabe usted, Sr. D. Carlos, que mi
primo Faustino ha muerto en Matamoros. No tiene hijos; le heredamos mi
hermano Manuel y yo.... Esto es echar margaritas a puercos, y no lo digo
por mi hermano, que tiene una hija preciosa ya casadera; dgolo por este
miserable que no puede hacer disfrutar a su nico hijo las delicias
honradas de una buena posicin.

Sigui a estas palabras un largo silencio, slo interrumpido por el
carioso mugido de las vacas en el cercano establo.

--Para l--aadi el patriarca de Aldeacorba con profunda tristeza--no
existe el goce del trabajo, que es el primero de todos los goces. No
conociendo las bellezas de la Naturaleza, qu significan para l la
amenidad del campo ni las delicias de la agricultura? Yo no s cmo Dios
ha podido privar a un ser humano de admirar una res gorda, un rbol
cuajado de peras, un prado verde, y de ver apilados los frutos de la
tierra y de repartir su jornal a los trabajadores y de leer en el cielo
el tiempo que ha de venir. Para l no existe ms vida que una cavilacin
febril. Su vida solitaria ni aun tendr el consuelo de la familia,
porque cuando yo me muera qu familia tendr el pobre ciego? Ni l
querr casarse, ni habr mujer de punto que con l se despose, a pesar
de sus riquezas, ni yo le aconsejar tampoco que tome estado. As es que
cuando el seor D. Teodoro me ha dado esperanza... he visto el cielo
abierto; he visto una especie de Paraso en la tierra... he visto un
joven y alegre y sencillo matrimonio; he visto ngeles, nietecillos
alrededor de m; he visto mi sepultura embellecida con las flores de la
infancia, con las tiernas caricias que aun despus de mi ltima hora
subsistirn acompandome debajo de la tierra.... Ustedes no comprenden
esto; no saben que mi hermano Manuel, que es ms bueno que el buen pan,
luego que ha tenido noticia de mis esperanzas, ha empezado a hacer
clculos y ms clculos.... Vean ustedes lo que me dice... (Sac varias
cartas que revolvi breve rato sin dar con la que buscaba)... En
resumidas cuentas, l est loco de contento, y me ha dicho: Casar a mi
Florentina con tu Pablito, y aqu tienes colocado a inters compuesto el
medio milln de pesos del primo Faustino... Me parece que veo a Manolo
frotndose las manos y dando zancajos como es su costumbre cuando tiene
una idea feliz. Les espero a l y a su hija de un momento a otro: vienen
a pasar conmigo el 4 de octubre y a ver en qu para esta tentativa de
dar luz a mi hijo....

Iba avanzando mansamente la noche y los cuatro personajes rodebanse de
una sombra apacible. La casa empezaba a humear, anunciando la grata cena
de aldea. El patriarca, que pareca la expresin humana de aquella
tranquilidad melanclica, volvi a tomar la palabra, diciendo:

--La felicidad de mi hermano y la ma dependen de que yo tenga un hijo
que ofrecer por esposo a Florentina, que es tan guapa como la Madre de
Dios, como la Virgen Mara Inmaculada segn la pintan cuando viene el
ngel a decirle: el Seor es contigo... Mi ciego no servir para el
caso... pero mi hijo Pablo con vista ser la realidad de todos mis
sueos y la bendicin de Dios entrando en mi casa.

Callaron todos, hondamente impresionados por la relacin tan pattica
como sencilla del bondadoso padre. Este llev a sus ojos la mano basta y
ruda, endurecida por el arado, y se limpi una lgrima:

--Qu dices t a eso, Teodoro?--pregunt Carlos a su hermano.

--No digo ms sino que he examinado a conciencia este caso, y que no
encuentro motivos suficientes para decir: no tiene cura, como han
dicho los mdicos famosos a quienes ha consultado nuestro amigo. Yo no
aseguro la curacin; pero no la creo imposible. El examen catptrico que
hice ayer no me indica lesin retiniana ni alteracin de los nervios de
la visin. Si la retina est bien, todo se reduce a quitar de en medio
un tabique importuno.... El cristalino, volvindose opaco y a veces duro
como piedra, es el que nos hace estas picardas. Si todos los rganos
desempearan su papel como les est mandado.... Pero all, en esa
repblica del ojo, hay muchos holgazanes que se atrofian....

--De modo que todo queda reducido a una simple catarata congnita--dijo
el patriarca con afn.

--Oh, no, seor; si fuera eso slo, seramos felices! Bastaba decretar
la cesanta de ese funcionario que tan mal cumple su obligacin.... Le
mandan que d paso a la luz, y en vez de hacerlo, se congestiona, se
altera, se endurece, se vuelve opaco como una pared. Hay algo ms, Sr.
D. Francisco. El iris tiene fisura. La pupila necesita que pongamos la
mano en ella. Pero de todo eso me ro yo, si cuando tome posesin de ese
ojo por tanto tiempo dormido, entro en l y encuentro la coroides y la
retina en buen estado. Si por el contrario despus que aparte el
cristalino, entro con la luz en mi nuevo palacio recin conquistado, y
me encuentro con una amaurosis total.... Si fuera incompleta, habramos
ganado mucho; pero si es general.... Contra la muerte del aparato
nervioso de la visin no podemos nada. Nos est prohibido meternos en
las honduras de la vida.... Qu hemos de hacer? Paciencia. El caso
presente ha llamado extraordinariamente mi atencin: hay sntomas de que
los aposentos interiores no estn mal. Su Majestad la retina se halla
quizs dispuesta a recibir los rayos lumnicos que se le quieran
presentar. Su Alteza el humor vtreo probablemente no tendr novedad. Si
la largusima falta de ejercicio en sus funciones le ha producido algo
de glaucoma... una especie de tristeza... ya trataremos de arreglarle.
Todo estar muy bien all en la cmara regia.... Pero pienso otra cosa.
La fisura y la catarata permiten comnmente que entre un poco de
claridad, y nuestro ciego no percibe claridad alguna. Esto me ha hecho
cavilar.... Verdad es que las capas corticales estn muy opacas... los
obstculos que halla la luz son muy fuertes.... All veremos, D.
Francisco. Tiene usted valor?

--Valor? Que si tengo valor!--exclam don Francisco con cierto
nfasis.

--Se necesita mucho valor para afrontar el caso siguiente....

--Cul?

--Que su hijo de usted sufra una operacin dolorosa, y despus se quede
tan ciego como antes.... Yo dije a usted: La imposibilidad no est
demostrada, hago la operacin?

--Y yo respond, y ahora respondo: Hgase la operacin, y cmplase la
voluntad de Dios. Adelante.

--Adelante! Ha pronunciado usted mi palabra.

Levantose D. Francisco y estrech entre sus dos manos la de Teodoro, tan
parecida a la zarpa de un len.

--En este clima la operacin puede hacerse en los primeros das de
Octubre--dijo Golfn--. Maana fijaremos el tratamiento a que debe
sujetarse el paciente.... Y nos vamos, que se siente fresco en estas
alturas.

Penguilas ofreci a sus amigos casa y cena, mas no quisieron estos
aceptar. Salieron todos, juntamente con la Nela, a quien Teodoro quiso
llevar consigo, y tambin sali D. Francisco para hacerles compaa
hasta el establecimiento.

Convidados del silencio y belleza de la noche, fueron departiendo sobre
cosas agradables; unas relativas al rendimiento de las minas, otras a
las cosechas del pas. Cuando los Golfines entraron en su casa, volviose
a la suya don Francisco solo y triste, andando despacio y con la vista
fija en el suelo. Pensaba en los terribles das de ansiedad y de
esperanza, de sobresalto y dudas que iban a venir. Por el camino
encontr a Choto y ambos subieron lentamente la escalera de palo. La
luna alumbraba bastante, y la sombra del patriarca suba delante de l
quebrndose en los peldaos y haciendo como unos dobleces que saltaban
de escaln en escaln. El perro iba a su lado. No teniendo D. Francisco
otro ser a quien fiar los pensamientos que abrumaban su cerebro, dijo
as:

--Choto, qu suceder?




-XII-

El doctor Celipn


El seor Centeno, despus de recrear su espritu en las borrosas
columnas del _Diario_, y la Seana, despus de gustar el ms embriagador
deleite sopesando lo contenido en el calcetn, se acostaron. Haban
marchado tambin los hijos a reposar sobre sus respectivos colchones.
Oyose en la sala una retahla que pareca oracin o romance de ciego;
oyronse bostezos, sobre los cuales trazaba cruces el perezoso dedo....
La familia de piedra dorma.

Cuando la casa fue el mismo Limbo, oyose en la cocina rumorcillo como de
alimaas que salen de sus agujeros para buscarse la vida. Las cestas se
abrieron y Celipn oy estas palabras:

--Celipn, esta noche s que te traigo un buen regalo; mira.

Celipn no poda distinguir nada; pero alargando su mano tom de la de
Mara dos duros como dos soles, de cuya autenticidad se cercior por el
tacto, ya que por la vista difcilmente poda hacerlo, quedndose
pasmado y mudo.

--Me los dio D. Teodoro--aadi la Nela--para que me comprara unos
zapatos. Como yo para nada necesito zapatos, te los doy, y as pronto
juntars aquello.

--Crcholis!, que eres ms buena que Mara Santsima!... Ya poco me
falta, Nela, y en cuanto apande media docena de reales... ya vern quin
es Celipn.

--Mira, hijito, el que me ha dado ese dinero andaba por las calles
pidiendo limosna cuando era nio, y despus....

--Crcholis! Quin lo haba de decir!... D. Teodoro.... Y ahora tiene
ms dinero!... Dicen que lo que tiene no lo cargan seis mulas.

--Y dorma en las calles y serva de criado y no tena calzones... en
fin, que era ms pobre que las ratas. Su hermano D. Carlos viva en una
casa de trapo viejo.

--Jess! Crcholis! Y qu cosas se ven por esas tierras.... Yo tambin
me buscar una casa de trapo viejo.

--Y despus tuvo que ser barbero para ganarse la vida y poder estudiar.

--Mi t... yo tengo pensado irme derecho a una barbera.... Yo me pinto
solo para rapar.... Pues soy yo poco listo en gracia de Dios! Desde que
yo llegue a Madrid, por un lado rapando y por otro estudiando, he de
aprender en dos meses toda la ciencia. Mi t, ahora se me ha ocurrido
que debo tirar para mdico.... S, mdico, que echando una mano a este
pulso, otra mano al otro, se llena de dinero el bolsillo.

--D. Teodoro--dijo la Nela--tena menos que t, porque t vas a tener
cinco duros, y con cinco duros parece que todo se ha de venir a la mano.
Aqu de los hombres guapos. Don Teodoro y D. Carlos eran como los
pjaros que andan solos por el mundo. Ellos con su buen gobierno se
volvieron sabios. D. Teodoro lea en los muertos y D. Carlos lea en las
piedras, y as los dos aprendieron el modo de hacerse personas cabales.
Por eso es D. Teodoro tan amigo de los pobres. Celipn, si me hubieras
visto esta tarde cuando me llevaba al hombro.... Despus me dio un vaso
de leche y me echaba unas miradas como las que se echan a las seoras.

--Todos los hombres listos somos de ese modo--observ Celipn con
petulancia--. Vers t qu fino y galn voy a ser yo cuando me ponga mi
levita y mi sombrero de una tercia de alto. Y tambin me calzar las
manos con eso que llaman guantes, que no pienso quitarme nunca como no
sea sino para tomar el pulso.... Tendr un bastn con una porra dorada y
me vestir... eso s, en mis carnes no se pone sino pao fino...
Crcholis! Te vas a rer cuando me veas.

--No pienses todava en esas cosas de remontarte mucho, que eres ms
pelado que un huevo--le dijo ella--. Vete poquito a poquito; hoy me
aprendo esto, maana lo otro. Yo te aconsejo que antes de aprender eso
de curar a los enfermos, debes aprender a escribir para que pongas una
carta a tu madre pidindole perdn y dicindole que te has ido de tu
casa para afinarte, hacerte como D. Teodoro y ser un mdico muy cabal.

--Calla, mujer.... Pues qu creas que la escritura no es lo primero?...
Deja t que yo coja una pluma en la mano y vers qu rasgueos de letras
y qu perfiles finos para arriba y para abajo, como la firma de D.
Francisco Penguilas.... Escribir!, a m con esas... a los cuatro das
vers qu cartas pongo.... Ya las oirs leer y vers qu concitos los
mos y qu modo aquel de echar retlicas que os dejen bobos a todos.
Crcholis! Nela, t no sabes que yo tengo mucho talento. Lo siento aqu
dentro de mi cabeza, hacindome _burumbum_, _burumbum_, como el agua de
la caldera de vapor.... Como que no me deja dormir, y pienso que es que
todas las ciencias se me entran aqu, y andan dentro volando a tientas
como los murcilagos y dicindome que las estudie. Todas, todas las
ciencias las he de aprender, y ni una sola se me ha de quedar.... Vers
t...

--Pues debe de haber muchas. Pablo Penguilas que las sabe todas, me ha
dicho que son muchas y que la vida entera de un hombre no basta para una
sola.

--Rete t de eso.... Ya me vers a m...

--Y la ms bonita de todas es la de D. Carlos.... Porque mira t que eso
de coger una piedra y hacer con ella latn. Otros dicen que hacen plata
y tambin oro. Aplcate a eso, Celipillo.

--Desengate, no hay saber como ese de cogerle a uno la mueca y
mirarle la lengua, y decir al momento en qu hueco del cuerpo tiene
aposentado el maleficio.... Dicen que don Teodoro le saca un ojo a un
hombre y le pone otro nuevo, con el cual ve como si fuera ojo nacido....
Mi t que eso de ver un hombre que se est muriendo, y con mandarle
tomar, pongo el caso, media docena de mosquitos guisados un lunes con
palos de mimbre cogidos por una doncella que se llame Juana, dejarle
bueno y sano, es mucho aquel.... Ya vers, ya vers cmo se porta D.
Celipn el de Socartes. Te digo que se ha de hablar de m hasta en la
Habana.

--Bien, bien--dijo la Nela con alegra--: pero mira que has de ser buen
hijo, pues si tus padres no quieren ensearte es porque ellos no tienen
talento, y pues t lo tienes, pdele por ellos a la Santsima Virgen y
no dejes de mandarles algo de lo mucho que vas a ganar.

--Eso s lo har. Mi t, aunque me voy de la casa, no es que quiera mal
a mis padres, y ya vers como dentro de poco tiempo ves venir un mozo de
la estacin cargado que se revienta con unos grandes paquetes; y qu
ser? Pues refajos para mi madre y mis hermanas y un sombrero alto para
mi padre. A ti puede que te mande tambin un par de pendientes.

--Muy pronto regalas--dijo la Nela sofocando la risa--. Pendientes para
m!...

--Pero ahora se me est ocurriendo una cosa. Quieres que te la diga?
Pues es que t debas venir conmigo, y siendo dos, nos ayudaramos a
ganar y a aprender. T tambin tienes talento, que eso del pesquis a m
no se me escapa, y bien podas llegar a ser seora, como yo caballero.
Qu me haba de rer si te viera tocando el piano como doa Sofa!

--Qu bobo eres! Yo no sirvo para nada. Si fuera contigo sera un
estorbo para ti.

--Ahora dicen que van a dar vista a don Pablo, y cuando l tenga vista
nada tienes t que hacer en Socartes. Qu te parece mi idea?... No
respondes?

Pas algn tiempo sin que la Nela contestara nada. Pregunt de nuevo
Celipn, sin obtener respuesta.

--Durmete, Celipn--dijo al fin la de las cestas--. Yo tengo mucho
sueo.

--Como mi talento me deje dormir, a la buena de Dios.

Un minuto despus se vea a s mismo en figura semejante a la de D.
Teodoro Golfn, poniendo ojos nuevos en rbitas viejas, claveteando
piernas rotas y arrancando criaturas a la muerte, mediante copiosas
tomas de mosquitos guisados un lunes con palos de mimbre cogidos por una
doncella. Viose cubierto de riqusimos paos, con las manos aprisionadas
en guantes olorosos y arrastrado en coche, del cual tiraban cisnes, que
no caballos, y llamado por reyes o solicitado de reinas, por honestas
damas requerido, alabado de magnates y llevado en triunfo por los
pueblos todos de la tierra.




-XIII-

Entre dos cestas


La Nela cerr sus conchas para estar ms sola. Sigmosla; penetremos en
su pensamiento. Pero antes conviene hacer algo de historia.

Habiendo carecido absolutamente de instruccin en su edad primera;
habiendo carecido tambin de las sugestiones cariosas que enderezan el
espritu de un modo seguro al conocimiento de ciertas verdades, habase
formado Marianela en su imaginacin poderosa un orden de ideas muy
singular, una teogona extravagante y un modo rarsimo de apreciar las
causas y los efectos de las cosas. La idea de Teodoro Golfn era exacta
al comparar el espritu de Nela con los pueblos primitivos. Como en
stos, dominaba en ella el sentimiento y la fascinacin de lo
maravilloso; crea en poderes sobrenaturales, distintos del nico y
grandioso Dios, y vea en los objetos de la Naturaleza personalidades
vagas que no carecan de modos de comunicacin con los hombres.

A pesar de esto, la Nela no ignoraba completamente el Evangelio. Jams
le fue bien enseado; pero haba odo hablar de l. Vea que la gente
iba a una ceremonia que llamaban misa, tena idea de un sacrificio
sublime; mas sus nociones no pasaban de aqu. Habase acostumbrado a
respetar, en virtud de un sentimentalismo contagioso, al Dios
crucificado; saba que aquello deba besarse; saba adems algunas
oraciones aprendidas de rutina; saba que todo aquello que no se posea
deba pedirse a Dios; pero nada ms. El horrible abandono en que haba
estado su inteligencia hasta el tiempo de su amistad con el seorito de
Penguilas era causa de esto. Y la amistad con aquel ser extraordinario,
que desde su oscuridad exploraba con el valiente ojo de su pensamiento
infatigable los problemas de la vida, haba llegado tarde. En el
espritu de la Nela estaba ya petrificado lo que podremos llamar su
filosofa, hechura de ella misma, un no s qu de paganismo y de
sentimentalismo, mezclados y confundidos. Debemos aadir que Mara, a
pesar de vivir tan fuera del elemento comn en que todos vivimos,
mostraba casi siempre buen sentido y saba apreciar sesudamente las
cosas de la vida, como se ha visto en los consejos que daba a Celipn.
La grandsima vala de su alma explica esto.

La ms notable tendencia de su espritu era la que la impulsaba con
secreta pasin a amar la hermosura fsica, donde quiera que se
encontrase. No hay nada ms natural, tratndose de un ser criado en
soledad profunda bajo el punto de vista de la sociedad y de la ciencia,
y en comunicacin abierta y constante, en trato familiar, digmoslo as,
con la Naturaleza, poblada de bellezas imponentes o graciosas, llena de
luz y colores, de murmullos elocuentes y de formas diversas. Pero
Marianela haba mezclado con su admiracin el culto, y siguiendo una
ley, propia tambin del estado primitivo, haba personificado todas las
bellezas que adoraba en una sola, ideal y con forma humana. Esta belleza
era la Virgen Mara, adquisicin hecha por ella en los dominios del
Evangelio, que tan imperfectamente posea. La Virgen Mara no habra
sido para ella el ideal ms querido, si a sus perfecciones morales no
reuniera todas las hermosuras, guapezas y donaires del orden fsico, si
no tuviera una cara noblemente hechicera y seductora, un semblante
humano y divino al mismo tiempo, que a ella le pareca resumen y cifra
de toda la luz del mundo, de toda la melancola y paz sabrosa de la
noche, de la msica de los arroyos, de la gracia y elegancia de todas
las flores, de la frescura del roco, de los suaves quejidos del viento,
de la inmaculada nieve de las montaas, del carioso mirar de las
estrellas y de la pomposa majestad de las nubes cuando gravemente
discurren por la inmensidad del cielo.

