The Project Gutenberg eBook, Lzaro, by Jacinto Octavio Picn


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Title: Lzaro
       casi novela


Author: Jacinto Octavio Picn



Release Date: September 1, 2008  [eBook #26506]

Language: Spanish

Character set encoding: ISO-8859-1


***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LZARO***


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LZARO

CASI NOVELA

por

JACINTO OCTAVIO PICN







MADRID

LIBRERA DE FERNANDO FE

Carrera de S. Jernimo, 2

SEVILLA

LIBRERA DE HIJOS DE FE

Sierpes, nm. 104

1882

MADRID: 1882.--Imp. de D.A.P. Dubrull, Flor Baja, 22

_Porque es necesario que esto corruptible
se vista de incorruptibilidad: y esto
que es mortal se vista de inmortalidad._

(SAN PABLO: Epist. I. I. a los corintios,
cap. XV, vers. 53.)




LZARO.




I.


A mediados del siglo pasado, en una plaza de Madrid, formando rinconada
con un convento, claveteada la puerta, fornido el balconaje y severo el
aspecto de la fachada, se alzaba una casa con honores de palacio, a
cuyos umbrales dormitaban continuamente media docena de criados y un
enjambre de mendigos que, contrastando con la altivez del edificio,
ostentaban al sol todo el mugriento repertorio de sus harapos. Algunos
aos despus, un piadoso testamento leg la finca a la comunidad vecina,
y en nuestro siglo descredo y rapaz, la desamortizacin incluy en los
bienes nacionales aquella adquisicin que los pobres frailes deban a
las legtimas gestiones de un confesor o al tardo arrepentimiento de un
moribundo. Un radical de entonces, que luego se hizo, como es costumbre,
hombre conservador y de orden, la compr por un pedazo de pan; y tras
servir sucesivamente como depsito de leas, mesn de arrieros, colegio
de nios, caf cantante y _club_ revolucionario, vino a albergar una
sociedad de baile en la planta baja, una oficina en el principal, y no
s cuntas habitaciones de pago dominguero en el interior de ambos
pisos.

Aquella era la casa de los Tumbagas de Almendrilla. Nada queda de las
grandezas de tan ilustre raza, y aun se teme que por falta de
puntualidad en satisfacer derechos de lanzas y medias anatas, haya
caducado el ttulo que ostentaron, y cuyo origen se pierde en la noche
de los tiempos.

Como el de griegos y romanos, es incierto el origen de los Tumbagas de
Almendrilla; pero eso mismo realza la antigedad de su ralea, pues las
cosas, las instituciones y los hombres parece que adquieren importancia
con andar su nacimiento envuelto entre dudas y perplejidades de erudito.
Dicho sea de paso, ninguno se ha propuesto poner en claro cul fue la
cuna de tan ilustres varones; pero si tal hubiese sucedido, nada habra
sacado en limpio, pues, llegando la indagacin a ciertas pocas, se para
como ante muro de piedra o cortadura de monte, sin que se pueda
averiguar lo que hay de cierto sobre que el primer Tumbaga fuese uno de
los que acompaaron a Tbal en su venida a Espaa.

Fundndose en races de palabras, cuyos tallos nadie conoce, dicen
algunos que el origen de la raza no va ms all de la primera colonia
fenicia, y hay quien afirma que lo de Almendrilla viene de un enorme
pen, as llamado, que sobre la cabeza de los moros dej caer un
Tumbaga desde las fragosidades en que D. Pelayo rechaz a los hijos del
frica. Ello es que en la poca de los godos y al empezar la
reconquista, haba ya Tumbagas de Almendrilla, y los habr siempre, a no
ser que en las pginas de este relato muera el solo individuo que queda
de tan nobilsima estirpe.

En vano se ha querido manchar el blasn de aquella ilustre casa. No es
cierto que en tiempos del apocado Mauregato fuese un Tumbaga quien
intervino en el famoso tributo de las cien doncellas. No est probado
tampoco que cuando Sancho el Bravo se sublev contra su padre, por
creerle chiflado y a manera de espiritista, fuese un Tumbaga quien le
alent en la criminal rebelin. Son, en cambio, innumerables, y se
convencer de ello el que pueda, los beneficios, hazaas, hechos
gloriosos o tiles que los Tumbagas de Almendrilla han realizado en pro
de la patria espaola, dando pruebas de valor, tacto, arrojo y otras mil
cosas escritas en caracteres ilegibles, almacenadas para solaz de
ratones y pesadumbre de tablas de biblioteca.

Reinando Isabel I, un Tumbaga ide poner cruces en las torres de la
Alhambra. Bajo Carlos de Gante, cuando la nobleza castellana se hizo de
turbulenta cortesana y de independiente palaciega, trocando hierros y
armaduras por rasos y brocados, un Tumbaga fue el primero que se
present en la corte llevando sobre los guantes de gamuza las armas de
su escudo bordadas con sedas de colores. En los tiempos del prudente y
piadossimo Felipe II, no hubo auto de fe que achicharrara maldecidos y
perniciosos herejes a que no asistiera cerca del monarca un Tumbaga. Y
mientras Felipe III ocup el trono, para mayor gloria de nuestro nombre
y terror de nuestros enemigos, otro Tumbaga ilustr su apellido
sirviendo los amorosos caprichos de Uceda, que era entonces como servir
al Rey mismo. Felipe IV y la Calderona no tuvieron confidente ms fiel
que Pedro de Tumbaga; y los bosquecillos del Pardo, las enramadas del
Retiro, conservan todava aosos troncos bajo los cuales el orgulloso
magnate esper, calado por el agua del cielo, a que el autor de _La vida
por su dama_ cortase la sabrosa pltica que en los camarines de aquellos
palacios tena con la famosa comedianta.

En reinados posteriores, los Tumbagas ocuparon puestos donde bien
pudieran haber sido tiles a la Religin o al Rey: uno mandaba en las
procesiones el piquete de honor; acompaaba otro, espada en mano, al
Santsimo Sacramento; daba ste la guardia al Santo Sepulcro;
encargbase aqul, durante el verano, del mando de las falas de paseo
en los estanques de los Sitios Reales. Todos dejaron escrito en la
historia de su casa algn rasgo notable de tan azarosa, pero gloriosa
vida. Ni Carlos III hubiese podido ajustar el patritico Pacto de
familia, ni las fiestas reales de tiempo de Carlos IV hubieran tenido
tanto lustre, a no mediar en las negociaciones y toreos un Tumbaga.
Durante el cautiverio de Fernando el Deseado, mientras el populacho,
inconsciente y salvaje, preparaba motines como el _Dos de Mayo_, los
Tumbagas rodeaban al Rey, dispuestos a perder la vida en su servicio,
aunque contenidos por la tradicin, que les impona antes el sacrificio
del patriotismo que el de la propia lealtad.

El escudo de aquellos nclitos varones es honroso jeroglfico, vivo
recuerdo de triunfos, honores, distinciones y victorias. Tres cabezas de
moro en campo verde no recuerdan, como algunos pretenden, la salvaje
hazaa de haber vencido a tres sectarios de Mahoma, sino la graciosa
broma de un Tumbaga que en cierto baile de trajes se present vestido de
berberisco con dos amigos. Un gallo, desplegadas las alas y apoyado en
sola una pata, recuerda que quien primero puso en su casa veleta de esta
clase fue un Tumbaga; y el mote de la cinta que dice _Yo solo_, no
indica que algn Tumbaga hiciese algo que merezca ser tenido por
gloriosamente egosta, sino que uno de tan envidiable estirpe fue quien
intervino en las diferencias que separaron a Fernando VII de Pepa la
Naranjera.

La familia no se ha extinguido, y muy lejos de la corte, entre las
sinuosidades de un valle que en vano pugnan por fecundar riachuelos
exhaustos de agua en el verano, y ricos en todo el ao de guijarros, hay
una casa de labranza, donde viven los ltimos Tumbagas, ignorados del
mundo y casi ignorantes de lo que su nombre fue en otro tiempo. Los
olivos de spero y dislocado tronco, los naranjos sobre cuyo verde
oscuro resaltan las encendidas notas de sus frutos, y las robustas
encinas que asientan como garras gigantescas sus races desnudas en la
seca tierra, pueblan las vertientes de los cerros coronados de calvos y
cenicientos peascos. A largas distancias, como escondindose en las
desigualdades del campo, se alzan cortijos y granjas, cercadas por
tapias de cascote; el viento mueve blandamente la alta copa de alguna
palmera que parece centinela avanzado de otros climas, y en el oscuro
centro de los bosquecillos de adelfas y granados entonan los ruiseores
sus cantos de amor y sus gorjeos de alegra.

De tales encantos rodeada se alza la casa del to Tumbaga, labriego
querido y respetado en la comarca, como pudiera serlo cualquiera de sus
antepasados cuando se cubra ante el Rey, y a quien ms que el olivar o
las tierras de pan llevar que constituyen su hacienda, envidian las
mozas el hijo que Dios y su mujer, de comn acuerdo, le dieron, a los
nueve meses justos de matrimonio, all por el ao de mil ochocientos
cincuenta y tantos.

No ms que diez y siete primaveras tena el mozo, y ya traa revueltas
las faldas del lugar, sin que l hiciera nada por atraerse el cario de
las chicas. Decan unos que si ellas le miraban con buenos ojos, era por
la esperanza de ser algn da dueas de las riquezas de su padre, y
alguien aada que la brillante perspectiva de ser sobrina de Su
Ilustrsima era lo que volva locas a las beldades de las cercanas,
pues Su Ilustrsima, es decir, el Obispo de la dicesis, era hermano del
Tumbaga, y, por tanto, to de Lzaro.

La causa de que dos hijos de un mismo padre tuvieran tan distinta
suerte, que hizo al uno ser sucesor de todo el Apostolado y al otro
humilde campesino, es por dems sencilla. Cuando el padre muri, sin
dejarles ms herencia que aquellos pocos terrones y algunas onzas de oro
ocultas en un puchero enterrado en el huerto, tuvieron Diego y Antoln
una conferencia, en la cual convinieron que deba uno de ellos procurar
hacer carrera y conseguir medro, continuando otro al frente de las
tierras a que haban quedado reducidos los antiguos estados de la
nobilsima familia. De este modo, si la fortuna ayudaba al primero,
podra luego proteger al segundo; y, en caso contrario, ste tendra
siempre refugio que ofrecer al que intentaba restaurar el brillo de su
casa y el renombre de su estirpe. Hicironlo as, y aos despus de la
separacin supo Diego que Antoln cantaba en una iglesia de Sevilla su
primera misa. La proteccin de quien quiso dispensrsela, y su buena
fortuna, le empujaron de tal suene, que a los cincuenta aos lleg
Acoln a cannigo de una baslica, y veinticuatro meses despus era
preconizado obispo, con gran regocijo suyo y de su ama de gobierno.
Lleg la nueva a conocimiento de Diego, que, exento de envidia, tuvo con
ella mucha alegra, y pasados algunos das, lleg tambin la siguiente
carta, primera que Antoln escriba con timbre del obispado:

Querido y nunca olvidado hermano:

Por la ayuda de Dios Nuestro Seor, ms que por mi propio esfuerzo, y
tambin por favor de Su Santidad y del Rey (Q. D. G.), me he sentado
hace una semana en la silla episcopal de esta dicesis, por cuyos
fieles pido en mis oraciones. Ya ves cmo ha llegado para nosotros a
lucir la fortuna, y qu bien hicimos en disponer las cosas de manera que
han venido a dar este resultado. Excuso decirte que cuanto soy y valgo
pongo a tu servicio; mas como no se trata de vanos ofrecimientos, sino
de firmes y leales propsitos, bueno ser que empecemos luego a disponer
lo que mejores frutos pueda dar en el porvenir. Por tus pocas y tardas,
pero extensas cartas, he venido hacindome cargo de que tu hijo Lzaro
es listo como l solo. Tratemos, pues, de sacarle de entre esas breas,
dmosle educacin conveniente, instruyndole en las buenas doctrinas del
santo temor de Dios, y hagamos cuanto en nuestra mano est para que,
como yo he llegado a ser pastor de los rebaos de Cristo, alcance l
mayores honras. Me encargo de todo. Envamele sin cuidarte de ms, y
decdete a hacer el sacrificio de la separacin en obsequio a su
felicidad. Adis, Diego; recibe para t y los tuyos, con mi bendicin de
Prelado, mi abrazo de cariossimo hermano.

ANTOLN.

Leer el pobre viejo esta carta, sentir sus ojos hmedos por el llanto y
temblarle los labios de emocin, todo fue uno. Restregose los prpados
con el curtido revs de la encallecida mano, llam al mozo, leyole la
carta, y sin titubear un punto, le dijo:

--Dentro de dos das te vas del pueblo.

Pobre padre! Con la mejor intencin del mundo y la mayor abnegacin,
pensando que cuanto su hermano propona era lo ms conveniente, decidi
quedarse solo, aadiendo a su viudez la orfandad en que la partida del
muchacho haba de dejarle. No par mientes en lo terrible de aquella
soledad; no consider que para custodiar las trojes, vigilar a los
segadores y cuidar de la aceituna, le faltara en lo sucesivo su activo
celo. Atendi solamente al porvenir de Lzaro, y de grado o por fuerza,
hzole montar en una mula, y salir en ella, no a correr mundo como sus
antepasados a Flandes en busca de aventuras o a Italia persiguiendo
honores, sino a presentarse al bueno del obispo, para que ste modelara,
cual si fuera de arcilla, aquella alma que an no haba despertado a la
vida.

Qu largas y qu tristes iban a ser las veladas de invierno pasadas
junto al hogar en que l atizaba el fuego, manteniendo con su donaire la
conversacin! Qu montonas haban de parecerle las noches de verano!
Qu callado el silencio cuando no se oyera resonar junto al fresco
brocal del pozo, ni bajo el emparrado de la puerta, el rasguear de
aquella guitarra que pareca tener alma y quejarse cuando l la tocaba!

Todo lo pens y midi el pobre campesino; pero poniendo antes los
razonamientos del inters que los del cario egosta, vio que sera
torpeza dejar pasar de largo a la fortuna cuando cruzaba ante el umbral
de la casa.

Hicironse los preparativos, y una maana parti a la capital de la
provincia, prometiendo a su padre tenerle al corriente de cuanto le
acaeciera.

Dejando atrs montes y llanos, cortijos y caseros, viajando hoy en
compaa de arrieros, durmiendo maana sobre los arcones de la paja en
las ventas, lleg Lzaro a su destino ms cansado de cuerpo que
esperanzado de nimo.

Eran las ocho de una maana luminosa y alegre, cuando se apeaba nuestro
hroe en el zagun de la casa, llamada pomposamente Palacio Episcopal.
Recibironle criados y familiares; hzosele esperar a que Su
Ilustrsima terminara la misa que cotidianamente rezaba, y entrronle,
atravesando pasillos y corredores, en una habitacin cuyo aspecto
pareca pedir seores de casacn y damas con faldas de medio paso.
Cuanto haba en ella ola a siglo pasado. En los muros, tapizados de un
verde oscuro rameado de otro ms claro, veanse algunas cornucopias
enormes con figurillas grabadas en el cristal. Un par de cuadros
religiosos, de dudoso dibujo, ocupaban el testero principal, y bajo
ellos, rodeado de taburetes cojos, haba un sof rado y destrozado por
el roce continuo con pedigeos impacientes o cannigos de gran peso.
Sobre una mesa de bano, con seales de haber tenido en otro tiempo
incrustaciones, haba un crucifijo de marfil rajado y amarillento, con
sus gotas de sangre abermellonada y sus clavos de plata. Un San
Cristbal gigantesco, mal trazado y de peor color que dibujo, guardaba
la puerta de entrada, en cuyo dintel dormitaba con la mayor vigilancia
un familiar dispuesto a troncharse el espinazo cada vez que Su
Ilustrsima pasaba por all. Sobre el hueco de un balcn haba un
cuadro, acaso del Espaoleto, que representaba a Santa Mara Egipciaca
tendida en las arenas del desierto, enteramente desnuda, muy hermosa y
ms incitante de lo que fuera oportuno en sitio frecuentado por gentes
de Iglesia. A un extremo, ante una mesita cubierta de expedientes y
cartas, escriba con pluma de ganso y tintero de loza, un clrigo flaco
y apergaminado, como si viviera en perpetua cuaresma. Y, finalmente, de
una percha pendan varios manteos, rados y apolillados unos, de nuevo y
luciente pao otros.

En aquella estancia dejaron solo a Lzaro. Ni l repar en los clrigos,
ni ellos se dieron cuenta de la presencia del labriego. Pas un cuarto
de hora abstrado el chico en sus cavilaciones, dormitando el guardin,
y raspando borrones el que escriba, hasta que, tras ruido de puertas
que se abrieron y cerraron, entr en la habitacin el obispo.

Era alto, seco, nervioso, de mirada inteligente y dura, y de tez morena
oscurecida por el pao de la mal rapada barba. Vesta una sotana morada,
ya deslucida por el uso. Llevaba en el pecho una cruz y en el dedo un
anillo de gruesas amatistas. Le seguan, como doble sombra negra, otros
dos eclesisticos, y era al mismo tiempo, sin que una cualidad dominara
a la otra, antiptico y respetable.

Acogi a Lzaro con benignidad, queriendo dar a sus facciones esa
afabilidad de semblante con que pretende hacerse simptico quien sabe
que no lo es, y echndole el brazo derecho sobre los hombros, le llev
hasta su cuarto, diciendo a los que le rodeaban:--Llamar cuando os
necesite.

Pasaron de aquella sala a otra, donde lo severo de la ornamentacin no
exclua la comodidad y el regalo, y all, arrellanado el to en un
silln de cuero, sentado apenas el chico en el borde de una silla,
mirronse mutuamente algunos segundos, tratando cada cual de explorar
las intenciones del otro.

--Tu padre y yo--dijo al fin el Prelado--hemos convenido en sacarte del
pueblo, y procurar, por cuantos medios haya a nuestro alcance, darte una
educacin que pueda labrarte un porvenir que compense nuestros
sacrificios al par que tus esfuerzos. La posicin en que, a Dios
gracias, me encuentro, ha de servirnos de mucho, y si te aplicas, creo
que podremos salir adelante. Listo eres, segn me dicen; s adems
trabajador, y el resto lo obtendrs con exceso. Aqu te quedas
preparndote para entrar en el Seminario. Nada ha de faltarte; ni
maestros, ni consejos, ni ejemplos. Quiera el Seor que seas un da
Prncipe de la Iglesia! Otros de ms humilde origen han llegado a tan
alta jerarqua, y no habr milagro en que les iguales. Est preparado tu
alojamiento, y yo cuidar de que nada te falte.




II.


Desde aquel da disfrut Lzaro cuantas comodidades podan gozarse en el
Palacio Episcopal, siendo tratado como convena a su parentesco con el
reverendo prelado. Dironle un cuarto que, aunque no bueno, era de lo
mejor que haba en el edificio; tena unas cuatro varas en cuadro,
blanqueados los muros, la cama hecha con colchones de vieja y
apelotonada lana, y las sbanas ms speras que cutis de setentona. Le
pusieron a la cabecera del lecho la imagen de un santo difcil de
identificar, pero santo al fin, y al lado de una gran ventana, que se
abra sobre el ancho panorama del campo, colocaron una mesa cargada de
libros, y un tintero de cobre. Por deferencia a Su Ilustrsima, le
sirvieron de maestros los ms instruidos cannigos del cabildo. Puso l
de su parte cuanto pudo; ayud en gran manera su clara inteligencia, y
pocos meses despus empezaba su imaginacin a adivinar nuevos
horizontes, llenos de promesas gloriosas, en la senda a que se le
destinaba. Los libros que lea, las lecciones que escuchaba, dejaban en
su espritu profunda huella; y el pobre muchacho, trado del campo hasta
la morada del obispo, trasladado de pronto desde la libre existencia de
los prados y montes al severo recinto por donde vagaban, como espectros
atezados, los familiares de su to; obligado a cambiar de gnero de
vida, rodeado siempre de rostros en que pareca delito la sonrisa, sin
nadie a quien poder trasmitir las primeras impresiones que, como bandada
de pjaros no avezados al vuelo, se alzaban en su alma, fue poco a poco
hacindose reservado y triste; sinti anublado su espritu por las
sombras que la soledad engendra, y slo hall para sus cavilaciones
puerto de refugio en la esperanza del porvenir. Aquellos libros que le
obligaban a estudiar, y aquellos hombres que haba de tratar por fuerza,
le pintaban el mundo como una sola jornada de la vida humana, como una
prueba para el temple del alma; la tierra como valle de lgrimas, en que
son mentira los aromas del campo y las alegras del corazn.--Aqu
abajo--le dijeron--todo es falso, impuro y deleznable. Las dichas
terrenales son cantos de sirena, que arrastran al mal; cuanto se sufre y
se padece son mritos que en el mundo se hacen para que sean premiados
arriba, y en este breve trnsito, donde los pies se hieren en los
guijarros de todos los caminos, debe la esperanza refugiarse en los
cielos, que all aguardan al alma la inmortalidad y a la virtud el
premio de sus luchas. Pero fuera de esa esperanza y de lo que ha de
hacerse por mirarla cumplida, en el mundo no hay nada; fuera del mal, la
tentacin y el error, todo es mentira. El desprecio de la Naturaleza y
del hombre es la ley suprema de la conciencia; la contemplacin de lo
divino el solo cuidado del entendimiento; la fe en Dios o la confianza
en los que le representan, la nica luz que alumbra la pasajera pero
densa tiniebla de la vida.

De esa idea del mal difundido en el mundo como el aire en los espacios,
y de esa esperanza del bien puesto tras la existencia como la luz del
da tras la oscuridad de la noche, nacan el horror a lo terrenal y
humano, brotando la conmiseracin y la piedad hacia los que sufren y
padecen. De ah toda la vida de la religin, toda la esencia de sus
doctrinas, toda la fuerza de sus dogmas, toda su idea del universo
mundo.

Sobre cuanto existe, Dios, fuente inagotable de dulzuras eternas, fuerza
en constante trabajo, que jams disminuye ni merma, causa insondable,
secreto impenetrable; misterio tanto ms grande, cuanto mayor sea la
inteligencia humana. Luego, en la tierra, colocado entre las amargas
olas de los mares y las punzantes malezas de los campos, el hombre,
sintiendo siempre sobre la cabeza el perdurable martirio de la duda, y
bajo sus pies un erial rebelde al trabajo, manchado y envilecido por el
primer pecado. Pero entre Dios y el hombre, como eslabn que une el bien
al mal tenindolos distantes, la religin, manto de la deidad suprema en
cuyos pliegues se cobija la humanidad, al modo que entre las anchas
ramas de la encina se guarecen los gusanillos de la selva. Y, por fin,
como ltima consecuencia de este sistema, postrer hijuela de esta
concepcin del universo, el hombre de Dios, el sacerdote que tiene por
misin tender la mano al que vacila, sostener al que cae, infundir fe al
que duda, perdonar al que peca, defender al que sufre, sojuzgar al
altivo, y abriendo a todos los brazos con amor, decir cmo el Hijo del
Hombre: Amoslos unos a los otros; practicad la virtud, y lo dems os
ser dado con exceso.

Esto enseaban a Lzaro, y as lo admita l.

--S,--se deca;--Dios y el hombre.... El cielo y la tierra.... El bien
y el mal.... Entre ambos la religin, el sacerdote, el soldado de las
grandes peleas, el profeta que anuncia la aurora del porvenir, el eterno
apstol que, repitiendo la frase de San Pablo, dice a todos los pueblos
de la tierra: Hermanos, sois llamados a la libertad.

Como el spero mrmol que la mano del artista desbasta, esculpe y modela
haciendo surgir de la brutal materia la forma encantadora, fue Lzaro
trasformndose por el estudio, abriendo cada da con mayor avidez los
ojos a la luz de la fe, sintiendo penetrar dulcemente en su alma un algo
indefinible que caa sobre su corazn como el roco del cielo sobre el
brote de la planta.

Bien vea o crea ver algunas veces cierta disparidad entre lo que
senta y lo que le rodeaba; pero no se paraba a aquilatar las cosas muy
despacio, embebecida su inteligencia en las novedades que a su
entendimiento se ofrecan. La transicin de las costumbres campesinas al
refinamiento mental de su presente vida, era demasiado inopinada y
brusca para que dejara de parar mientes en ella.