La persona de Dios representbasele terrible y ceuda, ms propia para
infundir respeto que cario. Todo lo bueno vena de la Virgen Mara, y a
la Virgen deba pedirse todo lo que han menester las criaturas. Dios
rea y ella sonrea. Dios castigaba y ella perdonaba. No es esta ltima
idea tan rara para que llame la atencin. Casi rige en absoluto a las
clases menesterosas y rurales de nuestro pas.

Tambin es comn en stas, cuando se junta un gran abandono a una gran
fantasa, la fusin que haca la Nela entre las bellezas de la
Naturaleza y aquella figura encantadora que resume en s casi todos los
elementos estticos de la idea cristiana. Si a la soledad en que viva
la Nela hubieran llegado menos nociones cristianas de las que llegaron;
si su apartamiento del foco de ideas hubiera sido absoluto, su paganismo
habra sido entonces completo habra adorado la Luna, los bosques, el
fuego, los arroyos, el sol.

Esta era la Nela que se cri en Socartes, y as lleg a los quince aos.
Desde esta fecha su amistad con Pablo y sus frecuentes coloquios con
quien posea tantas y tan buenas nociones, modificaron algo su modo de
pensar; pero la base de sus ideas no sufri alteracin. Continuaba dando
a la hermosura fsica cierta soberana augusta; segua llena de
supersticiones y adorando en la Santsima Virgen como un compendio de
todas las bellezas naturales; haciendo de esta persona la ley moral, y
rematando su sistema con las ms extraas ideas respecto a la muerte y
la vida futura.

Encerrndose en sus conchas, Marianela habl as:

--Madre de Dios y ma, por qu no me hiciste hermosa? Por qu cuando
mi madre me tuvo no me miraste desde arriba?... Mientras ms me miro ms
fea me encuentro. Para qu estoy yo en el mundo?, para qu sirvo?, a
quin puedo interesar?, a uno solo, Seora y madre ma, a uno solo que
me quiere porque no me ve. Qu ser de m cuando me vea y deje de
quererme?... porque cmo es posible que me quiera viendo este cuerpo
chico, esta figurilla de pjaro, esta tez pecosa, esta boca sin gracia,
esta nariz picuda, este pelo descolorido, esta persona ma que no sirve
sino para que todo el mundo le d con el pie. Quin es la Nela? Nadie.
La Nela slo es algo para el ciego. Si sus ojos nacen ahora y los vuelve
a m y me ve, caigo muerta... l es el nico para quien la Nela no es
menos que los gatos y los perros. Me quiere como quieren los novios a
sus novias, como Dios manda que se quieran las personas.... Seora madre
ma, ya que vas a hacer el milagro de darle vista, hazme hermosa a m o
mtame, porque para nada estoy en el mundo. Yo no soy nada ni nadie ms
que para uno solo.... Siento yo que recobre la vista? No, eso no, eso
no. Yo quiero que vea. Dar mis ojos porque l vea con los suyos; dar
mi vida toda. Yo quiero que D. Teodoro haga el milagro que dicen.
Benditos sean los hombres sabios! Lo que no quiero es que mi amo me
vea, no. Antes que consentir que me vea, Madre ma!, me enterrar viva;
me arrojar al ro.... S, s; que se trague la tierra mi fealdad. Yo no
deba haber nacido....

Y luego, dando una vuelta en la cesta, prosegua:

--Mi corazn es todo para l. Este cieguito que ha tenido el antojo de
quererme mucho, es para m lo primero del mundo despus de la Virgen
Mara. Oh! Si yo fuese grande y hermosa; si tuviera el talle, la cara
y el tamao... sobre todo el tamao de otras mujeres; si yo pudiese
llegar a ser seora y componerme!... Ay!, entonces mi mayor delicia
sera que sus ojos se recrearan en m... Si yo fuera como las dems,
siquiera como Mariuca... qu pronto buscara el modo de instruirme, de
afinarme, de ser una seora!... Oh! Madre y reina ma, lo nico que
tengo me lo vas a quitar!... Para qu permitiste que le quisiera yo y
que l me quisiera a m? Esto no debi ser as:

Y derramando lgrimas y cruzando los brazos, aadi medio vencida por el
sueo:

--Ay! Cunto te quiero, nio de mi alma! Quireme mucho, a la Nela, a
la pobre Nela que no es nada.... Quireme mucho.... Djame darte un beso
en tu preciossima cabeza... pero no abras los ojos, no me mires...
cirralos, as, as.




-XIV-

De cmo la Virgen Mara se apareci a la Nela


Los pensamientos que huyen cuando somos vencidos por el sueo, suelen
quedarse en acecho para volver a ocuparnos bruscamente cuando
despertamos. As ocurri a Mariquilla, que habindose quedado dormida
con los pensamientos ms raros acerca de la Virgen Mara, del ciego, y
de su propia fealdad, que ella deseaba ver trocada en pasmosa hermosura,
con ellos mismos despert cuando los gritos de la Seana la arrancaron
de entre sus cestas. Desde que abri los ojos, la Nela hizo su oracin
de costumbre a la Virgen Mara; pero aquel da la oracin fue una
retahla compuesta de la retahla ordinaria de las oraciones y de
algunas piezas de su propia invencin, resultando un discurso que si se
escribiera habra de ser curioso. Entre otras cosas, la Nela dijo:

Anoche te me has aparecido en sueos, Seora, y me prometiste que hoy me
consolaras. Estoy despierta y me parece que todava te estoy mirando y
que tengo delante tu cara, ms linda que todas las cosas guapas y
hermosas que hay en el mundo.

Al decir esto, la Nela revolva sus ojos con desvaro en derredor de
s... Observndose a s misma de la manera vaga que poda hacerlo, pens
de este modo:--A m me pasa algo.

--Qu tienes, Nela?, qu te pasa, chiquilla?--le dijo la Seana,
notando que la muchacha miraba con atnitos ojos a un punto fijo del
espacio--. Ests viendo visiones, marmota?

La Nela no respondi porque estaba su espritu ocupado en platicar
consigo mismo, dicindose:

--Qu es lo que yo tengo?... No puede ser maleficio, porque lo que
tengo dentro de m no es la figura fesima y negra del demonio malo,
sino una cosa celestial, una cara, una sonrisa y un modo de mirar que, o
yo estoy tonta, o son de la misma Virgen Mara en persona. Seora y
madre ma, ser verdad que hoy vas a consolarme?... Y cmo me vas a
consolar? Qu te he pedido anoche?

--Eh!... chiquilla--grit la Seana con voz desapacible, como el ms
destemplado sonido que puede orse en el mundo--. Ven a lavarte esa cara
de perro.

La Nela corri. Haba sentido en su espritu un sacudimiento como el que
produce la repentina invasin de una gran esperanza. Mirose en la
trmula superficie del agua, y al instante sinti que su corazn se
oprima.

--Nada...--murmur--tan feta como siempre. La misma figura de nia con
alma y aos de mujer.

Despus de lavarse, sobrecogironla las mismas extraas sensaciones que
haba experimentado antes, al modo de congojas placenteras. Marianela, a
pesar de su escasa experiencia, tuvo tino para clasificar aquellas
sensaciones en el orden de los presentimientos.

--Pablo y yo--pens--hemos hablado de lo que se siente cuando va a venir
una cosa alegre o triste. Pablo me ha dicho tambin que poco antes de
los temblores de tierra se siente una cosa particular, y las personas
sienten una cosa particular... y los animales sienten tambin una cosa
particular.... Ir a temblar la tierra?

Arrodillndose tent el suelo.

--No s... pero algo va a pasar. Que es una cosa buena no puedo
dudarlo.... La Virgen me dijo anoche que hoy me consolara.... Qu es lo
que tengo?... Esa Seora celestial anda alrededor de m? No la veo,
pero la siento, est detrs, est delante.

Pas por junto a las mquinas de lavado en direccin al plano inclinado
y miraba con despavoridos ojos a todas partes. No vea ms que las
figuras de barro crudo que se agitaban con gresca infernal en medio del
spero bullicio de las cribas cilndricas, pulverizando el agua y
humedeciendo el polvo. Ms adelante, cuando se vio sola, se detuvo, y
ponindose el dedo en la frente y clavando los ojos en el suelo con la
vaguedad que imprime a aquel sentido la duda, se hizo esta pregunta:

--Pero yo estoy alegre o estoy triste?

Mir despus al cielo, admirndose de hallarlo lo mismo que todos los
das (y era aqul de los ms hermosos) y aviv el paso para llegar
pronto a Aldeacorba de Suso. En vez de seguir la caada de las minas
para subir por la escalera de palo, se apart de la hondonada por el
regato que hay junto al plano inclinado, con objeto de subir a las
praderas y marchar despus derecha y por camino llano a Aldeacorba. Este
camino era ms bonito y por eso lo prefera casi siempre. Haba callejas
pobladas de graciosas y aromticas flores, en cuya multitud pastaban
rebaos de abejas y mariposas; haba grandes zarzales llenos del negro
fruto que tanto apetecen los chicos; haba grupos de guinderos, en cuyos
troncos se columpiaban las madreselvas, y haba tambin corpulentas
encinas, grandes, anchas, redondas, hermosas, oscuras, que parece se
recreaban contemplando su propia sombra.

La Nela segua andando despacio, inquieta de lo que en s misma pasaba y
de la angustia deliciosa que la embargaba. Su imaginacin fecunda supo
al fin hallar la frmula ms propia para expresar aquella obsesin, y
recordando haber odo decir: _Fulano o Zutano tiene los demonios en el
cuerpo_, ella dijo:--Yo tengo los ngeles en el cuerpo.... Virgen
Mara, t ests hoy conmigo. Esto que siento son las carcajadas de tus
ngeles que juegan dentro de m. T no ests lejos, te veo y no te veo,
como cuando vemos con los ojos cerrados.

La Nela cerraba los ojos y los volva a abrir. Habiendo pasado junto a
un bosque, dobl el ngulo del camino para llegar a un sitio donde se
extenda un gran bardo de zarzas, las ms frondosas, las ms bonitas y
crecidas de todo aquel pas. Tambin se vean lozanos helechos,
madreselvas, parras vrgenes y otras plantas de arrimo, que se sostenan
unas a otras por no haber all grandes troncos. La Nela sinti que las
ramas se agitaban a su derecha; mir... Cielos divinos! All estaba
dentro de un marco de verdura la Virgen Mara Inmaculada, con su propia
cara, sus propios ojos, que al mirar ponan en s mismos toda la
hermosura del cielo. La Nela se qued muda, petrificada, y con una
sensacin que era al mismo tiempo el fervor y el espanto. No pudo dar un
paso, ni gritar, ni moverse, ni respirar, ni apartar sus ojos de aquella
aparicin maravillosa.

Haba aparecido entre el follaje, mostrando completamente todo su busto
y cara. Era, s, la autntica imagen de aquella escogida doncella de
Nazareth, cuya perfeccin moral han tratado de expresar por medio de la
forma pictrica los artistas de diez y ocho siglos, desde San Lucas
hasta los contemporneos. La humanidad ha visto esta sacra persona con
distintos ojos, ora con los de Alberto Drer, ora con los de Rafael
Sanzio, o bien con los de Van Eick o Bartolom Murillo. Aquella que a la
Nela se apareci era segn el modo Rafaelesco, que es el ms
sobresaliente de todos, si se atiende a que la perfeccin de la belleza
humana se acerca ms que ningn otro recurso artstico a la expresin de
la divinidad. El valo de su cara era menos angosto que el del tipo
sevillano, ofreciendo la graciosa redondez del tipo itlico. Sus ojos de
admirables proporciones, eran la misma serenidad unida a la gracia, a la
armona, con un mirar tan distinto de la frialdad como del extremado
relampagueo de los ojos andaluces. Sus cejas eran delicada hechura del
ms fino pincel y trazaban un arco sutil y delicioso. En su frente no se
conceban el ceo del enfado ni las sombras de la tristeza, y sus labios
un poco gruesos, dejaban ver al sonrer los ms preciosos dientes que
han mordido manzana del Paraso. Sin querer hemos ido a parar a nuestra
madre Eva, cuando tan lejos est la que dio el triunfo a la serpiente de
la que aplast su cabeza; pero la consideracin de las distintas maneras
de la belleza humana conduce a estos y a otros ms lamentables
contrasentidos. Para concluir el imperfecto retrato de aquella visin
divina que dej desconcertada y como muerta a la pobre Nela, diremos que
su tez era de ese color de rosa tostado, o ms bien moreno encendido que
forma como un rubor delicioso en el rostro de aquellas divinas imgenes,
ante las cuales se extasan lo mismo los siglos devotos que los impos.

Pasado el primer instante de estupor, lo que primero fue observado por
Marianela, causndole gran confusin, fue que la bella Virgen tena una
corbata azul en su garganta, adorno que ella no haba visto jams en las
Vrgenes soadas ni en las pintadas. Inmediatamente observ tambin que
los hombros y el pecho de la divina mujer se cubran con un vestido, en
el cual todo era semejante a los que usan las mujeres del da. Pero lo
que ms turb y desconcert a la pobre muchacha fue ver que la gentil
imagen estaba cogiendo moras de zarza... y comindoselas.

Empezaba a hacer los juicios a que daba ocasin esta extraa conducta de
la Virgen, cuando oy una voz varonil y chillona que deca:

--Florentina, Florentina!

--Aqu estoy, pap; aqu estoy comiendo moras silvestres.

--Dale!... Y qu gusto le encuentras a las moras silvestres?...
Caprichosa!... no te he dicho que eso es ms propio de los chicuelos
holgazanes del campo que de una seorita criada en la buena sociedad?...
criada en la buena sociedad?

La Nela vio acercarse con grave paso al que esto deca. Era un hombre de
edad madura, mediano de cuerpo, algo rechoncho, de cara arrebolada y que
pareca echar de s rayos de satisfaccin como el sol los echa de luz;
pequeo de piernas, un poco largo de nariz, y magnificado con varios
objetos decorativos, entre los cuales descollaba una gran cadena de
reloj y un fino sombrero de fieltro de alas anchas.

--Vamos, mujer--dijo cariosamente el seor D. Manuel Penguilas, pues
no era otro--, las personas decentes no comen moras silvestres ni dan
esos brincos. Ves?, te has estropeado el vestido... no lo digo por el
vestido, que as como se te compr ese, se te comprar otro... dgolo
porque la gente que te vea podr creer que no tienes ms ropa que la
puesta.

La Nela, que comenzaba a ver claro, observ los vestidos de la seorita
de Penguilas. Eran buenos y ricos; pero su figura expresaba a maravilla
la transicin no muy lenta del estado de aldeana al de seorita rica.
Todo su atavo, desde el calzado a la peineta, era de seorita de pueblo
en da del santo patrono titular. Mas eran tales y tan supinos los
encantos naturales de Florentina, que ningn accidente comprendido en
las convencionales reglas de la elegancia poda oscurecerlos. No poda
negarse, sin embargo, que su encantadora persona estaba pidiendo a
gritos una rstica saya, un cabello en trenzas y al desgaire, con
aderezo de amapolas, un talle en justillo, una sarta de corales, en
suma, lo que el pudor y el instinto de presuncin hubieran ideado por
s, sin mezcla de ninguna invencin cortesana.

Cuando la seorita se apartaba del zarzal, D. Manuel acert a ver a la
Nela a punto que esta haba cado completamente de su burro, y
dirigindose a ella, grit:

--Oh!... aqu ests t?... Mira, Florentina, esta es la Nela...
recordars que te habl de ella. Es la que acompaa a tu primito... a tu
primito. Y qu tal te va por estos barrios?...

--Bien, Sr. D. Manuel. Y usted, cmo est?--repuso Mariquilla, sin
apartar los ojos de Florentina.

--Yo tan campante, ya ves t. Esta es mi hija. Qu te parece?

Florentina corra detrs de una mariposa.

--Hija ma, a dnde vas?, qu es eso?--dijo el padre, visiblemente
contrariado--. Te parece bien que corras de ese modo detrs de un
insecto como los chiquillos vagabundos?... Mucha formalidad, hija ma.
Las seoritas criadas entre la buena sociedad no hacen eso... no hacen
eso....

D. Manuel tena la costumbre de repetir la ltima frase de sus prrafos
o discursos.

--No se enfade usted, pap--repiti la joven, regresando despus de su
expedicin infructuosa hasta ponerse al amparo de las alas del sombrero
paterno--. Ya sabe usted que me gusta mucho el campo y que me vuelvo
loca cuando veo rboles, flores, praderas. Como en aquella triste tierra
de Camp donde vivimos no hay nada de esto....

--Oh! No hables mal de Santa Irene de Camp, una villa ilustrada, donde
se encuentran hoy muchas comodidades y una sociedad distinguida. Tambin
han llegado all los adelantos de la civilizacin... de la civilizacin.
Andando a mi lado juiciosamente puedes admirar la Naturaleza; yo tambin
la admiro sin hacer cabriolas como los volatineros. A las personas
educadas entre una sociedad escogida se las conoce slo por el modo de
andar y por el modo de contemplar los objetos todos. Eso de estar
diciendo a cada instante: ah!, oh!... qu bonito!... Mire usted,
pap!, sealando a un helecho, a un roble, a una piedra, a un espino, a
un chorro de agua, no es cosa de muy buen gusto.... Creern que te has
criado en algn desierto.... Con que anda a mi lado.... La Nela nos dir
por dnde volveremos a casa, porque a la verdad, yo no s dnde estamos.

--Tirando a la izquierda por detrs de aquella casa vieja--dijo la
Nela--se llega muy pronto.... Pero aqu viene el Sr. D. Francisco.

En efecto, apareci D. Francisco gritando:

--Que se enfra el chocolate....

--Qu quieres, hombre.... Mi hija estaba tan deseosa de retozar por el
campo, que no ha querido esperar, y aqu nos tienes de mata en mata como
cabritillos... de mata en mata como cabritillos.

--A casa, a casa. Ven t tambin, Nela, para que tomes chocolate--dijo
Penguilas, poniendo su mano sobre la cabeza de la vagabunda--. Qu te
parece mi sobrina?... Vaya que es guapa.... Florentina, despus que
tomis chocolate, la Nela os llevar a pasear a entrambos, a Pablo y a
ti, y vers todas las hermosuras del pas, las minas, el bosque, el
ro....

Florentina dirigi una mirada cariosa a la infeliz criatura, que a su
lado pareca hecha expresamente por la Naturaleza para hacer resaltar
ms la perfeccin y magistral belleza de algunas de sus obras.

Al llegar a la casa esperbalos la mesa con las jcaras donde an herva
el espeso licor guayaquileo y un montoncillo de rebanadas de pan.
Tambin estaba en expectativa la mantequilla, puesta entre hojas de
helechos, sin que faltaran algunas pastas y golosinas. Los vasos
transparente y fresca agua reproducan en su convexo cristal estas
bellezas gastronmicas, agrandndolas.

--Hagamos algo por la vida--dijo D. Francisco, sentndose.

--Nela--indic Pablo--t tambin tomars chocolate.

No lo haba dicho, cuando Florentina ofreci a Marianela el jicarn con
todo lo dems que en la mesa haba. Resistase a aceptar el convite; mas
con tanta bondad y con tan graciosa llaneza insisti la seorita de
Penguilas, que no hubo ms que decir. Miraba de reojo D. Manuel a su
hija, cual si no se hallara completamente satisfecho de los progresos de
ella en el arte de la buena educacin, porque una de las partes
principales de esta consista, segn l, en una fina apreciacin de los
grados de urbanidad con que deba obsequiarse a las diferentes personas
segn su posicin, no dando a ninguna ni ms ni menos de lo que le
corresponda con arreglo al fuero social; y de este modo quedaban todos
en su lugar y la propia dignidad se sublimaba, conservndose en el justo
medio de la cortesa, el cual estriba en no ensoberbecerse demasiado
delante de los ricos, ni humillarse demasiado delante de los pobres...
ni humillarse demasiado delante de los pobres....

Luego que fue tomado el chocolate, don Francisco dijo:

--Vyase fuera toda la gente menuda. Hijo mo, hoy es el ltimo da que
D. Teodoro te permite salir fuera de casa. Los tres pueden ir a paseo,
mientras mi hermano y yo vamos a echar un vistazo al ganado.... Pjaros,
a volar.

No necesitaron que se les rogara mucho. Convidados de la hermosura del
da, volaron los jvenes al campo.




-XV-

Los tres


Estaba la seorita de pueblo muy gozosa en medio de las risueas
praderas sin la enojosa traba de las pragmticas sociales de su seor
padre, y as, en cuanto se vio a regular distancia de la casa, empez a
correr alegremente y a suspenderse de las ramas de los rboles que a su
alcance estaban, para balancearse ligeramente en ellas. Tocaba con las
yemas de sus dedos las moras silvestres, y cuando las hallaba maduras
coga tres, una para cada boca.

--Esta para ti, primito--deca ponindosela en la boca--y esta para ti,
Nela. Dejar para m la ms chica.

Al ver cruzar los pjaros a su lado no poda resistir movimientos
semejantes a una graciosa pretensin de volar, y deca: A dnde irn
ahora esos bribones? De todos los robles coga una rama y abriendo la
bellota para ver lo que haba dentro, la morda, y al sentir su amargor,
arrojbala lejos. Un botnico atacado del delirio de las clasificaciones
no hubiera coleccionado con tanto afn como ella todas las flores
bonitas que le salan al paso, dndole la bienvenida desde el suelo con
sus carillas de fiesta. Con lo recolectado en media hora adorn todos
los ojales de la americana de su primo, los cabellos de la Nela, y por
ltimo, sus propios cabellos.

--A la primita--dijo Pablo--le gustar ver las minas. Nela, no te
parece que bajemos?

--S, bajemos.... Por aqu, seorita.

--Pero no me hagan pasar por tneles, que me da mucho miedo. Eso s que
no lo consiento--dijo Florentina, siguindoles--. Primo, t y la Nela
paseis mucho por aqu?... Esto es precioso. Aqu vivira yo toda mi
vida.... Bendito sea el hombre que te va a dar la facultad de gozar de
todas estas preciosidades!

--Dios lo quiera! Mucho ms hermosas me parecern a m, que jams las
he visto, que a vosotras que estis saciadas de verlas.... No creas t,
Florentina, que yo no comprendo las bellezas; las siento en m de tal
modo, que casi, casi suplo con mi pensamiento la falta de la vista.

--Eso s que es admirable.... Por ms que digas--replic
Florentina--siempre te resultarn algunos buenos chascos cuando abras
los ojos.

--Podr ser--dijo el ciego, que aquel da estaba muy lacnico.

La Nela no estaba lacnica sino muda.

Cuando se acercaron a la concavidad de la Terrible, Florentina admir el
espectculo sorprendente que ofrecan las rocas cretceas, subsistentes
en medio del terreno despus de arrancado el mineral. Comparolo a
grandes grupos de bollos, pegados unos a otros por el azcar; despus de
mirarlo mucho por segunda vez, comparolo a una gran escultura de perros
y gatos que se haban quedado convertidos en piedra en el momento ms
crtico de una encarnizada reyerta.

--Sentmonos en esta ladera--dijo--y veremos pasar los trenes con
mineral, y adems veremos esto que es muy curioso. Aquella piedra grande
que est en medio tiene su gran boca, no la ves, Nela?, y en la boca
tiene un palillo de dientes; es una planta que se ha nacido sola. Parece
que se re mirndonos, porque tambin tiene ojos; y ms all hay una con
joroba, y otra que fuma en pipa, y dos que se estn tirando de los
pelos, y una que bosteza, y otra que duerme la mona, y otra que est
boca abajo sosteniendo con los pies una catedral, y otra que empieza en
guitarra y acaba en cabeza de perro, con una cafetera por gorro.

--Todo eso que dices, primita--observ el ciego--me prueba que con los
ojos se ven muchos disparates, lo cual indica que ese rgano tan
precioso sirve a veces para presentar las cosas desfiguradas, cambiando
los objetos de su natural forma en otra postiza y fingida; pues en lo
que tienes delante de ti no hay confituras, ni gatos, ni hombres, ni
palillos de dientes, ni catedrales, ni borrachos, ni cafeteras, sino
simplemente rocas cretceas y masas de tierra caliza embadurnadas con
xido de hierro. De la cosa ms sencilla hacen tus ojos un berenjenal.

--Tienes razn, primo. Por eso digo yo que nuestra imaginacin es la que
ve y no los ojos. Sin embargo, stos sirven para enterarnos de algunas
cositas que los pobres no tienen y que nosotros podemos darles.

Diciendo esto tocaba el vestido de la Nela.

--Por qu esta bendita Nela no tiene un traje mejor?--aadi la
seorita de Penguilas--. Yo tengo varios y le voy a dar uno, y adems
otro, que ser nuevo.

Avergonzada y confusa, Marianela no alzaba los ojos.

--Es cosa que no comprendo... que algunos tengan tanto y otros tan
poco!... Me enfado con pap cuando le oigo decir palabrotas contra los
que quieren que se reparta por igual todo lo que hay en el mundo. Cmo
se llaman esos tipos, Pablo?

--Esos sern los socialistas, los comunistas--replic el joven
sonriendo.

--Pues esa es mi gente. Soy partidaria de que haya reparto y de que los
ricos den a los pobres todo lo que tengan de sobra.... Por qu esta
pobre hurfana ha de estar descalza y yo no?... Ni aun se debe permitir
que estn desamparados los malos, cuanto ms los buenos.... Yo s que la
Nela es muy buena, me lo has dicho t anoche, me lo ha dicho tambin tu
padre.... No tiene familia, no tiene quien mire por ella. Cmo se
consiente que haya tanta y tanta desgracia? A m me quema el pan la boca
cuando pienso que hay muchos que no lo prueban. Pobre Mariquita, tan
buena y tan abandonada!... Es posible que hasta ahora no la haya
querido nadie, ni nadie le haya dado un beso, ni nadie le haya hablado
como se habla a las criaturas!... Se me parte el corazn de pensarlo.

Marianela estaba atnita y petrificada de asombro, lo mismo que en el
primer instante de la aparicin. Antes haba visto a la Virgen
Santsima, ahora la escuchaba.

--Mira t, huerfanilla--aadi la Inmaculada--y t, Pablo, yeme bien:
yo quiero socorrer a la Nela, no como se socorre a los pobres que se
encuentran en un camino, sino como se socorrera a un hermano que nos
hallramos de manos a boca.... No dices t que ella ha sido tu mejor
compaera, tu lazarillo, tu gua en las tinieblas? No dices que has
visto con sus ojos y has andado con sus pasos? Pues la Nela me
pertenece; yo me entiendo con ella. Yo me encargo de vestirla, de darle
todo lo que una persona necesita para vivir decentemente, y le ensear
mil cosas para que sea til en una casa. Mi padre dice que quizs,
quizs me tenga que quedar a vivir aqu para siempre. Si es as, la Nela
vivir conmigo; conmigo aprender a leer, a rezar, a coser, a guisar;
aprender tantas cosas, que ser como yo misma. Qu pensis?, pues s,
y entonces no ser la Nela, sino una seorita. En esto no me contrariar
mi padre. Adems, anoche me ha dicho: Florentinilla, quizs, quizs
dentro de poco, no mandar yo en ti; obedecers a otro dueo... Sea lo
que Dios quiera, tomo a la Nela por mi amiga. Me querrs mucho?... Como
has estado tan desamparada, como vives lo mismo que las flores de los
campos, tal vez no sepas ni siquiera agradecer; pero yo te lo he de
ensear... te he de ensear tantas cosas!...

Marianela, que mientras oa tan nobles palabras haba estado resistiendo
con mucho trabajo los impulsos de llorar, no pudo al fin contenerlos, y
despus de hacer pucheros durante un minuto, rompi en lgrimas. El
ciego, profundamente pensativo, callaba.

--Florentina--dijo al fin--tu lenguaje no se parece al de la mayora de
las personas. Tu bondad es enorme y entusiasta como la que ha llenado de
mrtires la tierra y poblado de santos el cielo.

--Qu exageracin!--dijo Florentina riendo.

Poco despus de esto la seorita se levant para coger una flor que
desde lejos haba llamado su atencin.

--Se fue?--pregunt Pablo.

--S--replic la Nela, enjugando sus lgrimas.

--Sabes una cosa, Nela?... Se me figura que mi prima ha de ser algo
bonita. Cuando lleg anoche a las diez... sent hacia ella grandsima
antipata.... No puedes figurarte cunto me repugnaba. Ahora se me
antoja, s, se me antoja que debe ser algo bonita.

La Nela volvi a llorar.

--Es como los ngeles!--exclam entre un mar de lgrimas--. Es como si
acabara de bajar del cielo. En ella cuerpo y alma son como los de la
Santsima Virgen Mara.

--Oh!, no exageres--dijo Pablo con inquietud--. No puede ser tan
hermosa como dices.... Crees que yo, sin ojos, no comprendo dnde est
la hermosura y dnde no?

--No, no; no puedes comprender... qu equivocado ests!

--S, s... no puede ser tan hermosa--manifest el ciego, ponindose
plido y revelando la mayor angustia--. Nela, amiga de mi corazn; no
sabes lo que mi padre me ha dicho anoche?... Que si recobro la vista me
casar con Florentina.

La Nela no respondi nada. Sus lgrimas silenciosas corran sin cesar,
resbalando por su tostado rostro y goteando sobre sus manos. Pero ni aun
por su amargo llanto podan conocerse las dimensiones de su dolor. Slo
ella saba que era infinito.

--Ya s por qu lloras tanto--dijo el ciego estrechando las manos de su
compaera--. Mi padre no se empear en imponerme lo que es contrario a
mi voluntad. Para m no hay ms mujer que t en el mundo. Cuando mis
ojos vean, si ven, no habr para ellos otra hermosura ms que la tuya
celestial; todo lo dems ser sombras y cosas lejanas que no fijarn mi
atencin. Cmo es el semblante humano, Dios mo? De qu modo se
retrata el alma en las caras? Si la luz no sirve para ensearnos lo real
de nuestro pensamiento, para qu sirve? Lo que es y lo que se siente,
no son una misma cosa? La forma y la idea no son como el calor y el
fuego? Pueden separarse? Puedes dejar t de ser para m el ms
hermoso, el ms amado de todos los seres de la tierra cuando yo me haga
dueo de los inmensos dominios de la forma?

Florentina volvi. Hablaron algo ms; pero despus de lo que hemos
escrito, nada de cuanto dijeron es digno de ser transmitido al lector.




-XVI-

La promesa


En los siguientes das no pas nada; mas vino uno en el cual ocurri un
hecho asombroso, capital, culminante. Teodoro Golfn, aquel artfice
sublime en cuyas manos el cuchillo del cirujano era el cincel del genio,
haba emprendido la correccin de una delicada hechura de la Naturaleza.
Intrpido y sereno, haba entrado con su ciencia y su experiencia en el
maravilloso recinto cuya construccin es compendio y abreviado resumen
de la inmensa arquitectura del Universo. Era preciso hacer frente a los
ms grandes misterios de la vida, interrogarlos y explorar las causas
que impedan a los ojos de un hombre el conocimiento de la realidad
visible.

Para esto haba que trabajar con nimo resuelto, rompiendo uno de los
ms delicados organismos, la crnea; apoderarse del cristalino y echarlo
fuera, respetando la hialoides y tratando con la mayor consideracin al
humor vtreo; ensanchar por medio de un corte las dimensiones de la
pupila, y examinar por induccin o por medio de la catptrica el estado
de la cmara posterior.

Pocas palabras siguieron a esta atrevida expedicin por el interior de
un mundo microscpico, empresa no menos colosal que la medida de las
distancias de los astros en las infinitas magnitudes del espacio. Mudos
y espantados estaban los individuos de la familia que el caso
presenciaban. Cuando se espera la resurreccin de un muerto o la
creacin de un mundo no se est de otro modo. Pero Golfn no deca nada
concreto, sus palabras eran:

--Contractibilidad de la pupila... retina sensible... algo de estado
pigmentario... nervios llenos de vida.

Pero el fenmeno sublime, el hecho, el hecho irrecusable, la visin,
dnde estaba?

--A su tiempo se sabr--dijo Teodoro, empezando la delicada operacin
del vendaje--. Paciencia.

Y su fisonoma de len no expresaba desaliento ni triunfo; no daba
esperanza, ni la quitaba. La ciencia haba hecho todo lo que saba. Era
un simulacro de creacin, como otros muchos que son gloria y orgullo del
siglo XIX. En presencia de tanta audacia la Naturaleza, que no permite
sean sorprendidos sus secretos, continuaba muda y reservada.

El paciente fue incomunicado con absoluto rigor. Slo su padre le
asista. Ninguno de la familia poda verle.

Iba la Nela a preguntar por el enfermo cuatro o cinco veces; pero no
pasaba de la portalada, aguardando all hasta que salieran el Sr. D.
Manuel, su hija o cualquiera otra persona de la casa. La seorita,
despus de darle prolijas noticias y de pintar la ansiedad en que estaba
toda la familia, sola pasear un poco con ella. Un da quiso Florentina
que Marianela le enseara su casa, y bajaron a la morada de Centeno,
cuyo interior caus no poco disgusto y repugnancia a la seorita,
mayormente cuando vio las cestas que a la hurfana servan de cama.

--Pronto ha de venir la Nela a vivir conmigo--dijo Florentina, saliendo
a toda prisa de aquella caverna--, y entonces tendr una cama como la
ma y vestir y comer lo mismo que yo.

Absorta se qued al or estas palabras la seora de Centeno, as como la
Mariuca y la Pepina, y no les ocurri sino que a la miserable hurfana
abandonada le haba salido algn padre rey o prncipe, como se contaba
en los cuentos y romances.

Cuando estuvieron solas Florentina dijo a Mara:

--Rugale a Dios de da y de noche que conceda a mi querido primo ese
don que nosotros poseemos y de que l ha carecido. En qu ansiedad tan
grande vivimos! Con su vista vendrn mil felicidades y se remediarn
muchos males. Yo he hecho a la Virgen una promesa sagrada: he prometido
que si da la vista a mi primo he de recoger al pobre ms pobre que
encuentre, dndole todo lo necesario para que pueda olvidar
completamente su pobreza, hacindole enteramente igual a m por las
comodidades y el bienestar de la vida. Para esto no basta vestir a una
persona, ni sentarla delante de una mesa donde haya sopa y carne. Es
preciso ofrecerle tambin aquella limosna que vale ms que todos los
mendrugos y que todos los trapos imaginables, y es la consideracin, la
dignidad, el nombre. Yo dar a mi pobre estas cosas, infundindole el
respeto y la estimacin de s mismo. Ya he escogido a mi pobre, Mara;
mi pobre eres t. Con todas las voces de mi alma le he dicho a la
Santsima Virgen que si devuelve la vista a mi primo, har de ti una
hermana: sers en mi casa lo mismo que soy yo, sers mi hermana.

Diciendo esto la Virgen estrech con amor entre sus brazos la cabeza de
la Nela y diole un beso en la frente.

Es absolutamente imposible describir los sentimientos de la vagabunda en
aquella culminante hora de su vida. Un horror instintivo la alejaba de
la casa de Aldeacorba, horror con el cual se confunda la imagen de la
seorita de Penguilas, como las figuras que se nos presentan en una
pesadilla; y al mismo tiempo senta nacer en su alma admiracin y
simpata considerables hacia aquella misma persona.... A veces crea con
pueril inocencia que era la Virgen Mara en esencia y presencia. De tal
modo comprenda su bondad que crea estar viendo, como el interior de un
hermoso paraso abierto, el alma de Florentina, llena de pureza, de
amor, de bondades, de pensamientos discretos y consoladores. La Nela
tena la rectitud suficiente para adoptar y asimilarse al punto la idea
de que no podra aborrecer a su improvisada hermana. Cmo aborrecerla,
si se senta impulsada espontneamente a amarla con todas las energas
de su corazn? La aversin, la repulsin eran como un sedimento que al
fin de la lucha deba quedar en el fondo para descomponerse al cabo y
desaparecer, sirviendo sus elementos para alimentar la admiracin y el
respeto hacia la misma amiga bienhechora. Pero si desapareca la
aversin, no as el sentimiento que la haba causado, el cual, no
pudiendo florecer por s ni manifestarse solo, con el exclusivismo
avasallador que es condicin propia de tales afectos, prodjole un
aplanamiento moral que trajo consigo la ms amarga tristeza. En casa de
Centeno observaron que la Nela no coma, que pareca ms parada que de
costumbre, que permaneca en silencio y sin movimiento como una estatua
largusimos ratos, que haca mucho tiempo que no cantaba de noche ni de
da. Su incapacidad para todo haba llegado a ser absoluta, y habindola
mandado Tanasio por tabaco a la _Primera de Socartes_, sentose en el
camino y all se estuvo todo el da.

Una maana, cuando haban pasado ocho das despus de la operacin, fue
a casa del ingeniero jefe, y Sofa le dijo:

--Albricias, Nela! No sabes las noticias que corren? Hoy han levantado
la venda a Pablo.... Dicen que ve algo, que ya tiene vista.... Ulises,
el jefe de taller, lo acaba de decir.... Teodoro no ha venido an, pero
Carlos ha ido all; pronto sabremos si es verdad.

Quedose la Nela al or esto ms muerta que viva, y cruzando las manos
exclam as:

--Bendita sea la Virgen Santsima, que es quien lo ha hecho!... Ella,
ella sola es quien lo ha hecho.

--Te alegras?... Ya lo creo: ahora la seorita Florentina cumplir su
promesa--dijo Sofa en tono de mofa--. Mil enhorabuenas a la seora doa
Nela.... Ah tienes t como cuando menos se piensa se acuerda Dios de
los pobres. Esto es como una lotera... qu premio gordo, Nelilla!... Y
puede que no seas agradecida... no, no lo sers.... No he conocido a
ningn pobre que tenga agradecimiento. Son soberbios, y mientras ms se
les da, ms quieren.... Ya es cosa hecha que Pablo se casar con su
prima: es buena pareja; los dos son guapos chicos; y ella no parece
tonta... y tiene una cara preciosa, qu lstima de cara y de cuerpo con
aquellos vestidos tan horribles!... No, no, si necesito vestirme, no me
traigan ac a la modista de Santa Irene de Camp.

Esto deca cuando entr Carlos. Su rostro resplandeca de jbilo.

--Triunfo completo!--grit desde la puerta--. Despus de Dios, mi
hermano Teodoro.

--Es cierto?...

--Como la luz del da.... Yo no lo cre... Pero qu triunfo Sofa! Qu
triunfo! No hay para m gozo mayor que ser hermano de mi hermano.... Es
el rey de los hombres.... Si es lo que digo: despus de Dios, Teodoro.