Adems pronto se dio cuenta de que no eran pocos los sagrados textos que
parecan olvidados en derredor de Su Ilustrsima. Preceptos ms sanos
que aire de monte quedaban sin cumplimiento, o se obedecan por pura
frmula a veces y otras haba manifiesta oposicin entre lo mandado por
autoridades de continuo invocadas, y lo que en la morada episcopal se
practicaba.

Por de pronto, el Rdo. Antoln, si no era rico, no daba muestras de
aborrecer la riqueza: su pobreza tena algo de problemtica. Sin contar
las mesadas que del Estado cobraba, las ricas vestiduras de que estaban
atestados sus cajones, y los vaso y alhajas de metales preciosos, las
gentes sealaban en los alrededores de la ciudad alguna finca, escondida
entre macizos de rboles, donde Su Ilustrsima poda, como en cosa
propia, hacer lo que mejor le pareciese.

Lzaro observaba que la caridad cristiana aparece en los Evangelios muy
diferente, de la que se ejerca en torno suyo, que no eran siempre la
humildad y la mansedumbre los mviles de los amigos ntimos del obispo,
y que algunas veces se vela asomar cobardemente a los labios de los
familiares cierta sonrisa reveladora de hipocresa y envidia.

La facilidad con que se reciba en aquella santa morada cuanto dinero
daban para limosnas los caritativos fieles, se trocaba en formalidades y
retrasos cuando las monedas haban de pasar a la faltriquera de los
pobres, pareciendo aquello despacho de banquero donde se toma sin
vacilar el oro ajeno y en donde todo son al devolverlo garantas,
molestias y dilaciones. Nada oy el futuro sacerdote en desdoro de su
to; pero, con frecuencia, las gentes que cruzaban las antesalas y
corredores del palacio no parecan salir completamente satisfechas de la
entrevista con el Prelado: y era lo extrao que si nunca se retiraban
descontentos la dama encopetada o el cannigo influyente, sola verse
descorazonado y abatido al pobre prroco de aldea o al cura de misa y
olla cuyos grasientos y rados manteos pregonaban descaradamente la
miseria. Jams not Lzaro cosa que disonara en el tranquilo concierto
de aquella existencia casi monacal, donde todo estaba dispuesto y
regulado de antemano, como en ceremonia palaciega; pero semejante al
sordo ruido de vientos lejanos, crey escuchar algunos das el rumor de
murmuraciones engendradas en las porteras, robustecidas en las
antecmaras y detenidas por el miedo ante las puertas del despacho
donde trabajaba el bueno del obispo.

Levantbase Lzaro a la hora del alba, oa una misa, tomaba chocolate, y
ayudaba en algo a su anciano to. No tena otra cosa que hacer hasta la
comida, que se haca siempre a la una, con puntualidad cronomtrica.

Lzaro se qued ensimismado y pensativo en ms de una ocasin,
reflexionando lo distintas que eran las privaciones que imagin sufrir y
la regalada vida que le daban. Todo aquello de comer como los anacoretas
yerbas salvajes o salta-montes del campo, era, por lo visto, pura
fbula, tradicin olvidada. Al presente, y gracias a un cocinero lleno
de buenas cualidades, en la mesa de Su Ilustrsima hubiera podido darse
por alegre y satisfecho el ms descontentadizo; en todo lo que a la
culinaria se refiere, era el obispo ardiente partidario del progreso.
Tratbase a cuerpo de rey constitucional; los mejores caldos de la
cosecha, los ms preciados slidos del mercado iban a sus despensas, ya
por encargo propio o por atencin ajena; el pavo mejor cebado y el
gazapillo ms tierno eran para l; las frutas que se le presentaban
parecan regalos para las aras de la antigua Ceres, y era raro el da en
que la piadosa mano de alguna devota no preparase para Su Ilustrsima un
platito de dulce espolvoreado de canela, aroma a que, como buen andaluz,
era muy aficionado. Una reparadora siesta era el eplogo de la oracin
con que a Dios se daban gracias por tantos beneficios. Se trabajaba otro
poco por la tarde, se cenaba concienzudamente tras el rosario, y un
sueo tranquilo reinaba a las once en todos los mbitos del edificio,
donde la calma de este gnero de vida no se vea turbada sino en las
vsperas de las grandes festividades de la Iglesia.

Lzaro notaba que todo esto no eran mortificaciones ni martirios, pero
tambin se deca que aquello no era vivir en el mundo y sus luchas, y
que siendo buenas cuantas gentes le rodeaban, no poda ser detestable la
vida. Cuan diferente se le ofreca el espectculo del mundo que
empezaba un paso ms all de aquellos respetados muros! Cierto que de
puertas adentro todo era reposo y santidad; pero cuntos horrores y
amarguras le esperaban al poner la planta en esa sociedad donde cada da
es un combate y cada hora una herida! Haca el pobre chico proyectos
para el porvenir, y juzgando la vida tal cual se la haban pintado,
pensando que todo era males, tristezas y desdichas, se preparaba a
entrar en ella inquieto, temeroso, como soldado bisoo pronto a escuchar
el primer paso de ataque tocado por las cornetas de su batalln.

Tratbale su to afablemente; por respeto o adulacin al Prelado,
hacan lo mismo cuantos le rodeaban, y merced a su proteccin entraba
Lzaro en la carrera a que le haban destinado, escudado contra las
privaciones, con el porvenir preado de fortunas, y el alma llena de
presentimientos. Le haban pintado su misin de suerte que, impresionada
la imaginacin, vea en el sacerdocio el apostolado de toda idea
generosa. Pero, a pesar de esto, cuando solo, con su libro de horas bajo
el brazo, se le vea cruzar los anchos corredores o sentarse bajo las
umbras del huerto, pareca que dentro de su alma bullan y a sus
miradas se asomaban vagos temores por su vida futura y dudas sobre la
suerte que le estaba reservada. La santa casa que habitaba era, a su
parecer, un puerto de refugio contra el oleaje infernal de la malicia
humana. Por todo aquello que sus libros devotos le aconsejaban huir,
vena en conocimiento de cuan ciertas deben ser las palabras con que se
le avisaban los peligros mundanales, y por la interminable y fatigosa
excitacin a la virtud, poda apreciar cuan hondas y frecuentes son las
simas del pecado. A medida que iba considerando las tentaciones que
podran rodearle, los riesgos que tendra que prever y males que evitar,
su inteligencia miraba con deleite la perspectiva de das de horrible
pero santa y gloriosa lucha, preparacin a la inmortalidad.

Considerado por cuantos cerca de l andaban como la persona ms allegada
a Su Ilustrsima, los sacerdotes y dems gente de Iglesia que tena
ocasin de frecuentar, guardaban buen cuidado de no dejarle ver cosa que
pudiera enojar al obispo. Todo era ante l virtud, resignacin y
humildad; de modo que teniendo constantemente ante los ojos la divina
palabra de los libros y el mejor ejemplo en los hechos de los hombres,
pens que en contra de la agitacin del mundo estaba aquella santa
tranquilidad, que el torpe bullir de las pasiones se contrabalanceaba
por un santo estoicismo religioso, y que nada poda haber tan digno ni
respetable para la humanidad como la voz de esos hombres que con la
imagen de Cristo en una mano y sealando con la otra al cielo, dicen al
desgraciado: Cree y espera. Su potica melancola era el
presentimiento de los dolores de la lucha. Pareca que su alma adivinaba
las heridas que habra de sufrir ms tarde, y slo en la fe, ingnita en
su espritu, fomentada luego por cuanto le rodeaba, era donde el pobre
Lzaro poda hallar reposo a la misteriosa agitacin de sus ideas.
Nacido en una aldea donde la hermosa y virginal Naturaleza le deca
continuamente:--Admira,--sin escuchar ms voz que la del cura que de
continuo repeta: Cree; con el sano ejemplo de la honrada vida de su
padre, y sin haber sufrido las desgracias que pervierten al hombre,
Lzaro iba allegando fuerzas y atesorando virtudes para verterlas luego
como un man divino sobre el rebao de fieles que Dios le deparase. Si
alguna vez caan sobre su turbada pupila los fatigados prpados, como
deslumbrada la vista que admiraba de continuo el panorama esplndido de
una vida toda virtud y caridad, al hundir la mirada en los abismos de su
alma, encontraba, semejante a un resplandor en el fondo de una sima, la
luz que le guiaba a sus destinos.

Dos pocas distintas puede decirse que atraves Lzaro mientras estuvo
en casa de su to.

Durante la primera le dominaron los recuerdos confusos del pueblo con
sus faenas y labores; acordbase de las conversaciones en que la tierra
era la preocupacin de todo el ao, y empendose mentalmente en
resucitar sus impresiones, se esforzaba en reconstruir, con
reminiscencias vagas y sensaciones olvidadas, aquellos das que no
haban de volver jams; las lluvias primaverales que hacan entrever los
carros repletos de doradas gavillas; el esto con las llanuras serpeadas
por surcos que parecan encender el aire en la irradiacin de sus
terruos abrasados; el otoo con sus frutas mal sujetas a la cargada
rama, convidando al paladar a refrescarse con su azucarado jugo; las
tardes con sus vientecillos impregnados de perfumes, y las calladas
noches envueltas en misterios, poblaban su pensamiento de ensueos
indecisos. Lejos, muy lejos de l estaba cuanto poda recordarle tiempos
pasados, y como tales ms dichosos; el hogar ennegrecido por el humo de
los troncos a cuya sombra juguete de pequeuelo; la fuente donde las
mozas, entretenidas en mirarle, dejaban rebosar en sus cntaros el
agua; y en un altillo del cementerio, con su cruz de piedra que dora
cada tarde el ltimo rayo de la luz solar, la tumba de su madre.

En la segunda fase de aquella etapa de su vida, todo era esperanzas:
habanle trazado con sombras tintas el plano de la revuelta arena del
mundo.--Aqu abajo no hay, le dijeron, sino males y perfidias; pero t
sers de los que tienen por misin encadenar el dolor a la esperanza de
la dicha. A pesar de no considerar completos los ejemplos que se le
ofrecan, todo lo que aprenda, sus vigilias y desvelos, cuanto
intelectualmente se asimilaba, vena a compendiarse en una palabra de
amor divino, que le hubiera hecho fijar los labios en la escrfula del
enfermo, si esto bastara para curarla, entusiasmo capaz de llevarle a
los campos de la guerra para acallar con su rezo la maldicin del
desgraciado y dar alas al alma del creyente moribundo.

Sentado algunas veces junto a la fuente de la huerta, que desde una
eminencia dominbala ciudad, viendo a lo lejos tejados y azoteas,
escuchando el bullir y los ruidos que como provocacin constante le
traan los aires, Lzaro pensaba que aquellas eran las guaridas del mal.
Slo las cruces puestas en lo alto de las torres eran signos de
redencin o amparo. Si su memoria, protestando de aquel falso sistema
del mundo, le recordaba que no todo era malo en la tierra, que l haba
visto a su padre dar trigo a los labriegos pobres o socorrer a los
necesitados, que en la tierra existan cario, afabilidad y amor, que l
mismo haba llevado hasta los apartados caseros consejos de paz y de
justicia, todo se desvaneca ante la influencia malfica del _pulvis
eris_ que le haban inculcado en el alma.

Fue Lzaro despus al seminario; tuvo su celda estrecha y triste;
aprendi mal latn y peor griego, no para admirar el genio de los
grandes poetas paganos, sino para embotar su inteligencia en casuismos
teolgicos; se apacent dcilmente con filosofa escolstica; le dieron
los libros de los Padres de la Iglesia; le dijeron el criterio que haba
de seguir para que no cayera en la peligrosa pendiente de pensar;
marcaron a su entendimiento las lindes que no deba traspasar, y como si
el pensamiento del hombre fuese ave cuyo Vuelo depende de voluntad
ajena, le impusieron la idea, el dogma y el sentido de cuanto deba
creer y proclamar. En su cerebro haba de dar cabida, le repugnase o no,
a lo que otros concibieron; su esfuerzo tena que hacerse mantenedor de
proposiciones que apenas le era dado examinar; deba admitir la verdad
sin examinarla, creerla sin que le fuese demostrada. _Node slo pan
vive el hombre, sino tambin de la palabra de Dios_, le dijeron; y la
palabra de Dios era un enigma, todo lo ms una promesa. Le fue negada la
interpretacin o el examen de los libros sagrados; y para colmo de
absurdo, sostuvironle que en aquel misterio impenetrable que constituye
la esencia de todo lo dogmtico, estn la imposible demostracin de la
verdad y el encanto de su divina poesa, porque _la fe es substancia de
las cosas que se esperan, argumento de las cosas que no aparecen[1]._

Entonces, falta de apoyo su inteligencia, sin que pudiera todava
discernir lo bueno de lo malo, ni estimar como nulo lo falso e
inapreciable lo cierto, fue desfilando ante su mirada por las pginas de
sus manoseados infolios, la interminable procesin de ideas, teoras y
concepciones que se le daban como infalibles certezas. Fue viendo que
el hombre, envilecido desde su nacimiento por una culpa ajena, no puede
redimirse de ella; supo que el alma, capaz del crimen, est hecha a
semejanza de Dios; ley que la misericordia celeste puede ser tambin
cruel, haciendo eternos los castigos, y que la voluntad divina es capaz
de trastornar las leyes eternas de la materia y la energa.

Contraria pero simultneamente a la frase Eres polvo, le dijeron que
el hombre es el rey de la tierra; las aguas de los mares y las arenas
del desierto son llanuras francas a su actividad y su valor; las fieras
de brutal poder, esclavas de su inteligencia; los metales, que como
venas de fuerza y riqueza serpean por las entraas de los montes,
tesoros escondidos para que el trabajo los descubra y el sudor los
fecunde; y hasta la mujer, arcilla divinamente modelada con los rasgos
de la amante y la madre, es suya tambin, _carne de su carne, hueso de
su hueso_. Pero con todo, y a pesar de ello, le afirmaron que l ideal
de la vida no es la existencia en el seno de la Naturaleza, ni la
fecunda guerra del trabajo ni la pasin de la verdad o del arte, sino la
muda y esttica contemplacin de lo divino, el celibato estril, el
claustro, la pobreza, el ayuno, el desprecio de s mismo y el ansia de
llegar a la muerte como a puerta mgica desde cuyo umbral se perciben
los eternos albores del paraso de los justos.

Sobre este conjunto de ideas, por cima de toda consideracin superior a
cuanto le rodeaba, estaban para Lzaro la santidad y grandeza de la
misin aceptada, sin que llegara a alzarse un punto en su espritu la
idea de que el bien fuese independiente y extrao de la fe. As lleg a
cumplir los veinticinco aos. Su inteligencia, como vaso forjado segn
las concepciones de los que dirigieron su educacin, fue molde en que
se vaciaron ideales ajenos. Cuanto en s encierran las tendencias de los
pasados siglos, cuanto en lo antiguo sirvi de turquesa para dar forma y
ser a la sociedad, ech en su inteligencia hondas races. Educado para
las batallas del presente, tuvo por armas las convicciones de antao,
fuertes por lo sinceras, pero quebradizas por lo viejas.

Llegada la poca de abandonar el Seminario, el obispo le llam a su
despacho, y le habl de esta, suerte:

Vamos a separarnos. Cuando escrib a mi hermano encargndome de tu
porvenir, no cre que fuese tan fcil poner a un hombre en camino de
hacerse artfice de su propia fortuna; pero tu aplicacin, e ingenio han
llevado las cosas de modo que aqu, de hoy en adelante, no hars ms que
perder tiempo. Si con nosotros te quedaras; no pasaras de pobre cura de
pueblo; tal vez llegases algn da a predicar en nuestra catedral; pero
nada ms. Yndote a la corte, como deseo, tus mritos darn a tu carrera
continuacin tan lisonjera como halageos han sido los comienzos. Poco
me agrada separarme de t; pero dos consideraciones hago: que aqu te
traje, no para satisfaccin ma, sino por conveniencia tuya; y que en
las luchas de la tierra, en la revuelta marejada de encontrados
intereses, donde has de intervenir, puedes ser en alto grado til a la
santa causa de la Iglesia.

Vas a cambiar de gnero de vida, de hbitos y costumbres, hasta de
ambiente respirable, que no son iguales las auras puras de estos campos
cercanos, al aire viciado de la ciudad. Aqu, por ms que haya doblez y
engao, no son la maldad tan refinada ni la hipocresa tan astuta; all
la cortesana hace el dao ms hondo y ms disimulada la torpeza.
Vivirs entre hombres que antes aprenden a averiguar el pensamiento
ajeno que a expresar el propio, rozndote con gentes que procuran hacer
a la mentira hurn de la verdad, y que tratarn de adquirir tu confianza
engaando a otros, como luego te engaarn a ti para provecho de
tercero. Anda en todo pecho la falsa, en todo cerebro la comedia:
muchos la representan de tal suerte, que toman en serio su papel, y ni
aun la muerte da fin a la farsa, pues otros fingen que les han credo, y
la lisonja llega hasta el epitafio, manchando hasta los mrmoles.
Desconfa de cuanto te rodee y mantente en guardia casi ms que contra
las maldades ajenas, contra tus propias debilidades. Dios ha puesto en
ti fe y razn; aqulla, como faro eterno a que caminas y te alumbra;
sta, como apoyo y sostn para cuando dudes; mas ten cuenta que si tu fe
vacila, antes te ser causa de desdicha que de consuelo y esperanza.
Lee los libros que te en las manos sin cuidarte de profundizar en sus
pginas ms de lo que ellas te descubran; que el libro, como el vino,
fortalece si no se abusa de l, embriaga si se prodiga. La ciencia es a
la paz del alma lo que el agua a la semilla; con poca se fecunda y con
sobrada se anega. Tu misin hasta hoy ha sido aprender la que habas de
huir maana: desde ahora vivirs entre el mal, evitando que logre
corromperte. La tarea de tu vida es consolar al que sufre, alentar al
que espera, perdonar al que yerra, labrar en tu corazn puerto donde
busquen amparo los nufragos del mundo. No hay en la tierra misin ms
noble, que la nuestra. Si la virtud pudiera ser orgullosa, nos sera
dado envanecernos; pero hemos, de unir a la bondad la mansedumbre, y por
altivo nos est vedado el orgullo, como por pueril la vanidad.

Ya ves, Lzaro, qu hermosa perspectiva se te ofrece a la vista.--La
vida es combate de pasiones, que unas a otras se hieren y lastiman: t
sers de esos hombres que por vocacin de caridad se mezclan en la
pelea, llevando en su alma la mina inagotable de la piedad y en sus
labios el manantial perenne de la esperanza. As como unos curan las
dolencias del cuerpo, otros cuidan de la pureza del espritu: sers, de
ellos, y mientras el tuyo permanezca inclume, jams te faltarn
palabras con que infundir a tus hermanos la fe que te aliente. Cree y te
creern, que nunca inspir la sinceridad desconfianza. Si la misin es
difcil, no ha de ocultrsete que la tentacin es temible: ya lo irs
viendo; pero si algo divino y fuerte hay en el hombre, es la voluntad. A
todo has de sobreponerte, temiendo ms la propia indulgencia: que la
ajena censura. S hasta rencoroso contigo por tus culpas, dbil hasta
la exageracin con las del prjimo; que el hombre debe ser tan avaro de
virtudes como prdigo de perdones. Si la persecucin te maltrata o la
irona te hostiga, recibe a la primera con mansedumbre y a la segunda
con piedad; pues si la maldad debe hallarnos pacientes, el sarcasmo ha
de inspirarnos lstima. Merzcate siempre ms conmiseracin quien se
burle de lo bueno que quien practique lo malo. Por las funciones de
nuestro ministerio habrs de hablar al odo de la esposa, y en el tuyo
depositar la virgen sus secretos: di a aqulla que lo sacrifique todo a
la paz de la casa, y a sta que todo lo posponga a la paz del alma. Al
hereje responders con la palabra de la verdad, tratndole como amigo
perdido que hay que reconquistar, no como enemigo que es preciso vencer,
y rezars por la salvacin de quien persista en el error, pues ya que la
religin no sea patrimonio de todos, salo al menos la piedad. No
mortifiques al moribundo con el recuerdo de sus delitos aqu abajo;
habale de sus esperanzas all arriba. Fe, perdn, mansedumbre: tal es
tu lema; el corazn tu escudo, tu premio el reino de los cielos. Si de
la violencia que te hicieren hubieses de morir, muere con valor, mas no
con aquella calma que puede ser cinismo, sino con esa serenidad que
reflejando el tranquilo fondo del alma, sirve a los dems de un ejemplo
que equivale a un consuelo.

Mas no fuera bueno que te marchases sin tener seguro puerto de llegada.
He arreglado todo de manera que entrars en la corte por tal puerta, que
muchos desearan tu posicin como trmino a sus ambiciones. Vas de
capelln a casa de los duques de Algalia, seores tan poderosos como
buenos. De tus deberes para con ellos nada te digo, que la humildad de
sacerdote no ha de echar en olvido la dignidad de hombre, y tengo por
cierto que antes de poco no sabrn qu mirar con ms cario: si su
venerable eclesistico o su discreto y leal amigo. Partirs en breve, y
sabe Dios hasta cundo. Acurdate alguna vez de m, y siempre de lo que
te debes a ti mismo. Recibe mi bendicin, y ojal te d ella todos los
bienes que la voluntad te desea.

      *      *      *      *      *

De all a pocos das parti Lzaro, y aunque alentado por sus esperanzas
no dej de darle mucho en qu pensar la visible contradiccin existente
entre los discretos consejos que acababa de escuchar y, la vida no muy
austera de su to, sin que acertase a comprender cmo siendo bueno lo
que aconsejaba, no era completamente idntico lo que practicaba.




III.


Ere por aquel tiempo en la corte la casa de los duques de Algalia una de
las ms ricas y afamadas por aristocrticas. Su blasn no se haba
desdorado an por completo con el roce de las costumbres modernas; sus
estados no eran todava presa de ninguna junta de acreedores, y hubiesen
podido aadirse al escudo nobiliario algunos rehiletes gallardamente
puestos en atrevida becerrada.

Cuanto esplendoroso puede dar la vida contempornea, cuanto grande son
susceptibles de engendrar el refinamiento del gusto y la sobra del oro,
se reflejaba en la morada de los duques de Algalia.

Cada uno de sus salones era una pequea capilla consagrada a la
elegancia; el palacio entero un suntuoso templo del buen gusto y la
moda, enriquecido con detalles dignos de un museo, en que andaban
revueltos lo antiguo y lo nuevo, formando ese consorcio extrao, pero
armnico, que ofrece la reunin de lo bueno, por distintos que sean los
caracteres que revista. No haba pieza mal alhajada ni rinconcillo
descuidado. Aparte el esmero con que se haba atendido al regalo
material del cuerpo, la ornamentacin indicaba por doquiera el destino
de las habitaciones: el gran saln de recepciones estaba decorado con el
fastuoso gusto del monarca de Versalles; el comedor de ceremonia
cubierto de tapices flamencos; el de familia, con grandes bodegones
firmados por manos maestras; el despacho del duque, todo de bano
incrustado de bronce; los aposentos de la hija, tapizados de alegres y
sencillas pero valiosas telas; y los de la duquesa exornados con tal
gusto y riqueza, que ni el gabinete de raso negro con flecos de
multicolores sedas, ni la sala de bao con jaspe y nix argelinos, ni el
tocador de azulados cortinajes, hubieran sido mejores si los eligiese el
arte para albergar a la belleza. Al verlos pareca que para aquellos
pavimentos y muebles era indispensable una gran dama en quien fuese an
mayor la distincin que la hermosura; que pisase con menudos pies, como
ligera sombra, las aterciopeladas alfombras y se recostase en los
divanes casi sin que los flexibles muelles cediesen al suave peso de su
cuerpo.

Y as era en efecto: que ni en la nobleza toda, ni en toda la alta
banca, haba dama ms digna de disfrutar aquellas grandezas que la
duquesa Margarita, noble hasta las puntas de sus largusimas pestaas
negras, y elegante hasta el claro fondo de sus ojos azules. Era una
figura airosa, pero de movimientos lnguidos, como de gata friolera, y
actitudes sobriamente voluptuosas, como de estatua griega; el traje ms
modesto realzaba mejor su hermosura, y con un vestido completamente
negro, un grueso ramo de amarillentas rosas en el entreabierto escote,
sencillamente recogido el pelo, libres de pendientes las diminutas
orejas, y sin guantes las aristocrticas manos, no haba hombre capaz de
contemplarla un segundo sin darse la enhorabuena por haber nacido. Resta
aadir, para mayor encanto de golosos, que Margarita de Oropendia,
duquesa de Algalia, aunque tuviese ms, slo representaba treinta aos,
y era relativamente virtuosa.