-XVII-

Fugitiva y meditabunda


La estupenda y gratsima nueva corri por todo Socartes. No se hablaba
de otra cosa en los hornos, en los talleres, en las mquinas de lavar,
en el plano inclinado, en lo profundo de las excavaciones y en lo alto
de los picos, al aire libre y en las entraas de la tierra. Aadanse
interesantes comentarios: que en Aldeacorba se crey por un momento que
don Francisco Penguilas haba perdido la razn; que D. Manuel
Penguilas pensaba celebrar el regocijado suceso dando un banquete a
todos cuantos trabajaban en las minas, y finalmente, que D. Teodoro era
digno de que todos los ciegos habidos y por haber le pusieran en las
nias de sus ojos.

La Nela no se atreva a ir a la casa de Aldeacorba. Una secreta fuerza
poderosa la alejaba de ella. Anduvo vagando todo el da por los
alrededores de la mina, contemplando desde lejos la casa de Penguilas,
que le pareca transformada. En su alma se juntaba a un gozo
extraordinario una como vergenza de s misma; a la exaltacin de un
afecto noble la insoportable comezn, digmoslo as, del amor propio ms
susceptible.

Hall una tregua a las congojosas batallas de su alma en la madre
soledad, que tanto haba contribuido a la formacin de su carcter, y en
la contemplacin de las hermosuras de la Naturaleza, que siempre le
facilitaba extraordinariamente la comunicacin de su pensamiento con la
divinidad. Las nubes del cielo y las flores de la tierra hacan en su
espritu efecto igual al que hacen en otros la pompa de los altares, la
elocuencia de los oradores cristianos y las lecturas de sutiles
conceptos msticos. En la soledad del campo pensaba ella y deca
mentalmente mil cosas, sin sospechar que eran oraciones.

Mirando a Aldeacorba, deca:

--No volver ms all... Ya acab todo para m... Ahora, de qu sirvo
yo?

En su rudeza pudo observar que el conflicto en que estaba su alma
provena de no poder aborrecer a nadie. Por el contrario, rale forzoso
amar a todos, al amigo y al enemigo, y as como los abrojos se trocaban
en flores bajo la mano milagrosa de una mrtir cristiana, la Nela vea
que sus celos y su despecho se convertan graciosamente en admiracin y
gratitud. Lo que no sufra metamorfosis era aquella pasioncilla que
antes llamamos vergenza de s misma, y que la impulsaba a eliminar su
persona de todo lo que pudiera ocurrir en lo sucesivo en Aldeacorba. Era
aquello como un aspecto singular del mismo sentimiento que en los seres
educados y civilizados se llama amor propio, por ms que en ella
revistiera los caracteres del desprecio de s misma; pero la filiacin
de aquel sentimiento con el que tan grande parte tiene en las acciones
del hombre culto, se reconoca en que estaba basado como ste en la
dignidad ms puntillosa. Si Marianela usara ciertas voces habra dicho:

--Mi dignidad no me permite aceptar el atroz desaire que voy a recibir.
Puesto que Dios quiere que sufra esta humillacin, sea; pero no he de
asistir a mi destronamiento. Dios bendiga a la que por ley natural va a
ocupar mi puesto; pero no tengo valor para sentarla yo misma en l.

No pudiendo expresarse as, su rudeza expresaba la misma idea de este
otro modo:

--No vuelvo ms a Aldeacorba.... No consentir que me vea.... Huir con
Celipn, o me ir con mi madre. Ahora yo no sirvo para nada.

Pero mientras esto deca, parecale muy desconsolador renunciar al
divino amparo de aquella celestial Virgen que se le haba aparecido en
lo ms negro de su vida extendiendo su manto para abrigarla. Ver
realizado lo que tantas veces haba visto en sueos palpitando de gozo,
y tener que renunciar a ello!... Sentirse llamada por una voz cariosa,
que le ofreca amor fraternal, hermosa vivienda, consideracin, nombre,
bienestar, y no poder acudir a este llamamiento, inundada de gozo, de
esperanza, de gratitud!... Rechazar la mano celestial que la sacaba de
aquella sentina de degradacin y miseria para hacer de la vagabunda una
persona, y elevarla de la jerarqua de los animales domsticos a la de
los seres ms respetados y queridos!...

--Ay!--exclam clavndose los dedos como garras en el pecho--. No
puedo, no puedo.... Por nada del mundo me presentar en Aldeacorba.
Virgen de mi alma, amprame.... Madre ma, ven por m!...

Al anochecer march a su casa. Por el camino encontr a Celipn con un
palito en la mano y en la punta del palo la gorra.

--Nelilla--le dijo el chico--no es verdad que as se pone el Sr. D.
Teodoro? Ahora pasaba por la charca de Hinojales y me mir en el agua.
Crcholis!, me qued pasmado, porque me vi con la mesma figura que D.
Teodoro Golfn.... Cualquier da de esta semanita nos vamos a ser
mdicos y hombres de provecho.... Ya tengo juntado lo que quera. Vers
como nadie se re del seor Celipn.

Tres das ms estuvo la Nela fugitiva, vagando por los alrededores de
las minas, siguiendo el curso del ro por sus escabrosas riberas o
internndose en el sosegado apartamiento del bosque de Saldeoro. Las
noches pasbalas entre sus cestas sin dormir. Una noche dijo tmidamente
a su compaero de vivienda:

--Cundo, Celipn?

Y Celipn contest con la gravedad de un expedicionario formal:

--Maana.

Los dos aventureros levantronse al rayar el da y cada cual fue por su
lado: Celipn a su trabajo, la Nela a llevar un recado que le dio Seana
para la criada del ingeniero. Al volver encontr dentro de la casa a la
seorita Florentina que la esperaba. Quedose Mara al verla sobrecogida
y temerosa, porque adivin con su instintiva perspicacia, o ms bien con
lo que el vulgo llama corazonada, el objeto de aquella visita.

--Nela, querida hermana--dijo la seorita con elocuente cario--. Qu
conducta es la tuya?... Por qu no has parecido por all en todos estos
das?... Ven, Pablo desea verte.... No sabes que ya puede decir quiero
ver tal cosa? No sabes que ya mi primo no es ciego?

--Ya lo s--dijo Nela, tomando la mano que la seorita le ofreca y
cubrindola de besos.

--Vamos all, vamos al momento. No hace ms que preguntar por la seora
Nela. Hoy es preciso que ests all cuando D. Teodoro le levante la
venda.... Es la cuarta vez.... El da de la primera prueba... qu da!,
cuando comprendimos que mi primo haba nacido a la luz, casi nos morimos
de gozo. La primera cara que vio fue la ma.... Vamos.

Mara solt la mano de la Virgen Santsima.

--Te has olvidado de mi promesa sagrada--aadi sta--o creas que era
broma? Ay!, todo me parece poco para demostrar a la Madre de Dios el
gran favor que nos ha hecho.... Yo quisiera que en estos das nadie
estuviera triste en todo lo que abarca el Universo; quisiera poder
repartir mi alegra, echndola a todos lados, como echan los labradores
el grano cuando siembran; quisiera poder entrar en todas las
habitaciones miserables y decir: ya se acabaron vuestras penas; aqu
traigo yo remedio para todos. Esto no es posible, esto slo puede
hacerlo Dios. Ya que mis fuerzas no pueden igualar a mi voluntad,
hagamos bien lo poco que podemos hacer... y se acabaron las palabras,
Nela. Ahora despdete de esta choza, di adis a todas las cosas que han
acompaado a tu miseria y a tu soledad. Tambin se tiene cario a la
miseria, hija.

Marianela no dijo adis a nada, y como en la casa no estaba a la sazn
ninguno de sus simpticos habitantes, no fue preciso detenerse por
ellos. Florentina sali llevando de la mano a la que sus nobles
sentimientos y su cristiano fervor haban puesto a su lado en el orden
de la familia, y la Nela se dejaba llevar sintindose incapaz de oponer
resistencia. Pensaba ella que una fuerza sobrenatural le tiraba de la
mano y que iba fatal y necesariamente conducida, como las almas que los
brazos de un ngel trasportan al cielo.

Aquel da tomaron el camino de Hinojales, que es el mismo donde la
vagabunda vio a Florentina por primera vez. Al entrar en la calleja la
seorita dijo a su amiga:

--Por qu no has ido a casa? Mi to deca que tienes modestia y una
delicadeza natural que es lstima no haya sido cultivada. Tu delicadeza
te impeda venir a reclamar lo que por la misericordia de Dios habas
ganado? No hay ms sino que tiene razn mi to.... Cmo estaba aquel da
el pobre seor!... deca que ya no le importaba nada morirse.... Ves
t?, todava tengo los ojos encarnados de tanto llorar. Es que anoche mi
to, mi padre y yo no dormimos; estuvimos formando proyectos de familia
y haciendo castillos en el aire toda la noche.... Por qu callas?, por
qu no dices nada?... No ests t tambin alegre como yo?

La Nela mir a la seorita, oponiendo dbil resistencia a la dulce mano
que la conduca.

--Sigue... qu tienes? Me miras de un modo particular, Nela.

As era, en efecto; los ojos de la abandonada, vagando con extravo de
uno en otro objeto, tenan al fijarse en la Virgen Santsima el
resplandor del espanto.

--Por qu tiembla tu mano?--pregunt la seorita--, ests enferma? Te
has puesto ms plida que una muerta y das diente con diente. Si ests
enferma yo te curar, yo misma. Desde hoy tienes quien se interese por
ti y te mime y te haga carios.... No ser yo sola, pues Pablo te
estima... me lo ha dicho. Los dos te querremos mucho, porque l y yo
seremos como uno solo.... Desea verte. Figrate si tendr curiosidad
quien nunca ha visto... pero no creas... como tiene tanto entendimiento
y una imaginacin que, segn parece, le ha anticipado ciertas ideas que
no poseen comnmente los ciegos, desde el primer instante supo
distinguir las cosas feas de las bonitas. Un pedazo de lacre encarnado
le agrad mucho y un pedazo de carbn le pareci horrible. Admir la
hermosura del cielo y se estremeci con repugnancia al ver una rana.
Todo lo que es bello le produce un entusiasmo que parece delirio: todo
lo que es feo le causa horror y se pone a temblar como cuando tenemos
mucho miedo. Yo no deb parecerle mal, porque exclam al verme: Ay,
prima ma, qu hermosa eres! Bendito sea Dios que me ha dado esta luz
con que ahora te siento!

La Nela tir suavemente de la mano de Florentina y soltola despus,
cayendo al suelo como un cuerpo que pierde sbitamente la vida.
Inclinose sobre ella la seorita, y con cariosa voz le dijo:

--Qu tienes?... Por qu me miras as?

Clavaba la hurfana sus ojos con terrible fijeza en el rostro de la
Virgen Santsima; pero no brillaban, no, con expresin de rencor, sino
con una como congoja suplicante, a la manera de la postrer mirada del
moribundo que con los ojos pide misericordia a la imagen de Dios,
creyndola Dios mismo.

--Seora--murmur la Nela--yo no la aborrezco a usted, no... no la
aborrezco.... Al contrario, la quiero mucho, la adoro.

Dicindolo, tom el borde del vestido de Florentina, y llevndolo a sus
secos labios lo bes ardientemente.

--Y quin puede creer que me aborreces?--dijo la de Penguilas llena de
confusin--. Ya s que me quieres. Pero me das miedo... levntate.

--Yo la quiero a usted mucho, la adoro--repiti Marianela besando los
pies de la seorita--pero no puedo, no puedo....

--Qu no puedes?... Levntate, por amor de Dios.

Florentina extendi sus brazos para levantarla; pero sin necesidad de
ser sostenida, la Nela levatose de un salto, y ponindose rpidamente a
bastante distancia, exclam baada en lgrimas:

--No puedo, seorita ma, no puedo.

--Qu?... por Dios y la Virgen!... qu te pasa?

--No puedo ir all.

Y seal la casa de Aldeacorba, cuyo tejado se vea a lo lejos entre los
rboles.

--Por qu?

--La Virgen Santsima lo sabe--replic la Nela con cierta decisin--.
Que la Virgen Santsima la bendiga a usted.

Haciendo una cruz con los dedos se los bes. Juraba. Florentina dio un
paso hacia ella. Mara comprendiendo aquel movimiento de cario, corri
velozmente hacia la seorita, y apoyando su cabeza en el seno de ella,
murmur entre gemidos:

--Por Dios!... dme usted un abrazo!

Florentina la abraz tiernamente. Entonces, apartndose con un
movimiento, o mejor dicho, con un salto ligero, flexible y repentino, la
mujer o nia salvaje subi a un matorral cercano. La yerba pareca que
se apartaba para darle paso.

--Nela, hermana ma--grit con angustia Florentina.

--Adis, nia de mis ojos--dijo la Nela mirndola por ltima vez.

Y desapareci entre el ramaje. Florentina sinti el ruido de la yerba,
atendiendo a l como atiende el cazador a los pasos de la presa que se
le escapa; despus todo qued en silencio y no se oa sino el sordo
monlogo de la naturaleza campestre en mitad del da, un rumor que
parece el susurro de nuestras propias ideas al extenderse irradiando por
lo que nos rodea. Florentina estaba absorta, paralizada, muda,
afligidsima, como el que ve desvanecerse la ms risuea ilusin de su
vida. No saba qu pensar de aquel suceso, ni su bondad inmensa, que
incapacitaba frecuentemente su discernimiento, poda explicrselo.

Largo rato despus hallbase en el mismo sitio, con la cabeza inclinada
sobre el pecho, las mejillas encendidas y los celestiales ojos mojados
de llanto, cuando acert a pasar Teodoro Golfn, que de la casa de
Aldeacorba con tranquilo paso vena. Grande fue el asombro del doctor al
ver a la seorita sola y con aquel interesante aparato de pena y
desconsuelo, que lejos de mermar su belleza, la acrecentaba.

--Qu tiene la nia?--exclam con inters muy vivo--. Qu es eso,
Florentina?

--Una cosa terrible, Sr. D. Teodoro--replic la seorita de Penguilas,
secando sus lgrimas--. Estoy pensando, estoy considerando qu cosas tan
malas hay en el mundo.

--Y cules son esas cosas malas, seorita?... Donde est usted, puede
haber alguna?

--Cosas perversas; pero entre todas hay una que es la ms perversa de
todas.

--Cul?

--La ingratitud, Sr. Golfn.

Y mirando tras de la cerca de zarzas y helechos dijo:

--Por all se ha escapado.

Subi a lo ms elevado del terreno para alcanzar a ver ms lejos.

--No la distingo por ninguna parte.

--Ni yo--exclam riendo el mdico--. El seor D. Manuel me ha dicho que
se dedica usted a la caza de mariposas. Efectivamente esas pcaras son
muy ingratas al no dejarse coger por usted.

--No es eso.... Contar a usted si va hacia Aldeacorba.

--No voy, sino que vengo, preciosa seorita; pero porque usted me cuente
alguna cosa, cualquiera que sea, volver con mucho gusto. Volvamos a
Aldeacorba: ya soy todo odos.




-XVIII-

La Nela se decide a partir


La Nela estuvo vagando sola todo el da, y por la noche rond la casa de
Aldeacorba, acercndose a ella todo lo que le era posible sin peligro de
ser descubierta. Cuando senta rumor de pasos alejbase prontamente como
un ladrn. Baj a la hondonada de la Terrible, cuyo pavoroso aspecto de
crter le agradaba en aquella ocasin, y despus de discurrir por el
fondo contemplando los gigantes de piedra que en su recinto se elevaban
como personajes congregados en un circo, trep a uno de ellos para
descubrir las luces de Aldeacorba. All estaban, brillando en el borde
de la mina, sobre la oscuridad del cielo y de la tierra. Despus de
mirarlas como si nunca en su vida hubiera visto luces, sali de la
Terrible y subi hacia la Trascava. Antes de llegar a ella sinti pasos,
detvose, y al poco rato vio que por el sendero adelante vena con
resuelto andar el seor de Celipn. Traa un pequeo lo pendiente de un
palo puesto al hombro, y su marcha como su ademn demostraban firme
resolucin de no parar hasta medir con sus piernas toda la anchura de la
tierra.

--Celipe... a dnde vas?--le pregunt la Nela, detenindole.

--Nela... t por estos barrios?... Creamos que estabas en casa de la
seorita Florentina, comiendo jamones, pavos y perdices a todas horas y
bebiendo limonada con azucarillos. Qu haces aqu?

--Y t, a dnde vas?

--Ahora salimos con eso? Para qu me lo preguntas si lo
sabes?--replic el chico, requiriendo el palo y el lo--. Bien sabes que
voy a aprender mucho y a ganar dinero.... No te dije que esta noche?...
pues aqu me tienes, ms contento que unas Pascuas, aunque algo triste,
cuando pienso lo que padre y madre van a llorar.... Mira, Nela, la
Virgen Santsima nos ha favorecido esta noche, porque padre y madre
empezaron a roncar ms pronto que otras veces, y yo, que ya tena hecho
el lo, me sub al ventanillo, y por el ventanillo me ech fuera...
Vienes t o no vienes?

--Yo tambin voy--dijo la Nela con un movimiento repentino, asiendo el
brazo del intrpido viajero.

--Tomaremos el tren, y en el tren iremos hasta donde podamos--dijo
Celipn con generoso entusiasmo--. Y despus pediremos limosna hasta
llegar a los Madriles del Rey de Espaa; y una vez que estemos en los
Madriles del Rey de Espaa, t te pondrs a servir en una casa de
marqueses y condeses y yo en otra, y as mientras yo estudie t podrs
aprender muchas finuras. Crcholis!, de todo lo que yo vaya aprendiendo
te ir enseando a ti un poquillo, un poquillo nada ms, porque las
mujeres no necesitan tantas sabiduras como nosotros los seores
mdicos.

Antes de que Celipn acabara de hablar, los dos se haban puesto en
camino, andando tan a prisa cual si estuvieran viendo ya las torres de
los Madriles del Rey de Espaa.

--Salgmonos del sendero--dijo Celipn, dando pruebas en aquella ocasin
de un gran talento prctico--porque si nos ven nos echarn mano y nos
darn un buen pie de paliza.

Pero la Nela solt la mano de su compaero de aventuras, y sentndose en
una piedra, murmur tristemente:

--Yo no voy.

--Nela... qu tonta eres! T no tienes como yo un corazn del tamao de
esas peas de la _Terrible_--dijo Celipn con fanfarronera--.
Recrcholis!, a qu tienes miedo? Por qu no vienes?

--Yo... para qu?

--No sabes que dijo D. Teodoro que los que nos criamos aqu nos
volvemos piedras?... Yo no quiero ser una piedra, yo no.

--Yo... para qu voy?--dijo la Nela con amargo desconsuelo--. Para ti
es tiempo, para m es tarde.

La Nela dej caer la cabeza sobre su pecho y por largo rato permaneci
insensible a la seductora verbosidad del futuro Hipcrates. Al ver que
iba a franquear el lindero de aquella tierra donde haba vivido y donde
dorma su madre el eterno sueo, se sinti arrancada de su suelo
natural. La hermosura del pas, con cuyos accidentes se senta unida por
una especie de parentesco, la escasa felicidad que haba gustado en l,
la miseria misma, el recuerdo de su amito y de las gratas horas de paseo
por el bosque y hacia la fuente de Saldeoro, los sentimientos de
admiracin o de simpata, de amor o de gratitud que haban florecido en
su alma en presencia de aquellas mismas flores, de aquellas mismas
nubes, de aquellos rboles frondosos, de aquellas peas rojas, y como
asociados a la belleza, al desarrollo, a la marcha y a la constancia de
aquellas mismas partes de la Naturaleza, eran otras tantas races
morales, cuya violenta tirantez, al ser arrancadas, producala vivsimo
dolor.

--Yo no me voy--repiti.

Y Celipn hablaba, hablaba, cual si ya, subiendo milagrosamente hasta el
pinculo de su carrera, perteneciese a todas las Academias creadas y por
crear.

--Entonces vuelves a casa?--preguntole al ver que su elocuencia era tan
intil como la de aquellos centros oficiales del saber.

--No.

--Vas a la casa de Aldeacorba?

--Tampoco.

--Entonces te vas al pueblo de la seorita Florentina?

--No, tampoco.

--Pues entonces crcholis, recrcholis!, a dnde vas?

La Nela no contest nada: segua mirando con espanto al suelo, como si
en l estuvieran los pedazos de la cosa ms bella y ms rica del mundo,
que se acababa de caer y romperse.

--Pues entonces, Nela--dijo Celipn, fatigado de sus largos
discursos--yo te dejo y me voy, porque pueden descubrirme.... Quieres
que te d una peseta, por si se te ofrece algo esta noche?

--No, Celipn, no quiero nada.... Vete, t sers hombre de provecho....
Prtate bien y no te olvides de Socartes, ni de tus padres.

El viajero sinti una cosa impropia de varn tan formal y respetable,
sinti que le venan ganas de llorar; mas sofocando aquella emocin
importuna, dijo:

--Cmo me he de olvidar a Socartes?... Pues no faltaba ms.... No me
olvidar de mis padres ni de ti, que me has ayudado a esto.... Adis,
Nelilla.... Siento pasos.

Celipn enarbol su palo con una decisin que probaba cun templada
estaba su alma para afrontar los peligros del mundo; pero su intrepidez
no tuvo objeto, porque era un perro el que vena.

--Es Choto--dijo Nela temblando.

--Agur--murmur Celipn, ponindose en marcha.

Desapareci entre las sombras de la noche.

La geologa haba perdido una piedra y la sociedad haba ganado un
hombre.

La Nela sinti escalofros al verse acariciada por Choto. El generoso
animal, despus de saltar alrededor de ella, gruendo con tanta
expresin que faltaba muy poco para que sus gruidos fuesen palabras,
ech a correr con velocidad suma hacia Aldeacorba. Creerase que corra
tras una pieza de caza; pero al contrario de ciertos oradores, el buen
Choto ladrando hablaba.

A la misma hora Teodoro Golfn sala de la casa de Penguilas. Llegose a
l Choto y le dijo atropelladamente no sabemos qu. Era como una brusca
interpelacin pronunciada entre los bufidos del cansancio y los ahogos
del sentimiento. Golfn, que saba muchas lenguas, era poco fuerte en la
canina, y no hizo caso. Pero Choto dio unas cuarenta vueltas en torno de
l, soltando de su espumante boca, unos al modo de insultos que despus
parecan voces cariosas y despus amenazas. Teodoro se detuvo entonces
prestando atencin al cuadrpedo. Viendo Choto que se haba hecho
entender un poco, ech a correr en direccin contraria a la que llevaba
Golfin. Este le sigui murmurando:--Pues vamos all.

Choto regres corriendo como para cerciorarse de que era seguido, y
despus volvi a alejarse. Como a cien metros de Aldeacorba Golfn crey
sentir una voz humana, que dijo:

--Qu quieres, Choto?

Al punto sospech que era la Nela quien hablaba. Detuvo el paso, prest
atencin colocndose a la sombra de una haya, y no tard en descubrir
una figura que, apartndose de la pared de piedra, andaba despacio. La
sombra de las zarzas no permita descubrirla bien. Despacito siguiola a
bastante distancia, apartndose de la senda y andando sobre el csped
para no hacer ruido. Indudablemente era ella. Conociola perfectamente
cuando entr en terreno claro, donde no oscurecan el suelo rboles ni
zarzas.

La Nela avanz despus ms rpidamente. Al fin corra. Golfn corri
tambin. Despus de un rato de esta desigual marcha, la Nela se sent en
una piedra. A sus pies se abra el cncavo hueco de la Trascava, sombro
y espantoso en la oscuridad de la noche. Golfn esper y con paso muy
quedo acercose ms. Choto estaba frente a la Nela, echado sobre los
cuartos traseros, derechas las patas delanteras, y mirndola como una
esfinge. La Nela miraba hacia abajo.... De pronto empez a descender
rpidamente, ms bien resbalando que corriendo. Como un len se abalanz
Teodoro a la sima, gritando con voz de gigante:

--Nela! Nela!

Mir y no vio nada en la negra boca. Oa, s, los gruidos de Choto que
corra por la vertiente en derredor, describiendo espirales, cual si le
arrastrara un lquido tragado por la espantosa sima. Trat de bajar
Teodoro y dio algunos pasos cautelosamente. Volvi a gritar, y una voz
le contest desde abajo:--Seor....

--Sube al momento.

No recibi contestacin.

--Que subas!

Al poco rato dibujose la figura de la vagabunda en lo ms hondo que se
poda ver del horrible embudo. Choto, despus de husmear el tragadero de
la Trascava, suba describiendo las mismas espirales. La Nela suba
tambin, pero muy despacio. Detvose, y entonces se oy su voz que deca
dbilmente:--Seor?...

--Que subas te digo.... Qu haces ah?

La Nela subi otro poco.

--Sube pronto... tengo que decirte una cosa.

--Una cosa?...

--Una cosa, s; una cosa tengo que decirte.

La Nela subi y Teodoro no se crey triunfante hasta que pudo asir
fuertemente su mano para llevarla consigo.




-XIX-

Domesticacin


Anduvieron breve rato los dos sin decir nada. Teodoro Golfn, con ser
sabio, discreto y locuaz, sentase igualmente torpe que la Nela,
ignorante de suyo y muy lacnica por costumbre. Seguale sin hacer
resistencia, y l acomodaba su paso al de la mujer-nia, como hombre
que lleva un chico a la escuela. En cierto paraje del camino donde haba
tres enormes piedras blanquecinas y carcomidas que parecan huesos de
gigantescos animales, el doctor se sent, y poniendo delante de s en
pie a la Nela, como quien va a pedir cuentas de travesuras graves,
tomole ambas manos y seriamente le dijo:

--Qu ibas a hacer all?

--Yo... dnde?

--All. Bien comprendes lo que quiero decirte. Responde claramente, como
se responde a un confesor o a un padre.

--Yo no tengo padre--replic la Nela con ligero acento de rebelda.

--Es verdad; pero figrate que lo soy yo, y responde. Qu ibas a hacer
all?

--All est mi madre--le fue respondido de una manera hosca.

--Tu madre ha muerto. T no sabes que los que se han muerto estn en el
otro mundo o no estn en ninguna parte?

--Est all--afirm la Nela con aplomo, volviendo tristemente los ojos
al punto indicado.

--Y t pensabas ir con ella, no es eso?, es decir, que pensabas
quitarte la vida.

--S, seor; eso mismo.

--Y t no sabes que tu madre cometi un gran crimen al darse la muerte
y que t cometeras otro igual imitndola? A ti no te han enseado
esto?

--No me acuerdo de si me han enseado tal cosa. Si yo me quiero matar
quin me lo puede impedir?

--Pero t misma, sin auxilio de nadie, no comprendes que a Dios no
puede agradar que nos quitemos la vida?... Pobre criatura abandonada a
tus sentimientos naturales sin instruccin, ni religin, sin ninguna
influencia afectuosa y desinteresada que te gue!... Qu ideas tienes
de Dios, de la otra vida, del morir?... De dnde has sacado que tu
madre est all?... A unos cuantos huesos sin vida, llamas tu madre?...
Crees que ella sigue viviendo, pensando y amndote dentro de esa
caverna? Nadie te ha dicho que las almas una vez que sueltan su cuerpo
jams vuelven a l? Ignoras que las sepulturas, de cualquier forma que
sean, no encierran ms que polvo, descomposicin y miseria?... Cmo te
figuras t a Dios? Como un seor muy serio que est all arriba con los
brazos cruzados, dispuesto a tolerar que juguemos con nuestra vida y a
que en lugar suyo pongamos espritus, duendes y fantasmas que nosotros
mismos hacemos?... Tu amo, que es tan discreto, no te ha dicho jams
estas cosas?

--S me las ha dicho; pero como ya no me las ha de decir....

--Pero como ya no te las ha de decir atentas a tu vida? Dime, tonta,
arrojndote a ese agujero qu bien pensabas t alcanzar?, pensabas
estar mejor?

--S, seor.

--Cmo?

--No sintiendo nada de lo que ahora siento, sino otras cosas mejores, y
juntndome con mi madre.

--Veo que eres ms tonta que hecha de encargo--dijo Golfn riendo--.
Ahora vas a ser franca conmigo. T me quieres mal?

--No, seor, yo no quiero mal a nadie, y menos a usted que ha sido tan
bueno conmigo y que ha dado la vista a mi amo.

--Bien: pero eso no basta: yo no slo deseo que me quieras bien, sino
que tengas confianza en m, y me confes tus cosillas. A ti te pasan
cosillas muy curiosas, picarona, y todas me las vas a decir, todas.
Vers como no te pesa; vers como soy un buen confesor.

La Nela sonri con tristeza. Despus baj la cabeza, y doblndose sus
piernas, cay de rodillas.

--No, tonta, as ests mal. Sintate junto a m; ven ac--dijo Golfn
cariosamente sentndola a su lado--. Se me figura que estabas rabiando
por encontrar una persona a quien poder decirle tus secretos. No es
verdad? Y no hallabas ninguna! Efectivamente ests demasiado sola en el
mundo.... Vamos a ver, Nela, dime ante todo, por qu... pon mucha
atencin... por qu se te puso en la cabeza quitarte la vida?

La Nela no contest nada.

--Yo te conoc gozosa y al parecer satisfecha de la vida, hace algunos
das. Por qu de la noche a la maana te has vuelto loca?...

--Quera ir con mi madre--repuso la Nela, despus de vacilar un
instante--. No quera vivir ms. Yo no sirvo para nada. De qu sirvo
yo? No vale ms que me muera? Si Dios no quiere que me muera, me morir
yo misma por mi misma voluntad.

--Esa idea de que no sirves para nada es causa de grandes desgracias
para ti, infeliz criatura! Maldito sea el que te la inculc o los que
te la inculcaron, porque son muchos!... Todos son igualmente
responsables del abandono, de la soledad y de la ignorancia en que has
vivido. Que no sirves para nada! Sabe Dios lo que hubieras sido t en
otras manos! Eres una personilla delicada, muy delicada, quizs de
inmenso valor; pero qu demonio!, pon un arpa en manos toscas... qu
harn?, romperla.... Porque tu constitucin dbil no te permita romper
piedra y arrastrar tierra como esas bestias en forma humana que se
llaman Mariuca y Pepina, se ha de afirmar que no sirves para nada?
Acaso hemos nacido para trabajar como los animales?... No tendrs t
inteligencia, no tendrs t sensibilidad, no tendrs mil dotes preciosas
que nadie ha sabido cultivar? No: t sirves para algo, an podrs servir
para mucho si encuentras una mano hbil que te sepa manejar.

La Nela, profundamente impresionada con estas palabras, que entendi por
intuicin, fijaba sus ojos en el rostro duro, expresivo e inteligente de
Teodoro Golfn. Asombro y reconocimiento llenaban su alma.

--Pero en ti no hay un misterio solo--aadi el len negro--. Ahora se
te ha presentado la ocasin ms preciosa para salir de tu miserable
abandono, y la has rechazado. Florentina, que es un ngel de Dios, ha
querido hacer de ti una amiga y una hermana; no conozco un ejemplo de
virtud y de bondad como las suyas... y t qu has hecho?... huir de
ella como una salvaje.... Es esto ingratitud o algn otro sentimiento
que no comprendemos?

--No, no, no--replic la Nela con afliccin--yo no soy ingrata. Yo adoro
a la seorita Florentina.... Me parece que no es de carne y hueso como
nosotros y que no merezco ni siquiera mirarla....

--Pues, hija, eso podr ser verdad, pero tu comportamiento no quiere
decir sino que eres ingrata, muy ingrata.

--No, no soy ingrata--exclam la Nela, ahogada por los sollozos--. Bien
me lo tema yo... s, me lo tema... yo sospechaba que me creeran
ingrata, y esto es lo nico que me pona triste cuando me iba a
matar.... Como soy tan bruta, no supe pedir perdn a la seorita por mi
fuga, ni supe explicarle nada....

--Yo te reconciliar con la seorita... yo, si t no quieres verla ms,
me encargo de decirle y de probarle que no eres ingrata. Ahora
descbreme tu corazn y dime todo lo que sientes y la causa de tu
desesperacin. Por grande que sea el abandono en que una criatura viva,
por grande que sean su miseria y su soledad, no se arranca la vida sino
cuando hay un motivo muy poderoso para aborrecerla.

--S, seor, eso mismo pienso yo.

--Y t la aborreces?...

Nela estuvo callada un momento. Despus cruzando los brazos, dijo con
vehemencia:

--No, seor, yo no la aborrezco, sino que la deseo.

--A buena parte ibas a buscarla!

--Yo creo que despus que uno se muere tiene todo lo que aqu no puede
conseguir.... Si no, por qu nos est llamando la muerte a todas horas?
Yo tengo sueos, y soando veo felices y contentos a todos los que se
han muerto.

--T crees en lo que sueas?

--S, seor. Y miro los rboles y las peas que estoy acostumbrada a ver
desde que nac, y en su cara....

--Hola, hola!... tambin los rboles y las peas tienen cara?...

--S, seor.... Para m todas las cosas hermosas ven y hablan.... Por
eso cuando todas me han dicho: ven con nosotras; murete y vivirs sin
pena...

Qu lstima de fantasa!--murmur Golfn--. Alma enteramente pagana.

Y luego aadi en voz alta:

--Si deseas la vida, por qu no aceptaste lo que Florentina te ofreca?
Vuelvo al mismo tema.

--Porque... porque... porque la seorita Florentina no me ofreca sino
la muerte--dijo la Nela con energa.

--Qu mal juzgas su caridad! Hay seres tan infelices que prefieren la
vida vagabunda y miserable, a la dignidad que poseen las personas de un
orden superior. T te has acostumbrado a la vida salvaje en contacto
directo con la Naturaleza, y prefieres esta libertad grosera a los
afectos ms dulces de una familia. Has sido t feliz en esta vida?

--Empezaba a serlo....

--Y cundo dejaste de serlo?

Despus de larga pausa, la Nela contest:

--Cuando usted vino.

--Yo!... Qu males he trado?

--Ninguno: no ha trado sino grandes bienes.

--Yo he devuelto la vista a tu amo--dijo Golfn, observando con atencin
de fisilogo el semblante de la Nela--. No me agradeces esto?

--Mucho, s, seor; mucho--replic ella, fijando en el doctor sus ojos
llenos de lgrimas.

Golfn sin dejar de observarla, ni perder el ms ligero sntoma facial
que pudiera servir para conocer los sentimientos de la mujer--nia,
habl as:

--Tu amo me ha dicho que te quiere mucho. Cuando era ciego, lo mismo que
despus que tiene vista, no ha hecho ms que preguntar por la Nela. Se
conoce que para l todo el Universo est ocupado por una sola persona,
la Nela; que la luz que se le ha permitido gozar no sirve para nada, si
no sirve para ver a la Nela.

--Para ver a la Nela!, pues no ver a la Nela!... la Nela no se
dejar ver!--exclam ella con bro.

--Y por qu?

--Porque es muy fea.... Se puede querer a la hija de la Canela cuando se
tienen los ojos cerrados; pero cuando se abren los ojos y se ve a la
seorita Florentina, no se puede querer a la pobre y enana Marianela.

--Quin sabe....

--No puede ser.... No puede ser--afirm la vagabunda con la mayor
energa.

--Eso es un capricho tuyo.... No puedes decir si agradas o no a tu amo
mientras no lo pruebes. Yo te llevar a la casa....

--No quiero, que no quiero!, grit ella levantndose de un salto, y
ponindose frente a Teodoro, que se qued absorto al ver su briosa
apostura y el fulgor de sus ojuelos negros, seales ambas cosas de un
carcter decidido.

--Tranquilzate, ven ac--le dijo con dulzura--. Hablaremos.... Es
verdad que no eres muy bonita... pero no es propio de una joven discreta
apreciar tanto la hermosura exterior. Tienes un amor propio excesivo,
mujer.

Y sin hacer caso de las observaciones del doctor, la Nela, firme en su
puesto como lo estaba en su tema, pronunci solemnemente esta sentencia:

--No debe haber cosas feas.... Ninguna cosa fea debe vivir.

--Pues mira, hijita, si todos los feos tuviramos la obligacin de
quitarnos de en medio, cun despoblado se quedara el mundo! Pobre y
desgraciada tontuela! Esa idea que me has dicho no es nueva. Tuvironla
personas que vivieron hace siglos, personas de fantasa como t, que
vivan en la Naturaleza como t, y que como t carecan de cierta luz
que a ti te falta por tu ignorancia y abandono, y a ellas porque an esa
luz no haba venido al mundo.... Es preciso que te cures de esa mana;
es preciso que te hagas cargo de que hay una porcin de dones ms
estimables que el de la hermosura, dones del alma que ni son ajados por
el tiempo, ni estn sujetos al capricho de los ojos. Bscalos en tu alma
y los encontrars. No te pasar lo que con tu hermosura, que por mucho
que en el espejo la busques, jams la hallars. Busca aquellos dones
preciosos, cultvalos, y cuando los veas bien grandes y florecidos, no
temas; ese afn que sientes se calmar. Entonces te sobrepondrs
fcilmente a la situacin desairada en que te ves, y elevndote tendrs
una hermosura que no admirarn quizs los ojos, pero que a ti misma te
servir de recreo y orgullo.

Estas sensatas palabras o no fueron entendidas o no fueron aceptadas por
la Nela, que, ocultndose otra vez junto a Golfn, le miraba
atentamente. Sus ojos pequeitos, que a los ms hermosos ganaban en
elocuencia, parecan decir:--Pero a qu viene todas esas sabiduras,
seor pedante?

--Aqu--continu Golfn, gozando extremadamente con aquel asunto, y
dndole a pesar suyo un tono de tesis psicolgica--hay una cuestin
principal y es....

La Nela le haba adivinado y se cubri el rostro con las manos.

--No tiene nada de extrao; al contrario, es muy natural lo que te pasa.
Tienes un temperamento sentimental, imaginativo; has llevado con tu amo
la vida libre y potica de la Naturaleza siempre juntos, en inocente
intimidad. l es discreto hasta no ms, y guapo como una estatua....
Parece la belleza ciega hecha para recreo de los que tienen vista.
Adems su bondad y la grandeza de su corazn cautivan y enamoran. No es
extrao que te haya cautivado a ti, que eres nia casi mujer, o una
mujer que parece nia. Le quieres mucho, le quieres ms que a todas las
cosas de este mundo?...

--S, s, seor--repuso la chicuela sollozando.

--No puedes soportar la idea de que te deje de querer?

--No, no, seor.

--l te ha dicho palabras amorosas y te ha hecho juramentos....

--Oh!, s, s, seor. Me dijo que yo sera su compaera por toda la
vida, y yo lo cre...

--Por qu no ha de ser verdad?...

--Me dijo que no podra vivir sin m, y que aunque tuviera vista me
querra mucho siempre. Yo estaba contenta, y mi fealdad, mi pequeez y
mi facha ridcula no me importaban, porque l no poda verme, y all en
sus tinieblas me tena por bonita.... Pero despus....

--Despus...--murmur Golfn traspasado de compasin--. Ya veo que yo
tengo la culpa de todo.