El duque, algo apabullado por los excesos de la buena vida, un tanto
muerta la mirada por el mucho trasnochar o la aficin a los naipes, era
todava un hombre bien plantado, elegante, de educacin britnicamente
escrupulosa en lo que a la etiqueta se refiere, y hasta instruido. No
ignoraba, por ejemplo, que Luis XVI fue decapitado, y muri de resultas,
ni que Carlos I de Inglaterra tuvo parecida suerte, hechos que con
frecuencia citaba para probar lo temibles que son las muchedumbres
cuando, segn su frase, se desbocan. Lo que mejor caracterizaba al duque
era el ardiente deseo de ver satisfecha una aspiracin constante de su
vida, una exigencia de su imaginacin que participaba de la seriedad de
la ambicin y la ridiculez del capricho: ser senador. La senadura era a
sus ojos el complemento de su nobleza; sera una ocupacin, un pretexto
para darse importancia, una satisfaccin de su vanidad. Y si adems de
ser senador pudiera serlo de por vida... Senador vitalicio! Soaba con
sentarse por derecho propio en los escaos rojos de la Alta Cmara, ir
en coche hasta la plaza de los Ministerios, apearse lejos del zagun
para cruzar entre filas de curiosos, que murmurasen, ese es el duque de
Algalia; entrar luego en el saln de conferencias, andar solo por los
rincones como quien medita un plan, estrechar la mano a los ministros,
acoger las peticiones de los pretendientes, diciendo veremos, o har
lo que pueda; y salir despus de una votacin exclamando: Los deberes
polticos! Mi conciencia! El partido! Las instituciones!...

Esto basta para apreciar que el duque tena todava fijas en el magn
races de ideas viejas; pero, a pesar de todo, poda considerrsele como
demagogo comparado con su hechicera consorte.

La duquesa era el prototipo de la dama aristocrtica, que slo en las
cuestiones del amor y de la moda transige con el progreso. Religiosa por
supersticin, devota por fe heredada, hipcrita por el qu dirn, e
intransigente por decoro, adoraba la misa en que estrenaba un traje, la
Semana Santa en que, tan guapa como el ao anterior, peda para los
pobres, o la novena que autorizaba una cita. Cuando rezaba se complaca
en bajar y subir la expresiva mirada, como jugueteando con los prpados,
gozndose en dar alternativamente luz y sombra a los que la rodeaban. En
sus relaciones con el gran mundo, tena ese tacto supremo que sabe
mortificar sin ofender, que consiste en admirar a las gentes virtuosas
sin comprometerse a imitarlas ni indisponerse jams con los que pecan.
Viva entre el _beau monde_, formaba parte integrante de la _high life_;
el pueblo la atacaba los nervios; hua de la multitud por miedo al mal
olor, y si en otros tiempos la hubiesen llamado _ciudadana_, habrase
muerto del susto. La palabra _Revolucin_ no evocaba a sus ojos ms
figura que la de Mara Antonieta prisionera en la Conserjera, y en la
ms sencilla agitacin poltica vea carreras, tiros, desaguisados y
atropellos. Para ella, ser de origen humilde no era una falta, pero s
una mancha, y trabajar le pareca muy honrado, pero loca la pretensin
de querer elevarse encallecindose las manos.

El duque transiga, en cierto modo, con el espritu moderno: haba
comprado bienes nacionales, lo cual le haca relativamente liberal; era
individuo de varios consejos de administracin de sociedades de crdito;
viajaba con billetes de libre circulacin; defenda las instituciones;
hablaba del turno pacfico, y se llamaba conservador. No admitira nunca
que un artista pudiese ser su igual; pero l, por benevolencia, protega
las artes cuando no le sala muy caro. Daba al trabajo mucha
importancia, no haca nunca nada, admita las concesiones al talento, y
se explicaba el otorgamiento de un ttulo a quien supiera enriquecerse
en la Bolsa o en los altos negocios del Estado.

La hija de este matrimonio era un progreso vivo sobre sus padres: entre
un rico tonto, apergaminado, achacoso, y un advenedizo de buena estampa,
pero pobre, plebeyo y listo, prefera bailar con el segundo, y en sus
ambiciones de muchacha optaba por vivir acompaada de un hombre a quien
quisiera, antes que por la boda con un heredero escrofuloso de
respetabilsima alcurnia. Tales ideas hicieron, sin duda, que ella no se
enojase cuando empez a mirarla amorosamente cierto individuo, que por
aquellos das atrajo a s los elogios del pas entero: un joven que en
una reunin poltica haba, con un discurso de extrema izquierda,
conmovido la opinin y entusiasmado a las gentes, hasta tal punto, que,
corriendo su nombre de boca en boca, hizo el duque que se le
presentaran, no por rendir tributo al mrito, sino por tener en sus
salones al hombre puesto en moda. De esta suerte, sin que ninguno de
entrambos lo buscara, llegaron a conocerse y tratarse Flix Aldea y
Josefina de Algalia.

As estaban las cosas cuando, en pleno invierno, es decir, en la poca
de ms fiestas, bailes y recepciones, el mayordomo de los duques fue una
maana, por orden de sus amos, a la estacin del camino de hierro a
esperar al nuevo capelln que haba de sustituir al anciano sacerdote
muerte pocas semanas antes. Adivinole por los hbitos al bajar de un
wagn, y acercndose a l, previos saludos y frases que puede figurarse
quien desee ms detalles, le llev al palacio en un simn, y presentole
a los seores. Recibido por stos como exiga la hidalgua en tan
grandes personas, y en l lo respetable de su ministerio, le acompaaron
hasta la habitacin que le estaba destinada, le ensearon la capilla,
encargaron al mayordomo y al administrador que le respetasen y
sirviesen, y sin ms conversacin qued instalado Lzaro en casa de los
duques de Algalia.

Al separarse estos del joven sacerdote, pregunt la mujer al
marido:--Qu te parece?--

--Muy joven,--contest el duque;--pero no habamos de estar ms tiempo
sin capelln, y cuando el obispo le recomienda, bueno ser.--

Capelln! Este era el puesto que haba de desempear. Nadie le haba
dicho todava que era como un criado ms en la cocina o un caballo nuevo
en las cuadras, un simple artculo de lujo. Deba decir la misa los das
que la duquesa no quisiese salir de casa. No se hace especial mencin
del duque, porque ste era de los catlicos que no practican.

Tan poca y breve ocupacin dejaba a Lzaro todo el da libre; de modo
que siendo grande su curiosidad por conocer el nuevo centro en que
viva, y fciles los medios de satisfacerla, pronto empez a observar y
pensar sobre cuanto vea, desentrandolo y analizndolo todo.

Al cambiar de medio social, al sentirse sacado de su esfera, al verse
solo de repente en el torbellino del mundo, cada mirada produjo en l
una observacin y cada observacin un juicio que, chocando
frecuentemente con sus propias ideas, las destrua o alteraba. Creyente
sincero y de entendimiento poderoso, fue estudiando, fijndose en todo,
y apoyado como en fuerte palanca en su ideal, compar y juzg las cosas
de la vida.

Traa en su alma esa profunda fe que, a semejanza de ciertas piedras
preciosas, va siendo ms rara cada da. Sus preocupaciones tenan por lo
ingenuas algo de sagradas, y libre de toda mira interesada, vena a
nueva existencia, trayendo para examinarla, aunque con el espritu de
otros siglos, la ms recta imparcialidad. Tranquilo, puesto el nimo en
Dios y la esperanza en el deseo de saber, tendi la vista en torno suyo;
pero como ave obligada a volar demasiado alto, sus ojos se deslumbraron,
sinti el vrtigo que da la altura, y le falt aire para sus pulmones
oprimidos.

Como llegan tarda y dbilmente al odo los ecos de la tormenta lejana
que va aproximndose por instantes, sinti Lzaro ir llegando a su alma
vagos presentimientos de dudas y temores, misteriosos anuncios de un
porvenir preado de lgrimas e insomnios.

Qu era aquello? Qu sombras comenzaban a turbarle? Qu temores iban
girando en derredor de su imaginacin como fieras que se pasean en torno
de su presa? Era que empezaba a aspirar el hedor de los pantanosos
lodazales de la tierra, o acaso que, sintiendo el yugo opresor de la
materia, tena ya su espritu la nostalgia de la inmortalidad?

Era que cuanto haba aprendido y crea, estaba en contradiccin con la
realidad. Llevaba dentro de s una llama que no poda brillar en aquel
nuevo ambiente. Sus estudios fueron ancha base a tantas cavilaciones; el
espectculo del mundo, cebo que incesantemente las provocaba.

Cada da le trajo una leccin, cada hora el agrio fruto de un anticipado
desengao.

El tiempo fue pasando por l como la onda sobre el lecho del ro,
haciendo la superficie ms tranquila, pero agitando el fondo y
profundizando el cauce. Es imposible pintar la invasin lenta y gradual
que hicieron en su alma las cosas y los errores mundanos. Sera ms
fcil penetrar en las entraas de la piedra y sentir la secreta
atraccin de la cohesin y la fuerza, o escuchar el latido de la planta
en que la evolucin tiende a la vida. Cuando su inteligencia quera
bucear en lo hondo de su pensamiento, le vea poblado de formas extraas
que le hostigaban con las maldecidas preguntas de la duda. Empez el
tiempo a educarle en la amarga escuela de la experiencia. Semejantes a
estrellas que se extinguen, fueron nublndose sus esperanzas, y la fe
fue perdiendo lentamente su virginidad, como la nieve del cielo pierde
su blancura puesta en contacto con la tierra.




IV.


Apenas haca un ao que Lzaro estaba en casa de los Algalias, y ya se
haba captado todo el afecto que puede inspirar el que sirve a quien le
paga su salario. La duquesa simpatiz con l como simpatiza la debilidad
con la indulgencia. El duque vio, ante todo, en su capelln un hombre
que saba guardar las distancias, y la nia, querida de sus padres con
ese cario de los poderosos, quiz algo fro porque no impone
sacrificios, encontr en Lzaro un alma joven, dispuesta a comprender
las impresiones que en los albores de la vida se alzan en el corazn de
la mujer. Los duques vean en el capelln una figura que, sin salirse de
su esfera, contribua al tinte aristocrtico de la casa. La hija, como
ms joven menos sujeta a preocupaciones, slo se daba cuenta de que,
mozo o viejo, noble o plebeyo, haba cerca de s un ser respetable por
su ministerio y digno de estimacin por sus prendas. Lo agradable de su
persona, lo ms grato an de su afabilidad y cortesa, atrajeron el
corazn de Josefina hacia el espritu de Lzaro como el bien atrae al
alma. La inteligencia con que el joven sacerdote iba leyendo cada vez
ms claro en las cosas de la vida; el carcter con que indultando el
error insista en lo juicioso, y su buen corazn, merced a cuyo generoso
impulso saba hacer dulce la misma severidad, constituan en Lzaro una
personalidad extraa, sencillamente buena, tan digna de estudio en su
candidez como otras por su originalidad o extravagancia.

Josefina, para quien su padre era un socio del Casino que vena a dormir
a casa, y que no hallaba en su madre sino la encargada de satisfacer
frvolos caprichos, ni vea en el aya ms que una criada con vestido de
seda, fue poco a poco acercndose a Lzaro, movida simultneamente de la
necesidad de un amigo para su soledad, de la simpata que inspiraba el
hombre y el respeto que infunda el clrigo.

Algunas maanas, cuando el tibio calor primaveral pareca reconcentrarse
en la gran estufa de cristales que, poblada de plantas raras y
hojarascas exticas, se alzaba en el jardn, Josefina y Lzaro se
encontraban en ella, fijndose la nia en las camelias que podra cortar
para lucirlas a la noche, pensativo el clrigo en sus cavilaciones o
abandonado a sus rezos. Atrados uno hacia otro, se sentaban en los
escabeles de hierro, olvidndose la mujer del galanteo escuchado la
vspera, y el hombre del libro que le acompaaba. La resea de un baile
o la noticia de otro, el proyectado enlace de una amiga, un cuento de la
villa, lo que dijo una visita, un pensamiento de caridad, servan de
motivo a las conversaciones. Relegado insensiblemente a segundo trmino
lo que daba margen al coloquio, el cura y la muchacha conversaban
amigablemente, depurando, casi sin saberlo, lo que de terrenal tena el
comienzo de su dilogo. Nunca bastarde aquellos dulces esparcimientos
cosa rayana en lo ridculo; que ni la candidez de la mujer tocaba en la
_sensiblera_, ni la discrecin del hombre llegaba a parecer afectacin.
Todo era natural hasta tal punto, que si alguna vez traspusieron la
imaginacin o el labio los lmites de lo conveniente, no entendi la
pureza el desmn ni pudo recogerlo la malicia. Quiz pensando alto
llegaron uno u otro a decir lo que hubiese parecido escabroso a un
tercero; pero la torpeza si de sus bocas sala, brotaba con tal
ingenuidad, que realmente la voluntad era tan irresponsable como la
ignorancia. Josefina verta sus ideas en el nimo de Lzaro como la
tierra deja brotar el manantial, confiadamente, sin esfuerzo, y l la
escuchaba ms cuidadoso de evitarla los errores que de confirmarla las
verdades.

Andando el tiempo, e intimando el trato, llegaron a sentirse atrados
por la genial bondad del sacerdote cuantos habitaban la casa; pero
siempre fue Josefina quien, verdaderamente encariada con el capelln,
pareca gozarse ms en frecuentar su compaa. Por su parte Lzaro
empez a ver en la duquesa, si no una mirada pronta a esquivar la suya,
al menos un odo que su dulce severidad pareca contrariar en algo,
notando que la gran dama, ms hipcrita por artificio que por
naturaleza, aunque pensaba con licencia, gustaba de aparentar recato. A
su desmedido afn de brillar en fiestas y saraos, a su gozo en ajar la
vanidad de las amigas, hallaba siempre respetuoso, pero claro correctivo
en la palabra del cura, obrando ste tan discretamente, que sus frases
podan parecer a la duquesa avisos de su propia conciencia. Si el
sacerdote hubiera pecado de autoritario, habrase librado de l
Margarita, sin ms que despedirle con cualquier pretexto; mas como era
el ingenio del hombre quien obraba, dejando en la sombra su carcter de
clrigo, poca defensa caba en ella contra advertencias que era
imposible haber rechazado como ataques. Hasta los criados contenan la
murmuracin soez y maliciosa cuando en sus conversaciones se pronunciaba
el nombre de Lzaro, pues no hallando en quien le llevaba sino virtudes
sinceras, tena la baja lengua que callar, aun estando tan diestra en
maldecir.

As se deslizaba el tiempo para Lzaro, que, impensadamente tal vez,
desvi sus miradas del espectculo del mundo para fijarlas en lo que de
cerca le rodeaba. Habanselo pintado como asiento de todo error, cuando
no es sino el campo de la batalla librada por el bien y el mal; de modo
que al sentir herida la imaginacin busc refugio a sus dolores en la
contemplacin de una figura que, cruzando por su pensamiento, semej la
imagen del consuelo bajando a los infiernos del alma. A cada desengao,
a cada decepcin, Lzaro cerraba los fatigados ojos, prefiriendo la
tristeza de la sombra a los resplandores del mal, y al cerrarlos quedaba
como fotografiada en su pupila la imagen de aquella nia destinada a ser
juntamente el ms grato ensueo y la ms horrible pesadilla de su vida.
La buscaba sin darse cuenta de ello; la echaba de menos sin sospecharlo;
deseaba verla y hablarla del modo indeterminado y vago con que desea la
dicha el acostumbrado a la amargura. Las maanas en el jardn, los
paseos en el invernadero, las tardes del lluvioso otoo pasadas tras los
balcones del gabinete mirando estrellarse y correr las gotas de agua por
los empaados vidrios; las horas en que sentado a un extremo de la mesa
vea trasparentarse al fondo de sus pupilas azuladas toda la ternura de
su alma, le hacan gozar de una manera tranquila, sin que su propia
naturaleza varonil le llevara a pensar en otros halagos ni promesas. Se
deleitaba en la contemplacin de la mujer como la fra estatua de una
fuente parece recrearse entre las ondas que la cien. Placer, peligro,
dicha y dolor, todo lo tena a su lado; y l, como invadido el espritu
por slo un impulso, no senta ms que la admiracin de la belleza en
lo que tiene de ideal, sin que nunca llegaran los deseos a hostigarle
con su aliento de fuego. Senta lo que la pasin tiene de divino, sin
que los vapores impuros de la materia mancillaran aquel placer pursimo;
y cual si sus ojos penetrasen hasta el fondo del alma de la mujer, sin
detenerse a mirar el vaso que encerraba el perfume, gozaba en la
contemplacin de un ideal inasequible. Si la ignorancia tena las alas
cortadas al deseo o la castidad sujetaba a la naturaleza, ni l mismo lo
saba; que no sintiendo torpeza, no tuvo ocasin de combatirla. Pero en
el silencio de la noche, cuando todos dorman, tras el bullir de las
cenas o el trajn de los bailes, Lzaro con la cabeza entre las manos,
cado a sus pies el libro de rezo y rota la oracin en los labios,
senta el alma movida de esos misteriosos efluvios que nunca engendra la
piedad religiosa, porque solo brotan cuando saboreamos la esperanza de
la propia ventura. Estremecido por el fro volva en s. El sueo o el
cansancio le rendan luego, hundindole en los abismos de la nada, y su
imaginacin descansaba hasta que, al despertar, la esbelta figura de la
nia flotaba de nuevo ante sus ojos, turbando la primer plegaria del
da. En ms de una ocasin la Virgen grabada en el devocionario pareci
mover sus lneas y alterar sus rasgos, dando al rostro divino las
facciones de la mujer amada.

Sus alucinaciones, aun tomando forma de impiedades, no llegaron a
mancharse de lujuria; pero su misma voluntad, capaz de dominarlas, iba
dejando de ser lo suficiente poderosa para evitarlas.

Nadie, sin embargo, supo sus sufrimientos. La misma Josefina, dolo de
aquel culto, no sospech que bajo la pobre sotana del capelln de sus
padres empezaba a realizarse el misterioso gnesis que se cumple cuando
el amor dice cerca de un alma:--sea hecha la luz.--

Sencillo, afable, blando con los criados, respetuoso con los seores,
sin salirse de los estrechos lmites que su carcter de cura le marcaba,
acab Lzaro por ser en casa de los duques el ms querido de cuantos la
habitaban.

Lo indulgente que con las culpas era, haca creer a los culpables que
permanecan sus faltas casi ignoradas, y si trataba de corregirlas,
nunca las reprenda ante tercero, sabiendo que nada se remedia empezando
por lastimar el amor propio.

Esta bondad, unida a su carcter religioso, le daba entre las gentes de
los Algalias una consideracin a que los mismos duques no podan
sustraerse, viendo hermanados en Lzaro la mansedumbre del sacerdote y
el ingenio superior del hombre. Pero quien ms le quera, por ser quien
ms ntimamente le trataba, era Josefina, que, sin darse cuenta de ello,
haba ido poco a poco, coloquio tras coloquio y confidencia tras
confidencia, abrindole el seno de su alma sin dar jams a conocer
aquella inclinacin que lleg a sentir, pero que no intent definir
nunca.




usted


Cuando Flix Aldea fue presentado en casa de los Algalias, el duque le
recibi con la afabilidad que un caballero de su clase se crea obligado
a tener con el hombre puesto en moda por la opinin y la prensa. La
duquesa le agasaj con esas distinciones que guarda la mujer bonita para
quien rinde pleito homenaje a su hermosura, y Josefina, acostumbrada a
la trivial conversacin de gomosos insulsos, sinti hacia l profunda
simpata. Viendo en Flix un muchacho corts sin afectacin, galante
sin lisonja, discreto sin esfuerzo, que saba hablar de cosas serias sin
hacerse enojoso, ser franco sin parecer hipcrita, y comparndole
involuntariamente con los dems que la cortejaban, result de aquel
paralelo que la muchacha lleg a preferirle cuando ya en su alma, sin
que ella lo advirtiera, penetraron las sensaciones que al amor preceden,
al modo que en una habitacin cerrada se deslizan las primeras
claridades del da.

Aquella especie de amistad severa y dulce, al mismo tiempo que una a
Josefina con el cura, la sirvi para una trasformacin extraa; pero lo
que Lzaro haba provocado en la nia, ms que una trasformacin era el
desarrollo de cuanto fecundo puede haber en el corazn humano.
Ponindola en condiciones de distinguir, casi intuitivamente, lo bueno
de lo malo, cumpli la preparacin necesaria en ella para apreciar la
diferencia que exista entre hombres como Flix Aldea y caballeretes
como los que hasta entonces haba tratado. Con todo lo que de Lzaro
escuch, de sus instintos, sentimientos, ideas, y juicios, se form
Josefina una imagen que, sin reflejarse en su fantasa por entero, ni
llegar a personificarse en una figura, prest a las impresiones la
suficiente cohesin para engendrar la aspiracin indeterminada de un
ideal en que se daban juntas y cumplidas las buenas cualidades del cura
y las promesas de futura dicha, ya evocadas en el corazn de la mujer.
Para realizarlas estaba Lzaro incapacitado. Ni por un momento cupo en
Josefina la idea de que coexistieran en l las dos personalidades de
hombre y sacerdote; pero cuanto se desprenda de su trato vino a formar
algo como la frmula de la ventura soada, la profeca desinteresada de
bienes que l no podra otorgar, pero que en l estaban visibles a los
sentidos, aunque negados para siempre a la posesin o al goce. l fue el
primero en guiar a la virgen por los misteriosos senderos que llevan de
la pureza a la ignorancia y de la ignorancia a la curiosidad, hacindola
salvar con la imaginacin el lmite marcado a la candidez por la
sospecha, infiltrando, sin saberlo, en el espritu de la nia esa
inquietud secreta que dan las grandes crisis de la vida. Todo aquello
con que Lzaro la haba moralmente seducido, lo superior de su
inteligencia, la atraccin sobre ella ejercida, cuanto l discurra y la
daba expresado en frases de sencillez grandiosa, el inconsciente empeo
con que dej entreabrirse los senos de su alma para que ella viese clara
la poesa del bien y del amor, contribuyeron a que Josefina, llevando a
otro sus miradas, se fingiera un espejismo moral en que objetiv sus
ilusiones, llegando a concebir una entidad en que palpitaron vivas
todas aquellas perfecciones que la sotana del cura haca estriles.
Lzaro fue el eslabn a cuyo roce salta la chispa de que otro se
aprovecha.

A poco de frecuentar Aldea la casa de los duques, empez a dibujarse la
ndole del afecto que inspir a cada uno de los tres individuos de la
familia. El duque, en un principio ceremoniosamente obsequioso con la
trivial cortesa del caballero que se complace viendo en su casa al
personaje del da, pens luego que bien pudiera serle til en el
porvenir la amistad de aquel hombre nacido apenas a la vida pblica, y
objeto ya de tantas conversaciones. Su propio valer y la suerte de su
partido, la fortuna o la casualidad, podan alzarle a una posicin en
que su influjo fuese halago para la vanidad, o mina para la codicia. Y
el duque era de los que, llevando previsoramente muy lejos sus ideas,
echan cuentas sobre lo que pueden producirlos amigos. No ignoraba que
todo hombre es til en algn momento de su vida, y que ese es el
instante que debe aprovecharse. Pens en la senadura, y aadi para sus
adentros:--Quin sabe!--Desde que tal idea cruz por su mente, le
empez a distinguir sobremanera; dej de llamarle Aldea, y tom la
costumbre de llamarle Flix.

La duquesa, que al principio no sinti hacia l sino la gratitud innata
de la hermosura para la galantera, fue aprecindole luego como uno de
esos hombres peligrosos con quienes la coquetera de la mujer hace el
papel expuesto de la imprudencia asomada a un abismo. La perspicacia de
la dama, avezada a la lucha de la audacia contra la belleza, adivin en
l un adversario terrible si llegase a atacarla. Pero nadie not que
Aldea la cortejase. Sus conversaciones tenan ese carcter de afectada
cordialidad que da barniz de amistad al trato de personas indiferentes;
sus amables futilidades parecan exigencias del crculo que frecuentaba;
sus galanteras imposicin trazada por la teatral urbanidad de los
salones. Tal vez a solas se entretuvieron en discreteos peligrosos, pero
nadie lleg a pensar mal; ni la expresin de lo que l deca daba lugar
a sospecha, ni la manera de escucharle ella significaba disimulada
alegra. Tal vez en medio de una fiesta, muellemente sentada la duquesa,
vuelto hacia atrs el rostro, recatndose entre el plumaje de su abanico
y apoyado l en el respaldo del silln que ella ocupaba, se encontrasen
una sonrisa y una frase, como se encuentran el delito y su precio; pero
el descuido, si lo hubo, de nadie fue notado; quedaron secretos los
latidos que hicieron levantarse el raso a impulso del corazn, y qued
ignorada la secreta alegra de quien lo hizo palpitar. Quiz si se
acercaron fue impelidos por la embriaguez que se apodera de los nervios
bajo la letal influencia de la viciada atmsfera que forman las mentiras
odas, los perfumes aspirados y los resplandores que deslumbran; fueron
como la rama que se inclina sobre el ro mientras la violencia de la
corriente alza la superficie del agua, sin que pueda notarse si los
tallos la buscan, o es ella la que sube hasta manchar sus hojas.

Nada haba en ellos que autorizase al mundo para suponerles unidos por
un lazo ms estrecho que el de la superficial amistad engendrada con el
trato del medio social en que vivan. Existan en cambio poderosos
indicios para suponer que, si algn exceso de galantera mostraba Flix
Aldea hacia Margarita de Algalia, no eran enteramente desinteresadas sus
intenciones. Cuando se le vea hablando; embelesado con Josefina, los
ojos recrendose en la contemplacin de su belleza, mudo y como absorto
unas veces, animado otras hasta la locuacidad, comprendase el por qu
de tales dulzuras y complacencias para con la madre de aquel tesoro de
discrecin y hermosura. La solicitud con que a la duquesa atenda, se
explicaba por el afn de acercarse a su hija. Tratando de hacerse
agradable a Margarita, pareca solicitar la venia para otros dilogos en
que de antemano era la pltica tenida por ms dulce y amena, pues
Josefina cada vez se le mostraba ms propicia.

Era la vez primera que Josefina escuchaba con gusto las frases galantes
y las palabras cariosas de un hombre. Cuantos hasta entonces la
cortejaron, no supieron disimular bien el impulso que les animaba; unos
slo vieron en ella lo que inmoral y descaradamente se llama _un buen
partido_; otros la esperanza de satisfacer con sus amores una vanidad
pueril. Las pretensiones de aqullos fueron siempre rechazadas con
repugnancia; las de stos miradas con desprecio. Josefina, incapaz de
querer a nadie interesadamente, no admita la idea de ser ambicionada
por su oro, y sobrado discreta para confundir pruebas de amor con
requiebros de saln, desoy igualmente a los que pretendan su mano por
su dinero y a los deseosos de preferencias en que fundar vanidades. Ni
quiso prestarse a ser inerte objeto de un contrato, ni pudo or con
agrado las frases triviales, mejor o peor dichas, pero siempre falsas,
con que el hombre pretende atraerse sonrisas y provocar miradas que
pueda pregonar como favores. Cuando puesta en contacto con Flix Aldea
apreci su valer y not su inclinacin por ella, se fij primero, pens
despus, vacil luego, y finalmente lleg a decirse que aquel hombre
joven y juicioso, hermoso y varonil, obsequioso sin afectacin, galante
sin lisonja, era quien mejor mereca, si no su amor, al menos aquella
simpata que la mujer dispensa como prlogo de ms dulces concesiones.
Tal vez crea verle demasiado engolfado en sus aficiones polticas; no
se ocultaba a sus ojos que absorbido por la vida pblica, la tranquila
dicha del hogar sera en su existencia lo secundario; pero tambin
apreciaba claramente la diferencia inmensa entre un hombre que daba el
pensamiento a trabajos de gloria y los figurines movibles que hasta
entonces la rodearon. Cuando, cansado por las luchas del mundo o abatido
por los reveses de la suerte, Flix buscara en el hogar fuerzas y
consuelos, ella, con los brazos abiertos, le brindara reposo, y con sus
frases de cario le infundira esa fe que el temple de las grandes almas
sabe trocar en energa. Cuando la rpida pulsacin de la impaciencia
atormentara sus esperanzas, palpitara tambin con ellas; la alegra de
los triunfos sera para ambos, y la gloria que se conquistase para l
slo. Ella se contentara con un beso el da de las victorias,
endulzara con una frase las amarguras, y lejos de pensar que el
matrimonio es el _egosmo de dos_, sus ensueos de ventura se lo hicieron
vislumbrar como la abnegacin de uno solo.

Josefina no amaba todava a Flix. Ni le conoca lo suficiente para
cifrar en l todas sus esperanzas, ni la haba tampoco hablado en esos
trminos que hacen recproca la ternura. Sus finezas y palabras amables
no fueron nunca lo suficiente explcitas para provocar respuestas
claras: l no pareca poner empeo en obtenerlas; ella, sin acertar a
desearlas, las tema, pues si las conversaciones con Aldea pudieron
servirla como medida de su valer, no conoca bastante su carcter para
fiarse de l. Su trato le pareca cada vez ms ameno, mayor su ingenio;
pero no dejaba de observar que en todas sus conversaciones se quedaba
siempre corto, temeroso de pronunciar palabra en extremo arriesgada,
cuidando de evitar frases que no pudiera recoger. La perspicacia mujeril
la prest adivinacin, y la nia fue advirtiendo que aquel hombre tena
repartido su corazn entre un amor naciente y otro sentimiento ms vivo,
ms avasallor y poderoso.

Aldea no perda ocasin de dar a entender en pblico su amor por
Josefina: en las recepciones de su casa, en bailes, teatros y saraos se
complaca en mirarla de ese modo que, prodigando expresin a las
pupilas, entera a las gentes de lo que uno calla. No se recataba para
decir a quien quisiera orselo que con ella sera feliz; a nadie lleg a
permanecer oculta aquella inclinacin. La familia de Josefina se enter
de todo antes que los extraos, y si la madre no procur evitarlo, el
duque tampoco dio a la cosa gran importancia. Su hija era joven, rica y
hermosa: nada tena de particular que gustara a los hombres: Flix Aldea
era uno ms.

Slo la interesada reflexionaba sobre su propia situacin, y a pesar de
la atraccin de que se senta poseda, procuraba dominarse, ver claro y
leer en el corazn de aquel hombre.

Sin bastante conocimiento del mundo ni experiencia para explorar a Flix
provocando atrevidamente explicaciones francas que pudieran ser
indecorosas; sin coquetera que desconcertndole le hiciera venderse,
Josefina sinti la falta de un alma amiga, leal, inteligente, franca,
que aconsejara su incertidumbre y gobernara su timidez convirtiendo la
misma debilidad en arma poderosa. Aunque obcecada con dificultades y
dudas, a fuerza de pensar en su situacin respecto de aquel hombre,
crey ver determinado y fijo el rasgo que caracterizaba su extraa
situacin. Cuando Aldea la tena en pblico cerca de s, haca marcados,
aunque discretos, esfuerzos porque le vieran enamorado de ella; pero
cuando aparte y juntos poda hablarla sin testigos, callaba, o daba a la
conversacin los giros rebuscados de una tranquilidad afectada, huyendo
cobardemente toda explicacin. Era esto el miedo natural de quien,
deseando una dicha, vacila en pedirla temiendo escucharla negada o era
un modo de implorar piedad? Con esta duda tropezaba Josefina al fin de
todas sus cavilaciones.




VI.


LLEG el da del santo de la duquesa, y, como de costumbre, se festej
en familia con una comida, que si tena sus puntas y ribetes de
pretencioso convite, no careca de cierto aspecto de intimidad, pues
slo asistieron a ella los ms asiduos amigos de la casa, Flix Aldea
entre ellos, y el joven pero venerable capelln.

Esmerronse en prepararlo todo los criados, inspeccionndolo
cuidadosamente el mayordomo, y a la hora fijada estaba puesta la mesa
de tal suerte, que juntamente daba muestra de la calidad de los dueos y
del esmero de la servidumbre.

Un manojo de flores, presas en rico vaso de Bohemia, ocupaba el centro:
la cubran blanqusimos lienzos de letras y escudos primorosamente
bordados; reluca sobre ellos la limpia plata; puestas en trasparentes
platos acusaban las frutas con sus aromas su completa sazn; a las copas
de diversas formas y tamaos esperaban los ms preciados vinos, y la
tranquila luz de las lmparas iluminaba aquella lujosa sencillez,
mientras slo el continuo tic-tac del reloj rompa el silencio del
comedor, como llamando a convidados y dueos. Oanse por las
habitaciones inmediatas, a un lado el murmullo de la conversacin
pausada de los que esperaban, a otro el ruido que producan con sus
ltimos preparativos los criados. Poco despus fueron tomando asiento
los escogidos que haban de disfrutar con los duques el grato e ntimo
solaz que ofreca aquella fiesta de familia.

Las personas convidadas eran pocas, pero dignas de ser citadas. Adems
de Aldea, puesto no se sabe por qu previsora disposicin a la izquierda
de Margarita, estaban cuatro seoras y dos caballeros. La condesa de
Busdonguillo, dama elegantsima al presente, en otros tiempos seorita
cursi de las que pasan las primaveras en el Retiro, los veranos en el
Prado y los inviernos en torno de una camilla con lmpara de petrleo
haciendo flores de trapo o redondeles de _crochet_, mientras alguno de
los presentes cuenta lo que en la corte se dice cuidando de disfrazar la
crnica escandalosa de modo que no dejen de enterarse las nias de la
casa. Conoci al conde cuando ste acababa de perder a sus padres; se
dej abrazar varias veces en la penumbra de un pasillo, negndole
siempre otros favores; y un da, entre los enojos de una sesin de celos
y las alegras de una reconciliacin, hizo que su madre dijese al
muchacho: Pronto nos darn Vds. un buen da. Poco despus de la boda
el conde tir por un lado, la mujer por otro, y hoy viven en la mejor
armona, ella disponiendo _sus martes_, y l amueblando casa distinta
cada ao a una traviata de moda.

Frente a esta, para mortificarla con el espectculo de su lujo,
colocaron a la seora de Alzaola, hija de una nobilsima familia que se
vio obligada a casarla con un pollo imberbe, gracias a no se sabe qu
cuentos y calumnias, segn los cuales la nia tuvo que ausentarse un ao
de la corte para pasarlo en compaa de una ta pobre que viva en un
cortijo de Andaluca. Cuando, trascurridos dos aos, el matrimonio
volvi a Madrid, trajo en su compaa un precioso nio, que muri poco
despus de garrotillo mientras su madre estaba en un baile. En la
actualidad la seora de Alzaola es individua de varias juntas de
beneficencia, hace con frecuencia donativos de consideracin que
anuncan los peridicos, y suele mandar que paguen a su lavandera con
bonos de los que el Ayuntamiento distribuye a los pobres.

Otra de las invitadas era Pura Menguado, una casi nia, de diez y nueve
aos, sobrina de la condesa de Busdonguillo. Tena el pelo de un negro
azulado por lo intenso, el rostro de una palidez clortica, los pmulos
salientes, algo cados los labios, y los ojos de un mirar despreciativo
y lnguido como de herona de novela que no ha encontrado todava su
ideal en la tierra. Se levantaba a las tres, almorzaba, iba en coche a
paseo, se vesta a las ocho para comer, volva a vestirse a las nueve
para ir a la pera, engalanbase de nuevo para dar una vuelta por algn
saln de buen tono, regresaba a su casa a las cuatro, se empapaba en la
lectura de novelas francesas hasta las ocho, y dorma hasta la hora de
levantarse para repetir las mismas operaciones. Pura, que era renombrada
por su estranjerismo en el vestir, aquel da llevaba un vestido de raso
negro de mangas cortas muy ceido y muy largo con volantes de ancho
encaje azul, un collar de perlitas, medias de seda negra, zapatos de
raso claro con la punta algo encorvada, y el pelo, recogido a la
_vierge_, salpicado entre los rizos de alfileritos con cabeza de
brillante.

La cuarta seora era la generala viuda de Pillote. Tendra cincuenta
aos, pero a media luz representaba treinta y cinco; estaba haca tiempo
en relaciones con otro general a quien el difunto leg sus placas en
prueba de buena amistad; se dedicaba mucho a las cosas de iglesia,
baca novenas, y creyendo que esto no poda ya ponerla en ridculo,
vesta imgenes. Despus del general, sus pasiones eran las amigas a
quienes siempre aconsejaba lo mejor y las conversaciones en que se
hablaba del decoro.

Los hombres merecen prrafo aparte.

Don Juan del Cupn era un seor muy rico, asociado con un marqus que no
lo era menos, para prestar dinero a menores con escrituras de depsito
como garanta. Cuando los muchachos que reciban el prstamo no se
pegaban un tiro y sus padres se vean amenazados por la deshonra, el
seor de Cupn transiga el asunto, viniendo siempre a quedaren sus
garras el sesenta por ciento al ao. Fue diputado de una mayora
conservadora, y contribuy poderosamente a varias peregrinaciones
catlicas.

Arturito Galeolo era un chico que frecuentaba las mejores casas y las
peores mujeres de la corte: tena dos hermanas jamonas muy guapas,
extravagantes en el vestir, de conducta dudosa y a quienes acompaaba a
todas partes. Puede decirse que no tena personalidad propia: todo el
mundo le llamaba del mismo modo: el hermano de _la pareja_; nombre con
que Madrid entero designaba aquellas elegantes y ex-jvenes seoritas.

El ltimo convidado de los duques era un antiguo periodista amadamado y
maldiciente; ducho en dos especialidades, merced a las que viva
hacindose lado por doquiera. Posea un repertorio completsimo de
narraciones de disgustos domsticos entre lo ms acomodado de la
sociedad, que se complaca en contar oportunamente, y escriba revistas
de bailes, detallando los trajes y prendidos de las damas. Llevaba las
patillas teidas de rubio y afeitado el bigote, que empezaba
descaradamente a blanquear. Decan las gentes que algunas encopetadas
seoras le haban pagado con dulzuras infinitas, ms que los elogios
para ellas, las censuras para otras. Tena, adems, otra particularidad:
reciba toda su correspondencia en la redaccin; no se pudo averiguar
dnde viva; se lleg a sospechar que tena en una buhardilla una mala
cama, un gran lavabo con muchos frascos, tintes, pomadas o cosmticos, y
una percha cargada de ropa; pero nadie logr poner en claro la verdad.

Sentronse los duques con sus comensales, atenindose ms a la confianza
que a la etiqueta, y se comi luego como se coma en aquella casa cuya
mesa era uno de los mejores altares que pudo desear la gula. Mucho
permita su riqueza a los de Algalia; pero ms vala su exquisito modo
de elegir: eran de los pocos que saben comer, cosa harto difcil de
aprender, porque slo a gente rica est reservada su enseanza.

La conversacin, general o limitada a pequeos grupos, versaba sobre
todo aquello que sin ofensa poda decirse ante una nia como Josefina y
un clrigo como Lzaro; pues si ella contena la libre lengua cortesana
con su aspecto de pureza, bien se echaba de ver que el cura era un cura
digno de sentarse donde cualquier grande o virtuoso se sentara.

Pasando de unas cosas a otras, se lleg en la conversacin a lo que era
objeto de diversos comentarios por aquellos das: el estreno de un drama
de esa escuela que, inspirada en la realidad, lleva a la escena nuestra
propia vida y nuestras miserias; haciendo al teatro espejo donde las
imgenes que se mueven en la accin fingida, sean, segn su virtud o su
torpeza, ejemplo de unos y escarmiento de otros. Serva de base al drama
el manoseado problema de la falsa posicin creada por la sociedad al
hijo natural, y el autor atacaba duramente ciertas hipocresas, que
podran ser ridculas sino tuvieran marcado carcter de intransigencias
odiosas.

La generala Pillote se mostr desde luego partidaria del perdn. La de
Alzaola sostuvo que la mujer que faltaba era porque quera faltar, idea
que hizo sonrer a algunos de los presentes. Purita Menguado se
deleitaba oyendo todo aquello que tena todava en cierto modo para ella
el encanto de lo desconocido; y digo en cierto modo, porque era una de
esas nias vrgenes que nada ignoran tericamente, esforzndose en
discurrir cul ser en la prctica la aplicacin de sus conocimientos
poco castos. La de Busdonguillo callaba y coma, no porque se acordara
de que nadie puede tirar la primera piedra, sino considerando
oportunamente que hay casas con tejado de vidrio.

Menos Josefina, que no poda explicarse todo el alcance de la
conversacin, todos tomaron parte en ella: mostrando su opinin unos
acaloradamente, con tibieza otros, como quien ignora la de los dueos de
la casa y no quiere desagradar; este hablando en nombre de la moral
ultrajada, y aqul tratando de darse por ingenioso, mientras alguno
coma en silencio, rindose para sus adentros en general de la virtud, y
en particular de los virtuosos. Guardaba silencio la duquesa, que, como
mujer _de mucho mundo_, saba los peligros que rodean a su sexo, y
callaba tambin el cura, pensando que era excusado hablar cuando todos
deban suponer que slo en nombre de la misericordia podra hacerlo. La
conversacin qued limitada al duque y Flix Aldea: el primero, apurando
cuantos lugares comunes y frases hechas acoge la intransigencia
disfrazada de moralidad, repeta los argumentos ideados por todos los
que, afectando desconocer el origen de muchas faltas, son exigentes
para que se les tenga por justos. Aldea, con animada frase, deca que la
madre es disculpable muchas veces, y los hijos inocentes siempre. Con
sencillas razones, sin artificio ni esfuerzo, demostraba que la
severidad en las costumbres no debe ser rayana en la crueldad, y que,
como ms consolador, deba preferirse el perdn al desdn con que suelen
mirarse en el mundo faltas que tienen mucho de desgracias. Defendase y
alzaba el duque la voz como aquel a quien van faltando armas;
respondale Flix tranquilo, al parecer, pero en el fondo con inters
vehemente, hasta que el duque, formulando torpe y rudamente su modo de
pensar, exclam:

--Quiz tenga usted razn. Convengo en que el perdn es muy cristiano y
muy humanitario el olvido; pero yo no dara nunca una hija ma a un
hombre nacido en tales condiciones.

Si alguien hubiera tenido entonces fija la vista en el rostro de Flix,
le hubiera visto demudarse; pero nadie not que aquel hombre frunciera
un instante el entrecejo, mordindose los labios, como para no decir lo
que desde el fondo de la conciencia les mandaba la dignidad ultrajada.
Solamente la duquesa, que oy la frase de su marido, se conmovi; pero
supo callar, comprendiendo que haba escuchado una torpeza irremediable.

Aldea se content con dar por terminada la discusin, y acab de tomar
tranquilamente su caf, limitndose a decir:

--Estoy seguro, seor duque, de que nuestro querido don Lzaro sera
menos cruel que usted

--El capelln no es aqu buen juez,--replic Algalia,--ni puede entender
de esto, porque no puede tener hijos.

Lzaro call. Levantronse todos de la mesa, y no se habl ms; pero un
momento despus, Aldea, visiblemente conmovido, llev al duque hasta el
hueco de un balcn, y all, sin ser odo de nadie, al mismo tiempo que
sacaba un pliego del bolsillo, le dijo:

--Hace tiempo que deseaba probar a usted mi buena amistad. Aprovechndome
de la influencia de mis amigos, he conseguido para usted esta distincin:
al pisar por ltima vez su casa, he venido con el propsito de aumentar
en algo las alegras de este da; y usted, en cambio, acaba de ofenderme
desapiadadamente: soy hijo natural.

Y separndose con rapidez de Algalia, que maquinalmente haba recogido
el pliego, estrech la mano a la duquesa, que intent en vano detenerle,
salud al cura, hizo a los restantes una inclinacin de cabeza, mirando
profundamente a Josefina, extraada de tan repentina despedida; sali
del comedor, cruz las salas, y un momento despus el portero,
descubrindose respetuosamente, le abra la lujosa verja del parque.

El duque, atnito, no saba lo que le pasaba: abri el pliego, y no
pudo, al leerlo, contener un estremecimiento de gozo: era la realizacin
de su sueo de oro. Su nombramiento de senador vitalicio: al pi del
documento se lea la siguiente firma:

_Yo el rey_.

--Mira, Margarita,--dijo en voz baja, tendiendo el pliego a la duquesa y
su hija;--ven, hija ma. Aldea me ha dado este papel, y se ha marchado,
dicindome que le haba ofendido.

Y mientras los circunstantes se miraban unos a otros, el duque, posedo
de una sorpresa inconcebible, sin darse exacta cuenta de lo sucedido,
atento slo a su propio regocijo, lea y relea el nombramiento por cima
de las hermossimas cabezas de su esposa y su hija. La duquesa,
apartando cariosamente a la nia y recatndose de ser oda, asi a su
marido fuertemente del brazo, dicindole:

--Qu has hecho? Aldea es hijo natural.

--Pero este nombramiento,--repuso Algalia, a quien por el momento slo
poda preocupar su senadura,--qu quiere decir, a qu viene darme tan
gran prueba de afecto?

--Flix est enamorado de Josefina,--contest Margarita.

De all a poco los convidados fueron desfilando repletos de buenos
manjares y llenos de curiosidades: ellos saboreando el aromoso veguero,
y ellas hablando de los trajes de la duquesa y su hija. Si alguno
callaba, era porque lo mal que digera no le dejaba murmurar de lo bien
que haba comido.





VII.


Tal fue la sorpresa del duque a consecuencia de lo ocurrido, que slo
despus de algunas horas, y tras larga conversacin con su mujer, lleg
a convencerse de dos cosas: era senador vitalicio por nombramiento real,
y, sin saberlo, haba ofendido gravemente al hombre que le encumbraba.

Ambos esposos se preocuparon seriamente. El marido experimentaba
impresiones contrarias; senta el regocijo ntimo del orgullo
satisfecho, y al mismo tiempo, no acabando de comprender cmo Aldea le
haba podido elevar hasta ser _pater patrie_, senta vagamente el
disgusto de tener que agradecer a tal hombre, a un cualquiera, tamaa
honra. En cuanto a lo del agravio inferido, no poda Algalia explicarse
satisfactoriamente por qu se haba ofendido Flix por una frase dicha
con cierto carcter de generalidad.

La mujer se mostraba pesarosa en extremo; pareca dolerse tambin de
tener que manifestarse agradecida a quien consideraba inferior a su
casa; calculaba la ofensa hecha a Flix, y, sobre todo, no perda
ocasin de repetir a su marido que Aldea estaba enamorado de Josefina. A
pesar de todo, el disgusto tom en Margarita un aspecto distinto del que
pudieran prestarle tales consideraciones. Ni el orgullo, que crea
rebajado por la persona que haca el favor, ni la contrariedad de ver
ofendida a esa misma persona, eran motivos bastantes a justificar su
mal humor. Limitose, con respecto a sumando, a llamarle torpe y
hablador, indicando ligeramente la idea de un desagravio, tanto menos
doloroso, cuanto que Aldea no haba recogido pblicamente la ofensa;
pero luego, a solas, con el ceo adusto y la mirada triste, abra a su
mortificacin libre salida, dando desahogo a su pena; arrojaba con
desprecio sus alhajas en el sortijero: al no hallar lo que buscaba,
cerraba con fuerza los cajoncitos de sus mueblecillos maqueados; recoga
como con ira el abanico escurrido hasta la alfombra desde su falda de
seda, y, al verlo en sus manos, meta distradamente los dedos entre las
varillas, o desgarraba el pas con las sonrosadas uas. Haba momentos
en que se humedecan sus prpados; pero el ms leve rumor daba fuerzas
al miedo de ser sorprendida, y ahogaba la inoportuna lgrima, trocando
en dulce sonrisa el salado llanto. Sumida en profundo y silencioso
abatimiento, la mirada inquieta reflejaba el fondo intranquilo de su
espritu; pero no brotaba una queja de sus labios, ni hubiera sido
posible averiguar, aun espindola de cerca, la causa verdadera de su
pesar. Era quiz el disgusto de ver alejado de la casa al hombre que
estaba enamorado de su hija? No, seguramente, pues harto poda
comprender Margarita de Algalia que nunca faltaran a Josefina ocasiones
de ventajosa y feliz boda. Ni su corazn de madre, ni su orgullo de dama
podan tolerar suposicin semejante.