--La culpa no... porque usted ha hecho una buena obra. Usted es muy
bueno.... Es un bien que l haya sanado de sus ojos.... Yo me digo a m
misma que es un bien... pero despus de esto, yo debo quitarme de en
medio... porque l ver a la seorita Florentina y la comparar
conmigo... y la seorita Florentina es como los ngeles, y yo...
compararme con ella es como si un pedazo de espejo roto se comparara con
el sol.... Para qu sirvo yo? Yo so que no deba haber nacido, para
qu nac?... Dios se equivoc!, hzome una cara fea, un cuerpecillo
chico y un corazn muy grande, de qu me sirve este corazn muy grande?
De tormento nada ms. Ay!, si yo no le sujetara, l se empeara en
aborrecer mucho; pero el aborrecimiento no me gusta, yo no s aborrecer,
y antes que llegar a saber lo que es eso, quiero enterrar mi corazn
para que no me atormente ms.

--Te atormenta con los celos, con el sentimiento de verte humillada.
Ay! Nela, tu soledad es grande. No puede salvarte ni el saber que no
posees, ni la familia que te falta, ni el trabajo que desconoces. Dime,
la proteccin de la seorita Florentina qu sentimientos ha despertado
en ti?...

--Miedo!... vergenza!--exclam la Nela con temor, abriendo mucho sus
ojuelos--. Vivir con ellos, vindoles a todas horas... porque se
casarn, el corazn me ha dicho que se casarn; yo he soado que se
casarn!...

--Pero Florentina es muy buena, te amara mucho....

--Yo la quiero tambin; pero no en Aldeacorba--dijo la de la Canela con
exaltacin y desvaro--. Ha venido a quitarme lo que es mo... porque
era mo, s, seor.... Florentina es como la Virgen Mara... yo le
rezara, s, seor, le rezara; pero no quiero que me quite lo que es
mo... y me lo quitar, ya me lo ha quitado.... A dnde voy yo ahora,
qu soy, ni de qu valgo? Todo lo perd, todo, y quiero irme con mi
madre.

La Nela dio algunos pasos; pero Golfn, como fiera que echa la zarpa, la
detuvo fuertemente por la mueca. Haciendo esto observ el agitado pulso
de la vagabunda.

--Ven ac--le dijo--. Desde este momento, que quieras que no, te hago mi
esclava. Eres ma y no has de hacer sino lo que yo te mande. Pobre
criatura, formada de sensibilidad ardiente, de imaginacin viva, de
candidez y de supersticin, eres una admirable persona nacida para todo
lo bueno; pero desvirtuada por el estado salvaje en que has vivido, por
el abandono y la falta de instruccin, pues careces hasta de la ms
elemental! En qu donosa sociedad vivimos, que se olvida hasta este
punto de sus deberes y deja perder de este modo un ser preciossimo!...
Ven ac, que no has de separar de m; te tomo, te cazo, esa es la
palabra, te cazo con trampa en medio de los bosques, fierecita
silvestre, y voy a ensayar en ti un sistema de educacin.... Veremos si
s tallar este hermoso diamante.... Ah!, cuntas cosas ignoras! Yo te
descubrir un nuevo mundo en tu alma, te har ver mil asombrosas
maravillas que hasta ahora no has conocido, aunque de todas ellas has de
tener t una idea confusa, una idea vaga. No sientes en tu pobre
alma?... cmo te lo dir?, el brotecillo, el pimpollo de una virtud que
es la ms preciosa y la madre de todas, la humildad, una virtud por la
cual gozamos extraordinariamente mira t qu cosa tan rara!, al vernos
inferiores a los dems? Gozamos, s, al ver que otros estn por encima
de nosotros. No sientes tambin la abnegacin, por la cual nos
complacemos en sacrificarnos por los dems y hacernos pequeitos para
que los dems sean grandes? T aprenders esto, aprenders a poner tu
fealdad a los pies de la hermosura, a contemplar con serenidad y alegra
los triunfos ajenos, a cargar de cadenas ese gran corazn tuyo,
sometindolo por completo, para que jams vuelva a sentir envidia ni
despecho, para que ame a todos por igual, poniendo por encima de todos a
los que te han causado dao.

Entonces sers lo que debes ser por tu natural condicin y por las
cualidades que posees desde el nacer. Infeliz!, has nacido en medio de
una sociedad cristiana, y ni siquiera eres cristiana; vive tu alma en
aquel estado de naturalismo potico, s, esa es la palabra y te la digo
aunque no la entiendas... en aquel estado en que vivieron pueblos de que
apenas queda memoria. Los sentidos y las pasiones te gobiernan, y la
forma es uno de tus dioses ms queridos. Para ti han pasado en vano diez
y ocho siglos consagrados a la sublimacin del espritu. Y esta sociedad
egosta que ha permitido tal abandono, qu nombre merece? Te ha dejado
crecer en la soledad de unas minas, sin ensearte una letra, sin hacerte
conocer las conquistas ms preciosas de la inteligencia, las verdades
ms elementales que hoy gobiernan al mundo; ni siquiera te ha llevado a
una de esas escuelas de primeras letras, donde no se aprende casi nada;
ni siquiera te ha dado la imperfectsima instruccin religiosa de que
ella se envanece. Apenas has visto una iglesia ms que para presenciar
ceremonias que no te han explicado; apenas sabes recitar una oracin que
no entiendes; no sabes nada del mundo, ni de Dios, ni del alma.... Pero
todo lo sabrs; t sers otra, dejars de ser la Nela, yo te lo prometo,
para ser una seorita de mrito, una mujer de bien.

No puede afirmarse que la Nela entendiera el anterior discurso,
pronunciado por Golfn con tal vehemencia y bro que olvid un instante
la persona con quien hablaba. Pero la vagabunda senta una fascinacin
extraa, y las ideas de aquel hombre penetraban dulcemente en su alma
hallando fcil asiento en ella. Parece que se efectuaba sobre la tosca
muchacha el potente y fatal dominio que la inteligencia superior ejerce
sobre la inferior. Triste y silenciosa recost su cabeza sobre el hombro
de Teodoro.

--Vamos all--dijo este sbitamente.

La Nela tembl toda. Golfn observ el sudor de su frente, el glacial
fro de sus manos, la violencia de su pulso; pero lejos de cejar en su
idea por causa de esta dolencia fsica, afirmose ms en ella,
repitiendo:

--Vamos, vamos; aqu hace fro.

Tom de la mano a la Nela. El dominio que sobre ella ejerca era ya tan
grande, que la muchacha se levant tras l y dieron juntos algunos
pasos. Despus la Nela se detuvo y cay de rodillas.

--Oh!, seor--exclam con espanto--no me lleve usted.

Estaba plida y descompuesta con seales de una espantosa alteracin
fsica y moral. Golfn le tir del brazo. El cuerpo desmayado de la
vagabunda no se elevaba del suelo por su propia fuerza. Era preciso
tirar de l como de un cuerpo muerto.

Hace das--dijo Golfn--que en este mismo sitio te llev sobre mis
hombros porque no podas andar. Esta noche ser lo mismo.

Y la levant en sus brazos. La ardiente respiracin de la mujer--nia le
quemaba el rostro. Iba decadente, roja y marchita, como una planta que
acaba de ser arrancada del suelo, dejando en l las races. Al llegar a
la casa de Aldeacorba Golfn sinti que su carga se haca menos pesada.
La Nela ergua su cuello, elevaba las manos con ademn de desesperacin;
pero callaba.

Entr. Todo estaba en silencio. Una criada sali a recibirle, y a
instancias de Teodoro condjole sin hacer ruido a la habitacin de la
seorita Florentina.

Hallbase esta sola, alumbrada por una luz que ya agonizaba, de rodillas
en el suelo y apoyando sus brazos en el asiento de una silla, en actitud
de orar devota y recogidamente. Alarmose al ver entrar a un hombre tan a
deshora en su habitacin, y a su fugaz alarma sucedi el asombro,
observando la carga que Golfn sobre sus robustos hombros traa.

La sorpresa no permiti a la seorita de Penguilas usar de la palabra
cuando Teodoro, depositando cuidadosamente su carga sobre un sof, le
dijo:

--Aqu la traigo... qu tal?, soy buen cazador de mariposas?




-XX-

El nuevo mundo


Retrocedamos algunos das.

Cuando Teodoro Golfn levant por primera vez el vendaje de Pablo
Penguilas, este dio un grito de espanto. Sus movimientos todos eran de
retroceso. Extenda las manos como para apoyarse en un punto y
retroceder mejor. El espacio iluminado era para l como un inmenso
abismo en el cual se supona prximo a caer. El instinto de conservacin
obligbale a cerrar los ojos. Excitado por Teodoro, por su padre y los
dems de la casa, que sentan la ansiedad ms honda, mir de nuevo; pero
el temor no disminua. Las imgenes entraban, digmoslo as, en su
cerebro violenta y atropelladamente con una especie de brusca embestida,
de tal modo que l crea chocar contra los objetos. Las montaas lejanas
se le figuraban hallarse al alcance de su mano, y los objetos y personas
que le rodeaban los vea cual si rpidamente cayeran sobre sus ojos.

Teodoro Golfn observaba estos fenmenos con la ms viva curiosidad,
porque era aqul el segundo caso de curacin de ceguera congnita que
haba presenciado. Los dems no se atrevan a manifestar alegra; de tal
modo les confunda y pasmaba la perturbada inauguracin de las funciones
pticas en el afortunado paciente. Pablo experimentaba una alegra
delirante. Sus nervios y su fantasa hallbanse horriblemente excitados,
por lo cual Teodoro juzg prudente obligarle al reposo. Sonriendo le
dijo:

--Por ahora ha visto usted bastante. No se pasa de la ceguera a la luz,
no se entra en los soberanos dominios del sol como quien entra en un
teatro. Es este un nacimiento en que hay tambin mucho dolor.

Ms tarde el joven mostr deseos tan vehementes de volver a ejercer su
nueva facultad preciosa, que Teodoro consinti en abrirle un resquicio
del mundo visible.

--Mi interior--dijo Pablo, explicando su impresin primera--est
inundado de hermosura, de una hermosura que antes no conoca. Qu cosas
fueron las que entraron en m llenndome de terror? La idea del tamao,
que yo no conceba sino de una manera imperfecta, se me present clara y
terrible, como si me arrojaran desde las cimas ms altas a los abismos
ms profundos. Todo esto es bello y grandioso, aunque me hace
estremecer. Quiero ver repetidas esas sensaciones sublimes. Aquella
extensin de hermosura que contempl me ha dejado anonadado: era una
cosa serena y majestuosamente inclinada hacia m como para recibirme. Yo
vea el Universo entero corriendo hacia m y estaba sobrecogido y
temeroso.... El cielo era un gran vaco atento, no lo expreso bien...
era el aspecto de una cosa extraordinariamente dotada de expresin. Todo
aquel conjunto de cielo y montaas me observaba y hacia m corra...
pero todo era fro y severo en su gran majestad. Ensenme una cosa
delicada y cariosa... la Nela, en dnde est la Nela?

Al decir esto, Golfn, descubriendo nuevamente sus ojos a la luz y
auxilindoles con anteojos hbilmente graduados, le pona en
comunicacin con la belleza visible.

--Oh! Dios mo... esto que veo es la Nela?--exclam Pablo con
entusiasta admiracin.

--Es tu prima Florentina.

--Ah!--dijo el joven lleno de confusin--. Es mi prima.... Yo no tena
idea de una hermosura semejante.... Bendito sea el sentido que permite
gozar de esta luz divina. Prima ma, eres como una msica deliciosa, eso
que veo me parece la expresin ms clara de la armona.... Y la Nela
dnde est?

--Tiempo tendrs de verla--dijo D. Francisco lleno de gozo--. Sosigate
ahora.

--Florentina, Florentina!--repiti el ciego con desvaro--. Qu tienes
en esa cara que parece la misma idea de Dios puesta en carnes? Ests en
medio de una cosa que debe de ser el sol. De tu cara salen unos como
rayos... al fin puedo tener idea de cmo son los ngeles... y tu cuerpo,
tus manos, tus cabellos vibran mostrndome ideas preciossimas... qu
es esto?

--Principia a hacerse cargo de los colores--murmur Golfn--. Quizs vea
los objetos rodeados con los colores del iris. An no posee bien la
adaptacin a las distancias.

--Te veo dentro de mis propios ojos--aadi Pablo--. Te fundes con todo
lo que pienso, y tu persona visible es para m como un recuerdo. Un
recuerdo de qu? Yo no he visto nada hasta ahora.... Habr vivido antes
de esta vida? No lo s; pero yo tena noticias de esos tus ojos. Y t,
padre, dnde ests? Ah!, ya te veo. Eres t... se me representa
contigo el amor que te tengo.... Pues y mi to?... Ambos os parecis
mucho.... En dnde est el bendito Golfn?

--Aqu... en la presencia de su enfermo--dijo Teodoro presentndose--.
Aqu estoy ms feo que Picio.... Como usted no ha visto an leones ni
perros de Terranova, no tendr idea de mi belleza.... Dicen que me
parezco a aquellos nobles animales.

--Todos son buenas personas--dijo Pablo con gran candor--; pero mi prima
a todos les lleva inmensa ventaja.... Y la Nela?, por Dios, no traen a
la Nela?

Dijronle que su lazarillo no pareca por la casa, ni podan ellos
ocuparse en buscarla, lo que le caus grandsima pena. Procuraron
calmarle, y como era de temer un acceso de fiebre, le acostaron,
incitndole a dormir. Al da siguiente era grande su postracin, pero de
todo triunf su naturaleza enrgica. Pidi que le ensearan un vaso de
agua y al verlo dijo:

--Parece que estoy bebiendo el agua slo con verla.

Del mismo modo se expres con respecto a otros objetos, los cuales
hacan viva impresin en su fantasa. Golfn despus de tratar de
remediar la aberracin de esfericidad por medio de lentes, que fue
probando uno tras otro, principi a ejercitarle en la distincin y
combinacin de los colores; pero el vigoroso entendimiento del joven
propenda siempre a distinguir la fealdad de la hermosura. Distingua
estas dos ideas en absoluto, sin que influyera nada en l ni la idea de
utilidad, ni aun la de bondad. Pareciole encantadora una mariposa que
extraviada entr en su cuarto. Un tintero le pareca horrible, a pesar
de que su to le demostr con ingeniosos argumentos, que serva para
poner la tinta de escribir... la tinta de escribir. Entre una estampa
del Crucificado y otra de Galatea navegando sobre una concha con escolta
de tritones y ninfas, prefiri esta ltima, lo que hizo mal efecto en
Florentina, que prometi ensearle a poner las cosas sagradas cien codos
por encima de las profanas. Observaba las caras con la ms viva
atencin, y la maravillosa concordancia de los accidentes faciales con
el lenguaje le pasmaba en extremo. Viendo a las criadas y a otras
mujeres de Aldeacorba, manifest el ms vivo desagrado, porque eran o
feas o insignificantes; y es que la hermosura de su prima converta en
adefesios a todas las dems mujeres. A pesar de esto, deseaba verlas a
todas. Su curiosidad era una fiebre intensa que de ningn modo poda
calmarse. Cada vez era mayor su desconsuelo por no ver a la Nela; pero
en tanto rogaba a Florentina que no dejase de acompaarle un momento.

El tercer da le dijo Golfn:

--Ya se ha enterado usted de gran parte de las maravillas del mundo
visible. Ahora es preciso que vea su propia persona.

Trajeron un espejo y Pablo se mir en l.

--Este soy yo...--dijo con loca admiracin--. Trabajo me cuesta el
creerlo.... Y cmo estoy dentro de esta agua dura y quieta? Qu cosa
tan admirable es el vidrio! Parece mentira que los hombres hayan hecho
esta atmsfera de piedra.... Por vida ma que no soy feo... no es
verdad, prima? Y t, cuando te miras aqu, sales tan guapa como eres?
No puede ser. Mrate en el cielo trasparente y all vers tu imagen.
Creers que ves a los ngeles cuando te veas a ti misma.

A solas con Florentina, y cuando esta le prodigaba a prima noche las
atenciones y cuidados que exige un enfermo, Pablo le deca:

--Prima ma, mi padre me ha ledo aquel pasaje de nuestra historia,
cuando un hombre llamado Cristbal Coln descubri el Mundo Nuevo, jams
visto por hombre alguno de Europa. Aquel navegante abri los ojos del
mundo conocido para que viera otro ms hermoso. No puedo figurrmelo a
l sino como a un Teodoro Golfn, y a la Europa como a un gran ciego
para quien la Amrica y sus maravillas fueron la luz. Yo tambin he
descubierto un Nuevo Mundo. T eres mi Amrica, t eres aquella primera
isla hermosa donde puso su pie el navegante. Faltole ver el continente
con sus inmensos bosques y ros. A m tambin me quedar por ver quizs
lo ms hermoso....

Despus cay en profunda meditacin, y al cabo de ella pregunt:

--En dnde est la Nela?

--No s qu le pasa a esa pobre muchacha--dijo Florentina--. No quiere
verte sin duda.

--Es vergonzosa y muy modesta--replic Pablo--. Teme molestar a los de
casa. Florentina, en confianza te dir que la quiero mucho. T la
querrs mucho tambin. Deseo ardientemente ver a esa buena compaera y
amiga ma.

--Yo misma ir a buscarla maana.

--S, s... pero no ests mucho tiempo fuera. Cuando no te veo, estoy
muy solo.... Me he acostumbrado a verte, y estos tres das me parecen
siglos de felicidad.... No me robes ni un minuto. Decame anoche mi
padre que despus de verte a ti no debo tener curiosidad de ver a mujer
ninguna.

--Qu tontera!--dijo la seorita ruborizndose--. Hay otras mucho ms
guapas que yo....

--No, no, todos dicen que no--afirm Pablo con vehemencia, y diriga su
cara vendada hacia la primita, como si al travs de tantos obstculos
quisiera verla an--. Antes me decan eso y yo no lo quera creer; pero
despus que tengo conciencia del mundo visible y de la belleza real, lo
creo, s, lo creo. Eres un tipo perfecto de hermosura; no hay ms all,
no puede haberlo.... Dame tu mano. El primo estrech ardientemente entre
sus manos la de la seorita.

--Ahora me ro yo--aadi l--de mi ridcula vanidad de ciego, de mi
necio empeo de apreciar sin vista el aspecto de las cosas.... Creo que
toda la vida me durar el asombro que me produjo la realidad.... La
realidad! El que no la posee es un idiota.... Florentina, yo era un
idiota.

--No, primo; siempre fuiste y eres muy discreto.... Pero no excites
ahora tu imaginacin.... Pronto ser hora de dormir. D. Teodoro ha
mandado que no se te d conversacin a esta hora, porque te desvelas....
Si no te callas me voy.

--Es ya de noche?

--S, es de noche.

--Pues sea de noche o de da, yo quiero hablar--afirm Pablo, inquieto
en su lecho, sobre el cual reposaba vestido y muy excitado--. Con una
condicin me callo, y es que no te vayas de mi lado y de tiempo en
tiempo des una palmada en la cama, para saber yo que ests ah.

--Bueno, as lo har, y ah va la primer fe de vida--dijo Florentina,
dando una palmada en la cama.

--Cuando te siento rer, parece que respiro un ambiente fresco y
perfumado, y todos mis sentidos antiguos se ponen a reproducirme tu
persona de distintos modos. El recuerdo de tu imagen subsiste en m de
tal manera que vendado te estoy viendo lo mismo.

--Vuelve la charla?... Que llamo a D. Teodoro--dijo la seorita
jovialmente.

--No... estate quieta. Si no puedo callar... si callara, todo lo que
pienso, todo lo que siento y lo que veo aqu dentro de mi cerebro me
atormentara ms.... Y quieres t que duerma!... Dormir! Si te tengo
aqu dentro, Florentina, dndome vueltas en el cerebro y volvindome
loco.... Padezco y gozo lo que no se puede decir, porque no hay palabras
para decirlo. Toda la noche la paso hablando contigo y con la Nela...
la pobre Nela!, tengo curiosidad de verla, una curiosidad muy grande.

--Yo misma ir a buscarla maana.... Vaya, se acab la conversacin.
Calladito, o me marcho.

--Qudate.... Hablar conmigo mismo.... Ahora voy a repetir las cosas
que te dije anoche, cuando hablbamos solos los dos... voy a recordar lo
que t me dijiste....

--Yo?

--Es decir, las cosas que yo me figuraba or de tu boca.... Silencio,
seorita de Penguilas... yo me entiendo solo con mi imaginacin.

Al da siguiente cuando Florentina se present delante de su primo, le
dijo:

--Traa a Mariquilla y se me escap. Qu ingratitud!

--Y no la has buscado?

--Dnde?... Huy de m! Esta tarde saldr otra vez y la buscar hasta
que la encuentre.

--No, no salgas--dijo Pablo vivamente--. Ella parecer, ella vendr
sola.

--Parece loca.

--Sabe que tengo vista?

--Yo misma se lo he dicho. Pero sin duda ha perdido el juicio. Dice que
yo soy la Santsima Virgen y me besa el vestido.

--Es que le produces a ella el mismo efecto que a todos. La Nela es tan
buena.... Pobre muchacha! Es preciso protegerla, Florentina, protegerla,
no te parece?

--Es una ingrata--dijo Florentina con tristeza.

--Ah!, no lo creas. La Nela no puede ser ingrata. Es muy buena... yo la
aprecio mucho.... Es preciso que me la busquen y me la traigan aqu.

--Yo ir.

--No, no, t no--dijo prontamente Pablo, tomando la mano de su prima--.
La obligacin de usted, seorita sin juicio, es acompaarme. Si no viene
pronto el seor Golfn a levantarme la venda y ponerme los vidrios, yo
me la levantar solo. Desde ayer no te veo, y esto no se puede sufrir,
no, no se puede sufrir.... Ha venido D. Teodoro?

--Abajo est con tu padre y el mo. Pronto subir. Ten paciencia;
pareces un chiquillo de escuela.

Pablo se incorpor con desvaro.

--Luz, luz!... Es una iniquidad que le tengan a uno tanto tiempo a
oscuras. As no se puede vivir... yo me muero. Necesito mi pan de cada
da, necesito la funcin de mis ojos.... Hoy no te he visto, prima, y
estoy loco por verte. Tengo una sed rabiosa de verte. Viva la
realidad!... Bendito sea Dios que te cri, mujer hechicera, compendio de
todas las bellezas.... Pero si despus de criar la hermosura, no hubiera
criado Dios los corazones, cun tonta sera su obra!... Luz, luz!

Subi Teodoro y le abri las puertas de la realidad, inundando de gozo
su alma. Despus pas el da tranquilo, hablando de cosas diversas.
Hasta la noche no volvi a fijar la atencin en un punto de su vida, que
pareca alejarse y disminuir y borrarse, como las naves que en un da
sereno se pierden en el horizonte. Como quien recuerda un hecho muy
antiguo, Pablo dijo:

--No ha parecido la Nela?

Djole Florentina que no, y hablaron de otra cosa.

Aquella noche sinti Pablo a deshora ruido de voces en la casa. Crey
or la voz de Teodoro Golfn, la de Florentina y la de su padre. Despus
se durmi tranquilamente, siguiendo durante su sueo atormentado por las
imgenes de todo lo que haba visto y por los fantasmas de lo que l
mismo se imaginaba. Su sueo, que principi dulce y tranquilo, fue
despus agitado y angustioso, porque en el profundo seno de su alma,
como en una caverna recin iluminada, luchaban las hermosuras y
fealdades del mundo plstico, despertando pasiones, enterrando recuerdos
y trastornando su alma toda. Al da siguiente, segn promesa de Golfn,
le permitiran levantarse y andar por la casa.




-XXI-

Los ojos matan


La habitacin destinada a Florentina en Aldeacorba era la ms alegre de
la casa. Nadie haba vivido en ella desde la muerte de la seora de
Penguilas; pero D. Francisco, creyendo a su sobrina digna de alojarse
all, arregl la estancia con pulcritud y ciertos primores elegantes que
no se conocan en vida de su esposa. Daba el balcn al Medioda y a la
huerta, por lo cual la estancia hallbase diariamente inundada de gratos
olores y de luz, y alegrada por el armonioso charlar de los pjaros.
Florentina, en los pocos das de su residencia all, haba dado a la
habitacin el molde, digmoslo as, de su persona. Diversas cosas y
partes de aquella daban a entender la clase de mujer que all viva, as
como el nido da a conocer el ave. Si hay personas que de un palacio
hacen un infierno, hay otras que para convertir una choza en palacio no
tienen ms que meterse en ella.

Era aquel da tempestuoso (y decimos aquel da, porque no sabemos qu
da era: slo sabemos que era un da). Haba llovido toda la maana.
Despus haba aclarado el cielo, y por ltimo, sobre la atmsfera hmeda
y blanca apareci majestuoso un arco iris. El inmenso arco apoyaba uno
de sus pies en los cerros de Ficbriga, junto al mar, y el otro en el
bosque de Saldeoro. Soberanamente hermoso en su sencillez, era tal que a
nada puede compararse, como no sea a la representacin absoluta y
esencial de la forma. Es un arco iris como el resumen, o mejor dicho,
principio y fin de todo lo visible.

En la habitacin estaba Florentina, no ensartando perlas ni bordando
rasos con menudos hilos de oro, sino cortando un vestido con patrones
hechos de _Imparciales_ y otros peridicos. Hallbase en el suelo, en
postura semejante a la que toman los chicos revoltosos cuando estn
jugando, y ora sentada sobre sus pies, ora de rodillas, no daba paz a
las tijeras. A su lado haba un montn de pedazos de lana, percal,
madapoln y otras telas que aquella maana haba hecho traer a toda
prisa de Villamojada, y corta por aqu, recorta por all, Florentina
haca mangas, faldas y cuerpos. No eran un modelo de corte, ni haba que
fiar mucho en la regularidad de los patrones, obra tambin de
Florentina; pero ella, reconociendo los defectos de las piezas, pensaba
que en aquel arte la buena intencin salva el resultado. Su excelente
padre le haba dicho aquella maana al comenzar la obra:

--Por Dios, Florentinilla, parece que ya no hay modistas en el mundo. No
s qu me da de ver a una seorita de buena sociedad arrastrndose por
esos suelos de Dios con tijeras en la mano.... Eso no est bien. No me
agrada que trabajes para vestirte a ti misma, y me ha de agradar que
trabajes para las dems?... para qu sirven las modistas?... para qu
sirven las modistas, eh?

--Esto lo hara cualquier modista mejor que yo--repuso Florentina
riendo--pero entonces no lo hara yo, seor pap; y precisamente quiero
hacerlo yo misma.

Despus Florentina se qued sola, no, no se qued sola, porque en el
testero principal de la alcoba, entre la cama y el ropero, haba un sof
de forma antigua, y sobre el sof dos mantas una sobre otra. En uno de
los extremos asomaba entre almohadas una cabeza reclinada con abandono.
Era un semblante desencajado y anmico. Dorma. Su sueo era un letargo
inquieto que se interrumpa a cada instante con violentas sacudidas y
terrores. Sin embargo, pareca estar ms sosegada cuando al medio da
volvi a entrar en la pieza el padre de Florentina, acompaado de
Teodoro Golfn.

Golfn se dirigi al sof, y aproximando su cara observ la de la Nela.

--Parece que su sueo es ahora ms tranquilo--dijo--. No hagamos ruido.

--Qu le parece a usted mi hija?--dijo don Manuel riendo--. No ve
usted las tareas que se da?... Sea usted imparcial, Sr. D. Teodoro, no
hay motivos para que me incomode? Francamente, cuando no hay necesidad
de tomarse una molestia, por qu se ha de tomar? Muy enhorabuena que mi
hija d al prjimo todo lo que yo le sealo para que lo gaste en
alfileres; pero esto, esta mana de ocuparse ella misma en bajos
menesteres... en bajos menesteres....

--Djela usted--replic Golfn, contemplando a la seorita de Penguilas
con cierto arrobamiento--. Cada uno, Sr. D. Manuel, tiene su modo
especial de gastar alfileres.

--No me opongo yo a que en sus caridades llegue hasta el despilfarro,
hasta la bancarrota--dijo D. Manuel pasendose pomposamente por la
habitacin con las manos en los bolsillos--. Pero no hay otro medio
mejor de hacer caridades? Ella ha querido dar gracias a Dios por la
curacin de mi sobrino... muy bueno es esto, muy evanglico... pero
veamos... pero veamos.

Detvose ante la Nela para obsequiarla con sus miradas.

--No habra sido ms razonable--aadi--que en vez de meternos en la
casa a esta pobre muchacha, hubiera organizado mi hijita una de esas
tiles solemnidades que se estilan en la corte, y en las cuales sabe
mostrar sus buenos sentimientos lo ms selecto de la sociedad? Por qu
no te ocurri celebrar una rifa? Entre los amigos hubiramos colocado
todos los billetes reuniendo una buena suma que podras destinar a los
asilos de Beneficencia. Podas haber formado una sociedad con todo el
seoro de Villamojada y su trmino, o con todo el seoro de Santa
Irene de Camp, y celebrar juntas y reunir mucho dinero.... Qu tal?
Tambin pudiste idear una corrida de toretes. Yo me hubiera encargado de
lo tocante al ganado y lidiadores.... Oh! Anoche hemos estado hablando
acerca de esto la seora doa Sofa y yo.... Aprende, aprende de esa
seora. A ella deben los pobres qu s yo cuntas cosas. Pues y las
muchas familias que viven de la administracin de las rifas? Pues y lo
que ganan los cmicos con estas funciones? Oh!, los que estn en el
Hospicio no son los nicos pobres. Me dijo Sofa que en los bailes de
mscaras dados este invierno sacaron un dineral. Verdad que se llevaron
gran parte la empresa del gas, el alquiler del teatro, los empleados...
pero a los pobres les lleg su pedazo de pan.... O si no, hija ma, lee
la estadstica... o si no, hija ma, lee la estadstica.

Florentina se rea, y no hallando mejor contestacin que repetir una
frase de Teodoro Golfn, dijo a su padre:

--Cada uno tiene su modo de gastar alfileres.

--Seor D. Teodoro--indic con desabrimiento D. Manuel--convenga usted
en que no hay otra como mi hija.

--S, en efecto--manifest Teodoro con intencin profunda, contemplando
a la joven--no hay otra como Florentina.

--Con todos sus defectos--dijo el padre acariciando a la seorita--la
quiero ms que a mi vida. Esta pcara vale ms oro que pesa.... Vamos a
ver qu te gusta ms, Aldeacorba de Suso o Santa Irene de Camp?

--No me disgusta Aldeacorba.

--Ah!, picarona... ya veo el rumbo que tomas.... Bien, me parece bien.
Saben ustedes que a estas horas mi hermano le est echando un sermn a
su hijo? Cosas de familia: de esto ha de salir algo bueno. Mire usted,
D. Teodoro, cmo se pone mi hija; ya tiene en su cara todas las rosas de
Mayo. Voy a ver lo que dice mi hermano... a ver lo que dice mi hermano.

Retirose el buen hombre. Teodoro se acerc a la Nela para observarla de
nuevo.

--Ha dormido anoche?--pregunt a Florentina.

--Poco. Toda la noche la o suspirar y llorar. Esta noche tendr una
buena cama, que he mandado traer de Villamojada. La pondr en ese
cuartito que est junto al mo.

--Pobre Nela!--exclam el mdico--. No puede usted figurarse el inters
que siento por esta infeliz criatura. Alguien se reir de esto; pero no
somos de piedra. Lo que hagamos para enaltecer a este pobre ser y
mejorar su condicin, entindase hecho en pro de una parte no pequea
del gnero humano. Como la Nela hay muchos miles de seres en el mundo.
Quin los conoce?, dnde estn? Estn perdidos en los desiertos
sociales... que tambin hay desiertos sociales; estn en lo ms oscuro
de las poblaciones, en lo ms solitario de los campos, en las minas, en
los talleres. Frecuentemente pasamos junto a ellos y no les vemos....
Les damos limosna sin conocerles.... No podemos fijar nuestra atencin
en esa miserable parte de la sociedad. Al principio cre que la Nela era
un caso excepcional; pero no, he meditado, he recordado y he visto que
es un caso de los ms comunes. Este es un ejemplo del estado a que
vienen los seres moralmente organizados para el bien, para el saber,
para la virtud y que por su abandono y apartamiento no pueden
desarrollar las fuerzas de su alma. Viven ciegos del espritu, como
Pablo Penguilas ha vivido ciego del cuerpo teniendo vista.

Florentina, vivamente impresionada, pareca haber comprendido las
observaciones de Golfn.

--Aqu la tiene usted--aadi este--. Posee una fantasa preciosa,
sensibilidad viva; sabe amar con ternura y pasin; tiene su alma aptitud
maravillosa para todo aquello que del alma depende; pero al mismo tiempo
est llena de las supersticiones ms groseras; sus ideas religiosas son
vagas, monstruosas, equivocadas; sus ideas morales no tienen ms gua
que el sentido natural. No tiene ms educacin que la que ella misma se
ha dado, como planta que se fecunda con sus propias hojas secas. Nada
debe a los dems. Durante su niez no ha odo ni una leccin, ni un
amoroso consejo, ni una santa homila. Se gua por ejemplos que aplica a
su antojo. Su criterio es suyo, propiamente suyo. Como tiene imaginacin
y sensibilidad, como su alma se ha inclinado desde el principio a adorar
algo, ha adorado la Naturaleza lo mismo que los pueblos primitivos. Sus
ideales son naturalistas, y si usted no me entiende bien, querida
Florentina, se lo explicar mejor en otra ocasin.

Su espritu da a la forma, a la belleza una preferencia sistemtica.
Todo su ser, sus afectos todos giran en derredor de esta idea. Las
preeminencias y las altas dotes del espritu son para ella una regin
confusa, una tierra apenas descubierta, de la cual no se tienen sino
noticias vagas por algn viajero nufrago. La gran conquista evanglica,
que es una de las ms gloriosas que ha hecho nuestro espritu, apenas
llega a sus odos como un rumor... es como una sospecha semejante a la
que los pueblos asiticos tienen del saber europeo, y si no me entiende
usted bien, querida Florentina, ms adelante se lo explicar mejor....

Pero ella est hecha para realizar en poco tiempo grandes progresos y
ponerse al nivel de nosotros. Almbresele un poco y recorrer con paso
gigantesco los siglos... est muy atrasada, ve poco; pero teniendo luz
andar. Esa luz no se la ha dado nadie hasta ahora, porque Pablo
Penguilas, por su ignorancia de la realidad visible, contribua sin
quererlo a aumentar sus errores. Ese idealista exagerado y loco no es el
mejor maestro para un espritu de esta clase. Nosotros ensearemos la
verdad a esta pobre criatura, resucitado ejemplar de otros siglos; le
haremos conocer las dotes del alma; la traeremos a nuestro siglo;
daremos a su espritu una fuerza que no tiene; sustituiremos su
naturalismo y sus rudas supersticiones con una noble conciencia
cristiana. Aqu tenemos un admirable campo, una naturaleza primitiva, en
la cual ensayaremos la enseanza de los siglos; haremos rodar el tiempo
sobre ella con las mltiples verdades descubiertas; crearemos un nuevo
ser, porque esto, querida Florentina (no lo interprete usted mal), es lo
mismo que crear un nuevo ser, y si usted no lo entiende, en otra ocasin
se lo explicar mejor.

Florentina, a pesar de no ser sabihonda, algo crey entender de lo que
en su original estilo haba dicho Golfn. Tambin ella iba a hacer sus
observaciones sobre aquel tema; pero en el mismo instante despert la
Nela. Sus ojos se revolvieron temerosos observando toda la estancia,
despus se fijaron alternativamente en las dos personas que la
contemplaban.

--Nos tienes miedo?--le dijo Florentina dulcemente.

--No seora, miedo no--balbuci la Nela--. Usted es muy buena. El Sr. D.
Teodoro tambin.

--No ests contenta aqu? Qu temes?

Golfn le tom una mano.

--Hblanos con franqueza--le dijo--a cul de los dos quieres ms, a
Florentina o a m?

La Nela no contest. Florentina y Golfn sonrean; pero ella guardaba
una seriedad taciturna.

--Oye una cosa, tontuela--prosigui el mdico--. Ahora has de vivir con
uno de nosotros. Florentina se queda aqu, yo me marcho. Decdete por
uno de los dos. A cul escoges?

Marianela dirigi sus miradas de uno a otro semblante, sin dar
contestacin categrica. Por ltimo se detuvieron en el rostro de
Golfn.

--Se me figura que soy yo el preferido.... Es una injusticia, Nela;
Florentina se va a enojar.

La pobre enferma sonri entonces, y extendiendo una de sus dbiles manos
hacia la seorita de Penguilas, murmur:

--No quiero que se enoje.

Al decir esto, Mara se qued lvida; alarg su cuello, sus ojos se
desencajaron. Su odo prestaba atencin a un rumor terrible. Haba
sentido pasos.

--Viene!--exclam Golfn, participando del terror de su enferma.

--Es l--dijo Florentina, apartndose del sof y corriendo hacia la
puerta.

Era l. Pablo haba empujado la puerta y entraba despacio, marchando en
direccin recta, por la costumbre adquirida durante su larga ceguera.
Vena riendo, y sus ojos, libres de la venda que l mismo se haba
levantado, miraban hacia adelante. No habindose familiarizado an con
los movimientos de rotacin del ojo, apenas perciba las imgenes
laterales. Podra decirse de l, como de muchos que nunca fueron ciegos
de los ojos, que slo vea lo que tena delante.

--Primita--dijo avanzando hacia ella--. Cmo no has ido a verme hoy?,
yo vengo a buscarte. Tu pap me ha dicho que ests haciendo trajes para
los pobres. Por eso te perdono.

Florentina no supo qu contestar. Estaba contrariada. Pablo no haba
visto al doctor ni a la Nela. Florentina para alejarle del sof, se
haba dirigi hacia el balcn, y recogiendo algunos trozos de tela, se
haba sentado en ademn de ponerse a trabajar. Babala la risuea luz
del sol, coloreando esplndidamente su costado izquierdo y dando a su
hermosa tez moreno-rosa el realce ms encantador. Brillaba entonces su
belleza como personificacin hechicera de la misma luz. Su cabello en
desorden, su vestido suelto llevaban al ltimo grado la elegancia
natural de la gentil doncella, cuya actitud casta y noble superaba a las
ms perfectas concepciones del arte.

--Primito--dijo contrayendo ligeramente el hermoso entrecejo--D. Teodoro
no te ha dado todava permiso para quitarte hoy la venda. Eso no est
bien.

--Me lo dar despus--replic el mancebo riendo--. No me puede suceder
nada. Me encuentro bien. Y si algo me sucede algo, no me importa. No, no
me importa quedarme ciego otra vez despus de haberte visto.

--Qu bueno estara eso!...--dijo Florentina en tono de reprensin.

--Estaba en mi cuarto solo; mi padre haba salido, despus de hablarme
de ti.... T ya sabes lo que me ha dicho....

--No, no s nada--replic la joven, fijando sus ojos en la costura.