Slo por las conversaciones de sus padres, y al cabo de varios das,
supo Josefina el alejamiento de Aldea. La impresin que recibi fue
penosa: dando al olvido las inquietudes inspiradas por la conducta que
Flix observaba respecto a ella, pens en que ya no vera cerca de s al
primer hombre en quien crey hallar algo como una promesa de felicidad.
Cuando lleg a enterarse de la ofensa que mediaba, conociendo el
carcter de su padre, sinti esperanza de que pudieran las cosas
arreglarse; y, apenas concebida la sospecha, resolvi hablar a su madre.

Haba en el palacio de los duques una ancha y lujosa galera, a la cual
se abra la puerta de un saln tapizado de rojo, que era el menos
frecuentado de la casa, y donde el duque guardaba en enormes armarios
los libros que no caban en las bibliotecas de su despacho o consideraba
indignos de vistosa encuadernacin y lugar visible, lo cual originaba
que en cambio se viesen en descarado sitio novelas de mala muerte con
cantos dorados y corona ducal en el lomo.

A este saln vena muchas veces Lzaro en busca de algo para leer, o por
entretenerse ordenando lo que all estaba confundido. Abra un balcn
que daba al jardn, y, respirando el grato aroma de los tilos cercanos,
dejaba pasar el tiempo o se abismaba en sus eternas dudas.

Era cerca del anochecer cuando Josefina, decidida a pedir a su madre que
la ayudase a facilitar la reconciliacin con Aldea, cruzaba la galera,
en cuyos vidrios venan a dar los ltimos resplandores del da. Al ver
entornada la puerta, mir hacia dentro. El saln estaba casi oscuro;
todo era sombra. Lzaro, para aprovechar la claridad que iba faltando
por momentos, lea apoyado de espaldas en los hierros del balcn, y su
figura se destacaba por negra sobre la amarillenta luz del crepsculo.
El vientecillo de la tarde meca ligeramente las ramas del jardn, y al
chocar las hojas unas contra otras, producan un murmullo cadencioso y
apacible, interrumpido slo por las agudas notas de alguna golondrina
que tena su nido entre las vigas del tejado.

Al sentir ruido, Lzaro alz la vista, y viendo a Josefina, adelant
algunos pasos, mientras ella permaneca callada y quieta, recostada en
el quicio de la puerta.

Lo que all pas fue triste, silencioso, casi horrible. El confidente se
troc en capelln, el amigo dej su puesto al ministro del cielo. Ella
mir a Lzaro como quien, sin confesar su pena, implora alivio a su
dolor, y l, juntas y cadas las manos que sujetaban el libro, se abism
en la contemplacin de aquella mujer que mendigaba un apoyo o un consejo
del nico ser que no poda drselo, y a quien era crueldad exigrselo.
Los ojos de la nia suplicaban sin comprender el riesgo a que poda
exponerle la splica, y los de Lzaro queran entender el ruego; pero el
cura vea alzarse ante s su propia imagen, como se interpone lo
imposible entre el hombre y la felicidad. El sacerdote poda aconsejar;
el hombre no saba formular la frase, y en tanto la mujer aguardaba en
vano, mirndole cada instante con ms cario, hermosa, inmvil, sin
explicarse en su mejor amigo la obstinacin de aquel silencio. Dej
entonces caer la cabeza sobre el pecho, mir al cura reconvinindole
dulcemente, y le dijo:

--Voy a hablar con mam.

Call l, sali ella lentamente del saln, desapareciendo entre las
sombras de la galera; y Lzaro, volviendo al balcn, abri de nuevo el
libro, y, sin fuerza para contener el llanto, a travs de sus propias
lgrimas ley estas palabras del Divino Maestro:.... _Y ay de vosotros,
Doctores de la Ley, que cargis los hombres de cargas que no pueden
llevar, y vosotros ni aun con uno de vuestros dedos tocis las
cargas!_[2]

Al mismo tiempo, en el opuesto extremo de la casa, el duque, solo en su
despacho, cmodamente sentado en un silln, buscaba en un peridico la
ltima sesin del Senado; y al llegar al fin, en la resea de una
votacin nominal, los antojos de la impaciencia le hacan, buscar antes
de tiempo su ttulo, para verlo en letras de molde, ignorando a punto
fijo dnde encontrarlo, si junto a los seores que dijeron _s_, o entre
los que dijeron no.




VIII.


Lzaro no durmi aquella noche. La conmocin recibida era demasiado
fuerte. Por vez primera se daba cuenta del gnero de afecto que le
inspiraba Josefina, y vivo todava el dolor de verla desear la vuelta de
Flix a la casa, sintiendo la pena de recordarla implorando su ayuda,
comprenda la grandeza de su mal y lo imposible del remedio. Pero no se
sorprendi al confesarse el secreto de aquella inclinacin; sus
impresiones anteriores le haban llevado de la mano hasta aquel punto,
y las que le pasaron antes casi inadvertidas, le aparecan explicadas
ahora. Sus recuerdos le iban diciendo que los materiales del fuego, al
parecer prendido entonces, ardan desde mucho tiempo atrs, y su memoria
le revelaba cosas que, regocijndole como hombre, le espantaban como
sacerdote. Las reminiscencias le venan, no evocadas por el deseo, sino
involuntariamente. Recordaba que un da, estando sentada ella (ya
subrayaba el pronombre!) en el invernadero con su bordado entre las
manos y los ojos fijos en la labor, l, antes de llegarse a hablarla, la
contempl a hurtadillas largo rato, deleitndose como un devoto en la
imagen que tiene reputacin de milagrosa. Otra vez, al querer alcanzar
al mismo tiempo un ovillo de estambre que haba rodado por la arena del
jardn, el pelo de ella, rozndole la cara, le haba estremecido, cual
si su alma vibrara dentro de su cuerpo. Con frecuencia, sin dar al
olvido sus encantos morales, se haba parado a grabar en el fondo de su
imaginacin aquellas lneas que dibujaban un cuerpo formado de bellezas.
Lzaro conoca hasta dnde llegaban el sutil ingenio de la nia y su
candidez exenta de mojigatera; no se le ocultaba ninguna excelencia de
condicin y carcter; pero aquella noche se dijo que desde meses atrs
hubiera podido dar detalles sobre la esbeltez del cuerpo, la pequeez
del pi, la roja frescura de la boca, o el delicioso mirar de las
pupilas de Josefina. El capelln descubri primero en ella una ser
humano que pareca un ngel, y el hombre acab por enamorarse de una
mujer angelical, pero mujer al fin. Esto haba sucedido natural,
sencillamente, sin provocacin de una parte o clculo de otra, sobre
todo sin intencin en Lzaro, que se encontraba preso en una red, no
porque se la preparasen, ni porque l, hallndola tendida, entrase en
ella, sino porque los lazos estaban preparados en torno suyo por la
fuerza y la naturaleza de las cosas. Tan inocente era Josefina, como
irresponsable era l. Su nico delito era llegar a comprender la
monstruosidad de su desgracia, sin que antes lo que en l exista de
sagrado le hubiese dado la voz de alarma. El hombre de la tierra y el
del cielo caminaban juntos, y cuando el primero empez insensiblemente a
desviarse de la buena senda, el hombre de Dios no le avis del peligro
ni le previno del mal, y Lzaro, obligado a llamar a las cosas por su
nombre, vio el peligro en Josefina y el mal en el amor.--! La dulzura y
la bondad un peligro; el amor un mal! Por qu?

Antes de que el pobre clrigo llegase a persuadirse de la certeza de su
amor, empleaba en la lectura y el estudio la mayor parte de los das y
muchas horas de la noche. Las ideas que de sus observaciones brotaban
chocaron claramente con los preceptos que se le imponan; su buena fe le
impulsaba a buscar, cada vez con ms ahnco, una opinin, un juicio, que
diera solucin a sus dudas, algo fuerte en que apoyarse para vivir y
creer al mismo tiempo; pero ningn filsofo, ni ningn escrito sagrado
le podan dar lo que su propia conciencia se obstinaba en negarle.
Lzaro lleg a ser uno de los seres ms desdichados de la tierra: el
cura que adquiere la costumbre de pensar.

Lenta, muy lentamente, pero de un modo seguro y cierto, fue
convencindose de que le haban educado dndole por verdades infalibles
afirmaciones que no poda comprender; y, sin embargo, no ceda. La
santidad de la misin impuesta le serva de refugio, o buscaba en las
prcticas religiosas una ocupacin piadosa, durante la cual se
imaginaba sentir vagamente que su espritu se elevaba en arrobos
msticos hasta los prometidos cielos, como espiral de incienso que sube
a perderse en el espacio.

Otras veces las limosnas que haca la duquesa ocupaban su imaginacin,
hasta el punto de amortiguar todos sus pensamientos. Margarita quiso
solemnizar la senadura concedida a su esposo dando a los pobres una
gruesa suma, y Lzaro fue el encargado de distribuirla. Cumpli el
mandato escrupulosamente, consagrndose a l de modo que durante algunos
das vivi embargado por su hermosa tarea; no sali de sus manos una
sola moneda sin que supiera que realmente la necesitaba quien la
reciba; se goz en remediar las pesadumbres, y lo hizo con tal dulzura,
desplegando tanta bondad, prodigando con tan divino arte los consuelos,
que duplic el socorro, aadiendo al oro de la duquesa esa otra limosna
que slo se da con el espritu; quien la reciba de sus manos, quedaba
obligado sin humillacin y agradecido sin bajeza. El oro, al pasar por
ellas, pareca purificarse sin dejarlas manchadas.

Cumplida su misin de caridad, Lzaro se encerr de nuevo en sus
soledades, y entonces las dudas, muertas al parecer aquellos das,
tornaron a mostrarle las insaciables fauces, semejantes a esos reptiles
asquerosos que despus de aplastados vuelven a revivir y arrastrarse.

Habitaba el capelln en casa de los Algalias un cuarto, casi una celda,
de humilde aspecto, que los seores quisieron intilmente amueblarle con
mayor regalo. Frente a un balcn, abierto sobre las arboledas del
jardn, tena una cama de hierro pintada de verde, y a su cabecera un
Crucifijo de torpe talla, de lacia y triste figura; un reclinatorio al
pi del lecho; dos estantes de caoba deslucida llenos de libros, y una
mesa tambin cargada de ellos hasta el punto de parecer rebosar,
desparramndose por las sillas inmediatas; un modestsimo aguamanil de
loza con su jofaina de lo mismo; un armario de pino barnizado, donde se
guardaba la sotana de los domingos; una exquisita limpieza en todo, y
una apariencia de profunda calma: tal era el cuarto, cuyas vidrieras se
abran antes que ninguna otra de las de la casa, y las que hasta ms
tarde estaban iluminadas por la lmpara que ayudaba el tenaz trabajo de
sus largas veladas.

Aparte la impresin de apacible melancola que aquella estancia causaba,
lo ms chocante de ella era la multitud de libros esparcidos por todos
lados. Pareca que el dueo de aquel cuarto trataba de resolver un
problema, y que en alguna de sus infinitas pginas esperaba encontrar la
solucin. No haba fase ni aspecto del espritu humano que no estuviese
representado all. Lzaro buscaba la verdad en todas partes; en los
grandes escritores paganos, como en los Padres de la Iglesia; en los
heresiarcas ms ilustres y los ortodoxos ms severos; en los
mantenedores del sentimiento religioso y en los descredos pensadores
modernos. Se enorgulleca con las certezas de la ciencia, y sonrea ante
las promesas de las religiones; examinaba los piadosos engaos y las
verdades demostradas. Todo quera abarcarlo, cielo y tierra, presente y
pasado, buscando con perseverante tenacidad las causas de las cosas, o
el origen de las ideas, lo mismo en los tomos amarillentos y
apergaminados de los siglos muertos, que en los volmenes modernos,
hmedos todava, con su olor a tinta de imprenta y sus cubiertas de
colores.

Solo, inteligente, vido de saber y con tiempo libre, Lzaro estudi y
observ cada vez con ms ansia. Todas las perspectivas en que puede
dilatar su mirada el entendimiento humano fueron presentndole
dificultades e incertidumbres, y en confuso desorden invadieron su
espritu impresiones contrarias, dndose al mismo tiempo a su razn
ideas justas y apreciaciones errneas. De cada sistema recogi una
palabra distinta, y de ninguno la verdad: unos le atormentaban con sus
fraseologas de tecnicismos ingeniosos que dan nombre de cosas reales a
creaciones del espritu, afirmando lo que no demuestran; otros le decan
que el hombre es fuerza y materia nada ms, un reloj con cuerda para
cierto nmero de aos, que suele por su genio adelantarse al tiempo en
que vive, que se retrasa por la ignorancia, que puede arreglarse cuando
se descompone, pero que al fin se rompe; unos todo lo fundan en ideas,
otros todo lo basan en hechos. Y cuando tales pensamientos le absorban,
pareca que una vocecilla burlona, desde un rincn de su cerebro, se le
acercaba al odo, aconsejndole que arrojase los libros y se dejara de
filosofas y estriles monlogos, que no haban de darle un grano de
trigo ni una gota de agua. l, sin embargo, segua en sus estudios, y
como el buzo baja con su escafandra a las profundidades del Ocano,
penetraba en los mares sociales, con la buena fe por apoyo y la
sinceridad por gua.

Entonces cada paso fue un desengao: vio que la vida es lucha de
egosmos contrarios, donde el oro sirve de absolucin para la infamia y
salvo-conducto para la nulidad; el mundo una batalla en que se cuentan
las preseas, no segn lo que se trabaja, sino con arreglo a lo que se
posee. Adquirir es el talismn que todo lo resuelve; no tener, el delito
que a nadie se perdona; no haber tenido, una mancha que jams se borra.
En las puertas del mundo la impudencia ha escrito este letrero: Posee,
y lo dems te ser dado con hartura.

Algunas veces Lzaro crea ir convencindose de que la tierra era el
asiento del mal, como le haban dicho sus maestros: todo, al parecer, le
incitaba para inclinarse a esta opinin. Mezclado con su amor a la
humanidad, empezaba a sentir desprecio hacia el hombre, ser extrao,
ridculo y sublime al mismo tiempo, que con frecuencia es malo, pero que
algunas veces es peor. Vea que, como la fruta pasa pronto de la madurez
a la corrupcin, el hombre pasa rpidamente de la experiencia al
egosmo, y se fue persuadiendo de que la experiencia es intil, porque
siempre llega tarde. Si pensaba en s propio, senta humildad; si
estudiaba al prjimo, le posea el orgullo. Todo eran dudas continuas,
enlazadas cual esas olas mutuamente engendradas, y en que ninguna es la
postrera.

Al analizar el presente, todo le pareca negro; mas al estudiar la vida
de otras pocas, miraba bajo distintas formas reproducidas las mismas
dificultades, pero siempre disminuidas, hechas cada vez ms soportables,
y supo que ese trabajo de los siglos, aspiracin y tarea de la
humanidad, es el progreso. Vio que el mundo mejoraba con el tiempo, que
el mal disminua, y que sus antiguos maestros le haban pintado como
perdurablemente malo lo que es eternamente perfectible. Aunque los
estudios y las cavilaciones le amargaran, en el fondo de su alma quedaba
siempre, como en la caja de Pandora, un blsamo dulcsimo, la esperanza;
y entonces la vocecilla burlona, cual si tuviera empeo en trocar sus
ideales por dolos, le deca:--La esperanza es el manjar ms sabroso de
la tierra, pero es tambin el menos nutritivo.--

Fruto de tantos desvelos, Lzaro lleg a saber mucho, pero todo poda
reducirse a dos puntos: uno relativo al mundo, otro concerniente a s
mismo. Supo que el mal y el bien no radican uno en la tierra y otro en
el cielo, sino que ambos estn aqu abajo, dentro de nosotros mismos, en
grmenes dispuestos a brotar y florecer o podrirse, segn los instintos,
la educacin, el tiempo o la voluntad del hombre. Y supo, en cuanto as,
que en la tierra hay algo muy parecido a la felicidad: el amor. Un libro
que nadie puede leer dos veces en la vida, pero que realmente existe y a
l le estaba negado. Su alma deba ser un muerto que tuviese por sudario
una sotana.

Las doctrinas de los que le educaron lo ordenaban as. Por cima del
declogo casi divino que deba practicar, los hombres haban escrito
este mandato:--No te amarn.--

--No te amarn!!, se repeta Lzaro continuamente, y cada vez le
pareca ms injusto. Su inocencia protestaba con la impetuosidad de la
ira o con la amarga laxitud del desaliento, pero siempre tena que
confesarse vencida. Su conciencia era un siervo puesto en la alternativa
de alzarse en armas o aceptar humilde y bajamente la esclavitud; no
haba ms que dos caminos; abjurar, o resignarse. Lo que no exista, lo
que nadie le poda ofrecer, era una solucin que tuviese algo de
consuelo.

Cuando la tempestad sorprende al pjaro que se aleja del nido, el ave
lucha con la tormenta, aleteando por recobrarlo; cuando el nio que
rompe a andar cae y se lastima, busca afanoso el regazo de su madre;
cuando el hombre abandona la mujer que le quiere, y sufre desengaos,
torna a ella, y en sus brazos se arroja: Lzaro no tena nido, ni
regazo, ni brazos a que acogerse; llevaba, como una doble maldicin, la
duda en la frente y el amor en el alma. Su meditacin de religioso se
quebrantaba con sus cavilaciones de hombre, y si la enrgica voluntad o
el temor al peligro traan la oracin a sus labios, entre los severos
pensamientos del sagrado rezo se deslizaba un nombre de mujer,
penetrando su imagen alegre y bulliciosa entre las austeras reflexiones,
como entrara una maga en un coro de monjes.




IX.


Josefina entr en el cuarto de la duquesa resuelta a descubrir
francamente la inclinacin que hacia Flix senta, pidiendo a su madre
ayuda para que pudiese aquel hombre ir decorosamente a la casa; pero
frente a Margarita la energa y la resolucin dieron en tierra; rompi a
llorar, y balbuce entre temores lo que se haba propuesto decir claro.
La duquesa, besndola cariosamente, sec sus lgrimas, escuch la
confesin de aquel amor naciente, y despidindola ruego con ternura, la
llev hasta la puerta de su gabinete, procurando que aquella entrevista
fuese lo ms breve posible.

Al quedarse sola, la duquesa llor tambin, pero no con aquel llanto
apacible y puro de la nia, sino amarga, desconsoladamente, con lgrimas
tardas en brotar y abrasadoras al deslizarse por el rostro.

Decidida a hablar con su esposo, mand preguntar si estaba en casa; y
cuando la contestaron que el seor no haba salido, se encamin al
despacho, donde encontr al duque hojeando el reglamento del Senado.
Hzole suspender la lectura, y abordando de frente la cuestin, le dijo
que por su propio inters, por no pecar de ingrato y en gracia de
Josefina, era necesario que Flix Aldea volviese como antes a frecuentar
la casa. Examinose entre ambos cnyuges la cuestin, y el duque, que ya
se iba encariando con todo lo que tuviera sabor de discusin,
aprovech la oportunidad, hablando largamente de su decoro y prestigio,
de que no quedase lastimada su dignidad, y de otra porcin de cosas que
hubieran hecho murmurar a cualquiera: _palabras, palabras, palabras_.

Por fin, Margarita, con ese tacto que slo las mujeres tienen, resolvi
las dificultades proponiendo que se diera un baile para celebrar lo de
la senadura, envindose a Flix, como de costumbre, su correspondiente
invitacin; lo cual, despus de lo ocurrido, vena a ser como una
satisfaccin, que sin desdoro del ofensor poda desagraviar al ofendido.
Aceptada la idea, Margarita dej al duque continuar su examen del
reglamento de la alta Cmara, y vuelta a su cuarto, despus de haber
cerrado cuidadosamente las puertas para evitar verse de pronto
sorprendida, se dej caer en un silln, apoy en uno de sus anchos
brazos los codos, y ocultndose el rostro con las manos, dejando
rebosar el llanto por entre sus sonrosados dedos, fruncido el ceo y
enrojecidos los prpados, se qued pensativa, sin que nadie al verla
hubiera podido averiguar si aquella dama era una madre que se impona un
sacrificio, o una mujer a quien los celos hostigaban.

      *      *      *      *      *

Se fij el da de la fiesta, y empezaron los preparativos. Los tapiceros
y adornistas tomaron posesin de los aposentos en que haba de
verificarse; se construy una galera de follaje, que pona en
comunicacin el saln principal de la planta baja con el espacioso
invernadero de cristales que en el jardn se alzaba; cubrironse las
columnas de hierro con entrelazadas hojarascas; se colgaron de la bveda
de cristales los aparatos para gas; se pusieron en los ngulos las
mejores esculturas que haba en la casa, haciendo que los mrmoles
blancos destacaran sobre fondos de oscuro follaje; se prepararon
farolillos para las enramadas del parque; diose orden en las cocinas
para que la cena fuera oppara; se apuraron todos los caprichos que
puede el oro satisfacer al buen gusto, y una legin de artesanos invadi
el palacio durante muchos das, disponiendo las cosas de suerte que
cuando dos horas antes del baile los duques inspeccionaron todos los
preparativos, el nuevo senador, arrellanndose en un silln con la
dignidad propia de su investidura, y mirando a su mujer con vanidosa
satisfaccin, exclam:--Estar bien.

Y as fue. Desde las once de la noche una larga fila de coches iba poco
a poco dejando en el vestbulo del palacio centenares de convidados; las
damas, envueltas en riqusimos abrigos, bajaban de sus berlinas y sus
_clrens_, dejando ver pies coquetamente calzados que se apoyaban un
momento en el estribo, mientras con la mano, enguantada hasta el codo,
recogan la larga cola ornada de valiosos encajes; los lacayos reciban
rdenes de volver a la madrugada; los mirones y curiosos, estacionados
en la acera opuesta, contemplaban aquellas grandezas haciendo
comentarios, sugeridos por la hermosura de las mujeres o la envidia de
las riquezas; los salones se iban llenando, y el calor que la
aglomeracin y las luces engendraban iba animando y coloreando los
rostros. Aqu se oan alabanzas a los dueos de la casa, dichas en voz
alta; all se agrupaban otros a murmurar censuras; unos buscaban a sus
conocidos; saludaban todos a los duques; los ms serios o curiosos
examinaban en los salones inmediatos las obras de arte coleccionadas con
exquisito gusto, o los libros de lujo, puestos sobre las mesas de
riqusimas incrustaciones; y los jvenes, juntos con los viejos
alegritos, parados en las puertas, pasaban revista a las que entraban,
cambiando apretones de manos, diciendo lisonjas o recibiendo miradas que
parecan seas.

A poco ms de media noche el saln ofreca tal aspecto de lujo y
riqueza; la alegra reinaba, al parecer, con tanto imperio sobre las
almas de toda aquella gente; tanto goce se reflejaba en sus caras, que
no pareca sino que en aquella regocijada turba nadie haba que
conociera la pesadumbre ni el dolor.

Ellas, ceidas por estrechos trajes que oprimen hasta modelar las
formas, con sus largas faldas prendidas de flores y de blondas, con sus
diademas de pedrera en la frente, la belleza impresa en el semblante y
la alegra en las miradas, reciban el homenaje de rebuscadas frases, no
siempre franco, con que sus adoradores trataban de rendirlas. Ellos,
vestido el severo y antiptico frac, pugnaban por llegar hasta alguna de
las que ms efecto causaban, para hacer en el corro gala de su ingenio,
mirando casi con descaro a las casadas, requebrando con prevencin a las
viudas, y tratando de inquirir el dote de las solteras. Hacia los
extremos del saln veanse algunas parejas, ms ocupadas de s mismas
que del prjimo, en que ella pareca resignarse a conceder lo que
deseaba otorgar, mientras l se obstinaba en pedir lo que luego haba de
cansarle. En un crculo se discurra de poltica; se comentaba en voz
baja el escndalo de la semana, pronunciando al odo y en secreto los
nombres de los protagonistas. Algn caballero se acercaba con disimulo a
las habitaciones contiguas, espiando el momento de tender la mano sobre
los riqusimos vegueros esparcidos en bandejas de plata. La msica
dominaba a intervalos el rumor de las conversaciones; la atmsfera se
iba cargando hasta hacerse enojosa; la temperatura aumentaba por
momentos; el abrasado ambiente de la sala pareca luchar con el fresco
que penetraba del jardn por los anchos balcones en suaves rfagas, y
entre aquel mar de luz o torbellino de colores, se perciba el olor
extrao que formaban los aromas de las flores, los perfumes de tocador y
el calor de los sudorosos cuerpos.

La duquesa, rodeada de sus ms ntimas rivales, reciba de cuantos se la
acercaban elogios tributados a su buen gusto, casi todos cortados por un
mismo patrn, muy pocos ingeniosos o bien dichos. Su traje era objeto de
hablillas entre las damas, de admiracin entre los hombres. El vestido
de raso blanco, entre cuyos esculturales pliegues se quebraba la luz
como en un mrmol flexible, haba llegado de Pars aquella maana, y las
dos perlas negras que llevaba en las orejas valan una fortuna. Al lado
de su madre, Josefina pareca el nuevo brote de una flor hermossima:
la madre era como esas rosas que han agotado ya la pompa de sus galas
desplegando todos sus ptalos a las caricias de la luz; ella, como esos
capullos entreabiertos que comienzan a esparcir en torno suyo olor suave
y dbil. Su traje era blanco tambin, pero en el tocado y los prendidos,
las flores sustituan alas joyas.

La excitacin que la agitaba la haca ms hermosa. Inquieta y
disgustada, miraba sin cesar a todas partes, preguntndose:--No vendr?
Contestaba lo ms brevemente que poda desdeosa y displicente, y de
cuando en cuando miraba con cario a su madre, que por vez primera
pareca esquivar las miradas de su hija.

Por fin, la enamorada nia vio entrar a Flix, que, saludando al paso a
diversas gentes, lleg hasta la duquesa, cambiaron ambos algunas frases
de simple cortesa, llegose luego a Josefina, y un momento despus se
les vio confundidos entre los grupos de alocadas parejas que parecan
moverse impelidas por las notas de un vals de Strauss.

Lzaro estaba recogido y leyendo cuando lleg hasta sus odos el alegre
bullicio de la fiesta. Cerr entonces el libro, abri el balcn, y el
airecillo fresco de la noche le trajo claras y distintas las apasionadas
frases de la msica, como si el mundo, con aquella voz de sirena,
quisiera arrancarle de la soledad. Baj al jardn, se acerc a una reja,
y oculto entre unos arbustos cuyas ramas se entrelazaban trepando por
los gruesos barrotes de hierro, tendi la vista hacia el saln. Su
mirada lo abarc todo. Pasado un instante, la sorpresa se convirti en
asombro; sus ojos, deslumbrados por la claridad, fueron descubriendo los
grupos, aislando las figuras, fijndose en los rostros, viendo surgir de
entre un confuso mar de luces y colores las formas y el aspecto de las
cosas. Los corrillos tan pronto formados como disueltos; la extraa
amalgama que producan en el cuadro los trajes negros de los hombres
destacndose sobre los vestidos claros de las mujeres; el continuo pasar
de sombras que se cruzaban ante la reja, cortndole la vista; la
variedad infinita de actitudes; el estado de los nimos reflejado en las
caras, atestiguando en uno de la indiferencia, en otro de los celos,
mostrando ac la frialdad del aptico, all la impaciencia del nervioso,
todo aquel conjunto de riquezas para l desconocidas, de lujos
ignorados, le produjeron una impresin extraa, fuerte porque era nueva,
y poderosa porque era continuada. La vista de aquel incesante
movimiento, la luz arrancando destellos en pedreras y collares, las
damas, unas de semblante fresco como flores de campo, ajadas otras por
los afeites o los aos, engalanadas con sedas de todos los matices,
desnudas las espaldas y los pechos a propio intento revelados en lo poco
que el raso les cubra, el aire bochornoso y viciado que por la reja se
escapaba, acabaron de marear al cura, sin que por eso dejara de mirar
con ansia, creyendo a cada instante descubrir novedades que hiriesen su
imaginacin y calmasen sus agitados nervios. Hubo un momento en que la
msica apag todos los otros ruidos; el ritmo sonoro y meldico de sus
notas pareca arrastrarse como aurora de primavera en planto de rosas;
los giros lnguidos de acordes amortiguados y dulcsimos se trocaban de
pronto en explosin de sonidos alegremente locos, y las armonas se
esparcan como suspiros que volaban a refugiarse entre los pliegues de
las amplias colgaduras, produciendo combinaciones raras, que se perdan,
unas envueltas entre los giros de otras, como crujir de sedas y
estallar de besos comprimidos. Las parejas iban deslizndose rpidamente
ante la reja en confuso desorden, desapareciendo y tornando a pasar cual
figuras de una linterna mgica, hasta que, callando de repente la
orquesta y suspendindose aquel vertiginoso movimiento, Lzaro vio
acercarse, impelidos todava por la ltima vuelta del vals, una mujer y
un hombre: Flix y Josefina. l la cea el talle atrayndola hasta
sentir confundidas las respiraciones, mientras ella se abandonaba por
completo, dejndose llevar. Llegaron hasta donde estaba el cura, y ya
parados, la nia, moviendo el abanico de ncares y encajes ante su
agitado pecho, se apoy en el brazo de Aldea, mientras l murmuraba a su
odo una frase, pagada con la sonrisa ms hechicera del mundo. Lzaro,
asido fuertemente a la reja, los mir sin cuidarse de ser visto, sin
pensar que no tenan ojos ms que para contemplarse uno a otro. Fuera
de s, agitado por un sentimiento desconocido para l, crey apurar toda
la hiel del sufrimiento humano; y como si su sangre hirviese y
fermentara agolpndose a ofuscar aquel pobre cerebro, la idea del odio
se irgui en l terrible y poderosa. No hubo entonces crimen ni infamia
que no se creyera capaz de cometer; y midiendo con la rapidez del
pensamiento su inocencia, mayor aun que su desdicha, se pregunt, en un
arranque impo, si era divina la justicia que toleraba aquel tormento.

Bajo la sotana del cura latieron por vez primera en el corazn del
hombre los impulsos del mal. El ministro de Dios sufri como las
criaturas de barro, y su alma de pureza inmaculada, su mansedumbre, su
bondad evanglica, fueron un punto derrocadas por la ira, el
aborrecimiento y la venganza. La que entonces le pareci ms que nunca
creada por el Seor con hueso de su hueso y carne de su carne, la
prometida por el deseo y la Naturaleza para ser satisfaccin de sus
amores, la mujer que era emblema de su ideal y su felicidad, estaba en
brazos de otro. Aquellos hierros que les separaban y que l intilmente
sacuda con impotente fuerza, eran sus propios votos, y aquel instante
supremo de su vida, la ratificacin solemne de la infame ley que le
deca: No te amarn.

Sintindose morir, dej caer con desaliento los brazos, y todo su rencor
se disolvi en dos lgrimas que rodaron lentamente por su abrasado
rostro. Hay almas que rechazan instintivamente el mal. El odio pas sin
detenerse sobre el espritu de Lzaro, como la gota de agua que resbala
por el hierro candente. Las fuerzas le faltaron, y mientras los alegres
ruidos de la fiesta, convertidos en voces misteriosas por la fantasa,
le llamaban queriendo embriagarle con efluvios de desconocidos
placeres, dio en tierra rendido y sin aliento.

El baile estaba en sus momentos de mayor brillantez, y la animacin,
engendrada por la muchedumbre, se traduca en un continuo murmullo, que
slo a desiguales intervalos podan dominar desde la orquesta los
instrumentos de metal. El saln pareca un foco de claridad intensa. Las
temblorosas llamas del gas se reproducan hasta lo infinito en las
grandes lunas venecianas, que, multiplicando las imgenes, creaban una
confusin extraa, y empezaba a reinar ese desorden propio de todo sitio
donde se divierten muchos a la vez. All dentro todo eran goces y
alegras; fuera no haba sino silencio y sombra; un hombre en tierra,
como soldado herido que se desangra en el campo de batalla, y un cielo
de azul profundo, casi negro, estrellado, que desde su inconmensurable
altura miraba con millares de ojos, tan indiferente a los placeres de
unos como a la desdicha de otros.

Los vientecillos precursores del da empezaron a retozar entre los
troncos con las hojas agitando blandamente las ramas, y algn pjaro,
desvelado por los inusitados ruidos, bata las alas piando alegremente,
y confundiendo desde su oculto nido las luminarias del festejo con los
resplandores de la aurora.




X.


Servida la cena, que fue esplndida, los convidados empezaron a
marcharse contentos y satisfechos, como gentes que haban cumplido su
misin. El ruido que causaban los que iban saliendo, despidindose con
regocijadas risas, y el hmedo relente con sus fros vapores, hicieron a
Lzaro volver en s del largo desmayo al tiempo que los ltimos grupos
esperaban, en el espacioso vestbulo y en los primeros trminos del
jardn, la llegada de sus carruajes.

Los hombres, fuertemente arropados con gabanes rusos o entre los
embozos de las capas, fumaban puestos en filas, viendo a las damas que
bajaban las escaleras de mrmol, cuchicheando o cubrindose los desnudos
hombros con costosos chales o vistosos abrigos. Unas se tapaban el
escote an sudoroso con el cachemir de cien colores; otras se envolvan
entre las pieles del _skunc_, el zorro azul y la marta zibelina; esta
contestando a un saludo, aquella buscando una mirada entre los apiados
rostros, todas parecan en aquel momento hermosas y felices, aunque
muchas lo pareciesen sin serlo; todas llevaban algo que decir o haban
dado algo que envidiar.

Algunos hombres se marchaban a pi lentamente, divididos en grupos o en
parejas, escuchando a lo lejos durante largo rato el ruido del rodar de
los coches en las desiertas calles, cuando ya empezaba a despuntar el
da y los serenos corran soolientos, de farol a farol, apagando los
mecheros de gas.

El cura, oculto entre las sombras del jardn, los vio irse, esperando
para salir de su escondite que se hubiesen todos alejado, cuando not
que no lejos de s, entre las ramas de unos arbustos y cerca de una
reja, haba un hombre, que indudablemente se quedaba rezagado adrede, y
que, movindose de pronto cuidadosamente, se escurri con cautela a lo
largo de la casa, hasta penetrar en ella por una puerta de servicio, que
por razn del baile an estaba abierta aquella noche. Lzaro entonces
intent gritar; pero el asombro le ahog la voz en la garganta, porque
al volverse para entrar conoci al que de tan sospechosa manera
penetraba en el palacio de los duques, y aquel hombre era Flix Aldea,
el mismo que pocos momentos antes haba hecho brotar de los labios de
Josefina una sonrisa de felicidad.

Subi rpidamente la escalera, y el cura se lanz en su seguimiento;
pero aqul llevaba mucha delantera. Al llegar al piso principal, Aldea,
espiado siempre por Lzaro, cruz los pasillos desiertos, y atravesando
la galera que separaba las habitaciones del duque de las de su esposa y
su hija, penetr en una sala, ala cual afluan dos grandes corredores,
uno que conduca al cuarto de la duquesa, y otro que llevaba al de
Josefina. La puerta de aquella habitacin estaba cerrada; pero apenas
Aldea se detuvo ante ella, golpendola suavemente con los nudillos, una
de sus hojas se abri calladamente hacia fuera, mostrando un brazo de
mujer ceido por una manga de seda roja. Aldea entr, y el brazo atrajo
a s la puerta, que volvi a quedar instantneamente cerrada, mientras
Lzaro, plido y tembloroso, como clavados los pies en el suelo,
escuchaba alejarse, sin saber en qu sentido, los pasos de dos
personas, que andaban de puntillas para no producir ruido sobre los
mrmoles del piso.

Qu hacer en tan horrible situacin? A quin pedir auxilio? A quin
llamar? Un desaliento que tena mucho de impotencia y algo de despecho
le arranc de all, y temeroso de ser visto, huy de aquella puerta,
tras la cual quedaba rota para siempre la ms hermosa de sus ilusiones.
Adems, juntamente con el imperioso mandato que la conciencia le
impona, sinti latir en su alma vacilaciones, engendradas por la
sorpresa, sospechas prfidas, pero lgicamente sugeridas por los celos.
La que supuso un ngel era mujer, y nada ms; no mereca que el corazn
de un hombre la ensalzara, ni que l la adorase, aunque su indulgencia
de sacerdote tratara de redimirla o disculparla. En su cada haba
llegado hasta la culpa por el camino de la premeditacin; procur que
su amante volviera a pisar la casa de sus padres, y trmula de amor,
agitada por el deseo, le debi esperar para recibirle en sus brazos.

Divagando de esta suerte, admitiendo como buenos los torpes antojos del
despecho, la piedad iba quedando en el alma de Lzaro completamente
borrada por la incontrastable fuerza de los celos, hasta el punto de que
el miedo de hacer pblico el suceso, el temor al escndalo, y aun la
idea horrible de ver la hija deshonrada a los ojos de su propia madre,
llegaron a ser en aquel hombre rmoras creadas por la malicia para
eludir el cumplimiento del deber.

      *      *      *      *      *

Al da siguiente del baile, ya muy entrada la maana, se notaba en el
palacio de los duques la falta de movimiento propia de toda casa donde
el mucho trasnochar de los amos autoriza que madruguen poco los
criados. Algunos de ellos, reunidos en la caseta del portero, formaban
corro restregndose todava los ojos, haciendo comentarios de la fiesta,
charlando y maldiciendo. Otros arreglaban los salones reparando el
desorden que haban producido los convidados. El cocinero, seguido de un
pinche que llevaba al hombro un esportn, atravesaba el jardn para
tomar el camino de la plaza. El mozo de cuadra, calzados los zuecos y
entonando una cancin de su tierra, frotaba los arreos en la puerta de
la cochera; y en una habitacin de la planta baja, junto a una ventana,
la doncella de la duquesa limpiaba cuidadosamente los vestidos con que
su seora se haba engalanado la vspera, mientras otras compaeras
admiraban las ricas telas y los finsimos encajes que, desordenadamente
puestos sobre el respaldo de un sof, podan fcilmente ser vistos desde
fuera.

Lzaro, como de costumbre, haba bajado al jardn, y con su libro entre
las manos, paseo arriba, paseo abajo, recorra lentamente el trecho
comprendido entre la estufa de cristales y la verja de entrada, pasando
repetidas veces ante las rejas del saln de baile. Frente a una de ellas
acert apararse distradamente, y a travs de los gruesos barrotes vio
desamparado y desierto aquel mismo lugar donde pocas horas antes era
todo animacin y bullicio. Los sillones de oro y sedas estaban
removidos, como recordando an los corrillos de que fueron asiento; los
cristales, velados por el polvo de una noche de continuo movimiento;
olvidado sobre una butaca un abanico; las bujas de los candelabros,
apuradas hasta gotear sobre el terciopelo y el mrmol que cubra las
consolas, haban hecho saltar con su llama espirante alguna de las
arandelas de cristal. Las puertas que ponan en comunicacin unos
salones con otros estaban abiertas, dejando ver, fingida por los
espejos, la perspectiva de una galera profunda, encerrada en marcos
dorados, formada con imgenes de telas o tapices que, multiplicndose,
se reproducan hasta confundir la vista con su ltimo trmino vacilante
y confuso. Los rayos de sol penetraban por entre las junturas de los
cortinajes, liquidando en resbaladizas gotas el vaho que empaaba los
vidrios, y posndose luego en rasgos o girones de luz sobre los rasos de
colores. En el suelo, confundida con las de la alfombra, haba quedado
alguna que otra flor pisoteada y marchita.

--As son ellas,--pens Lzaro al verlas; y volviendo al libro los
ojos, prosigui su paseo hasta llegar a la ventana donde estaba la
doncella, que para distraer su trabajo tarareaba a media voz una polka
de moda. Oyola el cura, y, al mirarla, su vista se detuvo en la prenda
que la muchacha tena entre las manos: una bata de riqusimo raso de un
rojo muy brillante, el mismo rojo que Lzaro haba visto en el brazo que
la noche pasada cerr la puerta donde Aldea era esperado. Su sorpresa
fue inmensa. Su pensamiento se resisti a creer lo que los ojos le
decan. Aquella chica era la doncella de Margarita de Algalia, y como
Josefina tena su servidumbre aparte, lo lgico era que aquella ropa
fuese tambin de la duquesa. Dud un momento, y atrevindose por fin,
quiso ver resuelta su sospecha.

--De quin son esos trajes?--pregunt a la doncella.

--De quin han de ser,--repuso la muchacha,--sino de la duquesa?
sta,--dijo sealando un magnfico vestido y un soberbio abrigo,--es la
ropa que la seora llev ayer al paseo; y esta bata de raso
rojo,--aadi,--es la que se ha puesto de madrugada despus del baile.
Por cierto que se empe en quedarse leyendo, sin querer acostarse ni
que yo la desnudara. Debe haber velado hasta muy entrado el da, porque
est, de ojerosa y descompuesta, que da grima mirarla.

Call la criada, y sigui el hombre su paseo. Ya no caba duda. Josefina
era, no slo inocente, sino vctima de una infamia. La culpable era
Margarita de Algalia, y el que pasaba por novio de la hija era su
amante. Maldad inicua! La madre quera comprar el secreto de su delito
a costa del reposo de la pobre nia. Por eso Josefina no poda
explicarse la actitud de Flix Aldea, aquel empeo en mostrarse
enamorado junto al recelo para confesarla su amor.

Lzaro apreci rpidamente la situacin: Josefina era buena, y el
galanteo de que Flix la haca objeto serva para alejar sospechas. La
inocencia era tercera sin saberlo, y su pureza cubra aquel amor
culpable, de igual suerte que el inmaculado manto de nieve puede
ocultar el sucio estercolero.

Una sensacin, por mitad indignacin y repugnancia, estremeci el alma
del cura, y como el mal no engendra sino males, sus labios murmuraron
involuntariamente esta blasfemia:

--Oh, madre; t tambin puedes llegar a ser dolo falso!

Le pareci imposible llevar ms lejos la degradacin y la maldad.

Pocas horas antes, el dolor haba estrujado su corazn, considerando
perdida la mujer amada, tanto ms, cuanto ms imposible. Ahora sus ojos
tropezaban con el delito ms cobarde y monstruoso de la tierra.

Eran ya cerca de las doce. El ardoroso sol de los ltimos das
primaverales inundaba todo el jardn, engendrando sombras enrgicamente
proyectadas que dibujaban en la arena formas extraas. El movimiento y
los ruidos iban devolviendo animacin a la casa. Las persianas cerradas
se abran tras cortos intervalos, indicando el despertar de los seores,
y los criados fingan acelerar la faena de borrar el desorden causado
por la fiesta. Slo en la habitacin de Josefina reinaban todava la
quietud y el silencio. El cuarto estaba casi a oscuras; por las rendijas
de la madera penetraban dos o tres rayos de sol, agitando millares de
tomos inquietos que bullan como polvo de luz; las galas estaban
esparcidas sobre un sof de raso, y el cors de seda azul con trencillas
blancas, cado al pi de una butaca. La heredera de los Algalias
dormitaba en su cama de batistas y encajes como una maga recostada sobre
una nube. Tena desnudo, fuera de las ropas, un brazo, ceida an la
mueca por la pulsera lisa de oro mate, y en el otro, puesto sobre la
almohada, apoyaba la cabeza, embelesada por ensueos formados con
reminiscencias de la vspera. Las sbanas haban quedado por un
movimiento tirantes y presas bajo el peso del cuerpo, modelando a trozos
la forma que cubran; el embozo cado dejaba al descubierto algo ms que
el nacimiento del pecho. Nada turbaba la tranquilidad de aquel reposo
reflejado en una respiracin fcil e igual. La sangre, como savia
enrgica, regaba los tejidos, tiendo la epidermis de tonos que variaban
delicadamente desde el azul de las ramificaciones venosas hasta el
carmn brillante de los labios hmedos; y una mata de pelo, escapada de
la redecilla, haca resaltar la blancura del cuello. Dorma descuidada,
tranquila, segura de s misma, y tan ajena de la pasin del cura como de
la perfidia de su madre. La salud y la pureza parecan haberse hermanado
para formar aquella figura hermosa, impregnada de gracia natural y
espontnea. Semejaba la bacante virgen de los bosques antiguos trada
de pronto por ensalmo al centro de la vida moderna. Reposaban a la par
el cuerpo exento de males y la conciencia libre de impurezas.

De fijo haca mucho tiempo que su madre no dorma as.




XI.


Aquella misma tarde la duquesa mand recado al capelln, rogndole que
pasase a su gabinete.

--Qu me querr?--se dijo Lzaro.--Sabr que no ignoro su falta? Quiz
entonces, aunque culpable, sienta hacia m el desprecio que debe
inspirar quien, encargado en su casa de velar por la moral, transige
cobardemente con el engao y la deshonra. Seremos dos reos frente uno de
otro.... y, as son las cosas de la vida, ella tendr que ver en m algo
del juez.--

Un momento despus Lzaro entraba en el gabinete. Margarita estaba
sentada ante una mesilla de valiosas incrustaciones, colocada delante de
un balcn y sobre la cual, sostenido por dos amorcillos de bronce, haba
un espejo bastante grande para retratar entre sus abiselados bordes la
cabeza de la hermosa dama, a quien una doncella sujetaba con dos
horquillas de oro el rodete bajo en que, segn la moda, estaba recogido
el pelo despus de ondular ligeramente hacia las sienes. Tena puesta
una bata de un gris muy claro, guarnecida con encajes y lazos del color
que toma el granate cuando la luz le hiere. Las medias, de finsima
seda, eran del mismo color, y cean sus pies unas chinelas grises, que
aun siendo muy pequeas, eran grandes para ella. Las mangas de la bata,
sueltas y muy cortas, descubran unos brazos blanqusimos, dorados por
ese vello apenas perceptible que tienen algunas frutas antes de estar
manoseadas. Al cuello, libre de alhajas, se cea desordenadamente un
encaje ancho y rico, de tonos huesosos que acusaban su antigedad, y el
fulgurar intenso de un grueso solitario en cada oreja haca resaltar la
palidez mate de la cara, amortiguando el brillo de los ojos, algo
hundidos, y cercados por ojeras dbilmente azuladas. La boca, en que el
labio superior ligeramente contrado daba a la fisonoma cierto aire
desdeoso y triste, dejaba ver unos dientes blancos, menudos y
apretados. El valo del rostro era gracioso y severo al mismo tiempo. La
mirada triste con la falsa resignacin del hasto. Era el tipo de la
seora moderna, frvola sin ser insustancial, y coqueta sin parecer
liviana, como era devota sin ser profunda y verdaderamente religiosa.
Fuera cansancio fsico o dejadez moral, haba en su figura cierto
melanclico abandono, interrumpido a veces bruscamente por movimientos
de una gracia encantadora que tena algo de felina.

Iba pasando con los dedos las hojas de un libro, puesta en ellas la
vista descuidadamente, como si el pensamiento y la voluntad estuvieran
muy lejos de aquellas pginas, que no bastaban a detener el vuelo
caprichoso de sus antojos femeniles.

En sus hechiceras facciones empezaba a desaparecer la frescura que es el
aliento misterioso de la vida. Pareca tener esa edad de la rosa en que
unas cuantas horas ms marchitan la fragancia y ajan la lozana. Estaba
hermosa, y ms que hermosa seductora; pero los ojos, la actitud, la voz,
acusaban un desaliento amargo. Nadie hubiera podido averiguar si aquella
laxitud era la huella pasajera de los placeres de una noche, o la marca
indeleble de los sufrimientos del espritu.

Al entrar Lzaro sali la doncella, y Margarita, ladendose ligeramente
en la butaca y echando atrs el rostro, animado por una sonrisa
encantadora, le tendi la mano.

La situacin de Lzaro era peligrosa y difcil: el menor descuido, la
ms ligera inoportunidad, podan ofenderla sin resultado; que quien no
est satisfecho de s mismo, ve acusaciones en las frases ms inocentes.
l, adems, se consideraba sin derecho alguno para atacar a la madre en
defensa de la hija. Cul poda invocar? Si el de enamorado, confesaba
la propia y criminal flaqueza; si nicamente el de hombre de corazn,
quin haba de reconocrselo?; si el de sacerdote, cmo podra su
conciencia sancionar la ridcula comedia de un hombre que utiliza la
investidura sagrada para proteger su misma falta?