--Pues yo s lo s... Mi padre es muy razonable. Nos quiere mucho a los
dos.... Cuando mi padre sali, levanteme la venda y mir al campo.... Vi
el arco iris y me qued asombrado, mudo de admiracin y de fervor
religioso.... No s por qu aquel sublime espectculo, para m
desconocido hasta hoy, me dio la idea ms perfecta de la armona del
mundo.... No s por qu, al mirar la perfecta unin de sus colores,
pensaba en ti.... No s por qu, viendo el arco iris, dije: yo he
sentido antes esto en alguna parte... Me produjo sensacin igual a la
que sent al verte, Florentina de mi alma. El corazn no me caba en el
pecho: yo quera llorar... llor mucho y las lgrimas cegaron por un
instante mis ojos. Te llam, no me respondiste.... Cuando mis ojos
pudieron ver de nuevo, el arco iris haba desaparecido.... Sal para
buscarte, cre que estabas en la huerta... baj, sub, y aqu estoy....
Te encuentro tan maravillosamente hermosa que me parece que nunca te he
visto bien hasta hoy... nunca hasta hoy, porque ya he tenido tiempo de
comparar.... He visto muchas mujeres... todas son horribles junto a
ti.... Si me cuesta trabajo creer que hayas existido durante mi
ceguera.... No, no, lo que me ocurre es que naciste en el momento en que
se hizo la luz dentro de m, que te cre mi pensamiento en el instante
de ser dueo del mundo visible.... Me han dicho que no hay ninguna
criatura que a ti se compare. Yo no lo quera creer; pero ya lo creo, lo
creo como creo en la luz.

Diciendo esto puso una rodilla en tierra. Alarmada y ruborizada
Florentina dej de prestar atencin a la costura.

--Primo... por Dios!...--murmur.

--Prima... por Dios!--exclam Pablo con entusiasmo candoroso--por qu
eres t tan bonita?... Mi padre es muy razonable... no se puede oponer
nada a su lgica ni a su bondad.... Florentina, yo cre que no poda
quererte; yo cre posible querer a otra ms que a ti.... Qu necedad!
Gracias a Dios que hay lgica en mis afectos.... Mi padre, a quien he
confesado mis errores, me ha dicho que yo amaba a un monstruo.... Ahora
puedo decir que idolatro a un ngel. El estpido ciego ha visto ya y al
fin presta homenaje a la verdadera hermosura... pero yo tiemblo... no
me ves temblar? Te estoy viendo y no deseo ms que poder cogerte y
encerrarte dentro de mi corazn, abrazndote y apretndote contra mi
pecho... fuerte, muy fuerte.

Pablo, que haba puesto las dos rodillas en tierra, se abrazaba a s
mismo.

--Yo no s lo que siento--aadi con turbacin, torpe la lengua, plido
el rostro--. Cada da descubro un nuevo mundo, Florentina. Descubr el
de la luz, descubro hoy otro.... Es posible que t, tan hermosa, tan
divina, seas para m? Prima, prima ma, esposa de mi alma!

Pareca que iba a caer al suelo desvanecido. Florentina hizo ademn de
levantarse. Pablo le tom una mano; despus, retirando l mismo la ancha
manga que lo cubra, besole el brazo con vehemente ardor, contando los
besos.

--Uno, dos, tres, cuatro.... Yo me muero!

--Quita, quita--dijo Florentina, ponindose en pie, y haciendo levantar
tras ella a su primo--. Seor doctor, rale usted.

Teodoro grit:

--Pronto... esa venda en los ojos, y a su cuarto, joven!

Confuso volvi el joven su rostro hacia aquel lado. Tomando la visual
recta vio al doctor junto al sof de paja cubierto de mantas.

--Est usted ah, Sr. Golfn?--dijo acercndose en lnea recta.

--Aqu estoy--repuso Golfn seriamente. Creo que debe usted ponerse la
venda y retirarse a su habitacin. Yo le acompaar.

--Me encuentro perfectamente.... Sin embargo, obedecer... Pero antes
djenme ver esto.

Observaba la manta y entre las mantas una cabeza cadavrica y de aspecto
muy desagradable. En efecto, pareca que la nariz de la Nela se haba
hecho ms picuda, sus ojos ms chicos, su boca ms insignificante, su
tez ms pecosa, sus cabellos ms ralos, su frente ms angosta. Con los
ojos cerrados, el aliento fatigoso, entreabiertos los crdenos labios,
la infeliz pareca hallarse en la postrera agona, sntoma inevitable de
la muerte.

--Ah!--dijo Pablo--mi to me dijo que Florentina haba recogido una
pobre.... Qu admirable bondad!... Y t, infeliz muchacha, algrate, has
cado en manos de un ngel.... Ests enferma? En mi casa no te faltar
nada.... Mi prima es la imagen ms hermosa de Dios.... Esta pobrecita
est muy mala, no es verdad, doctor?

--S--dijo Golfn--, le conviene estar sola y no or hablar.

--Pues me voy.

Pablo alarg una mano hasta tocar aquella cabeza que le pareca la
expresin ms triste de la miseria y desgracia humanas. Entonces la Nela
movi los ojos y los fij en su amo. Pablo se crey Pablo mirado desde
el fondo de un sepulcro; tanta era la tristeza y el dolor que en aquella
mirada haba. Despus la Nela sac de entre las mantas una mano flaca,
tostada y spera y tom la mano del seorito de Penguilas, quien al
sentir su contacto se estremeci de pies a cabeza y lanz un grito en
que toda su alma gritaba.

Hubo una pausa angustiosa, una de esas pausas que preceden a las
catstrofes del espritu, como para hacerlas ms solemnes.

Con voz temblorosa, que en todos produjo trgica emocin, la Nela dijo:

--S, seorito mo, yo soy la Nela.

Lentamente y como si moviera un objeto de mucho peso, llev a sus secos
labios la mano del seorito y le dio un beso... despus un segundo
beso... y al dar el tercero, sus labios resbalaron inertes sobre la piel
del mancebo.

Despus callaron todos. Callaban mirndola. El primero que rompi la
palabra fue Pablo, que dijo:

--Eres t... Eres t!...

Despus le ocurrieron muchas cosas, pero no pudo decir ninguna. Era
preciso para ello que hubiera descubierto un nuevo lenguaje, as como
haba descubierto dos nuevos mundos, el de la luz, y el del amor por la
forma. No haca ms que mirar, mirar y hacer memoria de aquel tenebroso
mundo en que haba vivido, all donde quedaban perdidos entre la bruma
sus pasiones, sus ideas y sus errores de ciego.

Florentina se acerc derramando lgrimas, para examinar el rostro de la
Nela, y Golfn que la observaba como hombre y como sabio, pronunci
estas lgubres palabras.

--La mat! Maldita vista suya!

Y despus mirando a Pablo con severidad le dijo:

--Retrese usted.

--Morir... morirse as sin causa alguna.... Esto no puede ser--exclam
Florentina con angustia, poniendo la mano sobre la frente de la Nela--.
Mara!... Marianela!

La llam repetidas veces, inclinada sobre ella, mirndola como se mira y
como se llama desde los bordes de un pozo a la persona que se ha cado
en l y se sumerge en las hondsimas y negras aguas.

--No responde--dijo Pablo con terror.

Golfn tentaba aquella vida prxima a su extincin y observ que bajo su
tacto an lata la sangre.

Pablo se inclin sobre ella, acerc sus labios al odo de la moribunda y
grit:

--Nela, Nela, amiga querida!

Entonces ella se agit, abri los ojos, movi las manos. Pareca que
haba vuelto desde muy lejos. Al ver que las miradas de Pablo se
clavaban en ella con observadora curiosidad, hizo un movimiento de
vergenza y terror, y quiso ocultar su pobre rostro como se oculta un
crimen.

--Qu es lo que tiene?--exclam Florentina con ardor--. D. Teodoro, no
es usted hombre si no la salva.... Si no la salva usted es usted un
charlatn.

La insigne joven pareca colrica en fuerza de ser caritativa.

--Nela!--repiti Pablo, traspasado de dolor y no repuesto del asombro
que le haba producido la vista de su lazarillo--. Parece que me tienes
miedo. Qu te he hecho yo?

La enferma alarg entonces sus manos, tom la de Florentina y la puso
sobre su pecho; tom despus la de Pablo y la puso tambin sobre su
pecho. Despus las apret all desarrollando un poco de fuerza. Sus ojos
hundidos les miraban; pero su mirada era lejana, vena de all abajo, de
algn hoyo profundo y oscuro. Hay que decir como antes que miraba desde
el lbrego hueco de un pozo que a cada instante era ms hondo. Su
respiracin fue de pronto muy fatigosa. Suspir varias veces, oprimiendo
sobre su pecho con ms fuerza las manos de los dos jvenes.

Teodoro puso en movimiento toda la casa; llam y grit; hizo traer
medicinas, poderosos revulsivos, y trat de suspender el rpido descenso
de aquella vida.

--Difcil es--exclam--detener una gota de agua que resbala, que resbala
ay!, por la pendiente abajo y est ya a dos pulgadas del Ocano; pero
lo intentar.

Mand retirar a todo el mundo. Slo Florentina qued en la estancia.
Ah!, los revulsivos potentes, los excitantes nerviosos mordiendo el
cuerpo desfallecido para irritar la vida, hicieron estremecer los
msculos de la infeliz enferma; pero a pesar de esto se hunda ms a
cada instante.

--Es una crueldad--dijo Teodoro con desesperacin, arrojando la mostaza
y los excitantes--es una crueldad lo que estamos haciendo. Echamos
perros al moribundo para que el dolor de las mordidas le haga vivir un
poco ms. Afuera todo eso.

--No hay remedio?

--El que mande Dios.

--Qu mal es este?

--La muerte--vocifer con cierta inquietud delirante, impropia de un
mdico.

--Pero qu mal le ha trado la muerte?

--La muerte.

--No me explico bien. Quiero decir que de qu...

--De muerte! No s si pensar que ha muerto de vergenza, de celos, de
despecho, de tristeza, de amor contrariado. Singular patologa! No, no
sabemos nada... slo sabemos cosas triviales.

--Oh!, qu mdicos!

--Nosotros no sabemos nada. Conocemos algo de la superficie.

--Esto qu es?

--Parece una meningitis fulminante.

--Y qu es eso?

--Cualquier cosa.... La muerte!

--Es posible que se muera una persona sin causa conocida, casi sin
enfermedad?... Seor Golfn, qu es esto?

--Lo s yo acaso?

--No es usted mdico?

--De los ojos, no de las pasiones.

--De las pasiones!--exclam hablando con la moribunda--. Y a ti, pobre
criatura, qu pasiones te matan?

--Pregntelo usted a su futuro esposo.

Florentina se qued absorta, estupefacta.

--Infeliz!--exclam con ahogado sollozo--. Puede el dolor moral matar
de esta manera?

--Cuando yo la recog en la Trascava, estaba ya consumida por una fiebre
espantosa.

--Pero eso no basta ay!, no basta.

--Usted dice que no basta. Dios, la Naturaleza dicen que s.

--Si parece que ha recibido una pualada.

--Recuerde usted lo que han visto hace poco estos ojos que se van a
cerrar para siempre. Considere usted que la amaba un ciego y que ese
ciego ya no lo es, y la ha visto... la ha visto!... la ha visto!, lo
cual es como un asesinato.

--Oh!, qu horroroso misterio.

--No, misterio no--grit Teodoro con cierto espanto--es el horrendo
desplome de las ilusiones, es el brusco golpe de la realidad, de esa
niveladora implacable que se ha interpuesto al fin entre esos dos nobles
seres. Yo he trado esa realidad, yo!

--Oh!, qu misterio!--repiti Florentina, que no comprenda bien por
el estado de su nimo.

--Misterio no, no--volvi a decir Teodoro, ms agitado a cada
instante--es la realidad pura, la desaparicin sbita de un mundo de
ilusiones. La realidad ha sido para l nueva vida, para ella ha sido
dolor y asfixia, ha sido la humillacin, la tristeza, el desaire, el
dolor, los celos... la muerte!

--Y todo por....

--Todo por unos ojos que se abren a la luz... a la realidad!... No
puedo apartar esta palabra de mi mente. Parece que la tengo escrita en
mi cerebro con letras de fuego.

--Todo por unos ojos.... Pero el dolor puede matar tan pronto?... casi
sin dar tiempo a ensayar un remedio!

--No s--replic Teodoro inquieto, confundido, aterrado, contemplando
aquel libro humano de caracteres oscuros, en los cuales la vista
cientfica no poda descifrar la leyenda misteriosa de la muerte y la
vida.

--No sabe!--dijo Florentina con desesperacin--. Entonces para qu es
mdico?

--No s, no s, no s--exclam Teodoro, golpendose el crneo melenudo
con su zarpa de len--. S, una cosa s, y es que no sabemos ms que
fenmenos superficiales. Seora, yo soy un carpintero de los ojos nada
ms.

Despus fij los suyos con atencin profunda en aquello que fluctuaba
entre persona y cadver, y con acento de amargura exclam:

--Alma! qu pasa en ti?

Florentina se ech a llorar.

--El alma--murmur, inclinando su cabeza sobre el pecho--ya ha volado!

--No--dijo Teodoro, tocando a la Nela--. An hay aqu algo; pero es tan
poco, que parece ha desaparecido ya su alma y han quedado sus suspiros.

--Dios mo!...--exclam la de Penguilas, empezando una oracin.

--Oh!, desgraciado espritu!--murmur Golfn--. Es evidente que estaba
muy mal alojado....

Los dos la observaron muy de cerca.

--Sus labios se mueven--grit Florentina.

--Habla.

S, los labios de la Nela se movieron. Haba articulado una, dos, tres
palabras.

--Qu ha dicho?

--Qu ha dicho?

Ninguno de los dos pudo comprenderlo. Era sin duda el idioma con que se
entienden los que viven la vida infinita.

Despus sus labios no se movieron ms. Estaban entreabiertos y se vea
la fila de blancos dientecillos. Teodoro se inclin, y besando la frente
de la Nela, dijo as con firme acento:

--Mujer, has hecho bien en dejar este mundo.

Florentina se ech a llorar, murmurando con voz ahogada y temblorosa:

--Yo quera hacerla feliz, y ella no quiso serlo.




-XXII-

Adis


Cosa rara, inaudita! La Nela que nunca haba tenido cama, ni ropa, ni
zapatos, ni sustento, ni consideracin, ni familia, ni nada propio, ni
siquiera nombre, tuvo un magnfico sepulcro que caus no pocas envidias
entre los vivos de Socartes. Esta magnificencia pstuma fue la ms
grande irona que se ha visto en aquellas tierras calaminferas. La
seorita Florentina, consecuente con sus sentimientos generosos, quiso
atenuar la pena de no haber podido socorrer en vida a la Nela, con la
satisfaccin de honrar sus pobres despojos despus de la muerte. Algn
positivista empedernido, criticona por esto; pero nosotros vemos en tan
desusado hecho una prueba ms de la delicadeza de su alma.

Cuando la enterraron, los curiosos que fueron a verla esto s que es
inaudito y raro! la encontraron casi bonita; al menos as lo decan. Fue
la nica vez que recibi adulaciones.

Los funerales se celebraron con pompa, y los clrigos de Villamojada
abrieron tamaa boca al ver que se les daba dinero por echar responsos a
la hija de la Canela. Era estupendo, fenomenal que un ser cuya
importancia social haba sido casi semejante a la de los insectos,
fuera causa de encender muchas luces, de tender muchos paos y de poner
roncos a sochantres y sacristanes. Esto, a fuerza de ser extrao, rayaba
en lo chistoso. No se habl de otra cosa en seis meses.

La sorpresa y... dgase de una vez, la indignacin de aquellas buenas
muchedumbres llegaron a su colmo cuando vieron que por el camino
adelante venan dos carros cargados con enormes piezas de piedra blanca
y fina. Ah! En el entendimiento de la Seana se verificaba una
espantosa confusin de ideas, un verdadero cataclismo intelectual, un
caos, al considerar que aquellas piedras blancas y finas eran el
sepulcro de la Nela. Si ante la Seana volara un buey o discurriera su
marido, ya no le llamara la atencin.

Revolvieron los libros parroquiales de Villamojada, porque era preciso
que despus de muerta tuviera un nombre fijo la que se haba pasado sin
l en vida, como lo prueba esta misma historia, donde se la nombra de
distintos modos. Hallado aquel requisito indispensable para figurar en
los archivos de la muerte, la magnfica piedra sepulcral que se
ostentaba orgullosa en medio de las rsticas cruces del cementerio de
Aldeacorba tena grabados estos renglones:

  R. I. P.
  MARA MANUELA TLLEZ
  RECLAMOLA EL CIELO
  EN 12 DE OCTUBRE DE 186...

Una guirnalda de flores primorosamente tallada en el mrmol coronaba
esta inscripcin. Algunos meses despus, cuando ya Florentina y Pablo
Penguilas se haban casado y cuando (dgase la verdad, porque la verdad
es antes que todo)... cuando nadie en Aldeacorba de Suso se acordaba ya
de la Nela, fueron viajando por aquellos pases unos extranjeros de esos
que llaman _turistas_, y luego que vieron el soberbio tmulo de mrmol
alzado en el cementerio por la piedad religiosa y el afecto sublime de
una ejemplar mujer, se quedaron embobados de admiracin, y sin ms
averiguaciones escribieron en su cartera de apuntes estas observaciones,
que con el ttulo de _Sketches from Cantabria_ public ms tarde un
peridico ingls.

Lo que ms sorprende en Aldeacorba es el esplndido sepulcro erigido en
el cementerio, sobre la tumba de una ilustre joven, clebre en aquel
pas por su hermosura. _Doa Mariquita Manuela Tllez_ perteneci a una
de las familias ms nobles y acaudaladas de Cantabria, la familia de
Tllez Girn y de Trastamara. De un carcter _espiritual_, potico y
algo caprichoso, tuvo el antojo (_take a fancy_) de andar por los
caminos tocando la guitarra y cantando odas de Caldern, y se vesta de
andrajos para confundirse con la turba de mendigos, buscones,
_trovadores_, toreros, frailes, hidalgos, gitanos y _muleteros_, que en
las _kermesas_ forman esa abigarrada plebe espaola que subsiste y
subsistir siempre, independiente y pintoresca, a pesar de los _rails_ y
de los peridicos que han empezado a introducirse en la pennsula
occidental. El _abad_ de Villamojada lloraba hablndonos de los
caprichos, de las virtudes y de la belleza de la aristocrtica
ricahembra, la cual saba presentarse en los saraos, fiestas y _caas_
de Madrid con el porte (_deportment_) ms aristocrtico. Es incalculable
el nmero de bellos _romanceros_, sonetos y madrigales compuestos en
honor de esta gentil doncella por todos los poetas espaoles.

Bastome leer esto para comprender que los dignos _reporters_ haban
visto visiones. Trat de averiguar la verdad, y de la verdad que
averig result este libro.

Despidmonos para siempre de esta tumba, de la cual se ha hablado en
_El Times_. Volvamos los ojos hacia otro lado, busquemos a otro ser,
rebusqumosle, porque es tan chico que apenas se ve, es un insecto
imperceptible, ms pequeo sobre la faz del mundo que el _philloxera_ en
la breve extensin de la via. Al fin le vemos; all est, pequeo,
mezquino, atomstico. Pero tiene alientos y lograr ser grande. Od su
historia, que es de las ms interesantes....

Pues seor....

Pero no: este libro no le corresponde. Acoged bien el de Marianela y a
su debido tiempo se os dar el de Celipn.

FIN DE MARIANELA

Madrid.--Enero de 1878.



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