Tena delante a la mujer adltera; pero no poda ser l quien la
arrojase la primera piedra.

Margarita rompi el silencio, diciendo cariosamente:

--Qu es de usted? Vivimos bajo el mismo techo, y apenas nos vemos. Estos
das, los preparativos del baile, el bullicio de la fiesta, le han
alejado de nosotros; pero tambin usted es tan excesivamente inclinado a
sus soledades y sus estudios, que nunca se le ve. De los convites, aun
de los ms ntimos, siempre se excusa; en habiendo alguien de fuera,
desaparece usted como por encanto. Y usted, sin embargo, no es hurao, sino
carioso, afable. Vamos, sintese usted, aqu, a mi lado, y hablemos.

Obedeci Lzaro, y, acercando otra butaca como la que ella ocupaba,
dijo:

--Mucho agradezco a usted, duquesa, las deferencias con que me distingue:
tan sinceramente le estoy reconocido por ellas, que aunque el deber y el
sacerdocio no me lo impusieran, sentira por Vds. verdadero cario,
profundo deseo de ser til, verdaderamente til, en esta casa, donde se
me ha recibido con los brazos abiertos.

--Todos le queremos a usted de veras. Mi marido y yo le aprecamos en lo
que vale; y en cuanto a Josefina, puede usted estar seguro de que, si fuese
necesario defenderle, con dificultad se encontrara abogado que tomara
la cosa ms a pechos.

--Yo tambin me hara defensor suyo si ella lo hubiera menester; pero
est en una edad en que antes necesita gua que defensa. Quin puede
pensar en hacerla dao? Eso s, si sucediera, si alguien cometiera con
ella una mala accin, luchara con todas mis fuerzas por salvarla.

--Afortunadamente, replic la dama, estamos seguros de que nadie la
quiere mal; por el contrario, si algn disgusto hemos de prever, ser de
los que puedan ocasionarla los que aparenten quererla bien. Est en una
edad tan peligrosa!

--Tiene usted razn, duquesa; de los que aparenten amarla, de los que deben
estimarla en ms, es de quienes hay que guardarla. Los encargados del
mayor bien son, con frecuencia, los que producen el mal mayor.

El cura dijo esto con la voz algo temblorosa, casi sin calcular el
alcance de lo que deca; en parte vido de arrostrarlo todo por la
engaada nia, y en parte temeroso de que su inexperiencia en los
discreteos inutilizara su buen deseo.

Ella, sin extraar precisamente semejantes frases, sinti cierta
sorpresa desagradable al escucharlas; pero pens que a veces casualmente
se dicen cosas que parecen intencionadas.

--Tiene usted razn--aadi;--es necesario velar sin descanso y muy de
cerca por las hijas cuando estn en la edad de la ma; pero tambin es
preciso convenir en que los deberes que la vida social impone, el trato
con diversas gentes, tanto vivir fuera de casa y tanta facilidad en
escuchar lo malo, hacen el deber ms difcil.

--Eso mismo ha de aumentar la vigilancia y acrisolar el consejo,
duquesa; pero cuando son tales las condiciones de la vida; cuando la
atmsfera de fuera llega a viciar el ambiente de la casa, crame usted,
entonces es cuando hay que ponerse en guardia contra aquello que deba
inspirar ms confianza.

--Qu quiere usted decir con eso? Que la educacin de mi hija est
vaciada en un molde torpemente labrado? Quiz tenga usted razn. Mil veces
he pensado que para nosotras, el educar a las hijas es asunto ms
difcil que para las familias de la clase media y las mujeres del
pueblo. Primero los cuidados mercenarios del ama, luego la hipocresa
del convento, despus la intil compaa de un aya extranjera, ms tarde
la libertad de los salones, las emociones del teatro, la tentacin por
el espectculo del mal....

--Y rara vez,--interrumpi el cura,--el ejemplo de la virtud.

--Felizmente Josefina es una de esas naturalezas que repugnan
instintivamente lo torpe. No es necesario esforzarse mucho para que lo
aborrezca, y si lo fuese, usted nos ayudara a ello. Un hombre de corazn,
un sacerdote, quin mejor?

--Pues crea usted, duquesa, que ni el hombre de corazn ni el ministro de
Dios podran aliviarla el peso de su santa tarea. Los medios que tiene
para guiarla bien son infinitos; pero usted, usted sola puede emplearlos.
Aunque mis hbitos me hagan como enviado del cielo, mi palabra siempre
ser palabra humana, y para una hija slo es divina la palabra de su
propia madre.

La hermosa y noble faz de Lzaro se ilumin con esa satisfaccin intensa
que produce la resolucin inquebrantable de vencerse a s mismo por
amor al prjimo.

La duquesa, que ya empezaba a desasosegarse, esquiv las miradas del
capelln. Su lenguaje era inesperado. Qu deca aquel hombre? Tenan
realmente intencin sus advertencias, o era que ella a s misma se
acusaba adaptando a la situacin el sentido de cuanto hablaba el cura?

Hubo un instante en que callaron ambos: l, por temor de ir ms all de
lo prudente; ella, por no escuchar sin provocarlas cosas como las que
acababa de or.

--Vengamos a lo que motiva esta entrevista, dijo de pronto Margarita. Le
he llamado a usted para algo que se relaciona, en cierto modo, con nuestra
conversacin, segn el giro que ha tomado, y se lo dir en dos palabras.
Cuando lleg usted a casa cremos que el capelln era demasiado joven....
no se ofenda usted...: estbamos acostumbrados a la frente rugosa, a las
canas del pobre viejecito que le precedi. Despus hemos visto que el
carcter suple en usted lo que otros adquieren a fuerza de aos; y,
francamente, nadie hubiera credo que pueda infundir tanto respeto quien
cuenta todava tan pocos. Al principio el cuidado de la capilla, la misa
de los domingos y el reparto de las limosnas.... no hizo usted ms. Luego
usted mismo nos ha ido convenciendo de que tenamos en casa una joya, de
que podamos confiarnos a usted bajo todos conceptos....: Josefina y yo nos
confesaremos en adelante con usted: esto es lo que tena que decirle.

--Conmigo!--exclam Lzaro ponindose en pi, y sin poder reprimir su
asombro.

--Y por qu no? Se niega usted? No creo que el depsito de nuestras
culpas pueda abrumarle. A Josefina, ya la conoce usted: tendr usted,
quiz, que desvanecer errores, esquivar preguntas, eludir respuestas,
y hasta, en obsequio a su pureza, mentir algunas veces aparentando
ignorancia de lo que no deba saber; pero no se ver usted obligado a
resolver problemas ni perdonar graves faltas. Y en cuanto a m, me dar
usted buenos consejos, ahorrndome algunas amarguras. Yo, que parezco
tan alegre, lloro a solas como si dentro de m tuviera algo malo de
que pudiera librarme con el llanto. Llorar es nuestra defensa, con
frecuencia nuestro recurso, el mayor encanto de la mujer, siempre
nuestro verdadero consuelo. Pero qu diferencias establece el tiempo!
Hay una edad en que el dolor se disuelve en las lgrimas como la sal
en el agua; despus, aunque se llore, tambin se sufre, y al fin ya no
se llora, pero se sigue padeciendo.

--Eso ser, repuso Lzaro, si el dolor procede de la culpa, como ponzoa
que se destila de fruto venenoso, que mientras el sufrimiento no est
manchado de delito ni tiene sabor a remordimiento, cuando es puro, no
faltan lgrimas en que anegarle. Ha visto usted esas flores que,
arraigadas a la orilla de los ros, parecen prolongar su tallo si las
aguas aumentan, sobrenadando siempre? Pues semejante a ellas es la
pureza del alma: no hay lgrimas bastantes para ahogarla. Nunca llega el
corazn a endurecerse tanto que se le pidan en vano; ms duras son las
peas de los montes, y de entre sus grietas surgen los manantiales.

Margarita escuchaba confusa. Era indudable que aquel hombre conoca su
delito. Lo que la haba dicho ya era algo; pero el modo de decrselo no
poda ser ms expresivo ni elocuente.

Estaban cerradas todas las puertas; el gabinete envuelto en las tintas
plidas del ocaso; los brillos de las sedas y el relucir de los metales
amortiguados por la creciente sombra; la luz escasa pareca aumentar
las distancias robando la forma a los objetos, y la mancha negra del
ropaje del cura junto a la esbelta figura de Margarita, pareca absorber
toda la claridad que penetraba por el ancho hueco del balcn.

De repente, hacia la puerta que conduca a las habitaciones de Josefina,
se oy el crujir de un vestido de seda que rozaba contra el muro: era
que la nia vena al cuarto de su madre.

Lzaro se puso en pi, indicando a la duquesa con los ojos el ruido de
los pasos que se acercaban, y ella baj calladamente la cabeza. La
mirada del hombre no pudo hablar mejor; el silencio de la mujer no pudo
decir ms.

Al entrar Josefina estrech a Lzaro la mano y abraz a su madre. De
all a poco el cura y la nia conocieron que Margarita quera estar
sola, y saliendo cada uno por distinto lado, la dejaron.




XII.


A s lleg para Lzaro el momento decisivo de la lucha, el instante
supremo en que las vacilaciones y las dudas haban de resolverse,
informando en uno u otro sentido una resolucin que decidiera de su
vida.

La inexperiencia de la edad y la docilidad de la ignorancia le hicieron,
casi nio, aceptar con alegra una misin, a la cual pens dedicarse por
completo, consagrndola la actividad de la inteligencia y el entusiasmo
de la fe. Los que labraron su espritu le hallaron dctil y obediente
para recibir las doctrinas de lo pasado, que fueron amoldndose a su
pensamiento como el lquido al vaso. Nunca hubo hombre colocado en
mejores condiciones para cumplir debidamente las exigencias de su
sagrado ministerio. An resonaban en su odo las palabras del Obispo
cuando lleg a la corte y penetr en la vida moderna, no para llevar la
agitada existencia del que vive al da, sin saber hoy dnde comer
maana, sino para pasar las horas tranquila y reposadamente, sin ms
cuidados que cumplir con el formalismo y las exterioridades necesarias
de una casa donde el capelln era un artculo de lujo. Tuvo a su
disposicin un templo, de que vino a ser seor y dueo. Fue libre de da
para sus obras de caridad, facilitadas por la liberalidad de los duques;
fue libre de noche para las meditaciones y los rezos; ninguno tendi
redes a su buena fe, ni lazos a su tranquilidad; no hubo de luchar con
nadie, y, sin embargo, su espritu se volvi contra los que le
ensearon; su vida fue agitada, y su entusiasmo decay lentamente. Sin
olvidar los consejos del Obispo, lleg a entenderlos como inspirados por
un ideal distinto; dej que sobre los altares de la capilla fuese
posndose el polvo de la incuria; la caridad sirvi para amargarle con
el espectculo de las miserias sociales; las oraciones fueron
trasformndose en las impas preguntas de la duda; las noches cedieron
al insomnio; perdi la paz del alma, y sin faltaren nada voluntariamente
a sus promesas, vio moralmente quebrantados sus votos. La misin que le
impusieron y l acept confiado en leales propsitos, lleg a parecerle
tarea superior a sus fuerzas, y como el acero brillante puesto al fuego
va oscurecindose y empavonndose con tonos apagados, su nimo juvenil y
ardoroso fue sintiendo trasformarse los bros en decaimiento y
flojedad. Cuando lleg a convencerse de que no poda ser feliz, todo le
pareci imposible, todo mentira.

El amor resuma todas sus ambiciones antes cifradas en la perfeccin
religiosa, y precisamente cuando su conciencia rechazaba con ms vigor
lo que antes ador, fue cuando las circunstancias le obligaron a adoptar
una resolucin que fijara definitivamente el sentido y la norma de su
vida.

El conflicto se le present entonces bajo la forma de un dilema
inflexible. Romper con el pasado, o borrar de su porvenir la esperanza.
Confesar el error franca y honradamente, o seguir siendo sacerdote de un
ideal en que ya no crea. Ser un farsante despreciable a sus propios
ojos, o un renegado para el mundo, porque la sociedad transige con todas
las deserciones y todas las apostasas, pero no tiene piedad para la
abjuracin del clrigo. Abjurar, o resignarse.

Lo primero sera aventurarse a la lucha contra el mundo; lo segundo,
envilecerse. Hasta dnde podan precipitarle las consecuencias de una
abjuracin? Era imposible calcularlo. Nadie debe echar cuentas sobre la
maldad humana. A qu grado de bajeza moral le arrastrara la abdicacin
de su propia dignidad? Ya se lo haba dicho la duquesa: tena que
confesar a Josefina.

Confesar a la mujer que amaba! Es decir, emplear en provecho puramente
humano y egosta el prestigio de la Religin. Valerse de la autoridad
del sacerdote para escudriar un corazn que como amante no poda
sondar, utilizando su sagrada investidura en sorprender los secretos que
le estaban vedados como hombre.

Otro cualquiera podra estrechar entre sus brazos la gentil figura de la
nia, arrodillarse a sus pies, aproximar los labios a su odo,
estremecer su alma con palabras de amor, y sorprender sus dudas
virginales ingenuamente dichas, envueltas en pecadillos cometidos con
algo de malicia, y revelados ms con el rubor que con la frase. Pero l
habra de lograrlo por otros medios. Ella tendra que venir a buscarle,
como penitente, entre la oscura lobreguez de un templo, al triste y
fatigoso resplandor de los amarillentos cirios; caera de rodillas a sus
pies, y le hablara avergonzada a travs de tupida y mugrienta celosa,
oculto el rostro con el espeso velo y acobardado el nimo por el terror
religioso. Las palabras saldran de su boca indiferentes o medrosas, y
l, que deba escucharlas como ministro de Dios, se embriagara con
ellas, aspirando el grato aroma del fruto prohibido. Los labios de la
mujer quedaran detenidos ante la rejilla de madera; pero su aliento,
penetrando en los odos de amante, le agitara el cerebro con una
conmocin nerviosa, fingindole las ardientes caricias de la tierra
cuando deba pensar en las dulzuras inefables del cielo.

Su alma sufrira dos tormentos en un solo suplicio, deseando como
enamorado lo que le mancillaba como sacerdote. El corazn y la
conciencia libraban en su espritu el mismo combate que antes rieron la
fe y la duda; pero el desenlace no poda ser igual. Sus creencias haban
ido muriendo lentamente, da tras da, hora tras hora, como plantas
creadas en la vida artificial y falsa de una estufa que de repente se
sacan a la abrasada luz del sol y al fro azote de los vientos. Su
corazn haba de ser vencido por un imperativo de la voluntad, y su amor
extirpado cruelmente como raz que se arranca de cuajo con violenta
mano.

El problema apareca a sus ojos cada vez ms claro, irresoluble siempre.
No basta al hombre querer vencerse: es necesario que le dejen en
condiciones de hacerlo. Pero Lzaro era de esos seres extraordinarios en
quienes es virtud la intransigencia, porque, firmes en la moral de su
derecho y lgicos consigo mismos, someten la voluntad a la razn,
prefiriendo antes la propia estima que la hipcrita y baja transaccin
con el error ajeno.




XIII.


Cerr la noche lluviosa y triste. Por los balcones del palacio de los
duques empezaron a divisarse, tendidas en doble fila a lo largo de las
calles, luces de gas temblorosas y amarillentas, que se reflejaban como
en un espejo en las hmedas losas de las aceras. Los caballetes de los
tejados, las buhardillas, las chimeneas, destacaban las lneas de sus
macizas sombras, bruscamente interrumpidas y dominadas por los negros
contornos de las altas torres de los templos. En alguna ventana se vea
lucir tras los vidrios mojados la plida llama de una lmpara, y por
cima de los edificios notaba esa claridad indecisa que anuncia desde
lejos el asiento de las grandes ciudades. Las calles estaban enlodadas,
los jardinillos de las plazas encharcados con el continuo gotear de las
ramas de los rboles, cuyas hojas aparecan como barnizadas por la
lluvia. El rodar de los coches y el chocar de los herrados cascos sobre
el piso desigual y duro, formaban un ruido montono, constante, que
rasgaban de improviso los gritos de los vendedores, los pitos de los
tranvas o las agrias notas de alguna murga que, refugiada en un portal,
daba tormento a sus instrumentos de cobre enfundados en sacos de
percalina negra. En las puertas y sobre las muestras de las tiendas
brillaban los reverberos o las bombas, proyectando resplandores
enrgicos que se derramaban profusamente en los escaparates llenos de
sedas, objetos de nikel, cueros labrados, fotografas, frascos,
botellas, estuches, corbatas, joyas, libros y cuanto el trabajo produce
para que lo consuman las necesidades o la vanidad humana. Bajo los
faroles, al borde del arroyo, las chulas y los granujas voceaban
peridicos y dcimos de lotera. Al atravesar de unas a otras aceras,
las mujeres se levantaban la falda, ms cuidadosas algunas de ensear el
pi que de resguardar los bajos. En las esquinas inmediatas a los
talleres de modistas esperaban los estudiantes y los viejos verdes,
acariciando en el bolsillo los billetes para ver una pieza en Eslava, o
las entradas de favor para bailar en _La Sutil_. Ante las iglesias,
cuyas campanas taan sin poder sofocar los ruidos de las calles,
esperaban el fin de la novena las berlinas de las grandes damas con los
caballos engallados y los cocheros cubiertos de largos impermeables.
Por todas partes reinaba la agitacin confusa, animada, casi febril, que
forman el continuo vaivn de los que vuelven de paseo o salen del
trabajo con los que no hacen nada, yendo de un lado para otro, como
seguros de tropezar alguna vez con la fortuna sin preocuparse de
buscarla.

Lzaro, apoyados los codos en el antepecho de una ventana de su cuarto,
y hundido el rostro entre las palmas de las manos, senta llegar hasta
su odo por cima de las enramadas del jardn el rumor sordo y constante
que se alza de la villa y corte en las primeras horas de la noche; rumor
semejante al ronco y prolongado rugir de una fiera que se estira y se
espereza antes de tumbarse a dormir.

Escuchando aquellas voces engendradas por el movimiento y la actividad
de la vida moderna, pensaba que en el ancho seno de la villa, tras cada
balcn, en cada casa, al resplandor de cada luz, al volver de cada
esquina, habra quien padeciese torturado por propias y punzantes penas;
pero que nadie sufrira un dolor tan hondo y acerbo como el suyo.

Era llegado el momento de poner por obra su firme y decidido propsito.
Haba sonado la hora de abandonar para siempre aquella casa, y antes de
dejarla quera abarcarlo, condensarlo todo por ltima vez en una
despedida que grabase en su memoria los rasgos indelebles de cuanto all
le haba rodeado mientras vivi cerca de ella.

Mir al jardn. Entre las ramas de los tilos vio brillar, lavados por la
lluvia, los cristales de la estufa, donde tantas veces hablaron de cosas
indiferentes que ahora le parecan dignas de recuerdo eterno. Hacia la
izquierda de la enorme adelfa que extenda como mltiples brazos sus
ramas cargadas de flores, estaban las sillas y la mesita de hierro,
junto a las que la espi tantas veces, bordando ella, devorndola l con
las pupilas dilatadas, mientras el airecillo juguetn levantaba la
flotante bata de la nia hasta descubrir su primoroso pi, o desprenda
del talle el pauelo de finsimo estambre. Un poco ms lejos estaban,
reunidos en un solo planto, erguidos sobre sus esbeltos troncos, los
rosales de la Malmaison y Alejandra, que Josefina cuidaba para
engalanarse luego con las rosas que ella misma haba regado. Todo
pronunciaba su nombre, y, por extraa casualidad, el nico balcn en que
haba luz era el suyo.

Una idea imprudente, avivada por un deseo incontrastable, se apoder
entonces de Lzaro. Quiso, antes de partir, ver el cuarto de Josefina,
tender la mirada sobre cuanto la perteneca, tocar lo que ella tocaba,
vivir un instante en el sagrado recinto que cobijaba su sueo, y
recoger, tal vez con la imaginacin extraviada, el eco de alguna
palabra de amor perdida entre los cortinajes del lecho virginal. Quera
llegar hasta el santuario del nico dolo en que siempre haba de creer,
porque era el solo a que no poda tocar.

Eran ms de las diez de la noche, y los duques, que se haban marchado
con su hija a la pera, no volveran probablemente hasta muy tarde. El
jardn estaba oscuro, desierto; no se perciban ms ruidos que el caer
continuo de la lluvia sobre los enarenados paseos y las alegres
risotadas de la murmuracin de la servidumbre que coma reunida en una
cocina de la planta baja.

Lzaro, conociendo que tena el campo libre y seguro, se aventur a
satisfacer su capricho. Baj al jardn, lo atraves andando casi de
puntillas, y subi desde el vestbulo a las habitaciones de los duques,
llevando las manos delante, como quien se arriesga a oscuras y sin gua
por un terreno poco conocido. El rumor de sus pasos quedaba apagado por
la tira de tupida alfombra extendida a lo largo de los corredores. Al
final de uno de ellos, el punto luminoso que brillaba en el ojo de una
cerradura le indic el cuarto de Josefina. Avanzando entonces
confiadamente, pos la mano temblorosa sobre el pasador de la puerta, y,
seguro de la impunidad de su osada, abri de pronto.

Una lmpara olvidada sobre la chimenea de mrmol blanco esparca tenues
resplandores, filtrados a travs de una bomba de cristal esmerilado,
que, reproducindose en la luna de un gran espejo, duplicaba la imagen
de la luz sin aumentar la claridad. En el centro de un veladorcito de
bano, cubierto por un tapete de seda con flecos de colores vivsimos,
haba un joyero de porcelana vieja de Sevres, y en el cncavo de su copa
varias horquillas, una sortija y una estrecha cinta tejida con raso de
dos tonos, rosa y blanco. Tirado sobre la larga silla de reposo haba un
traje de calle con sus menudos tableados de seda, sus volantitos
estrechos y sus largos lazos anudados como al descuido. Los frasquitos
de perfumes y los acericos de encaje estaban desordenados en el tocador;
y en la ancha jofaina de blanca porcelana, el agua conservaba todava
las blancas espumas y las irisadas burbujas del jabn. Cado al pi de
una silla haba un peinador de batista, y medio ocultas por sus huecos
pliegues unas botitas de raso negro con pespuntes blancos. Puesto en el
borde de una mesilla que sostena algunos libros ricamente
encuadernados, se vea un espejo de mano con mango de marfil. Era el
amigo ms ntimo, el abogado consultor de la nia, el que decida sin
apelacin del efecto de los peinados. Un poco ms all de las columnas
que separaban el gabinete de la alcoba, estaba la cama con las cortinas
cerradas y cadas, como se oculta tras un velo sagrado el ara de una
diosa. En la penumbra de un rincn se alzaba un mueblecito maqueado, con
sus flores de ncar y sus cajoncitos entreabiertos, dejando caer hacia
fuera algn trozo de encaje, alguna madeja de estambre. El atril del
piano sostena un grueso y manoseado tomo de melodas de Schubert, y de
uno de sus candelabros colgaba, suspendido por el elstico de goma, un
precioso sombrerillo de raso plido, con plumas coquetamente rizadas y
anchas cintas de seda algo ajadas en el sitio donde se formaba el lazo.
Delante del balcn haba una jardinera con flores de trapo
admirablemente fingidas, y en su centro se alzaba una jaula, crcel de
dorados alambres, donde, oculta la cabecita bajo el ala, dorma un
canario de Holanda, su mejor amigo, casi el rival del espejito de
marfil.

La luz tranquila, que caa como una caricia sobre cuanto iluminaba,
pareca hacer visibles a los ojos del espritu el silencio y la soledad
de aquella estancia, y ese excitante aroma desprendido de cuanto usa la
mujer hermosa y limpia impregnaba la atmsfera de efluvios como formados
con emanaciones de flores extraas y aliento de bellezas soadas. Haba
all algo poticamente sensual, cuya influencia era tanto mayor cuanto
ms puro era su origen.

Lzaro tendi la vista en torno suyo, aspirando con fuerza aquel
ambiente embriagador, cual si quisiera asimilarse algo de lo que la
perteneca. El espritu y la materia, lo casto y lo lascivo, le hablaban
embargando su alma y sus sentidos. Cada objeto le deca una frase, de
cada observacin brotaba un deseo, y a lo ms puro suceda lo ms
humano. Unas cosas engendraban sentimientos dulces y tranquilos que
confundan el amor con la adoracin: otras hacan surgir tercos e
insaciables los lascivos impulsos de la carne. Sus ojos lo escudriaron
todo.

--Aqu se viste.... aqu vive.... aqu se peina.... aqu duerme....
aqu suea!.... En esa almohada reclina su cabeza.... este armario
guarda sus secretos.... aqul es el perfume en que humedece sus rizos.
All estn la imagen a quien reza la plegaria cortada por el sueo, y
las sbanas a cuyo fro contacto se estremece su divino cuerpo.

En su cerebro, extraviado por la pltora de vida, empezaron a dibujarse
las exigencias de un nuevo deseo. Sinti algo parecido a los primeros
vapores de la embriaguez. Quera esconderse, esperarla, escuchar cmo se
acercaba desde lejos el coche que la traa, or el ruido de sus pasos,
el crujir de su falda en las salas contiguas, y verla entrar por fin,
como presa ofrecida al apetito brutal de sus sentidos.

De pronto alz los ojos, y en la luna del espejo vio reproducida su
figura sombra y triste como una nota discordante con cuanto le rodeaba.
Su sotana era una mancha negra cada sobre la clara alfombra, los rasos
y las sedas de brillantes tonos. Pareca una mortaja tirada sobre un
macizo de flores. La mirada del hombre se cruz con la de la imagen
reflejada, y sus propias pupilas le preguntaron asombradas con mudo y
terrible lenguaje:

--Qu haces aqu? El ciego debe ignorar que hay sol. El paraso no
existe para el rprobo. Para ti no hay amor.

La voluntad sofoc el grito de la imaginacin, tantas veces culpable a
despecho de la conciencia, y Lzaro sali de aqul cuarto para tornar al
suyo, como quien vuelve de los encantos de un sueo al rudo contacto de
la realidad.




XIV.


Se encerr cual si tuviera miedo, atranc cuidadosamente el balcn, y
sin hacer ruido fue alzando la trampa que ocultaba el hogar de su
chimenea.

A duras penas, con un mal cuchillo, hizo astillas la peana en que se
sostena la santa imagen puesta a la cabecera de la cama, coloc en el
hogar los pedacitos de madera carcomida, y en torno suyo fue agrupando,
apoyndolos sobre las tapas mugrientas y sobadas, los libros de rezo,
las obras sagradas, los accesorios de sus trajes sacerdotales, los
alzacuellos, los rosarios, todo lo que poda recordarle aquel pasado que
hubiera querido aniquilar de un solo golpe. Arranc despus algunas
hojas de un breviario, retorcindolas tranquilamente entre las manos, y
sin vacilar un punto, impasible, sereno, las encendi en la lmpara,
prendiendo con ellas los combustibles hacinados.

Una llama plida lo rode todo; enrojecironse rpidamente las astillas;
las voraces y azuladas lenguas de fuego atacaron las compactas pginas
de los libros, y a los pocos momentos, una llamarada de resplandores
vivsimos ilumin el cuarto, ofuscando la apacible luz de la lmpara, y
proyectando una siniestra claridad de incendio sobre la figura de
Lzaro. Todo arda. Los cantos de los tomos parecan haces de aristas
encendidas, cada hoja era una lnea, y unas caan sobre otras,
torcindose, quebrndose, hasta romperse como gavillas abrasadas. Los
pliegos sueltos ardan rpidamente consumidos a un solo embate de la
llama, y en su lugar quedaba una pelcula negra, ingrvida, escrita con
caracteres de fuego, que se iban extinguiendo poco a poco. Las chispas
rodaban sobre los volmenes hasta hacer presa en ellos, y sus puntos
rojizos, agitndose como larvas ardientes, roan las hojas antes que se
cebara en ellas la enfurecida llama. Las tapas y las cubiertas empezaban
a retorcerse. Los pergaminos se abarquillaron, crujiendo y chasqueando,
y las pavesas, absorbidas del foco de la hoguera, volaban envueltas en
una nube de humo hasta desaparecer por el can de la chimenea.

Cunto hubiera dado Lzaro por trocar en cosa tangible su memoria, para
destruirla tambin! Cuando el hombre abjura de sus errores, deba tener
el derecho de olvidarlos.

En el hogar, momentos antes encendido, no qued de all a poco ms que
un montoncillo de cenizas, y envueltos entre su tibio rescoldo se vean
relucir los broches de un libro de horas, y los alambres del metlico
engarce de un rosario.

El sacrificio estaba consumado. La conciencia de Lzaro se resisti
siempre a darle el nombre de apostasa.

Entonces vinieron a consolarle esas ficciones engaosas que uno se forja
en las grandes amarguras de la vida, falsas esperanzas que no han
germinado al calor de la ilusin o del deseo, sino que llegan con paso
tardo y torpe, rebeldes a la voluntad que las evoca: entonces los
recuerdos tomaron formas de esperanzas, y no concebidas framente por el
cerebro, sino brotadas del fondo de su corazn, Lzaro sinti llegar a
los labios una idea que se tradujo en una palabra amorosamente
pronunciada. Todo su porvenir estaba condensado en ella.

La aldea!

A la maana siguiente el barro del jardn guardaba impresas todava las
huellas de Lzaro, indicando el sitio donde haba escalado la verja para
huir, como un ladrn, de aquella casa, donde era tenido casi por un
santo.




XV.


Sali de la corte en un tren mixto, que se arrastraba torpemente como
reptil enorme condenado a recorrer siempre el mismo camino, saludando
con silbidos estridentes los mismos lugares, detenindose ante los
mismos sitios, hasta que al cabo de veinte horas de viaje lleg a la
estacin ms cercana a su pueblo, para ir al cual haba de atravesar una
dilatada llanura, a cuya extensin ponan lmite varias colinas que se
divisaban a larga distancia, veladas por flotantes brumas.

Alzbase cerca de la estacin una venta con honores de posada, y junto a
su puerta, sentados en torno de dos mesillas mugrientas e inseguras
cubiertas de jarrillos de vino, beban y vociferaban hasta media docena
de arrieros y zagales. Lzaro cruz ante ellos sin detenerse, pidi
albergue, ajust una mula para ir hasta su pueblo al otro da, y,
encerrndose en un estrecho cuarto, se dispuso a pasar la noche.

Caa la tarde. Por la ancha ventana que iluminaba la habitacin se
distinguan a lo lejos, oscureciendo con sus enormes sombras la incierta
luz crepuscular, los picos de la vecina sierra envueltos entre vapores
dbilmente violados y azules. En primer trmino, las tapias llenas de
carteles de colores y las vallas de la estacin dibujaban con lneas de
intenso negro sus contornos. Los rails, abrillantados por el continuo
roce de las ruedas, se alejaban hasta perderse en la revuelta de una
curva. El polvillo del carbn oscureca la tierra, marcando las huellas
de los carros, y a unos trescientos metros de donde paraban los trenes,
indicando la entrada en agujas, empezaban a brillar los farolillos rojos
y las seales de la va.

Frente de la ventana, a regular distancia del corraln de la posada,
contrastando su fbrica de piedra con el maderaje y los tablones de que
estaba formada la estacin, haba un edificio, rico en otro tiempo, a la
sazn ruinoso, pobre, y sobre todo triste, como si su inerte mole fuera
capaz de presentir la grandeza del rival que all cerca y en pocas
semanas alzaron unos cuantos hombres. Era una antigua iglesia,
reconstruida sin criterio fijo, restaurada muchas veces, y que hasta en
los ms pequeos detalles acusaba gustos de distintas pocas o caprichos
de los piadosos donantes que facilitaron fondos con que sostener en pi
aquella amalgama en que parecan haber tomado cuerpo los desvaros de un
arquitecto loco.

Todo el que dio dinero para la obra imprimi en ella algo de su capricho
o su ignorancia. Tena rejas del Renacimiento, adaptadas a huecos
ojivales; vanos trazados sin tener en cuenta la ponderacin de las
fuerzas, masas aglomeradas donde faltaba resistencia. Hasta la
Naturaleza, a veces caprichosa, haba aadido un sarcasmo a tanta burla,
dejando brotar en la cornisa y enlazarse con las labores de la alta
crestera, muchas de esas florecillas de un amarillo sucio que crecen en
la frente de las ruinas como coronas funerarias puestas por el tiempo
sobre aquello mismo que destruye.

Daba acceso al edificio un arco gtico de relieves esculturales, con
santos puestos en mensulillas esculpidas, cubiertos por doseletes
calados, decorados con profusin, pero desconchados y rotos. No quedaba
apstol sano, ni evangelista entero, ni virgen intacta, ni mrtir
respetado por las salvajes pedradas de los chicos. Los bculos, las
mitras, los atributos y animales simblicos estaban horriblemente
mutilados; dos o tres Padres de la Iglesia estaban desnarigados.

Lzaro, puestos los codos en el antepecho de la ventana y apoyado el
rostro entre las manos, miraba distrado las bandadas de pjaros que,
volando sesgadamente en torno de la vieja techumbre, venan a guarecerse
en los intersticios de las tejas, y senta que, tan rpidas como ellos,
pero menos alegres, sus reflexiones iban trayndole a la mente, en
invasin desordenada, revueltas con las tenaces preguntas de la
conciencia, las inseguras disculpas de la razn; y al par que cada
pensamiento le mostraba sus ilusiones muertas para siempre, en nada
descubra apoyo de consuelos presentes o vislumbre de esperanzas
futuras.

--Todo ha concluido. He hecho bien? He hecho mal? Por qu no
experimento la dulzura inefable que dejan las resoluciones honradas? Me
he vencido: mi voluntad, domando los impulsos torpes, ha preferido a la
hipocresa la sinceridad. Si cuanto cre era falso, mi alma se hubiera
corrompido al contacto de la mentira; si era cierto, la oracin se
habra manchado al pasar por los labios del impo. Tan despreciable es a
mis ojos el incrdulo que finge devocin, cuanto es infame el creyente
que blasfema de lo que tiene por santo. No quise que la duda me
arrastrase al cinismo. He aceptado la desdicha por no doblegarme al
envilecimiento, y, huyendo de reconocerme perjuro, he parado en ser
apstata. He sido para la fe soldado leal y amante sin falsa; al dejar
de amarla no he querido mentirla, que el corazn luego desprecia lo que
prostituye. Plegaria que la vacilacin suspende, frase de cario que con
el pensamiento se aquilata, ni entraan fervor, ni acusan sentimiento.
La religin y la mujer quieren al hombre todo entero: una para creer,
nos ciega; otra para amar, nos ofusca: ambas transigen con el olvido
antes que con la indiferencia, y para ellas en el menor desfallecimiento
hay perjurio, en la ms pequea falta de entusiasmo hay engao.

Ya no volver a verla. Creyente o renegado, no debe existir para m.
Emblema vivo de la dicha, la he visto y la he sentido gozando, masque
por la contemplacin de su hermosura, con los presentimientos en que el
alma adivinaba las dichas que pudiera darme. Y hoy, negada para la
realidad, imposible para el logro, an creo que puede ser eterna para la
esperanza, cual si en mi ser se acrisolara lo que de terrenal me
inspira, hasta trasformarse y fundirse el deseo del cuerpo en aspiracin
del alma. Su frente, que nunca habr de reclinar sobre mi hombro; su
boca, que mis labios no besarn jams; el brillo intenso y profundo de
sus pupilas negras, todo lo que sin haber llegado a conseguir juzgo
perdido, me parece infamemente arrebatado al empezar a poseerlo.
Recuerdo como pronunciadas las palabras que so para dichas por ella
junto a mi odo; la imaginacin se finge las amorosas respuestas, la
memoria quiere engaarse a sabiendas, y los antojos de la fantasa se
confunden con las reminiscencias de la realidad.... Ya no tendr
estmulo para el bien, ni energa contra el mal. Ser algo por amor suyo
me hubiera quiz impelido a serlo todo; ambicionar lejos de ella, es
caminar sin trmino, pensar sin juicio, tender el vuelo a los espacios
sin que la mente sepa dnde ha de hallar descanso la esperanza.

As pensaba Lzaro, absorbido por sus cavilaciones, mientras la trmula
claridad de los ltimos instantes de la tarde iba dejando libre el paso
en la atmsfera a las primeras sombras de la noche. Las formas de las
cosas se desvanecan, perdidas poco a poco en la incertidumbre de la
naciente oscuridad, y los contornos de rboles, caseros, lomas y
plantos iban desvanecindose, permitiendo apenas destacar sus negras
masas entre los espirantes resplandores del da.

Entonces, hendiendo el aire pausada y dulcemente, lleg hasta los odos
del cura el tembloroso taer de una campana, cuyas voces debilitaba la
distancia, confundiendo con sus propios sonidos las huecas repeticiones
de los ecos.

--La oracin! dijo Lzaro. Si pudiera rezar!

Se levant movido de secreto impulso, baj al zagun, sali hasta el
campo, y como quien no pierde por la precipitacin idea del sitio donde
va, cruzando tierras sembradas, se fue hacia la iglesia que desde la
ventana de su cuarto haba visto.

Lleg hasta ella rendido y sin aliento, que el bien, aunque sea fingido,
cuesta caro, y parndose primero ante la puerta cerrada del templo,
rode despus el edificio a grandes pasos, buscando intilmente entrada
franca para la casa de Dios. Mas hallndolo todo intil a su empeo,
vino a dar junto a una casuca estrecha, miserable, contigua a la
iglesia, unida a ella por las tapias de un huerto, y que pareca ser
morada del cura que cuidase el sagrado edificio.

Avanz resuelto, y cogiendo con mano trmula el aldabn de hierro que
penda de la puerta, dio un recio golpe, que, retumbando en la desierta
nave de la iglesia, fue devuelto en seguida por los ecos ms prolongado
y ms nutrido. Entonces los pjaros cobijados entre las hendeduras de
los sillares desquiciados, en los relieves de los frisos, en las
estatuillas de piedra y las hojarascas de granito, se alzaron en medroso
enjambre, yendo fugitivos y asustados a perderse en la altura o a
refugiarse rastreando por los cercanos trigos.

--As han huido, se dijo Lzaro, mis esperanzas; pero estas aves
tornarn al nido antes que la noche cierre, y las ilusiones no volvern
jams al alma ma.

Nadie contest al golpe. El edificio estaba abandonado y mudo. La
campana cuyos taidos llegaron hasta Lzaro, era la que en la estacin
serva para marcar las horas del trabajo.

De all a poco rasg los aires el pito de una locomotora que vena
lejana, y confundidos con su penetrante silbido empezaron a escucharse
cercanos los alegres cantares de los obreros que volvan de su ruda
tarea.

Era intil rezar. A un lado estaban la soledad, el egosmo indiferente
de todo lo que se siente morir, la puerta del templo cerrada para
siempre; al otro lado bullan y se agitaban los smbolos del porvenir,
de la esperanza y de la vida.

La Iglesia es como esas queridas desdeosas que nunca vuelven a recibir
entre sus brazos al que una vez se aparta de ellas.

Lzaro se volvi pensativo a la posada. Haba comprendido aquella
coincidencia extraa que le dio clara idea de su situacin.

Al entrar en la venta vio, iluminados por la rojiza llama del hogar y
las amarillentas luces de un veln, los arrieros y mozos de muas que
descansaban en torno de la lumbre, jugando con barajas abarquilladas y
sebosas, apurando vasos de vino.

Otros ms descuidados o menos resistentes al trajinar del da, dorman
a pierna suelta encima de los arcones de la cebada y tumbados sobre las
mantas y albardas de las bestias.

Lzaro los contempl un instante, y pens que el sueo del ignorante
suele ser, por una injusticia que subleva, ms sosegado y tranquilo que
el del justo.




XVI.


Por un camino real que atraviesa los campos de Castilla rayanos con
Andaluca, jinete en una mula parda, mal esquilada y sucia, va un hombre
joven y de hermosas facciones, pero ojeroso, triste, plido, callado,
dejando al animal que arregle a su capricho el paso, sin hostigarle con
espuela ni palo.

En el cielo, de un azul pursimo, no flota la ms ligera nube. El aire,
difano y trasparente, permite ver a grandes distancias las formas de
las cosas, y el humo que se escapa de alguna choza perdida en la
llanura, sube vertical y tranquilo a desvanecerse en la lmpida
atmsfera, sin que el ms tenue soplo le conmueva. Algn ventorrillo,
con su rama seca colgada, ante el portn, ofrece de trecho en trecho al
caminante el cochifrito o el tasajo, compaeros del vino, y a lo lejos
se extiende hasta perderse la blanca cinta del polvo de la carretera,
manchada slo por los excrementos de las bestias, o hendida por las
pesadas llantas de los carros. Diltanse a uno y otro lado las estrechas
paralelas de los surcos cubiertas por mieses amarillentas o verdosas, y
esmaltando el gris oscuro de los secos terrones, crecen profusamente las
encendidas amapolas, los azulejos plidos y las margaritas de botn de
oro. En las cunetas del camino, junto a los montones de guijo y pedernal
recin labrado, se arraigan los punzantes cardos, y rastreando entre
los trigos, hurtando fuerza a las caas y peso a las espigas, se
extienden las tenaces gramas. El sol brilla con fuerza, recortando
enrgicamente las sombras, y el aire, impregnado de rsticos aromas,
apenas consigue agitar las hierbecillas sedientas del agua de los
cielos. Todo est seco; en cuanto alcanza la mirada no hay una noria, ni
un rbol, ni una fuente. Como flotantes en el ancho espacio, se oyen
sonidos que la distancia debilita: el campanilleo tembloroso del andar
de la recua, el cntico semisalvaje del gan, o el cansado voltear de
alguna esquila de torre perdida en la soledad de la planicie....

La mula segua su trote acompasado y lento, dejando tras s lo que dejan
todas las cosas de la vida: polvo que se alzaba en el aire, dilatando un
instante la nube sucia de sus tomos, para volver al sitio de donde
proceda.

Las horas pasaban; a unos campos sucedan otros montonamente iguales,
repitindose sin cesar los accidentes del terreno, parecindose siempre
en algo los caseros, las granjas, los rediles vacos, mientras sobre
las lomas o en los cerros se divisaban, como puntos inquietos blancos y
negros, las ovejas y cabras que corran acosadas por los celosos perros.

banse poco a poco destacando del fondo luminoso del cielo los ngulos
rectos y los cortes bruscos de las casas de las aldeas, con sus tapias
de tierra y sus paredes de cascote, dominadas desde lo alto del monte
por la ermita, en torno de cuyo viejo campanario volaban las bulliciosas
y alegres golondrinas. Entonces Lzaro forzaba el trote de su
cabalgadura, y llegando a la plaza del lugar, lo atravesaba rpidamente,
sin reparar en las mujeres puercas y los chicuelos harapientos que le
miraban, curiosos y asombrados, desde las ventanas y los umbrales de
las puertas.

En una revuelta vio de repente una sombra oscura, grande y extendida
sbrela blancura del camino: aquella mancha se mova, avanzando
lentamente en direccin contrara a la que l llevaba, y entre su masa
compacta brillaban a intervalos algunos puntos luminosos. Pareca una
serpiente colosal de enormes escamas heridas por los rayos del sol, y
seguida de una tenue nubecilla de polvo. Lzaro la dej acercarse,
parado en lo alto de un repecho, y al cabo de unos cuantos minutos vio
clara, distintamente, lo que en un principio mir sin acertar qu era.

A pi, despedazados los trajes, roto el calzado, o desnudas y
ensangrentadas las callosas plantas, casi sin ropa que mal cubriera su
desnudez de da y en la noche les aliviara del fro, atados entre s y
alguno sujeto por los codos, venan hasta diez y seis o veinte hombres.
Era una cadena de eslabones humanos brutalmente ensartados; _gente
forjada del Rey que iba a las galeras_; una cuerda de presos. En torno
suyo caminaban custodindoles, sable en mano o arma al brazo, unos
cuantos soldados. Lo que Lzaro haba visto brillar en lontananza eran
los hierros de las bayonetas.

All iban retratadas, si no juntas realmente, al menos visibles para la
imaginacin, todas las miserias humanas: el que mat por odio; el que
hiri por venganza; el que rob por codicia; el que hurt por hambre; el
que delinqui por flaqueza; el que pec por vicio: aqul a quien
pervirti la mala educacin; aqul a quien la herencia de la viciada
sangre hizo rabiosos los sentidos, y el de brutal naturaleza que dej al
instinto sobreponerse a la razn: juntos estaban el que holl la moral
desconocindola, y el que hizo mofa de ella desestimando su vala:
atados a la par iban el avaro convertido en ladrn por la idolatra del
oro, y el prdigo trocado en criminal por el desprecio de todas las
riquezas: codo con codo, sujetos uno a otro, andaban el que delinqui
contra la sociedad creyendo honrar a la virtud y el que hizo escarnio de
lo bueno por asegurar lo til: caminando unidos, avasallados por la
misma tristeza, iban el que fue malo por fantico y el que dej de ser
justo por incrdulo: llagas en los tobillos y heridas en las manos
llevaban igualmente quien falt a la ley por no tener, y quien la viol
para tener ms: con grillos y esposas estaban sujetos, todos respirando
venganzas, invocando auxilios, premeditando fugas, distintamente
animados por el arrepentimiento o el rencor, pero sin que uno solo se
eximiera de la pesadumbre y la vergenza.

--Son los hijos de la pobreza y la ignorancia, pens Lzaro; la ley de
la Naturaleza es la vida; la ley del hombre es el dolor.

Su alma sufri una sacudida horrible: la trasformacin que vena
realizndose en su espritu se complet en aquel momento, y la
metamorfosis que convierte en amor al prjimo el feroz egosmo de la fe,
qued cumplida. Ser bueno para s es lo propio del dbil; en ser justo
para los dems estn la sabidura y la grandeza.

Cuando estaba resuelto a sepultarse para siempre en la soledad y el
olvido de su pueblo, unos cuantos miserables que la sociedad expulsaba
de su seno, amputados como miembros podridos, le dieron a entender que
si la fe puede morir, el amor a la humanidad es inmortal. Y aquella
pobre criatura, el ateo capaz de conmoverse viendo rezar a un nio, el
que sin creer en la amistad se hubiera sacrificado por un amigo, el que
al renegar de la pasin lo haba sacrificado todo al respeto de la mujer
amada, el que no esperando agradecimiento hubiera dado a hurtadillas la
limosna, dej caer sobre el pecho la cabeza, y llor solo una lgrima,
acre, amarga, como saturada de todos los infortunios de la tierra, y
alzando luego el rostro, de cara al sol, inspirado por algo superior a
s mismo, dio vuelta a la mula, guindola hacia la corte, para lanzarse
en el torbellino de la vida moderna, sin ms creencias que la pasin del
bien ni ms fe que la de un porvenir mejor.

--Nadie tiene derecho, se dijo, a convertir el escepticismo en inaccin.
Mientras en el mundo suene una queja engendrada por el egosmo y la
injusticia, quien se precie de bueno debe luchar hasta morir, que para
caer herido en defensa de lo santo no hace falta creer: basta amar. En
la misma direccin, pero a larga distancia, fueron perdindose entre
dos remolinos de polvo, grande uno, imperceptible otro, los presidiarios
y el jinete.

Fue su alto y leal propsito a perderse en la inmensa vorgine de los
opuestos intereses del mundo? Cay como granizo que se derrite al ardor
impuro de la tierra, o gota de lluvia que en el mar se confunde sin
alterar la muchedumbre de sus olas? Fue hierro candente sumergido en el
agua que chasquea y se queja pero al fin se enfra, o se desvaneci como
el ltimo eco de la onda sonora que desparrama su vibracin en el
espacio? Fue, tal vez, como el grano de trigo que el viento orea en la
parva y cae en el montn predestinado a la fecunda siembra? Quin sabe!
Pero aqul espritu sin esperanza, destrozado y muerto por la lucha del
sentimiento que le impulsaba a creer, con la razn que le arrastraba a
dudar, debi escuchar una voz misteriosa que, como Cristo al hermano de
Marta y Mara, le arranc del seno de las tinieblas y la muerte
murmurando en su odo:

--_Lzaro, ven fuera_.

       *       *       *       *       *


NOTAS:

[1] Epist. de San Pablo a los hebreos, cap. II, vers. I.

[2] Evang. de San Lucas, cap. xi, vers. 46.



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